Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 32 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 31

31

 

 

No quedaba esperanza en la tierra de Luisiana. El gobernador Allen permanecía en el capitolio de Shreveport, pero las fuerzas de la Unión habían ocupado casi todo el Estado, y «Beau Jardín» se encontraba en una isla de territorio confederado cada vez más pequeña en medio de un mar tempestuoso.

Los caminos estaban llenos de desertores que habían abandonado la lucha. Al llegar a casa, Miriam encontró con asombro a tres de ellos sentados en la cocina. Pero más le asombró la identidad de las cocineras que se afanaban en torno a las ollas de hierro colgadas del hogar, y que no eran otras que Fanny y las señoras de la casa: Eulalie, Rosa, Pelagie y Angelique, ninguna de las cuales, según constaba a Miriam, había puesto los pies en una cocina en toda su vida.

—La cocinera se fue —dijo Fanny, respondiendo a la pregunta de Miriam antes de que esta pudiera formularla.

—Ve adentro, mamá —dijo Angelique—. El abuelo tiene que decirte una cosa.

Fue entonces cuando Miriam se enteró de que Emma había muerto.

—Fue pulmonía. —Ferdinand parecía desconcertado y empequeñecido—. Aquí ha hecho un frío espantoso. Nosotros no pudimos acompañar el cadáver a Nueva Orleans, porque había que cruzar las líneas; pero la llevaron los criados; Sisyphus, Blaise y un par de braceros jóvenes. La pusieron en el panteón familiar. A ti te dejó su zafiro estrella. Me dictó su testamento. Hay un ejemplar en su escritorio.

Antes de decidirse a leer el documento que se guardaba en el pequeño escritorio, Miriam se quedó un rato contemplando la habitación. Todos los objetos que allí había le recordaban a su dueña: los almohadones de encaje amontonados en la cama; los dibujos al pastel, con marco dorado, de todos sus niños; la bata de volantes colgada detrás de la puerta. Maquinalmente, Miriam alisó uno de los fruncidos puños, tocándolo con la misma suavidad que si se tratara del blanco y empolvado brazo de Emma. Con la comprensión que dan los años, Miriam percibió entonces toda la bondad que traducía el cariñoso recibimiento que Emma le brindó cuando ella, de niña, llegó a su casa. Y sonrió ligeramente al recordar sus maternales consejos sobre indumentaria y modales, y sus comentarios sobre los árboles genealógicos. «Fue una madre para mí —pensó—. Sin duda muy distinta de la que me trajo al mundo; pero, a su manera, una madre, y yo la quería». De pronto, aquella habitación, repleta de objetos y perfectamente ordenada, se le antojó vacía.

Transcurrieron varios minutos antes de que Miriam pudiera disponerse a leer el testamento, escrito en la picuda caligrafía germánica de Ferdinand. En él se distribuían rápidamente las escasas posesiones que restaban a Emma Raphael, née Duclos.

Ya sé que Sisyphus, Maxim y Chanute no me pertenecen, puesto que Mr. Eugene Mendes los compró a los acreedores para que pudieran permanecer en la familia. Aunque no tengo derecho a disponer de ellos, pido a mi hija Miriam Mendes, y se lo pido encarecidamente, que los conserve a su lado mientras vivan y no los ceda a personas extrañas. Han prestado sus servicios con fidelidad y yo los considero parte de mi familia. Conservo una bolsa de monedas de oro y pido que su contenido sea dividido entre los tres que nombro más arriba y que se dé a Sisyphus la mayor parte, puesto que él es el que más tiempo lleva al servicio de mi familia.

Aquel documento, que traducía sentimientos generosos y humanitarios y que pronto no tendría validez alguna, conmovió profundamente a Miriam. Oh, tal vez fuera preferible que Emma hubiera muerto ahora. La clase de vida que se avecinaba hubiera sido demasiado dura para ella. Ya lo era ahora; eran muchas las cosas que ella no podía comprender. Miriam volvió a guardar cuidadosamente el papel en el cajón.

Fuera, la primavera había surgido de la tierra a borbotones, como siempre. La lejana masa de los bosques estaba festoneada de una franja de verde intenso y, a mitad del camino, el tulipero que daba sombra a la tumba de Eugene; erguía su sedosa copa color de rosa. La primavera no reparaba en las penas o alegrías de los humanos, ni en las bárbaras iniquidades de sus guerras.

Fanny abrió la puerta y entró con un montón de ropa lavada. —Veo que os habéis arreglado muy bien sin mí, Fanny —dijo Miriam, concentrando de nuevo su atención en los asuntos prácticos.

—Oh, sí, todas hemos estado muy atareadas, Miss Miriam. Miss Pelagie es la misma de siempre, haciendo vestiditos para los niños de los criados y repartiendo medicinas, sin parar en todo el día. Todos adoran a Miss Pelagie. Y Miss Angelique ha crecido mucho y está aprendiendo. Miss Eulalie la enseña.

—¿Que Miss Eulalie la enseña?

—Oh, sí. Hacen té de zarzaparrilla para depurar la sangre en la primavera. Y también fabrican tinte, el azul con índigo y el rojo con el jugo de las bayas de la fitolaca.

—Yo no tenía idea de que Miss Eulalie supiera…

—Miss Eulalie dice que aprendió en su casa: «No tenéis más que observar a los criados», dice.

Sí; eso debía de hacer ella de pequeña: la niña solitaria que ronda por la casa observando la vida, pero no en el salón, muy peripuesta y linda, sino en las dependencias de los criados, donde nadie se preocupaba del aspecto.

—¡Vaya! —exclamó Miriam, procurando mantener una apariencia de animación—. Me alegro de que mi hija aprenda a trabajar. —Pero no añadió: «Bastante tiempo hemos pasado sirviendo solo de adorno»—. Tendré que darle las gracias a Miss Eulalie.

—Trabaja mucho. Siempre está tejiendo calcetines y cosas para los soldados. Por la noche teje hasta que le duelen los ojos.

—Al parecer, os lleváis muy bien.

—Bueno, casi siempre —dijo Fanny haciendo una mueca—. Y es que Miss Eulalie es…, bueno…, usted, Miss Miriam, ya sabe cómo es. Pero ha mejorado mucho.

—Me alegro.

—Me parece que se siente importante —dijo Fanny, con acento de experta.

Probablemente, tenía razón. Por primera vez en su vida, Eulalie se había sentido indispensable.

«Realmente, no soy tan sagaz como creía», se dijo Miriam cuando Fanny hubo salido de la habitación. No hay más que ver la sorpresa que me he llevado con Eulalie. ¿Y los esclavos? Si se hubieran rebelado mientras los hombres estaban en el frente, la Confederación habría sucumbido. Pelagie, sin ánimo de ofender, estaba convencida de que ello se debía a que eran seres inferiores, sin la suficiente inteligencia. Bueyes fieles, les llamaba. Otras personas, empero, y Miriam entre ellas, pensaban que la fidelidad era una máscara y que la sublevación llegaría después. Pero no llegó.

«No; realmente, no sé juzgar a la gente, y esto es un grave defecto».

Richmond cayó.

Por fin llegó carta de André, fechada en Richmond poco antes de la toma de la ciudad.

Miriam la abrió con dedos torpes, mientras en los oídos le sonaban los latidos del corazón. Su corazón se comportaba como si tuviera miedo de algo.

Pronto estaré otra vez en Luisiana. Tengo noticias para ti. ¡Oh, Miriam, estoy tan impaciente!

La letra era grande, firme; invitaba a la lectura. Ella leyó aquellas palabras media docena de veces, sin dejar de sentir las pulsaciones en los oídos.

Y siguió leyendo:

Jefferson Davis dice que la caída de Richmond no será una catástrofe irremediable. El Ejército tiene movilidad y puede seguir combatiendo. Dicen que Lee se retirará a Danville, donde se reunirá con Johnston y, siguiendo el ferrocarril, cruzará el río Appomatox. Pero yo no creo que pueda conseguirlo.

Aquel pesimismo, impropio de André, sonaba en sus oídos como una campana que anunciara el fin del mundo. Era casi como si le oyera pronunciar las palabras en voz alta. Estaba atónita por el dolor que le producían. ¡Al fin y al cabo, la derrota de la Confederación era lo que ella esperaba y deseaba! Era inevitable. Y, sin embargo, ahora la embargaban la piedad y la pesadumbre.

Yo no creo que pueda conseguirlo. No lo había conseguido. Cuando Miriam recibió la carta, Lee ya se había rendido. La sostuvo en la mano, pensativa, la dejó y volvió a coger el periódico.

«Hombres —decía Lee—, juntos hemos luchado en esta guerra. He procurado hacer por vosotros todo lo posible. Mi corazón está tan dolorido que no puedo decir más».

Y Miriam leyó cómo Lee había solicitado que se permitiera a los hombres conservar sus caballos para la labranza de la primavera y cómo Grant había accedido; leyó cómo los hombres de gris formaban para entregar las armas, y cómo algunos lloraban y ella, asombrándose una vez más, lloró también. Pensaba en todos los jóvenes muertos, azules o grises, que ahora se pudrían en tierra. Y pensó en Gabriel, que había seguido a Lee hasta el final.

Dejó el periódico. ¡Pero ella debería estar pensando en André! Pronto llegaría… Pero ¿qué había sido de su alegría? Oh, pero había tantas cosas que decidir… Estaba confusa, se dijo tamborileando en la mesa con las uñas. Demasiadas cosas.

La víspera, Ferdinand le había preguntado adonde irían ahora que la guerra había terminado. Dio a la pregunta una entonación retórica, pero en realidad estaba pidiendo consejo a su hija. Desde la muerte de Emma, se había hecho más aquiescente y, aunque sin reconocerlo, ponía todas las decisiones en manos de su hija. ¿Volverían a Nueva Orleans? La casa les sería devuelta, sin duda. Y ella sabía que él deseaba volver.

Pero ¿cómo podían ahora dar la espalda a la tierra? En otro tiempo, ella había visto en aquel lugar solo un refugio, una especie de prisión segura que les protegía de la guerra. Recordaba cómo la horrorizaban los días interminables y aburridos… Pero los últimos años habían sido años diferentes. Aquí, la familia había sobrevivido. La tierra había respondido a su trabajo y los había mantenido con vida. Ahora le parecía que tenían que darle algo a cambio.

Al otro lado del prado, en el cercado, pastaba plácidamente un pequeño rebaño de corderos nuevos con las ovejas salvadas del saqueo.

Más acá, un grupo de negros que se había reunido durante las últimas horas, esperaba a Miriam. Para ellos, la paz iba a ser menos sencilla que para los corderos, menos de lo que ellos esperaban en esta su mañana de gloria, el día de su emancipación. Ella trató de imaginar lo que debía de ser para ellos aquel momento, aquella realización de un anhelo reivindicado inútilmente durante generaciones. Ahora que lo habían conseguido debía de resultar increíble. Suponía que estarían aturdidos por la alegría, como suele ocurrir cuando se realiza un gran deseo. Desde la hora del desayuno, había entrado y salido varias veces, tratando de prepararse para la reunión, y observando las distintas actitudes de la gente, que discutía y gesticulaba. Por primera vez en su vida, podían elegir y no sabían cómo. Ella había observado sus rostros: ojos avergonzados y furtivos, bocas hoscas y petulantes de las que sin duda saldrían frases como: «Esta tierra es mía porque la he trabajado yo». Otros, por su parte, proclamaban su propósito de irse al Norte «a hacerme rico, porque allí hay oro a montones».

Simeón quería marcharse, pero Chloe, su esposa, según informó Fanny, le había dicho que tendría que irse solo y encontrar trabajo y casa para ella. Mientras tanto, la mujer se quedaría, puesto que aquí tenía un techo sobre su cabeza. Sostuvieron una fuerte pelea y Simeón hizo un hato de cosas y se marchó.

Así estaban desde el amanecer.

Miriam, al ver estas escenas, estaba preocupada. Tenía la boca seca de la zozobra. Era necesario afrontar la situación y terminar de una vez. Salió al porche y los miró, tratando de ponerse en su lugar. No lo consiguió y decidió hablarles con toda franqueza.

—Desde hoy, como todos sabéis, ya no habrá más amos. Desde hoy sois libres de ir adonde queráis. Tal vez algunos ya sepáis adonde queréis ir. A esos les digo adiós y les deseo buena suerte. Pero otros quizá no sepan adonde ir. Si quieren quedarse, si les parece que esta es su casa, yo les digo: podéis quedaros. Voy a deciros lo que haré: os pagaré un sueldo. Pero tendréis que trabajar, para obtener una cosecha que yo pueda vender. Si no, no tendré dinero para pagar los sueldos. ¿Lo habéis entendido?

Unos asentían y otros parecían perplejos. Un muchacho se adelantó:

—¿Cuánto, señora? ¿Cuánto nos pagará?

—Diez dólares al mes —dijo ella, y como empezara a oírse un murmullo de protesta en las últimas filas, ella agregó rápidamente—: Olvidáis que aquí tenéis casa y comida, y medicinas cuando estáis enfermos. Tendréis lo que necesitéis, como lo habéis tenido siempre. Y, además, dinero, si trabajáis bien. Pero, si no —añadió con osadía—, contrataré a otros y vosotros tendréis que marcharos. Así será de ahora en adelante. Eso es todo lo que tengo que deciros, salvo que…, en fin, quiero que recordéis que nosotros, mi marido y yo, siempre os tratamos bien. Otros amos no pueden decir lo mismo, pero nosotros sí, y no debéis olvidarlo. Y ahora esperaré aquí, en el porche, mientras os decidís. Luego, uno a uno, me diréis qué queréis hacer.

Hubo en el césped un movimiento general y un murmullo de voces, mientras las gentes iban y venían formando corros. Bajo el haya gigante de Eugene, Maxim y Chanute estaban enzarzados en viva discusión.

Al poco rato, Maxim se acercó a Miriam y, quitándose la gorra como siempre, dijo:

—Señora, Chanute y yo hemos tenido una fuerte pelea. Me parece que Chanute se ha vuelto loco. No hace más que hablar de oro cuando salta a la vista que todo este país está medio muerto de hambre. ¿De dónde va a sacar el oro? Por mí, si quiere, que se vaya, pero yo me quedo, me quedo a trabajar como he trabajado siempre. Así, a lo mejor un día usted me sube el sueldo.

Ella recordó entonces la primera vez que vio a la pareja, tan parecidos como dos hermanos gemelos, con sus libreas con puños de encaje y aquella exótica negrura que, en el pequeño pueblo alemán, les daba aspecto de seres de otro mundo. Y de otro mundo llegaban.

—Tú y Chanute nunca os habéis separado.

Maxim parecía a punto de echarse a llorar.

—Lo sé. Todo el mundo se ha vuelto loco. Pero yo no.

Sisyphus sí que lloraba de verdad.

—Yo me quedo, Miss Miriam. ¿No lo sabía? Yo nací en casa de la familia de Miss Emma, vine con ella cuando se casó con Mr. Ferdinand, y yo enterré a Miss Emma. ¿Dónde quiere que vaya? Esta es mi casa.

Iban uno a uno, para decirle, tímidos y satisfechos, que se quedaban o, con gesto de desafío, que habían decidido marchar. Algunos se fueron sin despedirse.

Cuando terminó la jornada, Miriam pensó que aquel había sido el trabajo más pesado que hiciera en su vida.

—¿Crees que lo del salario resultará bien? —preguntó Ferdinand.

—¡Ni pensarlo! —sentenció Eulalie.

Pero Rosa tenía otra opinión.

—Dicen que, en Nueva Orleans, bajo control de la Unión, los trabajadores libres producían un barril y medio más de azúcar al día que los esclavos.

—Veremos —fue la única respuesta de Miriam.

Lo peor aún estaba por llegar. Por la mañana, cuando Fanny le entró el barreño del agua caliente, la muchacha no se retiró en seguida como acostumbraba a hacer, sino que se quedó parada, con una mano en el picaporte. Sus ojos negros recorrían la habitación, como si buscara algo o tratara de aprendérsela de memoria.

—¿Qué sucede, Fanny? ¿Quieres decirme algo?

—Sí, pero no me atrevo.

—Dímelo. No me enfadaré, aunque sea algo malo. ¿Es algo malo? A Fanny le temblaban los labios con el rictus amargo del llanto. —No sé si a usted le parecerá malo o no.

Miriam comprendió de pronto y se sintió anonadada. Esperaba que otros se marcharan, pero no se le había ocurrido que Fanny pudiera dejarla. Era como si, de improviso, Angelique le dijera: «Mamá, no quiero seguir siendo hija tuya».

—Te marchas, ¿es eso? —dijo levantando la cabeza con altiva resignación.

Fanny asintió. La súplica que había en su mirada no conseguía disolver el nudo que la pena había puesto en la garganta de Miriam. Ella deseaba decirle: «Hemos estado juntas desde que éramos niñas. ¿Eso no significa nada para ti? Creí que estabas contenta, que eras feliz aquí».

De pronto, Fanny rompió a hablar a borbotones.

—¡Miss Miriam, tengo que irme! Yo no quiero irme, pero no tengo más remedio. Una parte de mí dice una cosa y otra parte dice otra cosa. Y Blaise dice que nunca hemos hecho nada, que no sabemos nada y que ahora tenemos una oportunidad. ¿No le parece que tiene razón?

«Supongo que la tiene, pero no quiero admitirlo», pensó Miriam.

—¡Tengo un dolor aquí! —Fanny se puso la mano en el corazón—. ¡Un dolor…!

Miriam sonrió con tristeza.

—Y otro en la cabeza. Te duele de tanto pensar lo que vas a hacer con tu vida. Me lo dijiste una vez, un día muy triste.

Fanny seguía suplicándole con la mirada. Sus ojos se dilataban, brillantes, como los de un niño, pidiendo sin palabras comprensión. De pronto, aquel nudo, aquella herida que Miriam sentía en la garganta se deshizo. Hubiera podido decir: Nunca estarás tan bien como has estado en esta casa, pero no lo dijo. Se limitó a abrir los brazos.

—Claro que tienes que marcharte. No hay más remedio. Que Dios te acompañe, Fanny, dondequiera que vayas.

—Después de todo lo que nos hizo Lincoln, nunca creí que sentiría su muerte —dijo Pelagie—. Pero, ahora que ha sido asesinado, uno se da cuenta de lo bueno que era en realidad. Hasta los periódicos del Sur califican el asesinato de «bárbaro». —Acercaba el periódico a la lámpara de carburo—. Dicen que era un hombre generoso. Y que Johnson será muy distinto.

—Léeme otra vez la carta de David —suspiró Ferdinand—. Lee lo que dice de Lincoln.

—«Como ya sabréis —empezó Miriam—, el asesinato tuvo lugar el quinto día de Pascua. Todo el mundo se puso de luto. En el templo de Nueva York se colocaron colgaduras negras. ¡Lo que nosotros, no ya como judíos, sino como ciudadanos, debemos a ese hombre! En las honras fúnebres desfilaron quince logias de B’nai Brith. Yo portaba un estandarte. Me pesaba mucho, porque todavía no estoy restablecido del todo, aunque cada día me siento más fuerte, y tan agradecido por estar vivo, por saber que vosotros estáis bien y que la guerra y las matanzas han terminado, que hubiera recorrido el doble de la distancia. De manera que, además de ser una manifestación de profundo dolor, lo fue también de agradecimiento».

—Eso sería en Nueva York —dijo Eulalie—. En este país hay muchos que no lloran la muerte de ese hombre, os lo aseguro. Y, por lo que se refiere a eso de que la guerra ha terminado, el Sur fue derrotado solo porque ellos eran muchos más. El coraje estaba y sigue estando en este lado y, lo que es más, siempre estará.

Ferdinand intervino apresuradamente, para mantener la paz en la habitación.

—¡Valor! —dijo—. Ahora tenemos que vencer a otro enemigo: la pobreza. —Sonrió con tristeza—. Esto no es nuevo para mí. Ya tuve que pasar por ello en Europa cuando era más joven que todos vosotros y Napoleón había asolado el continente. —Miró a Miriam con su antigua jovialidad—. Ya verás cómo salimos de apuros. Lo conseguí una vez y volveré a conseguirlo.

Aquella confianza era patética. En realidad, Ferdinand estaba tan indefenso ante la situación como el navegante cuya embarcación es arrastrada por la riada, pero él tenía que aparecer capaz de impedir el naufragio. Y, al adoptar este aire, Ferdinand hacía gala de una valentía conmovedora.

Al amanecer, jirones de niebla colgaban de los árboles como telarañas. Las musarañas aún rebullían entre las hierbas del pantano y los pájaros apenas despertaban; el sol acababa de asomar cuando Miriam salió de la casa. Cada mañana se levantaba más temprano. Dormía mal. ¿Adonde la empujaba la vida? Para distraer la desazón, madrugaba y llenaba sus horas de otras preocupaciones.

Y no le faltaban quebraderos de cabeza. Los girasoles, grandotes e importunos, habían invadido lo que tenía que ser una hermosa huerta y no lo era. Los hombres descuidaban el trabajo vergonzosamente. Los establos nunca se limpiaban debidamente. Ahora mismo, se oía mugir a las vacas en el establo, y hacía mucho rato que debían estar ordeñadas. Quedaban metros y metros de cerca sin reparar. La casa necesitaba una mano de pintura. Tal vez no consiguiera ni diez mil dólares por todo, si encontraba comprador.

Sonó un portazo y Eugene y Angelique salieron de la casa.

—Haced alguna cosa —ordenó su madre—. A ver si los demás siguen el ejemplo. Que uno de vosotros dé de comer a las gallinas y el otro lleve los huevos a la cocina.

Ella los siguió con la mirada mientras los dos hermanos, andando torpemente con sus zapatos de suela de madera, se dirigían al gallinero. Cuando salieron, Eugene llevaba el cubo de grano. Miriam observó con satisfacción que el chico cargaba con el trabajo más pesado espontáneamente. Su actitud hacia Angelique era levemente protectora, ahora que ya habían dejado atrás la edad de las peleas infantiles. Aquella actitud recordaba a Miriam la que solía adoptar David con ella.

«¡Oh, tienes que ser justa! ¡También han heredado mucho de su padre! El joven Eugene no tiene el tempestuoso genio de David. Él nunca reacciona con hosquedad. Probablemente, porque no va con su carácter; pero es que su padre tampoco se lo hubiera consentido. Esta pareja han sido educados con disciplina, como cumple a su posición social, para que sean responsables y obedientes. Eugene es afable y Angelique, dulce y cariñosa. Ya empieza a dar señales de vanidad y desea vestidos como es debido. Pero, si los tuviera, ¿adonde iría con ellos, según están las cosas?».

Las gallinas hacían corro a sus pies cloqueando bajo la polvorienta lluvia de grano. Miriam sonrió. ¿Qué hubiera dicho su padre de haber visto la bucólica escena? Sus dos hijos y herederos, en un corral. Pero eso no tenía importancia. El trabajo no les haría ningún mal. Y podían considerarse afortunados de tener algo, incluso de estar vivos.

Y mirando a lo lejos sobre campos secos y baldíos en los que la luz de la mañana empezaba a titilar por efecto del calor, Miriam creía ver hileras y más hileras de hombres ensangrentados, tendidos en el suelo, en Richmond, y a la mujer que mendigaba para comprar leche…

—¿Qué hacemos ahora, mamá? —preguntó Angelique.

—Id a ver si Maxim os necesita. Tiene mucho trabajo y nunca pide ayuda.

—Y Sisyphus también trabaja mucho —dijo Eugene—. Ayer estaba en el granero ayudando a levantar un carro mientras colocaban la rueda. Con lo viejo que es. Le dije que se retirase y yo ocupé su lugar.

—Dime una cosa —empezó Miriam de pronto—, ¿qué te hizo cambiar, Eugene? ¿Cuándo cambiaste de bando? No acabo de verlo claro.

—Yo no creo haber hecho eso —respondió él—. No he sido un traidor.

—Naturalmente. Yo me refería a tus ideas.

—¿Sobre el sistema? No lo sé exactamente. Fue algo que se me ocurrió cuando empecé a tener que ayudar para que esto marchara, y vi lo que era la vida, lo dura que era. Lo vi de pronto.

«Pura bondad —pensó ella con alegría—. Pura decencia, nada más». Pero se preguntaba si también hubiera cambiado de haber vivido su padre y haber seguido ejerciendo en él su poderosa influencia. ¿Habría servido aquella muerte espantosa para que el hijo pudiera desarrollarse libremente?

—Ahí viene Maxim —dijo Miriam—. Maxim, estos dos ayudantes preguntan si los necesitas.

—No, señora, ando muy bien. ¿No deberían estar estudiando?

—No les vendría mal. ¿Por qué no repasáis la gramática alemana? Después os preguntaré.

Era una lástima que ella no hubiera adquirido más conocimientos, para poder transmitírselos durante aquellos años perdidos. El alemán era lo único que podía enseñarles. Algo era.

Maxim dijo mientras se alejaban:

—Parece que fue la semana pasada cuando nacieron en esta casa.

¡La semana pasada y hace cien años! ¡Qué gusto daba verlos dormir en el capazo! David había vuelto para quedarse… El vapor fluvial hizo sonar la sirena, desembarcando visitas y regalos…, frutas y flores, música y vino… Gabriel volvía a casa…

—Puede estar orgullosa —decía Maxim—. Son tan buenos… Y tienen clase. Auténtica clase.

—También tú puedes estar orgulloso. Y Blaise, y Fanny, y Sisyphus. Todos vosotros ayudasteis a educarlos.

Uno de los hombres del campo, al oír la voz de Miriam, salió de detrás del granero.

—Buenos días, señora. Ha madrugado.

—Yo siempre madrugo. Hay mucho que hacer.

—Estaba pensando, señora, que podríamos matar al viejo Pepper. Era un buen mulo, pero ya no le quedan fuerzas.

El mulo movía la cola con indiferencia, mientras mordisqueaba la hierba con sus grandes dientes amarillos, pasando el cuello por encima de la cerca. Sus ojos contemplaban a Miriam, entre desconfiados y melancólicos.

Una estampa patética.

—Dejadlo en paz. Basta de muertes —dijo ella. Y, arrancando un manojo de hierba, la introdujo entre los belfos suaves y flexibles—. Otra cosa. Quiero que esta mañana pongan pinaza en el establo. La humedad no es buena para las vacas

Nadie le había enseñado a cuidar ganado, pero casi todo eran cosas de sentido común.

Miriam volvió a la casa, para limpiar lo que quedaba de la plata. Hacía una semana que ella y Rosa fueron a sacar los objetos enterrados. Faltaba la mitad. La vajilla que Eugene le regaló cuando se casaron estaba donde la dejaron; pero la de Emma, enterrada con igual discreción, o así lo creían ellos, había desaparecido. Alguien debió de espiarles aquella noche. ¡Lástima que fuera la de Emma! A Miriam no le hubiera dolido tanto perder la suya. Su padre tenía más apego que ella a las cosas.

El juego de café esperaba encima de la mesa del comedor. Miriam se sentó y empezó a sacar brillo con el paño. Producía cierta satisfacción limpiar y ordenar las cosas con las propias manos, por más que Sisyphus se horrorizara al ver a la señora desempeñando estos menesteres. Ferdinand entró y se quedó observándola unos minutos sin hablar. Luego, interrumpiendo bruscamente el monótono tic-tac del reloj, dijo:

—Cada día te pareces más a tu madre.

—Nunca me lo habías dicho.

La había sobresaltado. No solía hablarle de su madre.

—Ultimamente pienso mucho en ella. En muchos años no me había acordado —dijo Ferdinand. Y añadió, pensativo—: La primera vez que la vi, llevaba un chal de lana a cuadros.

«¡Así es como yo la veo siempre! —exclamó Miriam en silencio—. ¿Por qué siempre me la imagino con un chal a cuadros? Estoy segura de que nadie me había hablado de él hasta ahora. ¿O tal vez sí?». No podía recordarlo.

—Era muy bonita. Tenía la cara ovalada, plácida y grave.

Ferdinand se había sentado en la mecedora que acompañaba sus palabras con rítmico crujido.

—Es curioso, los derroteros que toma la vida. De no ser por aquella piedra que arrojó un fanático, tal vez aún estuviéramos en un rincón de Alemania, y Eugene y Angelique no habrían nacido. Sí; tú me la recuerdas. Pero David tiene sus mismos ojos. Exactamente. Tengo ganas de ver a David. Me hizo sufrir mucho, pero es un buen hombre, lo sé. Me gustaría verle.

—Ahora que la guerra ha terminado, él vendrá a verte, papá. Estoy segura.

Miriam miró a su padre. Se había dejado la barba, porque era la moda; pero, en vez de moderno, parecía un patriarca judío, o el abuelo que ella recordaba todavía, siempre sentado en la mecedora. Su cabello, antaño una corona de ondas castañas, ahora estaba gris. «Oh, ¿fue ahora mismo, fue hace una semana, cuando de pronto lo vi hecho un viejo? La vejez viene así. Un buen día eres un viejo».

Ferdinand miraba por la ventana.

—Ahí va Eulalie con un cubo de agua, camino del gallinero. Aún no me explico cómo ha podido cambiar de ese modo.

—Será que, por primera vez en su vida, se siente importante.

—¿Qué dices? ¿Cuidando gallinas? ¿Con lo que era su familia?

—Esa es solo una de las muchas cosas que sabe hacer. Nunca imaginé que fueran tantas. Es cierto que tiene mal genio, pero nos arreglaríamos mucho peor sin ella. Ninguna de nosotras sabía hacer conservas, ni coser, ni hacer nada como es debido hasta que ella nos enseñó. —Algo impulsaba a Miriam a hablar, no ya para defender a Eulalie, sino para expresar su indignación ante una injusticia—. Ha sido una desgraciada durante toda su vida, porque le faltaba lo único que vosotros, los hombres, valoráis en nosotras: el atractivo físico. No sé por qué, pero lo cierto es que un hombre puede ser gordo, calvo o tener los dientes salidos, sin que eso importe. ¡Pero pobre de la mujer que sea poco agraciada! Y la que no se casa no cuenta para nada. ¡No quiero que eso le ocurra a Angelique!

—No hay miedo —rio Ferdinand—. Ya es toda una belleza.

Miriam hubiera respondido: ¡Yo no me refería a eso!, pero prefirió callar. ¿De qué serviría? El nunca lo entendería.

Gabriel, sí. Entonces, súbitamente, vio que Gabriel siempre comprendía; pero la observación que hizo entonces su padre le impidió seguir pensando en ello.

—Me gustaría verte casada otra vez, Miriam.

Y yo lo deseo… Nunca estuve casada, ¿no te has dado cuenta? No sé lo que es la compenetración, el cariño, la confianza. ¡Qué dicha entregarse plenamente en cuerpo y alma, no tener secretos! Conocer al otro completamente… Trato de ver a André, de oír su voz, y ya no puedo. No puedo.

—Alguien viene —dijo Ferdinand, poniéndose de pie para ver mejor—. Por el sendero sube un hombre a caballo.

Ella no necesitó preguntar. Sabía, sin tener que mirar, sabía que era André.

—¡Esto sí que es una fiesta! —exclamó Ferdinand—. Gracias a Dios, la guerra ha terminado al fin. Y aunque nuestros corazones se afligen por los que murieron —aquí, con los ojos brillantes de emoción, miró a Pelagie y a Rosa—, damos gracias por los supervivientes que volverán a casa. Ahora, por el salvador de mi hijo. —Ferdinand levantó la copa hacia André—. A él, mi mayor agradecimiento, en este brindis que bebemos con el buen vino que nos ha traído. ¡Aaah, excelente! No hay nada como un buen vino francés, nada — concluyó sentándose, abrumado por la emoción y el calor del vino. Pero aún no había terminado—. ¡Aquí viene Sisyphus, el buen Sisyphus! Hacía tiempo que no tomábamos una cena como esta, ¿verdad, Sisyphus? No creas que vivíamos con estos lujos, André. Ni mucho menos —declaró mientras Sisyphus ponía sobre la mesa el pavo asado, en una de las fuentes de plata rescatadas.

En el aparador había jaleas, descubiertas en una bodega olvidada, y un flan confeccionado bajo la supervisión de Eulalie, que, según sospechaba Miriam, compungida, habría consumido los pocos huevos que quedaban.

—Sí —dijo André—, la caída de Richmond fue espectacular. Davis estaba en la iglesia cuando fueron a decirle que había que abandonar la ciudad. La gente estaba anonadada. No sospechaban la gravedad de la situación porque, durante las últimas semanas, los periódicos no publicaban la verdad, sino un montón de tonterías color de rosa. En las calles fue el caos. Las campanas de las iglesias aún repicaban llamando a los fieles a los oficios cuando en las oficinas del Gobierno ya se cargaban los archivadores en carros para llevarlos a la estación. La gente corría hacia el tren, pero era imposible tomar un tren sin un salvoconducto del secretario de la Guerra. Y la mayoría de la gente no tenía acceso al secretario de la Guerra.

André era buen narrador. Su voz sonora y su dicción rápida expresaban el dramatismo justo. La mirada ávida e interrogativa de Miriam, que no se apartaba de él, no llamaba la atención, ya que los ojos de todos los presentes también estaban fijos en André.

Sus agradables facciones no habían cambiado. La guerra había dejado huella en todos, cargando de tristeza a unos, agitando los nervios de otros, destemplando voces y encrespando caracteres; había marcado a Miriam con sombras de fatiga bajo los ojos. Pero André resplandecía. Como si volviera de un baile.

—El consejo de la ciudad ordenó la destrucción de todo el licor. Tenían que haber visto cómo corría el whisky por el arroyo. ¡Qué desperdicio! — exclamó con una cómica mueca—. Pero muchos, en lugar de tirarlo, se lo bebían, y las calles se llenaron de borrachos que deambulaban entre las botellas rotas, sin saber lo que ocurría. Luego, los militares ordenaron el incendio de las fábricas de harina. ¡Qué estupidez! El fuego se extendió rápidamente sin control. ¿Qué esperaban? ¿Y qué puede uno esperar de políticos y soldados, sino estupidez?

Miriam recordó entonces que, siendo niña, vio en casa de su padre a un anciano, un gran viajero que acababa de regresar de la India y que mantenía boquiabierto a su auditorio con sus descripciones de las piras, la luz de la luna reflejada en el sucio Ganges y el sol de la mañana iluminando los cadáveres de los mendigos que habían muerto en las calles durante la noche. Y, a pesar de que aún era muy niña, le pareció que el hombre contaba aquellos horrores con cierta excitación, como un espectador de lo exótico, desprovisto de conmiseración humana.

Parpadeó para ahuyentar el recuerdo.

—Naturalmente, el fuego se extendió a los arsenales y las municiones estallaron. Fue un tumulto de todos los demonios. La gente arrojaba los muebles de las casas que ardían, hacía hogueras con los billetes de la Confederación, se apretujaba en los carromatos y huía.

»Yo monté en mi caballo y salí de la ciudad siguiendo la vía del tren. Lo último que vi de Richmond fue humo y pavesas.

Terminado su relato, André encendió un cigarro. En medio de un estremecido silencio, ellos observaban cómo rompía la vitola, mordía el extremo, aplicaba la cerilla y, finalmente, se arrellanaba en el asiento, dispuesto a saborear el aroma.

Lambert Labouisse rompió el silencio.

—Yo siempre dije que Jeff Davis no estaba realmente de nuestra parte. El simpatizaba con la Unión, desde siempre. Y ya veis el resultado. ¡Ya veis el resultado, por Dios! —Y miraba acusadoramente a las caras de los presentes, a los muebles, al techo y a las paredes, como exigiendo una explicación de aquel desastre.

—Las recriminaciones no sirven de nada —dijo André alegremente—. Hay que verlo todo de este modo: bien está lo que bien acaba.

—¿Lo que bien acaba? —repitió Miriam con tristeza—. Incluso dejando aparte a los muertos y heridos, no hay más que asomarse al camino a ver pasar a los hombres. Están pasando desde hace semanas, con la licencia y nada más, ni un céntimo, ni trabajo en perspectiva. Están hundidos. La pobreza es inconcebible. Si eso es acabar bien…

—Ah, sí, comprendo —dijo André en tono compasivo—. Pero no ocurre lo mismo en todas partes. Algunos hombres han hecho fortunas que antes no hubieran podido ni soñar, y entre estos los hay del Sur. Mirad, en Memphis y en Vicksburg se despachaban tantas balas de algodón río arriba en las cañoneras de la Unión como río abajo a los puertos del Sur y de ultramar.

Era cierto, sin duda. Miriam procuró no mirar a Lambert Labouisse más que por el rabillo del ojo. El hombre, con su traje de verano, un poco ajado pero todavía presentable, fumaba uno de los enormes habanos de André.

—Lo siento —dijo André—, esta conversación se ha puesto demasiado grave. Una disertación sobre los horrores de la güera no es manera de terminar una deliciosa velada.

Su luminosa sonrisa pedía perdón a todos.

Las palabras «terminar la velada» surtieron el efecto apetecido. Realmente, se había hecho tarde, según corroboró en aquel momento el zumbido y la campana del reloj del vestíbulo.

—Creí que nunca se iban —dijo André cuando todos subieron la escalera —. ¡Ven aquí! ¡Ven aquí!

El abrió los brazos y Miriam fue hacia ellos con maquinal obediencia. Él la abrazaba, la besaba y volvía a abrazarla. Ella no tenía los ojos cerrados con el éxtasis del abandono, sino abiertos y alerta y, por encima del hombro de André, contemplaba la chimenea desde donde una docena de pequeños ojillos rojos parecían hacerle guiños entre la ceniza.

—Siéntate —murmuró él junto a su oído—. Tienes que ver esto. Primeramente, toma, lee.

Era un recorte de un periódico de París que decía:

«Se asegura de buena fuente que Madame Marie Claire Perrin, después de los grandes éxitos cosechados en las salas de conciertos europeos durante el pasado invierno, obtendrá en breve sentencia de divorcio de su marido que, según se afirma, reside en los Estados Unidos».

—¿Qué dices ahora? ¡Se ha divorciado de mí! Ten en cuenta que este periódico es de hace tres meses. Los documentos tienen que llegarme de un momento a otro. Pero hay algo más. Esto. —Y dejó encima de la mesa delante de Miriam un pequeño estuche de terciopelo que había sacado del bolsillo—. Abrelo.

A ella le temblaban las manos y no daba con el cierre. Él, impaciente, alargó el brazo y abrió el estuche.

—¿Te gusta?

Era un anillo de compromiso con un rubí, pero no un rubí corriente. Era esplendoroso. Sus múltiples facetas atraían toda la luz de la habitación y despedían fulgores sonrosados hacia las sombras. Ella contemplaba la gema como si tuviera vida y su pensamiento retrocedió —su pensamiento no había hecho más que retroceder durante toda la noche— al momento en que Eugene le había dado el anillo. Hasta recordaba el vestido que llevaba aquella noche: color crema con cintas lavanda. Sí, y también recordaba que aquel anillo no le había hecho ninguna ilusión, ni por su simbolismo ni por su belleza intrínseca. La había asustado.

Al igual que este.

—Es muy bonito —dijo.

—¿No te gusta? —preguntó André.

—¿Cómo no había de gustarme? Pero es demasiado para mí —tartamudeó —. No va conmigo… ni con los tiempos. —Y con un ademán avergonzado se señaló el vestido, que había sido «vuelto del revés».

—Lo que ocurre es que estás harta de todo esto. Demasiadas privaciones. Necesitas vestidos nuevos, diversiones, acostumbrarte otra vez a vivir bien.

La atrajo para volver a besarla, pero ella estaba de lado y apenas le rozó los labios. El olía a vino y sus ademanes eran bruscos. El vino se le había subido a la cabeza. Y el anillo seguía encima de la mesa.

—Anda, póntelo. A ver si es de tu medida.

Ella no quería ponérselo. Se sentía confusa y débil. Cuando quiso darse cuenta, ya tenía los ojos llenos de lágrimas. Entonces sintió pánico. Qué efecto produciría que se echara a llorar en un momento en que todo debía ser alegría para los dos? Apretó los párpados para contener las lágrimas.

—Debo de estar muy cansada. Hoy han ocurrido tantas cosas… —Sus labios formaban las frases tal como acudían a su mente, sin orden ni coherencia—. Lo siento, no entiendo…

—¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó André, atónito—. ¿De qué tienes miedo?

—No lo sé.

En el hogar iban cerrándose uno a uno los ojillos rojos. Empezaba a llover. En el tejado del porche se oían las primeras gotas. Ya se aceleraba el ritmo. Sería una lluvia cálida, como lágrimas.

—Este lugar huele a derrota —dijo André bruscamente, con cierto desdén.

Hizo un amplio ademán señalando lo que ella sabía había visto al llegar aquella tarde: las tablas de la casa que se pudrían por falta de pintura y, en los campos, los tallos secos del algodón. Su desdén parecía convertirse en irritación.

—Mira, yo quiero sacarte cuanto antes de toda esta miseria. No merece la pena empezar de nuevo. ¿Qué te parecería un pequeño chateau en el Loire? ¿O un mas en la Provenza? En primavera, aquello es un paraíso. Nos llevaremos a tu familia, tu padre también, desde luego.

¿Llevarse a papá? ¿Pedir a papá que dejara América para regresar a Europa? «No conoce a papá», pensó ella.

—¿O preferirías una mansión isabelina en el sur de Inglaterra? Tú elige. —Y, como Miriam no respondiera, él agregó con cierta arrogancia—: Tengo un cuadro de sir Edward Landseer con unos spaniels del rey Carlos que compré en Londres solo por ti. Quedaría espléndido sobre la chimenea de una casa inglesa, o de donde tú quieras. Son idénticos a Gretel.

Gretel, al oír su nombre, levantó su vieja cabeza de la alfombra y, después de agitar levemente la cola, volvió a echarse.

Gabriel me regaló el cachorro. Cuando lo trajo, era una bolita peluda y temblorosa apenas mayor que la palma de su mano.

—¿Tan rico eres? —preguntó Miriam suavemente—. Tus amigos de Richmond mencionaron a un hombre que ganaba cincuenta mil dólares al mes con las mercancías importadas. ¿Eras tú?

—No lo sé. Yo no era el único. De todos modos, a la gente le encanta contar el dinero de los demás. Pero, desde luego, yo no hacía eso todos los meses. Es una exageración, aunque no le anda muy lejos. —Como ella no dijera nada, él preguntó ásperamente—: ¿Qué pasa? ¿Qué hay de malo en ello?

—Solo pensaba…

El la interrumpió.

—¡Otra vez pensando! Ahora me doy cuenta de que va a costarme mucho trabajo hacer que pierdas esa costumbre de pensar con tanta solemnidad.

—Pensaba —insistió ella—, pensaba en todos los sufrimientos… y cincuenta mil dólares al mes.

—Eso es la guerra, Miriam, ¿qué te habías figurado? ¡Dolor y muerte! Y haz el favor de no tomarlo por lo trágico. La guerra es una tremenda estupidez, pero siempre ha habido guerras. Esta ya acabó, conque olvídala. Olvida la maldita majadería.

—¿Maldita majadería? ¿Así la llamas tú?

—Sí; y los únicos que la tomaron en serio fueron los majaderos. Los listos supieron cuidar de sí mismos. Yo nunca estuve en verdadero peligro. Sí; crucé el bloqueo un par de veces durante los primeros meses, pero fue solo por un infantil afán de aventuras. Cuando la cosa empezó a ponerse fea, me retiré. Todas esas banderas y consignas patrióticas, ¿para qué sirven? ¡Y esa gloria sin gloria! Vuelves con una pata de palo y un astroso uniforme con unas cuantas medallas, ¿y para qué? Barras y estrellas o estrellas y franjas, ¿dónde está la diferencia? ¿Vale eso un brazo o una pierna? Solo los tontos y los chiquillos… —André se echó a reír—, chiquillos de treinta y cuarenta años se enardecen por esas cosas.

Ella suplicaba en silencio: «No hables, no digas más. Cada palabra es un clavo del ataúd».

André no advertía su pesadumbre. Se sirvió una copa de coñac, agitó suavemente el dorado líquido en la abombada copa y lo olfateó con deleite. Miriam observaba el elegante ritual con profundo desencanto.

—Si quieres que te diga la verdad, en ningún momento me importó quién pudiera ganar. Procuré asegurarme el futuro. Si ganaba el Sur, aunque sabía que no podía ganar, pero si por un milagro ganaba la guerra, yo aún tendría mis tierras, como antes y, además, los medios para mantenerlas. De lo contrario, tal como ha resultado, estoy bien provisto de cuanto pudiera necesitar en seis vidas que tuviera. Mis primos pueden quedarse con mis tierras y hacer con ellas lo que puedan, que no será mucho.

Absorto hablando de sí mismo, había olvidado que minutos antes quiso saber qué le ocurría a ella, y Miriam sintió que su cuerpo se ponía tenso. Estaba erguida en su asiento, con las manos juntas sobre el regazo, clavándose las uñas en las palmas.

—¿No hubiera sido más sencillo quedarte en Europa, donde te encontrabas cuando estalló la guerra? ¿Qué te impulsó a regresar e involucrarte en este conflicto?

Y, no bien acabó de hablar, advirtió que apenas unos meses antes habría dado por descontado que él había vuelto únicamente porque estaba enamorado de ella.

—¿Cómo puedes preguntar eso, después de lo que te he dicho? ¡Regresé porque esta era la ocasión de hacer fortuna! Voy a enseñarte algo que llevo en el maletín. —De un pequeño bolso de mano que había dejado en un rincón del comedor, sacó un montón de fotografías—. Mira, esta me la hicieron en el sesenta y dos, cuando me dedicaba a burlar el bloqueo. Este es un café de La Habana que se llamaba «Louvre». Ahí se reunían los del Norte y los del Sur para hacer sus negocios. Aquí estoy con dos oficiales de la Marina federal. Ellos se ponían en contacto con buques mercantes del Norte para traer artículos manufacturados. El encargado de burlar el bloqueo les llevaba el algodón y los intermediarios hacían las compras y las ventas. Parece complicado, pero, en el fondo, eran simples transacciones comerciales y muy beneficiosas para todos. Un cargamento de algodón podía permutarse por artículos que te reportaban medio millón. Esta era la forma de operar.

Miriam contemplaba la fotografía. Sí; allí estaba André, bizqueando un poco a la luz del sol tropical. Pero la sonrisa era la de siempre, vivida e irresistible. «Él se divertía, mientras mi hermano… ¡Qué manera de sufrir!». Recordó la cara demacrada de David, sin dientes. Y Gabriel, que quizá viviera o quizá no…

Hablando despacio, dijo:

—Para ti era como un juego, ¿verdad? Una representación teatral. Dices que no te importaba quién tuviera razón ni cómo acabara todo. Tú te burlabas de nosotros, ¿verdad? Mientras pudieras tener esas cosas…

Miriam señaló el coñac y los regalos amontonados en el aparador.

—Bien que te gustó lo que te traje aquella vez. La seda amarilla, los zapatos, los sombreros te gustaron, ¿no?

—Sí; para vergüenza mía, sí.

El se rio. Por primera vez, ella pensó que reía demasiado. Y ahora en su risa había una nota de incredulidad.

—Eres una tontita. Una jovencita un poco tonta y puritana, pero deliciosa. Ven aquí… —Y tendía la mano hacia su pecho.

Ella le esquivó.

—André, ni soy tontita ni jovencita. Soy una mujer.

—Muy bien, sé una mujer. No trates de ser como un hombre. Miriam, sé tú misma, sé lo que eras.

¿Aquel hombre era André? ¿Qué le había ocurrido a ella? Sus palabras le pasaban por encima como un vendaval. Estaba temblando.

—André…, tú y yo nunca hablábamos de la guerra. El hecho más importante de nuestro tiempo, lo más importante de nuestra vida, y ni lo mencionábamos, ¿te das cuenta? Ahora veo que, en realidad, no hablábamos de nada.

—Hablábamos de lo único que importa: tú y yo.

Su voz era acariciadora. Pero ella sentía que sus propios labios se comprimían en aquel gesto de desaprobación que habitualmente procuraba evitar. Pero ahora no lo conseguía, a juzgar por la respuesta de él.

—De todos modos, casi todas las cosas que se dicen son superfluas —dijo André—. Aunque a muchos les duela reconocerlo, lo único que le importa a la gente, de lo único que quiere hablar es de la supervivencia, de la forma de situarse y seguir en el mundo.

Ella aún no podía creer que André hablara en serio.

—¡No es cierto! —protestó—. ¿Cómo puedes hablar así? Tú, que tan bien te portaste con mi hermano. Aquello no fue egoísmo, sino pura bondad.

—¡Lo hice por ti! A tu hermano apenas lo conocía. ¿Y cómo imaginas que lo conseguí? Pues gracias a esos contactos y esos tratos que ahora parecen escandalizarte. ¿Y por qué te escandalizas, a fin de cuentas? Tú siempre simpatizaste con el Norte. ¿O imaginas que no lo sabía?

—Sí; es cierto. Pero yo tenía que vivir aquí, con mi familia y fui leal a esta gente. ¡Por lo menos fui leal!

—¡Una lealtad un poco paradójica! En esta misma casa, un miembro de las llamadas familias más distinguidas traficaba con ambos bandos, aunque supongo que tú no estás enterada.

—Oh, sí; lo estoy. El viejo Labouisse. Lo sé desde hace tiempo.

—¿Y no te importó?

—Naturalmente, me sentí escandalizada; pero no podía hacer nada. De todos modos, al fin he aprendido que la gente no siempre es lo que parece.

—Eso lo saben hasta los niños, Miriam.

—No creas; las muchachas de aquí, por su educación, no suelen saber mucho del mundo ni de lo que hay detrás de una sonrisa o de un cumplido. — Suspiró profundamente—. ¿Qué sabía yo de ti, André? Empiezo a pensar que no te conozco en absoluto.

—¿Qué diablos estás diciendo?

—¡Oh, no es culpa tuya! No. Porque tú tampoco me conoces a mí. Nunca establecimos contacto.

André alzó las cejas.

—Pues yo hubiera dicho que sí, ¡ya lo creo!

Ella enrojeció. Ya estaba otra vez aquella humillante oleada de sangre que la teñía de rojo hasta la raíz del pelo.

—Existen otras maneras, además de…

—¿Además del contacto físico quieres decir? ¿Por qué no lo dices, Miriam? No entiendo qué pasa esta noche. Estás distinta.

—Oh, sí; pero tú también. O tal vez veo en ti cosas que antes no había visto. ¡Llegas a estas tierras en ruinas y te pones a hablar de ese modo! ¡Eso es una crueldad! La casa de Pelagie ardió hasta los cimientos. Y ella ha perdido a un hijo. Rosa también y, además, todo su patrimonio. Gabriel había invertido todo su capital en bonos de la Confederación, que ahora no tienen ningún valor.

—Pues Gabriel fue un necio —dijo André despectivamente—. Si hubiera tenido un poco de sentido común, habría enviado el dinero a un Banco de Nueva York.

Tú le quieres, dijo Gabriel, y eso es lo único que importa. Solo quería estar seguro por si… Ella sintió su mejilla sobre su pelo. Una banda militar tocaba una marcha fúnebre en la calle sombría… Yo me puse al lado de Lee. Di mi palabra.

Ella casi gritó:

—¡No digas eso! ¡No llames necio a Gabriel! Él creía en algo, y tal vez haya dado su vida por ello.

—¡Tienes fuego en la cara! Ni que estuvieras enamorada de él…

—¡Si tú hubieras creído en algo! —prosiguió ella sin darse por enterada —. ¿Qué valor tiene la vida si no crees en algo?

—¡Pero sí creo! ¡Creo en el placer! En el amor y el placer. Los dos van juntos. ¡Estamos tan poco tiempo aquí abajo! ¡Yo quiero aprovechar bien mi tiempo! Ya ves si es sencillo. ¿No te parece lógico?

La vieja sonrisa acariciadora suplicaba una respuesta. Ella correspondió con una mirada pensativa.

—Al fin y al cabo, Miriam, yo nunca hice daño a nadie. Por lo menos, que yo sepa.

Que él supiera. El daño que estaba haciendo ahora nunca podría comprenderlo. Su cara rubia y bien parecida tenía una expresión de perplejidad, de no haber comprendido nada de lo que ella había dicho aquella noche.

Sí; un hombre para el placer, grata compañía para tiempos difíciles, ya fuera por un matrimonio desgraciado o por los trastornos de una guerra. Pero no tenía nada más que dar. Ni ella podía darle más a él. La necesidad había pasado. Eso era. La necesidad había pasado.

Sentía ganas de llorar por él, por los dos.

—Miriam, no me mires así. Frunces el entrecejo como si yo fuera un malvado.

—Perdona —dijo ella rápidamente—. No me había dado cuenta. Tú no eres un malvado ni lo has sido nunca. Es solo que…

Hubo un largo silencio mientras sus ojos se interrogaban mutuamente.

Luego, lentamente, André dijo:

—Es solo que hay otro, ¿verdad?

Con la rapidez del rayo todo puede cambiar y ves lo que no habías visto nunca, y pierdes el deseo, y el hombre que tienes delante es un desconocido, y comprendes que, en realidad, siempre lo fue, pero tú no te has dado cuenta hasta ahora.

Como ella no respondiera, él insistió tomándole las manos: —¿Verdad? ¿Verdad?

Ella deseaba vivamente no hacerle daño, sino solo darle a entender que ellos dos nunca estuvieron compenetrados ni podrían estarlo. Y le dijo:

—No hay otro, André. Es solo que no estamos hechos para entendernos.

Él le soltó las manos.

—¡No puedo creer lo que estoy oyendo!

—Lo sé. Si apenas puedo creerlo yo…

Y volvieron a quedar en silencio. Mientras, sobre la casa dormida batía con fuerza la lluvia.

—Siempre fuiste una puritana —dijo André al fin—. Una puritana estricta, como tu hermano. Es raro, porque no lo pareces. Por lo menos, antes. Quizás ahí, en esa contradicción, residía tu mayor encanto, ¿quién sabe? —Su voz se hizo más áspera—. ¡Pero tiene que haber algo más! Hay otro hombre y es Carvalho. Por eso lo defendiste cuando dije que era un necio.

—Te equivocas, André. No es eso.

Miriam estaba exhausta. Sufría bajo su mirada que la recorría de arriba abajo una y otra vez, desde el rozado borde de la falda del viejo vestido hasta su inclinada cabeza. Un rayo de luz incidía en el espléndido anillo que seguía encima de la mesa, delante de ella. A sus ojos, tenía un aspecto patético, era como un símbolo de abandono, allí tirado sobre la madera. Venía tan ufano en su estuche de terciopelo.

André se golpeó la palma de la mano con el puño. Ella conocía aquel ademán de impaciencia. Significaba que deseaba una solución, una respuesta clara.

—¿Puedo yo hacer algo por remediar esto? Ya me conoces, Miriam, no soporto las vaguedades ni esa cara de tragedia. Dime solo qué quieres que haga.

—No se puede hacer nada —respondió ella tristemente.

—Está bien. Entonces no servirá de nada que me quede aquí esperando, ¿verdad? Vale más que me vuelva por donde vine. Y cuanto antes.

Arrebató el anillo y se lo guardó en el bolsillo.

Miriam le tocó la manga.

—No me odies, André.

—Yo a ti nunca podría odiarte. Solo lo siento por ti, Miriam. No estoy ni enfadado como debería estar por haber hecho este viaje en vano.

—Yo no lo sabía. En realidad, no lo he sabido hasta hoy, creéme.

—Te creo. Es como si yo tampoco te conociera a ti. —Le sonrió tristemente—. No deseo sino que no te equivoques ni tengas que arrepentirte cuando ya sea tarde.

—Si me equivoco, tanto peor. No puedo evitarlo.

La lluvia cesó bruscamente y de la noche solitaria entró por las ventanas un viento húmedo. André miró hacia la oscuridad entornando los ojos.

—Volveré a Nueva Orleans en el barco nocturno.

Ella deseaba suavizar la ruptura, iniciar un diminuendo y terminar con sordina.

—No te marches así —dijo.

—¿Cómo quieres que me marche? Yo diría que lo estoy encajando bastante bien. Es la primera vez que me rechazan.

—No es eso. Yo no te rechazo, di mejor que nos rechazamos mutuamente, o que acabaríamos rechazándonos. Porque somos muy distintos, André.

El tragó saliva. Miriam vio cómo se contraía y distendía su garganta. El dolor y el amor propio estaban allí atravesados y era preciso tragarlos. No obstante, al momento él volvía a ser el de siempre y conseguía mostrar su peculiar animación.

—No vale lamentarse, ¿verdad? Al fin y al cabo, nos quedará un buen recuerdo, ¿no? Es decir, si tú quieres recordarlo. Yo sí, Miriam. Fue maravilloso. —Le rozó la frente con los labios—. Y ahora pasaremos a la fase siguiente… —Miró el reloj—. Tengo que darme prisa. El barco sale dentro de media hora.

Ella le oyó cerrar la puerta, oyó sus firmes pisadas en la grava. El se apresuraba, para dejar atrás aquella noche lo antes posible. ¿Y por qué no?

Así cae el telón al final de la representación. Pero a veces el público, emocionado por el espectáculo, permanece unos instantes en suspenso, antes de ponerse el abrigo y salir. Miriam no se movió de la silla. Las lágrimas le abrasaban los ojos, sin caer, desdibujando las cosas.

Al poco rato, oyó que alguien se movía por la habitación. Eulalie había entrado para guardar el coñac bajo llave, fuera del alcance de los criados. La miró con curiosidad, pero no dijo nada.

—Sí, Eulalie; se ha ido. Se acabó. Y yo estaba equivocada, te alegrará saberlo, aunque tal vez no te interese. De todos modos, te lo diré. Hice mal, pero no solo por lo que tú supones. —Entonces se acordó de algo—: Aún no te he dado las gracias por tu discreción.

—Tú me has recibido en tu casa —dijo Eulalie con rigidez—. Y yo respeto la memoria de tu marido. Le admiraba mucho. Era un verdadero caballero del Sur.

—Sí; lo sé. —Miriam le tendió la mano—. Al parecer, hoy es mi día de saldar viejas cuentas. Así que tregua, Eulalie. Tú y yo nunca nos querremos, tal vez ni siquiera lleguemos a apreciarnos mucho, pero, a pesar de todo, ¿tregua?

Se estrecharon las manos. Al salir de la habitación, con la botella en la mano, Eulalie comentó:

—Supongo que ahora volverá con su mujer.

—Supongo.

No había necesidad de dar más explicaciones.

Miriam se quedó mucho rato contemplando el fuego. El fuego, al igual que el agua, estimula el pensamiento. Puedes ver toda tu vida en las llamas. Al fondo del hogar había prendido un trozo de tea, reavivando el mortecino resplandor del rescoldo. Ella lo miraba ensimismada. A su parpadeante luz dorada desfilaban años de su vida. Y desfilaba aquel día lleno de sorpresas. «Sí —pensaba—; André hubiera podido ser una estatua llamada “Joven griego”. Eso era él, con aquel encanto que rendía a las mujeres, pero que no resistía el paso del tiempo. Le faltaba sustancia y se consumía como se consumiría aquel fuego dentro de pocos minutos. No había debajo nada que lo alimentara».

Gabriel dijo: ¿Cómo pudo hacer esto… a una mujer como tú, una muchacha romántica e ignorante… Exponerte a la ruina…? Si entrase aquí en este momento, lo mataría.

Ella se pasó la mano por los ojos, como para borrar el recuerdo de la cólera de Gabriel. Se preguntaba por qué lloraba y no supo darse otra respuesta que la frase que había dicho André: Porque fue maravilloso.

«Sí; lo fue. Pero tenía tan poca consistencia, y me ha costado tanto tiempo descubrirlo…

»No estoy llorando por André; él encontrará a otra. Dondequiera que vaya, en Londres, en París, en todas partes tendrá mujeres alrededor. No lloro por André».

Al fin agotó las lágrimas. En el hogar no había más que ceniza, la casa estaba en silencio y Miriam subió a su habitación reconfortada por el llanto, como suele ocurrir.