Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 23 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 22

22

 

En el vestíbulo sonaban voces ásperas. Miriam bajó rápidamente, a tiempo de ver cerrarse la puerta ante un soldado con uniforme azul y a Eugene entrar en el salón.

—Era un oficial de la Unión, Miss Miriam. Trajo esto de parte de su hermano. Dice que es amigo suyo y que le pidió que se la entregara. Pero Mr. Eugene le contestó que ningún hombre de la Unión pondría los pies en esta casa.

—Gracias, Maxim.

Miriam tomó la carta y subió a su habitación para leerla a solas.

¡Cuánto tiempo sin saber de David! Mientras alisaba las hojas sobre el regazo, pensaba: «Estos papeles los ha tocado mi hermano». Sus ojos empezaron a recorrer rápidamente los renglones:

Querida hermana: Te escribo en agosto. Tal vez esta carta tarde semanas en llegar a tus manos. He estado en la batalla de Antietam Creek. Entre uno y otro bando, hubo veinte mil muertos y heridos. Ojalá nunca más tenga que ver algo igual. Pero sé que, antes de que esto termine, habré de volver a verlo. Adondequiera que van los ejércitos, los horrores no se limitan al campo de batalla. Espero que en Nueva Orleans no tengáis que sufrir lo que ha ocurrido aquí… Gente arrancada de sus casas, muchachas ultrajadas, soldados rebeldes saqueando. ¡Que yo, que siempre aborrecí la violencia, tenga que verme en medio de todo esto! Me cuesta creerlo, como me cuesta creer que tenga que vivir con la maldición de recordar que he quitado la vida a un hombre. Aunque Sylvain nunca me fue simpático, el recuerdo de su muerte me atormenta; aún veo su rostro que me acusa. Y veo también el de su dulce y plácida esposa. Pero basta de lamentaciones. Nuestra victoria de Antietam ha tenido por lo menos la ventaja de que ahora ni Francia ni Inglaterra reconocerán a la Confederación. Se han dado cuenta de que la suerte está echada.

«Pero ¿y André? —pensó Miriam—. André está ahora allí, y su misión fracasará. Cuando pienso en todo ello siento vértigo».

Un año más, los Días Santos llegaron y se fueron. En esta época es cuando más me entristece estar separado de vosotros. Pasé la fiesta del Año Nuevo y el Día de Reparación con una familia judía que, por extraño que te parezca, son simpatizantes del Sur y viven en Maryland, al lado de Washington. Fueron muy amables y hospitalarios, y me agasajaron mucho las dos noches, a pesar de no ser gente acomodada, ni mucho menos. Discutimos amistosamente, ¡pero no conseguí ganarlos para mi causa!

Te preguntarás qué hacía yo en Washington. No sé si vuestros periódicos habrán hablado del escándalo de las capellanías, el decreto por él cual en el Ejército solo podía haber capellanes cristianos. (Es de observar que en la Confederación no existe tal decreto). Como puedes imaginar, hubo mucho revuelo y yo estuve metido de lleno en él.

«Como siempre, el abanderado de todas las nobles causas —pensó Miriam sonriendo interiormente—. Es un testarudo, decía el abuelo—. Cuando cree que tiene razón, nunca da su brazo a torcer».

Bien, cuando por fin pudimos exponer el caso al Presidente, que no sabía nada, él remedió la situación inmediatamente. Y el caso terminó bien. Ha sido una batalla ganada al fanatismo religioso, puedes estar segura.

A veces, cuando no puedo dormir y me pongo a filosofar a medianoche, pienso que la vida no es más que una sucesión de batallas. Quizás, en cierto modo, ello sea bueno para nosotros. No sé. Pero entre batalla y batalla me gustaría poder descansar un poco más; pasar una tarde de verano sentado al lado de una guapa muchacha sin ninguna preocupación, estar contigo y con tus hijos en una playa fresca, o en un barco, o delante del fuego en una noche de invierno; dar un largo paseo y charlar con Gabriel como antes. Pero ahora yo visto de azul y él de gris…

Mi querida Miriam, ahora comprendo por qué te fue imposible dejar tu casa aquella noche cuando te pedí que huyeras conmigo. Espero que, ahora que vuestra ciudad está en manos de la Unión, por lo menos prestéis el juramento de lealtad. Supongo que Eugene comprenderá que, en sus condiciones, es lo más prudente. Sin duda todos vosotros, dejando aparte convicciones y consideraciones sobre el bien y el mal, reconoceréis que la causa está perdida, que el Sur está condenado. Salvaos, pensad en vuestra seguridad, querida…

—Has recibido carta de tu hermano. —Ferdinand le hablaba desde la puerta que había dejado abierta—. Dice Eugene que la han traído a mano.

—Sí.

—Y tú no me dices nada y subes a esconderte aquí para leerla. —Creí que no querrías verla, papá.

Se hizo un silencio. Ferdinand seguía en la puerta, indeciso. —¿Te la leo, papá?

—Bueno, anda, sí, léela.

—«Querida hermana» —empezó y, al levantar la mirada, observó que su padre apretaba las mandíbulas. Siguió leyendo rápidamente—: Espero que en Nueva Orleans no tengáis que sufrir lo que ha ocurrido aquí. Gente arrancada de sus casas, muchachas ultrajadas, soldados rebeldes saqueando…

—¡Basta! —gritó Ferdinand—. ¡Basta! No quiero saber nada más de mi hijo. El escribe esas cosas mientras nosotros somos conquistados y nuestro hogar… —Se le ahogaron las palabras en la garganta.

La derrota hacía que la ciudad se retorciera como un enfermo presa del dolor. Y si de la habitación de un enfermo van saliendo los partes médicos, allí surgían y se esparcían los rumores. Se afirmaba que el general Butler había dicho que desde su balcón del «St. Charles Hotel» con un movimiento de la mano podía hacer que la sangre inundara las calles.

—¡Qué ironía! —exclamó Eugene—. ¡Pensar que el padre de Butler, a las órdenes de Andrew Jackson, defendió esta ciudad!

El adorado Pierre Soulé fue enviado a la prisión del fuerte Warren, de Boston. El había sido el símbolo de la secesión. Dos de los clérigos más influyentes de la ciudad fueron enviados a la cárcel de Nueva York, uno por predicar un sermón secesionista y el otro, por omitir una oración por el Presidente de los Estados Unidos.

—¡Oh, Dios mío! —suspiraba Emma, retorciéndose las manos—. ¿Quién será el siguiente?

—Por esta…, esta estupidez, yo he perdido un hijo —clamaba Rosa con áspera voz de vieja.

Había envejecido de pronto. Al día siguiente de enterarse de la terrible muerte de Herbert, amaneció convertida en una anciana. «Era extraño — pensaba Miriam—, extraño y triste, verla sin su vivacidad, sus pulseras y su aire dicharachero. Extraño también oírla hablar como Eulalie».

—¡Cómo los aborrezco! —repetía—. ¡Qué asco! Podría matar a Butler y a cada uno de los hombres que llevan ese maldito uniforme azul que me cruzo por la calle.

—Hay gente mucho más despreciable en nuestro propio lado —dijo Eulalie hoscamente—. Personas como Judah Benjamin y su…, su ralea.

«Su ralea —pensó Miriam—. Aunque no muy fervoroso, es judío. Dices “ralea” porque no te atreves a hablar más claro delante de Eugene. Y yo no me atrevo a replicarte como me gustaría y hubiera hecho en otro tiempo».

Emma desvió la conversación.

—Ayer, en Royal Street, vi algo realmente desagradable. Dos señoras que llevaban nuestra bandera se taparon la nariz al paso de un oficial de la Unión. Bueno, eso ocurre continuamente, lo hacemos todas. Pero aquel oficial se dio por ofendido y fue tras ellas y entonces las mujeres —aquí se echó a reír— fingieron que vomitaban. Yo estaba al otro lado de la calle y me paré a mirar. El se puso realmente furioso y las amenazó: «Ya estamos hartos de esa actitud. ¡Que no vuelva a ocurrir! Están advertidas». Y ellas, asustadas, se alejaron a toda prisa.

—Tenéis que avisar a Angelique —dijo Eugene, frunciendo el entrecejo —. Que no haga nada que llame la atención. Ya no es tan niña como para que no le hagan caso.

—Si se parece a su madre, ella nunca insultará a un oficial de la Unión — observó Eulalie con osadía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Miriam con indignación—. ¿A qué te refieres?

—Te has quitado nuestra bandera del vestido.

—Desde luego. No quiero acabar como Mrs. Philips.

—¡Qué espanto! —exclamó Emma—. Yo la conocía. Pertenece a una de las mejores familias de Alabama. Dicen que cuando pasaba el entierro de un oficial federal por delante de su casa ella se rio. ¿Puede haber algo más escandaloso? ¿Es esta la libertad que pregona la Unión? ¿Es que una mujer no va a poder reír? ¡Y mandarla a la cárcel de Ship Island! Dicen que ha sufrido una depresión nerviosa, y no me sorprende.

—Todo el mundo sabe que Butler desprecia a los judíos —dijo Eugene—. Por eso le impuso una sentencia tan dura.

—Oh, sí —dijo Miriam, sin mirar a Eulalie, pero, hablando para ella—. El Norte acusa a los judíos porque burlan el bloqueo y se mantienen leales al Sur, mientras que algunos sudistas nos consideran sospechosos de simpatizar con el Norte. ¿No es curioso?

—¡Butler! —dijo Eugene con desdén—. Él hace alarde de honradez y virtud, mientras deja que su hermano exprima bien a la ciudad y reúna un buen capital para los dos.

Ferdinand parecía tomarlo como una afrenta personal.

—Es difícil de creer. Es difícil de creer —murmuraba.

La tristeza ahogaba la casa. Con las persianas entornadas sus habitantes dejaban pasar las horas envueltos en la penumbra. Ya nadie salía al jardín, porque estar a la intemperie parecía más peligroso, aunque era una sensación totalmente irracional. De todos modos, se sentían mejor entre cuatro paredes.

Ni el mismo Eugene, según advirtió Miriam un día, había salido de casa desde hacía semanas, ni siquiera para lo que ella mentalmente y con eufemismo llamaba sus «visitas». Y, sin empacho, preguntó a Fanny lo que sabía del asunto. Fanny, también sin empacho, se lo dijo:

—Queen vive en casa de un comandante de la Unión, la que está al lado de la del general Twigg que Butler requisó. Dicen que Queen organizó una cena para una docena de oficiales y que la vajilla era de plata maciza.

Así que Queen se había pasado a los vencedores. ¡Pobre Eugene! Hasta los criados habían sido más leales, aunque Dios sabría por qué.

Miriam pensaba en todas estas cosas mientras las agujas tejían madejas y madejas de lana gris.

—¿Tú vas a prestar juramento, papá? —preguntó el joven Eugene—. El padre de mi amigo Bartlett dice que sí, que no son más que palabras y que él piensa jurar, pero solo de labios afuera.

—¿Eso va a hacer? El padre de tu amigo Bartlett es un vil canalla, y puedes decírselo de mi parte.

—Dicen que ya han jurado once mil personas —apuntó Miriam.

—Allá ellas. Ningún ciudadano como es debido mirará a la cara a quien preste juramento, puedes estar seguro.

Espero que… por lo menos prestéis el juramento de lealtad, decía David en su carta. El Sur está condenado.

—Pues, si no juras, te confiscan los bienes —dijo Miriam procurando hablar sin ansiedad, en tono neutro.

—¡Te confiscan! —exclamó Ferdinand, sombrío—. Perderíais la casa.

«Y tú te verías en la calle por segunda vez», pensó Miriam.

—Lee la fórmula del juramento —ordenó Eugene.

Ella abrió el periódico.

—«Juro solemnemente acatar de buena fe el Gobierno de los Estados Unidos, no empuñar las armas ni instigar a otros a que las empuñen…, usar toda mi influencia… para sofocar la rebelión… Lo juro por Dios y…

—Saca mi agenda —gritó Eugene—. Quiero que me hagas una lista con los nombres de todas las personas que sepáis que han prestado ese infame juramento.

Ferdinand titubeaba. De no ser por Eugene, él habría jurado. A su edad, solo deseaba paz y sosiego. Ya había perdido aquel fuego de su juventud. Y, sosteniendo en la mano la cabeza de una muñeca de porcelana de Angelique que estaba tratando de reparar, parecía derrotado.

—Una cosa es segura: nadie de mi familia jurará —declaró Emma—. Ninguna de las antiguas familias francesas se someterá a esa infamia.

—No son las familias francesas las únicas —dijo Miriam suavemente—. Nuestro rabino Gutheim tampoco jurará, y él no es francés. Y más de la mitad de nuestra congregación tampoco —añadió categóricamente.

Pero ¿por qué el desafío? ¿Por qué ese afán de situarse una vez más al lado de los vencidos? Y se sentía intrigada por la actitud de Gutheim, un inmigrante alemán que llevaba menos de once años en la ciudad y había optado por dar su lealtad a la causa sudista. Probablemente, era por influencia de su esposa, que pertenecía a una antigua familia de Alabama. Él la quería y se había dejado convencer. «Si yo estuviera casada con André…».

—De todos modos, hay tiempo hasta el primero de octubre —dijo Ferdinand y añadió esperanzado—: De aquí a entonces pueden cambiar las cosas.

—Hoy es treinta de setiembre —dijo Miriam—. Tienes que decidirte, Eugene.

—Ya estoy decidido.

—¿Plenamente?

—Léeme otra vez esa basura.

—«… quienes no hayan prestado acatamiento…, deberán presentarse al capitán preboste más próximo a su domicilio con una lista de todas sus propiedades…, y cada cual recibirá un certificado del preboste que le acreditará como enemigo de los Estados Unidos». —Bajó el periódico, pensando: «No puedo soportarlo».

—Continúa —dijo Eugene con impaciencia.

—«Quienes no se registren podrán ser multados, arrestados y condenados a trabajos forzados…». —Miriam tiró el periódico.

«Un ciego, obstinado e irreductible; Emma y Ferdinand, tan indefensos como él, y dos niños. Y yo tengo que cuidar de todos. Y de Rosa, que tampoco ha jurado y van a echarla de su casa. Prometí a Gabriel que cuidaría de ella».

Ferdinand estaba en el vestíbulo, contemplando la casa que él consideraba su hogar. Su rostro, más que pena o temor, reflejaba un vivo asombro. Era la misma expresión que tenía el día de la quiebra, como si no pudiera creer que las cosas pudieran derrumbarse arrastrándole a él.

—Date prisa, papá —dijo Miriam con suavidad—. Solo nos han dado hasta el mediodía.

—Me gustaría llevarme ese cuadro —dijo él, como si no la hubiera oído.

Ella siguió la dirección de su mirada hacia el salón de delante, en el que las alfombras ya estaban enrolladas y salpicadas con hojas de tabaco, para protegerlas de los insectos. Encima de la repisa de la chimenea estaba colgado un retrato de Eugene y Angelique pintado en su primera infancia. El niño llevaba un traje de marinera, con pantalón blanco y sombrero negro de alas anchas y estaba de pie al lado de la niña, sentada con las manitas cruzadas sobre su delantal de seda verde.

—No podemos llevarnos nada de valor —dijo Miriam titubeando y sintiendo el peso de las monedas de oro cosidas a sus enaguas. Aunque supongo que eso no tiene valor para nadie más que para nosotros. Sí, di a Sisyphus que lo envuelva y lo ponga entre el equipaje de los criados. Es menos probable que miren allí. Yo trataré de llevarme unos cuantos libros. Estaremos fuera mucho tiempo.

—¡Oh! ¿Tú crees? —preguntó Ferdinand.

En la calle, delante de la casa, se hallaba formado el pequeño cortejo de carruajes. La puerta del jardín estaba entreabierta y se veía a Afrodita que parecía contemplar serenamente las peras que crecían junto a la tapia. La doble cascada se descolgaba mansamente y las palomas grises picoteaban en el suelo. En aquel ámbito soleado y apacible nada había cambiado. Miriam sintió una profunda e inesperada tristeza, que no debía de ser nada comparada con la de Eugene, para quien aquella casa era su verdadero hogar y motivo de orgullo. Luego, Maxim, a una orden de Eugene, arreó a los caballos y los carruajes se pusieron en marcha. El último era el de Rosa.

En la esquina, la casa de Pelagie tenía las ventanas cerradas y las persianas echadas. Hacía unas semanas que ella, sus hijos y Eulalie se habían ido a la casa de campo de los Labouisse.

Ferdinand decía en voz baja a Emma algo sobre la primera vez que había visto la ciudad y la primera vez que la había visto a ella. Miriam, por discreción, volvió la cara hacia otro lado y rodeó con su brazo los hombros de Angelique. La niña la miró con una sonrisa tan dulce y valerosa que Miriam sintió una oleada de orgullo por la valentía de aquella criatura.

Pasaron ante la esquina en la que Eugene había sufrido su desgracia, cerca de la casa de Queen. Después de hacer aquel recorrido durante tantos años, él debía de ser perfectamente capaz de calcular la distancia y darse cuenta de dónde estaban, porque tamborileó con los dedos en el costado del coche y bajó la cabeza. Los recuerdos —buenos y malos— que pasaban en aquel momento por su cabeza solo él podía saberlos.

Una a una, dejaron atrás las casas de las personas que habían formado parte de su vida. Cruzaron Canal Street, donde por encima de las copas de los árboles que recorrían la calzada, Miriam distinguía las ventanas de la Aduana, desde la que Bestia Butler gobernaba la ciudad. Cruzaron la ciudad jardín en la que André había construido su hermosa casa. Miriam cerró los ojos para ahuyentar el recuerdo, pero no pudo.

En los límites de la ciudad mostraron los salvoconductos y salieron al campo. Los soldados que pudieran encontrar a partir de ahora vestirían de gris. Los carruajes avanzaban bamboleándose sobre la desigual carretera, bajo el cielo claro del otoño. No hablaban; solo Eugene dijo:

—Y tú que querías vender la propiedad. ¿Qué hubiéramos hecho ahora sin ella?

Ella podía haber respondido: «Prestar el juramento», pero no lo dijo, y no hablaron más.

Hasta los niños callaban; Angelique dormía con la cabeza en el regazo de su madre, que compartía con la perrita. El joven Eugene estaba serio y pensativo; tal vez había madurado al advertir la ruptura que suponía aquel viaje. Parecía ahora mucho mayor que el mozalbete que no hacía tanto andaba por la ciudad lanzando vivas y agitando la bandera. Ahora, con la mirada fija en el camino, parecía no tener nada que decir.

No se oía más que el murmullo del viento en las copas de los altos robles y el cansino repicar de los cascos.

A última hora de la tarde del día siguiente, llegaron por fin a «Beau Jardín».

Aunque no se les esperaba allí, todo estaba gratamente normal. En el huerto, alineados de modo perfecto, crecían guisantes, espárragos y fresas. Al otro lado de la cerca, entre las vacas, pacían docenas de corderos. Durante todo el día, se oía el cacareo de las gallinas, doméstico y sosegado. Así pues, a pesar de la rapiña de Butler, no les faltarían huevos, leche ni verduras frescas. La guerra parecía estar muy lejos.

En el plácido anochecer, Miriam estaba inmóvil en el porche tratando de ambientarse. «Nunca me gustó esto —pensaba—. Ni me gustó el ocio, ni la soledad, ni el lujo superfluo. “Beau Jardín”. ¡Qué ironía de nombre! Uno tiene que sentirse a gusto en un jardín hermoso, y yo aquí nunca lo estuve, Dios lo sabe. Sí; a esta hora tranquila del anochecer, la guerra parece estar muy lejos. Pero no lo está. Aún hemos de ver cosas terribles y duras antes de que termine».