Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 10 de 14

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Operación «Impensable»

7. El plan, entregado

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El plan, entregado

 

Al día siguiente de la ruptura de la coalición, los planificadores conjuntos

presentaron al fin su plan para la Operación «Impensable» a los jefes del

Estado Mayor. Estaba guardado en una carpeta del Ministerio de Defensa que

llevaba la inscripción «ALTO SECRETO: RUSIA, UNA AMENAZA PARA LA CIVILIZACIÓN

OCCIDENTAL[1]».

La mañana del 24 de mayo, los jefes invitaron a los planificadores a su

reunión periódica. El orden del día versaba sobre operaciones en el Pacífico,

pero al final de la reunión, los planificadores entregaron el archivo a los jefes

para que lo estudiasen. Por la tarde, el presidente de los jefes del Estado

Mayor Conjunto, el mariscal de campo Sir Alan Brooke, se acomodó para leer

el plan y ponderar sus terribles implicaciones. Escribió en su diario:

 

Esta tarde he analizado exhaustivamente el informe de los planificadores sobre la posibilidad de

atacar Rusia en caso de que surjan problemas en nuestras futuras discusiones. Se nos ha encargado

que llevemos a cabo esta investigación. La idea es, por supuesto, absurda, y las posibilidades de

éxito bastante remotas. No cabe duda de que, en adelante, Rusia será todopoderosa en Europa [2].

 

Más tarde, Brooke reflexionaba sobre esta anotación en su diario y

ampliaba sus ideas:

 

Quizás se recuerde que unas semanas antes, cuando ponderaban si era deseable desmembrar

Alemania tras su derrota, los jefes del Estado Mayor Conjunto veían en Rusia un futuro enemigo

potencial. Este informe creó un considerable revuelo en el Ministerio de Asuntos Exteriores, que

consideró una gran negligencia por nuestra parte el mirar a un presente aliado como un probable

enemigo futuro. Incluso es posible que se nos pidiese que retirásemos el documento si no

hubiéramos solicitado una entrevista con Anthony Eden, que aprobaba nuestra perspectiva. ¡Y

ahora, solo unas semanas más tarde [en realidad era meses más tarde], Winston ha venido a

nosotros para expresar su ansiedad al ver a «ese oso ruso despatarrado por toda Europa», y

ordenándonos que examinemos desde el punto de vista militar la posibilidad de obligarlo a retirarse

de nuevo a Rusia antes de que los estadounidenses y nosotros mismos desmovilicemos nuestras

fuerzas! Le pregunté si se hacía cargo de todas las consecuencias políticas que entrañaba el

emprender la guerra contra nuestro aliado y me respondió que nos olvidásemos de ese aspecto y

nos concentrásemos en el problema militar. Y allí estaba yo, la tarde del 24 de mayo, solo unos días

después del Día de la Victoria en Europa, examinando los resultados del trabajo de los

planificadores sobre este problema. Las conclusiones de ese estudio dejaban claro que lo máximo

que cabía esperar era hacer retroceder a los rusos más o menos hasta la misma línea que habían

alcanzado los alemanes. ¿Y luego qué? ¿Tendríamos que continuar movilizados eternamente para

contenerlos allí [3]?

 

Es cierto que Brooke tenía reservas sobre muchas de las ideas de

Churchill. Durante la guerra había ejercido con frecuencia de moderador ente

las cuatro enormes personalidades de Churchill, Montgomery, Eisenhower y

Marshall, que de no ser por él habrían chocado continuamente. Para ello no

se servía del tacto, sino que se expresaba directamente y sin reservas. Su

papel de árbitro gozaba de credibilidad absoluta porque los cuatro sabían

que no tenía deseo alguno de medrar personalmente. Brooke también

albergaba sentimientos muy encontrados hacia Churchill y sus empeños, y

lamentaba la falta de gratitud de sus primer ministro por todo lo que habían

conseguido los jefes del Estado Mayor Conjunto durante la guerra. «Apenas

hay reconocimiento alguno para los que le ayudan —se quejaba Brooke la

tarde del Día de la Victoria en Europa— salvo alguna migaja de vez en

cuando para que el perro no se aleje demasiado de la mesa[4]».

El jefe del Estado Mayor Imperial no era el único que mantenía una

relación ambivalente con Churchill. El almirante de la flota, Andrew

Cunningham, conocido como «ABC», respetaba a su primer ministro, pero

nunca fue un ferviente admirador suyo, ya que sentía el temor constante de

que muchos de los actos de Churchill estuvieran motivados por el deseo de

obtener mayor control del almirantazgo[5]. Los jefes ya habían visto planes

instigados por Churchill en otras ocasiones y es comprensible que se

mostraran escépticos. Aunque examinasen con diligencia el informe que se

les presentaba, la posibilidad de la Operación «Impensable» no excitaba

precisamente su imaginación. El 25 de mayo, Cunningham escribió en su

diario: «Fuimos hasta Broadlands Water, en el valle de Test. Un día precioso,

aunque sin pesca. ¡El jefe del Estado Mayor Imperial cogió un barbo!». Brooke

incluso salió a observar aves al día siguiente. No parecen precisamente los

actos de un hombre que teme una amenaza inmediata de Stalin[6].

Sir Douglas Evill, subjefe del Estado Mayor del Aire, que también actuaba

en representación del jefe del Estado Mayor del Aire, el mariscal Sir Charles

Portal, se unió a Brooke y Cunningham en sus deliberaciones sobre el plan de Churchill. Evill había compartido la política de Portal sobre los bombardeos a

Alemania, tanto los de precisión como los bombardeos nocturnos

indiscriminados sobre sus principales núcleos de población. Si acaso, Evill era

incluso más entusiasta que Portal con las campañas de bombardeos como

instrumento para sembrar un caos generalizado en Alemania. Habían

logrado interrumpir el paso de refuerzos para la Wehrmacht durante la

Segunda Guerra Mundial, pero, por desgracia, una vez terminado el

conflicto, llevaría años retirar los escombros de las calles de las ciudades

europeas y la destrucción sería un grave impedimento para el avance de

cualquier ejército. Es posible que los planificadores del Estado Mayor no

llegasen a apreciar la auténtica magnitud de la devastación, sobre todo en las

zonas de Alemania oriental controladas por la Unión Soviética.

Todavía no se habían producido contactos entre los jefes del Estado

Mayor de Gran Bretaña y Estados Unidos al respecto de Impensable. Los

estadounidenses tenían sus reservas sobre las intenciones de los británicos,

reservas fomentadas por Hopkins a su regreso del encuentro con Stalin el 6

de junio. Informó de que el equipo estadounidense había presionado para

lograr concesiones en la creación del nuevo gobierno polaco y que habían

obtenido de Stalin el acuerdo de que se «invitaría a Moscú para realizar

consultas» a cuatro de los polacos de Londres (Mikołajczyk, Grabski,

Stanczyk y Kolodzei). En cuanto a los dieciséis líderes polacos de la

disidencia encarcelados por Stalin, este aseguró a Hopkins que

«aparentemente solo se les había acusado del uso de transmisores de radio

ilegales[7]». Truman estaba encantado con estos resultados, pero a Churchill

ya le habían contado ese cuento antes y recordó al presidente que «no

podemos cejar en nuestros empeños en su nombre. Estas propuestas no

suponen ningún avance respecto a Yalta[8]».

Pero Charles Bohlen, que había sido testigo de las discusiones con

Hopkins, llegó a la conclusión de que Stalin y el asesor especial habían estado

de acuerdo al menos en una cosa: que Gran Bretaña era la que estaba

interponiéndose en la consecución de un acuerdo sobre Polonia:

 

El mariscal Stalin replicó que el motivo del fracaso en la cuestión polaca era que la Unión Soviética

deseaba una Polonia amistosa, mientras que Gran Bretaña quería revivir el sistema del cordón

sanitario en las fronteras soviéticas.

El Sr. Hopkins replicó que ni el gobierno ni el pueblo de Estados Unidos albergaban tales

intenciones.

El mariscal Stalin contestó que se refería únicamente a Gran Bretaña y que los conservadores

británicos no deseaban ver una Polonia amiga de la Unión Soviética.

El Sr. Hopkins afirmó que Estados Unidos desearían una Polonia amiga de la Unión Soviética y

que, de hecho, querían ver países amigos a lo largo de toda la frontera soviética[9].

 

El asesor especial del presidente continuaba mostrándose «escéptico con respecto a Churchill» y declaró que era «de vital importancia que [EE. UU.]

no se sitúe en una posición en la que Gran Bretaña nos alinee con ella como

bloque contra Rusia para llevar a cabo la política europea de Inglaterra[10]».

Truman creía que había cumplido sus compromisos y veía la composición de

cualquier nuevo gobierno polaco como un problema en esencia «ruso-

británico-polaco[11]».

Al tiempo que Hopkins se hallaba en Moscú, el presidente Truman

despachaba con Joseph E. Davies, su emisario en Londres. La excusa de

Truman para la visita era que deseaba que algunos temas se tratasen con

Churchill en persona y no por medio de telegramas. Así, la tarde del 26 de

mayo, Davies visitó a Churchill en Chequers, su residencia de campo oficial,

pero la reunión resultó incómoda de buen principio. Davies había sido una

extraña elección como enviado a Gran Bretaña. Había servido como

embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética antes de la guerra y

estaba bastante cautivado por el «experimento» soviético, complacido por sus

«conceptos de paz, justicia y hermandad entre los hombres». Huelga decir

que este encuentro con el primer ministro, que se prolongó desde las 11 de la

noche hasta las 4 de la madrugada, fue un completo desastre. Davies inició

las conversaciones con la propuesta de que Truman se citara con Stalin antes

de que se celebrasen las conversaciones a tres bandas, ya que reinaba la

preocupación de que pudiera parecer que EE. UU. y Gran Bretaña estaban

«conchabados» contra Stalin. Churchill se tomó muy mal que se le hiciese a

un lado, pero lo peor aún estaba por llegar. Entonces Davies jugó la manida

baza del imperio:

 

Muchos creen que, ahora que no queda ninguna gran potencia rival en Europa que contrarreste el

poder emergente de Rusia, Inglaterra intentará utilizar las tropas y los recursos de Estados Unidos

para apoyar la clásica política británica de «liderar» el continente [12].

 

Se trataba de una clara advertencia a Gran Bretaña de que no esperase

ningún apoyo de Estados Unidos para la Operación «Impensable» ni para

ninguna otra aventura parecida. Aunque Davies no hablaba por toda la

administración estadounidense, representaba al sector antiimperialista y

prosoviético, todavía muy influyente en el Departamento de Estado (lo cual

incluía a Stimson, Marshall y, en menor medida, Leahy). Sin embargo,

Churchill replicó que, si era necesario, Inglaterra podría enfrentarse sola a la

amenaza soviética. «Ya lo ha hecho antes», advirtió a un impenitente Davies,

que se marchó para continuar las conversaciones con el secretario de Asuntos

Exteriores británico, Anthony Eden. Esta reunión tampoco salió bien. Eden

quedó alarmado por la actitud del asesor, tan cercano a Truman, y se creó la

impresión de que Davies era un «aficionado frívolo» pero a todas luces

peligroso. Ambos se reunieron el 29 de mayo, pero, según Eden, la actitud de Davies «no mostró otra cosa que simpatías hacia Rusia». Es más, Eden se

quejó de que Davies era un «conciliador nato y de buen grado entregaría

Europa entera a Rusia, salvo, quizá, a nosotros mismos, con tal de ahorrarle

problemas a Estados Unidos[13]».

El 31 de mayo se reunieron los jefes del Estado Mayor británico, como

hacían casi todos los días, a las 10.30. Como el principal motivo del encuentro

era debatir la Operación «Impensable», los planificadores conjuntos también

estaban presentes. En su diario, Brooke dejó bastante claras las conclusiones a

las que se llegó: «Una vez más, hemos debatido la “guerra Impensable”

contra Rusia en el Comité de Jefes del Estado Mayor de esta mañana», anotó.

«¡Ahora estamos más convencidos que nunca de que es impensable!»[14]. En

días posteriores, darían vueltas a su respuesta al primer ministro.

Churchill empezaba a ver la amenaza de la izquierda por todas partes,

incluso en la política nacional británica. El 4 de junio pronunció un discurso

radiofónico constreñido por un tiempo máximo de emisión, cosa inédita

hasta la fecha. Sin embargo, eso no logró contener su salvaje acometida contra

sus oponentes políticos laboristas que, afirmaba, solo podrían alcanzar y

conservar el poder utilizando una fuerza policial política, o «una especie de

Gestapo[15]». Fue una frase desafortunada que le granjeó muchas críticas.

Muchos votantes de los siguientes comicios se formaron la impresión de que

era incapaz de librarse de la mentalidad de guerra, ni siquiera con la llegada

de la paz. Sin embargo, para Churchill, Gran Bretaña y el mundo libre se

enfrentaban ahora a un nuevo enemigo que había adoptado la forma del

comunismo invasivo.

Y aunque Truman no compartía la intensidad del alarmismo de Churchill

al respecto de Polonia, el presidente de Estados Unidos sí tenía presente la

amenaza de la introducción del comunismo en Italia. Ahora Truman estaba

dispuesto a apoyar el plan británico de contener a Tito por la fuerza. El

general Alexander tenía un plan operativo para la acción militar que, en

palabras de Churchill, sería «corto y certero» y que contaba con la aprobación

del comandante supremo, el general Eisenhower. Esto no implicaría solo

actuar contra las posiciones continentales de Tito, sino también un ataque

anfibio en el puerto estratégico de Pola. Churchill contactó con Truman el 2

de junio a fin de prepararlo para la acción:

 

Tengo la impresión de que, a menos que Tito dé una respuesta satisfactoria a su embajador y al

nuestro en los tres días siguientes a la presentación del acuerdo que hemos redactado, Alexander

debería recibir órdenes de completar la ocupación por la fuerza de una región de Venecia Julia tan

grande como considere necesario para proteger sus líneas de comunicación […] El hecho de que los

rusos hayan permanecido inactivos hasta ahora es importante. Si permitimos que se crea que no hay

ninguna línea que no se nos pueda obligar a cruzar aun en una ocasión, no habrá más futuro para

Europa que otra guerra todavía más terrible que todo lo que ha conocido el mundo hasta ahora[16].

Una vez más, al enfrentarse a un plan de batalla concreto, Truman volvió

a cambiar de rumbo y matizó su apoyo al uso de la fuerza. Informó a

Churchill de que no tenía la intención de arriesgarse a entrar en guerra con

Yugoslavia a menos que Tito atacase primero y de que, incluso en ese caso,

solo podría tolerar una respuesta limitada. Por supuesto, la mente de Truman

se centraba ante todo en el próximo asalto a Japón, y era necesario evitar

cualquier cosa que pudiera hacer descarrilar los formidables preparativos.

«No puedo permitirme ninguna obstrucción evitable», advirtió a Churchill,

«que interfiera en el nuevo despliegue de las fuerzas estadounidenses en el

Pacífico[17]». Pero Churchill temía que los yugoslavos pensasen que la postura

combativa de Gran Bretaña no era más que un farol. Por tanto, para

reforzarla, envió un telegrama a Stalin en el que le recordaba la ayuda que

había prestado Gran Bretaña a Tito durante la guerra. «No entiendo por qué

hemos de dejar que nos mangoneen —protestaba Churchill— sobre todo

personas a las que hemos ayudado, y las hemos ayudado antes de que

ustedes fueran capaces de establecer ningún contacto con ellas[18]».

El hecho de que los británicos, a través de la SOE, hubiesen estado

ayudando a los partisanos de Tito antes de que los soviéticos entrasen en

escena irritaba mucho a Churchill. Y se habría mostrado mucho más resuelto

si hubiera conocido la dimensión de las atrocidades cometidas por las

unidades de Tito desde la ocupación de Venecia Julia a finales de abril. Es

difícil calcular el número de italianos asesinados, pues a muchos los mataron

a tiros y los apiñaron en las foibas (pozos y cuevas naturales) que se

encuentran en la región. Los partisanos también eliminaron a croatas y

eslovenos. En realidad, todos los que se oponían a los comunistas corrían el

riesgo de ser torturados y ejecutados, aunque hubieran luchado

anteriormente contra el fascismo. También hubo muchos ajustes de cuentas

contra antiguos partidarios de Mussolini que habían perpetrado una matanza

sistemática de eslavos en la zona. Independientemente del grupo étnico al

que pertenecían los asesinados, se cree que en las foibas perecieron entre 1000

y 6000 hombres adultos y jóvenes[19].

Aunque Tito acaparaba la atención de Churchill, este no podía permitirse

hacer caso omiso de los acontecimientos que se desarrollaban en Polonia. Era

consciente de que si los Aliados occidentales exigían la resolución de la

creación del nuevo gobierno polaco y del destino de los dieciséis delegados

polacos encarcelados como requisito previo a las conversaciones de Potsdam,

Stalin las ignoraría por completo. En su correspondencia con Truman,

Churchill se desesperaba por la impotencia de Occidente ante Stalin. «Una

esperanza renovada —le recordó al presidente— y no júbilo es lo único que

podemos permitirnos en estos momentos [20]».

El general Anders, siempre consciente de que Gran Bretaña y Estados Unidos podrían retirar su apoyo a los polacos occidentales, se reunió con Sir

Alan Brooke en Londres. Anders se puso duro con Brooke, quien quedó

suficientemente abatido tras el encuentro para anotar en su diario:

 

He tenido una comida difícil con Anders en el Dorchester. Acaba de dejar el cargo de

subcomandante en jefe de las fuerzas polacas y se disponía a volver al mando de su cuerpo en Italia.

Continúa tan fanático como siempre en su postura respecto a Rusia y está decidido a incrementar en

número las fuerzas polacas si le es posible. No tiene planes claros, solo esperanzas de que surja una

nueva oportunidad que le permita volver a entrar en Polonia por la fuerza [21].

 

No hay ninguna prueba de que Anders supiese que Churchill había

encargado un plan de contingencia para atacar a la Unión Soviética. Pero,

pese a su reciente disputa con el primer ministro, Anders sabía que Churchill

era la única tabla de salvación sólida que le quedaba a Polonia. Esta tabla de

salvación parecía cada vez menos resistente y estaba a punto de pasar por

una dura prueba: el Comité de Jefes del Estado Mayor estaba a punto de

enviar a Churchill sus deliberaciones sobre el plan para Impensable. El 8 de

junio, en el mismo momento en que Anders discutía con Brooke durante la

comida, se entregaba el informe de los jefes en el escritorio de Churchill. Una

carta del secretario del comité, Hastings Ismay, acompañaba a los papeles de

alto secreto:

 

Primer ministro:

En el informe sobre la Operación «IMPENSABLE» anexo, los jefes del Estado Mayor han expuesto los hechos esenciales, que pueden desarrollar en un debate con usted si así lo desea. Su impresión es que cuanto menos se ponga por escrito sobre este asunto, mejor.

 

H. L. Ismay.

 

La carta iba seguida del informe:

 

Primer ministro:

 

En cumplimiento de sus instrucciones, hemos considerado la potencial viabilidad de presionar a Rusia mediante el uso de la fuerza. Nos hemos restringido a la descripción más esencial de los datos y los hechos. Todo esto se puede ampliar en un debate con usted si así lo desea.

 

Y la «descripción más esencial de los datos y los hechos» significaba una

superioridad numérica aplastante de la Unión Soviética. A continuación, los

jefes resumían los detalles del informe Impensable pergeñado por los

planificadores conjuntos, pero realizaban un importante cambio respecto a la

inmensa disparidad en tamaño de los ejércitos occidentales y del Este.

Mientras que los planificadores habían calculado las fuerzas aliadas

disponibles para la ofensiva en «Europa septentrional» junto con las fuerzas

soviéticas que se les habrían opuesto en esa región, los jefes le presentaron a

Churchill el total estimado de las fuerzas aliadas en el escenario europeo a día 1 de julio como un todo (además, convirtieron las divisiones soviéticas

para que fueran comparables con las fuerzas aliadas). Incrementaron las

fuerzas aliadas de cuarenta y siete divisiones a 103; y las soviéticas, de 107

divisiones equivalentes a 264. Analizando el conflicto en todo el escenario

europeo, los jefes estimaron que la superioridad total de los soviéticos era de

más de dos a uno, mientras que los planificadores habían calculado unas

posibilidades generales para la ofensiva inicial en el norte de casi cuatro a

uno a favor de los soviéticos. No se le entregaron a Churchill datos sobre el

número de divisiones reservadas para la seguridad interna, pero los jefes sí

desglosaban, por primera vez, la composición de las fuerzas aliadas en

Europa. A día 1 de julio, Estados Unidos podía aportar sesenta y cuatro

divisiones; los británicos y sus dominios, treinta y cinco divisiones; y los

polacos, cuatro divisiones[22].

Una vez más, al comparar potencias aéreas, los jefes decidieron mostrar a

Churchill la potencia aérea total de los Aliados y los soviéticos en toda

Europa. Las fuerzas aéreas tácticas de los Aliados se redujeron en un 10%,

mientras que sus cifras de aviones estratégicos se incrementaron en una cifra

equivalente[23]. Al mismo tiempo, los jefes redujeron los cálculos de los

planificadores para la aviación soviética en aproximadamente un 10%. Y,

aunque la potencia aérea aliada parecía inferior a la de la fuerza aérea

soviética, especialmente en cuanto a aviones de combate, el informe explicaba

que esta ventaja quedaría más que compensada «por el manejo y la eficacia,

muy superiores, de las fuerzas aéreas aliadas». Pese a esa visión optimista, la

ventaja aérea aliada no se podría mantener, aducían los jefes, en especial si se

acumulaban las pérdidas y no se podían remplazar suficientemente rápido.

Esta deficiencia se aplicaba tanto a personal entrenado como a aviones.

Mientras tanto, la situación naval parecía asegurada. Los jefes se limitaron a

afirmar: «Los Aliados podrían alcanzar, evidentemente una superioridad

dominante en el mar[24]».

Su conclusión era la siguiente:

 

Queda claro por la potencia relativa de las respectivas fuerzas terrestres que no nos encontramos en posición de tomar la ofensiva con la esperanza de obtener un éxito rápido. Sin embargo, dado que las fuerzas terrestres rusas y aliadas se encuentran en contacto desde el Báltico hasta el Mediterráneo, no se puede evitar el implicarse en operaciones terrestres. En apoyo de nuestras fuerzas terrestres deberíamos disponer de nuestras fuerzas aéreas tácticas, técnicamente superiores, pero numéricamente inferiores. En cuanto a las fuerzas aéreas estratégicas, nuestra superioridad numérica y técnica quedaría en cierta medida contrarrestada por la ausencia de objetivos estratégicos, en comparación con los que encontramos en Alemania, y la necesidad de utilizarlas para suplementar a nuestras fuerzas aéreas tácticas en apoyo a las operaciones terrestres.

Por tanto, nuestra opinión es que, una vez que comenzasen las hostilidades, estaría fuera de nuestro alcance obtener un éxito rápido, aunque limitado, y nos veríamos enzarzados en una guerra dilatada con muy mal pronóstico. El pronóstico, además, pasaría a ser desastroso si los estadounidenses acabasen por cansarse y perder interés y el imán de la guerra del Pacífico terminase atrayendo sus fuerzas.

A. F. BROOKE

ANDREW CUNNINGHAM

D. C. S. EVILL (en representación del jefe del Estado Mayor del Aire)[25]

 

Churchill valoró la concluyente opinión de los jefes de que atacar a la

Unión Soviética era inconcebible. El 9 de junio dictó su respuesta a los jefes al

teniente general Leslie Hollis, que se la entregó al Comité de Jefes del Estado

Mayor al día siguiente. La nota de Churchill revelaba un cambio de postura

extraordinario:

 

He leído la nota de los jefes del Estado Mayor al respecto de «IMPENSABLE» fechada el 8 de junio,

que muestra una preponderancia rusa de dos a uno en tierra.

Los rusos disponen de potencia suficiente para avanzar hasta el mar del Norte y el Atlántico si

los estadounidenses se retiran a su zona y trasladan la mayor parte de sus fuerzas a Estados Unidos

y al Pacífico. Ruego que se realice un estudio sobre la posible defensa de nuestra isla, en caso de que

Francia y los Países Bajos se encontrasen impotentes para resistir el avance ruso por mar. ¿Qué

fuerzas navales necesitaríamos y cuáles serían sus bases? ¿Qué potencia necesitaría este ejército y

cómo debería disponerse? ¿Cuánta fuerza aérea sería necesaria y dónde se ubicarían los

aeródromos? La posesión de aeródromos en Dinamarca nos otorgaría una gran ventaja y

mantendría abierto el paso marítimo hasta el Báltico, donde podría operar la Armada. También

debería considerarse la posesión de cabezas de puente en los Países Bajos y Francia.

Al conservar el nombre en clave «IMPENSABLE», los estados mayores serán conscientes de que

este continúa siendo un estudio preventivo de lo que, espero, sigue siendo todavía una contingencia

hipotética[26].

 

Churchill estaba más convencido que nunca de la amenaza soviética, pero

prestó oídos a la opinión de sus jefes, que consideraban que no era factible

una ofensiva militar. Las posibilidades de lograr cualquier tipo de

representación democrática en Polonia menguaban con rapidez y era

necesario tomar precauciones con la mayor presteza para evitar que también

Gran Bretaña cayese bajo el dominio soviético. Los jefes dieron prontas

órdenes a sus planificadores conjuntos de emprender la elaboración de un

nuevo informe.

Mientras tanto, el 11 de junio, Churchill convocó una reunión del

Gabinete para debatir la grave situación. Un agotado mariscal de campo

Brooke anotó en su diario:

 

A las 17.30, reunión del gabinete en la que Winston hizo un repaso largo y muy pesimista de la

situación en Europa. Los rusos se habían adentrado más que nunca en Europa, salvo en una ocasión.

Eran todopoderosos en Europa. Cuando les viniera en gana, podrían cruzar el resto del continente y

devolvernos a nuestra isla. Nos superaban numéricamente en una proporción de dos a uno y los

estadounidenses estaban retirándose a su país. Cuanto antes se marchasen, antes sería necesario su

regreso, etc., etc., etc. Terminó diciendo que no había estado nunca tan preocupado como ahora por

la situación en Europa [27].

 

Sin embargo, la política exterior de Churchill también rendía algunos

dividendos. El 9 de junio pudo suspirar de alivio cuando Yugoslavia firmó el acuerdo de Belgrado y Tito retiró sus fuerzas del territorio en disputa.

Venecia Julia todavía era un foco de conflicto, la amenaza inmediata había

cedido y Truman podía volver a centrarse en la guerra en el Pacífico. Eran

buenas noticias para muchos de sus comandantes de mayor rango, incluido el

almirante King, jefe del Estado Mayor de la Armada estadounidense, que

insistía en que la opinión pública estadounidense nunca aceptaría que las

operaciones en Europa tuvieran prioridad sobre el frente del Pacífico. El

deseo de Truman de concentrarse en el Pacífico también surgía de la

magnitud de las bajas previstas para la Operación Downfall, el plan para la

invasión de las islas principales de Japón. Con esto en mente, buscó el consejo

del expresidente Herbert Hoover, que le recomendó poner fin a la guerra con

Japón por medio de negociaciones y no de una invasión. Al fin y al cabo, la

pérdida de un millón de soldados estadounidenses no solo era inaceptable,

sino también un suicidio político. Truman decidió desoír este consejo,

pensando que solo era aceptable la derrota completa y la rendición

incondicional de los japoneses. Downfall volvía a saltar a la palestra, e incluso

se consultó con los Servicios de Guerra Química del ejército de Estados

Unidos el uso de gas contra las defensas de Kyushu antes de la invasión.

Japón seguía siendo una pesadilla y Truman tenía la impresión de que sus

aliados no hacían más que acentuar sus problemas:

 

Parece que el mayor enemigo de nuestras relaciones exteriores sea la propaganda. Los rusos

difunden mentiras sobre nosotros. Nuestros periódicos mienten y tergiversan los motivos de los

rusos… y los británicos nos superan a ambos en mentiras y propaganda [28].

 

Así, tras las primeras semanas de línea dura de la presidencia de Truman,

los asesores y comentaristas de la política exterior estadounidense se

reafirmaban en la importancia de un Estados Unidos independiente, libre de

la presión de los británicos, que demonizaban a la Unión Soviética. Ralph

Ingersoll, editor de izquierdas y veterano de guerra estadounidense, hablaba

de un lobby cada vez más influyente que no deseaba «enemistarse con los

rusos por causa de los británicos»:

 

A ojos de los británicos, la cuestión de si, en caso de que se nos reclame, acudiremos a luchar de su

lado contra los rusos ahora es crucial. No hay adjetivos suficientemente elocuentes para describir su

importancia. Parece que los británicos no cuentan con las fuerzas necesarias para enfrentarse a Rusia

por sí mismos y, aparte de nosotros, ahora nadie más sería capaz de ganar una guerra para su

bando. En todo el continente europeo, Gran Bretaña solo podría reclutar entre los vestigios de los

fascistas y de los nazis, los polacos exiliados y los españoles hambrientos para luchar contra Rusia.

Durante la guerra, los británicos intentaron manipular nuestra política militar para que la

pusiéramos en práctica del modo que ellos querían, es decir, de un modo antirruso, pero no lo

consiguieron. Ahora, con la misma determinación, intentan manipular la política exterior

estadounidense para unir nuestro futuro al suyo de manera irresoluble. Si lo consiguen y estalla una

tercera guerra mundial, sin duda lucharemos de su lado contra los rusos […] No creo que esta

guerra acabase con la extinción de la raza humana; creo que antes la ganaría alguien. Sin embargo,

sería una guerra de extinción, bien para la Unión Soviética o bien para el Imperio Británico y Estados

Unidos[29].

 

El presidente Truman estaba dispuesto a marcar su línea independiente y

la retirada de las tropas era un buen punto de partida. En su avance por

Alemania en las últimas semanas de la guerra, las fuerzas Aliadas habían

ocupado territorios más allá de la línea acordada y Churchill quería seguir

conservándolos como moneda de cambio contra Stalin. Sin embargo, Truman

ya no estaba dispuesto a aceptar las tácticas evasivas de Churchill. El 12 de

junio envió un telegrama al primer ministro para informarle de que «ya no

puedo seguir retrasando la retirada de las tropas estadounidenses de la zona

soviética para utilizarlas como medida de presión en las negociaciones de

otros problemas». Los jefes del Estado Mayor británico estaban de acuerdo

con la postura estadounidense, y el 14 de junio, un decepcionado Churchill

cedió: «Obviamente, estamos obligados a amoldarnos a su decisión». Incluso

renunció a la cláusula de que la retirada aliada estuviese supeditada a la

resolución de la ocupación de Austria. De este modo, las fuerzas británicas,

estadounidenses y francesas se retiraron de sus posiciones más lejanas hasta

las zonas acordadas[30].

A mediados de junio, el mariscal de campo Montgomery, gobernador

militar de los sectores alemanes ocupados por los británicos, se sentía

abrumado por los problemas. Tenía 2,25 millones de prisioneros germanos

que custodiar y habría agradecido liberarse de la responsabilidad añadida de

proteger el armamento alemán por causa de lo que consideraba una

precaución en caso de que Alemania resurgiese. Era incapaz de entender el

sentido de todo aquello y envió un memorándum urgente al mariscal de

campo Brooke:

 

Necesito órdenes definitivas sobre la conservación o destrucción de las defensas y el armamento

alemanes. En este momento hay una orden en suspenso y no se está destruyendo nada. Las defensas

costeras de envergadura y las armas y la munición de artillería no suponen ningún problema

inmediato ni urgente, pues los alemanes no podrían hacer gran cosa con ellas […] Los efectivos de

los que dispongo tienen que cumplir demasiadas tareas e intento eliminar todas las guardias y

tareas que no sean absolutamente vitales. Recomiendo encarecidamente que se me dé la orden de

destruir las armas de manera inmediata [31].

 

Por supuesto, en ese momento Montgomery no estaba al tanto de las

auténticas intenciones tras las órdenes de Churchill y continuaba frustrado:

 

El 14 de junio me cansé de custodiar las armas […] El gobierno de coalición tocaba a su fin; era

imposible tomar una decisión, una decisión firme, sobre ningún asunto. No obtuve respuesta.

Esperé una semana y luego di órdenes para que se destruyesen todas las armas y equipos

personales. No informé al primer ministro ni al Ministerio de Guerra de lo que había hecho. Por

supuesto, me encontraba en una posición muy fuerte. Nunca más se me volvió a mencionar el

tema[32].

En realidad sí que se le volvió a mencionar el tema. Churchill estaba

enfadado con Montgomery por haber «despotricado» delante de varios

periodistas sobre los problemas que conllevaba custodiar a los prisioneros

alemanes. El gobierno militar había anunciado que todos los soldados de las

SS se mantenían aislados de otras formaciones y que era probable que

continuaran encarcelados durante al menos «veinte años». Montgomery

había deducido que a los demás prisioneros les aguardaba un destino similar.

Estos asuntos, le reprendió el primer ministro, eran cosas que se trataban

entre gobiernos y no entre mariscales de campo[33].

Mientras se acentuaba la controversia en la Alemania ocupada,

continuaba el fragor de la «otra guerra» en Extremo Oriente y su curso tenía

un peso real en la posibilidad de Impensable y en el papel de Japón en ella.

Los primeros meses de 1945 habían resultado sangrientos en extremo para las

fuerzas estadounidenses que intentaban tomar las islas ocupadas por los

japoneses. En el mes de enero, la campaña de Luzón, en las Filipinas, había

costado las vidas de más de 8000 estadounidenses y los pilotos kamikazes

habían hundido diecisiete navíos de EE. UU. La isla de Iwo Jima cayó el mes

siguiente, pero a costa de 29 000 bajas estadounidenses, 6000 de las cuales

fueron muertos. La potencia aérea estadounidense ejerció presión con un

bombardeo masivo sobre Tokio en marzo, que causó la muerte de 100 000

civiles. Sin embargo, estas acciones no lograron hacer mella en la voluntad

del ejército japonés de continuar con la guerra. La batalla de la isla de

Okinawa prosiguió hasta junio y, una vez más, las fuerzas estadounidenses

sufrieron terribles pérdidas, con casi 50 000 bajas. Estaba claro que aquello no

podía continuar así durante meses, y había planes de contingencia muy

avanzados para lanzar una campaña de bombardeos aéreos masivos y

continuados contra Japón o para iniciar asaltos anfibios contra las islas

principales del país, e incluso una combinación de ambos. El 18 de junio, el

presidente Truman firmó el plan definitivo, la Operación Downfall, que

contemplaba una invasión de Japón en fases gemelas, que comenzaría en

noviembre de 1945 con un asalto a la isla japonesa meridional de Kyushu. A

esto le seguiría la invasión principal, cerca de la bahía de Tokio[34].

Semanas después del final de la guerra en Europa, Estados Unidos había

reasignado a un gran número de hombres y materiales, que habían

abandonado el frente europeo para dirigirse al Pacífico como preparación

para la Operación Downfall. Los planificadores del Estado Mayor Conjunto

(británicos y estadounidenses) habían calculado que durante los seis meses

posteriores al Día de la Victoria en Europa se desplazarían de Europa a

Extremo Oriente 1 615 200 efectivos estadounidenses y 396 400 británicos

(entre ellos 42 700 efectivos de los dominios). El día 1 de julio de 1945 tendría

que haberse desplegado aproximadamente una cuarta parte de estas fuerzas mediante barcos de superficie y vuelos transatlánticos y luego, si se

desencadenaba la Operación «Impensable», cesarían todos los movimientos

hacia Extremo Oriente[35]. Además de estos cambios, se produjeron

desmovilizaciones de fuerzas estadounidenses, británicas y de los dominios,

lo que mermó todavía más las fuerzas aliadas que quedaban en Europa.

Tanto si eran estas las que realizaban el primer movimiento como si lo hacían

las soviéticas, la tremenda reducción de efectivos estadounidenses y

británicos resultaba crítica para Occidente.

Mientras tanto, la controversia que rodeaba a la composición del gobierno

polaco no daba muestras de resolverse. El principal candidato de Occidente

era Mikołajczyk, pero su postura resultaba desalentadora. «Mikołajczyk se

muestra muy receloso», informó Churchill. «Cree que, en ausencia de Witos

[un antiguo miembro del Comité de Lublin de ideología moderada], se

quedará completamente aislado en las conversaciones y que todo lo que

digan él y Stanczyk será menospreciado con el pretexto de que ellos no saben

lo que está pasando dentro de Polonia[36]». Mikołajczyk no estaba por la labor

de ir a Moscú, porque sabía bien que las próximas elecciones serían una farsa.

Aun así, Churchill lo presionó con el argumento de que si prevaricaba, Stalin

anunciaría que había invitado a los polacos occidentales, pero que estos

habían rehusado participar. Al fin, el 16 de junio, con gran alivio para

Churchill, Mikołajczyk y otros cinco demócratas accedieron a unirse al

gobierno polaco provisional de Unidad Nacional. Churchill se mostraba muy

entusiasta con Mikołajczyk:

 

Me parece que los resultados obtenidos ofrecen las mayores esperanzas para la reconciliación del

poder nacional polaco, lo cual solo puede conseguirse a través de la amistad con Rusia. Los

soviéticos apreciarán, estoy seguro, toda iniciativa de su parte para contribuir a su acercamiento a

las democracias occidentales. Creo que lo ha hecho usted muy bien[37].

 

Pero el 18 de junio, Stalin demostró hasta dónde llegaba su «amistad» con

Polonia con el inicio de la farsa del «juicio de los dieciséis» en el Salón de las

Columnas, en Moscú. En un alarde de cinismo, se hizo que coincidiera con el

anuncio de la primera reunión en Moscú del gobierno provisional polaco, en

la que Mikołajczyk y sus colegas eran claramente superados en número por

los miembros del PPR y sus aliados partidarios de la Unión Soviética[38]. Esto

se convertiría en la tónica general en otros gobiernos de Europa del Este

dominados por los soviéticos, en los que los comunistas controlaban los

puestos clave, incluidos la policía, el sistema judicial y los ministerios de

Interior, mientras que a los «demócratas» se les reservaban carteras de menor

importancia. Durante la reunión del gobierno provisional nunca hubo dudas

sobre el desenlace del juicio de los agotados dieciséis, falsamente acusados de

«planificar una acción armada contra la URSS en connivencia con Alemania». Según Pravda, el altavoz del Partido Comunista, los «bandidos fascistas

polacos» eran culpables de asesinar a cientos de soldados pacíficos del

Ejército Rojo. El resultado de un caso tan amañado era obvio. Trece de los

dieciséis hombres fueron encarcelados y varios de ellos, incluido el general

Okulicki, terminarían muriendo en prisión en circunstancias sospechosas[39].

Los polacos no fueron los únicos que sirvieron de carne de cañón a Stalin.

Según Averell Harriman, en marzo de 1945 los soviéticos retenían a casi 5000

hombres, entre ellos oficiales aliados, en los territorios que ocupaban en

Polonia. Fueron liberados con cuentagotas y, pese a los intentos de los

Aliados occidentales por conseguir la liberación de los restantes, Stalin volvía

a mostrarse evasivo. Muchos de los prisioneros de guerra estaban retenidos

en el interior del territorio soviético y supusieron una importante ventaja

para Stalin a la hora de convencer a Estados Unidos de que retomase la ayuda

del programa de préstamo y arriendo que se había suspendido en mayo[40].

Stalin, sin embargo, había tratado de apaciguar los temores de Occidente:

 

En cuanto a los prisioneros de guerra británicos, las inquietudes por su bienestar son infundadas.

Disfrutan de mejores condiciones de vida que los prisioneros de guerra soviéticos en los campos

británicos en los que, en varios casos, se los trató de manera inadecuada e incluso se los golpeó. Es

más, ya no se encuentran en nuestros campos, sino de camino a Odesa, desde donde partirán hacia

su tierra[41].

 

Los británicos se sintieron aliviados por haber logrado alcanzar un

acuerdo para salvar las apariencias sobre el nuevo gobierno provisional de

Polonia. Tres de sus veinte integrantes, entre ellos Mikołajczyk, procedían del

extranjero y otros tres fueron elegidos como miembros de dentro del país no

pertenecientes a Lublin. El nuevo gobierno tenía un levísimo barniz

democrático y todo el mundo era consciente de que era pura fachada. Sin

embargo, ello permitía al Ministerio de Asuntos Exteriores británico y al

Departamento de Estado de EE. UU. poner fin al problema y pasar a otros

asuntos, cosa que necesitaban desesperadamente. Incluso la SOE tenía que

agarrarse a un clavo ardiendo y parecía tristemente agradecida a Stalin por

sus «concesiones»:

 

No cabe duda de que el Comité de Lublin ha sido muy generoso con sus asignaciones, pues Interior

[Kiernik] y Agricultura [Mikołajczyk] son dos cargos clave y Bienestar Social [Stanczyk] es de

considerable importancia[42].

 

Estos cargos de pantomima tendrían poca importancia en el futuro

gobierno, pero permitían a Gran Bretaña y Estados Unidos afirmar que se

habían aplicado las provisiones de Yalta y que se había dispuesto todo para

reconocer el gobierno provisional auspiciado por los soviéticos. Un mensaje

cifrado urgente remitido por el Ministerio de Guerra británico al mariscal de campo Montgomery confirmaba estas intenciones, y este último recibió

órdenes de no comunicarlo a las tropas polacas a su mando, sobre todo

porque esto significaba que el gobierno polaco de Londres iba a ser

abandonado. Los cargos de ministro de Defensa (Kukiel) y de comandante en

jefe (Bor-Komorowski) seguramente desaparecerían, pero la preocupación

más inmediata del Ministerio de Guerra era una posible división de las

fuerzas armadas polacas entre partidarios y detractores del nuevo régimen.

Tampoco estaba claro si los británicos podrían evitar que sus antiguos aliados

militares fuesen repatriados forzosamente a Polonia[43]. Según el mariscal de

campo Brooke, el Ministerio de Asuntos Exteriores se había negado a afrontar

el problema:

 

Ahora nos enfrentamos a las dificultades que se avecinan con respecto a las fuerzas polacas. En unos

días reconoceremos oficialmente al gobierno de Varsovia y liquidaremos el de Londres. Las fuerzas

polacas supondrán entonces un contratiempo importante que el Ministerio de Asuntos Exteriores ha

hecho poco por solventar, pese a las repetidas solicitudes de resolución enviadas desde mayo[44].

 

Además, la decisión de Estados Unidos de apresurar el reconocimiento

del nuevo régimen respaldado por los soviéticos en Polonia cogió al gobierno

británico fuera de juego. Churchill se lo recriminó a Truman:

 

Me ha sorprendido su [telegrama] n.º 83, que solo me advierte con unas horas de antelación de su

decisión de reconocer al nuevo gobierno polaco. Nuestra posición difiere de la suya. El antiguo

gobierno polaco reside aquí, en Londres, con sus funcionarios y un personal numeroso. Administra

un ejército polaco de 170 000 hombres, cuya actitud debe considerarse cuidadosamente […]

Esperábamos informar a los polacos de Londres con al menos veinticuatro horas de antelación, cosa

que nos parece mínimamente razonable[45].

 

A la administración estadounidense, en particular el Departamento de

Estado, no le preocupaban las sensibilidades británicas. Percibían a Gran

Bretaña como el motor de un bloque europeo que contrarrestaría la

dominación soviética en Europa, además de una potencia imperial

beligerante que estaba fuera de lugar en el nuevo orden:

 

Es evidente que cualquier conflicto mundial que se produzca en el futuro inmediato encontrará a

Rusia y Gran Bretaña en bandos opuestos. […] En un conflicto entre ambos países, la disparidad

entre las potencias militares de las que pueden disponer en el continente sería, en las condiciones

actuales, demasiado grande para que nuestra intervención pudiera subvertirla en favor del lado

británico. Otorgando la debida consideración a los factores militares implicados —recursos,

efectivos, geografía y, sobre todo, nuestra capacidad para proyectar nuestra potencia al otro lado del

océano y aplicarla de manera decisiva en el continente—, podríamos defender a Gran Bretaña, pero

no derrotar a Rusia en las condiciones actuales. En otras palabras: nos encontraríamos implicados en

una guerra que no podríamos ganar, aunque Estados Unidos no correría el peligro de una derrota u

ocupación [46].

 

Era una declaración escueta, pero, a las pocas semanas, la administración

estadounidense se dio cuenta de que estaba tratando con un nuevo gobierno británico con una política exterior distinta. El 5 de julio, tras una dura

campaña electoral, los civiles y militares británicos desplazados en el

extranjero depositaron sus votos. Aunque los resultados no se anunciarían

hasta tres semanas después —para permitir el recuento de los votos de

Extremo Oriente—, el médico de Churchill, Lord Moran, se temía lo peor

para su paciente. «Está claro que el primer ministro ha errado el rumbo […]

Por primera vez se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que pierda

las elecciones[47]». Churchill aún no había perdido los comicios, pero sí la

batalla por Polonia. El 6 de julio, Gran Bretaña reconoció al nuevo gobierno

provisional de Varsovia, por lo que el ejecutivo polaco exiliado en Londres

debía actuar con rapidez para defender a sus miembros y fuerzas armadas.

Tenían en su haber gran cantidad de documentos de espionaje de la II Oficina

que podían comprometer a polacos anticomunistas y estaban decididos a

ponerlos fuera del alcance de sus oponentes. En Londres, gran parte del

material de espionaje relativo a la Unión Soviética fue destruido en grandes

hogueras junto con los archivos del personal polaco, y el resto de los

documentos fue entregado a las autoridades británicas[48].

Dentro de Polonia, muchas de las células de espionaje de la antigua

II Oficina habían quedado desconectadas de sus antiguas misiones

diplomáticas, sus registros habían sido destruidos y los transmisores se

habían ocultado para futuras operaciones contra la potencia ocupante. El

reconocimiento del nuevo ejecutivo polaco por parte de los demás gobiernos

títeres de Europa del Este estaba más que garantizado, aunque no todos los

ministros se sentían satisfechos[49]. Mientras tanto, la política oficial del

gobierno británico intentaba asfixiar las actividades clandestinas polacas y

restringir el contacto por radio entre las bases polacas en Gran Bretaña y las

células de la resistencia en Polonia. Los polacos intentaron sortear esta traba

mediante el uso de mensajeros, pero la imposibilidad de establecer un

sistema de retransmisión por radio en su país supuso un duro golpe para

ellos.

A efectos prácticos, el reconocimiento por parte de los Aliados

occidentales del gobierno temporal prosoviético significaba que el general

Anders y sus fuerzas polacas del Este podían consagrarse finalmente a su

programa. Puesto que su antiguo mando, el gobierno polaco en el exilio,

había sido repudiado por los gobiernos británico y estadounidense, cada

comandante polaco temía por su futuro y era posible que el ejército al

completo se fracturase. Aunque todavía recibían financiación británica, con el

paso de las semanas al ejército británico se le hacía cada vez más difícil

incorporar a los polacos en sus futuros planes. Sin embargo, al precipitarse

los acontecimientos de principios de julio, fueron algunos elementos del

ejército británico los que se mostraron más partidarios de enfrentarse a la Unión Soviética. Haciendo caso omiso a la fatiga de guerra de Occidente,

continuaban creyendo que era inevitable entrar en conflicto armado con

Stalin. Ya a principios de agosto de 1944, el Estado Mayor polaco había

preparado un informe en el que anticipaba que Gran Bretaña entraría en

guerra con la Unión Soviética en el plazo máximo de una década. Así pues,

con esto en mente, el general Anders había continuado autorizando el

reclutamiento del ejército polaco, e incluso había acelerado el proceso en el

período inmediatamente posterior al Día de la Victoria en Europa,

permitiendo que sus fuerzas se inflaran hasta un total estimado de 250 000

hombres en el verano de 1945[50].

Las fuerzas polacas no dejaban de aumentar, pero ¿en qué estado se

encontraba el ejército británico? ¿Estaría todavía en disposición de

enfrentarse al Ejército Rojo en el verano de 1945? Bien fuese parte de una

estrategia planificada o bien una cuestión burocrática, la desmovilización se

había ralentizado hasta convertirse en un goteo. En los primeros dos meses

de paz solo se había desmovilizado a 200 000 hombres y mujeres, una

vigésima parte del total. El clamor popular para que el proceso se acelerase

no hacía más que crecer, especialmente en la prensa, y esta impaciencia

aumentaría todavía más tras la derrota de Japón. Pero no cabe duda de que

las preocupaciones de seguridad que manifestaban los mandos castrenses

desempeñaron un importante papel en la lentitud del proceso, aunque no

existen pruebas que vinculen directamente esta tardanza con la Operación

«Impensable». Para entonces, Churchill estaba dispuesto a licenciar, como

mínimo, a las mujeres. «Ellas no se amotinan —dijo al gabinete— ni causan

disturbios, y cuanto antes regresen a sus casas, mejor[51]».

Había esperanzas de evitar un futuro conflicto si los tres grandes líderes

podían reunirse. Tras un tira y afloja de escenarios y fechas, el lugar elegido

para la conferencia fue Potsdam, a las afueras de Berlín, y Churchill, Truman

y sus comitivas partieron hacia el último gran encuentro de los Tres Grandes.

El 8 de julio, Truman zarpó hacia la conferencia a bordo el USS Augusta.

Partió de buen humor, disfrutando de una película en Tecnicolor de Bob

Hope y arrullado por el sonido de las prácticas de tiro de los cañones de ocho

pulgadas. Transportado a sus tiempos de artillero durante la Primera Guerra

Mundial, se lamentaba: «Sigo prefiriendo disparar una batería que gobernar

un país». Otro de los asesores del presidente, el asistente del secretario de

Estado, Charles Bohlen, también presenció el ejercicio de artillería. Bohlen

contempló una escena tristemente representativa de la posición de Gran

Bretaña dentro de los Tres Grandes:

 

Truman y el secretario Byrnes se hallaban sobre una torreta de tres cañones cuando se disparó una

salva. Dos de los cañones dispararon correctamente. El tercero soltó una especie de eructo y por la

boca salió el proyectil, que cayó en el agua a unos cien metros del barco[52].

Truman acudía a Potsdam a regañadientes y a condición de que pudiera

imponer los intereses de EE. UU. «No soporto este viaje —escribió en su

diario— pero estoy obligado a hacerlo, gane, pierda o empate, y debemos

ganar. No trabajo con otro interés que el de la República de Estados Unidos».

Con tal fin, rechazó la posibilidad de visitar Gran Bretaña antes de la

conferencia para que Stalin no pudiera acusar a ambos países de estar

«conchabados» contra él. Los Tres Grandes ya habían emprendido caminos

separados[53].