Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 6 de 14

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Operación «Impensable»

3. Tres pescadores

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Tres pescadores

 

A primera hora de la tarde del 12 de abril de 1945, el presidente Franklin

Roosevelt estaba posando para un retrato. «Solo nos quedan quince

minutos», advirtió al artista. Acto seguido, se echó las manos a la cabeza y se

desplomó a causa de una súbita hemorragia cerebral masiva. Murió poco

después. El momento de la muerte del trigésimo segundo presidente de

Estados Unidos no podría haber sido más inoportuno. Con la defunción de

Roosevelt, Stalin perdía un «agente honrado», como le gustaba al difunto

presidente que lo considerasen, y a Churchill le quedaba la tarea de entablar

una nueva relación con un sucesor al que no conocía. Churchill se negó a

asistir al funeral de Roosevelt, quizá resentido porque el fallecido presidente

no le había apoyado contra Stalin hasta el final[1].

Pero la maquinaria del poder continuaba su curso implacable. Harry

Truman juró el cargo de presidente solo unas horas más tarde, más

sorprendido que nadie de encontrarse en la Casa Blanca. El jugador de

póquer de Misuri había sido un candidato de compromiso, y lo sabía bien,

pero estaba decidido a dejar huella. Aquella noche escribió en su diario:

 

No soy fácil de consternar, pero la noticia del fallecimiento del presidente y de que el peso del

gobierno había recaído sobre mis hombros me dejó totalmente conmocionado. […] Sabía que el

presidente se reunía con Churchill y Stalin con mucha frecuencia. No estaba familiarizado en

absoluto con todo aquello y la verdad es que me daba mucho qué pensar, pero decidí que lo mejor

que podía hacer era volver a casa y descansar todo lo posible y apechugar con lo que viniese[2].

Aunque había pasado muchos años instalado en los márgenes del poder,

Truman parecía seguir una línea de acción más dura que la de su predecesor

con respecto a Stalin. Metiendo a Stalin y Hitler en el mismo saco, había

afirmado que «ninguno de los dos» daba «el menor valor a sus promesas[3]».

Por su parte, a Stalin le alarmaba que Roosevelt hubiese salido de escena,

pues siempre había creído que al difunto presidente le faltaban agallas para

luchar contra la Unión Soviética y que, mientras viviese, Estados Unidos

constituiría una especie de garante contra una mala pasada de los Aliados. De

haber estado vivo Roosevelt, es posible que Stalin hubiera aceptado que los

Aliados participasen en la batalla por Berlín, pero, tal y como estaban las

cosas, Stalin fijó la fecha del inicio de su asalto a la ciudad el 16 de abril de

1945[4].

Todos los Aliados esperaban con impaciencia la caída de Berlín, pero

incluso a finales de abril, la resistencia alemana en el Oeste todavía era

suficiente para impedir que las fuerzas británicas o estadounidenses

despejasen la zona. Aún era necesario tomar el noroeste de Holanda, el

cinturón costero septentrional de Alemania, las islas Frisias y la isla de

Heligoland. También quedaba resistencia en Dinamarca y Noruega, y el sur

de Alemania, algunas zonas de Austria y los flancos de Checoslovaquia aún

eran hostiles. Quedaban incluso bolsas de combatientes alemanes en la costa

francesa, y las islas del canal de la Mancha esperaban aún la liberación[5].

No cabía duda de que estos países pronto estarían libres de la ocupación

nazi, pero Churchill sabía que, en algunos casos, Stalin estaba dispuesto y

esperando para llenar el vacío de poder. En Austria sin duda era así. Y si

Stalin conseguía su propósito, ¿no allanaría eso el terreno para que la Unión

Soviética se adentrase todavía más en Occidente? El Ejército Rojo ya había

arrasado gran parte de Austria desde el Este. Habían llegado a los

alrededores de Viena el 7 de abril y al cabo de una semana de violentas

luchas callejeras se habían hecho con el control total de la ciudad, además del

de la mitad oriental del país. Cualquier posible idea de que los soviéticos

llegaban como liberadores se desvaneció rápidamente, pues las tropas

invasoras, compuestas en gran parte por ucranianos o primitivos jóvenes

granjeros mongoles, se entregaron al saqueo y la violación. A los soldados

austríacos que habían luchado voluntariamente en las divisiones alemanas

del Frente Oriental se les reservó un tratamiento especial y se ajustaron

cuentas con la mayor de las brutalidades. Las violaciones eran sistemáticas y

se calcula que hasta 100 000 mujeres y jóvenes austríacas las sufrieron a

manos de las tropas soviéticas de «liberación» del 1.º Frente Ucraniano de

Kónev[6].

Las fuerzas estadounidenses y británicas habían penetrado en la zona

occidental del país y se había acordado que las cuatro potencias establecerían una ocupación similar a la de Alemania y que Viena, bajo dominio soviético,

tendría zonas soviética, estadounidense, británica y francesa. Sin embargo,

Stalin, como era habitual, había preparado el terreno con mucho adelanto y se

apresuró a instaurar un gobierno provisional en Austria. Allí gozaba de

absoluta libertad de movimientos, pues, al contrario que en Francia o Italia,

en Austria no existía un movimiento de resistencia maduro que pudiera

formar el núcleo de un gobierno. Aunque este «lienzo en blanco» era ideal

para Stalin, no tuvo más remedio que reclutar a los miembros de dicho

gobierno provisional entre los inexpertos integrantes del partido

comunista[7]. El 29 de abril, los componentes del gabinete juraron sus cargos

y el socialista Karl Renner se hizo con la cancillería. Debía parecer un

gobierno democrático provisional, y es cierto que incluía a algunos

moderados, pero la falange de oficiales soviéticos que rodeaba la ceremonia

era un presagio funesto. Ese acto tan precipitado causó la indignación de

Churchill pero, igual que en Polonia, Stalin estaba en posesión militar de

grandes zonas del país, entre ellas la capital.

También surgieron fricciones sobre el número de aeródromos austríacos

asignados a las potencias occidentales, pues Stalin se había negado a permitir

la entrada de las fuerzas estadounidenses o británicas en la Austria ocupada

por la Unión Soviética. Una vez más, Stalin se cerró en banda ante la

indignación de los Aliados occidentales y no parecía sentirse amenazado por

el hecho de que controlasen grandes partes de Austria occidental, ni siquiera

porque su formidable presencia militar constase de tres divisiones británicas

y tres estadounidenses. Stalin llevó esta estrategia hasta el límite e incluso se

negó a permitir que los representantes de los Aliados accediesen a Viena para

ayudar a establecer las zonas de ocupación[8]. Ocurría lo mismo en toda la

Europa ocupada por los soviéticos y la frustración de los comandantes

militares aliados iba en aumento. Los intentos del comandante militar

británico, el mariscal de campo «Jumbo» Wilson, por obtener acceso a la base

de submarinos alemana tomada en Gdansk se vieron frustrados:

 

Me sugirió [el general Deane] que para introducir a los nuestros en Gdynia [Gdansk] podríamos

aducir que retendríamos el próximo convoy ruso si no nos lo permitían. Nuestros convoyes tenían

que abrirse paso cruzando la amenaza submarina y, si no se nos daba la oportunidad de explorar la

fuente de dicha amenaza, no teníamos motivos para aceptar los riesgos que conllevaban los

convoyes[9].

 

En efecto, la táctica de Stalin para instalar un gobierno títere en Austria

era la misma que en Polonia: engañar a los Aliados occidentales sobre el tema

de los miembros del gobierno y, luego, bajo presión, aceptar algunos nombres

de moderados inefectivos para aplacar a Occidente y otorgar al gobierno

algunas credenciales democráticas. Cualquier protesta de Occidente podría acallarse derivando el asunto a la futura conferencia de Potsdam. Y, para

entonces, Stalin habría puesto ya los cimientos de la dominación soviética[10].

No es de extrañar que Churchill se encontrase agotado física y

mentalmente. Después de haber pasado cinco años dirigiendo la campaña

bélica de Gran Bretaña, ahora existía el peligro de que ese inmenso logro

quedase ensombrecido, justo al final, por la instauración de una nueva

dictadura en Europa. Desde Yalta había estado considerando todas las

posibles maneras de arañar parte del territorio perdido ante Stalin, pero hacia

mediados de abril, su desesperación y su sentimiento de culpa por Polonia

habían alcanzado nuevas cotas. Fue entonces cuando se dirigió al Comité de

Jefes del Estado Mayor y ordenó que preparase un plan para meter en cintura

a Stalin mediante el uso de la fuerza militar.

Los jefes del Estado Mayor eran el canal perfecto para la orden de alto

secreto de Churchill, pues su comité respondía directamente ante el primer

ministro por su doble papel de ministro de Defensa. Churchill podía estar

seguro de un informe experto y confidencial de un comité que había

demostrado ser uno de los mejores instrumentos desarrollados por la

maquinaria de guerra británica, aunque no siempre había funcionado como

la seda[11]. Formado en 1923, su papel inicial era actuar como subcomité del

Comité de Defensa Imperial, sin embargo, muchos políticos creían desde el

principio que otorgaba demasiado poder a los servicios armados. Aunque los

primeros jefes del Estado Mayor se mostraron reacios a aceptar la

responsabilidad colectiva, el triunvirato de la guerra, con el mariscal de

campo Sir Alan Brooke como presidente, resultó un equipo de una

efectividad formidable[12].

El comité también estaba formado por el Primer Lord del Mar (el

almirante Sir Andrew Cunningham) y el jefe del Estado Mayor del Aire (el

mariscal de campo Sir Charles Portal), con el general Sir Hastings Ismay en

las funciones de secretario. A Ismay, que también era jefe del Estado Mayor

de Churchill, se lo conocía universalmente con el sobrenombre de «Pug», y

era un hombre grande y fornido, dueño de una colección de anécdotas que,

según su adjunto, no era capaz de relatar sin estallar en carcajadas antes de

llegar al chiste final[13]. Dejando el humor a un lado, los jefes del Estado

Mayor llevaban tiempo trabajando en equipo e incluso compartían la pasión

por la pesca fuera del horario laboral. Es notoria la anécdota de la conferencia

de Quebec, en 1944, en la que se dieron el capricho de practicar su afición.

Pero no todo era armonía en la cumbre. Brooke, como jefe del Estado Mayor

General del Imperio, no solo era responsable de dirigir a Gran Bretaña en la

guerra, sino también del enlace con los jefes del Estado Mayor de EE. UU. a

través del Comité de Jefes del Estado Mayor conjunto[14]. En palabras de

Ismay, ese papel no fue satisfactorio de entrada:

Al principio, a los estadounidenses no les gustaba Brooke por su enfoque directo y positivo de los

problemas comunes y por su desdén hacia los militares «teóricos», que no lograba ocultar. Hablaba

rápido y con brusquedad, como una ametralladora, y no le entendían. Con el tiempo acabaron por

confiar plenamente en él y por reconocer el «absoluto maestro» de su profesión que es. […] Era

sincero hasta llegar a la brutalidad. No se guardaba nada, no se andaba con sutilezas, ni con

engaños. A veces llegaba a ser muy testarudo. Era un cascarrabias sin paciencia, con mal pronto…

todo un celta; pero en el fondo tenía un gran corazón y, por lo tanto, sufría enormes remordimientos

a causa de sus palabras precipitadas [15].

 

Portal también era de la opinión de que Brooke «intimidaba» a los jefes

del Estado Mayor de EE. UU., y los comandantes militares estadounidenses

de más alto rango, como el general Marshall, no llegaron a trabar una

relación de amistad con él hasta el final de la guerra. Esto fue una suerte,

porque Brooke se veía obligado a pasar largos períodos con los jefes

estadounidenses (se calcula que mientras ocupó el cargo de jefe del Estado

Mayor General del Imperio pasó dos años y medio fuera de Londres[16]).

De Brooke también podía esperarse que opinara sin ambages sobre las

sugerencias de Churchill, y un plan para el uso de la fuerza militar contra una

Unión Soviética renaciente no se habría librado de un exhaustivo escrutinio

por su parte.

Churchill deseaba que sus jefes le proporcionasen un plan de

contingencia. Les repetía su profunda preocupación por que la Unión

Soviética hubiera renegado del acuerdo de Yalta y Stalin hubiera cerrado un

puño de hierro alrededor de Polonia, un país con el que Gran Bretaña había

contraído la responsabilidad de conferirle alguna clase de democracia. La

tensión se había incrementado cuando, el 11 de abril, el gobierno británico

recibió la noticia de que, supuestamente, Andrzej Witos, un «moderado» y

antiguo miembro del comité de Lublin, había sido arrestado por la policía

secreta en su propia casa de Cracovia. La noticia de que el grupo de

dirigentes clandestinos polacos que se había reunido con miembros del

Ejército Rojo se encontraba desaparecido desde entonces volvió a poner las

espadas en alto[17]. Es más, parecía más que probable que Stalin intentase

ampliar su territorio e influencia en Europa del Este. Las órdenes iniciales de

Churchill a sus jefes del Estado Mayor eran evaluar la «capacidad potencial

de Gran Bretaña para ejercer presión sobre Rusia mediante la amenaza o el

uso de la fuerza». Debían calcular las posibilidades de éxito de un ataque

preventivo dirigido por fuerzas británicas y estadounidenses contra la Unión

Soviética dos meses después de la rendición de Alemania. El objeto de dicho

ataque sería imponer a Stalin «la voluntad» de estos dos antiguos aliados

recuperando, en primer lugar, el territorio polaco y luego penetrando en la

Unión Soviética. Si el Ejército Rojo era derrotado, serían las potencias

occidentales las que dictasen el mapa de la Europa de posguerra[18].

El asunto era muy sensible y alto secreto. El plan solo lo conocerían los jefes del Estado Mayor y sus subordinados inmediatos. Ellos se encargarían

de reunir una serie de supuestos y de parámetros, mientras que los detalles y

la investigación para el plan quedarían en manos del Comité de Planificación

Conjunta, un reducido grupo de oficiales superiores que ya desempeñaban

de manera independiente la función de directores de Planes para los tres

servicios. Las órdenes normales del Comité de Planificación Conjunta

consistían en elaborar planes y contingencias que contemplasen cualquier

eventualidad, por muy improbable que fuera. Los jefes del Estado Mayor

estarían incumpliendo su deber si no dispusiesen de respuestas para toda

clase de supuestos, sin importar lo inverosímiles que pudieran parecer,

aunque a veces el tiempo que se les otorgaba para presentar esos planes

podía ser cortísimo. El director de Espionaje, el teniente general Francis

Davidson, recordaba que en una ocasión se le pidió que reaccionase al avance

alemán hacia el Mediterráneo:

 

¡El director de Planes me llamó a las 12.45 y me informó de que tenía que reunirme con el jefe del

Estado Mayor a las 17.30 de aquel mismo día y presentarle una apreciación de las rutas y los

tiempos, además de los planes alemanes hasta llegar a Atenas y Salónica! […] Los jefes del Estado

Mayor me habían «pasado la pelota» de preparar una respuesta en unas cinco horas [19].

 

Afortunadamente, la mayoría de los planificadores tenían el lujo de

disponer de algo más de tiempo que Davidson, pero la petición era

asombrosa; en la primavera de 1945, el Comité de Planificación Conjunta

estaba desbordado con solicitudes de informes sobre posibles operaciones

militares en Birmania y Borneo, además de planes para la Europa de

posguerra. Las oficinas del Comité de Planificación Conjunta vomitaban

informes sobre la entrada en la guerra de Turquía y Egipto, análisis del

personal, del envío de cargamentos, de la producción de aviones, e

interminables informes sobre los planes de asalto a las islas principales de

Japón. Uno de esos informes, con fecha del 12 de abril, pretendía determinar

qué día terminaría la guerra, y por aquel entonces se hablaba mucho de que

en Baviera resistiría un reducto nazi, y también se esperaba que la resistencia

alemana en Noruega fuese tenaz. Resulta interesante que los planificadores

creyesen que no se alcanzaría una rendición viable alemana hasta finales de

junio, por lo que cualquier plan de una ofensiva contra los soviéticos solo se

podría llevar a cabo a partir de esa fecha. Por supuesto, esta profusión de

planes no implicaba que tales aventuras militares llegasen a formar parte de

la política del gobierno[20].

Es sorprendente que, pese a que el Comité de Planificación Conjunta tenía

que preparar planes para acontecimientos de impacto mundial, estuviese

compuesto por oficiales subalternos, aunque todos ellos eran hombres con

buenos pedigríes en el campo de la planificación. El teniente coronel George Mallaby era el secretario del Comité de Planificación Conjunta, que estaba

integrado por el capitán Guy Grantham (director de Planes del

Almirantazgo), el brigadier Geoffrey Thompson (director de Planes del

Ministerio de Guerra) y el comodoro del aire Walter Lloyd Dawson (director

de Planes del Estado Mayor del Aire). Todos ellos tenían que confeccionar un

plan que presentase supuestos incuestionables y respaldarlo con apéndices

detallados, y mapas de los despliegues y de las líneas de ataque[21]. El Comité

de Planificación Conjunta consultaba con asesores de los departamentos de

servicio del gobierno, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Ministerio

del Interior y los departamentos de Transportes y Suministros para trazar la

mayoría de los planes, pero en el caso de este plan de alto secreto no se contó

con el consejo de ninguno de estos asesores[22].

Según Sir Ian Jacob, subsecretario militar del Gabinete de Guerra,

Churchill no disponía de mucho tiempo para el Comité de Planificación

Conjunta y nunca había valorado demasiado su trabajo. Jacob recordaba que,

en una ocasión, Churchill había descrito a los planificadores como «la

maquinaria de la negación», aunque probablemente fuese porque sus

órdenes eran analizar todos los problemas y el primer ministro lo percibía

como un «obstáculo[23]». Los integrantes del comité eran personas muy

competentes, aunque es verdad que la planificación estratégica de posguerra

no se encontraba entre los puntos fuertes de Gran Bretaña, debido a los

trastornos que ocasionaban las rivalidades entre departamentos.

Los planes de guerra encargados por los jefes del Estado Mayor, en

concreto, eran siempre desarrollados por el Comité de Planificación Conjunta

designado por ellos mismos, pero existían otros departamentos y comités

encargados de la elaboración de planes de contingencia. Por ejemplo, en 1942

se estableció por primera vez un Subcomité Militar para diseñar planes de

contingencia militar. Este organismo se transformó en 1944 en el Comité de

Planificación Posthostilidades, que ligaba los planes militares a las «funciones

básicas» del Ministerio de Asuntos Exteriores[24]. Sin embargo, siempre

existieron fricciones entre el MAE y el ejército por sus puntos de vista

enfrentados sobre el futuro papel de la Unión Soviética. El MAE abogaba

firmemente por una línea de actuación amistosa con los soviéticos, y su

subsecretario adjunto de Estado, Sir Orme Sargent, advertía que «el hecho de

que llegara a oídos del Kremlin que Gran Bretaña estaba considerando entrar

en guerra contra la URSS era la manera más segura de hacerla estallar[25]».

Algunos elementos internos de las Fuerzas Armadas adoptaban una línea

más firme contra la Unión Soviética, pero se podía confiar en la objetividad

de los planificadores conjuntos a la hora de ejecutar sus órdenes. A finales de

abril y principios de mayo estuvieron trabajando en uno de los proyectos más

cruciales de sus carreras. Un plan que habría culminado en una tercera guerra mundial les tenía reservadas muchas sorpresas.