Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 28 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 27

27

 

Entre el río Rapidan por el Norte y los anchos y despejados campos de Spottsylvania por el Sur se extendía una selva de unos veinte o veinticinco kilómetros de largo por diez de ancho. Silenciosos lodazales y bosques sombríos, maraña de hiedras y zarzas, matorral alto y espeso.

En los primeros días de mayo, azules y luminosos, los blancos carromatos pasaban retumbando por el portazgo del camino de Orange Plank, para enfrentarse con el ejército del Potomac de Grant.

Al cabo de más de tres años de guerra, el cuerpo de Gabriel y el de su yegua alazana Polaris se habían compenetrado hasta formar casi uno solo. El animal mantenía su lugar en la formación sin necesidad de órdenes y el jinete podía abstraerse en sus sombrías reflexiones.

El año anterior, habían luchado contra Grant en Chancellorsville, y ganó Lee. Este año, al pasar por el escenario de aquella victoria, pudieron advertir su secuela de desolación, ruinas ennegrecidas y silenciosas y campos invadidos por la maleza. Vieron a un granjero al lado del camino. Yo nunca tuve ni un esclavo. Labré estos campos y construí esta casa con mis propias manos, y los federales se lo llevaron todo, los cerdos, los pollos, la vaca que daba leche para mis hijos, el trabajo de toda una vida. ¿Qué sentido podían tener para aquel hombre los derechos de los Estados?

Y así seguimos caminando, cansinamente, tropezando, cruzando ríos y soportando sinsabores con un cansancio inconcebible, sin poder adivinar cuándo ni dónde terminará el viaje.

Gabriel tenía sombríos pensamientos. «Es la primavera —pensaba—. Es el rosal silvestre que teje en el aire su filigrana de encaje blanco y rosa; es el brillo húmedo de las hojas, el viento del Sur y el calor del sol en el cuello vigoroso del caballo; es… pensar que quizá pronto deje de ver todas estas cosas».

Irguió la espalda. «¡Basta! Esto no tiene sentido ni conduce a parte alguna».

Pero los demás, oficiales y soldados, también iban en silencio. Hacía más de una hora que su teniente, que cabalgaba detrás de él, no había pronunciado ni una palabra. Si, de vez en cuando, piafaba un caballo, el sonido le sobresaltaba.

A cada lado del camino, el bosque se hacía más y más denso y el paso, más estrecho, tamizando la luz de la mañana. Arreciaba el calor. El cuello de Polaris relucía y, bajo su guerrera gris, Gabriel sentía correr el sudor.

Delante de él, a lo lejos, se veía la columna dejar la carretera. No necesitaba sacar el mapa; se lo sabía de memoria, conocía su punto de destino y el lugar en el que esperaban sorprender a Grant. De manera que, para dar descanso a la mente, trataría de pensar en el pasado en lugar de cavilar sobre lo que le reservaba aquel día.

¡Cuánto tiempo hacía que había salido de su casa! Se preguntaba qué quedaría de su ciudad. Se habían incautado de la casa de Rosa, eso ya lo sabía. Tal vez alguna buena persona protegiera aquel tesoro que eran sus libros de leyes, la biblioteca heredada de Henry y ampliada cuidadosamente por él. ¡Qué bonito era su despacho, con sus libros y su cómodo sillón con el taburete para poner los pies! Por las ventanas abiertas al patio penetraban el olor ácido de la piedra mojada por la lluvia y el perezoso goteo de las hojas del plátano. Debajo de una ventana, en el pequeño desnivel del pavimento, se formaba un charco en el que había una diminuta rana verde esmeralda, una alhaja.

¡Cuánto tiempo sin ver su casa! ¡Y cuánto tiempo sin ver a Miriam! Se enteró de la muerte de Eugene con varios meses de retraso, pero Rosa nunca le hablaba de Miriam en sus cartas. Seguramente, para no herirle y dándoselas de prudente.

Recordaba también, con un humorismo un tanto amargo, el afán de su hermana por despertar su interés por muchachas «convenientes». También en esto creía ella obrar con exquisito tacto. Para Rosa, una muchacha «conveniente» debía ser joven, dulce, bastante bonita y, lo más importante, de excelente familia. ¡La buena de Rosa! Ni por asomo pensaba que fuera indispensable que él estuviera enamorado de la candidata. Oh, hubo alguna…, recordaba concretamente a una muy simpática y bien dispuesta, con el pelo brillante y color de cobre. Probablemente, él hubiera podido casarse con ella, de no ser por Miriam. Siempre se interponía la imagen de Miriam entre él y cualquier otra mujer.

El dolor que sentía dentro era casi palpable, como una quemadura o un corte. El furor —no contra ella, eso nunca, sino contra el tal Perrin— era puro fuego. Por más que él trataba de sofocarlo, siempre volvía a prender. Ahora que ella era libre, seguramente se casarían. Perrin ya tenía esposa, sí, pero a los hombres como él no les faltaban recursos, pensaba Gabriel desdeñosamente. Aquel hombre, aquel hombre… «Si estuviera aquí, lo atravesaría con mi bayoneta —pensaba—. Y eso que yo nunca he usado la bayoneta, y he estado en las peores carnicerías, pero gracias a Dios nunca tuve que usarla. Una bala es horrible, pero sentir que el arma que tienes en la mano se clava en la carne de un semejante…».

Polaris, siguiendo la columna, salvó con cuidado la cuneta, adentrándose en un bosque en el que sus patas se hundían en la hojarasca de muchos años, abriéndose paso entre espinos y lianas y enredándose en las ramas. Otras veces había estado en lugares como aquel. «No; como aquel no», pensaba Gabriel mientras avanzaban en una penumbra que debía de ser como la del fondo del mar. Los altos pinos unían sus ramas. De pronto, les cortó el paso una zanja tan abrupta que un jinete inexperto hubiera podido saltar por encima de las orejas del caballo. Siguieron avanzando penosamente. «¿Cómo se puede pelear aquí, si es imposible distinguir a amigo o enemigo?», se preguntaba.

Por la columna se pasó la orden de alto. Menos mal, porque ya era casi mediodía, y habían salido al amanecer. Hacía tanto calor que si no fuera tan malo el camino, podría uno dormirse sobre la silla.

Los hombres se agruparon en el claro. Allí, en un rincón al que llegaban unos rayos de sol, colgaba sus ramas un rosal silvestre poniendo una exquisita y jubilosa blancura en aquellas tétricas sombras. Y Gabriel volvió a sentir aquella palpitación irregular llamada «corazón de soldado» y la atribuyó a la tensión o al calor. Pero era algo más; era miedo.

—Ahí delante están deliberando —dijo uno.

—Los exploradores informan que se acercan a las fuerzas de la Unión.

—… dicen que Grant está sentado en un tronco, con uniforme de gala y espada.

Risas nerviosas. El cuerpo tiene miedo de seguir adelante, pero el espíritu, que teme a la cobardía, tiene miedo de que el cuerpo dé media vuelta y eche a correr, para bochorno del espíritu.

Polaris golpeó la tierra con los cascos, echando la cabeza hacia atrás como si quisiera comunicarse con Gabriel. Tenía la nariz altiva y delicada de una aristócrata, pero sus ojos eran dulces e inteligentes. «Me conoce bien — pensó Gabriel—. Hemos estado juntos mucho tiempo.

Un hombre protestaba en voz alta:

—¡Diablo, este no es lugar para caballos! ¿Cómo vamos a pelear aquí? ¡Si no podemos avanzar más que un par de kilómetros por hora, y gracias!

Pero siguieron adelante. Se deslizaron por las márgenes cenagosas de arroyos escondidos, volvieron a subir y siguieron andando, andando hasta que por fin delante se oyeron disparos.

—Dejad los caballos. Pie a tierra. Es imposible.

Otra vez corazón de soldado. Gabriel desmontó y acarició el hocico de Polaris. ¿Volvería a verla?

A la derecha, un destacamento de tiradores se parapetó entre unas zarzas. La artillería pesada era arrastrada hacia las posiciones aplastando la maleza.

¡Oh, Dios! Toda una división de azules apareció muy cerca. Los hombres surgían del bosque, disparando. Era una granizada de plomo. ¡Oh, Dios! Una cortina de fuego.

—¡Adelante! ¡Adelante!

¿Quién grita? Quién es el que se desgañifa con el grito rebelde mientras los hombres avanzan y avanzan, ya muy cerca de los uniformes azules y de las bayonetas plateadas. ¿Es mi voz?

Él disparaba. Cubierto por el tronco de un roble centenario, dispara ciegamente contra un enemigo que está oculto por un humo denso y picante. El ruido es ensordecedor, te martillea los tímpanos y la cabeza. Suenan las trompetas llamando al valor, dando señales que nadie entiende ni puede entender, porque nadie sabe dónde está, ni dónde se halla el enemigo.

—¡Fuego! ¡Fuego! —Cargan y vuelven a cargar. Las balas silban entre las ramas haciendo caer al suelo una lluvia de fragmentos de hojas como papelillos. Alguien grita a menos de un metro; es un alarido terrible, como de animal. No hay tiempo de mirar. Sin dejar de disparar, Gabriel se arrodilla, inclinando el tronco; porque en este infierno no puede vivir nada que permanezca de pie.

¡Oh, Dios, es el peor infierno de sus mil días de guerra infernal! Colisionan dos hombres que andan a gatas, uno se dirige hacia la retaguardia.

—Eh, tú, ¿adonde vas por ahí?

—Estoy herido, señor. Voy a la retaguardia, estoy herido.

—¿Dónde te han herido? Si no tienes sangre, ahora mismo vuelves a tu puesto. ¡A tu puesto, maldito seas!

—¡Están disparando contra nuestro flanco, por los clavos de Cristo!

—No pueden vernos. ¡A tierra! ¡A tierra!

Y, hora tras hora, continúa el estruendo, el silbido que precede a la detonación, el rugido, el golpe seco del impacto… ¿Nunca va a anochecer?

Anochece. La noche más negra que Gabriel haya visto nunca envuelve los bosques. Los disparos van espaciándose y, en la oscuridad, los hombres de uno y otro lado caen exhaustos dondequiera que estén.

Todo está en calma. Han llevado a los heridos a la retaguardia. El suelo está cubierto de cadáveres o de hombres que callan. «Los que callan y los que ya están libres», piensa Gabriel. Los que no han de temer la llegada de la mañana.

Grita una chotacabra. Su voz pura y líquida suena unos segundos y enmudece. «Hasta los pájaros están acobardados, piensa. Ellos, en sus nidos —los que no han sido destrozados— y nosotros, en el suelo».

Respira profundamente. Se siente demasiado cansado para investigar. Además, está muy oscuro. Su deber es permanecer aquí con sus hombres, o lo que queda de ellos, y esperar. Se queda dormido con la cabeza apoyada en las rodillas.

El segundo día es de viento. Mientras silban y crepitan las balas, las chispas prenden en los matorrales y el viento aviva las llamas que van extendiéndose por las ramas secas o se retuercen por el suelo como criaturas vivas para encaramarse por los troncos de los árboles con un leve murmullo. En cuestión de segundos, un pino queda convertido en antorcha. Detrás de las líneas de vanguardia, se incendian los parapetos de troncos, construidos con tanto esfuerzo. Las pavesas danzan al viento. Todo el bosque, brea y resina, es un brasero rugiente. El aire abrasa los pulmones.

Ahora las llamas avanzan como las olas del mar. Los heridos gritan de terror ante su acometida; algunos mueren abrasados y otros, los que tienen fuerzas para ello, se disparan un tiro. Los hombres de azul y los hombres de gris corren por igual para salvar a los camaradas y, en ocasiones, a los enemigos.

Gabriel arrastra a un hombre hasta lugar seguro, mientras piensa: «Si Lorenzo estuviese aquí, podría ayudar». Por primera vez le echa de menos; pero hace meses que Lorenzo se fue al otro lado y ahora estará en Nueva York o en Washington. Increíblemente, en medio del caos, Gabriel tiene un destello de buen humor. ¡Lo convencida que estaba Rosa de su fidelidad! ¿Por qué, por qué no ha de serte fiel, con lo que te quiere?

Unos metros más alla, deposita al hombre al lado de una hondonada. Con un poco de suerte, tal vez el fuego no cruce la hondonada. De todos modos, no puede dar ni un paso más. Está exhausto y el pie le duele de un modo horrible.

Busca un montón de hojas donde tenderse y tropieza con el cuerpo de un hombre. Uniforme azul. Le mira la cara: muy joven. «Más joven que yo. Yo tengo un millón de años».

Los ojos abiertos miran fijamente a Gabriel, pero están empañados y ni siquiera reconocen al enemigo.

—Tengo mucho frío. Mi hermana Margaret, no, Margaret no, la otra, dice que si me darían ustedes una manta. Esta la he vomitado toda.

Gabriel se inclina, pero hasta este pequeño movimiento le repercute en el pie como si le clavaran un cuchillo. El muchacho desvaría, regurgita, vomita una sustancia viscosa y después se queda callado.

Hacia medianoche, Gabriel comprende que el chico ha muerto. Entre las copas de los árboles se ve una franja de cielo cuajado de estrellas y, a su resplandor azulado, Gabriel distingue la cara del muerto. Le parece que tiene una gran dignidad. Se queda mirándola, incorporado sobre un codo, lamentando no poder cubrirla con una manta o un paño decente. Luego, piensa que tendría que decir algo sobre aquella cara tan digna, que parece estar esperando que se reconozca su dignidad. Y Gabriel recita el Kaddish. Es una oración de alabanza a Dios, una oración judía, pero es la única que él conoce y sin duda será adecuada.

Le parece tener un cuchillo clavado en el pie. Debe de ser un balazo, pero no puede recordar cuándo lo recibió. ¡Curioso! Tiene la cabeza embotada. Se queda tendido sin moverse. De todas las direcciones llegan las voces de los heridos: ¡Agua! ¡Auxilio! ¡Madre! ¡Maldita sea! Pero no acude nadie, está muy oscuro, muy lejos.

Amanece. En la mejilla del muerto se ha posado una mosca. Gabriel la espanta. Tiene los ojos abiertos y Gabriel extiende el brazo para cerrárselos. Le cuesta un gran esfuerzo moverse. El dolor va en aumento. Trata de hallar unas señas en el bolsillo del uniforme azul y piensa en la carta que escribirá a los padres, para contarles cómo murió su hijo, pero de pronto le falla la pierna y cae al suelo.

Ahora prueba de quitarse la bota, pero le faltan fuerzas. Se pregunta si perderá el pie o, incluso, la pierna. Nota humedad en la planta del pie.

Qué silencio. La batalla debe de haberse desplazado. Se pregunta quién estará ganándola o la habrá ganado, pero no le importa. No le atañe. Aquella franja de cielo que se ve entre las copas de los árboles, donde hace un rato brillaban las estrellas, tiene ahora un intenso y nítido azul. De modo que ya se ha hecho de día.

«Ella no querrá a un lisiado —piensa—. Aunque nunca me ha querido. Ella quiere a ese… otro. El tiene…, ¿qué? ¿Un donaire que yo no tengo ni he tenido nunca?

»Amar sin querer amar. Luchar sin querer luchar. La historia de mi vida. Y sin embargo lucho. Y sin embargo amo.

»La Historia consiste en batallas. Cuántas batallas libradas, cuántos heridos, cuántos muertos. Un día describirán esta. Pero ni los números ni las palabras tienen importancia. Lo que escriban no significará nada. Si sobrevivo a la guerra y me preguntan cómo fue esta batalla, no podré decirlo».

Y ahora oye un suave susurro que va extendiéndose por entre los altos árboles y que aumenta y decrece como el rumor de las olas. Al cabo de un rato se da cuenta de que son las voces de los heridos.

Se queda quieto. Está agotado. Ya ni siente el dolor del pie.

Cuando abre los ojos, ve que la franja azul es ahora gris plomo. Anochece otra vez. Alguien le está hurgando en el pie. Le han quitado la bota.

—Quizá pierda el pie.

—O no.

—Cuidado con la vela. Si la dejas caer, todos los hombres que están ahí tendidos morirán achicharrados.

«¡Estos visten de azul! El uniforme de los federales», piensa con indiferencia. Debe de estar prisionero.

Lo levantan, lo llevan a un camino y lo cargan en un carro. Debe de haber varios centenares alineados en el camino. Son transportes de municiones convertidos en ambulancias. No tienen ballestas.

Cuando empiezan a traquetear por el desigual camino, cada sacudida es como un hierro candente que se le clavara en la espalda. Quiere preguntar adonde van, pero es demasiado esfuerzo. Además, probablemente no le contestarían. Pero, por el resplandor que aún hay en el cielo, comprende que se dirigen al Este, hacia Fredericksburg, probablemente.

—Menos mal que había sitio para nosotros —dijo una voz—. Solo en este transporte deben de ir unos siete mil hombres. Los demás tendrán que quedarse ahí tumbados un par de días más, hasta que consigan más carros.

¿Cuántas horas hay hasta Fredericksburg?

Ha muerto un hombre, y el carro se detiene, para la descarga del cadáver. A un lado del camino hay una mole que recuerda la forma de una ballena varada en la playa. ¿Una ballena aquí? Solo ha visto una en su vida, un verano, en Pass Christian. Recuerda muy bien aquel verano. ¡Las aguas azules y plateadas hasta Cat Island! Recuerda cómo pescaban cangrejos, y por la noche se sentaban en el porche, junto a la madreselva y la música lejana que llegaba de la playa.

Se quedaba mirando la ballena por encima del costado del carro. Pero no es una ballena. Tiene cuatro patas rígidas que se proyectan hacia el camino rozando casi las ruedas del carro. Es un caballo. Unos moscardones irisados se apiñan en el lomo y zumban en torno a las orejas. Y, bruscamente, las patas se agitan y, con fuerte convulsión, el animal se vuelve del otro lado, lanzando un terrible sonido de desesperación en el calor brutal!

—¡Oh, por Dios, mátelo! —grita Gabriel—. ¡Dispárele un tiro!

—¿A quién hay que matar? —El sargento yanqui que está al lado del carro blandiendo su rifle se ríe. Tiene unos dientes grandes y amarillos—. No está permitido matar a los prisioneros, eso ya lo sabes.

Gabriel tiene la lengua pegada al paladar. Señala con el dedo.

El sargento vuelve la cabeza.

—Ah, ¿te refieres al caballo?

—El rifle —murmura Gabriel asintiendo.

—¿Tienes idea de cuántos hombres han muerto estos días? ¿Y te preocupa un caballo?

«Pero el caballo no sabe por qué —piensa Gabriel, ya con más claridad, mientras el carro se pone en marcha—. El caballo debe de preguntarse por qué. Polaris estará pensando que por qué no he vuelto.

Ella necesita que alguien la cuide, para no tener que morir en la cuneta, como este pobre».

En Fredericksburg lo llevan a un local público, una especie de fábrica o almacén. Hay agujeros en el techo y charcos en el suelo. Le dan de comer, galletas y agua, pero nunca el agua suficiente. No sabe cuánto tiempo permanece allí.

—No tendrá que perder el pie —dice alguien por fin, un hombre de aspecto cansado, con bolsas debajo de los ojos. Al igual que al otro lado, aquí también les faltan los médicos. ¿No sería fantástico que por esa puerta entrara David? Un rayo de sol en la oscuridad.

—No; no lo perderá. Se lo he limpiado. Manténgalo limpio, si le es posible.

Varios días más y otra vez a los carros, ahora hacia el Norte. Naturalmente, ¿adonde si no? Y llegan a un río. Un vapor está esperando a los carros en el muelle. Es como una caverna flotante que se lo lleva lejos de las balas y del humo, de las caras ensangrentadas y de los ataques al amanecer, hacia un silencio de muerte, una paz que no es paz. Sí, siente alivio cuando el barco se aleja por el río; pero, más que eso, le pesa un sordo remordimiento de que se lo lleven a territorio enemigo, lejos de la batalla, mientras otros deben seguir luchando hasta que…

—Se ha desmayado —le dice una voz—, pero ya pasó.

Está tendido en tierra firme. Algo suave le roza la nariz. Es una bola de agujas de pino. Saborea el dulce aroma del bosque. Le han puesto debajo de un árbol.

—¿Dónde estamos? —pregunta.

El hombre da un paso atrás y Gabriel puede verle de arriba abajo; corpulento, barbudo y con las insignias de médico. Durante un momento, al percibir el leve acento alemán, pensó en David. ¿Por qué no? Cosas más extrañas han ocurrido. Pero este no es el perfil aguileño de David. Este hombre es grueso y tiene la barba gris. Hay muchos alemanes en los Ejércitos del Norte. Y también muchos irlandeses. Es curioso. En los del Sur hay cajuns y, en Carolina del Norte, irlandeses de ascendencia escocesa. Vuelve a aletargarse.

Ahora tiene los pies al sol, pero la cabeza y los hombros todavía en la sombra. Menos mal. ¡Las cosas por las que a veces se siente uno agradecido! Un poco de sombra. Hay tanta luz que hasta la hierba parece blanca. Hileras y más hileras de camillas, a pleno sol, al pie del mástil en el que ondean las Barras y Estrellas.

Alguien le examina el pie, que sangraba otra vez. Se muerde los labios. No va a soltar ni el más leve sonido. ¡Aquí no, maldita sea, aquí no!

—Bueno, ya está. ¿Puede ponerse en pie?

Ya no es la voz del alemán.

El se incorpora y afianza el cuerpo.

—¿A dónde hay que ir?

—No muy lejos. Solo unos pasos, hasta el tren.

El hombre trata de ser amable.

—Pensé que…, ¿esto es Washington?

—Sí, pero usted no va a quedarse aquí. ¿Eso creyó? —pregunta el hombre con cansado humorismo—. Los llevan a Elmira, a usted y a toda esta cuadrilla.

El tren brilla en su lecho de grava como una serpiente sobre una roca soleada. La máquina es la cabeza de la serpiente. De su cuello salen siseos impacientes.

A lo largo del sendero que conduce al tren, cubriendo la carrera, hay una doble fila de soldados con rifles y bayonetas. «¿Se habrán creído que vamos a echar a correr? Ni siquiera los que no están heridos podrían escapar. ¿Dónde diablos íbamos a ir?». En silencio, arrastrando los pies, los heridos y los ilesos suben al tren.

—Ven, yo te ayudaré a subir.

—Elmira —dice uno—. Tenía un primo allí. Un chico de Alabama, familia de mi madre. Y allí murió el invierno pasado.

—Congelado, seguramente.

—Dicen que estás con la nieve hasta el ombligo.

—¡Cáspita! ¡Y yo que olvidé mi gabán de invierno! —Es el humorista, Gabriel lo recuerda de la primera noche que pasaron en Fredericksburg. Por lo menos, lo parece. Diecisiete años recién cumplidos, con la voz un poco chillona todavía, haciendo chistes para no echarse a llorar.

—¿Quién habla de invierno? ¡Si solo estamos en mayo! ¿No pensaréis que vamos a seguir allí en invierno?

Nadie responde.