Operación «Impensable»
8. La fortaleza británica
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La fortaleza británica
Mientras el presidente navegaba hacia el norte de Europa, un agotado
Churchill aprovechaba la oportunidad que le brindaban los pocos días de
descanso tras las elecciones para reponer fuerzas antes de Potsdam. Su
esposa, Clementine, y él se alojaron en el castillo de Bordaberry, con vistas al
golfo de Vizcaya, en el sur de Francia, donde pintaban y nadaban, o, para ser
más exactos, flotaban. El secretario personal de Churchill, Jock Colville,
escribió en su diario que «el primer ministro flotaba, como un hipopótamo
bondadoso, en medio de un gran círculo de policías franceses que lo
protegían y que, para tal fin, se habían ataviado con trajes de baño[1]».
Cuando no estaba en remojo, Churchill pintaba los paisajes costeros de San
Juan de Luz y Hendaya, retratando la impresionante costa atlántica con los
ricos colores de su caja de pinturas[2].
El 11 de julio, mientras el primer ministro disfrutaba de unos momentos
de tranquilidad en Francia, sus jefes del Estado Mayor recibían en Londres un
primer adelanto del segundo informe de la Operación «Impensable». El
mismo equipo del JPS, compuesto por Grantham, Thompson y Dawson,
había tardado un mes en informar sobre «qué medidas serían necesarias para
garantizar la seguridad de las islas británicas en caso de guerra con Rusia en
el futuro próximo». El tema era, por supuesto, de lo más delicado, aun
tratándose de un asunto de seguridad nacional, por lo que no se consultó con
el personal general de los servicios del ministerio. La premisa no era del todo
inconcebible, pues una de las ambiciones que acariciaba Stalin era controlar el área de influencia de una Alemania unificada y cabía la posibilidad de que su
Ejército Rojo no se detuviese en el Rin[3]. Sin embargo, el informe daba por
sentado que el Ejército Rojo había logrado conquistar toda Europa occidental
y estaba listo para atacar Gran Bretaña, pero no se analizaba con qué medios
lograrían conquistar Europa los soviéticos, ni cuánto tardarían en hacerlo.
Se habían producido algunas advertencias de la invasión soviética, con
suerte por medio del servicio de espionaje británico, pero la tarea de recabar
información sobre las disposiciones del Ejército Rojo nunca fue directa. La
posibilidad de obtener información de los oficiales alemanes de espionaje
sobre los movimientos de los soviéticos causó una crisis de conciencia entre
los altos cargos del espionaje británico, como Dick White. «Me habría opuesto
a utilizar un nazi como agente, —señalaba tajantemente— pero la posibilidad
no se barajó nunca». Los estadounidenses, sin embargo, no tenían tantos
reparos y no solo utilizaban oficiales alemanes de la Abwehr, sino que
también estaban sondeando a agentes británicos. Gran Bretaña comenzaba a
perder el lugar destacado que ocupaba en el mundo del espionaje al tiempo
que languidecía la relación entre los servicios de espionaje británico y
estadounidense[4]. La embajada de Gran Bretaña en Moscú servía,
obviamente, de conducto para la información local y el debate sobre las
intenciones soviéticas. El personal empleaba innumerables horas en leer con
atención la prensa soviética, como Pravda, Izvestia o The Moscow Evening
News, escrito en lengua inglesa, además de numerosas publicaciones técnicas
para obtener información sobre la potencia del armamento soviético. Por
añadidura, estaban los viajes diplomáticos a Kiev o a Leningrado durante
abril y mayo de 1945, cuando la presencia del NKVD no era tan
claustrofóbica como llegaría a ser en breve. Surgían brechas y oportunidades
que los diplomáticos aprovechaban para hablar con la población local o para
echar un vistazo a las zonas situadas «fuera de los límites».
Incluso en el caso de que Occidente hubiera recibido advertencias previas
del ataque soviético, el Ejército Rojo solo necesitaría unas semanas para llegar
hasta la frontera francesa. Pero ¿qué podía frenar las operaciones soviéticas?
Uno de los principales problemas que tendría que afrontar el Ejército Rojo
sería la longitud de sus líneas de comunicación, y una vez que hubieran
desplazado sus numerosísimas unidades «de frente» fuera de los límites de
Europa del Este, ya no constituirían una fuerza mayoritaria en los territorios
ocupados, como en Polonia, Ucrania y Alemania. Los combatientes de la
resistencia de esos países podrían levantarse en número significativo y causar
serios problemas tras las líneas soviéticas[5].
No obstante, los planificadores iniciaban su informe con un panorama
rotundo:
Los siguientes son los principales métodos mediante los cuales los rusos podrían intentar atacar las islas británicas una vez alcanzadas las orillas del mar del Norte y del Atlántico: – Cortando nuestras comunicaciones por mar.
– Mediante la invasión.
– Mediante el ataque aéreo.
– Mediante el uso de cohetes u otros métodos nuevos.
Se creía que los soviéticos no tenían la capacidad de emprender un ataque
submarino o aéreo contra la flota aliada, o que al menos no suponían, ni
siquiera remotamente, una amenaza comparable a la de los alemanes durante
la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, la tecnología soviética tardaría años
en ponerse al día, en especial en diseño de submarinos. Por tanto, si los
soviéticos no tenían capacidad para cortar las comunicaciones marítimas
británicas, ¿serían capaces de invadir Gran Bretaña? No era probable que
dejasen la tarea solo en manos de las operaciones aéreas y, si arribaban a las
costas en lanchas de desembarco, tendrían que hacerlo en masa para poder
establecer una cabeza de playa. Sin embargo, los soviéticos se verían
gravemente disminuidos por su inexperiencia en operaciones tan ambiciosas
como aquella, y, al no tener apenas marina mercante propia, no contarían con
casi ningún apoyo. La mayoría de los barcos mercantes aliados ya se habrían
retirado de los puertos atlánticos o habrían huido en previsión del avance del
Ejército Rojo, por lo que, aunque la amenaza de una invasión estaba siempre
presente, los planificadores llegaron a la conclusión de que esta amenaza no
podía considerarse inminente debido a las limitaciones de los soviéticos[6].
Otra posibilidad era ser arrollados por la Fuerza Aérea Roja. Aunque los
asesores británicos no evaluaron la envergadura de sus bombarderos
estratégicos, la distancia de vuelo desde las bases aéreas costeras en Francia y
los Países Bajos hasta Gran Bretaña era suficientemente corta para poner los
objetivos industriales y militares a su alcance sin problemas. Aunque
normalmente a los bombarderos tácticos soviéticos se los entrenaba para
prestar apoyo a las operaciones terrestres, no les costaría adaptarse a una
misión tan importante y tan solo su número ya hacía que constituyesen una
amenaza. La RAF podía infligir pérdidas muy importantes a la Fuerza Aérea
Roja, pero esta victoria no estaba asegurada en modo alguno. Sin embargo, lo
que resultaba más preocupante era la posibilidad de un ataque mediante
cohetes o aviones no pilotados:
Es probable que los rusos comiencen la producción a gran escala de estas armas desde los mismos
inicios. Cabe esperar un ataque mucho mayor que el de los alemanes y, en la actualidad, no
contemplamos ningún método para reducir este problema de manera efectiva. Esta sería la mayor
amenaza durante un período considerable, que debe transcurrir antes de que los rusos puedan
plantearse siquiera un intento de invasión[7].
Los planificadores hacían bien en reconocer la amenaza de las nuevas armas, pues los soviéticos estaban lanzados a la carrera para copiar los V-2
alemanes, además de los aviones no pilotados. Afortunadamente para los
Aliados, aún estaban algo lejos de lograr fabricar grandes cohetes capaces de
cruzar el canal de la Mancha. Era cierto que habían conseguido planos
detallados y conocimientos operativos del cohete V-2 cuando sus fuerzas
tomaron el campo de pruebas de Blizna, en el sureste de Polonia, en agosto
de 1944[8], y también estaban pendientes de recibir la fábrica de V-2 que los
estadounidenses habían conquistado en Nordhausen el día 1 de julio de 1945
(paradójicamente, en la misma fecha en que debía comenzar la Operación
«Impensable»); pero, aun así, no poseían existencias de cohetes V-2
incautados, ni tampoco contaban con los servicios de científicos alemanes
suficientes. Habían conseguido hacerse con algunos, pero estos ni siquiera
simpatizaban con el comunismo. Helmut Gröttrup, antiguo asistente del
director del laboratorio de guía, control y telemetría de Peenemünde, tenía
otras motivaciones, como más tarde confesaría su esposa:
Se llevaron [los estadounidenses] a Wernher von Braun, Hüter, Schilling, Steinhoff, Gröttrup y a
otros de los principales expertos en cohetes. Nos alojaron en Witzenhausen y nos interrogaron. Con
el paso de las semanas, a Helmut se le ofreció un contrato para trasladarlo a Estados Unidos sin su
familia, un contrato que solo podría rescindir una de las partes: el ejército de Estados Unidos. Como
deseábamos quedarnos en Alemania, nos mudamos a la zona rusa[9].
Todavía pasaría un año más antes de que científicos como Gröttrup
pudiesen empezar a producir cohetes V-2 soviéticos en cantidades suficientes
para poner en peligro a Occidente[10]. Los planificadores no especificaban el
tipo de cohetes que supondrían una amenaza, pero sí que esta no provendría
de los más pequeños, del tipo Katiusha. Al fin y al cabo, la distancia más
corta entre Francia e Inglaterra es de cuarenta y dos kilómetros y los cohetes
más potentes del momento, los M-13 DD, solo tenían un alcance de once. Sin
embargo, si la amenaza de los cohetes se materializaba antes de tiempo, la
principal defensa británica dependería de sus baterías antiaéreas, más que de
la RAF, al menos en opinión de Churchill. Ya había atacado a Sir Archibald
Sinclair por haber afirmado que había sido la RAF la que había derrotado a
las Vergeltungswaffen, las armas de represalia:
No tiene usted base para afirmar que fue la RAF la que frustró los ataques de las armas de
represalia. La RAF desempeñó su papel pero, en mi opinión, su empeño queda, sin duda, por debajo
del de la artillería antiaérea e incluso por debajo de los logros del ejército al despejar todos los
asentamientos del paso de Calais. En cuanto a los V-2, la RAF no ha hecho nada al respecto, ni puede
hacerlo[11].
Para reducir la amenaza de los cohetes, se barajó la posibilidad de
conservar cabezas de puente en el continente. La idea era privar al Ejército
Rojo de puntos de lanzamiento mediante la conservación de algunas zonas costeras. Si se veían obligados a disparar los cohetes dirigidos a Londres
desde el interior, la ciudad quedaría fuera del alcance de los de tipo V-2. Pero
era imposible esperar que un ejército aliado lograse conservar una franja
continua de costa ante unas fuerzas enemigas de tal magnitud. Sin embargo,
era posible considerar penínsulas como las de Cherburgo o Bretaña, junto con
Dinamarca u Holanda occidental, aunque la concentración de tropas aliadas
en zonas tan compactas proporcionaría blancos fáciles al enemigo. Al final,
los planificadores desestimaron el establecimiento de cabezas de puente por
los siguientes motivos:
El alcance de los cohetes actuales haría necesario mantener un frente continuo en Francia y los Países Bajos para tener un efecto significativo en la escala de un ataque realizado por este medio.
Si se utilizasen las bases para regresar al continente, estaríamos sacrificando el elemento sorpresa y permitiríamos al enemigo que se fortificase contra nosotros a placer.
Con la excepción del caso de Dinamarca, cuyo uso queda limitado por la falta de puertos en las costas septentrional y occidental, las fuerzas aéreas que podríamos posicionar en las cabezas de puente
no serían mucho más numerosas que las necesarias para dar apoyo a las tropas que las defendiesen[12].
Evidentemente, los cohetes suponían un problema irresoluble para los
planificadores, que se sentían más cómodos con la idea de una guerra
convencional y diseñando planes para la posibilidad de que el Ejército Rojo se
estableciese en las fortificaciones francesas que tomase al otro lado del canal
de la Mancha. ¿Cómo podrían desplegar sus fuerzas los comandantes
británicos para defender la patria? Existía el riesgo de una invasión aérea
soviética o de desembarcos anfibios, o de ambos a la vez, y era necesario
disponer de suficientes unidades móviles británicas para hacer frente a esas
amenazas: habría que enviar a las guarniciones a defender los centros
urbanos e industriales, además de los puertos. En cuanto a la defensa del
resto del país, quedaría en manos de unas veinte divisiones acorazadas de
infantería británicas y estadounidenses, desplegadas al sur de la línea entre el
río Severn y el estuario del Wash, concentrándose en el sureste del país. La
mayor parte de estas fuerzas se encontraban ya en Gran Bretaña, pero sería
necesario reforzarlas con tropas retiradas de Europa ante el avance soviético.
La premura en el repliegue del continente implicaría dejar atrás gran
cantidad de material pesado. Es más, la pérdida de equipamientos y la
capacidad de la industria británica para reemplazar dicho armamento y
mantener a las fuerzas armadas abastecidas continuamente requeriría un
incremento sustancial de la capacidad industrial del país[13].
En el plan no se hacía referencia a la posibilidad de una verdadera
ocupación soviética de las islas británicas, ni siquiera de las disposiciones
necesarias para establecer un gobierno británico en el exilio en algún lugar
como Canadá, Terranova o Sudáfrica[14]. Sí ofrecía cierto alivio el hecho de
que la Armada Real y la RAF proporcionarían un cordón de seguridad alrededor del país mediante el que las fuerzas locales custodiarían las
aproximaciones por el sur y el este y la Home Fleet protegería las aguas del
norte. Más adelante podrían ser necesarios convoyes de escolta, en función
del desarrollo de la amenaza soviética[15].
Si los planificadores tenían fe ilimitada en la Armada Real, su confianza
era todavía mayor en la capacidad de la RAF para lidiar con la Fuerza Aérea
Roja, pero solo si era posible recuperar los escuadrones de la RAF y la
USAAF de Europa a tiempo para operar desde bases británicas. Con tal fin,
los aviones y el personal de la RAF no participarían en el despliegue en
Extremo Oriente, aunque en el informe no se calculaba el efecto que esto
tendría en el devenir de la guerra con Japón, que todavía no había terminado.
E incluso aunque se dieran estas condiciones, la fuerza aérea combinada
anglo-estadounidense necesitaría congregar 230 escuadrones de cazas, 100
bombarderos tácticos y 200 escuadrones de bombarderos pesados[16].
La conclusión de los planificadores fue la siguiente:
Solo mediante el uso de cohetes y otro tipo de armamento nuevo podrían los rusos llegar a suponer
una amenaza seria para la seguridad de este país en las fases iniciales. Solo sería posible llevar a
cabo una invasión o un ataque grave a nuestras comunicaciones por mar tras un periodo de
preparaciones que tendría que durar varios años[17].
Mientras los jefes del Estado Mayor evaluaban el informe de los
planificadores conjuntos, Churchill continuaba su descanso en Francia, tanto
tiempo postergado, a la espera del inicio de la conferencia de Potsdam. «Me
voy a relajar del todo», informó a su médico. «No voy ni a leer el
periódico[18]». Estaba claro que no pensaba analizar ningún documento del
gobierno, incluidos los papeles de la Operación «Impensable». Tendrían que
esperar. El 15 de julio voló de Burdeos a Berlín, sin pasar por Londres, para
asistir a la inauguración de la conferencia de Potsdam.
Churchill invitó a Attlee a que se le uniera en Potsdam, en espera de los
resultados de las elecciones generales británicas, y el avión de este último
partió hacia la conferencia el 15 de julio, para gran sorpresa de la delegación
soviética, que no podía entender por qué era necesario incluir al jefe de la
oposición. Llegado el momento de la conferencia, las tropas aliadas se habían
retirado a las zonas acordadas y Eden, como secretario de Asuntos Exteriores,
estaba preparándose para «atar los cabos sueltos» de la intriga polaca.
Aunque Churchill seguía deprimido por no haber alcanzado sus objetivos
para Polonia, entró en el salón de conferencias de Potsdam sabiendo que los
Aliados todavía se guardaban un as en la manga: una carta que podía
cambiar todo el equilibrio estratégico.
En principio, e incluso antes de la primera prueba atómica, realizada en el
mes de julio, los británicos habían dado su consentimiento a su uso contra los japoneses. Churchill confirmó que el apoyo a la bomba era rotundo:
El hecho histórico es, y así debe juzgarse en tiempos venideros, que la decisión de utilizar o no la
bomba atómica para forzar la rendición de Japón no fue controvertida. La mesa al completo se
mostró unánime de manera automática e incuestionable [19].
Truman entró en los salones del palacio Cecilienhof, en Potsdam, bien
informado sobre la inminente prueba atómica Trinity[20]. La conferencia debía
comenzar el 16 de julio, pero Stalin había sufrido un pequeño ataque al
corazón y se reprogramó el inicio para el día siguiente. No es de extrañar que
el teniente general Leslie Hollis comentase: «En los dieciocho meses
transcurridos desde que lo vi [a Stalin] por primera vez en Teherán se le había
puesto el pelo tan blanco como la túnica que llevaba[21]». Churchill aprovechó
el día libre para visitar Berlín y las ruinas de la Cancillería del Reich. Lord
Moran, que acompañaba al primer ministro, encontró a Churchill
extrañamente indiferente al entorno. Ni siquiera se emocionó ante la
posibilidad de visitar la entrada del búnker y el escenario de los últimos días
de su enemigo acérrimo. Se adentró apenas unos pasos en el búnker y regresó
enseguida a los destrozados jardines. «Seguramente Hitler salía aquí a
respirar un poco de aire fresco —conjeturó— y oía acercarse cada vez más los
disparos[22]».
Del búnker se rescató rápidamente una silla desvencijada, buscando una
foto impactante, y el primer ministro se sentó en ella, diligente. «Churchill le
toma la medida a la silla de Hitler», proclamaron los consiguientes titulares,
pero poco triunfo había en el ánimo de Churchill. Pensaba, sin duda, en los
encuentros que se avecinaban y en sus primeras discusiones auténticas con
Truman. Ya se había encontrado fugazmente con el presidente antes y habían
hablado por teléfono, pero esta era la primera vez que se reunían como
líderes mundiales. El primer ministro quedó impresionado con Truman, pero
los sentimientos no fueron del todo mutuos. «Estoy seguro de que podremos
entendernos —anotó Truman en su diario en un tono cauteloso— si no
intenta darme demasiada coba[23]». Cuando Truman por fin conoció a Stalin
al día siguiente, no tuvo tantas reservas sobre el líder soviético: «Puedo tratar
con Stalin. Es sincero, pero más listo que el hambre[24]». Y, desde luego,
Truman estuvo muy de acuerdo con algunas de las declaraciones de Stalin,
sobre todo cuando mencionó que deseaba dividir algunas de las antiguas
colonias y mandatos.
Se empezó a trabajar enseguida, pese a las constantes interrupciones de
los delegados que abandonaban las salas de reuniones: la contaminación del
suministro de agua corriente causó diarreas galopantes, mientras que los tres
jefes del Estado Mayor británico temían sobre todo por la plaga de mosquitos
permanentemente instalada en su villa junto al lago. Brooke, Portal y Cunningham encontraron tiempo para divertirse un poco, aunque los jefes
británicos se llevaron una decepción al enterarse de que el lago Griebnitzsee,
situado en las inmediaciones, estaba contaminado por los cadáveres y que a
los peces los habían reventado con granadas de mano. Sin embargo, se vio al
jefe del Estado Mayor imperial, caña de pescar en mano, sentado en una
canoa en la que remaba el mariscal de la RAF[25].
Mientras los delegados se preparaban para sus reuniones, a 9000
kilómetros de distancia, en unas pequeñas instalaciones militares situadas en
el desierto de Jornada del Muerto, en el sur de Nuevo México (EE. UU.), unos
científicos estadounidenses estaban a punto de experimentar con un arma
que cambiaría el mundo. El 16 de julio, justo antes del amanecer, llegó un
camión cargado con una esfera de metal de aspecto totalmente inofensivo:
una bola bastante sencilla, con un radio de 137 centímetros, muy parecida a
una mina marina. Sus cuatro toneladas se descargaron del camión y se
dejaron en el suelo. A continuación, con la debida reverencia, se colocó un
dosel sobre ella con el propósito de permitir que los técnicos realizasen los
ajustes necesarios en un entorno completamente estéril y reservado. A
continuación, la bola se elevó para colocarla sobre una torreta de unos treinta
metros. «Fat Man» se detonó exactamente a las 5.29. La bomba de plutonio
vaporizó la torreta y eliminó toda vida en un radio de 800 metros de desierto.
El estallido, equivalente al resultado de utilizar veinte kilotones de TNT, creó
un «calor de horno» que llegó a sentirse a quince kilómetros, y su intensa luz
era suficiente para causar ceguera temporal a esa distancia[26]. J. Robert
Oppenheimer, el científico que dirigía el Proyecto Manhattan, encargado del
desarrollo de la bomba atómica, fue testigo solemne de la explosión de la
prueba Trinity:
Entendimos que el mundo no volvería a ser el mismo. Hubo quienes rieron. Hubo quienes lloraron.
Casi todos guardaron silencio. Yo me acordé de la frase de las escrituras hindúes: «Me he convertido
en la Muerte, la destructora de mundos». Supongo que todos pensamos lo mismo, cada uno a su
manera[27].
El 18 de julio, Truman informó a Churchill de los resultados de la prueba
atómica. Antes de partir hacia Potsdam, Churchill había pedido a Truman
que le enviase un telegrama en cuanto recibiese noticias de «si era un crac o
era un bum». El telegrama decía: «Es un bum. Truman[28]». A petición de
Churchill, el presidente no se lo contó a Stalin hasta el 24 de julio. Incluso
entonces, Stalin no se mostró demasiado impresionado ni sorprendido por la
noticia. No cabe duda de que estaba al tanto de los progresos del Proyecto
Manhattan a través de espías como Klaus Fuchs, que proporcionaba a los
soviéticos información «de gran valor» y que más tarde quedaría al
descubierto en las transcripciones del proyecto Venona[29]. También es posible que Stalin estuviese informado, a través de los agentes soviéticos
introducidos en Whitehall, de la anterior cooperación anglo-estadounidense
en un proyecto nuclear, conocido como Tube Alloys. Sin embargo, puede que
no alcanzara a comprender las verdaderas consecuencias hasta varias
semanas después, cuando se arrojó la bomba sobre Hiroshima. Fue entonces
cuando Stalin y Beria se lanzaron a la carrera por el desarrollo de un
programa nuclear soviético.
La explosión de una bomba atómica era otro golpe demoledor para la
perspectiva de Stalin respecto de sus futuras relaciones con Occidente. Junto
con la muerte de Roosevelt, en abril de 1945, estos dos cambios sísmicos en el
paisaje internacional resucitaron los «antiguos fantasmas de inseguridad» de
Stalin. Ahora tenía que enfrentarse a un cambio material en el equilibro de
potencia militar, además de a multitud de nuevas figuras diplomáticas, como
las que conllevaba el inminente cambio de gobierno británico. Los colegas de
Stalin también sintieron esta inseguridad. Yuli Jaritón, uno de los primeros
diseñadores atómicos soviéticos, afirmaba que «el gobierno soviético
interpretó Hiroshima como un chantaje atómico contra la URSS, como la
amenaza del inicio de otra guerra más terrible y devastadora». Ahora los
soviéticos eran plenamente conscientes de que la fuerza aérea estadounidense
era capaz de lanzar una bomba atómica desde sus bases en Europa y Oriente
Próximo, en el mismo corazón del imperio de Stalin. La bomba también dejó
más que claro a Stalin que si Japón capitulaba pronto, podría perder la
oportunidad de promulgar el acuerdo de Yalta y conquistar el territorio
estratégico que rodeaba Manchuria y Japón, mejorando así su seguridad en
Oriente[30].
Las noticias del 16 de julio, según las cuales la bomba de plutonio había
funcionado, significaban que los estadounidenses tal vez no tendrían que
preocuparse de cómo convencer a los soviéticos para que entrasen en guerra
contra Japón. ¿Serían capaces de acabar con Japón sin ayuda? En aquel
momento, el ejército estadounidense no creía que las bombas atómicas
pudiesen garantizar la victoria por sí solas, sino que las consideraba un
poderoso añadido a los bombardeos mixtos necesarios para apoyar la
invasión terrestre de Japón planificada para el otoño de 1945. También se
estaba desarrollando una bomba de uranio mucho más sencilla, conocida
como «Little Boy», aunque esta no necesitaría una explosión de prueba. Aun
así, no se sabía apenas nada sobre el efecto de la radiación, y los mandos del
ejército se planteaban incluso el uso táctico de las bombas para debilitar las
defensas de las playas japonesas.
En teoría, el éxito de la prueba Trinity liberaba a Occidente de la
necesidad de hacer la corte a Stalin y debería haberles permitido ponerse
duros con él con respecto a Polonia y los otros estados ocupados de Europa del Este. Según el mariscal de campo Sir Alan Brooke, Churchill estaba
exultante con la nueva bomba:
Había aceptado todas las pequeñas exageraciones de los estadounidenses y se había dejado llevar
sin reservas. Ya no era necesario que los rusos entrasen en la guerra con Japón, el nuevo explosivo
era capaz de resolver el problema por sí solo. […] Es más, ahora disponíamos de algo que rectificaba
el equilibrio con los rusos [31].
Los líderes de Potsdam lanzaron un ultimátum a Japón para que se
rindiese, pero el primer ministro japonés lo rechazó de inmediato,
anunciando que sus fuerzas seguirían luchando. Mientras tanto, intentaba
obtener un acuerdo de paz secreto con los chinos que le permitiese liberar un
gran número de efectivos para la defensa de las islas principales. Los mandos
del ejército japonés estaban empecinados en continuar la guerra, pero unos
telegramas descifrados por los estadounidenses revelaban que algunos
políticos japoneses estaban buscando quien pudiera negociar un tratado de
paz con los Aliados. Se encontraban en minoría, por lo que los
estadounidenses continuaron acosando con bombardeos contra las islas
principales. Las incursiones de hasta 500 B-29 Superfortress y 1000 aviones
embarcados asolaban Tokio, Nagoya, Yokohama, Osaka y Kobe, amén de
numerosas refinerías de petróleo y puertos.
Pese a su euforia por la bomba, Churchill se encontraba físicamente y
mentalmente agotado. Y a medida que se deterioraba la salud del primer
ministro, Eden iba haciéndose cargo de las responsabilidades de la
delegación británica en Potsdam. «El primer ministro no es capaz de
ocuparse de su agenda», escribió Lord Moran. «Está demasiado cansado para
prepararla». Sin embargo, la nueva ventaja militar y política que suponía la
bomba para Occidente había infundido a Churchill un renovado vigor.
«Estaba totalmente entusiasmado —escribió el mariscal de campo Brooke— y
encantado con la idea de que la bomba pudiera corregir el equilibrio de poder
con Stalin. “Ahora podíamos decirle”, afirmaba un entusiasta Churchill, “que
si insistía en hacer esto o aquello, podíamos destruir Moscú, luego
Stalingrado, luego Kiev y luego Kúibyshev, Járkov o Sebastapol [sic]. ¿Dónde
están los rusos ahora?”[32]». Más tarde, Brooke admitió que Churchill tenía
razón al darse cuenta de que la bomba atómica había cambiado el equilibrio
de poder militar:
Sin duda, Winston comprendió mucho mejor que yo su valor en el futuro equilibro de poder
mundial. Pero lo que a mí me preocupaba era que, con su habitual entusiasmo por todas las
novedades, se estuviese dejando llevar por los primeros, y más bien exiguos, informes de la primera
explosión atómica. Ya se veía capaz de eliminar todos los centros industriales y de población rusos
sin tener en cuenta ninguno de los problemas concomitantes, como el lanzamiento de la bomba, su
producción, la posibilidad de que Rusia también poseyese bombas del mismo tipo, etc. Se había
creado de inmediato una fantástica imagen de sí mismo como poseedor único de estas bombas y
totalmente capaz de lanzarlas donde desease y, por lo tanto, con absoluto poder y capacidad para
dar órdenes a Stalin[33].
Evidentemente, la bomba atómica había reavivado las esperanzas de
Churchill para la Operación «Impensable», aunque, como razonaba Brooke,
quien tenía la bomba y controlaba su uso era Estados Unidos y no Gran
Bretaña[34]. Incluso en 1945, existían grandes problemas logísticos para lanzar
una bomba atómica. Una cosa era que un bombardero B-29 atravesase las
defensas japonesas, ya muy mermadas, y otra muy distinta que intentase
penetrar la telaraña de defensas antiaéreas que cubría la Unión Soviética por
doquier. El avión que transportase la bomba tendría que volar de noche,
esquivar el intenso fuego antiaéreo y los interceptores, y lanzarla desde gran
altitud utilizando el radar, para lo que sería necesario hacer preparativos.
Dado que en aquel punto Estados Unidos seguía empecinado en llevar una
línea política de conciliación con Stalin, no había demasiadas posibilidades de
atacar primero a la Unión Soviética. En cualquier caso, las existencias de
bombas atómicas todavía eran limitadísimas y hasta que se desarrollase el
lanzamiento mediante cohetes, quedaba el obstáculo de que las defensas
enemigas podían abatir a cualquier avión que transportase un artefacto.
Aunque Churchill había mencionado varias ciudades soviéticas que
constituían objetivos, los datos de que se disponía sobre dichos objetivos, en
especial los situados al este de Moscú, eran muy básicos y apenas existían
mapas precisos. Aunque se lograra identificar esos emplazamientos, las
fábricas de aviones, artillería y rodamientos de bolas contaban con poderosas
defensas. El bombardero atómico, el B-29, tenía un radio de unos 3000
kilómetros, por lo que si operaba desde bases en Estados Unidos solo podría
alcanzar un número limitado de objetivos soviéticos. La alternativa sería
operar desde bases aéreas adelantadas en Europa, como las de Anglia
oriental o Foggia, en Italia, pero ninguna de ellas disponía de los silos
necesarios para su carga ni de instalaciones para almacenar las bombas
atómicas[35]. En aquel momento nadie conocía el efecto de una detonación
atómica sobre una ciudad pero, dado que la mayoría de los centros de
población japoneses estaban compuestos de edificios de madera, se daba por
sentado que la devastación sería absoluta. Sin embargo, era de esperar que
una ciudad soviética construida con hormigón pudiese sobrevivir a la
demolición total.
Mientras Japón continuaba ajeno a su destino, Churchill conocería pronto
su futuro político. Ya había debatido el resultado de las elecciones generales
británicas con Stalin, y, por lo que respectaba al dictador soviético, Churchill
obtendría una mayoría de ochenta escaños. Stalin insistía en que el ejército
siempre votaría por un primer ministro fuerte[36]. El 25 de julio se suspendió la conferencia para que Churchill, Eden y Attlee volasen a Londres a fin de
conocer los resultados de las elecciones. Se suponía que debían volver a
Potsdam dos días más tarde, pero el resultado fue drástico. El país,
recordando las limitaciones anteriores a la guerra del Partido Conservador en
lugar del papel desempeñado por su líder durante el conflicto, otorgó al
Partido Laborista una victoria arrolladora. Churchill, haciendo uso de la
extraordinaria voluntad y fortaleza que lo caracterizaban, no se amilanó ante
la sorprendente derrota electoral. Todo su entorno estaba estupefacto, aunque
su familia, en especial su hija Mary, supuso un gran apoyo para él. Mary
recordaba un fin de semana que pasaron en Chequers, el refugio del primer
ministro, en el que, por primera vez, los miembros de la familia inscribieron
sus nombres en el libro de visitas. Era un tomo lleno de nombres que habían
dictado los designios de la guerra, pero entonces el primer ministro firmó con
una única palabra: «Finis[37]».
En Potsdam, Stalin estaba estupefacto por el resultado y no podía
comprender cómo Churchill no había sido capaz de «arreglarlo». Ello
preocupaba a Stalin porque ahora había perdido a sus dos iguales: primero
había muerto Roosevelt en abril; y ahora, en julio, Churchill había
desaparecido. Estas pérdidas significaban que el antiguo triunvirato se había
disuelto y la paranoia de Stalin iba en aumento al tener que tratar con unos
sustitutos a los que no había tenido tiempo de tantear[38]. El tema de Polonia
se trató el mismo día de la marcha del contingente británico. A Truman le
pareció que ya se habían repartido todas las cartas. «Rusia se sirvió una
tajada de Polonia —protestaba— y entregó a Polonia una buena porción de
Alemania, reservándose también una generosa franja de Prusia Oriental.
Polonia se había desplazado hasta el Óder y el Neisse occidental, haciéndose
con Szczecin y Silesia por la política de hechos consumados». El gobierno
polaco provisional, respaldado por los soviéticos, había actuado con rapidez
para adquirir estos territorios y comenzó a expulsar a los millones de
habitantes de origen alemán que vivían en ellos, pero se trataba de una nueva
frontera que ni Roosevelt ni Churchill habían aprobado oficialmente[39].
En Potsdam se presentaron dos caras nuevas: Clement Attlee, el primer
ministro laborista británico, y su secretario de Asuntos Exteriores, Ernest
Bevin. Esto produjo cierta consternación entre los soviéticos. Molotov
desconfiaba de los nuevos líderes británicos y no dejaba de preguntar a Attlee
por qué no conocía el resultado de las elecciones generales de antemano[40].
Los estilos de los nuevos líderes eran totalmente distintos de los de Churchill
y Eden. Attlee no poseía mucho carisma, pero sí un gran dominio técnico de
su agenda, mientras que Bevin era opuesto en todo a su cortés y aristocrático
predecesor, y además le encantaba hacerlo notar.
A la vuelta de su primer viaje a Estados Unidos les aguardaban los periodistas, ansiosos de recoger su experiencia. «¿Cuál ha sido su primera
impresión de Estados Unidos?», le gritaron. Bevin no se lo pensó ni un
segundo: «Los periódicos son demasiado grandes —respondió— y el papel
higiénico es demasiado pequeño[41]».
Aunque Bevin carecía de la sutileza de Eden, mantuvo una línea muy
similar en política exterior, sobre todo en lo referente a la continuidad de su
alianza con Estados Unidos. Era anticomunista y se había pasado gran parte
de su vida política luchando contra la influencia roja dentro del movimiento
sindicalista. Es más, Bevin llegó a Potsdam «perfectamente enterado de las
tensiones existentes y con una valoración inteligente del alcance de las
ambiciones soviéticas; mucho más inteligente, en aquel momento, que la de la
mayoría de los estadounidenses[42]». Sin embargo, pese al indudable talento
de Bevin, estaba en desacuerdo con muchos integrantes de su propio partido
que deseaban ver una «tercera fuerza» conformada por socialistas en Europa
que no se alinease ni con EE. UU. ni con la URSS. Bevin era, en esencia,
imperialista y opinaba que el mejor modo de defender el Imperio Británico
requería un elemento disuasorio militar y atómico, mientras que Attlee ponía
sus esperanzas de seguridad sobre todo en las nacientes Naciones Unidas. En
consecuencia, aunque Bevin y sus asesores inmediatos podrían haber estado
de acuerdo con las provisiones de la Operación «Impensable», habrían tenido
que plantar cara a Attlee y a un gran sector del Partido Laborista[43].
El 6 de agosto de 1945, un Boeing B-29 Superfortress especial, el Enola
Gay, partió en dirección a Hiroshima para lanzar la bomba de uranio
bautizada con el inocente nombre «Little Boy» («Niñito[44]»). La ciudad
objetivo era un importante puerto de embarque y centro industrial, y también
contaba con un gran almacén militar. La bomba tardó en caer cuarenta y tres
segundos, explosionó a 600 metros del suelo y destruyó el 70% de los
edificios de la ciudad. El recuento de muertes instantáneas oscila entre 70 000
y 90 000. La bomba atómica fue devastadora, pero Truman nunca sintió
remordimientos por haberla usado y no mostraba mucha paciencia con
quienes sí los sentían. Más tarde, J. Robert Oppenheimer, una de las figuras
clave del Proyecto Manhattan, manifestaría sus dudas sobre la moralidad del
uso de la bomba, pero Truman lo hacía de menos, considerándolo un
«llorica[45]». Tras la bomba de Hiroshima, los japoneses ofrecieron un tratado
a la Unión Soviética, pero la respuesta de Stalin fue declarar la guerra a Japón
e invadir Manchuria. Es cierto que este movimiento por parte de los
soviéticos se había acordado en Yalta, pero el momento en que se llevó a cabo
es un ejemplo del talento de Stalin para el oportunismo.
El 9 de agosto, Estados Unidos lanzó una segunda bomba, esta más
potente y de plutonio, sobre el puerto industrial de Nagasaki, y acabó con la
vida de más de 50 000 habitantes. Incluso entonces, la cúpula militar japonesa se negaba a rendirse, pero fue la intervención del emperador Hirohito, la
única que realizó durante la guerra, la que los forzó a capitular. Su dirección
permitió salvar la honra. Declaró que la guerra había terminado, pero sin
mencionar la palabra «derrota», y Japón se rindió oficialmente el 2 de
septiembre. No es de extrañar que esto supusiese un gran alivio para el
ejército estadounidense, pues solo les quedaba una bomba atómica hasta que
se produjesen más al mes siguiente. Por ello, la idea de Churchill de que
Occidente podía amenazar a la Unión Soviética con la aniquilación total en
1945 iba bastante desencaminada.
Stalin había logrado ventajas estratégicas importantes gracias a esta
guerra con Japón, y no tenía intención de ceder ante Occidente en sus
proyectos territoriales. Apenas una semana después de la rendición de Japón,
su ministro de Asuntos Exteriores, Molotov, estaba enzarzándose con sus
homólogos occidentales en una disputa por el reconocimiento de los
gobiernos títeres de la Unión Soviética en Europa. Parece que, al mismo
tiempo que las relaciones iban deteriorándose, Stalin había recibido
información inquietante sobre las intenciones británicas. Oleg Tsarev,
periodista y antiguo miembro de la KGB, ha afirmado que Stalin recibió la
primera información secreta de alto nivel sobre un plan estratégico británico
para la posguerra en septiembre de 1945. «La seguridad del Imperio
Británico», fechado el 29 de junio de 1945, era un memorándum preparado
por el Consejo de Planificación Posthostilidades británico que había acabado
sobre la mesa del despacho de Stalin[46]. No era tan detallado como el plan
Impensable, ni tampoco implicaba a Estados Unidos, pero sí era un
documento de acceso muy restringido en el que se desvelaba el pensamiento
estratégico británico. A manos de Stalin llegó una avalancha de documentos
semejantes a este, ya que hacia el final de la guerra había agentes soviéticos
operando en el sanctasanctórum de Whitehall, entre ellos algunos de tan alto
rango como Kim Philby, jefe de operaciones antisoviéticas (sección IX) del
Servicio de Inteligencia Secreto (SIS) y posible responsable de filtrar el
documento «Imperio Británico» al NKVD. Más tarde, uno de sus colegas
reveló que Philby se había «encargado de que todos las acciones de
contraespionaje a los comunistas durante la posguerra llegasen a oídos del
Kremlin. Hay pocos golpes maestros comparables en la historia del espionaje,
si es que hay alguno[47]».
Philby no era el único espía soviético con buenos contactos que
proporcionaba documentos secretos a Stalin. John Cairncross, que
anteriormente había trabajado en la operación ULTRA en Bletchley Park, era
otro oficial del SIS que resultó un traidor: el Día de la Victoria en Europa,
Cairncross trabajaba en la Sección I, que se dedicaba al espionaje político.
Anthony Blunt, que había trabajado para el MI5 durante la guerra, también prestó un gran servicio al espionaje soviético y, en palabras de una figura
destacada del Departamento de Espionaje Extranjero, «realizó un trabajo
enorme, titánico para nosotros[48]». También entrenó con éxito a Leo Long, un
subagente que servía en el espionaje militar durante la guerra y que luego
continuó trabajando como topo dentro de la Comisión Británica de Control
en Alemania, donde llegó a alcanzar el cargo de subdirector de Inteligencia.
El NKVD logró introducir otros dos topos en el Ministerio de Asuntos
Exteriores británico: Donald MacLean era el primer secretario de la embajada
británica en Washington, un cargo sensible que casi siempre servía de
fachada para altos mandos de espionaje. El otro era Guy Burgess, que en
junio de 1944 había abandonado la BBC para aceptar un cargo en el
departamento de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores. Según Vasili
Mitrokhin, exagente de la KGB, mientras duró la guerra Burgess proporcionó
a sus enlaces soviéticos copias de 389 documentos del MAE clasificados como
«alto secreto». Cada cierto tiempo se llevaba de su oficina una bolsa de viaje
llena de documentos comprometidos y se encontraba con su contacto
soviético en un parque. En una ocasión, la policía los interceptó a él y a su
enlace, pensando que la voluminosa maleta contenía objetos robados, pero
Burgess convenció enseguida a los agentes de que no llevaba consigo ningún
instrumento para forzar una puerta. Los policías se disculparon por las
molestias que pudieran haber causado a él y a su silencioso amigo[49].
Tras la elección del gobierno de Attlee, en julio de 1945, Burgess obtuvo
aún mayor acceso a documentos secretos gracias a su nombramiento como
asistente del subsecretario de Estado Parlamentario en el Ministerio de
Asuntos Exteriores, Hector McNeil. No se sabe si los detalles de la
restringidísima Operación «Impensable» llegaron alguna vez a manos de
Stalin, pero sí que recibió datos de informes previos confeccionados por los
planificadores británicos tras las hostilidades. Esta información la transmitió
Donald MacLean, a quien las transcripciones secretas soviéticas identificaban
como «Homer». Sus enlaces soviéticos también recibían con regularidad
copias completas de los telegramas que intercambiaban Churchill y Truman y
que, con frecuencia, contenían detalles de las tácticas británicas utilizadas en
la discusión sobre la composición del gobierno polaco. Por tanto, Stalin estaba
bien enterado de las diferencias entre Gran Bretaña y Estados Unidos al
respecto de Polonia, además de sus angustiados intercambios sobre el destino
de los dieciséis dirigentes clandestinos polacos[50].