Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 9 de 14

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Operación «Impensable»

6. Nubes de guerra

6

 

Nubes de guerra

 

Los acontecimientos se precipitaban mientras los planificadores continuaban

trabajando en la Operación «Impensable». Las políticas de los gobiernos

cambiaban y la Casa Blanca tenía un nuevo inquilino. A los pocos días de su

llegada, el presidente Truman comenzó a mostrar una actitud de matón hacia

la Unión Soviética. Justo antes de reunirse por primera vez con el ministro

soviético de Asuntos Exteriores, Viacheslav Molotov, Truman comunicó a sus

asesores que si los soviéticos no se presentaban en San Francisco para las

conversaciones destinadas a la creación de las Naciones Unidas, podían «irse

al infierno». A partir de ese momento, en el Departamento de Estado de

EE. UU. hubo otras voces que recogían la postura más severa de Truman,

incluido el secretario de la Armada, James Forrestal. «Si los soviéticos

persisten en su intransigencia —declaró—, Estados Unidos harían bien en

enfrentarse a ellos, y cuanto antes, mejor[1]». Pero también había otros que

recomendaban más cautela. El secretario de Guerra, Henry Stimson, estaba

de acuerdo con que EE. UU. «se pusiese duro» con los soviéticos por lo que él

consideraba temas «menores», como la entrega de ciudadanos soviéticos,

pero se mostraba cauteloso sobre la conveniencia de una «política demasiado

severa» en el caso de Polonia.

Stalin utilizaba a Molotov para bloquear continuamente los acercamientos

británicos y estadounidenses al respecto de Polonia. El 23 de abril de 1945, el

embajador británico en Estados Unidos, Lord Halifax, no pudo informar de

ningún progreso con el ministro soviético de Asuntos Exteriores. «Ha resultado imposible —le dijo a Churchill— hacer cambiar al Sr. Molotov de

postura en ningún punto. Se mostró testarudo en extremo y nada

complaciente[2]». A sus 55 años, Molotov había unido su carrera a la de Stalin

mucho tiempo atrás, y había apoyado con entusiasmo la política de

colectivización de su patrono, así como sus purgas brutales antes de la

guerra. Tenía muy claro su papel: «Mi tarea como ministro de Asuntos

Exteriores —afirmó— era ampliar las fronteras de nuestra Patria». Creía que

la alianza con Occidente era oportuna mientras durase la guerra, pero en

1945, tanto él como un buen número de los dirigentes soviéticos, pensaba que

la guerra con Occidente era inevitable[3]. Los glaciales modales de Molotov no

ayudaban precisamente a congraciarlo con los diplomáticos occidentales.

«Tiene la elegancia y la capacidad de conciliar de un tótem», se lamentaba Sir

Alexander Cadogan, un gerifalte del Ministerio de Asuntos Exteriores. Sin

embargo, Molotov era exactamente la clase de cabecilla implacable que

necesitaba Stalin[4].

El 25 de abril, los diplomáticos aliados alejaron brevemente su atención de

Europa para centrarla en el gobierno del mundo. La conferencia de San

Francisco de Naciones Unidas se anunció a bombo y platillo y con las

innegables dotes teatrales de su anfitrión, el secretario de Estado de EE. UU.,

Edward Stettinius[5]. Pero el carisma de Stettinius y la jovialidad de la

inauguración se diluyeron enseguida, al comenzar los delegados de los

cuarenta y seis países que habían declarado la guerra a Alemania y Japón a

discutir los procedimientos. La única ausencia notable fue Polonia, cuyo

gobierno en el exilio todavía reconocía Occidente, pero al que se le negó

explícitamente la invitación a participar por miedo a contrariar a Stalin. Los

principales delegados de la conferencia fueron los ministros de Asuntos

Exteriores de los Cuatro Grandes (EE. UU., Gran Bretaña, la URSS y China),

mientras que el secretario general de la conferencia era un diplomático

estadounidense, Alger Hiss. Sin embargo, se supo que Hiss, que había

asistido a Stettinius en la conferencia de Yalta, además de ser un destacado

liberal, era comunista en secreto. Hiss había participado en los preparativos

para Yalta, y más tarde se reveló que al descifrar unos telegramas que agentes

soviéticos habían enviado a sus enlaces de la KGB, estos confirmaron la

presencia de un espía soviético dentro de la delegación estadounidense en

Yalta. Las investigaciones realizadas tras la Guerra Fría apuntaban hacia

Alger Hiss, aunque no de manera concluyente[6]. Pero Hiss no era el único

topo que había en Washington. El asistente del secretario del Tesoro, Harry

Dexter White, era uno de los varios agentes del NKVD que presionaba para

que EE. UU. otorgase subsidios a la Unión Soviética hacia el final de la

guerra[7].

El 28 de abril de 1945 se puso fin a las sutilezas del lenguaje diplomático entre Occidente y el Este. La frustración de Churchill por las tácticas de

bloqueo utilizadas por los soviéticos en el tema de Polonia acabó por estallar

y envió un telegrama terminante a Stalin. En su telegrama n.º 450, el primer

ministro acusaba a Stalin de regresar al espíritu de Yalta al negarse a

contemplar los nombres de los demócratas que Occidente había propuesto

para su inclusión en un futuro gobierno polaco:

 

Verdaderamente acudí a Yalta con la esperanza de que los gobiernos polacos de Londres y Lublin se

eliminaran y de que se formara un nuevo gobierno entre los polacos de buena voluntad. […] Pero a

usted no le gustaba este plan y, por lo tanto, tanto los estadounidenses como nosotros aceptamos

que no se eliminase el gobierno de Bierut, sino que se transformase en un gobierno nuevo,

«reorganizado con una base democrática más amplia, que incluyese a dirigentes democráticos de la

propia Polonia y de entre los polacos en el extranjero». […] Nosotros, los británicos, tenemos la

sensación de que al cabo de todo este tiempo no se ha dado ningún paso hacia la formación de un

gobierno «nuevo [8]».

 

Pero Churchill no sufría solo por Polonia; también le preocupaba

Yugoslavia. Recuperando su «documento escabroso» de 1944, recordó a Stalin

el pacto sobre las esferas de influencia en Europa que habían acordado.

«Debo decir que, tal y como han salido las cosas en Yugoslavia, no me da la

impresión de que haya un interés equitativo entre nuestros países[9]». Fue

entonces cuando Churchill sacó a colación por primera vez la cuestión de una

delegación de dieciséis hombres de la clandestinidad polaca que llevaba

desaparecida más de cuatro semanas. Circulaban rumores de que los habían

detenido, pero no había confirmación por parte de los soviéticos y,

sorprendentemente, las redes de espionaje polacas, normalmente tan

incisivas, no habían logrado dar con su paradero. Durante el mes de abril, el

gobierno polaco exiliado en Londres, así como el Ministerio de Asuntos

Exteriores, habían recibido informes esporádicos y rumores sobre los

dieciséis, pero Churchill no presentó el tema a Stalin hasta el 28 de abril.

Stalin continuó ignorando las indagaciones de Churchill durante unos días.

Su silencio era muy mala señal[10].

La posibilidad de un conflicto inminente daba sustento a los alemanes y a

sus partidarios, que creían que podría forjarse una alianza con los británicos y

los estadounidenses contra los soviéticos. William Joyce, conocido como

«Lord Haw-Haw», el traidor y locutor de radio británico, estaba a punto de

enviar su última transmisión desde Alemania: el 30 de abril, mientras su

patrono, Adolf Hitler, se suicidaba en el búnker de la Cancillería del Reich,

Joyce se escabullía de Berlín. Continuó retransmitiendo desde Hamburgo y

su voz, exhausta pero aún refinada, declaró que «la horrible guerra por la que

acabamos de pasar no es sino el preludio de una lucha de una naturaleza

mucho más decisiva». Es más, aseguraba que Europa occidental estaría

indefensa contra Stalin «sin la ayuda de las legiones alemanas[11]». Joyce, por supuesto, no tenía ningún conocimiento de los planes aliados para la

posguerra, pero su extraña profecía sobre las legiones alemanas era parte

integral del plan para la Operación «Impensable», que iba tomando forma al

mismo tiempo que él pronunciaba su última retransmisión.

En el resto de Europa, las fuerzas alemanas capitulaban con rapidez. En el

norte de Italia y el sur de Austria firmaron la rendición incondicional el 29 de

abril, mientras los ejércitos de los Aliados occidentales y de la Unión

Soviética competían por consolidar el territorio ganado. Los actos del Ejército

Rojo ya habían reafirmado la creencia de Churchill de que la posesión de

zonas estratégicas resultaba esencial para las negociaciones de los

asentamientos de posguerra. Pero, mientras que el mando militar de Estados

Unidos era plenamente consciente de ello, el Departamento de Estado quería

frenar a las tropas aliadas que se aproximaban a las fuerzas de Stalin. Una

punta de lanza de unidades estadounidenses ya había establecido el primer

contacto con el Ejército Rojo en Torgau, junto al río Elba, el 25 de abril. El

lugar de este encuentro, justo al noreste de Leipzig, era lo máximo que Stalin

pensaba dejar adentrarse a los Aliados mientras él conquistaba Berlín, menos

de cien kilómetros al norte. Sin embargo, al sur de Alemania, la frontera entre

el Este y el Oeste era más controvertida. La disputa de Austria era enconada,

aunque los soviéticos ya habían tomado posesión de Viena el 13 de abril, y

también estaba fraguándose otro enfrentamiento peligroso por la región del

noreste de Italia fronteriza con Yugoslavia. Churchill anhelaba que el

comandante supremo aliado en el escenario del Mediterráneo, el mariscal de

campo Alexander, ocupase Trieste, una ciudad clave para la región, pero

todavía no contaba con la aprobación de EE. UU. El 30 de abril, Churchill

envió un telegrama urgente a Truman:

 

Tenemos tanto derecho a avanzar libremente hasta Trieste, si logramos llegar hasta allí, como

tuvieron los rusos a abrirse paso hasta Viena. Deberíamos, si es posible, llegar allí primero y luego

hablar del resto de la provincia. Al fin y al cabo, el principio básico sobre el que hemos estado

trabajando es que los cambios territoriales se dejarán para cuando haya llegado la paz o para el

acuerdo de armisticio. […] Debemos intentar tomar posesión de Trieste desde el mar antes de

informar a los rusos o a los yugoslavos[12].

 

Churchill estaba impaciente por que Alexander empujase al VIII Ejército,

que ya avanzaba veloz a través del norte de Italia, hacia las llanuras del

Danubio y Viena, para poder reclamar derechos sobre Austria y, al mismo

tiempo, desviarse en su flanco derecho hacia el rincón más nororiental de

Italia. Existía la preocupación de que el grueso de los efectivos de las SS, los

fanáticos nazis y los criminales de guerra hubieran ido a buscar un último

reducto justo pasada la frontera de Austria. Es más, este núcleo duro tenía un

gran número de prisioneros de guerra bajo su control y se temía que

asesinasen a sus cautivos si las tropas aliadas no eran suficientes para arrollarlos. Pero una acometida hacia el norte, desde Italia hacia Austria,

dependía de la existencia de rutas seguras para travesar los Alpes, y en el

camino había muchos obstáculos importantes[13]. Un problema grave para las

fuerzas que subieran hacia Austria desde el sur era la presencia de grandes

bandas comunistas, en especial las de los partisanos de Tito, que disputaban

la ciudad de Trieste y la adyacente región de Venecia Julia, una zona de gran

importancia estratégica, pero que podría convertirse rápidamente en un

nuevo foco de conflicto entre Occidente y el Este.

Históricamente, Venecia Julia, también conocida como «la marca Juliana»,

había pertenecido al Imperio Austrohúngaro, pero al final de la Primera

Guerra Mundial fue cedida a Italia[14]. Durante la Segunda Guerra Mundial,

tras la caída del gobierno fascista italiano en septiembre de 1943, las fuerzas

alemanas se trasladaron a esta región, de unos 8000 kilómetros cuadrados,

pero se encontraron con la oposición de los partisanos yugoslavos, que

libraron una guerra de guerrillas. En la primavera de 1945, la mayoría de los

efectivos alemanes se habían retirado, y Yugoslavia, junto con Venecia Julia,

se hallaba en manos de los partisanos de Tito. La población de la zona, al

igual que la del resto de Yugoslavia, era de mayoría eslava, con núcleos

italianos considerables en las zonas urbanas y a lo largo de la costa, pero

estaba desgarrada por conflictos raciales y sectarios, y se cometieron

numerosas atrocidades. Tito quería Trieste, el premio gordo de la región,

exactamente por los mismos motivos que los Aliados occidentales: era un

puerto de un tamaño considerable que brindaba acceso al Adriático y la

promesa de importantes ingresos comerciales. Para Occidente, Trieste

suponía una salida al mar para todas las regiones de la cuenca del Danubio y

este segmento de Italia también proporcionaba unas líneas de comunicación

militares vitales entre el Adriático y el sur de Austria. Churchill estaba

decidido a arrebatar a los soviéticos el control de Austria y, para lograrlo, el

mariscal de campo Alexander tenía que conservar Venecia Julia en manos

aliadas, por la fuerza si era necesario. Por tanto, sus instrucciones eran

establecer un gobierno militar aliado en el ínterin y esperar la llegada de la

decisión, que se tomaría en una posterior conferencia de paz, de a qué país

debería incorporarse la región.

Sin embargo, Tito tenía la intención de probar suerte y, pese al acuerdo al

que había llegado con Alexander meses atrás, el líder yugoslavo dio

instrucciones a sus fuerzas de invadir grandes zonas de Venecia Julia,

incluida Trieste y las localidades de Pula, Gorizia y Monfalcone, todas ellas

con una importante población italiana. Churchill también estaba dispuesto a

llegar hasta el límite y necesitaba la confirmación de que EE. UU. respaldaría

el desalojo de las fuerzas de Tito. Sin embargo, Truman, que hasta el

momento había complacido a Churchill con su retórica enérgica, cambió de postura. Su respuesta a la petición de apoyo del primer ministro fue tibia: le

contestó que deseaba «evitar el uso de las fuerzas estadounidenses para

luchar contra las yugoslavas o que se utilizasen en combate en el escenario

político de los Balcanes». Estas palabras alarmaron a Churchill, pues eran las

primeras señales de que la filosofía de Roosevelt de oponerse a la ampliación

de la influencia británica en Europa seguía viva y coleando en el

Departamento de Estado de EE. UU. Truman todavía estaba rodeado de

demasiados asesores decididos a creer que todos los intentos por contener la

influencia soviética en Europa servían, en realidad, a la construcción del

imperio británico[15].

Pese a que Estados Unidos no mostraba interés en enfrentarse a Tito, el 2

de mayo, las fuerzas de Alexander lograron entrar en Trieste y doblegar a la

guarnición alemana, pero todavía se mantenía el incómodo punto muerto

entre el VIII Ejército británico y algunos elementos del ejército yugoslavo.

Para dar legitimidad a sus acciones, Alexander envió un cable a Tito para

recordarle que ya se había llegado a un acuerdo entre ambas partes sobre

aquella operación en el mes de febrero, pero al comandante supremo todavía

le preocupaba que Tito no retrocediese. En un informe enviado a Churchill,

Alexander expresa sus preocupaciones sobre el conflicto con el antiguo

aliado:

 

Si los jefes del Estado Mayor Conjunto me ordenan ocupar toda Venecia Julia por la fuerza si es

necesario, nos veremos abocados a una lucha con el ejército yugoslavo, que contará al menos con el

apoyo moral de los rusos. Antes de comprometernos, creo que también debemos tener en cuenta el

sentir de nuestras tropas. Profesan una profunda admiración al ejército partisano de Tito y se

identifican con ellos y su búsqueda de libertad. Por ello, debemos ser muy cautelosos antes de

pedirles que den la espalda al enemigo común para luchar contra un aliado. Por supuesto, no me

considero capaz de calibrar la reacción de nuestro pueblo, al cual conoce usted tan bien[16].

 

Llegado el 6 de mayo, Alexander había logrado asegurar algunos de los

objetivos principales de Tito, entre ellos Trieste, Gorizia y Monfalcone, y

Churchill estaba encantado, pero recordó a Alexander que «Tito, respaldado

por Rusia, presionará con ímpetu, pero no creo que se atrevan a atacarle en su

actual posición[17]».

 

Aunque los Aliados habían hecho grandes progresos, Alexander se

encontraba con el problema de que, si se le ordenaba imponer por la fuerza

una línea fronteriza, era posible que no dispusiese de la fuerza militar

necesaria para llevarlo a cabo. Envió un telegrama al premier con una lista

alarmantemente larga de las tropas imperiales y estadounidenses que iban a

ser desmovilizadas o reposicionadas en Extremo Oriente[18]. No tardó mucho

en lamentar el haberse tomado la molestia, porque Churchill respondió con un torrente de críticas contra Alexander. «Lo que más me ha alarmado de su

telegrama —le reprendió Churchill— es que parece estar usted de acuerdo

con todo esto y dar por sentado que las tropas que le queden después de

diciembre serán suficientes. […] Yo no estaba al tanto de lo que estaba

ocurriendo». Alexander se apresuró a asegurar a Churchill que no todo

estaba perdido en la contienda contra la influencia soviética, pues contaba

con el apoyo de importantes figuras estadounidenses, como el embajador

Kirk, para conservar una presencia militar fuerte en Europa. Este dato era

tranquilizador, sobre todo teniendo en cuenta que se había hecho recuento de

las fuerzas estadounidenses en la región y se había confirmado que el general

Patton podría desplazar cinco divisiones acorazadas hasta el paso del

Brennero si era necesario, aunque necesitaría un cierto estímulo. Es más, si

llegaba a aflorar el conflicto, la flota estadounidense en el Mediterráneo

estaba prevenida para pasar al Adriático, y los aviones de EE. UU. también

estaban a la espera. Sin embargo, por precaución, Truman continuaba

mostrándose reacio y declaró: «A menos que las fuerzas de Tito ataquen, me

resulta imposible implicar a este país en otra guerra[19]».

Churchill estaba en guardia contra esta crisis, pero sus asesores militares

opinaban que su líder era harto más diestro en la gestión de disputas

estratégicas de mayor calado que lidiando con conflictos territoriales de

índole más regional. Utilizando una analogía del críquet, «Pug» Ismay

opinaba que «se puede contar con que el primer ministro marque cien puntos

en un partido internacional, pero en uno de pueblo no sirve para nada[20]».

Sin embargo, el increíble vigor de Churchill parecía superar siempre al de sus

subordinados y su capacidad para conciliar un sueño profundo e

imperturbable le ayudaba, sin duda, a conservar su fortaleza. Más adelante

admitiría que durante toda la guerra solo habían logrado tenerlo en vela el

hundimiento del Repulse y del Prince of Wales o la caída de Creta. En todas

las demás ocasiones, confesó, «apago la luz, mando a todo el mundo a paseo

y me echo a dormir[21]». Con la llegada de la última semana de la guerra, las

preocupaciones se trasladaron hacia la ocupación de Alemania y se

incrementó cada vez más la presión sobre los polacos para que participasen

en la ocupación aliada. El mariscal de campo Brooke, con el final de su

estresante misión a la vista, estaba ya cansado de las arengas del general

Anders:

 

Esta tarde, Anders ha vuelto a venir a verme tras visitar a su cuerpo de polacos en Italia. Dice que

hay al menos un millón de polacos en Europa occidental a los que puede (y desea) echar el guante

para acrecentar su contingente. Quiere tomar parte en la ocupación de Alemania ¡y además tiene la

absurda esperanza de regresar a Polonia luchando, atravesando las líneas rusas! ¡Menuda situación

tan desesperada nos va a presentar el ejército polaco[22]!

Aunque Brooke se lamentaba de la envergadura del ejército polaco,

Churchill debía de ser consciente de su utilidad en caso de que se declarase la

guerra. También era consciente de que Occidente no debía renunciar

voluntariamente a sus monedas de cambio. Con tal fin, el 1 de mayo advirtió

a Truman de que los Aliados no debían retirarse hasta la línea Este-Oeste que

se había acordado previamente, sacrificando así valiosos territorios que

habían conquistado recientemente. A la semana siguiente, subrayaba la

importancia del mismo argumento en un mensaje a Anthony Eden:

 

Personal y alto secreto

Me temo que han sucedido cosas terribles durante el avance ruso a través de Alemania hasta el Elba. La propuesta de la retirada del ejército estadounidense a las líneas de ocupación que acordaron Rusia y Estados Unidos en Quebec […] significaría que la marea de dominación rusa barrería doscientos kilómetros más en un frente de cuatrocientos o quinientos kilómetros. Esta circunstancia, de producirse, sería una de las más lamentables de la historia. Una vez concluido el avance y ocupado el territorio por los rusos, Polonia quedaría engullida por completo y sepultada en las tierras dominadas por Rusia. Desde el cabo Norte en Noruega hasta un punto situado justo al este de Lübeck, pasaría una frontera rusa de facto que seguiría la frontera entre Finlandia y Suecia y a través del Báltico.

Así, los territorios bajo control ruso incluirían las provincias bálticas, toda Alemania hasta la línea de ocupación, toda Checoslovaquia, gran parte de Austria, toda Yugoslavia, Hungría, Rumanía, Bulgaria; hasta Grecia, en su actual condición inestable, llega. Incluiría todas las grandes capitales del centro de Europa, entre ellas Berlín, Viena, Budapest, Bucarest y Sofía. La posición de Turquía y Constantinopla entrará en disputa de inmediato.

Esto constituye una circunstancia en la historia de Europa para la que no hay precedentes, y a la que los Aliados no se han enfrentado en su larga y peligrosa lucha. Ya solo las demandas de reparaciones que los rusos exigirán a Alemania serán tales que les permitirán prolongar la ocupación de manera casi indefinida, desde luego durante muchos años, periodo en el cual, Polonia se hundirá junto con muchos otros estados en la vasta zona que constituirá la Europa controlada por Rusia […] Estos asuntos solo pueden dirimirse antes de que los ejércitos estadounidenses desplegados en Europa queden debilitados. Si no se zanjan antes de que los ejércitos de EE. UU. se retiren de Europa y de que el mundo occidental retire sus maquinarias de guerra, no existe posibilidad alguna de una solución

satisfactoria y muy pocas de evitar la tercera guerra mundial[23].

 

Fue entonces cuando Stalin consideró adecuado revelar la información

sobre los dieciséis hombres de la delegación polaca. Durante la conferencia de

San Francisco, tanto Eden como Stettinius habían pedido a Molotov que

averiguase qué había ocurrido con los polacos, pero no trascendió nada.

Entonces, la tarde del 3 de mayo, Molotov invitó a algunos delegados, Eden y

Stettinius entre ellos, a cenar en el consulado soviético de San Francisco.

Charles «Chip» Bohlen, un intérprete de la delegación estadounidense, fue

testigo de la extraordinaria revelación:

 

Entré con Stettinius, que saludó a Molotov con su sonrisa espontánea habitual. Mientras se

estrechaban la mano, Molotov dijo: «Por cierto, señor Stettinius, ¿se acuerda de aquellos dieciséis

polacos? Los ha arrestado el Ejército Rojo». E inmediatamente se dio la vuelta y añadió: «Hola, Sr.

Eden». Stettinius se quedó allí plantado con la sonrisa congelada en el rostro[24].

 

Tras interrogar a los prisioneros polacos durante más de tres semanas con la esperanza de obtener información sobre lo que quedaba del movimiento

clandestino, ahora los soviéticos habían decidido dar una respuesta a

Occidente. De pronto hubo anuncios desde todas las instancias. El 4 de mayo,

Churchill recibió el siguiente telegrama de Stalin, y era cualquier cosa menos

conciliador:

 

El mismo general Okulicki está a cargo de la preparación y la ejecución de actividades subversivas

tras las líneas del Ejército Rojo, subversión que se ha cobrado la vida de más de cien soldados y altos

mandos de dicho ejército. El grupo también está acusado de poseer radiotransmisores ilegales en la

retaguardia de nuestras tropas, lo cual también está prohibido por ley. Todos, o parte de ellos, según

el resultado de la investigación, serán sometidos a juicio [25].

 

El 5 de mayo, el portavoz oficial del partido comunista soviético, Tass,

alegó que el grupo polaco había utilizado una «emisora de radio ilegal» tras

las líneas soviéticas y que sería sometido a juicio[26]. El propio Stalin se

reservó casi toda la bilis para el comandante en jefe del desmantelado Ejército

Nacional, el general Okulicki, al que tildaba de «personaje especialmente

odioso». Conocido como «Kobra», Okulicki era el último comandante en jefe

del movimiento de resistencia y, aunque había ordenado el desmantelamiento

de su ejército para salvar vidas en enero de 1945, todavía era un premio de

gran valor para el NKVD, que pretendía afianzar su dominio sobre

Polonia[27]. Radio Lublin, altavoz de los polacos al servicio de los soviéticos,

intervino con un programa en el que se hablaba de acusaciones de «alta

traición» cometida por «Okulicki y sus cómplices» contra el estado polaco[28].

La captura y encarcelamiento de estos líderes polacos fue una jugada esencial

para el control de Polonia por parte de la Unión Soviética, porque de una

tacada eliminó a una generación de líderes de la resistencia y frenó en seco el

crecimiento de nuevas organizaciones.

El principal grupo de la resistencia, el Ejército Nacional (AK), había sido

disuelto el enero anterior, y los antiguos integrantes del AK estaban

intentando reagruparse. Acababa de formarse un nuevo movimiento,

llamado Niepodległość, o Nie (No), pero su comandante, el coronel Jan

Rzepecki, no tardó en darse cuenta de que cualquier intento por forjar una

nueva organización de políticos y combatientes clandestinos antisoviéticos

estaba condenado al fracaso. Otro movimiento de la resistencia que sucedió al

AK, la Delegación de las Fuerzas Armadas (Delegatura Sił Strojny), o DSZ,

conoció un destino similar, pero el nacionalista NSZ (Narodowe Siły

Zbrojne), ya existente, logró continuar la lucha, entregado a la destrucción del

comunismo y las fuerzas prosoviéticas que actuaban desde dentro de Polonia.

Cosecharon algunos éxitos, pero a Occidente le resultaba difícil determinar

con cuánto apoyo contaba este movimiento nacionalista dentro del país. Sin

embargo, a principios del verano de 1945 se dieron pasos para crear otra organización político-militar que ofreciese una nueva esperanza a quienes se

resistían al dominio soviético: «Libertad e independencia» (Wolność i

Niezawisłość, o WiN) con el doble objetivo de crear lazos con el Partido

Campesino de Mikołajczyk y de mantener la presión militar sobre las

autoridades soviéticas[29].

Aunque la preocupación de Churchill por Polonia se acrecentaba día a

día, seguía sin tener datos de espionaje sólidos sobre lo que ocurría dentro

del país, como siempre había ocurrido. Pese a los esfuerzos de la SOE por

introducir agentes en Polonia, pocos habían sobrevivido, e incluso en los

culminantes acontecimientos del levantamiento de Varsovia ocurridos en el

verano de 1944, el seguimiento de la crisis por parte de Gran Bretaña fue

insuficiente y tardío. Habían confiado casi en exclusiva en el trabajo de un

antiguo prisionero de guerra británico, el sargento John Ward, que, por

iniciativa propia, había huido para unirse al AK y remitía a Londres informes

periódicos sobre las tribulaciones de sus camaradas polacos. Sin embargo, a

principios de 1945, Gran Bretaña intentó calibrar el nivel de resistencia en

Polonia. La Operación Freston fue un intento más bien infructuoso de la SOE

por infiltrar una misión militar en el país, pero la operación acabó convertida

en una opereta en enero de 1945, cuando los soviéticos metieron a todos los

integrantes de la misión en un camión de ganado y los enviaron a Moscú. La

operación, más que tardía, pretendía obtener información de primera mano

de antiguos dirigentes del AK, pero como los integrantes de la misión

llegaron con excesiva demora, su intento fue en vano. Aun así, se obtuvo

información sobre el estado de las redes viarias y ferroviarias de Polonia, que

podría haber resultado útil para los planificadores de Impensable[30].

La agitación generada por el final de la guerra y el movimiento de un gran

número de refugiados fue de utilidad para la recogida de datos, pues con

frecuencia las operaciones pasaron inadvertidas en medio de la confusión.

Hubo también otros intentos más manifiestos de obtener datos de espionaje

en Polonia. Una operación combinada del Servicio de Inteligencia Secreto

británico (SIS) y la SOE trató de entrar en Polonia haciéndose pasar por una

«misión de observadores del Ministerio de Asuntos Exteriores» para calibrar

el ambiente político del país, pero estaba condenada al fracaso porque

dependía de la colaboración del NKVD. No obstante, aquel ejercicio sirvió

para resaltar el ensamblaje de las dos organizaciones secretas británicas.

Muchos de los «activos» de la SOE se transferirían al SIS durante el verano de

1945, por lo que, con el fin de la guerra, la SOE tuvo que realizar arduos

esfuerzos para evitar que sus agentes se dispersasen. Al fin y al cabo, aquellos

hombres y mujeres estaban en posesión de un valioso banco de espionaje

sobre los países europeos que al SIS le resultarían de muchísima utilidad en

caso de un futuro conflicto con la Unión Soviética:

Debe mantenerse contacto con ellos, si es posible sin grandes dispendios, para formar un núcleo de

agentes probados y experimentados, capaces de una rápida expansión en caso de otra guerra.

Muchos de estos agentes necesitarán ayuda para volver a integrarse en la vida civil […] Dicha ayuda

puede llegar en forma de localización de agencias para la venta de productos británicos en el

extranjero, ayudando así a antiguos agentes para obtener medios de desplazamiento en el periodo

de posguerra inmediato, cuando los viajes estén restringidos [31].

 

A principios de mayo, la amenaza de que el Ejército Rojo continuase su

avance hasta Dinamarca ocupaba un lugar prioritario en la mente de

Churchill[32]. Le llegaron informes del agregado naval británico en Estocolmo

de que los soviéticos habían lanzado paracaidistas cerca de Copenhague y de

que estaba incrementándose la actividad comunista local dentro de

Dinamarca. Con la mayor premura, las fuerzas de Montgomery se dirigieron

a Lübeck para intentar cortar el avance soviético hacia la Dinamarca

peninsular. El 2 de mayo, la 11.ª División Acorazada británica llegó por fin a

Lübeck y un día más tarde, la 6.ª División Aerotransportada se encontró con

el Ejército Rojo en la ciudad costera de Wismar. Fue una carrera muy reñida

porque, aunque las fuerzas de EE. UU. habían ayudado a las británicas en su

avance, Montgomery había conseguido llega a Lübeck con solo doce horas de

adelanto[33]. A lo largo de toda la costa alemana, las unidades intentaban

rendirse desesperadamente a las fuerzas occidentales para no sufrir la ira del

Ejército Rojo, una situación que no hacía más que alimentar la obsesión de

Stalin con que los nazis estaban conchabados con los Aliados occidentales.

Pese a todo, Eisenhower se desvivió por aplacar al alto mando soviético

(Stavka) al confirmar que todas las unidades alemanas que las fuerzas

británicas o estadounidenses capturasen en zonas en disputa serían

entregadas al Ejército Rojo y correrían un destino incierto.

El fin efectivo de la lucha en todos los frentes se produjo el 7 de mayo y se

inició entonces una actividad frenética entre bambalinas para coordinar las

declaraciones oficiales entre los gobiernos estadounidenses, británico y

soviético. Para gran furia de Stalin, el régimen provisional alemán,

encabezado por el almirante Dönitz, se rindió oficialmente a Eisenhower en

Reims, y no al Ejército Rojo[34]. La capitulación se hizo efectiva de manera

oficial en las primeras horas del 8 de mayo para que Churchill pudiera

anunciar por radio al pueblo británico que había llegado el fin de su lucha.

Entonces Stalin insistió en que se produjera otra «rendición incondicional» en

Berlín, y poco más tarde de la 1 de la mañana del 9 de mayo, el mariscal

Zhúkov, en presencia de los comandantes estadounidenses y británicos,

aceptó la rendición del mariscal de campo Keitel. La noticia se anunció horas

más tarde en Moscú y al amanecer del 9 de mayo la ciudad se despertó con

las celebraciones del Día de la Victoria. Por la tarde, varios millones de

moscovitas se habían dado cita en la Plaza Roja.

Todas las hostilidades cesaron la medianoche del 8 de mayo y ese día fue

nombrado Día de la Victoria en Europa. Hubo gozosas celebraciones en toda

Gran Bretaña, pero no fueron universales, pues la guerra en Extremo Oriente

estaba lejos de su fin y en muchas familias había soldados adiestrándose para

el asalto a Japón. Las festividades en Gran Bretaña continuaron durante días,

pero una vez más llegaron noticias que enfriaron los ánimos. Cada vez se

recibía más información sobre las atrocidades descubiertas en los campos de

concentración nazis, que solo sirvieron para generar aún más hostilidad en

Gran Bretaña y Estados Unidos hacia Alemania y sus soldados. Si se esperaba

que las tropas aliadas entrasen en acción meses después, codo con codo con

este antiguo enemigo, habría ajustes de cuentas. Era difícil imaginar una

posible cooperación entre unidades.

Pero la cooperación entre los Aliados occidentales y sus otrora enemigos

tendría que producirse. Llegado el Día de la Victoria en Europa, el sucesor

designado por Hitler, el gran almirante Karl Dönitz, todavía dirigía el

esqueleto del gobierno del Reich desde la ciudad de Flensburgo, situada en la

frontera entre Alemania y Dinamarca. Al aceptar el cargo, había desestimado

a muchos oficiales nazis de mayor rango, entre ellos Heinrich Himmler, e

improvisado un gobierno provisional que, en su opinión, sería más aceptable

para los Aliados occidentales. En los primeros días de la posguerra, Churchill

decidió que era oportuno utilizar esta administración alemana para gobernar

el castigado sector ocupado por Occidente, aunque bajo las órdenes del

comandante supremo aliado. El primer ministro pensaba que en los inicios

era necesario que existiese algún tipo de fuerza con la que pudiese

comunicarse y que ordenase deponer las armas a las unidades alemanas

beligerantes que quedasen. Y en los siguientes meses, una Alemania fuerte

apoyada por Occidente sería un baluarte vital en la defensa contra la

usurpación soviética. Pero los razonamientos de Churchill no contaban con

las «bombas de relojería» de la administración alemana, como el mariscal de

campo Busch, que se apresuró a anunciar en Radio Flensburgo que Dönitz

todavía era el que daba las órdenes, lo cual originó un tremendo alboroto en

los medios de comunicación. Los días del último canciller del Reich estaban

contados.

Mientras Gran Bretaña y Estados Unidos celebraban el Día de la Victoria

en Europa, en Polonia no había nada que celebrar. Es más, resulta difícil

sobreestimar el sufrimiento y el trauma que había soportado el país durante

la ocupación nazi, y que continuó soportando bajo el dominio soviético. Se

había eliminado todo un estrato culto de la sociedad: altos mandos del

ejército, abogados, profesores, médicos, científicos, clérigos… Había

desaparecido todo el que pudiese ofrecer alguna clase de guía a las

comunidades o presentar algún tipo de resistencia a los ocupantes. Entre 1939 y 1946, la población polaca descendió de treinta y cinco millones a menos de

veinticuatro, mientras que el territorio del país se redujo de casi 390 000

kilómetros cuadrados a 310 000[35].

Más al Este, un triunfante Stalin había organizado celebraciones de la

victoria en la «Gran Guerra Patria», que tendrían lugar en Moscú. En la Plaza

Roja se produjeron alborotos, pues hordas de jubilosos moscovitas se

dirigieron en tropel hacia el inmenso centro. Un diplomático británico

presenció cómo una «calva rosada rodeada de blancos mechones y un cuerpo

envuelto en una levita y polainas» chillaba mientras la lanzaban

juguetonamente al aire[36]. Aquella calva y aquel cuerpo no pertenecían a otro

que al deán de la catedral de Canterbury, el doctor Hewlett Johnson, que se

hallaba de visita en la capital soviética. Conocido como el «deán rojo» por sus

ideas prosoviéticas, se encontraba en plena estancia de tres meses por

invitación de la organización soviética VOKS, que tenía el supuesto fin de

fomentar los lazos culturales entre la Unión Soviética y otros países. Johnson

había sido ardiente defensor de dichos lazos, pero la VOKS tenía en realidad

planes más siniestros como agencia de la Comintern, el organismo comunista

encargado de expandir la revolución a Occidente por todos los medios

necesarios, incluida la propaganda[37]. No está claro cuánto sabía el clérigo de

tal subversión, pero su aparición en la Plaza Roja el 9 de mayo no fue

inapropiada en absoluto. Al fin y al cabo, había estado en Leningrado unos

días antes y el embajador británico lo llamó a Moscú para que oficiase un

servicio de acción de gracias.

Entre las celebridades que asistieron al servicio se encontraba la esposa de

Churchill, Clementine, que se hallaba de visita en el país en representación

del Fondo Británico de Ayuda a Rusia. Sin embargo, esta tuvo la precaución

de evitar cualquier encuentro con su anfitrión que pudiese resultar

comprometido. Churchill había advertido a su esposa de que «el tío Joe se

estaba portando mal», pero el deán de Canterbury nunca habría escuchado

semejante advertencia[38]. Es más, varios meses después, Johnson se prestó a

un extraño encuentro con Stalin y Molotov: una reunión que duró casi una

hora, un privilegio otorgado a muy pocos, sobre todo a los que no

pertenecían a un círculo diplomático muy estrecho. Según Johnson, en el

encuentro hubo mucha admiración personal y un total acuerdo sobre la

incapacidad de la prensa británica para alabar los éxitos militares soviéticos.

Quizá Stalin pensaba que Johnson tenían más influencia en Gran Bretaña de

la que realmente tenía, pero el dirigente soviético se esforzó en resaltar que

«no tenemos ningún deseo de hacer daño a Inglaterra». Sin embargo, también

lanzó la amenaza velada de que las relaciones pacíficas «dependerán en gran

medida de sus políticos. Si ellos ponen voluntad, nosotros ponemos

voluntad[39]».

Terminada la guerra, una de las máximas preocupaciones de Churchill era

la desmovilización y el riesgo de que esta dejase a Occidente a merced de

Stalin. Discutió con Eden qué ocurriría cuando las fuerzas estadounidenses se

retiraran de Europa y las británicas fueran desmovilizadas, un asunto que

para él era mucho más importante que la formación de las Naciones Unidas,

que todavía se discutía en San Francisco. Eden tuvo ocasión de transmitirle

las alentadoras noticias de que las tropas estadounidenses no se retirarían de

Alemania de inmediato, pero el gobierno de EE. UU. todavía recelaba de los

auténticos motivos de los británicos. Los estadounidenses comprendían las

inquietudes de Churchill, pero en Washington parecían temer más la

expansión del Imperio Británico que el dominio comunista en Europa. De

hecho, era una opinión muy extendida entre los militares estadounidenses,

así como entre sus políticos y la sociedad civil. Un joven excombatiente de la

guerra del Pacífico, John F. Kennedy, escribió un comentario para The New

York Journal en el que declaraba que «Rusia necesita la paz más que nadie».

En el artículo no parecía cuestionar el derecho a la soberanía para los vecinos

de la URSS y declaraba que «Rusia no permitirá gobiernos hostiles junto a sus

fronteras». El futuro presidente de Estados Unidos concluía con la

escalofriante advertencia de que los soviéticos «sienten que se han ganado

este derecho a la seguridad. Tienen toda la intención de obtenerla a cualquier

precio[40]».

La opinión pública estadounidense también estaba condicionada por la

creencia de que Stalin parecía un aliado más importante que los británicos

para la derrota de Japón. En las semanas previas a la prueba atómica

confirmada, Truman necesitaba más a Stalin que a Churchill, y un mes

después de haber jurado el cargo, Truman confió a su esposa que Churchill le

resultaba tan «exasperante» como los soviéticos[41]. Pero Truman tenía sus

propias flaquezas, y su obsesión con el legado de Roosevelt no era la menor

de ellas, como admitió su biógrafo:

 

Truman desarrolló el deseo casi obsesivo de no dejar ninguna decisión sin tomar —otro ámbito en el

que creía que podía superar a Roosevelt— y esto significaba que no se concedía suficiente tiempo

para reflexionar y debatir. No es que estuviese mal informado: leía sus documentos

meticulosamente e impresionaba a su entorno por el rigor con que dominaba la información. Pero

estaba tan empeñado en ser decisivo en los asuntos cotidianos […] que corría el riesgo de no

considerar adecuadamente las opciones y de no ver el impacto de una decisión en otra, o incluso su

relación con una política general coherente. Un ejemplo clásico y temprano fue su aceptación de la

recomendación de recortar el programa de préstamo y arriendo a los pocos días del fin de la guerra

en Europa[42].

 

Ante el clima de desconfianza que imperaba entre Gran Bretaña y Estados

Unidos, el secretario de Asuntos Exteriores, Eden, ordenó un recuento de las

respectivas fuerzas en el Este y el Oeste. Desde luego, el informe pintaba un panorama deprimente para Gran Bretaña. Advertía que la Unión Soviética,

como todos los gobiernos totalitarios, podía permitirse llevar a cabo una

política exterior dura y persistente, ya que no estaba sometida a las presiones

de la opinión pública. Sin embargo, el informe también afirmaba que Stalin

tenía menos ilusiones que los Aliados occidentales sobre lo rápido que podía

regenerarse Alemania, tanto política como económicamente y, en última

instancia, en el plano militar. Y, para proteger a la Unión Soviética contra una

Alemania resucitada y poderosa, el informe presumía que Stalin había

ocupado Europa del Este por poderes, una ocupación que se haría

permanente a menos que Occidente actuase con rapidez y plantase el pie con

firmeza en Polonia, Finlandia, Austria y Yugoslavia[43].

En su intento por salir del punto muerto al que se había llegado respecto

de Polonia, Churchill llegó a la conclusión de que otra conferencia de los Tres

Grandes podría servir para intimidar a Stalin. Incluso Truman empezaba a

dar muestras de cierto titubeo en su compromiso de celebrar unas elecciones

en Polonia al mencionar que podría adoptarse el modelo yugoslavo en lugar

de las provisiones de Yalta. Para Churchill fue un mazazo, y opinaba que la

mejor oportunidad de crear un frente unificado era continuar debatiendo[44].

En una carta a Truman fechada el 11 de mayo, expresaba el crudo panorama

al que se enfrentaban:

 

Considero que, a estas alturas, el punto muerto alcanzado en Polonia solo puede deshacerse en una

conferencia entre los tres jefes de gobierno en alguna localidad alemana que no esté destruida, si es

que hay alguna. Dicha conferencia debería celebrarse a principios de julio, a más tardar.

La marea de dominación rusa barrería doscientos kilómetros más en un frente de cuatrocientos o

quinientos kilómetros. Esta circunstancia, de producirse, sería una de las más lamentables de la

historia. Una vez concluido el avance y ocupado el territorio por los rusos, Polonia quedaría

engullida por completo y sepultada en las tierras dominadas por Rusia. […] Los Aliados no

deberíamos retirarnos de nuestras posiciones actuales en la línea de ocupación hasta que quedemos

satisfechos en cuanto a Polonia y también en cuanto al carácter temporal de la ocupación rusa de

Alemania y a las condiciones que se establecerán en el valle del Danubio sovietizado o controlado

por Rusia. […] Estos asuntos solo pueden dirimirse antes de que los ejércitos estadounidenses

desplegados en Europa queden debilitados. Si no se zanjan antes de que los ejércitos de EE. UU. se

retiren de Europa y de que el mundo occidental retire sus maquinarias de guerra, no existe

posibilidad alguna de una solución satisfactoria y muy pocas de evitar la tercera guerra mundial[45].

 

El otro problema que abrumaba a Churchill era el futuro de su propio

gobierno, porque sabía que en cuanto se acabase la guerra, los días de la

coalición estaban contados. El Partido Laborista había aceptado apoyar la

coalición hasta octubre de 1945, pero para Churchill y sus estrategas del

Partido Conservador era muy tentador ir al país en junio, aprovechar la

euforia del final del conflicto y cortar en seco el creciente apoyo al Partido

Laborista. Sin embargo, no era difícil que los acontecimientos internacionales

desplazasen a los asuntos nacionales y podía surgir el riesgo de un conflicto

con la Unión Soviética en relación con Polonia, los Balcanes, Viena o Trieste. El 12 de mayo, Occidente renunció a una importante ventaja con la retirada

de las fuerzas estadounidenses desde su frente en el río Elba hasta una línea

acordada por detrás de Eisenbach. Sin duda alguna, el Ejército Rojo llenaría

este espacio vacío en cuestión de semanas, para añadirlo a sus ya enormes

ganancias territoriales. En un telegrama a Truman, Churchill lanzaba su

primera advertencia: «En su frente han tendido un telón de acero. No

sabemos qué está sucediendo detrás». Y le daban miedo las consecuencias.

«Para los rusos queda abierto —continuaba— el avance en muy poco tiempo

hasta las aguas del mar del Norte y del Atlántico, si así lo desean[46]».

Pese a las iniciales garantías de lo contrario, las tropas estadounidenses

tenían que retirarse de Europa. El jefe del Estado Mayor del ejército de

Estados Unidos, el general George Marshall, dijo a Lord Halifax en

Washington que cada mes se retirarían de Europa 50 000 efectivos y que, sin

duda alguna, la opinión pública estadounidense presionaría cada vez más

para que se acelerase el proceso. Sin embargo, a Churchill todavía le quedaba

un rayo de esperanza: el 12 de mayo, Truman dio un giro de ciento ochenta

grados para apoyar su postura al respecto del uso de la amenaza de la fuerza.

«Tenemos que decidir ahora —dijo Truman— si debemos defender el

principio fundamental de lo acuerdos territoriales mediante el proceso

previsto[47]». El secretario de Guerra del presidente, Henry Stimson, abundó

en el mismo sentido con la advertencia de que los Aliados occidentales y los

soviéticos se estaban «metiendo en un choque frontal». Era de la opinión de

que los estadounidenses ya habían cedido demasiado terreno a los soviéticos:

 

Se trata de un caso en el que tenemos que recuperar la iniciativa, y quizá tengamos que hacerlo de

un modo bastante brusco y realista. Ellos [los soviéticos] parece que nos han ganado por la mano

porque nosotros hemos hablado demasiado y hemos sido demasiado espléndidos en benevolencias

hacia ellos. Le he dicho [al general Marshall] que aquí tenemos nosotros todas las cartas. Tenemos

una escalera real y no debemos hacernos los tontos a la hora de jugarla. Ellos no pueden seguir

adelante sin nuestra ayuda y nuestras industrias y estamos a punto de disponer de un arma que será

única. Ahora de lo que se trata es de no meterse en disputas innecesarias por dialogar demasiado[48].

 

Las noticias que llegaban del proyecto atómico, «Tube Alloys», habían

animado a Stimson, pero su presidente estaba más excitado por la amenaza

de Tito en la frontera italiana que por el problema de la democracia polaca.

En un telegrama a Churchill, el presidente subrayaba su convicción de que

Tito no pensaba rendir Venecia Julia sin luchar y, si Estados Unidos y Gran

Bretaña se lo permitían sin hacerle frente, se establecería un precedente

peligroso:

 

Parece que Tito está dispuesto a plantear una reivindicación idéntica en el sur de Austria, en las

regiones de Carintia y Estiria, y que podría tener designios similares para algunas zonas de Hungría

y Grecia si sus métodos funcionan en Venecia Julia […] El problema radica fundamentalmente en

decidir si nuestros dos países van a permitir que nuestros aliados se enzarcen en una apropiación

incontrolada de tierras o que utilicen tácticas demasiado parecidas a las de Hitler y Japón [49].

 

Churchill estaba encantado con la renovada efervescencia del presidente,

aunque el mariscal de campo Brooke se sintiera alarmado. Esa misma tarde,

Brooke plasmaba en su diario la reacción de Churchill:

 

Winston celebró un gabinete de guerra para debatir la situación en Yugoslavia. Había recibido un

telegrama de Truman lleno de ideas belicosas en el que se mostraba dispuesto a ponerse duro con

Tito. Winston está encantado. ¡Hasta me da la impresión de estar deseando otra guerra, aunque eso

signifique tener que luchar contra Rusia [50]!

 

Al día siguiente, Churchill seguía eufórico y un almirante Cunningham

bastante fatigado presenció una clásica exhibición de su primer ministro. «Es

mucho más difícil hacer la paz que la guerra», escribió Cunningham en su

diario. «Reunión del gabinete a las 18.00 horas. Antes de empezar con el

orden del día, el primer ministro nos obsequió con una larga diatriba que

duró hasta las 19.40[51]». Pese a que los mandos de la categoría de

Cunningham empezaban a cansarse de las continuas advertencias de

Churchill, otros se mostraban encantados de darle su apoyo público, aunque

no siempre era bien recibido. El mariscal de campo Alexander alarmó a los

estadounidenses, y también a los británicos, con sus declaraciones públicas

sobre Tito, comparando sus métodos con los de Hitler y Mussolini[52]. Del

mismo modo, el general estadounidense George Patton, famoso por su

inconformismo, se despachó a gusto en el hotel Majestic de París sobre la

situación de la seguridad en Europa. «Es una puñetera vergüenza», espetó.

Cuando le preguntaron a qué se refería, aclaró:

 

Día tras día viene al cuartel general un pobre oficial checo, austríaco, húngaro e incluso alemán. Casi

tengo que sujetarlos para que no se pongan de rodillas. Me dicen con lágrimas en los ojos: «Por el

amor de Dios, general, venga con su ejército a mi país. Denos una oportunidad de establecer

nuestros propios gobiernos. Denos una última oportunidad de vivir antes de que sea demasiado

tarde, antes de que los rusos nos esclavicen para siempre[53]».

 

Abundando en el tema, Patton declaró que el III Ejército aliado podría

«machacar» él solo al Ejército Rojo. Es más, juzgaba preferible enfrentarse a la

Unión Soviética sin más dilación para que las bajas fueran menores que en

una guerra futura, un punto de vista que podría haber compartido Churchill,

pero que no era el de los soldados estadounidenses que se encontraban en el

frente:

 

Nunca escuché ni un solo comentario antirruso. Creo que éramos suficientemente realistas para

darnos cuenta de que si llegábamos a luchar con ellos [con los soviéticos], quedaríamos en segundo

lugar. Todavía no se sabía nada de la bomba atómica. No podíamos más que suponer que sería una

lucha de ejércitos en masa, con su capacidad para sacrificar millones de soldados. Nosotros éramos

conscientes de que nuestros dirigentes intentaban ahorrar vidas […] En la campaña final, en la que

atravesamos Bavaria hacia el Sur, estábamos en el ejército de Patton, que decía que debíamos seguir

adelante. Para mí, la idea era inconcebible. Los rusos nos habrían masacrado porque estaban

dispuestos a sacrificar incontables vidas. Creo que entre los soldados no había valor para luchar con

los rusos: la prensa y los noticiarios nos tenían suficientemente informados para saber lo que había

pasado en Stalingrado [54].

 

El 14 de mayo, el mariscal de campo Montgomery tomó un avión desde

Berlín hasta Londres para consultar con Churchill sobre el rápido deterioro

de la situación en las zonas de Alemania controladas por los Aliados. Pero

Montgomery no solo estaba deseando debatir el problema del enorme

número de prisioneros de guerra alemanes, sino que también esperaba

presionar a Churchill sobre el tema del cargo de gobernador militar. En esta

ocasión, «Monty» quedó decepcionado: Churchill no mostró interés alguno

en hablar del gobierno militar, pues el premier tenía un problema mucho más

acuciante que tratar, como recuerda Monty:

 

Durante nuestro encuentro en Downing Street, el primer ministro se alteró mucho hablando de los

rusos y de las zonas de ocupación, que implicarían una retirada a gran escala por nuestra parte. Me

ordenó que no se destruyesen las armas de los dos millones de alemanes que se habían rendido en el

brezal de Luneburgo el 4 de mayo. Es necesario conservarlo todo, puede que tengamos que luchar

contra los rusos con ayuda alemana. Himmler tenía el mismo punto de vista [55].

 

No está claro cuánto le contó Churchill a Montgomery en aquella ocasión.

Su orden inicial de no destruir las armas alemanas no fue encontrada tras la

guerra, pero es bastante posible que este documento se destruyese una vez

leído, como era práctica rutinaria con muchos otros papeles confidenciales.

En cualquier caso, parece que la retención de equipamiento alemán no se

restringió a las zonas controladas por los británicos. Más tarde, Churchill

confirmaría que también había contactado con el gobernador militar de la

zona de ocupación de Estados Unidos, el general Eisenhower, para

asegurarse de que se siguiese una política similar en los sectores

estadounidenses. Es evidente que Churchill codiciaba las inmensas

cantidades de equipos alemanes, que podrían ser útiles para Occidente en un

futuro conflicto, pero no especificaba las razones de su petición, para la que

daba solo una vaga excusa: «Es posible que algún día nos hagan mucha

falta». Eisenhower replicó, aparentemente sin cuestionar los motivos de

Churchill, que, en cualquier caso, toda destrucción de equipos alemanes,

incluidos los aviones, era una grave violación del Acta de Rendición y que no

se toleraría[56].

Las fuerzas aliadas recibieron claras instrucciones de preservar las armas

y otros recursos alemanes a cualquier coste. Todos los transportes con oruga o

con ruedas capturados debían conservarse en buenas condiciones y las

reservas enemigas de combustible y petróleo debían ponerse bajo vigilancia

armada, pero lo que más interés suscitaba era la retención de las armas alemanas. Un extracto de las órdenes aliadas sobre los territorios

conquistados no deja ninguna duda de que debían conservarse con el mayor

cuidado aquellos activos alemanes:

 

Defensa antiaérea

Todas las armas de defensa antiaérea, pesadas y ligeras, bajo el control de la Luftwaffe se inutilizarán mediante la eliminación de una pieza esencial del mecanismo de disparo. El equipo completo se preservará intacto. Todas las piezas retiradas de las defensas antiaéreas se prepararán adecuadamente para su almacenamiento, etiquetadas con el número de su correspondiente arma, separadas de las armas y preservando su integridad.

Reflectores

Se retirarán todas las barras de carbono de los proyectores. Las bombas de combustible se retirarán de los generadores. Las barras de carbono y las bombas de combustible, junto con todas las barras y las bombas de repuesto, se almacenarán y se preservarán intactas.

Armamento ligero

Todas las armas ligeras se recogerán y se preservarán intactas[57].

 

El 17 de mayo, Churchill dio un paso más allá. Recomendó al Comité de

Jefes del Estado Mayor que «se debe detener cualquier reducción del

comando de bombarderos. Se debe detener cualquier reducción de la fuerza

aérea metropolitana, excepto el comando costero». A esto le siguieron las

órdenes de que no se desmovilizase a la Real Fuerza Aérea de Italia y de que

no se debía destruir ninguno de los aviones alemanes bajo control británico.

También dio instrucciones de frenar la desmovilización del ejército

británico[58]. Todo esto era de una importancia crucial, pues la reducción del

número de efectivos de una unidad del ejército disminuiría su efectividad en

un porcentaje mucho mayor que el de la pérdida de hombres. Es decir: si se

desmovilizaba un 10% de una unidad (en especial si se trataba de efectivos

técnicos o altamente cualificados), la eficacia de lucha de la unidad podría

quedar reducida hasta en un 50%.[59]

Pero el garante de Churchill contra un posible conflicto inminente quedó

anulado por una serie de nuevos contratiempos. Antes de que Montgomery

regresase a Berlín, era necesario tratar el bochornoso problema del gobierno

alemán de Dönitz. Se celebró en Londres una reunión urgente en la que

participaron Churchill, Montgomery y Eisenhower, y uno de los primeros

puntos de la orden del día era el gobierno provisional alemán, que todavía

continuaba en su puesto transcurrida más de una semana desde la rendición.

Su existencia transitoria había ofrecido a los Aliados un canal a través del que

controlar a la Wehrmacht, pero ahora Dönitz se estaba convirtiendo en una

vergüenza. La prensa británica y alemana atacaba la política aliada de

mantenerlo en el puesto mientras otros altos cargos nazis habían sido

detenidos o se habían suicidado. Eisenhower consideraba que su existencia

era un obstáculo para mejorar las relaciones con los soviéticos y se tomó la decisión de que el gran almirante tenía que desaparecer del panorama. El 23

de mayo, el cuartel general alemán en Flensburgo fue rodeado por soldados y

se detuvo a sus ocupantes que, hasta hacía poco, habían estado operando con

el consentimiento aliado. En esos mismos momentos, Himmler se suicidaba

mientras se hallaba bajo custodia de los Aliados.

Al menos Churchill no estaba solo en su percepción de que la Unión

Soviética constituía una amenaza militar para Gran Bretaña. Su socio de

coalición, el líder de los laboristas, Clement Attlee, se quejaba de que los

soviéticos «se comportaban como unos canallas: no nos contaban nada, pero

ponían gobiernos títeres por toda Europa, tan al Oeste como les era

posible[60]». Y, recrudeciendo su lenguaje, Churchill dijo al embajador

soviético en Londres, Feodor Gusev, que los británicos «se negaban a que los

mangoneasen». Se quejó de que estaba cayendo un «telón de acero» y

advirtió a Gusev de que iba a posponer la desmovilización de la RAF para

que «los británicos pudieran debatir la seguridad de Europa respaldada por

la fuerza militar[61]».

Mientras el primer ministro británico continuaba obstinado en su misión,

sus aliados estadounidenses volvían a apartarse del enfrentamiento con

Stalin. Truman escuchaba ahora el consejo de Joseph Davies y de su nuevo

secretario de Estado, James F. Byrnes, ambos partidarios de contener a

Churchill y contentar a Stalin. Estos políticos eran muy influyentes y no

sentían ninguna afinidad con Gran Bretaña. De hecho, Davies había dado

ejemplo de sus credenciales antibritánicas años atrás, cuando dijo a Stalin

que, tras la guerra, Gran Bretaña quedaría arruinada económicamente.

Byrnes, pese a ostentar un cargo no electo, era el heredero evidente de

Truman y la opinión general era que su confianza en política internacional

superaba con mucho a su competencia. Tal era su ascendente con el

presidente que no fue ninguna sorpresa cuando, más tarde, Truman declaró

que «tenía tantas dificultades con el primer ministro Churchill como con

Stalin[62]».

Pero, por muy irritado que estuviese el presidente de Estados Unidos con

esa postura británica más firme, pensaba realizar un último gesto por la

democracia en Polonia. Enviaría a su emisario Harry Hopkins a visitar a

Stalin para mantener una serie de conversaciones privadas. Las órdenes de

Hopkins serían decir a Stalin en un «lenguaje diplomático» que Estados

Unidos cumpliría con las obligaciones contraídas en los acuerdos de Yalta y

que esperaba que él acatara su parte del trato. En caso de necesidad, le dijo

Truman, podía «utilizar un bate de béisbol si le parecía que era el enfoque

adecuado con el señor Stalin[63]». Pero ese no era precisamente el estilo de

Hopkins. Truman confiaba en él, aunque lo describía como un «liberal

avanzado» más que como un «bolchevique de salón» y, sin embargo, el trato cercano y comprensivo de Hopkins con Stalin le granjeó enemistades en

algunas instancias estadounidenses, e incluso había quien creía que se trataba

de un espía soviético.

Mientras la diplomacia de EE. UU. continuaba con su penoso avance en

Moscú, los británicos intentaban escapar del callejón sin salida al que se había

llegado en la tan controvertida región de Venecia Julia. El representante de

Alexander, el general Sir William «Monkey» Morgan, llevaba desde el 7 de

mayo metido en negociaciones por el territorio con el mariscal Tito, y para el

21 de mayo había logrado realizar algún progreso. Morgan había trazado una

frontera provisional entre Yugoslavia e Italia, conocida como «la línea

Morgan», que Tito no rechazó de plano, aunque surgieron tensiones porque

el XIII Cuerpo británico se desplazó hasta esa línea al día siguiente[64]. Toda la

zona continuó siendo un polvorín.

Estas crisis territoriales y diplomáticas continuarían surgiendo tanto si

Churchill conservaba el poder como si no. Al haberse involucrado tanto en

ellas, su resolución se había convertido en una cuestión personal para él, pero

¿qué posibilidades tenía de sobrevivir en el cargo? Desde luego, los líderes

del Partido Laborista del ejecutivo de coalición, Attlee, Bevin y Dalton

incluidos, acariciaban la idea de continuar con su alianza política hasta

derrotar a Japón e incluso más allá, siempre que ciertas medidas sobre la

Seguridad Social y el empleo pudieran convertirse en políticas de gobierno.

Pero tendrían que ganarse la aprobación de su partido, cosa probablemente

imposible, teniendo en cuenta el ambiente de las bases, además de sus

colegas de los sindicatos. Según Lord Moran, los laboristas que participaron

en la conferencia de Blackpool a mediados de mayo mostraron una oposición

implacable a la continuidad de la coalición. «No querían ni mentarla. Estaban

rabiosos», afirmaba. «Así que las elecciones serán en julio[65]». Por

consiguiente, la coalición se rompió el 23 de mayo y los conservadores

formaron un gobierno provisional. Las elecciones generales se celebrarían el 5

de julio, pero los resultados no se desvelarían hasta tres semanas más tarde,

cuando se hubieran contado todos los votos de las tropas de Extremo Oriente.

El consenso político se había borrado de un plumazo y ambos partidos,

conservadores y laboristas, se apresuraron a preparar cada uno su propio

manifiesto. Y aunque Attlee y sus compañeros más veteranos del partido se

habían acostumbrado a la idea de la Operación «Impensable», es inconcebible

que hubieran podido atraerse el sentir de la mayoría de sus colegas

parlamentarios laboristas. El ambiente del país estaba cambiando, y ahora era

Churchill el que corría el peligro de quedarse atrás. Lord Moran se

desesperaba por el espíritu combativo de Churchill:

 

Nadie estaba de acuerdo con la línea que había marcado Winston. Se mofa de «esos necios» que

quieren reconstruir el mundo, pero bajo esa jactancia creo que ya no está tan seguro de todo. Se

siente como si hubiéramos vuelto a los años treinta, solo en el mundo, hablando un idioma

extranjero; y por ello se rebaja a la injuria. Así lo educaron, y la verdad es que le ha ido muy bien en

la Cámara de los Comunes, donde era capaz de hacer polvo a los Stokese y los Shinwell. Pero me

parece que sus golpes yerran el blanco. La guerra ha terminado y la opinión pública está cansada de

luchar, no quiere disputas. Quiere recuperar la normalidad [66].