Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 8 de 14

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Operación «Impensable»

5. El plan: «guerra total»

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El plan: «guerra total»

 

Si las fuerzas británicas, estadounidenses y polacas atacaban al Ejército Rojo y

no cosechaban un «éxito rápido», el único resultado posible sería la tercera

guerra mundial, o, en palabras de los planificadores, la «guerra total». En este

escenario de pesadilla, las fuerzas aliadas se verían obligadas a adentrarse

primero en Polonia y luego en la Unión Soviética. Para contrarrestar la

enorme disparidad entre el número de efectivos soviético y occidental, la

victoria en dicha «guerra total» solo podría obtenerse mediante una

movilización masiva de fuerzas en Estados Unidos. Estos efectivos tendrían

que recibir adiestramiento y equipos y ser enviados a Europa para unirse a

las reservas adicionales reclutadas entre todos los «Aliados de Europa

occidental». Los estadounidenses podrían soportar grandes pérdidas de

equipos gracias a su base industrial pero, debido a su dependencia de la

mecanización, las líneas de comunicación resultarían de una importancia

fundamental[1]. Aunque el despliegue de las tropas estadounidenses pudiera

llevarse a cabo en solo unos meses, las posibilidades no favorecían la victoria

aliada, y los planificadores creían que solo un acontecimiento del calibre de la

Revolución Rusa haría implosionar al régimen soviético. La única forma de

«eliminar» al enemigo era la conquista aliada de las grandes zonas

metropolitanas para privarlo de su base de producción de armas y

municiones. También sería necesaria una derrota simultánea y absoluta de las

fuerzas soviéticas en el campo de batalla.

Una destrucción a tal escala resultaba harto improbable, pues era más que posible que el Ejército Rojo se replegara a través de Europa occidental hacia

su país sin sufrir ninguna derrota importante. Los planificadores se

beneficiaron del ejemplo de la invasión de la Unión Soviética por parte de los

nazis en 1941, que produjo rápidos resultados durante el primer año,

seguidos de la derrota en 1942, al extenderse las líneas alemanas. Durante

esta invasión, los soviéticos habían retirado sus equipos de producción al

interior del país y los habían utilizado en los contraataques masivos del

Ejército Rojo al año siguiente. Los planificadores palidecían solo de pensar en

las inmensas distancias que tendrían que adentrarse los Aliados para

asegurarse la victoria. E incluso así, probablemente se había subestimado el

lamentable estado de las «carreteras» que atravesaban el corazón de la Unión

Soviética[2].

El plan no especificaba los pormenores de la dirección de una incursión

aliada en la Unión Soviética, pero los Aliados podrían haber seguido la

trayectoria de la Operación Barbarroja de Hitler de 1941 y marchar

directamente hacia la región de Minsk-Smolensk. Stalin había cometido

entonces el enorme error estratégico de creer que Alemania avanzaría

principalmente hacia el suroeste del país y, en contra del consejo de sus

comandantes, ordenó el fatal traslado de un gran número de divisiones,

apartándolas del Frente Oriental. Había pronosticado que un ejército invasor

se dirigiría en principio hacia las tierras ricas en grano de Ucrania y los

campos de petróleo del Cáucaso. Pero hacia 1945, la Unión Soviética se

encontraba en una posición defensiva más fuerte: Stalin había reforzado las

débiles fortificaciones de los antiguos territorios polacos, y en el sur había

reafirmado sus flancos mediante la ocupación de Rumanía y el incremento de

las concentraciones de tropas entorno al norte del mar Negro. Es más, gran

parte de la producción soviética de petróleo se había trasladado al interior,

hacia el Volga y los Urales, fuera del alcance de los Aliados[3].

Si estos lograban adentrarse mucho en Polonia, sus líneas de

comunicación se alargarían y las zonas pantanosas del este de Varsovia

frenarían su avance, pero al menos disfrutarían del apoyo de una población

local amistosa. La zona era el corazón del recientemente disuelto estado

clandestino polaco, así como de su brazo militar, el AK, que había operado

principalmente en el territorio de «gobierno general», en el centro del país.

Esta zona había estado bajo la brutal administración de un gobernador nazi,

Hans Frank, por lo que el AK podía contar con el apoyo casi absoluto de la

población local. Durante el verano de 1944, el AK había iniciado el

alzamiento de Varsovia contra los nazis, heroico aunque condenado al

fracaso, y, aunque se había prolongado varios meses, su derrota final también

había acabado con el AK. El movimiento de resistencia quedó formalmente

desmantelado en enero de 1945, sin embargo, y pese a los arrestos en masa realizados por el NKVD, el legado del AK se mantenía fuerte en las zonas

rurales. Por ello, en la primavera de 1945, una serie de organizaciones, entre

las que destacaban «Nie» y su sucesora, la DSZ, tomaron el relevo de la

oposición en la primavera de 1945[4].

Hallándose la zona rural en manos de grupos disidentes

antigubernamentales —bien fueran antiguos miembros del AK, nacionalistas

de las NSZ, o el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), en el sureste—

cualquier fuerza invasora aliada encontraría abundantes apoyos fuera de las

ciudades. Aunque los líderes clandestinos eran de la opinión de que

continuar con la resistencia armada causaría un derramamiento de sangre

innecesario y habían conminado a sus combatientes a deponer las armas en

abril de 1945, alrededor de un 30% de sus efectivos se negó a hacerlo. Pese a

los esfuerzos del Partido Comunista Polaco (Polska Partia Robotnicza, o PPR),

y a los secuaces infiltrados en todas las aldeas y pueblos para delatar a los

activistas clandestinos, en la primavera de 1945 el número de combatientes

que continuaban en libertad se negaba con obstinación a menguar.

Probablemente habría aún 20 000 combatientes y más de 200 000 reservistas y

simpatizantes en circulación, muchos de los cuales se ocultaban en los

bosques del norte o de los alrededores de Varsovia. El armamento todavía

escaseaba, aunque se había recuperado cierta cantidad de armas antitanque

abandonadas por los soldados alemanes en su huida. Los polacos

demostraron ir sobrados de recursos: muchas casas disponían de pequeños

alijos ocultos de armas y municiones que se habían escamoteado, pero que no

habían llegado a utilizarse porque la llamada general a las armas en todo el

país no había llegado a producirse[5].

Aunque todavía quedaban muchos combatientes polacos de la resistencia,

sus redes y comunicaciones habían resultado gravemente deterioradas[6]. El

desencanto, el agotamiento y la infiltración soviética acabarían reduciendo su

número a lo largo del verano y el otoño de 1945. Por desgracia, el movimiento

WiN, más organizado, no evolucionaría hasta septiembre de 1945, y entonces

ya sería demasiado tarde para la Operación «Impensable[7]». Sin embargo,

pese a la decreciente fortuna de la resistencia durante 1945, la mayoría de los

polacos creía que era inminente un conflicto armado entre los Aliados

occidentales y la Unión Soviética, o al menos lo esperaba.

Aunque se había ampliado el plan de la Operación «Impensable» para

contemplar la posibilidad de que los Aliados se vieran obligados a adentrarse

más de lo esperado en territorio soviético, apenas se analizaron las fuerzas de

la URSS ni su capacidad para resistir una invasión. Desde luego, el país

estaba empobrecido y su bajo producto interior bruto (PIB) había lastrado su

actuación durante toda la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de

Occidente, más opulento, la necesidad de movilizar una proporción mucho más elevada de sus escasos recursos le había supuesto un enorme esfuerzo.

Esto era de una importancia capital, pues los soviéticos nunca habían sido

capaces de dedicar suficientes fondos a los sectores de la ingeniería y la

metalurgia, ambos vitales para la producción de armamento moderno. Por

tanto, pese a que el país contaba con una inmensa ventaja en potencia

humana militar, los Aliados occidentales disponían de una capacidad

industrial que sextuplicaba la de la Unión Soviética[8]. Por ese motivo, Stalin

había adoptado las medidas necesarias para rectificar esa deficiencia. No solo

había recibido préstamos de Estados Unidos por valor de 9000 millones de

dólares durante la Segunda Guerra Mundial, incluidos 15 000 aviones, 7000

tanques y más de 400 000 camiones y todoterrenos, sino que también había

expropiado enormes cantidades de equipamiento en sus territorios ocupados

de Europa del Este. En mayo, Stalin volvió a solicitar ayuda a EE. UU. en

forma de créditos, quizá con la esperanza de poder canjearlos en el futuro por

una retirada de tropas soviéticas[9]. Stalin también era consciente de que su

otra debilidad era la dependencia de la importación de alimentos que

acusaba el país. Si llegaba a producirse otra guerra quedarían cortadas estas

importaciones de Occidente, aunque las importaciones forzosas de los países

ocupados en Europa del Este las compensarían en parte.

Los dirigentes británicos y estadounidenses nunca habían comprendido

del todo la paranoia de Stalin y su obsesión con que la influencia de

Occidente corrompería su credo estalinista-leninista. Esta creencia fanática

fue la causante de que ordenase las purgas de traidores que creía acechantes

entre la multitud de ciudadanos soviéticos que ahora regresaban de

Occidente. En este grupo se encontraban un gran número de prisioneros de

guerra que habían luchado por su patria, muchos de los cuales incluso creían

en las políticas de Stalin. Sin embargo, en cuanto fueron liberados de los

campos de prisioneros alemanes se encontraron presos de nuevo o fueron

torturados o asesinados por su propio bando. No bien los hubieron entregado

los Aliados, los hacinó en alguno de los más de cien campos de prisioneros

soviéticos, cada uno con capacidad para al menos 10 000 prisioneros. Los

exmiembros del Ejército Rojo eran procesados por agentes de contraespionaje

militar, o SMERSH (Muerte a los Espías), y los interrogatorios de civiles

corrían a cargo de agentes del NKVD. En esta criba se incluyó a oficiales

veteranos del ejército, por lo que surgía la pregunta: ¿hasta qué punto era

competente el alto mando soviético para resistir una invasión?

El comandante soviético de más alto perfil era el mariscal G. K. Zhúkov,

quien, pese a haber cometido algunos errores tácticos, había sido aclamado

recientemente como uno de los artífices de la toma de Berlín[10].

Curiosamente, cualquier revés temporal sufrido por los comandantes como

Zhúkov era del agrado de Stalin a causa de su principal preocupación: la competencia de cualquier otra figura poderosa y de éxito. Por tanto, la

rivalidad de Zhúkov con el mariscal I. S. Kónev por dirigir la entrada en

Berlín inquietaba al primero, y esto lo indujo a acometer algunas maniobras

imprudentes que ocasionaron grandes bajas. Stalin estaba dispuesto a aceptar

reveses como aquel siempre y cuando redujesen la popularidad de

Zhúkov[11].

Los planificadores también tenían que prever los movimientos de Stalin

una vez que se extendiese el conflicto Impensable. Se suponía que los

soviéticos abrirían nuevos frentes por todo el mundo. En Escandinavia

intentarían cruzar como una apisonadora a través del norte de Finlandia

hasta el norte de Noruega y avanzar luego hacia el sur hasta llegar a

Trondheim. Los planificadores no sacaron conclusiones sobre la capacidad de

la resistencia local, pero si ya se había iniciado la desmovilización y el ejército

finlandés había quedado materialmente reducido, la fuerza armada en

tiempo de paz no podría ofrecer más que una resistencia simbólica. Es más,

algunas de las mejores tierras de labranza del país habían sido requisadas

durante las recientes invasiones soviéticas, por lo que existía la posibilidad de

que los finlandeses no dispusiesen de suficientes alimentos para ellos

mismos, lo cual los obligaría a firmar la paz de inmediato. Como lo más

probable era que el avance se produjera durante los meses de verano, el

Ejército Rojo no encontraría hielo en el cabo norte, pero los numerosos ríos

estarían crecidos por las lluvias, lo que haría que el terreno estuviese

inundado, y que cruzar hasta Noruega y atravesar los muchos obstáculos

naturales que se encontrarían utilizando equipos de transporte guiados por

caballos y renos requiriese toda la habilidad de sus ingenieros. Sin embargo,

todavía existía la posibilidad de una rápida conquista de los puertos claves

del norte y de las minas de níquel de los alrededores de Petsamo antes de

descender hacia el sur para asegurar Narvik, un puerto vital para la

exportación del mineral de hierro de Suecia. Pero antes tendrían que superar

el cuello de botella que mediaba entre el fiordo de Lyngen y las montañas,

que las Fuerzas Especiales Aliadas y la resistencia noruega podrían defender

sin dificultad. Si los soviéticos lograban superar estos obstáculos, intentarían

conquistar el gran puerto de Trondheim, ayudados por un asalto anfibio y

con el apoyo de tropas aerotransportadas. Entonces, una vez asegurado un

paso en el Atlántico Norte para su flota de superficie y de submarinos, era

posible que los soviéticos detuvieran su avance[12].

En el resto del mundo, Stalin atacaría e invadiría Grecia y Turquía. Si

lograba asegurar la primera, probablemente cerraría el estrecho de los

Dardanelos, bloqueando así el acceso al mar Negro a los Aliados. Pero si el

acceso permanecía abierto, era concebible que el Cuerpo de Marines de

Estados Unidos, con unos efectivos aproximados de 500 000 hombres, pudiera desplegarse por el flanco sur del Ejército Rojo en un ataque de

distracción, tal vez en operaciones anfibias en el mar Negro. Incluso

suponiendo que se lograse crear un pasaje a través de los Dardanelos, la

resistencia a los desembarcos sería feroz y las bajas de la armada, cuantiosas.

Sorprendentemente, los planificadores no consideraban estos posibles

movimientos demasiado alarmantes y eran de la creencia de que la conquista

de Grecia y Turquía por parte de los soviéticos no afectaría al equilibrio

estratégico. Sin embargo, Irak e Irán eran otra cosa: si caían en manos de la

Unión Soviética —y existían grandes posibilidades de que así fuera, pues en

el camino de las once divisiones soviéticas solo se interponían tres grupos de

brigadas indias— Stalin habría cortado una de las principales fuentes de

petróleo de Occidente. Por suerte para los Aliados, los planificadores creían

que, debido al compromiso del Ejército Rojo con Europa, los soviéticos no

avanzarían tanto hacia el sur para llegar hasta Egipto o incluso hasta la India.

Mientras el Ejército Rojo barría Finlandia, Noruega, Grecia y Turquía en

respuesta a la ofensiva aliada, se activaría la Special Operations Executive,

SOE (Dirección de Operaciones Especiales). Después del Día de la Victoria en

Europa, la SOE ya no tenía justificación para disponer de su propio ministerio

independiente y, por tanto, su organización se había trasladado al Ministerio

de Asuntos Exteriores. Lord Selborne se había retirado como ministro y el

carismático Lord Lovat había asumido toda la responsabilidad, mientras que

buena parte de los jefes de sección de país de la SOE habían sido absorbidos

por el Servicio de Inteligencia Secreto (SIS[13]). Sin embargo, la SOE recibiría

nuevas órdenes durante sus últimos seis meses de vida. Continuaría

«atendiendo las necesidades operativas clandestinas del gobierno de Su

Majestad», pero entonces sus acciones estarían destinadas a un nuevo

enemigo, según confirmaba una directriz emitida en otoño:

 

En el desarrollo de estas tareas, se ha encomendado a la SOE otorgar prioridad a aquellos países con

más posibilidades de ser invadidos en las primeras fases del conflicto con Rusia, pero que no se

encuentran bajo el dominio ruso en la actualidad[14].

 

Al redirigirse los recursos de la SOE a los países del frente, sobre todo a

Alemania y Austria, su personal en la zona de Alemania controlada por los

británicos se vio incrementado tras el Día de la Victoria en Europa. Esto fue

así en parte para combatir a los posibles miembros del régimen nazi que

todavía pudiesen quedar, pero también, en prevención de lo peor, para

realizar «tareas a más largo plazo», que estaban destinadas a preparar y

equipar operativos para operaciones clandestinas en caso de conflicto con la

Unión Soviética[15].

A medida que el conflicto se expandiese, la atención se trasladaría del

norte de Europa hacia probables objetivos soviéticos en Asia. Turquía era, desde tiempo atrás, objetivo de la expansión soviética: Stalin consideraba la

recuperación de las regiones de Kars y Ardahan un objetivo de la guerra

desde sus inicios y, desde marzo de 1945, el bombardeo de críticas hacia el

gobierno turco que realizaba Radio Moscú no hacía más que incrementarse.

Esta situación llegó a su clímax en junio, cuando los soviéticos reclamaron el

estrecho de los Dardanelos y demandaron el establecimiento de bases en esta

zona de gran importancia estratégica. El ministro soviético de Asuntos

Exteriores, Molotov, «solicitó al gobierno turco que accediese a los deseos

soviéticos», pero a nadie se le escapaba que aquello no era otra cosa que una

amenaza directa. Por consiguiente, no era apremiante desmantelar las

actuales oficinas de la SOE en Turquía, ni siquiera en Irán o Noruega. Las

unidades de la SOE permanecerían en sus puestos durante el mes de mayo y

principio de junio[16].

En Extremo Oriente, los planificadores llegaron a la conclusión que la

consecuencia más probable del inicio de las hostilidades sería una alianza

inmediata entre la Unión Soviética y Japón. Esto sería un cambio de postura

sorprendente y radical por parte de Stalin, que todavía se mantenía neutral

en la guerra con Japón y que, de hecho, estaba obligado tras los acuerdos de

Yalta a iniciar hostilidades contra el país nipón en agosto de 1945. Sin

embargo, no se antojaba inconcebible que Stalin pudiese cambiar de política a

poco que los japoneses lo animasen a hacerlo. Al fin y al cabo, esto daría un

respiro a Japón y le permitiría reforzar sus tropas en las islas principales,

además de retomar la ofensiva en China. Con la cancelación de la Operación

Downfall para invadir las islas principales del país, los Aliados se

encontrarían en un callejón sin salida en la guerra con Japón. Por suerte, no

era probable que el millón de efectivos del Ejército Rojo en el Este se

enzarzase en ninguna operación ofensiva en Extremo Oriente[17].

Pero por mucho que los planificadores debatiesen las posibles respuestas

soviéticas, no tenían manera de saber en qué punto del conflicto subiría Stalin

la apuesta invadiendo nuevos territorios. ¿El detonante sería el avance aliado

inicial por Alemania y Polonia durante la estrategia de «éxito rápido»? ¿O

sería necesaria una escalada a la «guerra total» en el invierno de 1945 a 1946

para que atacase en todo el mundo? Los planificadores llegaron a la pesimista

conclusión de que «no es posible predecir el resultado de una guerra total con

Rusia, pero lo que es seguro es que la victoria requeriría muchísimo

tiempo[18]».

Entonces, ¿qué ocurriría si no se lograba la victoria en la guerra

Impensable para el invierno de 1945? A medida que los ejércitos aliados se

fueran abriendo paso a través del territorio polaco podrían contar, sin duda,

con un apoyo local más organizado, al menos en el centro del país. En el

norte y a lo largo de la costa del Báltico estarían adentrándose en el antiguo territorio de Prusia Oriental, una zona que había formado parte del antiguo

Reich alemán y que entonces se hallaba ocupada por los soviéticos, aunque

era prácticamente tierra baldía y no ofrecía apenas nada con que sustentar a

un ejército invasor porque los alemanes, al replegarse, habían demolido casi

todas las infraestructuras del país. Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar:

este territorio fue la primera parte del Reich alemán que ocupó el Ejército

Rojo y sus soldados se entregaron al terror, la violación y el pillaje de sus

habitantes. Cualquier propiedad que los alemanes hubieran dejado en pie fue

saqueada y los cultivos y el ganado se convirtieron en su botín. Al igual que

en Silesia, en el norte no existía una red de resistencia organizada que

pudiera coordinar el sabotaje ni proporcionar datos de espionaje de calidad a

los Aliados, lo que obstaculizaría, inevitablemente, los posibles desembarcos

anfibios aliados en las costas polacas[19].

Pese a las dificultades en el norte, los Aliados podrían avanzar con más

rapidez más al sur, cuando se adentrasen en el corazón del territorio de la

resistencia. Sin embargo, los pueblos y las ciudades no podrían ofrecer

suficiente sustento para el ejército en su avance. La capital, Varsovia, todavía

se encontraba en ruinas y, aunque se habían despejado de escombros las

calles, no se empezaría a organizar la reconstrucción hasta un año después.

Tras el levantamiento de Varsovia del verano de 1944, Hitler había ordenado

a su ejército que arrasara lo que quedase en pie en la ciudad antes de retirarse

hacia el Oeste. Equipos de zapadores alemanes especializados cruzaron la

ciudad entre los esqueletos de los edificios dinamitando todo a su paso para

que, cuando Stalin acabó por permitir que el Ejército Rojo cruzase el río

Vístula y entrase en la zona oeste de la ciudad, en enero de 1945, este no

ocupase más que una inmensa montaña de ladrillos y mampostería. La

población de esta parte de la ciudad se había visto reducida a menos de mil

habitantes. Era posible que para julio de 1945, algunos de los 60 000

habitantes de los barrios residenciales del este de Praga (que no se habían

implicado en el levantamiento) se hubieran desplazado, pero, por lo demás,

Varsovia seguiría siendo una ciudad fantasma[20]. Otras localidades no

habían sufrido semejante ferocidad, pero pocas habían escapado a las

represalias alemanas y a la venganza soviética.

Una vez que los Aliados se hubieran adentrado en Polonia tendrían que

lidiar también con el sabotaje de los comunistas polacos que operasen tras sus

líneas. Desde que los soviéticos habían ocupado Polonia en 1944, habían

tenido la oportunidad de invertir más tiempo en la organización de grupos

encubiertos, así como en la destrucción de los anticomunistas. El Ejército Rojo

había traído consigo unidades de SMERSH, que a su vez utilizaban tropas del

NKVD para acorralar, desarmar o despachar a los combatientes clandestinos.

Los agentes del NKVD también se utilizaban para entrenar al servicio secreto comunista polaco bajo la dirección del implacable general Iván Serov, que

permaneció en Polonia hasta mayo de 1945 y, después de ocuparse de los

supervivientes del AK, se había hecho cargo de la organización de una policía

secreta polaca, conocida como Urzad Bezpieczeństwa (Oficina de Seguridad,

o UB). En el verano de 1945, esta unidad, dirigida por Stanisław Radkiewicz,

aún se encontraba en sus inicios y todavía sería necesario un año para que sus

2500 nuevos reclutas, que estaban mal dirigidos por oficiales sin experiencia,

se transformasen en un contingente de 10 000 hombres. La UB todavía era un

batiburrillo que no gozaba de demasiada cooperación con el ejército polaco

respaldado por los soviéticos, y Władysław Gomułka, uno de los dirigentes

del PPR, llegó incluso a admitir, en mayo de 1945, que «lo que ocurrirá es que

la UB será el peor organismo del NKVD[21]». Aun así, el 50% de los civiles

reclutados inicialmente para la UB fueron sustituidos por militares y se

destinó a más oficiales del espionaje soviético a su dirección. Tenían la

capacidad de aterrorizar a las comunidades locales, pero no cabía duda de

que, en caso de producirse una invasión aliada, el NKVD coordinaría las

operaciones de contraespionaje tras las líneas aliadas y arrestaría a cualquier

posible partidario de los Aliados en el centro y el este de Polonia,

adelantándose a cualquier combate.

Las tropas aliadas se encontrarían más horrores si lograban avanzar más

allá de Varsovia, igual que les había ocurrido a las tropas napoleónicas y

alemanas. La ofensiva alemana de 1939 había demostrado lo fácil que les

resultaba al principio a los ejércitos extranjeros penetrar en el territorio

polaco. Un ejército aliado que avanzase desde el oeste no se toparía con

cadenas montañosas que cruzar y el terreno no presentaba dificultades hasta

llegar a las zonas pantanosas del este, o a los densos bosques del noreste.

Estos eran los obstáculos que más temía la infantería invasora. El suelo de los

vastos bosques caducifolios era, por lo general, glutinoso y maloliente, y en

las zonas donde el monte bajo estaba crecido, el terreno resultaba

impenetrable. Las moscas y los mosquitos se comerían vivos a los esforzados

soldados de infantería, que tampoco dispondrían de agua potable para

aplacar su sed. Los alimentos y los suministros médicos escasearían cada vez

más a medida que se fuesen alargando las líneas de comunicación… y eso

sería solo el verano[22]. El crudo invierno era peor, como bien sabía la

infantería alemana. El avance hacia Moscú estaba erizado de peligros.

Heinrich Haape fue uno de los médicos militares alemanes más

condecorados del Frente Oriental, su batallón, el 3.º de Infantería del

Regimiento 18.º formaba parte del épico avance que en 1941 logró alcanzar

las puertas de Moscú para ser repelido por las inclemencias del tiempo y las

enfermedades. De su batallón de 800 hombres, solo veintiocho sobrevivieron

al primer invierno desesperante y, sin embargo, él seguía creyendo que el desenlace de la Operación Barbarroja podría haber sido otro:

 

Si la batalla de Moscú hubiera empezado dos semanas antes, ahora la ciudad estaría en nuestras

manos. Si, si, si… Si Hitler hubiera lanzado la Operación Barbarroja seis semanas antes, como se

había planeado en principio; si hubiera dejado a Mussolini por su cuenta en los Balcanes y hubiera

atacado Rusia en mayo; si hubiéramos continuado nuestro arrollador avance en lugar de detenernos

en el lago Shchuchye; si Hitler nos hubiera enviado ropa de invierno. Efectivamente: si, si, si [23].

 

Desde luego, las lecciones que podían extraerse de Barbarroja eran

importantes para cualquier ejército que se plantease invadir la Unión

Soviética. Una vez que se aprobase la Operación «Impensable», la posibilidad

de que el Ejército Rojo se replegara, atrayendo a los invasores hacia el

interior, como había hecho en 1941, era muy real. En aquella ocasión, Hitler

había creído que los soviéticos no se retirarían de los estados bálticos ni hacia

Moscú, y que lograrían derrotarlos en el campo de batalla sin verse obligados

a adentrarse demasiado en el país. Fue un error de cálculo fatal[24]. En los tres

meses que separaban junio de septiembre de 1941, el ejército alemán realizó

extraordinarios avances en territorio soviético, alcanzando los alrededores de

Leningrado por el norte y tomando Kiev por el sur, pero esto se había

conseguido enfrentándose a un Ejército Rojo y a una aviación tomados por

sorpresa y con una falta total de preparación. No era el mismo Ejército Rojo

curtido en la batalla y mejor equipado de 1945. En la Operación

«Impensable», los Aliados tendrían que enfrentarse a un enemigo más

formidable y el clima se habría mostrado igual de implacable.

Con el paso del otoño al invierno, y con los Aliados adentrándose en la

Unión Soviética, estos verían mermar considerablemente las horas

disponibles para realizar operaciones diurnas. Habrían perdido dos horas y

media de luz por la mañana y por las tardes, la oscuridad caería tres horas y

media más temprano que al partir de Alemania el 1 de julio. A mediados de

noviembre, las temperaturas comenzarían a caer en picado. Por las mañanas

el sol podría brillar en un cielo azul y despejado, pero a mediodía habría

perdido toda su fuerza y el ambiente se habría endurecido. En las estepas

soplaría un gélido viento siberiano y a media tarde caería la helada y los

termómetros descenderían hasta los –15 ºC. Los centinelas que dejasen algo

de piel al descubierto sufrirían de congelación en las extremidades. Con la

llegada de diciembre, las temperaturas caerían todavía más. Primero –24 ºC,

luego –36 ºC y por último –48 ºC: sería como entrar en una cámara frigorífica,

pero el cuádruple de frío. Este frío inimaginable lo paralizaría todo y las bajas

causadas por la congelación y la hipotermia colapsarían por completo

cualquier tipo de servicio médico[25].

Las tropas de Napoleón no habían corrido mejor suerte. En el terrible

invierno de 1812, solo 90 000 de los 600 000 soldados franceses que partieron hacia Moscú lograron llegar a la ciudad. Únicamente un puñado de ellos

sobreviviría a la retirada. No fue solo la congelación lo que acabó con ellos,

sino también las fiebres tifoideas transmitidas por los piojos. En 1945, los

soldados jóvenes podían sobrevivir a las fiebres, pero los de más edad, que

no habían sido vacunados contra esta plaga, perecerían. Incluso con los

avances médicos estadounidenses, los Aliados occidentales no dispondrían

de suficiente suero para tratar a todos los efectivos.

Y por si no bastara con el frío y las enfermedades, el terreno soviético

también supondría un obstáculo formidable. Las propias dimensiones de la

Unión Soviética eran impresionantes y, aunque grandes áreas se hallaban

despobladas o carecían de objetivos estratégicos, la distancia que tendría que

atravesar cualquier fuerza aliada era enorme. Según sus fronteras de 1940, la

Unión Soviética tenía una superficie de unos veintidós millones de kilómetros

cuadrados, mientras que Gran Bretaña tenía algo menos de 260 000. La

diferencia de población no era tan acusada: Gran Bretaña contaba con un

cuarto de los 194 millones de habitantes de la URSS[26]. A consecuencia de

esas distancias tan enormes, los equipos soviéticos sufrían un desgaste y un

deterioro constantes, y cuando era necesario repararlos, había que trasladar

las piezas o el material desde las principales regiones industriales situadas en

los Urales o al este de Moscú. Es más, el país carecía de buenas

comunicaciones por carretera o línea férrea que sirviesen de enlace entre la

producción industrial y el despliegue militar. La guerra había destruido gran

parte del tejido industrial soviético, aunque su efecto fue mitigado con el

traslado de numerosas fábricas más allá de los Urales.

Si la Unión Soviética contaba con unas defensas naturales semejantes,

¿qué tenían de su lado los británicos y los estadounidenses? Una de las

principales suposiciones de la Operación «Impensable» era que Gran Bretaña

no contaba solo con el apoyo de Estados Unidos, sino también de todo el

Imperio Británico, lo cual no estaba garantizado en absoluto, sobre todo

teniendo en cuenta que otra de las circunstancias que el plan daba por

sentado era que Japón se aliaría con la Unión Soviética, con las posibles

repercusiones de gravedad que ello entrañaría para Australia. En el momento

en que se forjó el plan, en la primavera de 1945, Australia todavía estaba

trabada en una cruda guerra con los japoneses en Borneo. El primer ministro

de Australia era John Curtin, que, como irlandés y decidido laborista, no

quería dedicar demasiado tiempo a Churchill. Su relación no se había llegado

a recuperar nunca de un enfrentamiento que había tenido lugar en 1942,

cuando Churchill había ordenado a la legendaria 9.ª División desviarse a

Ceilán e India a su regreso a Australia, tras una penosa campaña en el norte

de África. Curtin también había dejado clara su determinación de hacer de

Estados Unidos, y no de Gran Bretaña, el garante de Australia en la lucha

contra los japoneses en el escenario del Pacífico[27]. Por ello, cuesta imaginar

que el gobierno de Australia, y mucho menos sus habitantes, fuesen a apoyar

la guerra Impensable, un conflicto que no solo reforzaría a Japón, sino que

también haría que Australia se granjease la enemistad de los soviéticos. Sin

embargo, el destino de Australia en 1945 estaba, en última instancia,

considerablemente influenciado por el comandante supremo de Estados

Unidos en el frente del Pacífico suroeste, el general Douglas MacArthur. Su

relación con Curtin, tan próxima como dominante, implicaba que si

MacArthur se mostraba entusiasmado con la Operación «Impensable» —y no

faltaban motivos para que así fuera—, las fuerzas armadas australianas

tendrían que seguir sus dictados[28].

También era posible que Canadá, pese al apoyo que siempre

proporcionaba a Churchill su primer ministro, Mackenzie King, se mostrase

reacio a participar, sobre todo si Estados Unidos se oponía al plan. Y Canadá

no era el único país que se inclinaba claramente por Estados Unidos. En

Australia y, en menor medida, en Nueva Zelanda crecía la preocupación por

la prioridad que Gran Bretaña había otorgado a la derrota de Alemania por

encima de Japón. Incluso el primer ministro Smuts, cuya relación con

Churchill más tarde se describiría como «dos inseparables que mudan juntos

sus plumas en una percha, pero todavía capaces de lanzar picotazos», se

enfrentaba a la creciente presión del Partido Nacional de su país para que

adoptase una línea más independiente[29]. Como Impensable se planteó

durante la primavera de 1945, antes de que Estados Unidos realizase las

pruebas de su dispositivo nuclear, el informe no contempla la posibilidad de

utilizar estas armas. Sin embargo, para el momento en que se habría

desencadenado la «guerra total», el programa atómico estadounidense ya

estaría muy avanzado y todo el plan se vería alterado si Estados Unidos se

mostraba dispuesto a utilizar las armas y se seleccionaban objetivos soviéticos

en lugar de japoneses. Incluso en ese caso solo se barajarían objetivos civiles e

industriales. No fue hasta 1951, por ejemplo, cuando el ejército británico

desarrolló el concepto del uso «táctico» de las armas nucleares únicamente en

el campo de batalla. No obstante, incluso antes de todo esto, se pensaba que

era posible arrojar una bomba nuclear sobre un ejército agresor para luego

lanzar un ataque con fuerzas convencionales sobre los supervivientes,

estupefactos y paralizados. El principal efecto táctico de la explosión de una

bomba atómica era el estallido, sobre todo contra estructuras fortificadas. Sin

embargo, dicho estallido se atenuaba con rapidez, por lo que a un kilómetro y

medio de distancia, una bomba de un kilotón solo causaría daños

equivalentes a los de un temporal fuerte. Así, el bombardeo de formaciones

enemigas en las inmensas llanuras de las estepas rusas no tendría más que un

valor limitado. Aunque se sometiese a estas zonas a un bombardeo atómico de saturación, la lluvia radiactiva sería tan grave que las fuerzas amigas solo

podrían operar en la zona durante unas horas equipadas con trajes

antirradiación sofocantes[30]. Era aterrador pensar siquiera en la «guerra

total».