Operación «Impensable»
3. Tres pescadores
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Tres pescadores
A primera hora de la tarde del 12 de abril de 1945, el presidente Franklin
Roosevelt estaba posando para un retrato. «Solo nos quedan quince
minutos», advirtió al artista. Acto seguido, se echó las manos a la cabeza y se
desplomó a causa de una súbita hemorragia cerebral masiva. Murió poco
después. El momento de la muerte del trigésimo segundo presidente de
Estados Unidos no podría haber sido más inoportuno. Con la defunción de
Roosevelt, Stalin perdía un «agente honrado», como le gustaba al difunto
presidente que lo considerasen, y a Churchill le quedaba la tarea de entablar
una nueva relación con un sucesor al que no conocía. Churchill se negó a
asistir al funeral de Roosevelt, quizá resentido porque el fallecido presidente
no le había apoyado contra Stalin hasta el final[1].
Pero la maquinaria del poder continuaba su curso implacable. Harry
Truman juró el cargo de presidente solo unas horas más tarde, más
sorprendido que nadie de encontrarse en la Casa Blanca. El jugador de
póquer de Misuri había sido un candidato de compromiso, y lo sabía bien,
pero estaba decidido a dejar huella. Aquella noche escribió en su diario:
No soy fácil de consternar, pero la noticia del fallecimiento del presidente y de que el peso del
gobierno había recaído sobre mis hombros me dejó totalmente conmocionado. […] Sabía que el
presidente se reunía con Churchill y Stalin con mucha frecuencia. No estaba familiarizado en
absoluto con todo aquello y la verdad es que me daba mucho qué pensar, pero decidí que lo mejor
que podía hacer era volver a casa y descansar todo lo posible y apechugar con lo que viniese[2].
Aunque había pasado muchos años instalado en los márgenes del poder,
Truman parecía seguir una línea de acción más dura que la de su predecesor
con respecto a Stalin. Metiendo a Stalin y Hitler en el mismo saco, había
afirmado que «ninguno de los dos» daba «el menor valor a sus promesas[3]».
Por su parte, a Stalin le alarmaba que Roosevelt hubiese salido de escena,
pues siempre había creído que al difunto presidente le faltaban agallas para
luchar contra la Unión Soviética y que, mientras viviese, Estados Unidos
constituiría una especie de garante contra una mala pasada de los Aliados. De
haber estado vivo Roosevelt, es posible que Stalin hubiera aceptado que los
Aliados participasen en la batalla por Berlín, pero, tal y como estaban las
cosas, Stalin fijó la fecha del inicio de su asalto a la ciudad el 16 de abril de
1945[4].
Todos los Aliados esperaban con impaciencia la caída de Berlín, pero
incluso a finales de abril, la resistencia alemana en el Oeste todavía era
suficiente para impedir que las fuerzas británicas o estadounidenses
despejasen la zona. Aún era necesario tomar el noroeste de Holanda, el
cinturón costero septentrional de Alemania, las islas Frisias y la isla de
Heligoland. También quedaba resistencia en Dinamarca y Noruega, y el sur
de Alemania, algunas zonas de Austria y los flancos de Checoslovaquia aún
eran hostiles. Quedaban incluso bolsas de combatientes alemanes en la costa
francesa, y las islas del canal de la Mancha esperaban aún la liberación[5].
No cabía duda de que estos países pronto estarían libres de la ocupación
nazi, pero Churchill sabía que, en algunos casos, Stalin estaba dispuesto y
esperando para llenar el vacío de poder. En Austria sin duda era así. Y si
Stalin conseguía su propósito, ¿no allanaría eso el terreno para que la Unión
Soviética se adentrase todavía más en Occidente? El Ejército Rojo ya había
arrasado gran parte de Austria desde el Este. Habían llegado a los
alrededores de Viena el 7 de abril y al cabo de una semana de violentas
luchas callejeras se habían hecho con el control total de la ciudad, además del
de la mitad oriental del país. Cualquier posible idea de que los soviéticos
llegaban como liberadores se desvaneció rápidamente, pues las tropas
invasoras, compuestas en gran parte por ucranianos o primitivos jóvenes
granjeros mongoles, se entregaron al saqueo y la violación. A los soldados
austríacos que habían luchado voluntariamente en las divisiones alemanas
del Frente Oriental se les reservó un tratamiento especial y se ajustaron
cuentas con la mayor de las brutalidades. Las violaciones eran sistemáticas y
se calcula que hasta 100 000 mujeres y jóvenes austríacas las sufrieron a
manos de las tropas soviéticas de «liberación» del 1.º Frente Ucraniano de
Kónev[6].
Las fuerzas estadounidenses y británicas habían penetrado en la zona
occidental del país y se había acordado que las cuatro potencias establecerían una ocupación similar a la de Alemania y que Viena, bajo dominio soviético,
tendría zonas soviética, estadounidense, británica y francesa. Sin embargo,
Stalin, como era habitual, había preparado el terreno con mucho adelanto y se
apresuró a instaurar un gobierno provisional en Austria. Allí gozaba de
absoluta libertad de movimientos, pues, al contrario que en Francia o Italia,
en Austria no existía un movimiento de resistencia maduro que pudiera
formar el núcleo de un gobierno. Aunque este «lienzo en blanco» era ideal
para Stalin, no tuvo más remedio que reclutar a los miembros de dicho
gobierno provisional entre los inexpertos integrantes del partido
comunista[7]. El 29 de abril, los componentes del gabinete juraron sus cargos
y el socialista Karl Renner se hizo con la cancillería. Debía parecer un
gobierno democrático provisional, y es cierto que incluía a algunos
moderados, pero la falange de oficiales soviéticos que rodeaba la ceremonia
era un presagio funesto. Ese acto tan precipitado causó la indignación de
Churchill pero, igual que en Polonia, Stalin estaba en posesión militar de
grandes zonas del país, entre ellas la capital.
También surgieron fricciones sobre el número de aeródromos austríacos
asignados a las potencias occidentales, pues Stalin se había negado a permitir
la entrada de las fuerzas estadounidenses o británicas en la Austria ocupada
por la Unión Soviética. Una vez más, Stalin se cerró en banda ante la
indignación de los Aliados occidentales y no parecía sentirse amenazado por
el hecho de que controlasen grandes partes de Austria occidental, ni siquiera
porque su formidable presencia militar constase de tres divisiones británicas
y tres estadounidenses. Stalin llevó esta estrategia hasta el límite e incluso se
negó a permitir que los representantes de los Aliados accediesen a Viena para
ayudar a establecer las zonas de ocupación[8]. Ocurría lo mismo en toda la
Europa ocupada por los soviéticos y la frustración de los comandantes
militares aliados iba en aumento. Los intentos del comandante militar
británico, el mariscal de campo «Jumbo» Wilson, por obtener acceso a la base
de submarinos alemana tomada en Gdansk se vieron frustrados:
Me sugirió [el general Deane] que para introducir a los nuestros en Gdynia [Gdansk] podríamos
aducir que retendríamos el próximo convoy ruso si no nos lo permitían. Nuestros convoyes tenían
que abrirse paso cruzando la amenaza submarina y, si no se nos daba la oportunidad de explorar la
fuente de dicha amenaza, no teníamos motivos para aceptar los riesgos que conllevaban los
convoyes[9].
En efecto, la táctica de Stalin para instalar un gobierno títere en Austria
era la misma que en Polonia: engañar a los Aliados occidentales sobre el tema
de los miembros del gobierno y, luego, bajo presión, aceptar algunos nombres
de moderados inefectivos para aplacar a Occidente y otorgar al gobierno
algunas credenciales democráticas. Cualquier protesta de Occidente podría acallarse derivando el asunto a la futura conferencia de Potsdam. Y, para
entonces, Stalin habría puesto ya los cimientos de la dominación soviética[10].
No es de extrañar que Churchill se encontrase agotado física y
mentalmente. Después de haber pasado cinco años dirigiendo la campaña
bélica de Gran Bretaña, ahora existía el peligro de que ese inmenso logro
quedase ensombrecido, justo al final, por la instauración de una nueva
dictadura en Europa. Desde Yalta había estado considerando todas las
posibles maneras de arañar parte del territorio perdido ante Stalin, pero hacia
mediados de abril, su desesperación y su sentimiento de culpa por Polonia
habían alcanzado nuevas cotas. Fue entonces cuando se dirigió al Comité de
Jefes del Estado Mayor y ordenó que preparase un plan para meter en cintura
a Stalin mediante el uso de la fuerza militar.
Los jefes del Estado Mayor eran el canal perfecto para la orden de alto
secreto de Churchill, pues su comité respondía directamente ante el primer
ministro por su doble papel de ministro de Defensa. Churchill podía estar
seguro de un informe experto y confidencial de un comité que había
demostrado ser uno de los mejores instrumentos desarrollados por la
maquinaria de guerra británica, aunque no siempre había funcionado como
la seda[11]. Formado en 1923, su papel inicial era actuar como subcomité del
Comité de Defensa Imperial, sin embargo, muchos políticos creían desde el
principio que otorgaba demasiado poder a los servicios armados. Aunque los
primeros jefes del Estado Mayor se mostraron reacios a aceptar la
responsabilidad colectiva, el triunvirato de la guerra, con el mariscal de
campo Sir Alan Brooke como presidente, resultó un equipo de una
efectividad formidable[12].
El comité también estaba formado por el Primer Lord del Mar (el
almirante Sir Andrew Cunningham) y el jefe del Estado Mayor del Aire (el
mariscal de campo Sir Charles Portal), con el general Sir Hastings Ismay en
las funciones de secretario. A Ismay, que también era jefe del Estado Mayor
de Churchill, se lo conocía universalmente con el sobrenombre de «Pug», y
era un hombre grande y fornido, dueño de una colección de anécdotas que,
según su adjunto, no era capaz de relatar sin estallar en carcajadas antes de
llegar al chiste final[13]. Dejando el humor a un lado, los jefes del Estado
Mayor llevaban tiempo trabajando en equipo e incluso compartían la pasión
por la pesca fuera del horario laboral. Es notoria la anécdota de la conferencia
de Quebec, en 1944, en la que se dieron el capricho de practicar su afición.
Pero no todo era armonía en la cumbre. Brooke, como jefe del Estado Mayor
General del Imperio, no solo era responsable de dirigir a Gran Bretaña en la
guerra, sino también del enlace con los jefes del Estado Mayor de EE. UU. a
través del Comité de Jefes del Estado Mayor conjunto[14]. En palabras de
Ismay, ese papel no fue satisfactorio de entrada:
Al principio, a los estadounidenses no les gustaba Brooke por su enfoque directo y positivo de los
problemas comunes y por su desdén hacia los militares «teóricos», que no lograba ocultar. Hablaba
rápido y con brusquedad, como una ametralladora, y no le entendían. Con el tiempo acabaron por
confiar plenamente en él y por reconocer el «absoluto maestro» de su profesión que es. […] Era
sincero hasta llegar a la brutalidad. No se guardaba nada, no se andaba con sutilezas, ni con
engaños. A veces llegaba a ser muy testarudo. Era un cascarrabias sin paciencia, con mal pronto…
todo un celta; pero en el fondo tenía un gran corazón y, por lo tanto, sufría enormes remordimientos
a causa de sus palabras precipitadas [15].
Portal también era de la opinión de que Brooke «intimidaba» a los jefes
del Estado Mayor de EE. UU., y los comandantes militares estadounidenses
de más alto rango, como el general Marshall, no llegaron a trabar una
relación de amistad con él hasta el final de la guerra. Esto fue una suerte,
porque Brooke se veía obligado a pasar largos períodos con los jefes
estadounidenses (se calcula que mientras ocupó el cargo de jefe del Estado
Mayor General del Imperio pasó dos años y medio fuera de Londres[16]).
De Brooke también podía esperarse que opinara sin ambages sobre las
sugerencias de Churchill, y un plan para el uso de la fuerza militar contra una
Unión Soviética renaciente no se habría librado de un exhaustivo escrutinio
por su parte.
Churchill deseaba que sus jefes le proporcionasen un plan de
contingencia. Les repetía su profunda preocupación por que la Unión
Soviética hubiera renegado del acuerdo de Yalta y Stalin hubiera cerrado un
puño de hierro alrededor de Polonia, un país con el que Gran Bretaña había
contraído la responsabilidad de conferirle alguna clase de democracia. La
tensión se había incrementado cuando, el 11 de abril, el gobierno británico
recibió la noticia de que, supuestamente, Andrzej Witos, un «moderado» y
antiguo miembro del comité de Lublin, había sido arrestado por la policía
secreta en su propia casa de Cracovia. La noticia de que el grupo de
dirigentes clandestinos polacos que se había reunido con miembros del
Ejército Rojo se encontraba desaparecido desde entonces volvió a poner las
espadas en alto[17]. Es más, parecía más que probable que Stalin intentase
ampliar su territorio e influencia en Europa del Este. Las órdenes iniciales de
Churchill a sus jefes del Estado Mayor eran evaluar la «capacidad potencial
de Gran Bretaña para ejercer presión sobre Rusia mediante la amenaza o el
uso de la fuerza». Debían calcular las posibilidades de éxito de un ataque
preventivo dirigido por fuerzas británicas y estadounidenses contra la Unión
Soviética dos meses después de la rendición de Alemania. El objeto de dicho
ataque sería imponer a Stalin «la voluntad» de estos dos antiguos aliados
recuperando, en primer lugar, el territorio polaco y luego penetrando en la
Unión Soviética. Si el Ejército Rojo era derrotado, serían las potencias
occidentales las que dictasen el mapa de la Europa de posguerra[18].
El asunto era muy sensible y alto secreto. El plan solo lo conocerían los jefes del Estado Mayor y sus subordinados inmediatos. Ellos se encargarían
de reunir una serie de supuestos y de parámetros, mientras que los detalles y
la investigación para el plan quedarían en manos del Comité de Planificación
Conjunta, un reducido grupo de oficiales superiores que ya desempeñaban
de manera independiente la función de directores de Planes para los tres
servicios. Las órdenes normales del Comité de Planificación Conjunta
consistían en elaborar planes y contingencias que contemplasen cualquier
eventualidad, por muy improbable que fuera. Los jefes del Estado Mayor
estarían incumpliendo su deber si no dispusiesen de respuestas para toda
clase de supuestos, sin importar lo inverosímiles que pudieran parecer,
aunque a veces el tiempo que se les otorgaba para presentar esos planes
podía ser cortísimo. El director de Espionaje, el teniente general Francis
Davidson, recordaba que en una ocasión se le pidió que reaccionase al avance
alemán hacia el Mediterráneo:
¡El director de Planes me llamó a las 12.45 y me informó de que tenía que reunirme con el jefe del
Estado Mayor a las 17.30 de aquel mismo día y presentarle una apreciación de las rutas y los
tiempos, además de los planes alemanes hasta llegar a Atenas y Salónica! […] Los jefes del Estado
Mayor me habían «pasado la pelota» de preparar una respuesta en unas cinco horas [19].
Afortunadamente, la mayoría de los planificadores tenían el lujo de
disponer de algo más de tiempo que Davidson, pero la petición era
asombrosa; en la primavera de 1945, el Comité de Planificación Conjunta
estaba desbordado con solicitudes de informes sobre posibles operaciones
militares en Birmania y Borneo, además de planes para la Europa de
posguerra. Las oficinas del Comité de Planificación Conjunta vomitaban
informes sobre la entrada en la guerra de Turquía y Egipto, análisis del
personal, del envío de cargamentos, de la producción de aviones, e
interminables informes sobre los planes de asalto a las islas principales de
Japón. Uno de esos informes, con fecha del 12 de abril, pretendía determinar
qué día terminaría la guerra, y por aquel entonces se hablaba mucho de que
en Baviera resistiría un reducto nazi, y también se esperaba que la resistencia
alemana en Noruega fuese tenaz. Resulta interesante que los planificadores
creyesen que no se alcanzaría una rendición viable alemana hasta finales de
junio, por lo que cualquier plan de una ofensiva contra los soviéticos solo se
podría llevar a cabo a partir de esa fecha. Por supuesto, esta profusión de
planes no implicaba que tales aventuras militares llegasen a formar parte de
la política del gobierno[20].
Es sorprendente que, pese a que el Comité de Planificación Conjunta tenía
que preparar planes para acontecimientos de impacto mundial, estuviese
compuesto por oficiales subalternos, aunque todos ellos eran hombres con
buenos pedigríes en el campo de la planificación. El teniente coronel George Mallaby era el secretario del Comité de Planificación Conjunta, que estaba
integrado por el capitán Guy Grantham (director de Planes del
Almirantazgo), el brigadier Geoffrey Thompson (director de Planes del
Ministerio de Guerra) y el comodoro del aire Walter Lloyd Dawson (director
de Planes del Estado Mayor del Aire). Todos ellos tenían que confeccionar un
plan que presentase supuestos incuestionables y respaldarlo con apéndices
detallados, y mapas de los despliegues y de las líneas de ataque[21]. El Comité
de Planificación Conjunta consultaba con asesores de los departamentos de
servicio del gobierno, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Ministerio
del Interior y los departamentos de Transportes y Suministros para trazar la
mayoría de los planes, pero en el caso de este plan de alto secreto no se contó
con el consejo de ninguno de estos asesores[22].
Según Sir Ian Jacob, subsecretario militar del Gabinete de Guerra,
Churchill no disponía de mucho tiempo para el Comité de Planificación
Conjunta y nunca había valorado demasiado su trabajo. Jacob recordaba que,
en una ocasión, Churchill había descrito a los planificadores como «la
maquinaria de la negación», aunque probablemente fuese porque sus
órdenes eran analizar todos los problemas y el primer ministro lo percibía
como un «obstáculo[23]». Los integrantes del comité eran personas muy
competentes, aunque es verdad que la planificación estratégica de posguerra
no se encontraba entre los puntos fuertes de Gran Bretaña, debido a los
trastornos que ocasionaban las rivalidades entre departamentos.
Los planes de guerra encargados por los jefes del Estado Mayor, en
concreto, eran siempre desarrollados por el Comité de Planificación Conjunta
designado por ellos mismos, pero existían otros departamentos y comités
encargados de la elaboración de planes de contingencia. Por ejemplo, en 1942
se estableció por primera vez un Subcomité Militar para diseñar planes de
contingencia militar. Este organismo se transformó en 1944 en el Comité de
Planificación Posthostilidades, que ligaba los planes militares a las «funciones
básicas» del Ministerio de Asuntos Exteriores[24]. Sin embargo, siempre
existieron fricciones entre el MAE y el ejército por sus puntos de vista
enfrentados sobre el futuro papel de la Unión Soviética. El MAE abogaba
firmemente por una línea de actuación amistosa con los soviéticos, y su
subsecretario adjunto de Estado, Sir Orme Sargent, advertía que «el hecho de
que llegara a oídos del Kremlin que Gran Bretaña estaba considerando entrar
en guerra contra la URSS era la manera más segura de hacerla estallar[25]».
Algunos elementos internos de las Fuerzas Armadas adoptaban una línea
más firme contra la Unión Soviética, pero se podía confiar en la objetividad
de los planificadores conjuntos a la hora de ejecutar sus órdenes. A finales de
abril y principios de mayo estuvieron trabajando en uno de los proyectos más
cruciales de sus carreras. Un plan que habría culminado en una tercera guerra mundial les tenía reservadas muchas sorpresas.