Nueva Orleans
Capítulo 11
11
El barco fluvial remontaba la corriente y David, apoyado en la borda, cavilaba. Era más que nunca su hermana quien turbaba sus pensamientos.
¡Las paradojas de la vida! ¡Ahora que él había vuelto al Sur, después de tanto tiempo, era ella la que quería irse al Norte!
Ella le había hablado de aquella quimera hacía un par de meses; porque no era más que eso, una quimera, pensaba él ahora con tristeza. Aquella tibia noche de invierno, ella le contó tantas cosas, que él aún estaba abrumado por sus revelaciones.
Él regresaba a casa, después de hacer una visita nocturna, y al pasar por delante de la casa de los Mendes, vio a Miriam sentada junto a la ventana de la biblioteca, la única iluminada de todo el edificio. El se detuvo y subió la escalera.
—¿Qué haces levantada a estas horas? ¿Y sola? —le preguntó.
—No podía dormir. Por eso volví a bajar. —Ella le hurtaba la cara deliberadamente; no quería que él la viera y hacía que el pelo se la tapara. Pero se retorcía las manos en el regazo.
—¿Qué te pasa? —preguntó él—. ¿Qué es lo que te quita el sueño?
—Nada, no es nada, estoy bien.
—Si una persona no puede dormir es siempre por alguna causa.
—Ya salió el médico —murmuró ella, aún sin mirarle.
—Sí; pero, además, soy tu hermano.
Ella se estremeció, esforzándose por no llorar.
David vacilaba. Quizás habían tenido una simple pelea, un mal día y nada más. A veces las mujeres eran hipersensibles. Lo que esta noche parecía una tragedia podía olvidarse fácilmente a la luz del día y a la luz de una sonrisa. Sería preferible que él se ocupara de sus propios asuntos. Pero algo le hizo insistir.
—Anda, dime qué te pasa, Miriam. ¿Cómo quieres que me vaya a casa a dormir mientras me martillean en el cerebro toda clase de conjeturas sobre ti?
Ella guardó silencio un minuto o dos. Crujió un postigo empujado por el viento. Gretel, dormida en la alfombra, se quejó en sueños. El silencio era agobiante. De pronto, Miriam lo rompió. Se levantó bruscamente del sillón, giró sobre sí misma y abrió los brazos.
—Quiero…, quiero… —Respiraba entrecortadamente—. Quiero irme de aquí. ¡Odio esto! No hay libertad ni para los negros ni para nadie. Te trazan una línea —señaló con el pie una línea imaginaria— y de aquí no puedes pasar. Tú tienes una posición, tú eres la señora de Tal y debes observar las reglas. Regla número uno: pon buena cara, no dejes que nadie sepa la verdad de tu vida…
Le temblaban los labios.
David estaba asustado. Se levantó y le oprimió las manos.
—¿Qué dices? ¿Tan grave es?
—Oh, sí. Tú no puedes imaginar cómo deseo… Sueño con ello noche y día… Coger a los niños y marcharnos tú y yo, irnos al Norte, a otro mundo.
—Miriam, el Norte no es el paraíso. Allí no hay esclavitud, pero hay otros males. También hay gente que sufre. Eso, en todas partes…
Ella se desasió y se tapó los ojos con las manos, tambaleándose ligeramente.
Luego, con la misma brusquedad con que se levantara de la silla, se acercó a David y apoyó la cabeza en su hombro.
—¡He sufrido tanto! No tienes idea…
—No tengo idea, si tú no me lo cuentas.
—¿Por qué me casé con Eugene? ¿Por qué? —susurró—. ¡Fue una equivocación trágica! También para él. No hay nada…, nada, nada, ¿comprendes? No tenemos nada en común. ¡En absoluto! No es culpa de nadie. Pero es así. ¿Comprendes? —repitió.
El creía comprender, pero por delicadeza —al fin y al cabo era su hermana—, prefirió no darse por enterado. Solo preguntó con abatimiento:
—¿No habría forma de remediarlo? ¿No se puede hacer nada?
Miriam movió la cabeza.
—Quizá si alguien os hablara… a los dos… para tratar de averiguar… — ¿Averiguar el qué? ¿Que no se querían? En realidad, él no esperaba respuesta, ni la obtuvo.
Y, tratando de disimular la angustia que sentía, David dijo:
—No sé qué puedes hacer, pero sé muy bien lo que no debes hacer. Miriam, bonita, destierra la idea de escapar o se convertirá en una obsesión perniciosa que te hará sufrir aún más.
—Yo había pensado que, si papá quisiera darme dinero… —apuntó ella.
—Papá nunca te daría dinero para que dejaras a tu marido —la interrumpió David secamente—. Eso lo sabes perfectamente. ¿Y cómo ibais a vivir en el Norte, una mujer sola, sin amigos y unos niños sin padre? No, Miriam, tienes que ser práctica.
David se oía a sí mismo repetir unos tópicos que él despreciaba, pero que sabía vigentes. Sostenía las manos de su hermana mientras le daba consejos, comprendiendo que era más caritativo disuadirla y aplacarla, que fomentar su desesperada rebelión.
—Lee, cultívate, haz obras de caridad, cuida de los niños. La actividad lo es todo…
Y, mientras la aconsejaba, se preguntaba si podía haber una causa más profunda para la desesperación de su hermana. ¿Acaso otro hombre?
Ahora, al recordar aquella noche, David suspiró. Estaba cansado, pero no era un cansancio físico; eran los nervios, que vibraban como el alambre de una cerca en un vendaval. No podía ayudar a Miriam. Por otra parte, él tenía una doble vida, con todos los riesgos a los que tenía que exponerse en sus actividades clandestinas.
Apoyado en la borda, dejaba que la brisa le refrescara las mejillas que le ardían. En aquellas riberas estaba escrita la historia del Sur. Aquí y allí sobre una colina, una mansión, majestuosa como un templo clásico, y abajo, en los campos, las partidas de peones con la azada en la mano. Entre las grandes fincas, las parcelas de los pequeños granjeros: un par de acres, una casa de troncos para la familia y dos o tres cabañas para los negros, y unos y otros trabajando juntos en la recolección del algodón. En esta época del año, los bosques estaban en flor: el rosal silvestre cuajado de estrellitas blancas, la piracanta color de rosa y la forsitia como oro fundido. En primer término, el camino discurría paralelo al río. En los senderos crecían matas de campanillas azules y el ganado rumiaba bajo los árboles al resguardo del sol del mediodía. Un paisajista inglés, un Constable, habría sacado buen partido de aquella idílica escena rural, y durante un momento David deseó poder verla únicamente con ojos de artista.
Pero no; él veía los chiquillos harapientos que se acercaban a curiosear dondequiera que el barco recalaba para desembarcar la carga que traía a la ciudad y contemplaban con ojos de admiración a los elegantes pasajeros del palacio flotante. Veía a los blancos pobres sentados en la cubierta inferior entre baúles míseros. Una mujer encinta, muy joven y sin un solo diente. Un niño cubierto de pústulas. De pronto, creyó estar otra vez en el Mirabelle. Aquel viaje podía haber ocurrido en otra época, tan remoto parecía y tan distinto se veía él de aquel muchacho inocente e impulsivo. Pero distinto solo en el aspecto. Acarició su maletín de buena piel marrón. Distinto solo por fuera.
A su espalda, en el salón de baile, alguien tocaba al piano El vals del claro de luna, una música suave, dulce y cristalina. Qué delicia viajar por el río, cenar con los amigos bajo las lámparas de cristal o hacer grandes negocios entre un buen cigarro y una copa de brandy, viendo desfilar las verdes riberas. El vapor era una extensión de la cautivadora ciudad. Para el que pudiera gozar de ellos, los placeres de aquella ciudad eran soberanos: buena comida, buen vino, mujeres, dinero y música. La orquesta de la Opera Francesa era una de las mejores —si no la mejor, como decían algunos— de todo el país. La cocina era exquisita y las mujeres, rutilantes.
David fue evocando a las muchachas que conocía, media docena o más, y cada una, un tesoro, alegres, vivaces o deliciosamente formales; pensaba en seda perfumada y hombros blancos, y en llegar a casa y encontrar esperándote a una esposa joven… Pero en este tiempo y lugar él había elegido otro camino; estaba comprometido, entregado en cuerpo y alma.
Siguió haciendo balance. De su vida profesional podía estar satisfecho. Tenía un acreditado consultorio de obstetricia, gracias a haber sido uno de los primeros en utilizar cloroformo. Era un colaborador asiduo del New Orleans Medical Journal para el que había escrito artículos sobre la fiebre amarilla y problemas sanitarios. En pocos años, había adquirido prestigio, un prestigio que el asunto de aquel día podía hacerle perder para siempre.
—¿Va usted muy lejos? —preguntó una voz a su lado.
El que había hablado, un hombre de mediana edad y aspecto cortés, alzó el sombrero.
David correspondió al saludo.
—Desembarco en la próxima.
El desconocido le tendió la mano.
—Me llamo Cromwell, George Alexander Cromwell.
—Mucho gusto. Doctor David Raphael.
—¿Ejerce en Nueva Orleans? Creo que he oído hablar de usted. Yo vivo en Baton Rouge.
El hombre parecía dispuesto a entablar una amigable charla, por lo que David creyó necesario hacer alguna observación cortés.
—Es una forma muy agradable de viajar. Mucho mejor que exponerse a los salteadores de caminos —dijo David.
—Sí; los caminos están horribles. Pero, de todos modos, yo siempre he preferido el río. En el cuarenta y tres, cuando el Duke of Orleans estableció la marca, yo estaba a bordo. Seis días y once horas de Cincinnati a Nueva Orleans. Un gran barco.
—Ya lo creo.
—Siempre que pueda uno zafarse de los jugadores. Durante aquel viaje, el capitán desembarcó a tres. Es algo que tendrían que hacer más a menudo. Han causado la ruina de muchos hacendados.
David asintió. La semana anterior había oído decir a Eugene que Ferdinand había perdido una fuerte suma a las cartas cuando iba río arriba, a casa de los Labouisse. También le había dicho que la empresa de Raphael hacía aguas, lo que parecía increíble. David pensó en preguntar a Gabriel, pero no servía de nada. A Gabriel no se le podían sacar revelaciones de esta índole ni poniéndole cabeza abajo. Para él, el secreto profesional era sacrosanto.
Los sombríos pensamientos de David se interrumpieron al exclamar el desconocido.
—¡Ya lo tengo! Ahora sé dónde oí hablar de usted. ¿No es pariente de Sylvain Labouisse?
—Muy de refilón —sonrió David—. La esposa de mi padre es su madre política.
—Algo es algo. Gran familia los Labouisse. Han hecho historia en el Estado.
—Así lo creo yo también —dijo David con el interés que exigía la cortesía.
—Precisamente ahora vengo de una reunión en la ciudad, en la que ha hablado él. Contra la plaga abolicionista. Yo fui otro de los oradores. Presenté a Henry Hyams.
—¿Le conoce?
—Me lo presentaron.
—Un hombre con un gran futuro. Dicen que llegará a gobernador del Estado. Es judío. Usted también, si no me equivoco.
—En efecto.
—Yo admiro a las personas como Hyams o Sylvain Labouisse y a todo el que habla claro. Desprecio a los que se mantienen a la expectativa, mientras otros preparan la defensa de sus mujeres y sus hijos. Demasiada propaganda antiesclavista. Necesitamos vigilantes, como dijo otro excelente orador, Eugene Mendes. Usted debe de conocerle, porque es de Nueva Orleans.
—Tengo el honor de ser su cuñado.
George Alexander Cromwell le miró impresionado.
—Nos hacen falta más hombres como él. Yo opino que la gente no se da cuenta de la gravedad de la situación. Desde que California redactó su Constitución prohibiendo la esclavitud, los tipos como Garrison se han sentido envalentonados. ¡Si hasta las Iglesias se han contaminado! Yo soy baptista y hemos tenido que separarnos de nuestra congregación nacional.
David movió la cabeza con gesto de preocupación.
—Sí; hay que mantenerse alerta. —El hombre bajó la voz—. No sé lo que puede haber de cierto en ello, pero ayer hablaban de un inglés, un tal Dyson, que dirige una escuela para chicos de color libres en Nueva Orleans. Dicen que, además de las asignaturas habituales, les enseña otras muchas cosas.
—No querrá usted decir que…
—Sí, amigo mío, la subversión.
—¡Dyson! ¡Caramba! —exclamó David—. No sé, me cuesta creerlo. Claro que solo le conozco superficialmente, vive cerca de mi casa, pero yo diría que es un simple pedagogo. No parece un revolucionario. Esos rumores pueden hacer daño a personas inocentes, ¿no cree?
—Oh, desde luego. Pero, de todos modos, mejor estar sobre aviso. ¿Recuerda usted cuando aplastaron la insurrección de la parroquia de Rapides en el treinta y siete? Estaban muy bien organizados. Luego hubo otra, en Lafayette, en el cuarenta. Cuatro abolicionistas llegados del Norte iniciaron una revuelta. Los esclavos del padre de mi mujer estaban complicados, pero los pillamos a tiempo y los colgamos a todos. Oh, mejor estar alerta.
—Seguramente, tiene usted razón. Yo ando tan ocupado con mis pacientes que no tengo tiempo de nada.
—¿Visita usted a pacientes tan lejos?
Cromwell señaló el maletín con un movimiento de cabeza.
—Muy raramente. A veces combino una consulta con la visita a algún amigo. También conviene salir de la ciudad en busca de distracción. Bien, yo desembarco después del primer recodo.
Mr. Cromwell volvió a alzar el sombrero.
—Encantando de conocerle.
David hizo otro tanto.
—Lo mismo digo, señor.
Cuando bajó del barco, le temblaban las rodillas.
Desde el pequeño muelle un sendero polvoriento conducía a la carretera principal, atravesando el bosque. En la espesura cantaban los pájaros con gran algarabía. Una cabra que pacía junto al sendero se metió entre los arbustos al acercarse David. Tres chiquillos salieron de una cabaña, le miraron y volvieron a entrar. David no vio a nadie más. Mientras avanzaba, procuraba tranquilizar los nervios y aparentar serenidad.
Debían reunirse en el «Hotel Bartlett», a poco menos de un kilómetro, carretera abajo. Era un establecimiento familiar, muy concurrido durante los fines de semana, en los que se programaban partidos de bolos, castillos de fuegos artificiales y ascensiones en globo. Por ello, habían decidido celebrar la reunión a mitad de semana. Por otra parte, era deseable que el lugar no estuviera del todo vacío, para que su grupo no llamara la atención. «Yo no sirvo para conspirador —pensaba David—. Me falta sangre fría».
Unos metros delante de él, un hombre salió de entre unos arbustos.
—Llega tarde —dijo Luden—. Empezaba a preocuparme.
—Hemos hecho una parada larga. Hubo que bajar un piano muy grande. ¿Ha llegado todo el mundo?
—Casi. Hay otros dos grupos, cumpleaños infantiles. He alquilado un reservado y encargado un pastel de cumpleaños.
A la puerta del hotel había media docena de carruajes. Un grupo de hombres entraba en el bar. Bien. Había animación, pero no demasiada.
—¿Has encargado un pastel de cumpleaños? ¿Quién celebra hoy su cumpleaños?
—¿Por qué no usted? —La cara larga y melancólica de Luden se cuarteó en una expresión de regocijo.
—Muy bien. Pero deberías cepillarte ese uniforme. No es propio del criado de un médico joven y brillante que celebra su cumpleaños.
—Lo siento. Ahora mismo voy. También tengo un caballo extra. Usted volverá por tierra después del anochecer. Más tarde varias personas irán a la ciudad a recoger las circulares. Uno vendrá a la consulta y las entregará a los demás en un lugar que yo he dispuesto.
David se detuvo.
—¿Quién vendrá? —preguntó secamente.
—Un amigo mío. Usted no le conoce.
—¿Negro?
—Naturalmente. —Lucien abrió las manos con las palmas hacia arriba—. ¿Cómo iba a ser amigo mío, si no?
—¡Pero tú estás loco! ¡Un negro en mi consulta, de noche! ¿Puede haber algo más comprometedor?
—Será un paciente. Un hombre de color libre. Tiene perfecto derecho a ir al médico. Tendrá una lesión en un brazo. O quizá, mejor, en un ojo.
—Entonces de acuerdo.
Cuando entraron en el vestíbulo, David levantó la voz:
—Lucien, atiende a mis invitados. Pregunta qué quieren beber, tendrán sed. Y date prisa.
—Sí, señor. Ahora mismo, señor.
En el reservado, esperaba un pequeño grupo. Salvo dos forasteros llegados de Massachusetts, todo eran caras conocidas: James MacKenzie, un impresor que, a pesar de llevar quince años en América, aún conservaba el acento gutural de su Escocia natal. Randolph Blair, sedicioso y elegante hijo de un hacendado de Virginia. Ludwig Schiff, pequeño y nervioso, miembro de una familia de judíos alemanes de Memphis. En un rincón había un individuo gris, de aspecto modesto, la clase de persona que prefiere sentarse en los rincones.
David fue hacia él directamente con las dos manos extendidas.
—¡Mr. Dyson! —exclamó—. Bienvenido, Mr. Dyson.
A media tarde, seguían sentados a la mesa. Se inclinaban sobre los restos del festín hablando en susurros.
—Bueno, creo que hoy hemos adelantado bastante —dijo David al fin.
Schiff puso una bolsa en la mesa.
—Todos y cada uno de ustedes, tomen lo que necesiten. Habrá más la próxima vez. El dinero nos llega en abundancia y con facilidad.
—No tanta facilidad —le rectificó David—. Usted trabaja mucho por conseguirlo, Schiff.
—Yo no tomaría tanto si no necesitara más para comprar papel —dijo MacKenzie—. Además, he tenido que procurarme una prensa.
—Tomen, tómenlo ustedes —ordenó Schiff.
Los dos hombres del Norte instaron:
—Hemos pasado la última hora hablando de octavillas y folletos. ¿Qué hay de las armas?
El joven Blair se echó hacia atrás estirando sus largas piernas.
—Lo convenido. En su próximo viaje, me mandan una caja de libros. Procuren que encima haya libros. La casa de mi hermana se llama «Clarissa». Paso allí todo el año, de manera que pueden enviarlos cuando quieran. Por supuesto, yo personalmente abriré la caja.
—Esta es la parte que más me desagrada —dijo David—. No me gustan las armas, eso lo saben todos.
—Las armas no gustan a ninguno de los que estamos aquí —dijo el yanqui secamente—. Pero hay que ser realista. Las usaremos lo menos posible, pero hemos de tenerlas.
—De acuerdo, entonces. ¿Cuándo las mandarán?
—No hay prisa —dijo Dyson cautelosamente—. Aún no estamos preparados. No hay que lanzarse atolondradamente. Diez ahorcados y todo habría terminado.
Schiff estaba impaciente.
—¿Hasta cuándo hemos de seguir esperando? ¿No hemos esperado ya bastante?
—Hasta que estemos preparados —respondió Dyson—. Probablemente, un año o dos. Necesitamos contar con un fuerte apoyo en el campo. Y eso requiere tiempo.
—Ahí es donde usted interviene. —David señaló a MacKenzie con un movimiento de cabeza—. Que no pare la prensa. Yo, a escribir y usted, a imprimir. Hay que hacer llegar esas hojas a la puerta de todas las iglesias rurales, las iglesias de los blancos, no las de los negros, que no saben leer. Pero los blancos pobres pueden prestarnos un gran apoyo. Solo hay que hacerles llegar el mensaje.
MacKenzie asintió.
—Tengo una partida preparada para esta noche. Está en su patio.
David se levantó y abrió la puerta. El pasillo estaba desierto, exceptuando a Lucien, apostado en la misma puerta. David le llamó con una seña.
—¿No se nos oía? ¿Estás seguro?
—Nada. Solo cuando cantaban.
—Bien. Entonces, ¿parecía una fiesta?
—Una auténtica fiesta.
—Muy bien. Ahora concretemos. Aquí nos separamos todos. Yo vuelvo solo a caballo. MacKenzie me ha dejado material en mi casa…
—En el patio, debajo de la cisterna.
—Y esta noche alguien irá a recogerlo.
—Llevará el brazo izquierdo vendado, con un gran pañuelo rojo encima del vendaje, para que no se ensucie —recitó Lucien—. Las octavillas irán en su carro en sacos de melones. Si le paran, sencillamente llevará melones al mercado, o a vender por la calle, según. Pero no creo que nadie le pare.
—¿Supongamos que ocurre lo peor y le paran? —preguntó Schiff.
—Ese hombre es como un hermano —dijo Lucien gravemente—. Antes que comprometerme, se dejaría matar.
Estas sombrías palabras trajeron un profundo silencio al comedor.
—En realidad —dijo David—, no sé por qué no se les dice a todos que recojan los folletos en mi casa, en lugar de ir a todos esos escondrijos que ha buscado MacKenzie. Empiezo a pensar que he sido excesivamente cauto.
—No, no, doctor —dijo Dyson—. A usted le conoce mucha gente. Ya es bastante riesgo que yo hable claro a mis alumnos. No podemos permitir que se comprometa usted también.
—Tonterías —dijo David—. Si estos hombres no nos merecen confianza, ¿por qué nos embarcamos con ellos?
—Confianza. —Los lánguidos ojos de Lucien miraron por la ventana, buscando un punto lejano, más allá del prado, que azuleaba a la luz del crepúsculo—. Quién sabe lo que dirá un hombre cuando le hunden los pies en un brasero o lo entierran hasta el cuello y las hormigas rojas se le meten por los ojos.
—Basta —dijo David, estremeciéndose—. Basta