Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 30 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 29

29

 

 

Ferdinand insistió en acompañar a Miriam.

—Son casi dieciocho kilómetros de aquí al almacén —objetó—. Aunque no creo que tengan muchas cosas.

—Nos vendrá bien lo que tengan, ya que en casa no hay nada de nada. Hilo, con suerte, un poco de tela… No tenemos ni un retal para una venda. Y quinina. Me parece que la pobre Fanny tiene fiebre.

—No conseguirás quinina —dijo Emma categóricamente—. Hoy en día vale más que el oro.

Miriam no dijo que aún tenía unas cuantas monedas de oro cosidas al vestido.

—Probaremos —respondió—. Está bien, papá, ven si quieres.

Las roderas que habían dejado en la carretera los ejércitos sucesivos eran tan profundas y curvilíneas, que el caballo tenía que avanzar en zigzag para sortearlas, llevándose adherido a los cascos el barro formado por las lluvias del otoño. En una zanja estaba la carcasa de una mula que devoraban los buitres. Sus negras cabezas, arrugadas y desnudas de plumas, se hundían en la carroña. No se veía ser viviente en grandes extensiones. Los campos estaban invadidos por la maleza. El trigo pisoteado se pudría en el suelo. Muy de tarde en tarde, aparecía una casa que, como «Beau Jardin», había tenido la suerte de permanecer de pie.

Esta desolación intimidaba a padre e hija reduciéndoles al silencio. El sonido de una voz humana hubiera sido demasiado estridente. Si en una casa oscura y vacía el menor sonido resulta estremecedor, en aquella tierra gris y desierta parecía que había de conjurar fantasmas. Miriam miraba por el rabillo del ojo la pistola de Ferdinand que estaba sobre el asiento, entre los dos. Ella se había resistido a llevarla, pero, probablemente, su padre había hecho bien.

—Ya no estará lejos —dijo él por fin.

—Un par de kilómetros, después de la cuesta del cruce. Recuerdo que estaba siempre muy bien surtido.

Palpó con los dedos el bulto de las seis monedas que llevaba en la cintura. Tenían forma de pastillas, y si las pastillas prometen aroma y sabor, aquellas monedas prometían infinidad de posibilidades.

—El lugar parece abandonado —dijo Ferdinand.

Al pie de la cuesta había un pequeño edificio de tablas sin pintar, rodeado de un patio con un par de cobertizos. El caballo, en la bajada, aligeró el trote y entró en el patio. También allí reinaba un silencio opresivo, como si sobre el lugar hubiera descendido una cúpula que lo aislara del mundo. No se veía a nadie. La puerta estaba abierta de par en par.

Ferdinand gritó con voz forzada:

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¿No hay nadie?

Bolas de pelusa corrían por el suelo como ratones. Estanterías y mostradores estaban vacíos. No quedaba ni una caja, ni un papel, ni un trozo de cuerda que indicara que allí había habido algo.

—Se ha marchado —dijo Miriam desconsoladamente—. Ha dejado la tienda o se ha alistado en el Ejército.

En el patio se oyó un chillido agudo y discordante. Ellos se volvieron alarmados y vieron a una gallina escuálida y solitaria que, agitando las alas, huía de un cachorro de sabueso y, en el último instante, conseguía alzar el vuelo y posarse fuera de su alcance.

—Pues tiene que haber alguien —dijo Ferdinand.

De detrás del cobertizo salió entonces un hombrecillo, tan escuálido como la gallina y de una edad indefinible, que, descubriéndose ante Miriam, dijo con inconfundible acento escocés:

—Ustedes quieren algo, ¿verdad?

—Cualquier cosa —respondió ella con cierto humorismo—. Nos interesa todo lo que tenga.

—Me han dejado limpio. No es que tuviera mucho, desde luego. Y no fueron las tropas de la Unión, no crean, sino las mujeres. Con todos los respetos, señora, nunca imaginé que las mujeres pudieran ser tan salvajes. Tenían armas.

Sus ojos hundidos eran como dos agujeros en su cara sucia y sin afeitar. Era evidente que no había podido hablar de aquella desgracia con otro ser humano. Ellos, en parte por cortesía y compasión y en parte por la vehemencia con que él les hablaba, escucharon el relato de sus penas.

—Decían cosas muy fuertes. Que si yo tenía la culpa de la escasez…, que si había escondido la mercancía esperando que subieran los precios… Es posible que ustedes piensen lo mismo.

—No —dijo Miriam. Pero, por si aquella desconsolada criatura tenía realmente algo escondido, añadió—: Aunque nosotros le pagaríamos en oro.

—¿Ve como usted también lo piensa? ¡Usted también! Y no tengo nada. ¡Nada! Todo el mundo sabe que el Sur nunca fabricó nada; todo venía del Norte. ¿Cómo quieren que yo tenga hilo, tela o medicinas? ¿De dónde quieren que los saque, en estas soledades? Menos mal que no me mataron ni quemaron el almacén conmigo dentro.

—Desde luego —dijo Ferdinand suavemente.

—Nosotros vinimos de Carolina del Norte. Yo soy escocés, pero mi esposa nació allí. Ella padecía reumatismo y aquellos inviernos eran demasiado crudos para ella, por eso nos vinimos aquí, y cogió las fiebres. Murió el año pasado. Y aquí estoy yo. ¡Aquí estoy! —La voz se le quebró y levantó los brazos al cielo gris e impasible—. ¡Bribones! ¡Bandidos! Entre ellos y los azules, ¿a cuáles elegir? ¡Atacarme a mí, que nunca tuve un esclavo! ¡Gracias que pudiera mantenernos a nosotros! ¡A mí!

Ferdinand y Miriam se fueron en cuanto les fue posible alejarse sin parecer muy bruscos. La voz del hombre seguía sonando a su espalda mientras subían la cuesta.

—¡Me han dejado limpio! ¡En la ruina!

Después de aquello, durante el regreso, el silencio se hacía aún más amenazador. El fatigado caballo avanzaba despacio. Ferdinand, sostenía las riendas con una mano y apoyaba la otra en el asiento, cerca de la reluciente pistola.

Una vez miró a Miriam y dijo con forzada jovialidad:

—Hacía mucho tiempo que no empuñaba las riendas. Esto me recuerda mi juventud, solo que entonces yo llevaba el carro lleno y no había nada que me asustara.

Miriam no respondió. Sus ojos no descansaban, registrando cada hilera de árboles, el camino que tenían delante y el que dejaban atrás.

Al fondo de una larga avenida de castaños se veían las ruinas ennegrecidas de una casa. A aquella distancia, sus chimeneas eran como dos sombríos gigantes, una lúgubre aparición en aquellos desolados parajes.

—La mansión «Johnson Micks» —dijo Ferdinand.

—Aquella mañana pasaron por nuestra casa cuando iban huyendo. Me pregunto adonde irían.

—Ni idea.

El silencio se espesaba como la niebla. El camino se hizo arenoso y los cascos del caballo eran poco más que un susurro. Y envueltos otra vez en el silencio siguieron viaje, insensiblemente tensos, inclinando el cuerpo hacia adelante como para ayudar al caballo a avanzar.

Una mujer salió de entre unos matorrales, disparada como un proyectil. El caballo dio un relincho de terror como si hubiera visto una serpiente, pero, antes de que pudiera iniciar el galope, la mujer le sujetó de las riendas y le obligó a parar.

Luego apuntó a Ferdinand y Miriam con un rifle.

Ferdinand se levantó.

—¿Qué diablos quiere usted?

—¿A usted qué le parece? Quiero dinero.

Ferdinand buscó a tientas la pistola. Nunca había disparado una pistola y Miriam tampoco, por supuesto. No tenían ninguna posibilidad frente a su atacante. Miriam apartó la pistola.

Ferdinand, como si no tomara en serio la amenaza, barbotó:

—¡Salteadores! ¡Ladrones! Las personas decentes ya no pueden ni salir de casa.

Miriam le atajó vivamente.

—¡Papá, no! —Luego, bajando la voz y procurando que no le temblara, dijo a la mujer—: No tenemos dinero. También a nosotros nos gustaría tenerlo.

La mujer se acercó. El rifle era una prolongación de su brazo huesudo cubierto con una manga andrajosa, y temblaba visiblemente.

Miriam sentía cómo el corazón le golpeaba con fuerza en las costillas.

—Le agradeceré que baje el arma. Si nos mata, entonces no conseguirá nada.

—Han estado en la tienda. Deben de tener dinero.

—Hemos pasado por la tienda, pero estaba vacía. Tan vacía como nuestra casa.

Bajo el gorro de visera saliente había una cara joven, chupada y sin dientes. Los azules ojos estaban furiosos.

—Yo la conozco —dijo Miriam—. En vida de mi marido, usted venía a pedir comida. Y siempre le dábamos.

—¿Por qué no, si les sobraba?

—Es cierto. Pero también lo es que ahora no la tenemos. Entre uno y otro ejército nos han dejado sin nada.

—Pues ya es hora de que se enteren de lo que es eso. Ustedes y sus negros, que les quitan el trabajo a los hombres de bien. Ustedes y sus niñitos peripuestos que no saben lo que es el hambre.

Ahora, al mirar a aquella mujer, que probablemente no era mayor que ella, que la apuntaba con su arma con desesperación, Miriam se preguntaba cómo la habría visto a ella en sus tiempos de esplendor, paseando en coche y sosteniendo en la mano, en lugar del rifle, una sombrilla de volantes.

—Tal vez ya es hora —dijo—. Pero matándome no va a alimentar a sus hijos.

La mujer bajó el arma. No muy lejos de allí, en el pantano, unos niños harapientos y flacos debían de esconderse con su padre de las autoridades de reclutamiento.

Los ojos suspicaces de la mujer registraron el coche vacío.

—Tal vez matándola no consiga nada, pero si incendio su casa puede que salga a la luz lo que ha escondido en ella.

«He de impedir como sea que encuentre las monedas —pensó Miriam—. Tengo que conservarlas. Sin ellas, estaría indefensa.

—Escuche —dijo—, ¿se imagina que deseo que sus hijos se mueran de hambre? Yo también soy mujer y madre. Si quiere patatas y harina, vaya a nuestra casa, vaya en paz y le daré. —Una oleada de valor le permitió afirmar la voz y el gesto—. Pero, se lo advierto, si viene a robar o a incendiar, denunciaré a su marido a las autoridades confederadas. Y si envía hombres a robar o incendiar, dispararemos contra ellos. ¿Lo ha entendido?

—Iré esta noche. Pero nada de trucos. Si no vuelvo sana y salva, mi ma…, otras personas le ajustarán las cuentas.

—Volverá sana y salva. Con comida. Hasta la noche.

La mujer desapareció entre la maleza que se cerró a su espalda sin un hueco. Ferdinand arreó al caballo, que inició un galope.

—No, papá. Ponlo al paso. No demuestres temor. Es lo peor que puedes hacer.

Cuando llegaron a la verja, el valor de Miriam se había evaporado, y estaba temblando.

Un semicírculo de rostros expectantes les aguardaba.

—No traemos nada. El hombre del almacén no tenía nada.

—Oh, algo debe de tener —dijo Eulalie ásperamente—. No debisteis de ofrecerle suficiente. Esa gente siempre esconde mercancías.

Miriam tenía los nervios a flor de piel.

—¿A quién te refieres al decir «esa gente»? —Casi gritó.

—Mas vale no discutir eso —dijo Eulalie, recalcando las sílabas.

Miriam salió del salón tras ella. En el vestíbulo le dio alcance y la sujetó por un codo.

—Yo creo que sí debemos discutirlo. Aquí y ahora. Imagino que te has creído que el hombre de la tienda era judío.

—Bueno, no soy la única que lo piensa.

Miriam estaba casi sin aliento, y ya gustaba el sabor de la sangre.

—Para tu información, el comerciante es escocés. Y ahora escucha, Eulalie. No sirve de nada continuar así. Tú y yo estamos aquí porque no tenemos otro sitio adonde ir. Yo tengo dos hijos, un padre y a tu madre, ninguno de los cuales sirve para nada. —Y como Eulalie abriera la boca con asombro, Miriam agregó—: Es la verdad. Yo les quiero mucho, pero son unos inútiles. Me parece que, en estas circunstancias, hay que saber afrontar la verdad. De manera que, ya lo ves, aquí hay mucho que hacer, y todo sería mucho más fácil si mantuviéramos los sentimientos al margen. Ni tú me gustas ni yo a ti. Desprecias a los judíos y estás escandalizada por lo que tú llamas mi pecado.

—¡Oh, cielo santo! —exclamó Emma, llorosa, desde la puerta—. Esto es terrible. Todo se desmorona. No sé qué es lo que habrás dicho, Eulalie, pero todo esto es tan feo… Todo tan feo… Yo lo he intentado, bien sabe Dios cómo me he esforzado por encajar golpe tras golpe. Pero ¿es que esto no va a acabar nunca? ¿No podríamos, por lo menos, tratar de vivir en paz? Nunca creí que pudiera ver tiempos como estos.

¡Pobre Emma! Ya era demasiado tarde para ella. Demasiado vieja. Había vivido sus mejores años en un soleado jardín.

—Está bien, tía Emma —dijo Miriam dándole una palmadita en los estremecidos hombros—. No han sido más que unas palabras. Todos estamos nerviosos. Por lo menos, yo lo estoy, y no es de extrañar. Hoy ha sido un día terrible. Pero no pasa nada. Voy al establo a hablar con Simeón.

Cuando Miriam volvió, Eulalie estaba en el comedor, cortando la alfombra con un par de largas tijeras. Pelagie estaba consternada.

—¡Una Aubuson! La magnífica Aubuson de Eugene, cortada para hacer mantas. ¿Qué te parece?

—Eulalie tiene razón. Las noches son frías y no tenemos mantas —dijo Miriam serenamente.

Iba a salir otra vez de la habitación cuando Eulalie dijo sin mirarla:

—Dices que Fanny, tu criada, está enferma. Yo tengo un poco de jarabe de raíz de zarza que puede irle bien.

—Muchas gracias, Eulalie. Muy amable.

—Eulalie —dijo Emma—, ¿te has acordado de dar la carta a Miriam?

—Se me olvidó. Aquí está. —Eulalie sacó un sobre del bolsillo.

—Esta mañana la trajo un hombre a caballo mientras tú estabas fuera — dijo Emma—. Ojalá no sean malas noticias.

Dos pliegos de papel crujieron en las manos de Miriam.

—Es de André, de Mr. Perrin… —La impresión que le produjeron las primeras frases la dejó sin habla.

Querida Miriam:

No quiero asustarte, pero debo ir derecho al asunto. Tu hermano está en un campo de prisioneros de Georgia. Por una rarísima casualidad, entre tantos miles de hombres, fui a dar con él.

—Oh, llamad a papá. Papá, ¿dónde estás? ¡Escucha! David está muy enfermo. ¡Oh, Dios mío, está muy grave!

Leyó en voz alta.

—Pero confío en que, cuando recibas esta carta, él ya esté camino del Norte, después de ser canjeado. Es muy difícil de gestionar, pero me han prometido… Papá, ¡imagina!, André… Mr. Perrin va a conseguir con toda seguridad que envíen a David a un hospital militar de Washington. ¡Oh, que Dios le bendiga! ¡Qué buen corazón!

Ferdinand parecía no haberla oído. Su cara pálida tenía un tinte verdoso y tragaba saliva, como si tuviera algo encallado en la garganta.

—Estaba en una horrible prisión de Georgia. —Sus ojos volvieron a recorrer los renglones de la carta. Este pasaje lo leyó para sí:

Yo estaré fuera del país una temporada para resolver unos asuntos privados. [¿Qué asuntos? ¿Un divorcio?]. Todavía no te diré de qué se trata, pero cuando volvamos a vernos habrá una sonrisa en tu cara. Es muy bonita tu sonrisa, pero florece muy de tarde en tarde, aunque no es culpa tuya. Bueno, yo me encargaré de que eso cambie. Volveremos a bailar, tú volverás a llevar un bonito vestido, y reirás, y yo te querré…

Miriam sentía el encanto, la promesa de aquellas hermosas palabras. Pero impaciente por saber algo más de David, leyó rápidamente hasta el final y terminó en voz alta:

—«Mis amigos, los Douglas Hammond, de Richmond, te ayudarán y te darán noticias de tu hermano». —Bajó la carta—. Papá, yo tengo que ir.

—¡Imposible! Es muy peligroso. Tardarías semanas, un mes…

—No importa. Me voy a Richmond, y a Washington si es que David está allí. No sé cómo, pero llegaré. ¡Solo Dios sabe lo que habrá sufrido!

—No vayas, mamá —suplicó Angelique.

¡Tenía una cara tan pálida y tan delgada!

—Tú también temes que pueda ocurrirme algo, ¿verdad? —dijo Miriam cariñosamente—. Pero no me pasará nada. Tendré mucho cuidado, te lo prometo.

—No puedes prometer eso —dijo Eugene rectificando a su madre—. ¿Cómo vas a impedir que una bala perdida vaya a dar en el tren o que…?

—Lo sé, lo sé, pero dime, Eugene, si Angelique, no lo permita Dios, estuviera sola y enferma, ¿no irías a verla? ¿O ella a ti? Bueno, pues es lo mismo. David y yo… —Le temblaba la voz.

Cómo la miraban los dos, solemnes, atemorizados y lo bastante jóvenes aún como para necesitar a su madre. Y, allá lejos, David, si es que aún vivía.

—El me cuidó desde que nací. ¡Era un niño, pero parecía una persona mayor! Él vio morir a nuestra madre; ya os he contado cómo los saqueadores y asesinos de las Universidades nos atacaron. ¡Violencia, siempre violencia y guerra! —Ahora era ella quien suplicaba—. ¿Lo comprendéis? ¿Comprendéis por qué tengo que ir?

Ferdinand volvió a carraspear. Eugene puso la mano en el hombro de Angelique, en un ademán conmovedor con el que pretendía dar a su madre la seguridad de que podía confiar en él. La ropa se le había quedado pequeña y enseñaba una muñeca fina y huesuda. Lo que más le habían crecido eran las manos; grandes, morenas y callosas, manos de hombre en una muñeca todavía infantil. Al mirarlas, ella sintió deseos de llorar.

Había en la habitación un profundo silencio. Destrozada, fría y destartalada, pero aun así era el hogar. Donde estuvieran sus hijos allí estaría su hogar. Ella no quería marcharse, no quería hacer aquel viaje largo y pesado. Y, no obstante, sabía que nada ni nadie le impediría marchar.

Al poco rato, Rosa rompió el silencio para decir:

—¿Procurarás saber algo de mi Henry y de Gabriel, si es posible?

—¿Y de mis chicos? —añadió Pelagie.

—¿Cómo nos arreglaremos mientras estés fuera? —se lamentó Eugene.

—Tendréis que arreglaros hasta que regrese. Podéis hacerlo. No hay más remedio.

El tren avanzaba lentamente hacia el Norte y el Este, adentrándose en el invierno. Traqueteando sobre una base deteriorada y unos puentes desvencijados, el tren dejaba atrás de quince a veinte kilómetros cada hora. A veces se detenía en medio de un paisaje desolado, azotado por una fuerte lluvia helada, y los ojos de Miriam, cansados y enrojecidos por el polvo que se colaba por las ventanillas rotas, observaban escenas de la vida rural: carromatos cargados hasta los topes, tirados por mulas que se hundían en el barro hasta el vientre; manadas de reses arreadas impetuosamente; y una familia de campesinos encaramada en lo alto de un montón de muebles diversos, la madre con un niño en brazos y la más pequeña de las hijas, con un gato que se debatía.

«Mujeres, siempre mujeres —pensó—. ¿Cuántas viudas haría aquella guerra?».

Suspiró murmurando:

—Llegaríamos a Richmond mucho antes si fuéramos andando. Y se arrebujó en el chal para hacerle frente al frío.

Un hombre y una mujer de edad, desconocidos entre sí, habían entrado en conversación hacía algún tiempo. El hombre iba dando información.

—¡Fíjese en esas vacas famélicas! Serán la última carne que coma el Ejército. Dicen que la mayoría de los soldados reciben cada vez solo la ración de pan de un día.

La mujer, que llevaba gorrito de viuda, cloqueó por enésima vez para mostrar su pesadumbre.

—Dicen también —prosiguió el hombre— que en Richmond el gabinete está considerando la posibilidad de fundir alguna de estas locomotoras para hacer cañones.

La mujer dejó de cloquear, demasiado desolada ya para reaccionar ante aquella enumeración de calamidades. Inclinándose sobre el pasillo, dijo a Miriam en el momento en que el tren arrancaba de nuevo con una violenta sacudida:

—¿Va usted hasta Richmond? —Y como Miriam asintiera, añadió—: La ciudad está abarrotada. Dicen que es casi imposible encontrar alojamiento. La habitación más miserable cuesta tanto como un palacio.

—Voy a casa de unos amigos; mejor dicho, amigos de un amigo.

—Pues tiene suerte. Es terrible. Mi prima me decía en una carta que la gente intercambia sus alhajas en mitad de la calle por peras o arroz. —Y, al igual que el viejo del que acababa de desentenderse, la mujer recitó a su vez su propia letanía—: Dice mi prima que los huevos están a cinco dólares la docena, si los encuentras. Y la mantequilla, a cinco dólares la libra. Nosotros, en la granja, no lo pasamos tan mal. Conseguí conservar unas gallinas, de manera que, por lo menos, hemos tenido huevos. Pero medicinas, no. Dice mi prima que la quinina cuesta ciento cincuenta dólares la onza. Su pequeño murió por falta de quinina. Es un pecado, eso es lo que yo digo, un pecado.

Miriam asintió nuevamente y, volviendo la cabeza hacia la ventana con los ojos entornados, fingió necesitar dormir. El paisaje, lúgubre como estaba con aquella lluvia y aquellos árboles que agitaban sus ramas desnudas hacia un cielo de plomo, era menos sombrío que la conversación del coche.

El tren se arrastraba hacia el Norte.

—Debe de estar helada, pobrecita —dijo Mrs. Hammond—. Este es el invierno más crudo que se recuerda en la ciudad.

En la chimenea del cuarto de invitados crepitaba un alegre fuego. Miriam, sentada en un sillón reina Ana con orejas, acercaba a las llamas sus manos amoratadas.

A pesar de la amable hospitalidad que aquellos desconocidos le dispensaban, Miriam se sentía cohibida. Su vestido de viaje, que ya estaba bastante raído al salir, mostraba ahora las arrugas y la suciedad del viaje. Francamente impresentable. En otros tiempos, no lo hubiera considerado apto ni para darlo a los criados. Recordaba los montones de buenas ropas que se distribuían entre los criados en casa de su padre y, después, en la suya. Su memoria volvió a aquellas casas de antaño, en las que se encendía el fuego en todas las habitaciones, se pulía la plata y los cortinajes de damasco dorado colgaban formando hondos pliegues.

Su memoria fue todavía más lejos, a la humilde casa de su primera infancia.

Hizo un esfuerzo para volver al presente y dar a su anfitriona la respuesta que estaba esperando.

—Es una casa preciosa, Mrs. Hammond. Y son ustedes muy amables al recibirme en ella.

—Es un placer, de verdad. Mr. Perrin nos ha dicho lo encantadora que es usted, y ahora veo que no exageraba.

—Temo no estar muy encantadora en este momento. Me siento como una desharrapada.

—En absoluto. Ha hecho usted un largo viaje en pésimas condiciones. Estoy segura de que le apetecerá tomar un baño caliente antes de la cena.

—Sería maravilloso. —Miriam titubeó—. ¿Ustedes se visten para la cena?

Una pregunta estúpida. ¿Cómo no iban a vestirse en una casa semejante?

—Habitualmente, sí. Además, esta noche celebramos el cumpleaños de mi marido y hemos invitado a unos cuantos amigos. —Mrs. Hammond suspiró —. Desgraciadamente, muy pocos, ya que la mayoría de nuestros hombres están en el frente. Por favor, no se apure. Comprendo perfectamente que no disponga de un vestido de noche. ¿Me permite que le preste uno?

—Si he de estar presentable, temo que voy a tener que decir que sí.

—Afortunadamente, tenemos la misma talla. Ahora mismo le envío a Lettie con el baño y el vestido. A ver los pies. Sí; también unos zapatos. Si le están grandes, estoy segura de que sabrá arreglarlos para que no se note.

Miriam apoyó la cabeza en el respaldo del sillón. Al quedarse sola, hubiera podido sumirse en un dulce sueño al instante. La habitación estaba silenciosa y bien caldeada. La luz se reflejaba en el guardafuego de latón y en el marco de plata de una fotografía, y hacía brillar el bruñido suelo y la gran cómoda de caoba. Las ventanas y la cama de dosel tenían cortinas de batista roja y blanca con un dibujo de árboles, ciervos saltarines y torres en medallones enmarcados por ramas de hiedra. A los pies de la cama, una colcha doblada de seda rosa prometía un leve y dulce calor para la próxima noche.

Y ella pensó cuán gratos podían ser estos alicientes, cuán dulce la vida tranquila y ordenada sin la intrusión de la política.

Aún se solazaba con estos pensamientos cuando se abrió la puerta y entró la doncella que, en sucesivos viajes, trajo el agua para el baño, jabón de lavanda, toallas calientes y una bata.

—Dice Mrs. Hammond que la peine —anunció cuando Miriam se hubo bañado—. Ahora mismo le traigo el vestido.

El vestido, evidentemente sin estrenar, llevaba etiqueta francesa. Miriam acarició el terciopelo verde botella de la falda y el encaje blanco del escote.

—Lettie, yo pensaba que ya nadie usaba vestidos hechos en Francia.

El robusto brazo de Lettie impulsaba el cepillo con fuerza, haciendo saltar chispas del cabello de Miriam.

—Todas las señoras se hacen los vestidos en Francia —respondió como si esto fuera lo más natural.

—Yo no esperaba esto. Me habían dicho que la vida estaba muy difícil en Richmond.

—Ya verá cuando salga a la calle. Entonces podrá darse cuenta. La gente se muere de hambre. Tienen que quemar los muebles para calentarse. Las esposas de los soldados son las más pobres. El sueldo del marido cada día da para menos. Ya casi para nada.

¡Qué extraño oír a una esclava negra expresar conmiseración por un blanco pobre! Todo estaba revuelto y trastornado.

El comedor refulgía. Muchos de los hombres llevaban uniforme. Los que no, traje de etiqueta, y las mujeres estaban magníficas. Miriam, agradecida por el vestido de terciopelo, pensaba que nunca, ni cuando iba a la ópera, había visto tantos brillantes en collares y diademas. Aunque, tal vez, se le había olvidado. Hacía tanto tiempo que no iba a la ópera…

Además, había perdido el hábito de alternar con personas desconocidas. Humorísticamente, se comparaba con la campesina que, en su primera visita a la ciudad, se queda con la boca abierta delante de las casas de cinco pisos, los coches y las concurridas aceras. No obstante, todos se mostraban muy amables, esforzándose por hacer que se sintiera cómoda y, exhibiendo cortesía sureña, le preguntaban por su familia y por la situación en Luisiana. Alrededor de la larga mesa, había caras jóvenes y viejas, redondas caras irlandesas, dos o tres caras judías y muchas que pertenecían a las familias más antiguas de la ciudad. Pero todas tenían en común la agradable apariencia que da el dinero. Y Miriam no salía de su asombro. En aquella espaciosa habitación, en la que las velas ardían a docenas, el champaña se enfriaba en cubos de hielo y las ostras se asaban en la chimenea, entre cristal sin una impureza y damascos sin una arruga, parecía que no existiera la guerra.

Circulaban fuentes de plata con pato silvestre, pavo, pasteles, gelatinas y helados.

—Es increíble el precio del pavo —decía una señora—. ¡Treinta dólares! ¿Quién lo hubiera dicho?

—¡El pavo! —exclamó otra—. Pero ¿y el champaña? La semana pasada lo pagué a ciento cincuenta dólares la botella. ¡Y quién sabe lo que costará dentro de una semana!

—Quiero que sepan que el champaña que estamos bebiendo esta noche es regalo de nuestro amigo André —dijo el anfitrión—. Un amigo generoso de todos nosotros. Y suyo también —agregó, haciendo una reverencia a Miriam.

Ella se dijo que ojalá atribuyeran su sonrojo al calor del fuego y del vino.

—Sí; un buen amigo de mi familia. —Al ver que ello no despertaba curiosidad, agregó con más osadía—: Nos escribió desde Europa. Me pregunto cuándo volverá.

Mr. Hammond se encogió de hombros.

—Eso nunca se sabe. Ni él nos lo dice ni nosotros le preguntamos.

Aquello a Miriam le pareció una reprimenda, a pesar de que seguramente no llevaba tal intención. Cohibida, decidió limitarse a escuchar, tratando de entresacar un hilo común en las animadas conversaciones que se mantenían en torno y a través de la mesa. Lo que advirtió fue una mezcla de cinismo y bravuconería.

—¿Qué va a hacer, por ejemplo, el dueño de una plantación si la guerra lo arruina? No sabe hacer nada más que ser dueño de una plantación. «Ponte a trabajar», te dicen. Pero ¿a trabajar en qué? El no ha trabajado en su vida.

«Sí; lo han olvidado», se dijo Miriam. Pero ¡cómo trabajaban sus abuelos! Recordaba lo que solía contar tía Emma de cómo sus bisabuelos habían edificado una pequeña granja en la costa de los alemanes y empezado a explotar unas cuantas hectáreas. Así empezaron ellos; pero aquello fue varias generaciones atrás.

—Dicen que la cámara legislativa de Virginia va a exigir que dimitan Davis y todo el gabinete, menos Trenholm. ¡Y es que es una vergüenza! Los generales telegrafían pidiendo refuerzos de hombres y artillería, y el Gobierno de Virginia no les envía nada.

—No envía nada porque no tiene nada que enviar.

—Eso yo no lo creo. Son cuentos de los periódicos. Ya es hora de que, de una vez por todas, dejen de atacar al Gobierno de la Confederación. ¡Si ayudan al enemigo más que los periódicos del Norte!

—No son ellos los únicos que ayudan al enemigo.

Este comentario provocó gestos de desaprobación y al extremo de la mesa, sonó una risa ahogada. Miriam supuso que algún miembro de aquella comunidad habría sido descubierto. Se rumoreaba que en las más altas esferas de la sociedad de Richmond había damas que trabajaban para la Unión. Tal vez alguna de las que ahora estaban en la habitación.

De pronto, Miriam se sintió muy cansada y deseó poder acostarse pronto.

Su vecino de la izquierda decía:

—Me han asegurado que, burlando el bloqueo, ganaba cincuenta mil dólares al mes. Por lo menos, al principio.

—Pues pronto se le acabará. Eso ya pasó. Adiós a los vinos franceses y a las mercancías de Europa. Conque bebamos ahora.

—Eso a mí no me inquieta. De ahora en adelante nos surtiremos en Baltimore, eso es todo.

¿Quién ganaba cincuenta mil dólares al mes? No había captado el nombre. ¿Y era esto lo que venía a través del bloqueo, champaña y vestidos de terciopelo, mientras la quinina costaba ciento cincuenta dólares la onza?

Su vecino de la derecha dijo entonces al que tenía enfrente:

—Muy pronto, el dinero no valdrá nada.

—Pues, a gastarlo cuanto antes —dijo el otro.

Al poco rato pasaron al salón de música. En las cuatro paredes, había grandes espejos con marco dorado, y podías verte desde todos los ángulos. Miriam se había quedado muy pálida. El color que animara sus mejillas al principio de la velada había desaparecido, dejándole unas profundas ojeras. Ella desentonaba entre aquellas personas tan animadas que ahora, reunidas alrededor del piano cantaban Annie Laurie, Listen tho the Mockingbird y Juanita. My Maryland suscitó grandes aplausos y puso en pie a la concurrencia. Miriam se levantó con los demás, pero estaba muy lejos de allí. Su pensamiento planeaba en regiones lejanas en las que los recuerdos se fundían, en las que padre y hermano enlazaban con Eugene, con Gabriel, con André y con ejércitos enfrentados.

—Está muy pensativa —le dijo el anfitrión, inclinándose sobre su sillón.

—Lo lamento. No soy compañía muy grata. Estaba pensando. —En aquel salón, entre aquellas personas, no se atrevía a hablar de David, un soldado del Ejército de la Unión. Sin embargo, ¿no era él el motivo de su viaje a Richmond? ¿Lo sabía aquel hombre?—. Estaba pensando en mi hermano.

—Es natural. Yo iba a hablarle de ello por la mañana; pero, ya que usted lo ha mencionado, puedo decírselo ahora. Todo está arreglado para que le visite en el hospital militar de Washington. Dentro de un par de días tendrá usted su salvoconducto.

En su estado de hipersensibilidad, aquella solicitud casi le hizo llorar.

—¿Cómo ha conseguido usted hacer por mí este milagro? —preguntó inocentemente.

—Querida amiga —dijo el hombre con gesto divertido—, no hay nada imposible para quien conozca a las personas adecuadas. Y André Perrin las conoce. A él tiene que darle las gracias, no a mí.

Cuando a la mañana siguiente, Miriam salió a pasear por las calles, lo que más le llamó la atención fue el número de heridos. Era una ciudad de heridos. Unos con muletas, otros con vendas ensangrentadas en las manos, los brazos o la cara. Los carros los llevaban por la ciudad hasta las puertas del «Hotel St. Charles», y allí esperaban hasta que se hacía espacio, en el suelo, para descargar otra

Otros carros se los llevaban, dentro de ataúdes.

Una mujer la paró para pedirle una moneda para leche.

—Yo sé dónde la venden —le dijo—. En toda la semana no la ha habido. Además, no tenía dinero.

Miriam le dio la moneda y siguió andando. La desesperación planeaba sobre la ciudad como la niebla. Tenía el tacto viscoso de la niebla. Por su lado pasó casi corriendo una mujer que tiraba de un niño que lloraba. Dos muchachos se peleaban por una bolsa de guisantes que se esparcieron por la acera mientras ellos rodaban por el suelo. Un gato todo huesos y piel gastada, se puso rígido y murió ante sus ojos. Ella siguió andando.

En el escaparate de una joyería, sobre fondo de terciopelo negro, se exhibían broches, pulseras y collares de rubíes. Atraída por su profundo fuego, ella se paró un momento. A su espalda oyó entonces lo que solo podría describirse como un chillido.

—¡Oh, qué fulgor! Di, ¿has visto alguna vez rubíes como esos? ¡Contesta!

La muchacha se apretaba contra el brazo del oficial. Hacían buena pareja, guapos los dos. Parecían confiados y enamorados. Entraron en la tienda.

Más adelante, Miriam pasó ante una vitrina en la que se veían varios cuadros franceses de paisaje y otra, llena de encajes de importación. Miriam se paró delante de una librería. ¡Hacía tanto tiempo que no compraba un libro! Antaño le eran indispensables. Allí estaba el Edinburgh Magazine de Blackwood, un viejo favorito. ¡Y mira esto! Les Miserables, en francés. Sus dedos palparon el bulto de las monedas, que había menguado mucho desde que emprendió el viaje. Bueno, se dijo deliberando consigo misma, aún queda suficiente para un libro. Entró.

Los libreros suelen ser viejecitos simpáticos con gafas. Aquel no era una excepción. Mientras le observaba envolver el libro, Miriam sentía un placer familiar y también el deseo de charlar.

—Me gustaría saber… Hay tiendas muy elegantes, llenas de cosas caras. Pero también hay muchos mendigos, y una se pregunta.

El viejo soltó una risita amarga.

—¿Usted quiere saber por qué? ¿Por qué? ¿Ha habido alguna guerra en la que no ocurriera esto?

—No lo sé. No conozco suficiente Historia para responder.

—Pues ya le responderé yo. Siempre ha ocurrido lo mismo.

—¿Por qué lo permiten? Ahora mismo he visto a un hombre comprar rubíes. Y un cargamento de obras de arte francesas recién desembarcadas. ¿Es eso lo que traen los barcos? ¿No traen comida? ¿Ni medicinas?

—Oh, sí, el Congreso ha prohibido la importación de artículos de lujo, pero siguen llegando. Siempre habrá quien los traiga y quien los compre.

Miriam regresó lentamente a casa de los Hammond con su libro. De pronto, se avergonzaba de él, como hubieran tenido que avergonzarse los que compraban rubíes. La pequeña suma que le costó el libro hubiera podido dársela a un niño hambriento de los que pedían por la calle. Estuvo tentada de devolverlo, pero luego pensó que también el librero parecía necesitado.

—Esta noche hay una maravillosa función de teatro —dijo Mrs. Hammond—, Los rivales, y después, cena en casa de los Lloyd. ¡Tienen una casa preciosa! Desde luego, usted está invitada.

—Se lo agradezco —dijo Miriam—; pero, esta vez, les ruego que me excusen.

—Oh, no lo dirá por el vestido, espero. ¿Es esa la razón? Porque no hay ningún problema. Puedo prestarle uno de raso, uno de brocado o uno de tafetán, elija usted.

—No, no; muy amable. Pero estoy muy cansada, materialmente deshecha.

—Lo comprendo. Ese viaje tiene que haberla dejado agotada.

Pero no era el viaje. No era su cuerpo, fuerte y todavía joven, lo que estaba exhausto, sino su atormentado espíritu.

El salvoconducto llegó al día siguiente. Ella daba vueltas a aquel papelito milagroso que le permitiría volver a ver a su David.

Se autoriza a la portadora, Miriam Mendes, a cruzar nuestras lineas, pasar a territorio del Norte y regresar.

«No hay imposibles para quien conozca a las personas adecuadas —le habían dicho—. Y André Perrin las conoce».