Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 4 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 3

3

 

De haber encontrado la casa en otro planeta, o girando en el abismo de un sueño, no le habría parecido más extraña a David Raphael el día en que llegó a ella. Ahora, al cabo de una semana, resultaba apenas más comprensible.

Las grandes puertas del comedor estaban abiertas de par en par. Sobre el dintel de caoba colgaba un crucifijo dorado. David tenía que hacer un esfuerzo para apartar la mirada, pero sus ojos volvían a él una y otra vez. Todas las habitaciones de la casa estaban presididas por la torturada figura del Crucificado, con la cabeza inerte sobre un hombro y los pies atravesados por un clavo. También había uno en el dormitorio de David, pero lo retiraron por consideración.

Un hogar católico. La casa de mi padre.

Tu esposa —esta familia—, ¿es católica, papá?

Sí, hijo, católica.

Pero ¿qué pensarán de mí? ¿De mi hermana y de mí?

Ya te he dicho que eso no tiene importancia. Aquí no es como en Europa, ¿comprendes? Aquí puedes hacer lo que quieras. A nadie le importa lo que uno sea.

Las piedras, en Europa. Los látigos, en Europa. Aquí, no.

¿Cómo podía uno estar seguro? Allá, en el pueblo, nunca se sabía cuando un campesino quería saludarte, él te hablaba el primero; si no, hacía como si no existieras, y pasaba por tu lado como si formaras parte del paisaje. Eso, si no le daba la ventolera —sabía Dios por qué causa— y mataba a tu madre en la puerta de su casa…

Y su pensamiento retrocedía hasta la vieja casa, con sus habitaciones oscuras, de techo bajo, y aquel olor a rancio, y evocaba el recuerdo de la muerte fulminante, y volvía a sentir el temor, para saltar luego al presente, tratando de establecer una asociación lúcida y plausible.

David removió con el tenedor la comida que tenía en el plato. Nunca había visto tal cantidad de alimentos, excesiva incluso para el buen apetito de un adolescente. De todos modos, la mayor parte eran cosas prohibidas. Aquel día había lechón, que él reconoció en cuanto lo sacaron a la mesa, desde luego, con la piel dorada y crujiente. Le habían puesto una pipa en el morro. Pobre animalito inmundo, con sus pestañas claras y sus ojos sin vida. Luego, le sirvieron una cosa que se llamaba vol-au-vent, una especie de pastel relleno de ostras cocidas; David lo probó, antes de saber lo que era, y lo encontró muy sabroso. Pero cuando le dijeron de qué estaba hecho, soltó el tenedor. Menos mal que había gran cantidad de verduras. Podía uno vivir solo de eso y del riquísimo pan caliente que nunca faltaba en la mesa. También había vino. Hasta con el desayuno, pero había que ser prudente, especialmente con aquel calor asfixiante. Un judío nunca debe emborracharse.

Miriam comía langostinos con una salsa roja y picante. David había rehusado también aquel plato. Pero ya no tenía autoridad sobre su hermana, que ahora dependía de su padre y de la esposa de su padre. Era la hija de la casa. Ellos eran quienes en lo sucesivo le concederían o le negarían el permiso. Observó cómo la niña rebañaba el plato y se lamía los dedos cuando creía que nadie la miraba. Le conmovía verla tan pequeña en aquella silla de alto respaldo labrado, con su canesú de encaje fruncido que casi sepultaba su frágil cuello infantil.

David paseó la mirada alrededor de la mesa sin que se le escapara detalle y advirtió que todas las mujeres llevaban encajes y puntillas en el vestido. Las tersas y sonrosadas mejillas de la tía Emma —tenían que llamar «tía» a la esposa de su padre— resplandecían sobre una nube de blonda negra. David se admiraba de que ya estuviera repitiendo, pese a que no había parado de hablar desde que se sentaron a la mesa. El encaje le tremolaba bajo la barbilla.

—Porque Sisyphus es un caballero, todo un caballero. Si fue él quien enseñó los buenos modales a todos mis hermanos cuando apenas empezaban a andar…

Sisyphus, un negro de mediana edad, con el pelo como un casco de lana gris, estaba junto al aparador, con una servilleta al brazo, dirigiendo a las jóvenes criadas.

—No se puede negar que Sisyphus es un fiel servidor —prosiguió la tía Emma, como si el hombre no estuviera allí—. Mucho más que un mayordomo. Tiene verdadero talento para el diseño de jardines. Fue él quien hizo la rosaleda de la casa de mi padre. ¿No te lo había dicho, Ferdinand? Mi hermano Joseph quería llevárselo a Texas, pero yo no pienso cedérselo. Joseph puede tener cincuenta mil acres de algodón, pero nunca tendrá a Sisyphus.

La voz profunda y sonora seguía hablando sin que nadie la interrumpiera. David cerró los oídos ante aquel torrente de palabras. Volvió a recorrer la mesa con la mirada, como si quisiera grabar en la memoria todas las fuentes de plata labrada llenas de frutos secos y de dulces, los candelabros, las flores, tan frescas, que aún tenían gotas de agua en los tallos. Pero, sobre todo, como siempre, observaba la cara de las personas. Nunca se había sentado a la mesa con tanta gente. En aquella casa, el comedor siempre estaba lleno. Había invitados hasta a la hora del desayuno.

Frente a David se sentaba Pelagie, una joven dulce, con una perenne sonrisa tímida, una abundante cabellera peinada hacia atrás y los ojos fijos en su marido, que se sentaba a su lado. «¿No es así, Sylvain?», decía después de cada observación, por nimia que fuera. «¿No es verdad, Sylvain?». A lo que Sylvain, un hombre joven, de facciones acusadas y severa expresión, que lucía una corbata de última moda y una camisa impecable, asentía con gesto de aprobación. «Pero es que ella nunca dice nada con lo que uno no pueda estar de acuerdo», pensó David.

Siguió observando a sus compañeros de mesa. Era para él una diversión silenciosa. Por ejemplo, el caballero con cara de aburrimiento parecía simpático. Pestañeaba continuamente. La mujer del vestido azul daba la impresión de haber estado llorando. Su marido debía de tener muy mal genio; se le notaba en la cara. «En cuanto a Eulalie, la hija mayor de la tía Emma, no me gusta nada». Tenía una mirada muy dura. Sus ojos eran como dos pedruscos negros, bajo una frente muy ancha, abombada como una cúpula. Y el vestido que llevaba era feísimo.

David no entendía nada de vestidos, ni le interesaba el tema, pero tenía el sentido del color, y el verde rabioso del traje de aquella mujer era atroz. Un abultado collar descansaba sobre su clavícula. Al notar su mirada fija en ella, Eulalie le miró a su vez hoscamente y él tuvo que desviar los ojos, yendo a posarlos en sus dedos huesudos y blancos. «No le gusto, ni ella a mí —pensó —. Pero la culpa es suya. Yo podría intentar ser amable, si ella demostrara un poco de buena voluntad, pero no quiere». Él lo supo desde el primer día, desde la hora en que llegó a la casa. Y no sabía por qué. No había hecho nada malo. ¿Era porque a ella no le gustaban los judíos? Naturalmente, eso era lo primero que la experiencia te enseñaba a pensar.

Era asombroso: nunca había estado en compañía de tantas personas que no fueran judías. Más aún, nunca, ni una sola vez, se había sentado a la mesa con alguien que no fuera judío. En el pueblo, los campesinos no te invitaban a su casa, y él no conocía a nadie más. El hombre y la mujer entre los que ahora se sentaba eran los únicos judíos entre los invitados. Eran Henry y Rosa de Rivera. Ella era hermana de su amigo Gabriel, su compañero de viaje a bordo del Mirabelle. Papá los había invitado a cenar aquel domingo.

En un murmullo, casi ahogado por la voz de Emma, Rosa de Rivera dijo a David:

—Tú te pareces a mi hermano, creo yo. Eres un muchacho serio y muy reflexivo para tu edad. Aunque no sé, hace tres años que no veo a Gabriel. — Tenía una expresión vivaz y risueña y ojos de gruesos párpados y mirada afable que recordaban a David los de su familia. En sus orejas y sus brazos relucían alhajas de ámbar—. Te veo muy pensativo. ¿Querrías decirme qué estás pensando en este momento?

—En lo extraño que es todo esto. No sé qué decir a esta gente, ni lo que ellos esperan de mí.

—¿Esperar? Tú no tienes más que sonreír y cuidar tus modales. No esperan nada más que eso.

—Es que… —balbuceó David—. Yo he vivido siempre en un mundo diferente, tan pequeño y aislado…

—Entonces el cambio será bueno para ti. Sé tú mismo. Eres muy perspicaz. Saldrás adelante.

—Usted y su esposo son los únicos judíos que hay aquí…

—También está Marie Claire Myers, esa niña que está sentada al lado de su madre. Viven en Shreveport y están aquí de visita.

—¿Esa señora es su madre? ¡Si lleva un crucifijo!

—La madre es católica.

—Entonces la hija no puede ser judía.

—Es judía.

—¡Imposible! La ley dice que los hijos deben tener la religión de la madre. Ha sido así desde los tiempos de Moisés.

—Ya lo sé. Pero aquí es distinto.

¿Cuántas veces tendría que oír aún que allí las cosas eran distintas?

—Su padre, aunque se casó en la catedral, quiso que su hija fuera educada en la religión judía.

David miró a la niña. Tenía tres o cuatro años más que Miriam, la cara alargada y pecosa y una gran mata de pelo rubio y rizado. Se sintió desconcertado. ¡Una niña judía cuya madre llevaba un crucifijo!

—Nosotros hemos tenido que hacer nuestras propias leyes —explicó Henry de Rivera—. Nuestra sinagoga no tiene más que diez años. Shanarai Chasset, «Puertas de la Misericordia». La fundamos entre treinta y cuatro hombres de la comunidad. Manis Jacobs, nuestro primer presidente, estaba casado con una católica, pero no quiso que sus hijos quedaran fuera, por lo que mandó incluir en la constitución de la sinagoga una clausula que dice que ningún israelita podría ser excluido a causa de la religión de su madre. Y todos aceptaron, ya que la mayoría estaban casados con católicas.

—Es extraño —dijo David moviendo la cabeza.

—No tanto como al principio. No teníamos rabino, ni lo tenemos aún. Estamos a más de mil quinientos kilómetros de cualquier núcleo judío importante, como los de Charleston o Filadelfia. No podemos compararnos con ellos. Con decir que solo necesitábamos cinco mil dólares para el edificio y no tienes idea de lo que nos costó reunirlos. Y es que éramos muy pocos.

A David le acudió una pregunta a los labios. Trató de reprimirla, pero al fin dijo:

—Mi padre, ¿contribuyó?

—Contribuyó —dijo Henry de Rivera sonriendo—. Y más generosamente que muchos. Aunque debo hacer constar que no ha puesto los pies en la sinagoga. Claro que eso es asunto suyo. Y en esta ciudad son muchos los que no van a la sinagoga.

«No quiere opinar —pensó David—. Como abogado prudente, no desea comprometerse ni exponerse a ofender a alguien».

—Nueva Orleans tampoco es una ciudad de cristianos fervorosos —sonrió Rosa—. Las mujeres van a la iglesia, sí, pero los hombres no demuestran mucho interés. Como dice Henry, aquí hay mucha indolencia en las cuestiones del espíritu. Se vive alegremente. El dinero se gana de prisa y se gasta de prisa… —Se encogió de hombros—. Pero tú tienes que visitarnos y puedes ir a la sinagoga con nosotros, si quieres. Y que venga Miriam también. Tenemos dos chiquitines, y a las niñas les gustan los bebés.

—No comes nada, David. —La voz de Emma, haciendo un inciso en su monólogo, resonó de uno a otro extremo de la mesa.

—Estoy comiendo muy bien, gracias —respondió el muchacho, recordando que debía ser amable.

—Es el calor. No comes por el calor. Monroe, acércate a M’sieu David con ese abanico.

Un muchacho negro, descalzo, se acercó a David con un gran abanico de palma. David trató de esquivarlo.

—No, gracias. Yo no lo necesito.

Durante un momento, Emma pareció incómoda, pero en seguida se borró de su cara la expresión de desagrado. «No le gusta alterarse», pensó David.

La voz pastosa de Emma, voz de mujer gruesa, continuó:

—M’sieu Ferdinand ya ha terminado, Sisyphus. Pueden traer el café. Miriam, cariño, prueba los pastelitos de Serafina. Se llaman langues de chat, lenguas de gato. Qué nombre tan ridículo para una cosa tan deliciosa. — Emma silabeó la palabra «deliciosa» con deleite, con lengua de gato—. Acércate con ese abanico, Monroe. Estoy muerta de calor. —Efectivamente, sus mejillas habían pasado del rosa al grana y, al levantar los brazos para alisarse el cuello de blonda, dejó al descubierto unos círculos más oscuros en la tela del vestido—. Muerta de calor —repitió aunque sin enojo.

—No te apures —la consoló Ferdinand—. Pronto estaréis en Pass Christian. Es nuestro lugar de veraneo —explicó a Miriam y David—. Está en la playa. Allí podréis disfrutar de una maravillosa brisa del mar, tomar baños y navegar. Este año hemos tenido que retrasar el veraneo por mi viaje a Europa.

—Allí va lo mejor de la sociedad. Conoceréis a los hijos de las familias más distinguidas —dijo Emma dirigiéndose a Miriam y David—. ¿No le parece, Mr. Raphael, que David debería hacer buenas amistades? —Y, sin esperar la respuesta de Ferdinand, prosiguió—: La casa es una preciosidad. La construyó hace muchos años el padre de mi primer marido, Mr. Leclerc. Claro que, comparada con otras que veréis, es una insignificancia, pero de todos modos es muy agradable.

Rosa susurró a David:

—Los Leclerc eran riquísimos. El abuelo llegó antes de la compra de Luisiana a los franceses e hizo una gran fortuna.

—El solía ir a París todos los años —decía Emma—. ¡Todos los años! Y traía cosas preciosas: tapices, vajillas de oro y…

—Hay quien dice que andaba mezclado en asuntos de piratería — interrumpió Sylvain en un tono malicioso que contrastaba con su correcto porte.

Emma desechó la observación sin inmutarse:

—¡Bah! Eso se dice de la mitad de la población de la ciudad.

—Y probablemente con razón —replicó Sylvain.

«Debe de ser muy rico —pensó David, admirado de su propia clarividencia—. De lo contrario, no se atrevería a hablar en ese tono a la madre de su mujer».

Desde muy niño, David observaba la vida y sacaba sus propias deducciones. Una de las primeras cosas que aprendió era que la posesión de riquezas permite ciertas libertades que están vedadas al común de las gentes.

Pero a David le gustaba Emma. Era vanidosa y un poco tonta, pero también amable. Sylvain, por el contrario, le hacía sentirse incómodo sin saber por qué.

—Bueno —dijo Emma—, yo no puedo responder de los antepasados de los demás, pero sé muy bien que entre los míos no hubo piratas, sino únicamente honrados campesinos alemanes. Vivían en la Costa Alemana, un poco al norte de aquí. Eran campesinos y bien pobres por cierto. No tenían ni una vaca. ¡Pero cómo trabajaban! Luego se casaron con franceses y su casta se extinguió. Y es que la sangre francesa es muy fuerte, ¿saben? Hasta modificaron el apellido, para que sonara francés. Sí, ha pasado mucho tiempo desde el colchón de salvado y la granja de Acadia. Pero Sisyphus lo recuerda, ¿verdad? Era un niño cuando vino aquí con mi madre y otros dos o tres criados, todo lo que ella trajo cuando se casó con mi padre. Porque mi madre procedía de una casa mucho más austera. Austera pero refinada, la mejor de las castas. De la fine fleur des pois, la flor y la nata, vamos. Así nos consideramos nosotros, los viejos criollos. La sangre más pura. Porque es lo que yo digo: la sangre siempre se acusa.

«La sangre —pensó David—. La sangre y el dinero. No han hablado de otra cosa desde que nos sentamos a la mesa». Estaba quieto mirando al vacío y deseando levantarse.

Miriam bostezaba. Tenía la muñeca rubia en el regazo y manoseaba una fina pulsera de oro, regalo de bienvenida de Emma. La niña estaba bien en aquella casa. Segura, bien atendida, mimada.

Por fin se retiraron las sillas y todos se levantaron.

—¿Hacemos un poco de música? —propuso Emma animadamente. — ¿Por qué no cantas un poco, Marie Claire? —instó Ferdinand. Se pasaba del primer salón al segundo por unas puertas plegables. Las persianas del primer salón estaban siempre cerradas, para que no entrara el sol. Ahora, al anochecer, una luz azulada se filtraba por las rendijas, reflejándose en las sillas doradas, la seda amarilla de la tapicería, los adornos de cristal y los espejos, realzando su exquisita elegancia. En el segundo salón, el piano, el arpa y las librerías creaban un ambiente más alegre.

—¿Querrás acompañarla, Pelagie? Marie Claire tiene una voz preciosa — explicó Ferdinand, ufano y jovial—. Me han dicho que su maestro de canto tiene grandes esperanzas puestas en ella… Ah, mira, David, no sé si ya te he mostrado ese retrato de Emma. Lo pintó Salazar, el famoso retratista.

En un entrepaño, entre dos puertas, en un marco ovalado, se veía el retrato de una esbelta muchacha, con una fina túnica blanca recogida bajo su pequeño busto, contemplando con aire pensativo un gran ramo de lilas.

—Oh, qué ridícula era la moda Imperio, pero tengo que reconocer que una se sentía muy cómoda, casi desnuda. Y es un buen parecido. ¿No crees? — preguntó Emma ansiosamente.

—Oh, sí —dijo David, sin advertir ni la más leve semejanza entre el retrato y la dama que tenía a su lado.

—Bien, bien —dijo Ferdinand restregándose las manos—. ¿Empezamos?

Pelagie se había sentado al piano y Marie Claire estaba de pie, junto a la curva de la caja.

—Empezaremos por unas canciones irlandesas. Kathleen Mavourneen. Es nueva y muy popular.

Sus manos se movieron sobre el teclado con ademán acariciador y las notas vibraron en el aire como sollozos. Era un sonido sentimental, como la propia Pelagie. Pero la pequeña Marie Claire cantaba sin sentimiento. Su ejecución, pura y sin adornos, conmovió a David. Él no entendía de música ni de voces, pero estaba seguro de que aquella era una voz de mujer en un cuerpo de niña. Estaba totalmente absorto en el sonido y en la transformación que se observaba en la carita insignificante de Marie Claire, cuando Emma se inclinó para decirle al oído:

—Fíjate en lo que está haciendo Eulalie. Se llama macramé. Eulalie es muy hábil para las labores. Esas portieres las hizo ella.

Obediente, David volvió la mirada hacia el lugar en el que la Huraña — así llamaba mentalmente a Eulalie— hacía complicadas filigranas con un cordón.

—Muy bonito —murmuró, sonriendo interiormente por su recién adquirida diplomacia. «Estoy aprendiendo», pensó, volviendo a la música.

Al poco rato, su atención empezó a divagar. Sus ojos pasaron de la voluminosa falda de Pelagie a los arabescos de la alfombra y, después, a las cortinas de seda roja en las que las velas ponían tornasoles rosados. Las puertas del vestíbulo estaban abiertas y al fondo, a lo lejos, se veía el comedor, donde los criados estaban quitando el servicio de la mesa. Más allá, David sabía que había un porche por el que se salía a la terraza y al jardín, al fondo del cual estaban los establos, y la cocina, donde se encontraba el centro de la vida de la gran casa. Allí estaban también las bodegas, los lavaderos y las dependencias de los criados. Su habitación estaba orientada hacia aquella dirección y por la noche oía hablar a los criados; voces chillonas de mujer y el murmullo bronco de voces masculinas. Y también se oía cantar; eran unos cantos cadenciosos y apasionados, totalmente distintos de todo lo que él conocía, que le conmovían de un modo extraño, haciéndole sentir una viva nostalgia. Pero nostalgia, ¿de qué? Desde luego, no del hogar. El no tenía el menor deseo de volver a «casa».

¡Ah, qué confusión la suya! Que la comodidad de aquel salón, con sus asientos tan mullidos, su luz suave, su dulce fragancia —que él percibía con el estómago bien repleto— pudieran parecer tan poco edificantes… Y es que había un exceso de todo, una superabundancia que te dejaba ahíto. Demasiada comida, demasiada seda, demasiadas flores.

Sisyphus había entrado silenciosamente y murmuraba algo al oído de Emma. David captó solo dos nombres: Blaise y Fanny. Emma se levantó al terminar la canción, cuando la velada tocaba ya a su fin.

—David y Miriam, venid conmigo. Han llegado Blaise y Fanny —les explicó mientras subían la escalera—. Los he mandado venir del campo, mejor dicho, se los compré a una buena amiga que ya no los necesita. Son hermanos y vienen bien recomendados, naturalmente, o no los habría tomado. Bueno, aquí están.

En el vestíbulo del primer piso esperaba una jovencita de doce o trece años. Tenía la piel casi blanca y llevaba su negro pelo, tan liso como el de Miriam, recogido en dos trenzas que le colgaban a la espalda.

—Aquí está Mam’selle Miriam, Fanny.

Fanny hizo una reverencia.

—Y este es M’sieu David, Blaise.

Era un muchacho de la edad de David. Sus ojos grises ponían un extraño contraste en su cara, mucho más oscura que la de su hermana.

—Claro que hubiera sido preferible haber empezado vuestra relación desde el principio. Esa es la costumbre, y es muy agradable tener a un criado que te acompañe durante toda la vida —dijo la tía Emma a Miriam y David —. Pero todos sois todavía muy jóvenes y os quedan muchos años para estar juntos. Fanny, tú dormirás en una colchoneta junto a la puerta de la habitación de Mam’selle Miriam, por si te necesita durante la noche. Pero eso tú ya debes de saberlo. —Emma le sonrió para infundirle confianza—. Y Blaise hará lo mismo contigo, David. Cuando vayas a la escuela, él ira contigo, para llevarte los libros y paquetes y hacer recados. Bueno, no hace falta hablar de eso ahora, Blaise conoce sus obligaciones. De todos modos, si necesitas ayuda extra, David, tu padre te prestará a Maxim o Chanute. Si no, ya tienen bastante que hacer en la casa. Me han dicho que sois muy dóciles, Blaise y Fanny, y me alegro mucho por ello, porque eso es precisamente lo que nosotros queremos. —Hizo una pausa, como si esperase alguna pregunta o comentario y, como no lo hubiera, dio por terminada la entrevista con un—: Bien, no se me ocurre nada más. —Y empezó a bajar la escalera. Al llegar a la mitad, gritó volviendo la cabeza—: Os ayudarán mucho con el francés, David y Miriam, ya que no hablan otra cosa.

Los cuatro jóvenes se miraban sin saber qué decir. Hasta que Fanny, más decidida que su hermano, sonrió a Miriam. Blaise mantenía los ojos bajos mientras David, confuso por su propia timidez y por otras razones que no acertaba a definir, buscaba en vano algo que decir. Pero, en aquel momento, subieron Pelagie y Eulalie.

—Ya os llamaremos cuando vayamos a retirarnos —dijo Pelagie a los nuevos criados. Y a David—: Los hombres aún están jugando al dominó, pero yo estoy cansada. ¿Nos sentamos en la galería?

Cruzaron una serie de dormitorios.

—Mamá tiene que ponerte un lit de repos, David. Así no desharás la cama cuando duermas la siesta.

—Yo no duermo la siesta.

—Aquí la dormirás. Todo el mundo duerme la siesta. Son tan lánguidas, las tardes… —dijo Pelagie arrastrando las sílabas. Maquinalmente, acarició su abultada cintura y Miriam, al observar el ademán, preguntó súbitamente:

—¿Cuándo vas a tener el niño?

Eulalie dio un respingo.

—¿Qué está diciendo esta criatura? —exclamó, mirando a su hermana por encima de la cabeza de la niña.

—Oh, yo sé que Pelagie va a tener un niño —dijo Miriam en tono de experta—. Se nota. Lo he visto en mi pueblo. ¿Cuándo nacerá?

—En noviembre. Me gustaría hablar de ello —dijo Pelagie suavemente—. Estoy tan contenta. Pero mi hermana piensa que de eso no se habla. Y no sé por qué, si mamá tuvo nueve hijos después de nosotras, contando los que murieron, claro. —Y prosiguió, desafiando serenamente a su hermana, que en aquel momento ya salía de la habitación—: Mi hijo nacerá aquí, en este dormitorio, en la cama de partos. Y es que el diván tiene varios usos, ¿sabéis?

Se quedaron en silencio los tres, hasta que la mujer dijo:

—Confío en que ahora ya te encuentres más a gusto entre nosotros, David.

—Me siento muy bien, de verdad —dijo David sonrojándose.

—No estabas muy contento los primeros días. —Y, como él no lo negara, Pelagie prosiguió—: Naturalmente, tú no sabías que este no era un hogar judío. Lo comprendo.

En la habitación contigua, por la puerta abierta, se veía el altar, o lo que la familia conocía por el altar: una mesa cubierta con un paño de encaje sobre la que había un jarro de agua bendita y varias figuritas de yeso. Los ojos de David, después de contemplarlas, se fijaron en el suelo, cubierto por una estera de palma.

—Creo que tu padre debía habértelo advertido.

David soltó una breve carcajada.

—Me alegro de que no lo hiciera, o el abuelo se hubiera opuesto a que nos trajera aquí y tal vez hubiera conseguido impedirlo.

—Pero debió deciros algo durante el viaje. De todos modos, ya pasó. Aunque si deseas preguntarme algo…

Durante un momento, David volvió a sentirse cohibido y con la lengua torpe. De todos modos, tenía que preguntarlo, por más que ahora ya no importaba. Aun así, preguntó:

—¿Cómo se casó mi padre con tu madre?

—¿Quieres decir dónde? Fue en la catedral. El vicario general dio una dispensa especial por la diferencia de religión. Y el padre Moni celebró la ceremonia. Oh, fue espléndida. A mí siempre me ha gustado la catedral, desde luego. Está bonita hasta en los funerales. —Y Pelagie, entusiasmada, formó una pirámide con los dedos—. Yo era aún muy niña cuando se celebraron los funerales por el emperador

Napoleón. Todo estaba cubierto de crespones negros; era algo solemne, con una música maravillosa, un coro francés. Era como si el mismo Dios estuviera allí.

Fuera había oscurecido. La lámpara de la habitación contigua iluminaba débilmente sus rostros, por lo que uno solo podía imaginar la expresión de Pelagie cuando susurró:

—Naturalmente, Dios está en todas partes, ¿no? Yo siempre he pensado que no importa de qué forma le adores desde el fondo de tu corazón. Ya sé que algunos curas dicen que nuestra fe es la única verdadera, pero no creo que sea cierto. Pero, eso sí, tienes que adorarle con convicción. Y en esta ciudad, desgraciadamente, no hay mucha gente que lo haga.

—Eso me ha dicho Mrs. de Rivera —repuso David.

—¿Rosa? Yo quiero mucho a Rosa. Dice que conociste a su hermano durante la travesía.

—Oh, sí. Nos hicimos amigos. Pero él irá a estudiar al Norte, por lo que, probablemente, no volveremos a vernos.

—Sí; las familias de ascendencia inglesa envían a sus hijos a «William and Mary» o, incluso, a Harvard. Nosotros, los criollos, naturalmente, los enviamos a París. Aunque quizá tú también vayas a estudiar al Norte.

David no contestó. La idea le parecía confusa e, incluso, alarmante.

—A no ser que tú prefieras ir a París. ¿A París con Miriam? Yo estuve un tiempo en un colegio en Francia.

—No —dijo David. Esto era aún más alarmante—. No quiero volver a Europa. Ni que vuelva Miriam —añadió con firmeza.

—Oh, Miriam puede ir a un colego de aquí. En realidad, para una niña eso no tiene importancia. Ella se casará muy joven. Todas las muchachas bonitas se casan jóvenes. Yo tenía dieciséis años. Conocí a Sylvain a los quince y al cabo de un año nos casamos. ¡Oh, Miriam! —explicó Pelagie—. Deseo que seas tan feliz como yo. Pero lo serás, estoy segura. —Y, tomándola por los hombros, la obligó a volverse hacia la luz de la lámpara—. ¡Qué hermosos ojos! Te peinarás con el pelo hacia arriba, así, con un tirabuzón sobre cada oreja. Y estoy segura de que papá te regalará unos pendientes de brillantes. Tienes unas orejitas preciosas. Vas a ser una belleza, niña.

«Habla tanto como su madre —pensó David—. O sea, que parece boba. Pero es buena persona». Le agradaba la ternura con que sus manos tocaban a Miriam.

—Tenéis que venir a nuestra casa de campo. Vivimos con el padre de Sylvain, pero Sylvain me ha prometido comprar una casa en la ciudad, para que tengamos nuestra propia residencia para la temporada social y la Ópera. Me encanta la Ópera…

La charla cesó cuando apareció Sylvain y se llevó a su mujer.

Cuando David entró en su habitación, Blaise se levantó de la estera.

—Siento haberte despertado, Blaise.

—No, no; estaba esperándole, M’sieu David.

—Duerme. Yo vengo en seguida.

—¿Adonde va, M’sieu David?

—Llámame David a secas, ¿quieres, Blaise? Voy a la olla del vestíbulo de atrás a beber agua.

Blaise le miró consternado.

—¡De esa no! Todavía no está purificada. Hace menos de una hora que Serafina echó el alumbre. Además, yo estoy aquí para traerle las cosas, M’sieu David.

—Es que yo estoy acostumbrado a cuidar de mí mismo, Blaise.

—Pero aquí no, M’sieu David. Aquí no.

Los pies descalzos de Blaise azotaron los escalones y su sombra esbelta se escurrió por la pared con suave ondulación.

David se asomó a la galería de atrás que daba al patio. Había luna y se distinguían las dentadas siluetas de las hojas de los bananos que murmuraban movidas por la brisa. Oyó el gorgoteo del agua y recordó que había una fuente al extremo del jardín. Se respiraba un aroma fresco y un poco acre; sería de los macizos de jeringuilla que crecían junto a la tapia y que parecían montones de nieve. Un pájaro trasnochador lanzó un trino breve y lacerante. Una noche dulce. Una noche distinta a todas las que él había conocido. Dulce y turbadora.

«Tal vez he llegado demasiado tarde —pensó—. Tal vez quince años ya sean demasiados para un cambio como este. No sé. Quiero obrar bien. Deseo obrar bien. Pero no sé qué pensar de este sitio».