Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 19 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 18

18

 

 

Durante el último año de paz, muchos veían lo que se avecinaba, pero otros seguían negándolo, a pesar de que estaba escrito en el cielo.

John Brown había asaltado el arsenal federal de Harpers Ferry. En el Norte era aclamado como un paladín de la libertad, pero los hacendados y comerciantes que se reunían a diario en la lonja de «Maspero» lo tachaban de nefasto agitador. Aquellos hombres también hablaban de David Raphael, se preguntaban cómo semejante individuo podía pertenecer a una familia tan digna, y compadecían a sus parientes. También solían citar a los políticos que decían que la secesión era inevitable, a no ser que pronto se llegara a un «compromiso razonable». Y en lúgubres susurros hablaban de los ingleses asesinados pocos años antes en el motín de la ciudad india de Lucknow.

Aquel año, la «Mistick Krew of Comus» organizó un desfile de carnaval tan espléndido como siempre; la Opera Francesa inició la temporada con espectaculares representaciones de obras de Donizetti, Massenet y Bellini. Cantó Adelina Patti. En las casas más elegantes se instaló la luz de gas y las mujeres se peinaban con raya en medio, siguiendo la última moda, y se hacían retratar.

Sin embargo, tal vez no fuera ignorancia, sino el miedo a la guerra, lo que engendraba aquella animación y lo que hizo salir a Eugene de su apatía.

—Hace mucho tiempo que no recibimos en «Beau Jardin» —dijo un día. Frunció el entrecejo—. ¿Eso por qué?

—Había que economizar —le recordó Miriam, dolida. Ni una sola vez había elogiado su marido lo que ella estaba haciendo.

—Daremos una fiesta para la molienda.

Ello suponía una semana de espléndidos agasajos, visitas al molino de azúcar, degustación del zumo de la caña caliente con ron, mientras los esclavos trabajaban veinticuatro horas al día, hasta que toda la caña estaba molida.

—Vamos a hacer las cosas bien. Los traeremos a todos río arriba en el Edward J. Gay —dijo Eugene con entusiasmo—. Quiero una cocina excelente: mariscos, sopa de tortuga, pichones…, todo lo mejor. Debemos de estar mal de madeira. Hace mucho tiempo que no me ocupo de eso. ¿Querrás comprobarlo? También tendrás que hacer la lista de invitados, ya que yo…, yo no puedo escribir.

Miriam tomó el papel y lápiz.

—Empezaremos con Gabriel y su hermana.

—Rosa estará en Saratoga —le recordó ella.

—Está bien, pues solo Gabriel. No es muy animado, pero tiene predilección por ti. Y la familia de Emma, por supuesto, Eulalie, Pelagie y todos aquellos de sus hijos que quieran venir. Ah, y anota también a Perrin, André Perrin. No ha venido a vernos desde que regresó. Esperaba que se mostrara más atento.

El lápiz se detuvo. Miriam tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el temblor de su mano.

—¿Por qué invitarle entonces?

—Bah, no hay que ser rencorosos. Apenas para en la ciudad y por eso no habrá venido. Siempre me gustó su compañía. Es un tipo inteligente que ha viajado mucho. Ojalá hubiera hecho yo otro tanto cuando podía.

—Entonces es probable que esté fuera. Preguntaré.

—No, déjalo; ya preguntaré yo. Anota su nombre.

André Perrin. Las letras tomaron forma sobre el papel y parecían mirarla interrogativamente, tan alarmadas como su corazón, que latía con fuerza.

Después de cenar, los hombres fumaban y charlaban en el porche. El murmullo de sus voces, que entraban por las altas ventanas, competía con el arpa que Felicité, la hija de Pelagie, estaba tocando en el salón.

Los pensamientos de Miriam vagaban errantes, buscando asidero. Iban de Angelique —que aunque fingía estar atenta a la música, probablemente pensaba que le gustaría llevar ya el pelo recogido como Felicité— a André que estaba en el porche. Por más que aguzaba el oído, no conseguía distinguir su voz.

En tres días no habían tenido ocasión de hablar a solas. Los hombres y las mujeres se bañaban separados en la ensenada. Las excursiones se hacían en grupo y en grupo se cenaba y se jugaba a cartas. De vez en cuando, sus miradas se cruzaban, pero ella desviaba la suya al recordar cómo asomaba antaño a los ojos de Pelagie toda la adoración que sentía por Sylvain.

Miriam observaba con curiosidad el hermetismo de Gabriel. Su cara estaba totalmente inexpresiva. ¿Se había equivocado Rosa? No; claro que no. Entonces esta noche debía de estar pasándolo mal… ¡Qué extraño que estuvieran allí juntos dos hombres que la amaban a ella!

¡Y qué extraño pensar estas cosas! Ella, Miriam, la esposa aparentemente intachable de un respetable caballero; la dueña de aquella casa pulcra, ordenada y tradicional; la madre de aquel muchacho que ya era lo bastante mayor como para sentarse con los hombres después de la cena; la madre en la que debía mirarse su hija…

¿Qué diría el mundo, aquel mundo en el que ella tenía que vivir, si lo supiera? Sus hijos… Quedaría deshonrada a sus ojos. ¡Cómo sufrirían! Y se pasó la mano por la frente húmeda.

—Me estaba acordando de las canciones que nos cantaba Marie Claire — dijo Pelagie—. ¡Qué raro que se haya quedado en el extranjero! Debe de ser muy duro para su joven marido.

—Sin duda —respondió Miriam.

—No obstante, parece satisfecho. Tiene muy buen aspecto, ¿no crees?

—Muy bueno.

—Y tú también, Miriam. Nunca te había visto con tan buen semblante. Eres la estampa de la salud.

Miriam se apartó hacia la ventana con el pretexto del calor, pero en realidad porque deseaba zafarse de Pelagie.

—Yo tengo un profundo respeto por rabí Wise —decía Gabriel—. El dice que la religión y la política no deben mezclarse y lo mismo opino yo.

—Bueno —dijo Eugene—, Wise es contrario a la esclavitud y, desde luego, en eso no puedo estar de acuerdo con él. Pero cuando dice que es preferible romper la Unión a ir a la guerra, yo le aplaudo.

—Si hay guerra, serán los predicadores abolicionistas protestantes los que la desaten.

Miriam advirtió que hubo un tiempo en el que este tema la absorbía; ahora, por el contrario, apenas la interesaba. Solo pensaba en André. Era una mujer con una idea fija.

—Me han dicho que en la cámara del Estado se prevé una crisis —dijo Eugene—. Se asegura de que si sale elegido un republicano nos separaremos de la Unión.

—Entonces habrá guerra —dijo otra voz.

Y otras más agregaron:

—Estamos escasos de todo: fábricas de material ferroviario, municiones, tiendas, todo.

—¿Podéis imaginar lo que sería la abolición aquí? Solo de pensarlo me dan escalofríos. Hordas vagando por los caminos, sin lugar al que ir, sin nada que comer, salvo lo que pudieran robar.

Miriam sintió una mano en el hombro.

—Hace una noche perfecta —dijo André—. Es una lástima perderla en una conversación tan deprimente. ¿Caminamos un poco, o prefieres dar un paseo en bote?

Ella alzó las cejas como diciendo: «No podemos hacer eso».

Pero André replicó con desenvoltura:

—Si alguna señora desea venir, está invitada. En el bote caben dos personas. ¿Vamos por turno? ¿Quieres ser la primera, Pelagie?

Pelagie rehusó. La silla de Miriam rechinó contra el suelo cuando ella se levantó, haciéndole recordar aquella primera noche en que él la apartara de otra conversación sacándola a bailar.

—Empezamos hablando de cosas alegres —dijo André—, pero siempre ha de salir a relucir la política. Vamos a contemplar las estrellas. Estaban ahí mucho antes de que existieran el Norte y el Sur y seguirán estando mucho después de que hayan dejado de existir.

La luna rojiza sangraba en el cielo blanquecino. A la mitad del césped, donde se diluían las notas suaves y melodiosas del arpa, les salió al encuentro el vibrante tañido de una guitarra. Allá, en las cabañas, un hombre cantaba su nostalgia de fugaces alegrías; no hacía falta entender la letra para adivinarlo.

André y Miriam avanzaban al unísono. Ella notaba cómo él acoplaba sus movimientos a los de ella. El sendero que conducía a la ensenada estaba alfombrado de agujas de pino caídas durante más de cien años, y al hundirse en ellas, los pies no hacían más ruido que la brisa en las copas de los árboles. De las encinas colgaban velos de musgo gris, como cabelleras de vieja.

—Es triste el musgo —dijo Miriam.

Él se resistió a dejarse influir por su melancolía.

—En primer lugar, no es musgo. Es una variedad de la familia de las ananás, y por lo tanto, símbolo de bienvenida.

La ayudó a subir al bote. El agua estaba tan tranquila que los árboles de la orilla se reflejaban en ella inmóviles festoneando de negro la opaca superficie de la ensenada. André soltó los remos, dejando el bote a la deriva y le tomó la mano. Se quedaron mucho rato en silencio, con las manos entrelazadas.

—Me gustaría poder estar contigo esta noche —dijo André.

Entonces ella se atrevió a decir lo que había estado callando. Una mujer no podía tomar la iniciativa, una mujer debía esperar y recibir.

—Yo deseo algo más que una noche. Yo quiero ver qué nos aguarda. — Y, como él no respondiera, exclamó—: ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué va a ser de nosotros?

—Ah, no sigas. No puedo soportar que estés triste. Recuerda que cada día nos trae algo nuevo. La primera vez que te vi te estabas ahogando en tus propias lágrimas. Aquella noche no podías imaginar lo que nos ha sucedido después, ¿verdad?

—Es cierto —reconoció ella.

—Yo no soy supersticioso, pero he visto dar tantas vueltas a la vida que nunca pierdo la esperanza.

Le acarició el cabello. Más que sus palabras la calmaba el contacto de sus manos. También ella quería creer que, por obra de algún milagro, todos los obstáculos serían apartados de su camino.

Al poco rato, él empuñó los remos, hizo virar en redondo el bote y regresaron al desembarcadero, mientras, con su voz fuerte y jovial, trataba de animarla hablándole de Nueva York y de Washington, de teatro y de personajes divertidos.

Subieron por el sendero hacia la casa. En lo más profundo de la espesura, antes de salir al césped, se detuvieron y él la abrazó fuertemente. Ella, temblando, se apoyó en él abandonándose y él la levantó en vilo. Sus pies apenas rozaban el suelo, sujeto a él por los brazos y los labios.

Al fin, dijo él:

—La semana próxima tengo que volver al Norte.

—¿Otra vez? ¿Es necesario? —exclamó ella, mientras pensaba: «Ya hablo como una esposa. Quiero sujetarlo como una esposa».

—Indispensable. Tengo asuntos urgentes. Pronto habrá guerra, ¿comprendes? No he podido seguir soportando oír hablar de ella ahí dentro, pero tienen razón, habrá guerra.

—¿Y quién ganará?

—Eso nadie lo sabe. El Norte tiene más hombres y más dinero. El Sur recibirá ayuda de Europa, por el algodón. Pero no se sabe.

De pronto, ya no importaban ni ideales, ni principios, ni secretas lealtades. ¿Qué efecto tendría la guerra en André y Miriam?

—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera esta vez? —preguntó ella, haciendo un esfuerzo para que no le temblara la voz.

—Depende de cómo se resuelvan las cosas. Tal vez un par de meses; pero volveré, puedes estar segura. Mientras tanto, cuando pases por delante del Pontalba, piensa en mí, recuerda que aquella casa nos espera. ¿Me lo prometes?

Ella comprendió que él se daba cuenta de que estaba asustada y que la admiraría por disimularlo con valentía.

—Te lo prometo —dijo.

—Magnífico. Entremos.

El cepillo le hacía crepitar el pelo. Por el espejo, Miriam veía la cama preparada y pensaba con alivio que Eugene subiría tarde, después de la partida de cartas, y ella estaría dormida y ni siquiera le oiría. ¡Los miles de horas que habrían pasado juntos en aquella cama, sin tocarse siquiera! Y pensó que, de no ser por los convencionalismos de leyes y costumbres, lo más sencillo y natural sería que por aquella puerta entrara André, no Eugene, para acostarse en la cama.

Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Miriam, esperando ver entrar a Fanny.

Era Eulalie. Entró tan impetuosamente que el tafetán de la falda crujió al rozar la puerta. Empezó a hablar como una niña que trajera un recado y quisiera darlo antes de que se le olvidara.

—¡Quiero que sepas que os he visto! Os he visto a ti y a él. He oído hasta la última palabra de lo que decíais.

A Miriam empezó a irle más despacio el corazón. Generalmente, se cree que un susto le hace dispararse; pero el suyo frenaba, con fuertes pulsaciones. Dejó el cepillo y se quedó esperando.

—Yo estaba sentada en el césped cuando oí vuestras voces en el sendero. Pero no creas que estaba espiando.

—Yo no creo nada.

Calma. Calma y serenidad. Di lo menos posible. Y, sobre todo, que ella no se dé cuenta de que estás aterrada.

—Eres la deshonra —dijo Eulalie silabeando—. La deshonra, sí, la deshonra. —Una gota de saliva voló a la mejilla de Miriam—. Tal vez no tengas ni el suficiente decoro para darte cuenta de lo que eres.

Miriam trataba de poner en orden sus pensamientos.

—Si te empeñas en interpretar torcidamente lo que has oído, ¿qué puedo decirte yo?

La carcajada de Eulalie fue triunfal, desdeñosa y áspera.

—¡Interpretar torcidamente! ¡El Pontalba! ¿De manera que es ahí donde vas en tus paseos de la tarde? ¡La dama elegante, con sus…, con sus pulseras de oro!

Ella lo pregonará por toda la casa y toda la ciudad. Mis hijos se enterarán y me odiarán.

—No es de extrañar que Nueva Orleans dejara de ser la capital del Estado. Es otra Sodoma, decían. No apta para legisladores. Y tenían razón; porque si mujeres como tú, de familias respetables…

Momentáneamente Eulalie se quedó sin habla.

«Tiene una vena de loca —pensó Miriam al ver cómo el cuello de Eulalie se teñía de rojo encendido, como de una quemadura o una erupción. Tal vez fuera eso más que otra causa lo que mantuvo alejados a los jóvenes: la vena de loca.

—¿Qué dirá tu padre, tu padre que te pondría en un altar? ¡Y mi madre, que te ha tratado como a otra hija! ¿Así se lo pagas?

Yo he llegado en mi vida hasta donde tenía que llegar, pueden hacer conmigo lo que quieran.

De todos modos, se mantuvo firme.

—¿Eso es todo, Eulalie? De nada serviría prolongar la conversación, puesto que tan segura pareces de todo.

—¿Y sabes lo que pensará de ti la gente? Que eres una…, una golfa. ¡Eso, una golfa!

«Seguramente, es la primera vez que su casta boca pronuncia esa palabra», pensó Miriam. Se levantó y dio a Eulalie un ligero cachete despectivo.

—No te consiento esa palabra. ¿Qué sabes tú de golfas? ¿O del amor? ¿O de nada? ¡Tú odias al mundo! Eres una amargada y no te soportas ni a ti misma. Has sido mi enemiga desde el día en que entré en tu casa. Yo era una niña, pero ya me di cuenta. Muy bien, ahora tienes un arma contra mí. Adelante, puedes hacer lo que quieras con ella, no me es posible impedírtelo…

—Se os oye desde el final del pasillo —dijo Eugene, irritado—. ¿Qué diablos ocurre aquí?

De pronto, las paredes empezaron a dar vueltas y el suelo se levantaba.

—Me falta el aire —dijo Miriam. Y salió a la galería tambaleándose. Apenas podía hablar—, Eulalie estará encantada de explicarte lo que ocurre.

De abajo llegaba un rumor de música y voces de los que jugaban a cartas. Entre ellos estaría André, ajeno a los acontecimientos de los últimos minutos. Miriam volvió a pensar en sus hijos. Eran hijos de Eugene; él podía quitárselos; la ley le autorizaba.

«La vida nos depara sorpresas —le había dicho André aquella noche—. Déjate llevar por la corriente». Pero esta corriente podía estrellarla contra las rocas.

Y el corazón volvió a golpearle el pecho con fuerza. ¿Cuánto tiempo podía latir un corazón de este modo sin romperse?

Al cabo de un rato, tal vez diez minutos, o tal vez media hora, vio que Eugene estaba solo en la habitación.

—Ya puedes entrar —dijo él—. Siéntate.

Ella se alegró de que no pudiera verla, porque estaba segura de que en su cara se retrataba el terror.

—¡Bueno! —dijo él—. Es toda una novela, desde luego. Esa pobre mujer es ruin y envidiosa, pero no creo que lo haya inventado. De manera que tiene que ser verdad.

Miriam no podía mirarle a la cara y se contemplaba las uñas, inocentes conchas color de rosa.

Suspiró.

—Es verdad. —Y se quedó esperando la avalancha.

En aquel momento, la puerta del pasillo, que estaba entornada, se abrió de par en par y entraron los niños.

«¡Dios mío, ya se lo ha contado! —pensó—. O se lo dirá ahora. Me insultará delante de ellos, y ellos me despreciarán. Quedarán deshonrados. Ningún muchacho de buena familia querrá casarse con Angelique. En el templo, la gente se volverá a mirarnos». Su pensamiento corría: con dolor, como un caballo cansado.

—¡Mamá! —gritó Angelique—. ¿Por qué te has ido tan pronto? Están tocando el piano y bailamos. —Con la excitación, la cara de la niña brillaba como el marfil—. Mr. Perrin me ha enseñado a bailar el vals. Dice que soy tan ligera como las señoras de París.

—¿Eso dice? —preguntó Eugene.

Miriam esperaba sus palabras siguientes, con todos los nervios en tensión. Pero él se limitó a llamar a la niña.

—Ven aquí, Angelique. —Le puso las manos en los hombros—. Encaje. ¿De qué color?

—El encaje, blanco, naturalmente. Pero el vestido es azul.

—Muy bonito, seguro. Te compraremos uno de terciopelo para las fiestas. ¿Y tú también has bailado, Eugene?

El muchacho adoptó un aire de suficiencia.

—No, yo no bailo. Eso, las niñas.

—Bien dicho —rio su padre—. Primero tienes que aprender a montar y a disparar. Tengo que buscar para ti una yegua con buenas maneras. Dice Blaise que ya estás demasiado alto para el pony. Sí; ya tendrás tiempo de aprender a bailar. Ahora, los dos a la cama. Y cerrad la puerta al salir. Supongo que tus hijos acaban de darte un susto de muerte, ¿no? —preguntó Eugene cuando la puerta estuvo cerrada.

Miriam estaba sentada en el sillón, con la cara entre las manos.

—Esperabas que me pusiera a gritar. —La voz de Eugene era ligera, casi divertida—. ¡Es extraordinario! ¡Me dejas pasmado! Nunca creí que tuvieras la suficiente sangre en las venas. André Perrin. Un guapo mozo, o lo era cuando yo podía ver. Pero creí que Carvalho sería más de tu gusto. Ya te lo dije una vez, ¿verdad?

La burla era peor que la cólera y la indignación. Así juega un gato con un despavorido pájaro antes de matarlo.

—Aunque, desde luego, el código moral de Carvalho no le permitiría enredar con la mujer de otro, por tentadora que fuese. ¡Lástima! Hubiera sido menos complicado. El es un hombre serio, un sólido ciudadano, bien asentado, mientras que el otro anda siempre de un lado a otro y, además, tiene mujer, aunque esté a seis mil kilómetros.

—¡Oh, Dios mío, dime ya lo que piensas hacer y acabemos de una vez!

—¿Qué crees tú que voy a hacer? ¿Representar el papel de marido ultrajado? ¿Hacer una escena delante de los niños? ¿Echarte de casa?

Ella no pudo responder.

—Te diré lo que voy a hacer. Nada absolutamente.

Miriam le miró con incredulidad.

—Oh, sí, podría hacer cualquiera de esas cosas. Al fin y al cabo, la ley está de mi parte, y también toda la sociedad. Pero me abstendré. No me siento tan afectado. Verás, probablemente sé del mundo más que muchas personas.

Es natural. Con esa mujer…

—Lo único que me importa es que no trascienda. Tenemos un apellido. Tus hijos llevan un apellido ilustre con más de doscientos años de antigüedad, y nada debe mancharlo.

—Entonces, ¿nunca lo sabrán? ¿Nunca?

—Por supuesto que no. Crecerán con dignidad y señorío. Son todo lo que tengo. Todo lo que me queda —añadió con amargura.

Los sordos latidos del corazón de Miriam empezaron a sosegarse. Gracias, Dios mío. Oh, Dios mío, gracias.

Tuvo entonces un extraño e inesperado momento de compasión: Aquel hombre traducía su amor en vestidos de terciopelo y yeguas de buenas maneras…

«Pero ¿y Eulalie?», pensó después, y volvió a sentir la cuchillada del miedo.

—¿Eulalie? —preguntó con un hilo de voz.

—Eulalie callará. Permanentemente. En realidad, no tengo con qué amenazarla, pero la he amenazado de todos modos. Ella me respeta, tal vez incluso me tema un poco. No dirá nada, puedes estar segura.

Eugene se levantó. De pronto, volvía a llenar la habitación con su poder de antaño.

—Perrin saldrá de aquí por la mañana, desde luego.

—¿Por la mañana?

—¿Qué esperabas? No quiero volver a verlo en mi casa. Un hombre tiene su orgullo por lo que se refiere a su esposa, aunque se viva como vivimos nosotros. Pero la gente no sabe cómo vivimos, y nadie va a ponerme en ridículo delante de los demás.

—¿Tú vas a…? ¿Va a haber problemas entre vosotros?

—¿Es que ya no te acuerdas de que soy ciego? De lo contrario los habría, y muchos. —Eugene silbó entre dientes desdeñosamente—. Y, si no estuviera tan oscuro ni yo fuera un caballero, le echaría ahora mismo. Pero se habrá marchado antes de que tú bajes por la mañana. ¿Entiendes?

—Entiendo.

—¿Y estás de acuerdo en que su nombre no vuelva a pronunciarse en esta casa?

—Sí.

—Ahora acuéstate, y esta noche nada de suspirar ni dar vueltas en la cama. Yo quiero dormir.

Ella no suspiró ni dio vueltas, sino que se quedó quieta con los brazos cruzados sobre el pecho, hasta que recordó que así amortajaban a la gente, y entonces extendió los brazos a cada lado del cuerpo. El aire de aquella noche de verano era húmedo y pesado, ingrato de respirar, pero ella lo aspiraba profundamente, introduciéndolo en los pulmones a la fuerza, apretando con fuerza los puños, para infundirse valor.

Debía tratar de apaciguar sus sentimientos, de ordenar aquel caos de desesperación, de miedo y la humillación de estar a merced de la despreciable y mezquina Eulalie. Sí; y la angustiosa soledad que se cernía sobre ella. ¿No volver a ver a André nunca más? ¿Nunca? Y la vergüenza. ¿Me gustaría que mi hija hiciera lo que he hecho yo? No. No quiero que ella tenga que hacer eso, que se vea en la necesidad de hacerlo.

Al pensar en Angelique se acordó de la última de las cartas de su hermano, todas con alguna que otra exhortación, algún mensaje que él pretendía inspirador, pero con el que solo conseguía suscitar una inquietud estéril.

Ahora David tenía una nueva causa: los derechos de la mujer. Le enviaba una serie de recortes de Ernestine Rose, hija de rabino, abolicionista y propagandista de los derechos de la mujer. Realmente, había fuego en sus discursos, frases cortantes e inolvidables. «Esclava desde la cuna hasta la tumba… Padre y esposo, amo todavía… El derecho a su persona, a su patrimonio y a sus hijos».

Frases que despertaban eco en Miriam. Pero ahora, tendida en la cálida oscuridad, se dijo que tal vez fuera preferible olvidarlas. Ojalá David dejara de bombardearla con sus ideas. ¿Qué esperaba que hiciera ella? ¿Salir a predicar por el mundo?

Eugene se movió, murmurando en sueños. Y, al otro extremo del pasillo, sin sospechar lo que le depararía el día siguiente, André también dormía.

Mucho antes de amanecer, Miriam se levantó y salió a la galería sin hacer ruido. La brisa que precede al amanecer agitaba suavemente las hojas de los árboles y le erizó el vello de los brazos. Un pájaro lanzó un trino breve. Bosques y campos callados, sombríos y misteriosos se extendían en la oscuridad de aquella noche de bochorno. Pero, por una vez, ella no los sentía amenazadores, allí no había cosas espeluznantes que se arrastraran, ni que vinieran volando por los aires, ni enemigos humanos al acecho. El miedo y la amenaza estaban dentro de la casa. Y de pronto volvió a sentir aquel viejo deseo que experimentara la primera vez que vio la casa: echar a andar cruzando campos y bosques, subir la montaña y desaparecer.

Y, de pronto, se hizo de día. La luz estalló en el cielo. Surtidores de amatista y escarlata brotaron de los confines de la tierra derramándose en flecos lavanda y rosa pálido. Y un coro de pájaros entonó las debidas alabanzas a tanta magnificencia.

Pero aquella criatura, pequeña y herida, estaba insensible a esta grandiosidad, y no percibía más que el dolor de su pobre corazón.

Miriam seguía allí cuando se abrió la puerta principal y salió André, quien, sin volver la cabeza, subió al coche que le aguardaba y se alejó rápidamente.