Nueva Orleans
Capítulo 4
4
Bueno, ya has visto la Fábrica de Moneda —dijo Ferdinand al doblar por Esplanada Avenue. Rodeó con el brazo los hombros de David—. No sabes lo que es el tener a mi hijo conmigo. Solo siento…, y no me cansaré de repetirlo…, solo siento no haberte traído antes. Tanto tiempo perdido… Pero ya basta de lamentarse. Estás aquí, y eso es lo que importa —dijo alegremente —. ¿Qué estaba yo diciendo? Ah, sí. Yo hago otras muchas cosas, además de comerciar. Ya no basta trabajar por el dinero. Cuando lo has conseguido, tienes que hacer que el dinero trabaje por ti. De manera que he diversificado mis actividades. Hago negocios en todo el país. He adquirido muchas hipotecas y hago préstamos a los hacendados sobre sus cosechas. Siempre necesitan anticipos. Y es que viven a lo grande… David, ¿te apetece una cala? Es una especie de buñuelo de arroz, riquísimo.
Delante de la catedral, una mujer negra con un delantal blanco almidonado cocinaba en un hornillo. Ferdinand la saludó al pasar.
—¿Cómo estás, Sally? Este es mi hijo. Yo quería comprarle una cala, pero no tiene apetito. Ella hace las mejores de la ciudad —dijo mientras seguían andando—. Pertenecía a un amigo mío, pero compró su libertad. A las negras libres se las distingue por el tignon, el pañuelo que llevan anudado en lo alto de la cabeza. Algunas son unas cocineras excelentes. Por la noche venden pasteles de batata calientes. Tienes que probarlos.
De pronto, al doblar una esquina, apareció ante ellos una escena rebosante de vida. David nunca había visto semejante colorido y animación, ni un gentío como aquel que allí convergía de todas las direcciones. El espectáculo estimulaba los sentidos. Las voces vibraban en el aire, el perfume de las flores se mezclaba con los olores del río y la luz radiante deslumbraba. David se quedó atónito.
Ferdinand observaba su reacción, encantado.
—¿Sorprendido? —Se echó a reír—. Sí; el Mercado Francés es todo un espectáculo.
Los tenderetes se alineaban en una larga hilera, al amparo del dique. Las verduras, recién lavadas, estaban dispuestas en grandes manojos. En los puestos de pescado, las capturas recién llegadas y colocadas sobre un lecho de hielo despedían un brillo metálico, negro y moteado de gris. Los cangrejos vivos, verdes como la hierba nueva, rebullían junto a las langostas. Una anciana india estaba sentada en cuclillas detrás de un montón de objetos de piel. Damas con sombrilla y criada, iban de puesto en puesto o tomaban su café con beignets en pequeñas mesitas situadas bajo los toldos.
David, silencioso y admirado, caminaba arriba y abajo, entrando y saliendo, observando y grabándolo todo en la memoria como un pintor que preparase su boceto.
—¿Quieres un café noir? —preguntó Ferdinand—. ¿No? Entonces ya has visto bastante por hoy, ¿no te parece?
Dejaron atrás los puestos. En un extremo de la calle, sobre un estrado, había un sillón de dentista, rodeado por una banda de músicos. Un pequeño grupo se había acercado a mirar cómo le arrancaban las muelas a un desventurado cuyos gritos eran ahogados por la música.
—El sacamuelas tiene a un hermano en la Facultad de Medicina —dijo Ferdinand—. Ocupa la cátedra de Materia Médica. Le conozco bastante. Y conozco a otros muchos. De todos modos, no creo que haya dificultades para que te admitan. Pronto iremos a hacerles una visita, pero en realidad no hay prisa. Aún tienes que estudiar unos cuantos años. Los americanos, justo es reconocerlo, están haciendo mucho por la educación. Dicen que van a traer a un hombre que trabajó con un tal Horace Mann en Massachusetts, un Estado que está al norte de Nueva York, en la fundación de escuelas públicas… Me han asegurado que aquí va a haber pronto muchas escuelas gratuitas. Eso estará bien. Bien sabe Dios que yo no fui a la escuela mucho tiempo, allá en Europa, y siempre he sentido la falta de una educación sólida. Es algo que hace que uno se sienta inseguro de sí mismo, mal que me pese reconocerlo. De todos modos, no se puede decir que me haya ido mal en la vida, a pesar de mi falta de estudios, ¿verdad? —Se echó a reír—. Pero quiero que tú recibas la mejor enseñanza posible. Afortunadamente, no necesitarás de las escuelas gratuitas. La gente de nuestra clase tienen preceptores o envían a sus hijos a las escuelas privadas.
David recordó la conversación mantenida con Pelagie la noche antes.
—¿Y Miriam? —preguntó.
—Oh, por aquí hay muchos colegios para niñas, dirigidos por damas distinguidas, casi todas, de buena familia, que necesitan dinero. No sé si las niñas aprenden muchas cosas, pero sí las suficientes para comportarse en sociedad. Al fin y al cabo, ¿qué falta le hacen los estudios a una chica?
¡Pobre Miriam, ella tan despierta, curiosa e imaginativa! ¿Acaso no era su mente igual a la de David? El muchacho pensó entonces que la inteligencia de una muchacha podía desperdiciarse tanto en el lujo y la ociosidad como en la penuria de un pueblucho de Europa. Iba a decirlo así cuando su padre reanudó sus explicaciones, mientras caminaban por la ribera.
—Sí; esos barcos son la línea vital que me une al mundo. —Miró en derredor y bajó la voz, para no revelar asuntos de negocios a desconocidos—. David, el año pasado, solo de México, importamos mercaderías por valor de treinta mil dólares.
A lo largo de la orilla, había barcos amarrados en hileras de cuatro y cinco. Las calles eran un hormiguero de gente a pie, a caballo, en elegantes carruajes y en carros cargados hasta los topes. La ciudad estaba boyante, próspera.
—En estos muelles, te encuentras a los tipos más pintorescos que puedas imaginar —dijo Ferdinand—. Hombres honrados y estafadores de todas las especies. Aquí verás a un campesino jugarse unos centavos a los dados y a un hacendado apostar miles de dólares en las regatas. En los barcos, desde luego, están los jugadores profesionales. Hay que tener cuidado con los tahúres que viajan por el río. Muchos hacendados han sido víctimas de sus malas artes. He visto a hombres perder en una partida de póquer el producto de su cosecha de todo un año. Miles y miles de dólares.
Cruzaron a la otra acera, para caminar por la sombra, bajo una triple hilera de balcones de hierro forjado. Sobre sus cabezas, alguien que regaba un tiesto de helechos, puso en el aire cálido de la mañana una vaharada de acre fragancia.
—Ahí, en la esquina de Royal Street, está la Lonja del Algodón. Tal vez mañana te lleve conmigo y te presente a algunos amigos. ¿De verdad no quieres nada antes de volver a casa?
David reflexionó unos momentos.
—Me gustaría comprar un par de libros en inglés.
—¿Sigues con la idea del inglés? Está bien; hay una librería en esta misma calle. Tenemos nueve librerías en la ciudad.
Al fondo de una tienda estrecha y larga estaba sentado un viejo con un casquete en la cabeza. Al verlos, se levantó.
—¿Libros ingleses? Aquí están. Poesía, novelas. Historia, gramática. Están todos aquí. —El viejo observaba con curiosidad a David mientras el muchacho recorría las estanterías con la mirada—. Si el joven desea una gramática, puedo recomendarle esta.
—Quiero aprender a hablar el inglés —explicó David en francés.
—En tal caso, la gramática sola no le bastará. Tendrá que leer algo de literatura. Así la lengua cobrará vida para usted. ¿Le gusta la poesía?
—No he leído mucha y, siempre, en alemán. Pero sí, me gusta.
—Entonces, Lord Byron, un romántico. —Repitió la palabra recreándose en ella—. Un romántico. Un poeta para los jóvenes. Para mí, ya no, pero sí para usted, desde luego. Y, para novelas, las de Sir Walter Scott. Le apasionarán. No tienen nada de árido.
—Mi hijo puede llevarse todos los libros que desee —dijo Ferdinand—. En cuestión de educación no me duelen prendas.
—Y hace usted muy bien, señor —repuso el anciano con una reverencia.
Una vez elegidos y pagados varios libros, el dueño de la tienda retrocedió hacia la estantería arrastrando los pies y entregó a David un tomo delgado, encuadernado en piel.
—Cuando haya terminado con esos otros libros, ya dominará la lengua lo suficiente como para apreciar a Jonathan Swift, el más grande de los escritores. Era un satírico. ¿Sabe lo que quiere decir satírico, joven? ¿No? Yo se lo diré. Es un hombre de mirada clara y lengua bien afilada, mejor dicho, pluma afilada, que observa las miserias del mundo y las ridiculiza y fustiga.
—A mí me parece que eso es demasiado complicado para un chico de quince años —apuntó Ferdinand.
El anciano movió la cabeza.
—No para ese muchacho. En la mirada se le nota que lo entenderá. Aquí tiene. Lléveselo.
Al salir de la tienda, David preguntó a Ferdinand por qué le había hecho un regalo el anciano.
—Eso se llama lagniappe —explicó Ferdinand—. Aquí los comerciantes siempre añaden algo por su cuenta en proporción con la compra. Y nosotros hemos hecho un buen pedido. Deberíamos haber enviado a Maxim o Blaise a recogerlo.
—Papá, yo no necesito que un criado me lleve unos cuantos libros. Era simpático ese hombre, ¿verdad? Judío, ¿no?
—Sí; eso me ha parecido.
—El Pueblo del Libro Santo —dijo David deliberadamente. No sabía qué le había impulsado a decirlo, qué era lo que le hacía sacar a relucir una y otra vez delante de su padre aquel tema que no servía sino para irritarlos a ambos.
Durante un breve momento, Ferdinand permaneció en silencio. Luego, dijo:
—Mira, David, yo te comprendo, aunque a veces tú creas que no es así. A tu edad, ese fervor religioso es perfectamente natural. ¡A los quince años, a uno le gusta sentirse virtuoso! Incluso yo pasé por ello, aunque reconozco que a mí me duró menos que a la mayoría. —Hablaba en un tono de jocosa tolerancia—. Probablemente también tú lo superarás, ahora que te he sacado de aquel pueblo. Pero, si no fuera así, allá tú. Aunque no sea más que por la santa memoria de tu madre, yo no he de interferir.
—No creo que lo supere.
—El tiempo lo dirá. Como ya te dije una vez, si mal no recuerdo, el propio Heine afirmaba que el judaismo es un infortunio. ¿Por qué crees tú que solo en los diez últimos años, bajo el reinado de Federico Guillermo III, se bautizó a más de dos mil judíos? Porque esa es la única vía para la supervivencia bajo un opresor, ¡ea! Afortunadamente, aquí no es necesario convertirse y, tal como te he dicho, yo nunca lo deseé. Lo único que deseo es que me dejen en paz.
—Eso será si ellos quieren —dijo David.
En Chartres Street, Ferdinand intercambió una reverencia con un fornido joven que llevaba un elegante traje negro.
—Es Judá Benjamín —susurró—, uno de nuestros más brillantes abogados jóvenes. Aunque es judío, no practica la religión. Y ese es el «Hotel St. Louis». Se come admirablemente. Un día te traeré a almorzar. Tienen la sala de subastas más importante de la ciudad. Ahí puedes comprar cualquier cosa, desde un barco a una casa, todo un mobiliario francés, mil acres de tierra… Cualquier cosa.
Un cartel de la pared llamó la atención de David. Se detuvo y empezó a leer lentamente:
—«Muchacho negro, menos de veinte años, excelente ayuda de cámara, habla inglés y francés, con conocimiento de sastrería, honrado, aspecto agradable».
Algo le aguijoneaba, una vaga intuición que le atraía y repelía a la vez.
—Me gustaría entrar ahí —dijo.
—¿Ahora? ¿Quieres ver la subasta? Está bien. Disponemos de una hora libre.
Unas sillas dispuestas en círculos concéntricos rodeaban un estrado sobre el que se veía a un hombre de ademanes enérgicos y camisa de color chillón. Ferdinand avanzaba entre hileras de sombreros de copa descansando sobre rodillas vestidas de buen paño, moviendo la cabeza y saludando a derecha e izquierda. En los pasillos había grupos de gente de pie. El murmullo de las conversaciones recordaba el de un teatro antes de levantarse el telón, o una feria de pueblo, pensaba David, antes de que empiecen a actuar los saltimbanquis y el oso bailarín. Pero cuando estuvo sentado y pudo distinguir el estrado, advirtió cuál era el verdadero carácter del acto. A pesar de la dificultad del idioma, ya que el subastador hablaba muy de prisa, pasando continuamente del francés al inglés, David comprendió. ¡Allí se vendían seres humanos! A un lado del estrado, aguardaba un pequeño grupo dócilmente, como los caballos en aquella misma feria de pueblo. Y David aguzó la mirada: un viejo encorvado; tres muchachitos, unas mujeres gruesas, una de las cuales exhibía una extraña sonrisa afable, una muchacha joven, de piel muy clara —tres cuartas partes blanca, supuso él— que lloraba en silencio. David se volvió entonces a mirar al hombre cuya vibrante voz dominaba el murmullo de las conversaciones.
—Señores, señores, silencio, por favor. Estamos trabajando y no se oye nada. ¿Cuánto me ofrecen por esta mujer, que se llama Lucinda?
El subastador apoyaba la mano en el hombro de una hermosa negra, con un limpio vestido de algodón. Ella con el cuerpo erguido, alta y quieta, parecía ajena a la voz y a la mano. Tenía sus propias manos entrelazadas a la altura del talle y la cabeza erguida, como si mirara algo situado más allá de los espectadores. El hombre repitió la pregunta:
—¿Cuánto ofrecen por Lucinda? ¿Quién es el primero? Sabe lavar y guisar. La única razón por la que está disponible es porque su amo ha muerto sin herederos y los albaceas tienen que deshacerse de ella. ¿Quién es el primero en ofrecer?
—¿Seiscientos? —gritó alguien.
—No puede hablar en serio, señor. ¡Yo nunca la daría por esa cantidad!
—Es que ya es mayorcita —observó el hombre.
—¿Vieja, señor? No habla usted de una mujer de sesenta años. Apenas ha cumplido los cuarenta. Es fuerte, sana y bien educada. Y no crea que es de esa casta inferior de Kentucky. Nació y se crío río arriba, a menos de ochenta kilómetros. —Volvió la cabeza hacia otro lado—. ¿Cuánto me ofrecen?
—Setecientos.
—Ochocientos.
—Ochocientos. Dan ochocientos. ¿Quién da más?
David sentía las axilas y la nuca húmedas de sudor. Era un sudor frío, a pesar del calor que hacía en la sala. Tenía las manos heladas. Las hundió en los bolsillos.
La mujer, Lucinda, seguía mirando más allá de la sala.
David se sentía horrorizado, y le parecía que solo estaba allí su cuerpo, indiferente y apático, y que su espíritu le había abandonado.
—Mil.
—Mil cincuenta.
—Mil cien.
—Ofrecen mil cien. ¿Alguien da mil ciento cincuenta? Mil cien a la una, a las dos, a las tres. Adjudicada por mil cien dólares. Lucinda. El siguiente, por favor. Venga, venga, tráiganlos. Tenemos una lista muy larga y ya es más de media jornada.
Subieron al estrado dos muchachos. No tendrían más de doce o trece años. Miraban a la multitud con una expresión en la que se mezclaban el temor y la curiosidad infantil.
El subastador adoptó un tono de entusiasmo.
—Aquí tenemos una magnífica pareja, dos hermanos, aún no del todo desarrollados, es cierto, pero con un gran potencial de trabajo. Su propietario no quería desprenderse de ellos, pero tiene exceso de gente. Le gustaría venderlos en un lote, si es posible. Se han criado juntos…
—Chanute y Maxim también fueron comprados juntos —susurró Ferdinand—. Pero ellos no son hermanos, sino primos.
—… y el dueño estaría dispuesto a conceder una rebaja a quien se quede con la pareja.
El más joven de los dos muchachos tomó de pronto la mano del otro. Y David sintió una opresión en el pecho, como si fuera a marearse. Se levantó bruscamente y chocó con su vecino, que lo miró furioso.
—Vámonos de aquí. Tengo que salir de aquí, papá.
Ferdinand le siguió hasta la calle.
—¿Tanto te ha impresionado? —preguntó con curiosidad. Y añadió—: Sí, la primera vez resulta muy triste, hasta que te das cuenta de que el sistema funciona. En realidad, no es tan cruel como parece, ni como era al principio. Santo cielo, en tiempos de Jean Lafitte, les ponían grilletes y collares de hierro a los africanos cuando los traían. Lafitte tenía una herrería en St. Philip Street, donde forjaba las cadenas. Bueno, todo eso acabó hace tiempo.
»Hoy en día, el negro forma parte de una estructura comercial respetable. Nuestras compañías más importantes, el ferrocarril, la fábrica de gas, todos utilizan negros.
—Poseen negros —dijo David.
—Oh, sí, y les enseñan toda clase de trabajos, desde carpintería hasta el abastecimiento de víveres. Todos los oficios. Los adiestran y les tratan bien.
Desde el otro lado de la calle, un joven de barba negra saludó a Ferdinand alzando el sombrero.
—Es Eugene Mendes. Procede de Louisville. Te sorprenderá que conozca a tanta gente. Ha comprado una propiedad en Canal Street hace menos de un mes. Trata en mercancías enviadas desde el Norte en consignación. ¿Querrás creer que tiene poco más de veinte años? Como mucho, veintidós. Supongo que habrá recibido una herencia y eso le ha permitido empezar el negocio. Pero también tiene su mérito saber administrar una herencia. Sí; en esta ciudad hay grandes oportunidades para un joven que sea emprendedor. Es una gran ciudad para los jóvenes. —Dio una palmada en el hombro de David—. Espero grandes cosas de ti, David. —Y, como si tratara de extraer de su hijo una muestra de entusiasmo que respondiera al suyo, buscaba en el rostro de David una señal de aliento. Pero no la encontró.
«¿Es que no se ha dado cuenta de que casi no he dicho ni una palabra durante todo el camino?», se preguntaba David cuando llegaron a casa. Triste y furioso, pensaba: «Mi padre quedará decepcionado. Yo no soy lo que él esperaba».
Aquella noche estaba con ellos Sylvain Labouise. David pasó a la biblioteca con los hombres, después de la cena, mientras las damas tomaban el fresco en el porche. Al poco rato, Ferdinand y Sylvain dejaron a un lado el ajedrez y, enfrascados en una animada conversación, olvidaron el café brûlot. Un penetrante aroma de cáscaras de limón y coñac flameado se elevaba de las tazas.
—Son unos fanáticos —decía Sylvain, indignado—. Traen la subversión a una tierra pacífica. Abolicionistas y fanáticos.
Durante el cuarto de hora anterior, David estuvo escuchando la agitada conversación. Ahora preguntó qué eran los abolicionistas.
—Son gente que viene del Norte, con la idea de sublevar a los negros y darles la libertad. ¡La libertad! —repitió Sylvain desdeñosamente—. ¿Para qué la libertad? ¿Para deambular muertos de hambre y semidesnudos, como niños desvalidos sin padres ni hogar?
—¿Qué hacen los abolicionistas al llegar aquí? —preguntó David.
Sylvain descruzó las piernas. Estaba tenso de indignación y energía reprimida.
—¿Qué hacen? Esparcir el terror, eso es lo que hacen. Quieren vernos a todos muertos. El año pasado, a menos de quince kilómetros, tuvimos una sublevación. Soliviantaron a un puñado de negros medio locos, pero, por fortuna, los detuvimos a tiempo. Después de aquello, tuve a los caballos ensillados en el establo, durante dos semanas, listos para partir a cualquier hora. Fue el tiempo que tardamos en estar seguros de que el peligro había pasado.
—Sylvain no te ha dicho que el año pasado el gobernador le nombró coronel de la milicia —dijo Ferdinand—. No podía encontrar a nadie más apto para el cargo.
—Pero deja que te diga una cosa —añadió Sylvain—, durante mi ausencia, mis propios negros guardaron y protegieron a la familia con toda fidelidad. Yo confié plenamente en ellos, y mi confianza quedó justificada. Esto es lo que pienso yo de los abolicionistas terminó, haciendo chasquear los dedos.
—Naturalmente, vuestros criados pueden estar contentos con su suerte — dijo Ferdinand—. Ellos saben lo que vale tener buenos amos.
—¿Y todos los amos son buenos? —preguntó David.
—No —respondió Ferdinand suavemente—. Como tampoco son justos todos los hombres. Pero la mayoría tratan bien a los negros, ¿no, Sylvain? Al fin y al cabo, ninguno de nosotros ha azotado nunca a un negro. Ni nadie que nosotros conozcamos. La mayoría de gente es decente. Que yo sepa, por lo menos.
Sylvain miró a David.
—Voy a decirte algo muy interesante. ¿Sabes que casi cualquier negro prefiere pertenecer a un blanco que a un negro libre? Si quieres ver crueldad, ahí la encontrarás. Ve a las casas de los negros libres y verás que tratan a sus criados de un modo abominable.
David se levantó y tomó el periódico.
—Esta tarde leí una cosa en el Bee… Aquí está. —Leyó en voz alta—: Xavier Barthelemy ofrece una recompensa de treinta dólares por la devolución de su paje Caesar, de unos dieciséis años, piel y ojos claros, tal vez lleve aún parte de un bonito uniforme, librea gris y calzones a juego, con botones de plata. Escapó el jueves último. —Se detuvo.
—¿Y bien? —preguntó Ferdinand.
—Es un chico de mi edad. Un año mayor que yo —dijo David lentamente —. Un chico como yo.
—Como tú, no. El es él y tú eres tú. —Sylvain hablaba con exasperación. Sus ojos, que hasta entonces tendían a mirar por encima de la cabeza de David, se clavaron ahora en los del muchacho, y David pensó: «Somos como dos perros desconocidos, dando vueltas uno alrededor del otro, esperando el ataque». Sylvain fue el primero en desviar la mirada—. Debes recordar que son muy pocos los que tratan de escapar de casa de sus amos. Los que lo hacen, es porque el capataz los maltrata. Y se da el caso de que nueve de cada diez capataces proceden del Norte. La mayoría de los que quieren ser libres pueden ganar su libertad de forma mucho más agradable que escapando, te lo aseguro.
David se sentía más y más atraído por el tema, casi contra su voluntad. Tenía que saber más. Saber más.
—¿Y cómo gana uno su libertad?
—Verás —dijo Ferdinand—, el que tiene un oficio, un barbero, por ejemplo, o una enfermera, puede alquilar sus servicios, paga a su amo una cantidad al mes por el privilegio y el resto lo ahorra hasta reunir lo suficiente para comprar su libertad. Es un buen sistema.
—Para el amo —dijo David.
Su padre lo miró sorprendido.
—¿Qué dices?
David dijo despacio, tratando de vencer la repugnancia:
—Quiero decir que es algo horrible e indigno poseer seres humanos. No es…
—Hizo un pausa, mientras buscaba la palabra—. No es civilizado. —Y recordó vividamente la imagen de la mujer, Lucinda: su rostro impasible, su dignidad, su resignación.
Sylvain soltó una risita destemplada.
—Permite que te diga que no conoces la situación lo suficiente como para poder opinar, David. Lo cierto es que el sistema es eminentemente civilizado. Libera la mente del blanco de las pequeñas preocupaciones y le permite concentrarse en empresas más elevadas. E, innegablemente, civiliza al africano, que en África no era sino un caníbal. Aquí está amparado, aquí aprende la religión y adquiere un refinamiento, y una conciencia. —Sylvain hizo una pausa—. Por lo que se refiere a la conciencia, permite que te diga que me siento mucho más seguro en la plantación, entre mis negros, que en cualquier ciudad del Norte, con una turba de obreros en paro a la puerta de mi casa, aunque sean blancos.
—Pero hace un momento decías que tuvisteis todas esas noches los caballos ensillados, dispuestos para partir.
Ferdinand miró a Sylvain, incómodo y violento y luego se volvió hacia su hijo.
—Tiene razón Sylvain. Realmente, David, no sabes lo suficiente como para opinar. Es tontería hablar de cosas que uno no entiende.
—Lo que hoy he visto no era difícil de entender, papá.
—Estuvimos en la subasta de «St. Louis» —explicó Ferdinand—, y él…
—No he dejado de pensar en ello durante todo el día —dijo David, interrumpiéndole—. He recordado lo que tú dices siempre sobre cómo nos trataban en Alemania, y por qué te fuiste, y por qué volviste a buscarnos. — Y, mientras hablaba, volvió a él aquel recuerdo fugaz de gritos de terror, un portal oscuro, ruido de pies que corrían por la calle y la falda ensangrentada de su madre—. Y a mí me parece que esto es lo mismo. Lo mismo.
Ahora Ferdinand se enfureció.
—Lo mismo. Qué tontería. Pregunta a Sisyphus qué piensa de eso. Sisyphus, que va a la ópera y a los conciertos de los Negros Libres y que veranea en la playa con nosotros. Echa un vistazo a Maxim y a Chanute el domingo. Visten mejor que tú cuando vivías con tu abuelo, y que esa gente que venía en el barco y que tanta pena te daba. Fíjate en tu propio Blaise…
No es mi propio Blaise. No es mío. No quiero ser su dueño. —Eres ridículo, David. Hablas como un niño… Bueno, al fin y al cabo, eres un niño, ¿no?
—Hablo como un judío. Porque nosotros fuimos esclavos en la tierra de Egipto… Por ello deberíamos tener compasión, ¿no?
—Mezclas las cosas. Lo uno no tiene nada que ver con lo otro.
—Yo creo que sí —respondió David. Algo le azuzaba. Estaba subiendo una marea, cuyas rápidas aguas amenazaban con engullirle.
—¿Sabes lo que pienso? —preguntó Ferdinand con severidad—. Creo que esa conversación ha llegado demasiado lejos. David, tu padre ordena que no sigas.
Sylvain se miraba las uñas, desentendiéndose delicadamente de la discusión. Una leve sonrisa arqueaba sus labios bien dibujados expresando en silencio su opinión: Por mí, podéis seguir con vuestra disputa. En realidad, no merece mi atención.
Esta actitud de superioridad le valió el desprecio de David que exclamó con vehemencia:
—Esto no es como yo creí que sería América. Yo creí… —Entonces se atascó. De haber tenido más soltura con el idioma se hubiera atascado igualmente—. Creí que todo sería limpio, diferente… —Por su pensamiento desfilaron románticas imágenes de bosques vírgenes y aromáticos; heroicas ciudades nuevas, todas ellas poseídas de un espíritu virtuoso y alegre. El apenas podía explicarse a sí mismo qué era lo que esperaba; solo que, desde luego, no era lo que había encontrado. Le habría gustado poder expresar su sensación: la sensación de que aquel entorno le abrumaba, que no podía seguir en un lugar en el que la vida estaba estratificada, en el que cada cual tenía su lugar señalado para siempre. Pero su instinto le decía que aquellos dos hombres no le comprenderían. Más aún, que se burlarían de él. La fina sonrisa de Sylvain se había acentuado y denotaba ya franco regocijo. Sus cejas se arqueaban con sardónico desdén.
—¿América no es lo que esperabas? ¿Y qué quieres hacer? ¿Volver a aquel inmundo rincón de Europa? ¡Maldito seas! —exclamó Ferdinand, que casi nunca juraba.
—Eso tampoco —dijo el muchacho con calor.
—Pues, ¿qué quieres entonces? Decídete. Tienes quince años, ya eres un hombre. Deberías saber lo que quieres.
—Ahora mismo has dicho que era un niño.
—¿Tratas de pillarme en un renuncio? Eso no te lo consiento, David. No te había dicho nada, pero será mejor que lo sepas de una vez: desde el principio has sido una espina para mí. Yo he tratado de ser tolerante y de tender un puente entre nosotros, pero tú pareces decidido a impedirlo. Y es triste, muy triste, porque yo solo deseaba que hubiera armonía entre nosotros y ahora no parece sino que tú te empeñas en pelearte conmigo.
—Yo no quiero pelearme, papá. Es solo que…, que me parece que yo no encajo aquí.
—Haz el favor de no levantar la voz, o alarmarás a las mujeres. Mira, ya has asustado a la niña con tus gritos.
Miriam estaba en la puerta, mirando a uno y a otro. David recordó cómo temía ella las voces airadas y las disputas, y cómo se tapaba los oídos con los dedos y salía corriendo de casa cuando él discutía con el abuelo.
Pelagie se la llevó nuevamente hacia afuera.
—Ven aquí, Miriam. No es nada. Solamente discusiones de hombres. Nada.
—Quizá fuera soportable si, por lo menos, tú comprendieras lo injusto del sistema e hicieras algo por cambiarlo —dijo David—. Da la libertad a todos tus criados y únete a esos… ¿cómo los llamaste?, abolicionistas.
Sylvain carraspeó y miró a Ferdinand. Su mirada decía: Es tu hijo. ¿Vas a consentir eso?
Ferdinand se puso en pie.
—Qué disparates. Esa forma de hablar es peligrosa y denota una completa ignorancia. Tú sigue hablando así y se nos cerrarán las puertas de todas las casas respetables de aquí a Richmond, Virginia. Ahora métete esto en la cabeza, David: No quiero volver a oír hablar de este tema. De lo contrario… —Temblando, el padre terminó—. De lo contrario, no podrás seguir aquí.
David también temblaba. Pero la marea seguía arrastrándole.
—Entonces tendré que marcharme —dijo en voz muy baja.
Ferdinand se paseaba por la habitación. Se golpeó con el puño la palma de la mano.
—¿Alguna vez hubo un padre más infortunado? —preguntó a Sylvain, que no respondió. Dio media vuelta con brusquedad, encaminándose con David—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué va a ser de ti?
—Puedo trabajar. Puedo irme al Norte, con los abolicionistas. Sí, trabajaré. Soy fuerte.
—¿Trabajarás? ¿Y qué diablos puedes hacer tú?
—No sé. Ya encontraré algo. Tú lo encontraste.
—Yo lo encontré, ¿eh? ¿Es que quieres hacer lo que hice yo? Recorrer a pie kilómetros y kilómetros con un hato de baratijas que vender. ¿Para eso te he traído de Europa, para que empieces desde abajo? No, maldita sea. Tú empezarás donde yo terminé. O vas a la escuela o te vuelves a Europa. ¡Como hay Dios!
—Papá, estudiaré en el Norte. Dijiste que podía ir. —David sentía un nudo en la garganta. Un nudo de cólera y miedo. Con un enorme esfuerzo, se lo tragó—. Gabriel Carvalho dijo que él estudiará en Columbia, Nueva York. A mí Nueva York me gustaría más, estoy seguro, y así no tendrías que aguantarme. Sería mejor para los dos.
Ferdinand fue hasta un extremo de la habitación. Tenía los puños apretados contra los costados y la cabeza baja. Al llegar frente a la chimenea, se quedó mirando el gran reloj de bronce de la repisa, cual si buscara en él la respuesta a su perplejidad. Cuando, de pronto, sonó la débil campanada de la media, se sobresaltó, como si realmente acabara de recibir la respuesta.
—Sí, por Dios que será mejor. Tal vez allí te inculquen un poco de sentido común en esa cabeza, y yo pueda dejarte mi dinero cuando me muera, sin temor de que vaya a parar a una causa descabellada y revolucionaria.
—No quiero tu dinero cuando te mueras. Ni ahora tampoco —dijo David con rigidez—. Ya te he dicho que sé cuidar de mí mismo.
El cuello de Ferdinand se tiñó de rojo.
—¿No quieres mi dinero? Tú heredarás mi dinero y estarás muy contento de ello. Y serás un hombre de provecho. Quizá si te marchas te des cuenta de lo que tienes aquí, y comprendas que es preferible mantener la boca cerrada y dejar que quienes saben más que tú se ocupen de organizar las cosas. Sí — gritó, furioso mientras David escapaba de la habitación—. ¡Sí, márchate, corre! Ahora no quieres oírme, pero algún día recordarás lo que acabo de decirte. ¡Es una mula! —exclamó, dirigiéndose a Sylvain—. Una maldita mula. Y sabe Dios lo que será de él.
El coche que debía llevar a David a la estación esperaba debajo de la ventana de Miriam. Cuando la niña apartó las cortinas, vio cómo relucía al sol el asiento de cuero, que debía de estar ardiendo. La negra y redonda cabeza de Maxim estaba vuelta hacia la puerta principal. Dentro de unos segundos aparecería David. Ya se oían los pasos apresurados al pie de la escalera. Miriam sentía una opresión en el pecho. Había estado suplicándole toda la mañana.
—Llévame contigo, David. No molestaré. Iré a la escuela, estaré callada mientras estudias. Por favor…
Sus manos, su cuerpo todo le imploraba. Pero él se limitó a acariciarle la frente, apartándole un mechón de pelo.
—No, no Liebchen. Tú tienes que quedarte. Aquí estarás mucho mejor.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué mejor?
—Porque sí. Escucha. Tú eres una mujer, una mujercita, y las mujeres necesitan que alguien las cuide. Aquí no te faltará nada. Estarás segura.
Y entonces él se arrodilló y ella vio los puntitos verdes y dorados que flotaban en el iris castaño de sus ojos, y el vello de sus mejillas. De pronto, David le parecía mayor, más decidido, distinto al hermano que ella conocía.
—Tú irás a la escuela y aprenderás cosas bonitas, música, poesía, y a gobernar una casa, para que puedas casarte y tener hijos y cuidar de ellos. — Entonces se levantó. Su voz cambió. Ahora sonaba entre festiva e irritada—. Un día, sabe Dios cuándo, las mujeres aprenderán más y harán más. Tal vez entonces te llame… Pero aún no es el momento, y esto es lo mejor que podemos hacer ahora.
Le dio un beso y se fue.
Ella le vio acercarse al coche. Vio que Maxim se inclinaba para coger la maleta, pero David rehusó sus servicios y él mismo la colocó en la parte trasera del coche. Luego, Maxim subió al pescante y los caballos echaron a andar. La calle estaba silenciosa, envuelta en la atmósfera sofocante de la media mañana, y el acompasado batir de cascos resonaba con claridad. En el extremo de Conti Street un vendedor ambulante gritó: «¡Melones! Dulces como la miel». En una verja, dos gorriones se enzarzaron en una escaramuza. Las niña soltó las cortinas, que volvieron a cerrarse amortiguando la luz de la habitación, y apoyó la cabeza en el alféizar de la ventana, ya sin llorar, solo muy cansada y vacía. La perrita le golpeó con la pata, en señal de interrogación, y al no recibir respuesta, se enroscó en el suelo y cerró los ojos.
Miriam se quedó arrodillada al pie de la ventana. Al cabo de un rato, oyó el zumbido insistente y furioso de una de aquellas moscas verdes que se arracimaban en el estiércol de la calle, y levantó la cabeza estremeciéndose. Fanny acababa de aplastar el bicho con la pala. Las dos niñas se miraron un momento, Fanny abrió los brazos y Miriam apoyó la cabeza en un hombro joven y flaco, cubierto de limpio percal.
—Entiendo, mam’selle. Yo también estaba triste cuando llegué a este sitio, que me parecía muy extraño, pero después se me pasó y a usted se le pasará. No hace ni un mes que llegó.
—¿Tú crees, Fanny?
—Oh, sí, sí. Usted irá a la escuela y tendrá amigas, y asistirá a fiestas y estrenará vestidos. Tendrá todo lo que pueda desear una señorita. Y le gustará estar aquí. Maxim estuvo diciéndonos a Blaise y a mí lo bien que se está en esta casa. De verdad…