Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 7 de 14

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Operación «Impensable»

4. El plan: «éxito rápido»

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El plan: «éxito rápido»

 

Durante los meses de abril y mayo de 1945, los planificadores conjuntos

trabajaron hasta altas horas de la noche en sus despachos del Ministerio de

Guerra, luchando con los numerosos supuestos, estadísticas y pronósticos de

la «Operación “Impensable”». Comenzaron su trabajo esbozando el objeto y

los supuestos básicos de su estudio:

 

GABINETE DE GUERRA

COMITÉ DE PLANIFICACIÓN CONJUNTA

Operación «Impensable»

Informe del Comité de Planificación Conjunta

Hemos examinado la Operación «Impensable». Tal como se nos ha indicado, hemos partido de los siguientes supuestos para realizar nuestro examen:

a) La empresa goza de apoyo absoluto entre la opinión pública tanto en el Imperio Británico como en Estados Unidos y, por lo tanto, la moral de las tropas británicas y estadounidenses continúa alta. b) Gran Bretaña y Estados Unidos cuentan con total apoyo de las fuerzas armadas polacas y pueden disponer de los efectivos alemanes y de lo que queda de la capacidad industrial germana. c) No se cuenta con la asistencia de las fuerzas de las demás potencias occidentales, pero se dispondrá de cualquier base situada en su territorio, o de cualquier otra instalación que pueda ser necesaria. d) Rusia se alía con Japón.

e) La fecha del inicio de las hostilidades es el 1 de julio de 1945. f) Los esquemas de reasignación y despliegue de tropas continúan hasta el 1 de julio y luego se detienen.

 

Debido a la especial necesidad de mantener el secreto, no se ha consultado al personal habitual de los Ministerios de Servicio.

 

OBJETIVO

2. El objetivo general o político es imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y el Imperio Británico.

Pese a que «la voluntad» de ambos países podría definirse tan solo como la obtención de un trato justo para Polonia, esto no limita necesariamente el compromiso militar. Un éxito rápido podría inducir a los rusos a someterse a nuestra voluntad al menos durante un tiempo, pero también es posible que no sea así. La decisión queda en manos de los rusos. Si desean una guerra total, están en posición de

conseguirla[1].

 

Por tanto, los planificadores consideraron que esta era una «empresa

peligrosa» en dos «hipótesis». La primera premisa contemplaba un rápido

éxito militar suficiente para alcanzar el objetivo político de meter a Stalin en

cintura e imponerle la «voluntad» de los Aliados occidentales, que estaban

compuestos por fuerzas del Imperio Británico, de Estados Unidos, Polonia y

Alemania. Si esto se lograba no sería necesaria ninguna planificación más, ni

se analizaría ningún compromiso militar, fuera de mantener la línea del

frente. La segunda hipótesis esbozaba, sin duda, un paisaje infernal en el que

los Aliados no lograban alcanzar un éxito rápido y se producía una escalada

en el conflicto que desencadenaba la «guerra total» o la tercera guerra

mundial entre Occidente y el Este. Sin embargo, los planificadores añadieron

una cláusula escalofriante a sus deliberaciones: «Si deseamos alcanzar

nuestro objetivo político de manera fiable y con resultados duraderos, se

haría necesaria la derrota de Rusia en una guerra total[2]».

Ambas hipótesis implicaban la misma planificación preliminar para un

ataque al territorio ocupado por la Unión Soviética y que la ofensiva inicial se

produjese en Europa septentrional. Se eligió la fecha del 1 de julio de 1945 por

ser lo bastante temprana para permitir que la campaña alcanzase sus

objetivos antes de la llegada del invierno. El Comité de Planificación

Conjunta tardaría casi un mes entero en recabar todos los datos necesarios,

cotejar los supuestos y llegar a algunas conclusiones. Se sabe que los jefes del

Estado Mayor examinaron el informe Impensable del Comité de Planificación

Conjunta hacia finales de mayo, por lo que, dejando un mes para la

planificación, es posible realizar una estimación realista de la fecha de inicio

del trabajo hacia mediados de abril. Sin embargo, en un informe del mismo

equipo del Comité de Planificación Conjunta se calculaba que la guerra

terminaría el 30 de junio, una fecha que no dejaba ningún hueco en el

calendario, pues ese mismo equipo también determinaba que la fecha de

inicio de Impensable sería el 1 de julio. La perspectiva de terminar una guerra

un día y comenzar otra al siguiente parece inverosímil[3].

Los agentes soviéticos en Alemania habrían detectado de inmediato los

preparativos para el ataque. El nivel de actividad habría sido considerable,

con la reparación de las vías de aproximación y de las redes de

comunicaciones de Oeste a Este, y con el refuerzo de las defensas fluviales a lo largo del Elba. Se establecerían nuevos aeródromos y pistas de aterrizaje

que permitieran vuelos de reconocimiento de corta distancia y las

operaciones de los aviones de combate, y se rellenarían los depósitos de

combustible disponibles. Se observarían movimientos de grandes

formaciones hacia el norte del frente y cancelaciones de permisos. El ritmo de

las desmovilizaciones se reduciría hasta no ser más que un goteo, y los

agentes soviéticos detectarían la dispersión de los aviones y que todas las

operaciones aéreas civiles habían pasado a estar bajo control militar. También

observarían la actividad en los puertos aliados y se darían cuenta de que se

había ordenado la retirada de los barcos mercantes. Las estaciones de

ferrocarril bullirían de actividad y las columnas acorazadas y las brigadas de

artillería colapsarían las rutas de aproximación por carretera. Habría trenes

ambulancia desplazándose de Oeste a Este. Debido a toda esta actividad en

las posiciones de la retaguardia aliada en Europa septentrional, a Stalin se le

haría evidente el área donde se lanzaría la principal ofensiva.

No parecía que la ausencia del elemento sorpresa preocupase demasiado

a los planificadores, al menos en la fase inicial. Se centraban más en la

estrategia general y en presentar los supuestos en los que se basaba su plan.

Lo cierto es que estaban muy bien cualificados para su labor, pues el Comité

de Planificación Conjunta estaba compuesto por los directores de Planes de

cada uno de los Servicios Armados. Las operaciones de tierra fueron

concebidas por el brigadier Geoffrey Thompson, que tenía su base en el

Ministerio de Guerra. Anteriormente había sido agregado de las fuerzas

francesas de Oriente Próximo y más recientemente había comandado el

1.º Regimiento de Campo de la Real Artillería, antes de asumir el puesto de

director de Planes[4]. Conocía bien el territorio europeo y determinó que

Europa septentrional era demasiado montañosa para permitir una acometida

continua hacia el Este, con la excepción del valle del Danubio. Por tanto,

calculó que el doble ataque debería realizarse inicialmente a través del

territorio ocupado por los soviéticos en Alemania oriental para adentrarse

luego en Polonia. La acometida en el norte avanzaría por el eje Stettin (que

más tarde adoptaría el nombre polaco de Szczecin)-Schneidemuhl (Piła)-

Bydgoszcz. La ofensiva meridional avanzaría por el eje Leipzig-Cottbus-

Poznań-Breslau (que pronto pasaría a llamarse Wrocław).

Era probable que el incremento de la actividad aliada en las semanas

previas al 1 de julio alertase a las fuerzas soviéticas y que estas estuviesen

preparadas para el avance. También era posible que los defensores soviéticos,

gracias a su ingente número, lograsen contener el ataque aliado en el punto

de contacto. Pero si se lograba avanzar, los soviéticos podrían crearse un

«cojín» de resistencia retirándose a la línea de los ríos Oder y Neisse. La masa

principal de sus fuerzas acorazadas se concentraría al este de estos ríos y sería en esa zona donde podría producirse un encuentro culminante entre las

fuerzas acorazadas.

Por tanto, la principal batalla acorazada tendría lugar al este de la línea

Oder-Neisse y en la zona entre Stettin, Schneidemuhl y Bydgoszcz, que

formaban la nueva frontera con Alemania[5]. Si los resultados de este combate

en masa fueran favorables, entonces el objetivo de los Aliados sería estabilizar

la línea que pasa desde Danzig (que posteriormente sería Gdansk), en la costa

norte, hasta Breslau, 385 kilómetros al sur; cualquier avance más allá de ese

punto antes de la llegada del invierno implicaría la ampliación del flanco sur,

que sería vulnerable a un ataque de las fuerzas soviéticas en Bohemia y

Moravia (Checoslovaquia). Allí, en el flanco sur, se esperaba que el ejército

checo (a diferencia del polaco) apoyase firmemente a los ocupantes soviéticos

y a las operaciones del Ejército Rojo. Al fin y a cabo, los checos «buscaban su

inspiración cultural en el Oeste, pero su seguridad la buscaban en el Este[6]».

Los planificadores creían que si lograban asegurar esta línea desde Danzig

hasta Breslau en el otoño de 1945, sería suficiente para meter en cintura a

Stalin. Esta campaña por tierra, más que las operaciones navales o de las

fuerzas aéreas, sería el factor decisivo, pero ¿qué pasaría si los Aliados

alcanzaban esa línea en otoño (minimizando la enorme ventaja numérica de

los soviéticos) y Stalin no cambiaba sus intenciones de controlar Europa del

Este? Con las fuerzas de las que disponía, los comandantes de Occidente no

podrían mantener la línea durante el invierno de 1945 a 1946 y se verían

obligados a retirarse o a avanzar hacia el este de Polonia y la Unión Soviética.

Y seguir avanzando implicaría, sin lugar a dudas, la «guerra total[7]». Breslau,

como límite del objetivo inicial, no podía considerarse precisamente un

trofeo. La que fuera ciudad alemana era ahora la capital de Silesia, y había

tenido la mala fortuna de ser designada por Hitler como su fortaleza, que

debía conservarse a toda costa contra el avance de las hordas soviéticas a

principios de 1945. Casi toda la población civil había sido expulsada en enero

de 1945, mientras la Wehrmacht, con el apoyo de algunas unidades

deslavazadas de la guardia nacional (Volkssturm) y de las juventudes

hitlerianas, se preparaba para soportar el sitio. Se reforzaron las improvisadas

defensas con el esfuerzo de mano de obra esclava importada, casi toda

compuesta por expulsados de Varsovia. Desde el 16 de febrero hasta el día

anterior a la rendición de todas las fuerzas alemanas en Europa, los 50 000

defensores militares y los 80 000 civiles soportaron el sitio del Ejército Rojo,

que los rodeaba por todas partes. La ciudad, o lo poco que quedaba de ella, se

había convertido en una ruina desesperada y desolada, entre cuyos restos los

desdichados y deshumanizados supervivientes habían rebuscado de arriba

abajo. Más tarde, en escenas que resultaban demasiado familiares en Berlín,

los vencedores del Ejército Rojo se habían entregado a una orgía de

violaciones y saqueos de lo poco que quedaba[8].

Las operaciones navales, que se llevarían a cabo en el Báltico, eran un

complemento necesario a las terrestres. El vicealmirante Guy Grantham, de

45 años, era el miembro del Comité de Planificación Conjunta a cargo de

evaluar las fuerzas y estrategias navales. Recientemente había sido nombrado

director de Planes del Almirantazgo, tras una destacada carrera al mando de

varios buques en el Mediterráneo, y tenía experiencia en operaciones anfibias,

pues había capitaneado el portaaviones HMS Indomitable durante los

desembarcos en Sicilia. Estaba bien informado de todos los aspectos de las

operaciones navales y acababa de concluir un informe para Cunningham

sobre las «necesidades de la Armada de posguerra[9]». Según sus cálculos,

para llevar acabo operaciones de flanqueo de apoyo a lo largo de la costa del

Báltico, sería necesario reunir una flota en el puerto alemán de Brunsbüttel,

con bases en la costa norte de Alemania. Brunsbüttel constituía la base naval

perfecta por estar situada en la desembocadura del Elba, cerca del mar del

Norte y en la entrada occidental del canal de Kiel. También tendría que contar

con instalaciones en Karlskrona, la principal base naval de Suecia, situada en

el extremo norte del país, aunque los planificadores no mencionaban el mal

estado de las infraestructuras de la costa del Báltico a causa de los

bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco se hacía

mención alguna a las numerosas minas que todavía había en el mar, sobre

todo alrededor de la costa danesa, y que supondrían un obstáculo para los

transportes en barco[10].

La fuerza naval aliada incluiría dos o tres cruceros, dos flotillas de

destructores, cuatro flotillas de buques torpederos y una fuerza de asalto.

Estos navíos se podrían tomar de la Home Fleet, pues la amenaza de la flota

soviética en el mar del Norte se consideraba «leve». Sin embargo, como ya se

ha dicho, sería necesario tener en cuenta los futuros compromisos navales de

Gran Bretaña en Extremo Oriente, aunque el comité estaba bastante seguro

de que la superioridad del fuego naval de los Aliados sería suficiente para

hundir sin problemas cualquier barco soviético que se aventurase a salir de

los puertos del Báltico norte o que atravesase los Dardanelos hacia el

Mediterráneo[11].

Todas las operaciones terrestres realizadas en la Europa septentrional

recibirían apoyo mediante operaciones navales realizadas frente a las costas

de Polonia. El flanco izquierdo de los Aliados estaría protegido gracias a la

superioridad de la Armada Real en el Báltico. Uno de los primeros objetivos

sería apresar el puerto de Stettin y, a partir de ahí, se aseguraría la captura de

las baterías de costa mediante una serie de asaltos anfibios a lo largo del

litoral. La victoria en el mar se daba por hecha, y traería sus recompensas,

pero las fuerzas navales no serían el factor decisivo que devolviese a Stalin a la mesa de negociaciones. Sin embargo, pese a la superioridad numérica y

técnica de la flota aliada en el Báltico, navegar por él implicaba considerables

dificultades. La anchura media del Báltico es de solo 160 kilómetros, pero las

costas de Finlandia y Suecia están trufadas de ensenadas e islas, mientras que

el litoral sur, que baña Alemania y Polonia, está compuesto de playas

arenosas y no cuenta apenas con estuarios. Esa clase de costa es apta para

desembarcos anfibios, pero los barcos grandes pueden quedar varados con

facilidad en un bajío o un arrecife. La profundidad media es de solo unos 150

metros y, además, los fuertes vientos del noreste pueden agitar el mar y poner

las cosas difíciles a las embarcaciones de asalto de menor tamaño[12].

Los Aliados podrían controlar el Báltico con facilidad y, lanzando

bombardeos desde portaaviones, infligir daños en las instalaciones soviéticas.

Los portaaviones serían vulnerables a los ataques de la Fuerza Aérea Roja

pero, en general, la presencia naval de los soviéticos no era comparable y sus

submarinos eran muy inferiores a los U-Boot alemanes. La conclusión del

informe era: «Deberíamos gozar de una superioridad naval prácticamente

absoluta en el Báltico y ser capaces de evitar cualquier movimiento ruso hacia

Suecia o Dinamarca[13]».

Las operaciones terrestres de los Aliados contarían con un buen apoyo

gracias a una ventaja tan grande en el mar, pero ¿qué ocurría con la guerra en

el aire? Esta parte del plan Impensable era muchísimo más complicada y de

ella era responsable el capitán de grupo Walter Lloyd Dawson. Tras haber

adquirido experiencia de vuelo en los escuadrones 24.º y 84.º antes de la

guerra, Dawson se unió al Estado Mayor del Aire en 1939 y luego ingresó en

la RAF de Oriente Próximo. Varios años más tarde pasó a dedicarse a la

cooperación Aire-Armada, en su papel como director de Operaciones, donde

sus conocimientos alcanzados en la cooperación entre los tres servicios

resultaron una herramienta muy útil para calcular la posible evolución de un

conflicto europeo e incluso de una guerra mundial. Al mismo tiempo,

también estaba implicado en la preparación de un importante documento

para su jefe, Portal, sobre las «necesidades de la RAF de posguerra[14]».

En principio, a Dawson le pareció que la ventaja que otorgase cualquier

posible superioridad aérea de los aliados quedaría anulada al tener que

operar la fuerza de bombarderos británica desde las bases de Anglia oriental.

El informe subrayaba que «la complicada organización en suelo de la fuerza

de bombarderos haría imposible trasladarla desde el Reino Unido al noroeste

de Europa hasta haber transcurrido algunos meses[15]». Por tanto, sería

necesario establecer puestos de preparación y repostaje en Europa, pero, aun

así, las enormes distancias supondrían una auténtica dificultad, y el apoyo a

los aviones de combate se iría reduciendo a medida que la aventura

progresase más hacia el este. No se podía esperar que las fuerzas aéreas aliadas rindiesen al mismo nivel que contra Alemania porque, para empezar,

los objetivos industriales de la Unión Soviética se encontraban mucho más

dispersos que en Alemania[16]. Sin embargo, las líneas de comunicación del

Ejército Rojo se alargarían durante la guerra y los numerosos puntos en los

que tendrían que atravesar algún río serían vulnerables a los ataques aéreos

de los Aliados[17].

En el informe se calculaba que las fuerzas aéreas estadounidenses,

británicas y polacas podrían reunir 6714 aviones de combate o tácticos de

primera línea, que se podrían utilizar desde el noroeste de Europa y el

Mediterráneo, dependiendo de los reposicionamientos en Oriente Próximo

del mes de junio[18]. Entre estos aviones se encontraban algunos nuevos cazas

a reacción, que se habían utilizado por primera vez hacia el final de la

Segunda Guerra Mundial. La RAF contaba con varios cazas Gloster Meteor

F. 3, operativos desde 1944, mientras que la Luftwaffe había utilizado con

éxito los Messerschmitt Me-262 para interceptar bombarderos y ataques

terrestres. La Fuerza Aérea Roja no poseía ningún caza a reacción, pero sí

había utilizado con cierta eficacia el Mikoyan-Gurevich, de propulsión mixta.

En resumen, en 1945 los cazas a reacción aportaban cierto peso a la capacidad

de una fuerza aérea, pero todavía se veían aquejados de demasiados

problemas experimentales, como la precisión de los cañones a velocidades

tan elevadas[19]. De modo que los Aliados confiarían, probablemente, en los

P-51 Mustang y los P-47 Thunderbolt estadounidenses de motor de explosión

como cazas de cobertura y, aun así, tendrían que operar desde bases aéreas

adelantadas, que habría que reparar convenientemente tras el fin de la

Segunda Guerra Mundial.

Los planificadores también confiaban en la superioridad del contingente

de bombarderos estratégicos de que disponían los Aliados para atacar a la

Unión Soviética. Esta fuerza combinada constaría de 2464 bombarderos

pesados, 1840 de ellos con base en Gran Bretaña y 624 en el Mediterráneo,

aunque esta fuerza solo era una parte del total mundial[20]. Esta clase de

aviones se utilizaría en formaciones masivas, que estarían bien armadas,

volarían a grandes altitudes e irían escoltadas por cazas modernos: una

combinación con la que la Fuerza Aérea Roja rara vez había tenido que lidiar

durante la Segunda Guerra Mundial. Los Aliados utilizarían el Boeing B-29

Superfortress como bombardero estratégico principal, complementado por

los bombarderos pesados B-17 Flying Fortress, estos más antiguos, y

Consolidated B-24 Liberator, además de los Lancaster Mk IS e IIIS y los

Halifax Mk IIIS del Comando de Bombarderos de la RAF[21]. En la época en la

que se planteó Impensable, todavía no se había probado en operaciones el

último bombardero Avro Lincoln, pero en el verano de 1945 ya era uno de los

varios bombarderos estratégicos asignados a la Fuerza Tigre, la unidad de la Commonwealth destinada al asalto de las islas principales de Japón en

octubre de 1945[22]. El Lincoln, que se desarrolló a partir del Lancaster, fue el

último bombardero pesado de motor de explosión de la RAF, y tenía mayor

carga de combustible y de bombas. Gracias a su mayor alcance y mayor techo

operativo, constituiría un excelente complemento para las últimas

operaciones de bombardeo contra objetivos soviéticos en el interior de

Polonia o Bielorrusia.

Los De Havilland Mosquito podrían atacar los objetivos tácticos soviéticos

más adelantados, como depósitos de municiones y combustible, barracones,

talleres de reparación, cuarteles generales y oficinas del Estado Mayor,

además de las líneas de comunicación con el frente[23]. Estas líneas eran

fáciles de interrumpir, pues la mayoría de los puentes situados al oeste del río

Vístula, en Polonia, estaban hechos de madera y eran, por tanto, vulnerables

a los ataques aéreos. Los objetivos estratégicos serían los puertos, los nudos

ferroviarios y las estaciones, fábricas, refinerías de petróleo y suministros de

agua. Esos serían los objetivos contra los que se lanzaría a los bombarderos

pesados. Si a los Aliados les fuese posible utilizar también las bases aéreas de

Irán, tanto mejor, pues de este modo tendrían más campos petrolíferos y

refinerías a su alcance. En una operación de bombardeo con aviones

Lancaster contra instalaciones de esa clase cada avión transportaría catorce

bombas HE de 450 kilos. Incluso en aquel entonces era necesario utilizar

parte del espacio disponible en el compartimento de bombas, de diez metros

de largo, para los depósitos de combustible extra[24].

Proporcionar los cazas de escolta para las formaciones de bombarderos

resultaría un problema, pues las largas distancias que tendrían que recorrer

harían necesario que los cazas tuviesen depósitos de combustible grandes.

Estos aviones podían adaptarse para llevar depósitos de gran tamaño, pero

esto mermaría gravemente su maniobrabilidad en los combates aéreos sobre

territorio enemigo, aunque la USAAF había encontrado recientemente una

solución ingeniosa: el caza de largo alcance American P-51 Mustang llevaba

bajo las alas unos depósitos de combustible de cartón que se podían eyectar

una vez vacíos. Pese a la indudable superioridad de las fuerzas aéreas aliadas,

el plan no presentaba ningún cálculo de sus pérdidas en el aire, pero si nos

basamos en las operaciones de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial,

como la batalla de Berlín, las pérdidas de bombarderos pesados se

encontrarían entorno al cinco por ciento de los aviones enviados en misiones

de combate. Unas pérdidas acumulativas de tal escala sin duda pondrían a

prueba los recursos de Occidente, sobre todo en la sustitución de motores[25].

Una vez esbozadas las fuerzas de la USAAF y la RAF, los planificadores

analizaron la contienda a la que tendrían que enfrentarse. Se creía que la

Fuerza Aérea Roja contaba con una fuerza de primera línea total de 16 500 aviones, divididos en cuatro secciones. La Fuerza Aérea del Ejército era, con

diferencia, la mayor y estaba equipada con unos 13 600 aviones, entre ellos

9380 cazas y aviones de ataque a tierra, y 2380 bombarderos ligeros. El arma

de Bombarderos de Largo Alcance estaba compuesta por 1000 bombarderos

estratégicos, pero se estimó que estos no serían efectivos. También estaba la

Fuerza Aérea de la Armada, que contaba con más de 1100 aviones,

destinados principalmente a operaciones antisubmarinos y de minado, y que

trabajaban en estrecha colaboración con las flotas soviéticas. Por último,

existía una Fuerza de Cazas de Defensa con más de 300 aviones destinados a

defender las instalaciones soviéticas de la retaguardia, pero su papel no se

había puesto a prueba durante la Segunda Guerra Mundial[26]. En términos

generales, la Fuerza Aérea Roja no estaba equipada para enfrentarse a una

fuerza de bombarderos modernos, ni siquiera a un contingente de cazas

modernos, y el inferior sistema de radar soviético, además de otros

problemas subyacentes, tampoco contribuía a mejorar la situación[27].

La principal debilidad de la Fuerza Aérea Roja era que prácticamente la

mitad de sus suministros de combustible de aviación de alto grado procedía

de Occidente. El comienzo de las hostilidades supondría un corte en el

suministro y no era probable que los soviéticos lograsen compensar esta

carestía en seis meses gracias a sus territorios ocupados. La URSS también

dependía de Occidente en las importaciones de caucho, aluminio, cobre y

aleaciones de hierro, todas ellas materias primas vitales para la fabricación de

aviones. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, la producción

de aviones de la Unión Soviética había alcanzado un ritmo sin precedentes,

con unas 3000 unidades mensuales, pero si los Aliados le negaban estas

materias primas esenciales, y una vez que se infligiera a los escuadrones las

importantes pérdidas esperadas, se confiaba en que los ritmos de producción

«serían totalmente incapaces de satisfacer la demanda». Sin embargo, los

planificadores parecían desconocer el hecho de que dos tercios de las plantas

de producción de aviones alemanas se encontraban en Austria y

Checoslovaquia, territorios entonces ocupados por el Ejército Rojo. Y, aunque

llevaría cierto tiempo integrarlas en la producción soviética, estas plantas

podrían llegar a compensar la pérdida de aviones hacia el invierno de 1945 a

1946, y también permitirían utilizar con efectos letales la tecnología alemana

más avanzada en cohetes y motores de turbina de gas[28].

Los planificadores, que solo disponían de información obsoleta, tampoco

fueron capaces de estimar el ritmo al que los soviéticos se iban apropiando de

las plantas de fabricación de aviones, los recursos y los técnicos expertos de

los territorios ocupados. A las pocas semanas de que el Ejército Rojo

capturase la fábrica de Junkers en Dessau, la planta de Heinkel de Rostock y

el taller de Messerschmitt en Wiener Neustadt, sus escuadrones de ingenieros especializados ya estaban desmantelando las prensas, las grúas y las

fresadoras, y transportándolas sin demora a los talleres soviéticos del Este. Es

más, muchos técnicos, diseñadores e incluso pilotos de pruebas estaban

dispuestos a trabajar para los soviéticos a cambio de un empleo garantizado y

de librarse de los campos de trabajo[29].

Sin embargo, la Fuerza Aérea Roja tenía que enfrentarse a más problemas,

que los planificadores no acertaron a señalar. Apenas había terminado en

Moscú el Desfile de la Victoria cuando Stalin ya se había embarcado en otra

purga aún más implacable de sus altos mandos. Con el objetivo de perpetuar

el miedo y la tensión entre sus subordinados, Stalin arrasó entre los mandos

de la Fuerza Aérea Roja, y prácticamente todos ellos acabaron en prisión,

degradados o enviados a algún desolado puesto fronterizo del imperio

soviético. Más extrañas (e inhumanas) fueron todavía las represalias de Stalin

contra sus soldados y miembros de la fuerza aérea que habían sido

capturados por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Eran

numerosas las tripulaciones de bombarderos que habían sido derribados en

territorio enemigo durante la guerra, pero su inmediata alegría por la

liberación y el regreso a la patria se hizo añicos al ser interrogados por el

servicio soviético de espionaje y considerados corrompidos por el tiempo

pasado con el enemigo. Se los tenía por un peligro para la pureza de la

revolución y fueron licenciados o enviados a un gulag. De este modo se

apartó de la Fuerza Aérea Roja a un gran número de altos mandos

experimentados y, sin duda, leales, con el consiguiente perjuicio para las

defensas del país [30].

Sin embargo, donde la Fuerza Aérea Roja demostraba auténtica

experiencia y pericia era en su papel táctico. Sus cazas habían hecho un

excelente papel en sus enfrentamientos con los cazas alemanes de la vieja

escuela, como los JU-87 o los Me-109. El caza más común en los escuadrones

de la Fuerza Aérea Roja era el Yak 9. Su variante, el Yak-9D, ofrecía un buen

rendimiento en los combates aéreos y se había utilizado para proporcionar

cobertura a los bombarderos estadounidenses en sus incursiones sobre los

campos petrolíferos de Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía

depósitos de combustible de gran capacidad, por lo que podía realizar

misiones largas, con una autonomía de 1360 kilómetros, pero por lo demás no

había en él nada de excepcional. Sin embargo, el modelo posterior, el Yak-9U,

cuya producción comenzó hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, era

un caza rápido, ágil y muy efectivo a baja y media altura. El avión diurno

bimotor Tupolev Tu-2 era un bombardero rapidísimo y eficaz en operaciones

de bombardeo táctico y del frente, pero probablemente las restricciones de

combustible limitarían su capacidad para bombardear en picado a las fuerzas

aliadas en su avance.

Los planificadores también se llevaron una alegría al detectar otra

debilidad importante en la Fuerza Aérea Roja: su falta de bombarderos

estratégicos. Los soviéticos no tenían experiencia en la guerra de

portaaviones, ni en el ataque a bombarderos de gran altura, como el B-29

Superfortress. De hecho, nada le hacía sombra al bombardero

estadounidense, y Stalin no daba crédito a su suerte cuando, en el otoño de

1944, tres B-29 de la USAAF que regresaban de un bombardeo a Japón,

tuvieron que realizar un aterrizaje de emergencia en el extremo oriental de la

Unión Soviética. Stalin ordenó inmediatamente la construcción de copias de

los Superfortress, aunque la empresa Tupolev aún tardaría unos años en

producir réplicas operativas[31]. Por tanto, en el verano de 1945 los soviéticos

todavía no eran capaces de fabricar un bombardero estratégico eficaz capaz

de competir con los aviones británicos o estadounidenses. El Tupolev Tu-4,

que prometía superar al B-29, todavía estaba en fase de diseño, mientras que

el bombardero medio de Ilyushin, el Il-4 (de fabricación rápida, pero poco

fiable y de difícil mantenimiento) y el cuatrimotor Petlyakov Pe-8 apenas eran

capaces de alcanzar los objetivos europeos. Sin embargo, aunque estos

últimos aviones ya se habían quedado obsoletos y empezaban a retirarse del

servicio, el bombardero Il-4 seguía siendo el pilar de la fuerza aérea de largo

alcance. Llevaba una carga explosiva de hasta 2500 kilos de bombas y tenía

una autonomía de vuelo de 3700 kilómetros, pero, como contaba un aviador,

pilotarlo no era ninguna maravilla:

 

La estabilidad direccional del Il-4 dejaba mucho que desear. No se podían soltar los mandos ni un

segundo: aun con la configuración ideal más neutra del elevador, sin nadie a los mandos, el avión se

elevaría o caería, de manera arbitraria pero con decisión y a gran velocidad. Con total descaro,

ofrecía resistencia a las manos del piloto, lo que acababa agotándolo en los vuelos más largos[32].

 

Si las dificultades de pilotaje en el aire creaban problemas a los pilotos

soviéticos, todavía les esperaba algo peor en los despegues y los aterrizajes.

Las condiciones en las que se encontraban las pistas de algunas bases aéreas

eran lamentables, por lo que muchos bombarderos pesados no podían

despegar cuando los duros hielos del invierno se derretían con la llegada de

la primavera. El coronel general Vasiliy Reshetnikov, oficial de un regimiento

soviético de bombarderos de largo alcance, se lamentaba del estado de las

bases aéreas soviéticas:

 

Nuestro aeródromo quedaba en suspenso cuando hacía mal tiempo. El chernozem [mantillo] se

anegaba, los caminos quedaban medio derretidos, la ciudad estaba completamente aislada del

mundo exterior. […] Las viviendas y los barracones los iluminábamos con velas y lámparas de

queroseno. Las oficinas tenían luz por las tardes solo en ocasiones, gracias a un pésimo motor diésel.

No fui capaz de encontrar un generador decente ni suficiente combustible. Y tampoco pude

conseguir materiales de construcción para mejorar la vida en la guarnición de modo alguno[33].

Unas instalaciones en tan mal estado podrían no resultar evidentes

durante una campaña de verano como la que se preveía para Impensable,

pero podrían ser un aspecto positivo para los Aliados en una campaña de

invierno que, en los demás aspectos, sería penosa. De hecho, el contingente

soviético de bombarderos de largo alcance había resultado tan ineficaz

durante la Segunda Guerra Mundial, que los planificadores no creían

probable que se desplegase durante Impensable para misiones que se

adentrasen en el territorio controlado por los Aliados, sino que se utilizarían

solo para apoyar a las fuerzas soviéticas de tierra. En consecuencia, los

planificadores no abrigaban dudas sobre la superioridad aérea aliada:

 

En el aire, la acción sería sobre todo de apoyo directo a las operaciones de tierra. Deberíamos ser

capaces de infligir una derrota importante a la Fuerza Aérea rusa y de interceptar gravemente las

comunicaciones ferroviarias rusas en la retaguardia [34].

 

Por tanto, dado que era posible derrotar a la Armada y la Fuerza Aérea

soviéticas, los planificadores creían que el problema acuciante sería el

encuentro con el Ejército Rojo. Los planificadores calcularon la envergadura

de las fuerzas aliadas en Europa septentrional que podrían designar

específicamente «a operaciones ofensivas en el Norte». Por ello es importante

recordar que estas cifras no incluían las fuerzas totales de los Aliados en toda

Europa. Un factor que limitaba el tamaño de las fuerzas aliadas disponibles

para operaciones era la promesa de tutelar los territorios ocupados, como

Alemania, Italia y Austria, al final de la guerra. Los planificadores creían que

estas obligaciones internas de seguridad ocuparían once divisiones, y que

también serían necesarias otras veinticinco para defender la frontera que

bajaba desde el Báltico hasta el Adriático. Tras cumplir estos compromisos,

los Aliados dispondrían para la ofensiva en el norte de Europa de un total de

cuarenta y siete divisiones: catorce divisiones acorazadas, veinticinco de

infantería, cinco aerotransportadas y tres divisiones «equivalentes[35]».

Estas cifras incluirían un porcentaje de fuerzas polacas, pero se desconoce

si se pretendía utilizar el grueso de las cuatro divisiones polacas que se

encontraban en el continente el Día de la Victoria en Europa para recuperar

su patria. Al final de la guerra, las unidades del ejército polaco que se

encontraban en el Oeste se diseminaron por toda Europa, pero normalmente

estaban asignadas a dos cuerpos separados. El 1.º Cuerpo Polaco incluía la

1.ª División Acorazada, la 1.ª Brigada Independiente de Paracaidistas y la

16.ª Brigada Acorazada Independiente, y aunque nunca habían luchado

juntas como una única formación, todas se habían apuntado sus propios

honores de sangre en la batalla en Europa noroccidental. Por otra parte, el

2.º Cuerpo Polaco (que incluía la 3.ª División de Infantería de los Cárpatos, la

5.ª División de Infantería Kresowa, y la 2.ª División Armada de Varsovia) acabó la guerra en Italia, donde había realizado una valiente campaña en la

que destacaba la conquista de Montecassino. No obstante, para Impensable

no se desplegarían de inmediato estas tropas en Alemania occidental.

No dejaban de llegar refugiados y exprisioneros de guerra de las zonas

liberadas a los cuarteles del general Anders, de manera que, con cada mes

que pasaba, miles de polacos pasaban a engrosar las filas de su ejército

nacional. Al final de la guerra, el 2.º Cuerpo disponía de unos 75 000 hombres

del total de más de 200 000 del ejército polaco. El 1 de julio, el 2.º Cuerpo

había crecido hasta alcanzar probablemente los 90 000 efectivos, mientras que

el ejército polaco del Oeste había llegado a los 228 000 soldados (de los cuales

casi 90 000 eran polacos del oeste del país, que habían sido reclutados en la

Wehrmacht con la incorporación de Polonia occidental al Reich[36]). No

obstante, este poderoso ejército polaco se había convertido en una patata

caliente entre los gobiernos de la Unión Soviética y de Gran Bretaña, por lo

que hasta Churchill creyó oportuno anunciar un límite al reclutamiento del

ejército polaco. También accedió a la demanda de Stalin de que este

contingente no se emplazase en el sector de Alemania ocupado por los

Aliados, pues el Este sostenía que su presencia era una provocación. Aun así,

cabe suponer que de haber llegado a existir una voluntad real de llevar

Impensable a efecto, la contribución polaca habría superado las expectativas

de los planificadores en cuanto a las divisiones disponibles el día 1 de julio.

Sin embargo, el traslado de estas grandes concentraciones al norte en

previsión del conflicto destruiría cualquier posible elemento sorpresa en el

ataque al Ejército Rojo.

Se ha calculado que el Día de la Victoria en Europa, el ejército de EE. UU.

(incluida la Fuerza Aérea del Ejército) desplegó alrededor de tres millones de

altos mandos y efectivos en el escenario de Europa, además de otros 750 000

en el Mediterráneo. Por fortuna, al menos en lo tocante a la Operación

«Impensable», muchas de aquellas fuerzas no se desmovilizarían en los

meses inmediatos al Día de la Victoria en Europa, pues se esperaba que la

guerra contra Japón se prolongase todavía un año más. Durante los meses de

verano, sin embargo, se adelantó que las tropas estadounidenses

abandonarían Europa en números cada vez mayores, bien para regresar a

Estados Unidos, bien para ser enviadas a Extremo Oriente. El hecho de que

en mayo de 1946 solo quedasen en Europa 400 000 efectivos estadounidenses

de tierra y aire da cierta perspectiva a las cosas[37]. Fuera como fuese, esas

cifras quedaban empequeñecidas por el Ejército Rojo al que se enfrentaban.

Los planificadores estimaban que, incluso después de haber perdido diez

millones de hombres durante la guerra, el Ejército Rojo disponía todavía de

más de siete millones de efectivos, seis de los cuales tenían su base en el

escenario Europeo. Además, se creía que el NKVD contaba con 600 000 hombres ya desplegados. De las fuerzas del Ejército Rojo congregadas en

Europa septentrional (y que, por tanto, se enfrentarían a la ofensiva aliada),

se calculaba que contaban con el «equivalente» en divisiones aliadas a 140

divisiones de infantería y 30 acorazadas, además de 24 brigadas de tanques.

«Nos enfrentaríamos —concluían los planificadores— con una desventaja del

orden de dos a uno en las acorazadas y cuatro a uno en infantería[38]». Tras la

conquista de Polonia y Alemania oriental, la mayoría de las formaciones

soviéticas habían permanecido en las posiciones donde se encontraban al

terminar la guerra. Desde la costa del Báltico hasta el sur de Polonia se

alineaban las inmensas formaciones soviéticas, llamadas «frentes», que

incluían el 2.º Frente Báltico, el 1.º Báltico, el 3.º Bielorruso, el 2.º Bielorruso, el

1.º Bielorruso y el 1.º Ucraniano. El tamaño de estos frentes era mayor que el

de una formación del ejército occidental y podía oscilar entre 500 000 y

800 000 efectivos[39].

Así pues, ¿de qué pasta estaban hechos los soldados del Ejército Rojo? Los

planificadores sentían al menos un saludable respeto por sus potenciales

enemigos:

 

El Ejército ruso ha desarrollado un Alto Mando capaz y experimentado. El ejército es de una

resistencia extraordinaria: sus necesidades de subsistencia y desplazamiento son mucho menores

que las de cualquier ejército occidental y utiliza audaces tácticas que se basan fundamentalmente en

el desprecio de las bajas ante la consecución del objetivo. La seguridad y la desinformación son de

gran calidad en todos los ámbitos. El equipamiento ha mejorado con rapidez durante la guerra y

ahora es bueno. […] La destreza que han mostrado los rusos en el desarrollo y la mejora de las

armas existentes, así como en su producción en masa, ha sido muy sorprendente [40].

 

En ningún sitio era más evidente este refortalecimiento de la maquinaria

militar soviética que en su ingeniería y sus comunicaciones. Se había

producido una marcada mejora en la capacidad de comunicación por radio

del Ejército Rojo, y la destreza de sus ingenieros había mejorado sus

operaciones de cruce de ríos, recuperación de vehículos dañados y rápida

reparación de líneas férreas bombardeadas. En cuanto a los propios soldados,

se admiraba mucho su estoicismo. Pertenecer al Ejército Rojo era considerado

un honor y a las fuerzas armadas se les agradecía que hubieran salvado el

país, además de ganar la guerra para EE. UU. y Gran Bretaña. La

autosuficiencia de sus soldados era extraordinaria y su capacidad de combate

nocturno en comparación con la de los estadounidenses y británicos,

excelente. También mostraban gran resistencia física y emocional y podían

sobrevivir con raciones insuficientes y vestimenta inadecuada en las

condiciones climáticas y de batalla más extremas. Es más, eran capaces de

aceptar la muerte en combate y eran brutales en extremo con sus enemigos.

Muchos de los soldados aliados que entraron en contacto con los soviéticos al

final de la guerra los encontraron «primitivos y caóticos» y, cuando los alentaban copiosas cantidades de vodka, capaces de actos horribles y

bestiales. Algunos testigos describieron los «casos de treinta o cuarenta

soldados soviéticos violando a una mujer para luego matarla» como algo

frecuente. El concepto del individuo no importaba[41]. Al «Iván», bien

adiestrado en el camuflaje y la desinformación, se le enseñaba a utilizar los

equipos de los enemigos capturados y sus armas[42].

El Ejército Rojo había resurgido de la guerra con mucha experiencia de

combate. En los enfrentamientos en la nieve, sus unidades habían

desarrollado una movilidad notable y avanzaban campo a través,

sobrepasando con facilidad los flancos de sus enemigos, mientras que las

fuerzas aliadas tendrían que desplazarse únicamente por los caminos

despejados. Este talento soviético para avanzar atravesando los ventisqueros

en campo abierto supuso un misterio durante mucho tiempo, hasta que su

secreto quedó al descubierto:

 

Hacían formar sus columnas en filas de a veinte hombres o más, obligando a unirse a ellas a

cualquier civil que encontrasen en la zona, y esas columnas partían a través de las extensiones

nevadas sin caminos. Las primeras filas de hombres se abrían paso como podían por los neveros

hasta que caían exhaustos y pasaban al final de la columna. Esta, sin embargo, continuaba

avanzando y, cuando aquella apisonadora humana había terminado su labor, se había creado un

camino de nieve endurecida. Al marchar, los pies de las siguientes formaciones compactaban aun

más la nieve helada; ese camino lo recorrían luego los equipos y los camiones ligeros, seguidos de

los vehículos y el armamento pesados [43].

 

Si el avance de Impensable quedaba empantanado por el clima helado del

Este, los convoyes acabarían incapacitados. El petróleo adquiriría una textura

cerosa y el metal de los transportes y el armamento se pondría quebradizo y

se rompería. Los vehículos con ruedas patinarían en los caminos y los más de

sesenta centímetros de nieve en terreno llano supondrían un problema para

los tanques. El suelo congelado tampoco permitiría excavar los fosos para la

artillería de apoyo y la nieve endurecida agrietaría las placas de las bases de

los morteros. Es decir, que las condiciones «árticas» favorecerían a los

defensores, sobre todo tratándose de unos defensores experimentados y

ataviados para soportar temperaturas extremas. Y luego, cuando llegase el

deshielo primaveral, el fango y la nieve semiderretida dejarían muchas rutas

impracticables y los convoyes que quedasen atrapados serían blancos fáciles

para los aviones enemigos[44].

Sin embargo, pese a sus formidables cualidades, los soldados del Ejército

Rojo sufrían problemas de moral debido a las enormes bajas y al agotamiento

de la guerra. Los planificadores británicos se animaban al pensar que los

criterios de entrenamiento y de tácticas eran más bajos en el Este que en el

Oeste:

Debido a un estándar comparativamente más bajo de educación en el Ejército Rojo, los rusos se han

visto forzados a reservar sus mejores efectivos para las secciones especializadas; es decir: la Fuerza

Aérea, las tropas acorazadas, la artillería, el cuerpo de ingenieros… Esto le ha dejado una infantería

que carece prácticamente del tipo de soldado capaz de recibir entrenamiento de un estándar

comparable al de la infantería de una potencia occidental. […] Existen pruebas generalizadas de que

el mando ruso está teniendo considerables dificultades para mantener la disciplina en el ejército

ruso en el extranjero. El pillaje y la embriaguez son omnipresentes [45].

 

Precisamente a causa de ese cansancio e indisciplina, los planificadores

dieron por sentado que cualquier nuevo conflicto sometería al Ejército Rojo a

una tensión insoportable. No solo estarían luchando fuera de las fronteras

soviéticas, sino que su alto mando tendría un grave problema para mantener

la moral, sobre todo entre las formaciones de infantería de «bajo rango». La

propaganda aliada sería importante para acrecentar el problema[46]. Sin

embargo, no hay duda de que el Ejército Rojo habría luchado con entusiasmo

por Stalin. Daba la impresión de que, en la euforia del 9 de mayo (los

soviéticos habían celebrado el Día de la Victoria un día más tarde que en

Occidente), muchos habían perdonado a Stalin los desastres de las

colectivizaciones de la década de 1930, además de sus purgas. Tal era el alivio

por el final de la guerra que muchos soldados aceptaron de inmediato, al

menos a corto plazo, la descarada propaganda soviética[47].

Uno de los acontecimientos culminantes de Impensable sería un

encuentro masivo y decisivo de las fuerzas acorazadas dentro de Polonia: un

combate aún mayor que la batalla de tanques de Kursk en la Segunda Guerra

Mundial. Así pues, con la infantería aliada en tan acusada inferioridad

numérica respecto a las tropas del Ejército Rojo, ¿cómo se medirían las

fuerzas de las respectivas divisiones acorazadas? Se esperaba que para el 1 de

julio de 1945, los Aliados serían capaces de congregar un mínimo de veinte

divisiones acorazadas, además de algunas «divisiones equivalentes» más

arañadas de las brigadas blindadas. La velocidad de los tanques que

recorrerían las llanuras del norte de Europa era de solo 13 kilómetros por

hora en terreno llano y cinco kilómetros por hora en los tramos en pendiente.

Serían vulnerables a la artillería soviética o a los ataques aéreos mientras los

descargaban de los transportes de tanques, y mientras repostaban cada 160

kilómetros durante su avance.

Los planificadores calculaban que el Ejército Rojo podría reunir contra

esta fuerza el equivalente a un mínimo de treinta y seis divisiones

acorazadas, que correspondían a una superioridad soviética de casi dos a

uno. Al examinarlas, las formaciones acorazadas soviéticas parecían una

desconcertante mezcla de unidades pesadas y ligeras, en ocasiones

combinadas con infantería. La fuerza soviética total contaba con 113 brigadas

de choque de tanques de dimensiones soviéticas y 141 brigadas de tanques

ordinarias, y se calculaba que cada una de estas brigadas ordinarias constaba

de más de cincuenta tanques medios T-34, además de 1000 infantes[48].

Aparte de las brigadas, el Ejército Ruso también tenía regimientos

independientes de tanques pesados (aunque los planificadores no los

contabilizasen), cada uno de ellos compuesto de veintitrés tanques pesados

KV o IS (Stalin), además de regimientos independientes de armas de asalto o

de unidades de apoyo. En total, se calcula que las unidades acorazadas

representaban alrededor de un tercio de todas las fuerzas soviéticas en el

campo de batalla, y, aunque tradicionalmente la doctrina operativa soviética

se había inclinado por ligar grandes masas de infantería a los tanques, en

1945 los estrategas del Ejército Rojo estaban probando a otorgar un papel más

independiente a las unidades acorazadas[49].

La fuerza acorazada de los Aliados estaba compuesta de una mezcla de

máquinas experimentales y anticuadas. Hacia el final de la Segunda Guerra

Mundial, el tanque Sherman M4A3E8, con su cañón de 76 mm, empezaba a

estar obsoleto, pero de las cadenas de producción ya estaban comenzando a

salir nuevas máquinas más potentes[50]. Aunque solo se habían producido

2000 unidades de los tanques Firefly más modernos, estos prometían ser

dignos oponentes de los tanques de batalla soviéticos T-34. El Firefly,

desarrollado a partir del Sherman, tenía un disparo muy potente, con su

cañón de 3,5 kilos, pero su blindaje era apenas superior al de su adversario

soviético. Por fortuna, también empezaban a salir otros tanques aliados

nuevos, como el tanque pesado M-26 Pershing, comparable al Tiger alemán.

Sin embargo, con solo tres meses de servicio en combate durante la Segunda

Guerra Mundial, el M-26 todavía tenía tendencia a sufrir averías y le faltaba

potencia.

Mientras tanto, los soviéticos utilizaban los carros de combate IS-1, IS-2 y

el más reciente IS-3, que entró en servicio en marzo de 1945. También

empleaban los T-34, más antiguos pero fiables, con un sólido blindaje que a

los alemanes les había resultado muy difícil penetrar con sus primeras armas

antitanque[51]. El blindaje del T-44 era todavía más grueso, pero el último T-54

soviético, con un cañón más grande de 100 mm, todavía acababa de terminar

sus pruebas en febrero de 1945 y no alcanzaría la plena producción hasta dos

años después. Los informes de los planificadores no permitían un análisis

detallado de la composición de la fuerza acorazada soviética pero, sin duda,

el hecho de que en 1945 casi un 15% estuviera compuesto por cañones

autopropulsados, conocidos como destructores de tanques, era una ventaja

añadida para los soviéticos. El modelo más reciente, el SU 100, había salido

por primera vez de las cadenas de producción a finales de 1944 y, con sus

cañones de 100 mm de alta velocidad, era un arma defensiva de primer nivel

capaz de penetrar el blindaje de un tanque desde 1550 metros de distancia[52].

Con una superioridad soviética tan abrumadora tanto en infantería como en fuerza acorazada, el único punto positivo para los Aliados era que su red de

talleres de reparación era la que proporcionaba a los soviéticos las piezas y

los servicios de ingeniería para sus tanques, cosa que, evidentemente, dejaría

de ocurrir en caso de conflicto[53].

La logística constituiría un enorme quebradero de cabeza para los

Aliados. Aunque su avance por Alemania oriental y las inmediaciones de

Berlín atravesaría escenas de destrucción casi total, gran parte de las zonas

rurales ocupadas por los soviéticos apenas habían sido dañadas por la guerra.

Sin embargo, la ocupación soviética que llegó después había traído mucha

más destrucción. En marzo de 1945, los soviéticos habían realizado inventario

de los recursos alemanes y 70 000 «expertos» del Ejército Rojo ya habían caído

sobre las ciudades y pueblos de Alemania y comenzado a despojarlos de

todos sus materiales y equipos industriales para llevárselos a la Unión

Soviética. Durante la primavera y el verano de 1945 quedó registrada la

retirada de 1,28 millones de toneladas de «materiales» y 3,6 millones de

toneladas de «equipos» y el desmantelamiento y eliminación de 4500

fábricas[54]. Esto supondría un problema para el ejército aliado si permanecía

en la zona durante un tiempo.

Más alarmante todavía resultaba la cantidad de alimentos, ganado y

vehículos que se había retirado del sector nororiental, una deficiencia que a

los Aliados les costaría mucho compensar. Sin embargo, los soviéticos se

habían encargado de que la mayor parte de la red ferroviaria continuase en

funcionamiento en el territorio que ocupaban y, aunque los alemanes habían

destruido varios puentes del ferrocarril en su repliegue, los ingenieros

soviéticos trabajaban sin descanso para repararlos[55]. Aun así, el principal

problema al que se enfrentaban los Aliados estaba relacionado con las

propias vías férreas, pues el ancho de vía estándar, el que utilizarían los

Aliados para transportar suministros y tropas desde Europa occidental, solo

llegaba hasta el río Oder. Se creía que en el interior de Polonia, más allá de ese

punto, los ingenieros del Ejército Rojo habían instalado vías de ancho especial

para que se correspondieran con las que se utilizaban en toda la Unión

Soviética. El cambio del ancho estándar al soviético implicaría levantar todos

los vagones de ferrocarril y cambiar los bojes. La operación llevaría horas y

retrasaría el avance de los Aliados por Polonia. En su propia retaguardia, los

Aliados también se encontrarían considerables problemas logísticos: su

territorio en Alemania occidental había sido testigo de duras batallas en los

últimos meses de la guerra y la destrucción era general. La principal

preocupación estribaba en que sería necesario destinar un gran número de

ingenieros, transportes y tropas administrativas para reparar la

infraestructura del país y poner algo de orden en el caos[56]. Además de las

tropas destinadas a realizar reparaciones dentro de Alemania, también existía la necesidad de controlar los sectores aliados de Alemania. En la época en la

que Churchill había encargado el informe Impensable, la estabilidad en

Alemania distaba mucho de estar garantizada y era más que posible que

alguna unidad nazi renegada que operase desde sus tradicionales feudos de

Baviera causase problemas. Por tanto, los planificadores calcularon que los

Aliados necesitarían posicionar diez divisiones de infantería y una división

acorazada dentro de sus sectores de Alemania para evitar cualquier potencial

problema.

Pero Alemania occidental no era la única región que había que controlar.

La Austria ocupada por los Aliados suponía otro quebradero de cabeza

territorial. Es más: no solo era vulnerable a los agitadores, sino también a una

ofensiva del Ejército Rojo. Era más que posible que cuando se atacase a las

fuerzas soviéticas en el este de Alemania y Polonia, estas tomasen represalias

atacando a las fuerzas liadas de Austria en un intento por expulsarlas de

Salzburgo y del sector occidental del país. Sin embargo, se creía que el

comandante supremo aliado en el Mediterráneo podría contenerlos en

Salzburgo con las tres divisiones acorazadas y las doce de infantería que tenía

a su disposición. Es más, la geografía montañosa de Austria sin duda frenaría

el avance soviético. No obstante, al norte de Salzburgo los Aliados tendrían

que desplegar mayores fuerzas para desalentar las incursiones del Ejército

Rojo, en especial a lo largo de la línea de las montañas de la selva de

Bohemia, que va desde Salzburgo hasta Zwickau. Como esta línea de 400

kilómetros protegía la zona sur de la ofensiva aliada, serían necesarias cinco

divisiones armadas y veinte de infantería para defenderla.

A medida que los Aliados se fuesen adentrando en los territorios de

Silesia y Pomerania en el mes de julio, se encontrarían con unas carreteras

abarrotadas de refugiados, lo que retrasaría el avance de las columnas

militares. Millones de polacos habían huido hacia el Oeste ante el avance

soviético, junto con un gran número de alemanes de Prusia Oriental que se

dirigían hacia los sectores de Alemania controlados por Gran Bretaña o

EE. UU. Había también más de un millón y medio de prisioneros y

trabajadores forzados polacos que abandonaban Alemania y se encaminaban

a sus lugares de origen en Polonia, además de un gran número de ellos

procedentes del centro del país que también se estaban desplazando hacia el

Oeste, atraídos por la riqueza de la región de Silesia[57]. Por si no fuera

suficiente con la miseria y el caos, las fronteras de Polonia tenían que volver a

trazarse cuando se instalase el nuevo gobierno polaco, pero solo unas

semanas después del Día de la Victoria en Europa el gobierno de Lublin ya

estaba dibujando nuevas fronteras, obligando a los habitantes de etnia

germana a salir de Silesia, Pomerania y del territorio que llegaba hasta el río

Neisse occidental. Los británicos calculaban que con la ocupación polaca de esta nueva región se había expulsado hasta ocho millones de personas de

etnia alemana[58]. Algunos polacos estaban demasiado impacientes y en los

meses de junio y julio de 1945, antes de que llegasen a existir las fronteras

oficiales, se expulsó ilegalmente a más de medio millón de alemanes a los

territorios situados al oeste del río Oder. Resulta sorprendente que los

planificadores hicieran caso omiso de los efectos de esta inmensa marea

humana que se replegaba por el territorio que tenían que atravesar los

Aliados en su avance[59].

Uno de los temas más controvertidos del plan Impensable era el uso de las

fuerzas alemanas. Se calculaba que se podrían utilizar diez divisiones

alemanas para las operaciones ofensivas, pero debido al tiempo necesario

para volver a equiparlas con recursos aliados, estas unidades no estarían

listas para el 1 de julio y no se podría hacer uso de ellas hasta el otoño. Pero

era el mismo hecho de utilizarlas lo que sin duda resultaría tan controvertido.

¿Quiénes serían los oficiales y suboficiales de un ejército alemán de

posguerra que luchase contra los soviéticos? Es cierto que en los últimos

meses de la Segunda Guerra Mundial, a medida que los Aliados cerraban el

cerco, habían surgido nuevos oficiales y suboficiales mucho más jóvenes

entre las filas de las Juventudes Hitlerianas para formar la columna vertebral

de la resistencia. Estos jóvenes tigres tan adoctrinados se habían impuesto a

los suboficiales más mayores, más agotados y más cínicos. A menudo lo que

hacía seguir adelante a estos jóvenes era el miedo, miedo de ser ahorcados

por la policía militar por abandono de la lucha, miedo a ser capturados y

sufrir una muerte horrible a manos de los soldados soviéticos. Pero

¿continuarían luchando sin aquel miedo y sin estar inmersos en el mundo

nacionalsocialista en el que se habían criado? El servicio de espionaje aliado

pensaba que sí.

En un informe sobre las fuerzas alemanas confeccionado por el mariscal

de campo Montgomery se detallaba que los oficiales superiores de la

Wehrmacht estaban decepcionados por no ser requeridos para una «tercera

guerra» y los más jóvenes hablaban «abiertamente de la próxima guerra». Y

no eran solo los oficiales los que preveían otro conflicto. Se decía que entre las

filas alemanas «solo se pensaba en términos de guerra mundial[60]». Incluso

antes de que terminase la Segunda Guerra Mundial algunos alemanes se

habían presentado voluntarios para luchar contra los japoneses y Lord

Halifax informó de que el general Marshall había confirmado que un buen

número de prisioneros de guerra alemanes estaban dispuestos a alistarse

para luchar contra Japón. «Estaría bien —argumentaba— crear una fuerza

con ellos y darles una tarea concreta, como despejar de japoneses las islas

Marshall y dejar que se matasen ente ellos[61]».

Los alemanes tenían otro incentivo más profundo para unirse a la lucha contra la URSS: el hecho de que, con la connivencia de los Aliados iban a

perder la mitad de su país a manos del dominio soviético. También estaba la

motivación de la venganza. En las zonas de Alemania ocupadas por la Unión

Soviética, los soldados del Ejército Rojo habían llevado a cabo una campaña

exhaustiva de violaciones contra las alemanas, además de otras atrocidades

contra los prisioneros de guerra, y la destrucción de propiedades alemanas

por parte de los rusos era generalizada. Por si estos incentivos no fueran

suficientes para que los soldados alemanes estuvieran deseando volver a

combatir, quedaba la desagradable cuestión de la raza: era más probable que

los germanos luchasen codo con codo con las fuerzas estadounidenses y

británicas contra los rusos eslavos. Siempre se había puesto más empeño en la

guerra de Hitler en el Este debido a su finalidad principal: derrotar y aplastar

a la raza eslava. Y en la Wehrmacht todavía quedaban elementos que

consideraban que su trabajo había quedado inconcluso.

Sin embargo, pese al entusiasmo de algunos de sus integrantes, el propio

ejército alemán seguía estando muy fragmentado. En 1945 se rindieron a los

británicos unos dos millones de alemanes, y de esta captura, el gobierno

británico pensaba emplear unos 225 000 hombres para trabajar en Gran

Bretaña como parte de las reparaciones de guerra. Este era el motivo por el

que la mayoría de los soldados alemanes no habían sido designados

«prisioneros de guerra», porque de ser así no se habrían podido utilizar en

los trabajos de reconstrucción. Además, la mayoría de las formaciones de

batalla se dividieron en cuanto terminaron las hostilidades: los restos de la

2.ª División SS Das Reich se rindieron el 9 de mayo de 1945 y algunos de sus

integrantes fueron enviados de inmediato al antiguo campo de concentración

de Flossenbürg, en Alemania, mientras que otros recalaron en el campo de

internamiento civil de Ratisbona.

La envergadura del ejército alemán era otro motivo de preocupación, ya

que su número se había visto gravemente mermado por la guerra. En

particular, la Endkämpfe, las feroces semanas finales de la guerra, se había

cobrado la vida de más de 1 250 000 soldados. Ni siquiera las fuerzas

armadas, o Waffen SS, eran ya la unidad fuerte y cohesionada que habían

sido. Como concluye Robert Koehl, en la primavera de 1945, el contingente de

casi medio millón de efectivos de las SS había quedado reducido a

 

[…] unidades deslavazadas de marineros y hombres de la Luftwaffe que habían quedado en tierra;

chicos cetrinos y estirados de dieciséis y diecisiete años; europeos del Este, confusos y asustados,

que apenas chapurreaban una docena de palabras en alemán; y los Kampfgruppen, grupos de

combate de treinta o cuarenta veteranos mugrientos y agotados tras demasiadas campañas de

invierno[62].

 

Algunos de estos hombres de las SS, que se escondían en las columnas de prisioneros de guerra, podían distinguirse porque (al menos en los primeros

años) los soldados llevaban su grupo sanguíneo tatuado en el brazo derecho.

Y aunque los Aliados estuvieran cortos de efectivos, cuesta imaginar que las

tropas británicas, estadounidenses o polacas fuesen a tolerar alguna unidad

de las Waffen SS, o incluso de la Wehrmacht, que hubiera participado en

cualquiera de las atrocidades cometidas en el Frente Oriental. Sin embargo,

era más probable que aceptasen como hermanos de armas, aunque a

regañadientes, a los soldados de la Wehrmacht que habían luchado en el

Oeste, y antes de que hubiera transcurrido demasiado tiempo desde el Día de

la Victoria en Europa los soldados estadounidenses comenzaron a fraternizar

con civiles y militares alemanes por igual. Cuando se tomase la decisión de

movilizar a las fuerzas alemanas, si es que se tomaba, las intenciones de los

Aliados quedarían al descubierto, pues los agentes soviéticos informarían de

cualquier movimiento de tropas importante o inusual. Por eso, cualquier

movilización de alemanes solo podría producirse en el último momento, y

sería necesario liberar a un gran número de hombres de los campos de

prisioneros de guerra. Habría que volver a entrenarlos y posiblemente

pertrecharlos de armas ligeras británicas y estadounidenses para garantizar la

continuidad del suministro de munición, y por este motivo no entrarían en el

conflicto hasta una fase más avanzada.

El despliegue de tropas alemanas crearía algunos dilemas interesantes a

los Aliados. ¿Se ejecutaría a los dirigentes nazis pese a todo? ¿En su juicio por

crímenes de guerra, declararía Hans Frank, el que fuera brutal gobernador de

Polonia, que no había hecho otra cosa que defender Polonia de los soviéticos,

al igual que hacían entonces los Aliados? Las destacadas figuras alemanas

condenadas por «guerra de agresión» podrían quedar libres, pues entonces

eran los Aliados los que habían iniciado una «guerra de agresión». También

estaba la espinosa cuestión de quién lideraría las fuerzas alemanas. Para el 1

de julio, el almirante Dönitz, sucesor de Hitler, ya habría sido destituido por

los Aliados, pero un «buen alemán», como un superviviente de la

conspiración para el atentado del 20 de julio, habría sido aceptable.

Era muy posible que, a medida que comenzaran a conocerse los

pormenores del Holocausto durante el verano de 1945, la opinión pública

británica y estadounidense se indignase y se horrorizase por que los Aliados

se hubieran unido a los nazis «asesinos de masas» contra su antigua aliada, la

Unión Soviética. Es discutible si para el 1 de julio la opinión pública ya estaría

movilizada o no. Sea como fuere, en el momento en que se concibió el plan, a

finales de abril, sus artífices sacaron la audaz conjetura de que podrían

utilizarse tropas alemanas, una vez adiestradas, junto a las de los Aliados

occidentales. Aunque algunos periódicos británicos y estadounidenses

habían publicado información sobre las atrocidades de los campos de concentración durante 1944 y 1945, la ciudadanía no empezó a conocer los

detalles más escabrosos hasta el 15 de abril, con la liberación del campo de

Belsen[63]. Richard Dimbleby, comentarista de la BBC, hilvanó un desgarrador

relato de primera mano de lo que había presenciado en Belsen, y hacia finales

de abril se mostraban en los cines británicos imágenes de los miles de

muertos sin enterrar y de los esqueléticos supervivientes. Llevaría meses, si

no años, comprender la verdadera magnitud del Holocausto, pero, sin duda,

en el otoño de 1945, cuando Impensable había previsto que entrasen en

acción las tropas alemanas, la opinión pública ya se habría puesto en contra

de los militares germanos. Al considerar esta nueva alianza, Hastings Ismay

se horrorizaba por el efecto que tendría en las democracias la puesta en

práctica de la Operación «Impensable»:

 

¿Debían [Gran Bretaña y EE. UU.] olvidarse de todo lo que habían dicho sobre su determinación de

destruir el nazismo, traer a los alemanes en su redil y proceder, con su ayuda, a aplastar a sus

aliados recientes? Se ve uno forzado a llegar a la conclusión de que era absolutamente imposible que

los dirigentes de unos países democráticos considerasen siquiera semejante cambio de postura,

digno de un dictador[64].

 

Si el uso de tropas alemanas iba a ser un anatema para la ciudadanía

británica, ¿qué pensarían los polacos de volver a tener a los alemanes en su

tierra? Parece inconcebible que fuesen a tolerar la presencia de soldados

alemanes en su país, especialmente con la aprobación de los Aliados, y

forzarla podría provocar que se fuese al traste toda la operación. O bien los

planificadores de la Operación «Impensable» estaban minimizando

deliberadamente el efecto de la inclusión de los alemanes o bien no eran

conscientes de lo mucho que habían sufrido los polacos bajo la ocupación

nazi. Es cierto que no contemplaban que los alemanes participasen hasta el

otoño de 1945, momento en el que uno de los supuestos predecía la derrota

del Ejército Rojo y que, en tales circunstancias, era posible que no se

necesitase a la Wehrmacht en Polonia. Por lo tanto, es concebible que el

territorio de Alemania oriental, ahora en manos aliadas, ofreciese un papel

suficiente para ellos.

Para los Aliados sería una pesadilla que el resultado de la inmensa batalla

de fuerzas acorazadas en Polonia no fuera concluyente. Los planificadores

temían que, aun cuando ese enfrentamiento obligase a Stalin a volver a la

mesa de negociaciones, «no se destruyese la potencia militar de Rusia y que

esta quedase libre de retomar el conflicto cuando lo creyese conveniente[65]».

Sin dejarse disuadir por esta terrible posibilidad, los planificadores

perseveraron en la logística de la invasión, primero del territorio de Alemania

oriental y luego de Polonia. El 1 de julio de 1945, las primeras oleadas de los

Aliados entrarían en contacto con las grandes concentraciones de tropas del Ejército Rojo en la zona alemana ocupada por los soviéticos. En los dos meses

transcurridos desde mayo del mismo año, cuando la zona había caído bajo la

ocupación soviética, el NKVD había puesto en marcha la organización de la

que sería una fuerza policial local, compuesta por comunistas alemanes

importados. Pero, dado que esta zona había sido la última que habían

ocupado los soviéticos, no se habrían llegado a realizar grandes progresos en

el tiempo de que disponían, y la seguridad interna estaría casi por completo

en manos de oficiales del NKVD. También habrían supervisado cierto

número de «campos especiales de internamiento», creados para recluir tanto

a los nazis capturados como a cualquiera que se opusiese al nuevo régimen y

fuese hallado culpable de «crímenes» contra el poder ocupante soviético. No

cabe duda de que los Aliados tomarían estos campos con rapidez y de que los

reclusos liberados serían una valiosa fuente de información[66]. Pero, aparte

de eso, los Aliados se encontrarían con un país desposeído, pues a Stalin le

había faltado tiempo para adueñarse de todos los activos de los alemanes,

como había hecho en Polonia y Austria.

Berlín sería uno de los primeros objetivos de los Aliados. En el sector de la

ciudad ocupado por los soviéticos, la administración respaldada por los

comunistas había cerrado un puño de hierro sobre la población. Desde abril,

los organizadores comunistas habían regresado en tropel a Alemania de su

exilio durante la guerra, y, tras la caída de Berlín estaban colaborando en la

identificación de oponentes. El mariscal Georgi Zhúkov, comandante

supremo de las fuerza soviéticas en Alemania, hacía la vista gorda con el

partido KPD, radical y prosoviético, que ya se había puesto manos a la obra

en la eliminación de estos opositores al gobierno de los comunistas[67]. Para

cuando se lanzase la Operación «Impensable», Stalin solo habría dispuesto de

dos meses de ocupación de la Alemania oriental, pero los integrantes más

destacados del Partido Comunista Alemán (KPD), Wilhelm Pieck, de 69 años

de edad, y Walter Ulbricht, de 52, se habrían asegurado de que la toma de

Alemania occidental se realizase de manera subrepticia. «Tiene que parecer

democrático —advertía Ulbricht— pero debemos tener todo bajo nuestro

control[68]». Una toma de poder tan firme significaría que, llegado el 1 de

julio, no se habría establecido una policía de seguridad del estado local ni

tampoco una resistencia comunista local organizada que hiciese frente a los

Aliados. El sector de Alemania oriental estaría bajo el control absoluto del

Ejército Rojo.

La zona de Polonia que los Aliados esperaban dominar —hasta una línea

que discurría entre Gdansk y Breslau— era una región en la que la actividad

clandestina polaca había sido mínima durante la Segunda Guerra Mundial.

Gran parte de la zona había sido incorporada al Reich alemán y repoblada

con Volksdeutsche (gente de extracción alemana). Por ello, sin el apoyo polaco local y con la férrea seguridad del aparato policial alemán, cualquier

oposición en la región había sido neutralizada. Así pues, con poca o ninguna

historia de organización de resistencia, los Aliados solo podrían contar con el

apoyo moral local y no con un respaldo armado.

Con toda probabilidad, los Aliados se enfrentarían a unidades del Ejército

Popular de Polonia (Ludowe Wojsko Polskie), conocido como LWP o Ejército

de Berling, bautizado así por su comandante original[69]. Ese ejército era el

principal elemento local de control soviético en Polonia, pero ¿en qué medida

era formidable o fiable el LWP? Formado originalmente en la Unión Soviética

en julio de 1944 a partir de un grupo de la resistencia izquierdista y una

unidad militar incipiente, el LWP estaba integrado por polacos y judíos del

este de Polonia que habían sido absorbidos a la Unión Soviética cuando la

región fue conquistada en 1939. Cuando el Ejército Rojo se adentró en Polonia

en 1944, estuvo acompañado del LWP y, hacia el final de la Segunda Guerra

Mundial, se calculaba que sus diez divisiones incluían a 200 000 hombres[70].

Sin embargo, desde el principio el LWP acusó la falta de altos mandos

polacos competentes. La eliminación de buena parte de la casta de oficiales

polacos de posguerra en Katyn, sumada a la evacuación de la Unión Soviética

del general Anders y su ejército prooccidental en 1942, supuso que la reserva

de oficiales y suboficiales polacos cultivados y técnicamente capacitados

fuera reducida. A consecuencia de ello, casi un 50% de las unidades del LWP

estaban lideradas por oficiales soviéticos procedentes de Bielorrusia o

Ucrania[71]. Había numerosos comunistas comprometidos entre sus filas, pero

también una notable minoría de polacos que habían sido capturados por el

Ejército Rojo en 1939 y veían en el LWP su única esperanza de huir y regresar

a su país. Puede que se alegraran de combatir para expulsar a los alemanes

de su territorio, pero no estaban en absoluto comprometidos con la ejecución

del mandato soviético. En agosto de 1944, el PKWN ordenó el reclutamiento

de hombres de todo el territorio polaco bajo ocupación soviética, pero la

respuesta fue tibia y las deserciones algo habitual[72].

El LWP, que comprendía al 1.º y 2.º ejércitos polacos, había participado en

la incursión soviética en Polonia y en las batallas que se libraron en torno a

Varsovia. También fueron desplegados en la lucha por los puertos de la costa

báltica de Polonia antes de incorporarse al ataque final contra Berlín y el

avance hacia Praga, más al sur. Pero, desde mayo de 1945, muchas unidades

del LWP regresaron a las fronteras orientales de Polonia para lidiar con el

conflicto permanente con los partisanos ucranianos o fueron destinadas al

norte para supervisar la expulsión de alemanes étnicos del viejo territorio de

Prusia Oriental. El LWP también participó en la ejecución de la reforma de la

tierra, que el gobierno provisional estaba financiando para ganarse el favor

de los campesinos. Por ello, era improbable que los Aliados se toparan con una presencia numerosa del LWP en la frontera occidental de Polonia.

En cuanto a los soviéticos, el LWP sería poco fiable en cualquier conflicto

con Occidente. El ejército contaba con comisarios políticos originarios de

Polonia para expulsar a cualquier descreído, pero ni siquiera esos

apparatchiks lograron su objetivo; en un reclutamiento, solo 100 de 700

soldados del LWP «simpatizaban con la causa comunista». Se ha calculado

que, en el verano de 1945, la Unión Soviética solo podía confiar en el 60% del

1.º Ejército del LWP y alrededor del 40% del 2.º Ejército. Las deserciones eran

numerosas y podían desaparecer unidades enteras días antes de una

operación. De hecho, lo que propiciaba esos índices de deserción era la

posibilidad de una tercera guerra mundial[73]. Incluso entre los más fieles al

partido, había muchos que ignoraban lo que estaba defendiendo el Partido

Comunista o el rumbo que estaba tomando. Se apreciaba asimismo un apoyo

tibio a su credo en las zonas en las que el nuevo gobierno se consideraba más

fuerte: las zonas rurales en las que se propuso la reforma agraria. La mayoría

de los campesinos eran decididamente antisoviéticos, si bien muchos se

vieron tentados por ofertas de parcelas de tierra en fincas que habían sido

divididas.

Aunque los soviéticos no podían confiar en su ejército polaco, podían

estar seguros de que causarían problemas detrás de las líneas aliadas. Si el

conflicto de la Operación «Impensable» se prolongaba durante el verano de

1945, los incidentes de sabotaje soviético tras las líneas aliadas se

incrementarían. Esto sería fundamental cuando las líneas de comunicación

aliadas estuvieran sobrecargadas y las células soviéticas «durmientes» de

Francia y los Países Bajos fueran reactivadas. La lealtad francesa no fue

investigada por los planificadores, pero su inclusión en la causa aliada era

imperativa. De lo contrario, sería imposible reabastecer a las fuerzas

estadounidenses y británicas. Existían ya numerosos grupos de simpatizantes

comunistas dentro de los movimientos de resistencia europeos de la Segunda

Guerra Mundial, sobre todo entre los maquis franceses. Muchos conservaban

armas en mayo de 1945 y podían ser organizados y activados por

coordinadores del Ejército Rojo. Varios de esos coordinadores soviéticos eran

exprisioneros de guerra que habían sido utilizados como trabajadores

forzados o retenidos en campos de prisioneros de Alemania o Francia, y

conocían el territorio. Fueron repatriados a la Unión Soviética al final de la

Segunda Guerra Mundial, pero no todos los exprisioneros fueron internados

en gulags o ejecutados con el pretexto de su «corrupción» en Occidente. Una

minoría fue elegida para ser entrenada en el sabotaje y filtrada de nuevo en

Francia o Alemania en mayo y junio, y permanecía oculta entre las grandes

columnas de refugiados que recorrían toda Europa.

Todo esto eran consideraciones militares, pero Churchill debía salvar un gran obstáculo político. ¿Cómo iban a respaldar la ciudadanía británica y

estadounidense otra gran guerra contra un antiguo aliado? Durante años, la

ciudadanía británica en particular había recibido una dieta de propaganda

prosoviética. Lord Beaverbrook, como exministro de Abastecimiento, se

mostraba particularmente enérgico en el fomento de la ayuda a la Unión

Soviética. «Stalin es un gran hombre», anunciaba a bombo y platillo. «Noté su

vibrante poder. […] Puse mi fe en su liderazgo y creo en la resistencia

rusa[74]». Beaverbrook presionaba constantemente para la creación de un

segundo frente en el Oeste que relevara al Ejército Rojo en el Este, y

argumentaba apasionadamente a favor del reconocimiento del derecho de

Stalin sobre los estados bálticos. Durante un viaje a Nueva York en abril de

1942, pronunció un discurso, autorizado por Roosevelt, en el que se deshacía

en elogios hacia Stalin y el sistema comunista. «Con Stalin, el comunismo ha

generado el ejército más valiente de Europa», afirmaba en un discurso

retransmitido de costa a costa. «Con Stalin, el comunismo se ha ganado el

aplauso y la admiración de todas las naciones occidentales[75]». Con tan

altisonante apoyo a Stalin y sus métodos, sería difícil cambiar la opinión

pública meses después del final de la guerra. Hastings Ismay lo consideraba

prácticamente imposible:

 

Durante más de tres años, se había hecho creer a la opinión pública de Estados Unidos y Gran

Bretaña que Rusia era un aliado valeroso y fiel que se había llevado la peor parte de los combates y

soportado un dolor inenarrable. Si ahora sus gobiernos hubieran proclamado que los rusos no eran

de fiar y que eran tiranos sin principios cuyas ambiciones había que mantener a raya, el efecto en la

unidad nacional habría sido catastrófico [76].

 

Y los elementos de la prensa británica que alentaban una actitud

benevolente hacia la amenaza soviética no solo se hallaban entre la izquierda

política. En The Daily Express, Evening Standard y The Times abundaban los

artículos y columnas prosoviéticos. Había otros partidarios de los lazos entre

Gran Bretaña y la Unión Soviética. El embajador británico en Washington,

Lord Halifax; el portaestandarte de la izquierda, Sir Stafford Cripps; e incluso

algunos miembros del Partido Conservador, como R. A. «Rab» Butler,

manifestaban su aprobación[77]. Por ello, la ciudadanía británica desconocía el

alcance de las brutalidades cometidas por el Ejército Rojo al cruzar Europa

del Este. Si los Aliados habían de lanzar un ataque contra la Unión Soviética

el 1 de julio, la opinión pública occidental tendría que ser «reeducada» con

rapidez acerca del nuevo enemigo entre el Día de la Victoria en Europa, esto

es, el 8 de mayo, y la fecha prevista.

Asimismo, tras casi seis años de guerra, la opinión pública británica

estaba insensibilizada con el destino de Europa del Este y, cuando Rumanía

sucumbió a un nuevo régimen comunista a principios de la primavera de 1945, apenas hubo reacción. Pese a la enorme contribución de Polonia a la

causa aliada, ¿sería muy distinta la opinión pública británica si los polacos

corrían una suerte similar? Irónicamente, era posible que los británicos

todavía fueran prosoviéticos, pero Stalin estaba asegurándose de que esa

amistad no fuera recíproca. Ralph Parker, de tendencia comunista y

corresponsal de The Times en Moscú, confirmaba que, desde abril de 1945,

algunos «oradores» habían agitado a los trabajadores de las fábricas

soviéticas contra los Aliados occidentales. Supuestamente, adoptaban el

discurso de que el hecho de que los soviéticos hubieran luchado junto a Gran

Bretaña y EE. UU. era «fortuito», pero que podrían haberse unido fácilmente

a las potencias del Eje; ahora había que tratar a las potencias occidentales

como «adversarios capitalistas[78]».

La opinión pública soviética metía a EE. UU. y Gran Bretaña en el mismo

saco y, cada vez con más frecuencia, los veía como posibles enemigos. Pero

¿cómo juzgaba EE. UU. el devenir de los acontecimientos? La Operación

«Impensable» daba por sentado que Estados Unidos se mostraría plenamente

dispuesto a participar en el ataque a la Unión Soviética. Pero ello chocaba de

frente con las acciones y deliberaciones estadounidenses. Incluso antes de

Yalta, el Estado Mayor Conjunto de EE. UU. había calificado las intenciones

soviéticas de posguerra de «benignas», en buena medida porque la guerra

había socavado materialmente el poder soviético y había destruido un 25% de

su industria, lo cual limitaba las ideas de «aventuras extranjeras». Por

añadidura, EE. UU. creía que había pocas posibilidades de que los soviéticos

realizaran incursiones en Grecia y los Dardanelos o incluso que penetraran en

la zona sur de Irán, controlada por Gran Bretaña; antes de plantearse acciones

agresivas, los soviéticos tendrían que reconstruir su economía, cosa que,

según los analistas de EE. UU., no se produciría hasta 1952, e incluso

entonces necesitarían una ayuda sustancial de Estados Unidos[79]. El Estado

Mayor Conjunto de EE. UU. creía que la Unión Soviética no se embarcaría en

ninguna aventura que pudiera precipitar un enfrentamiento en las

emergentes Naciones Unidas. Tal vez era una visión esperanzada de un

nuevo orden mundial en el que las grandes potencias, así como los países

más pequeños, estaban en deuda con la ONU, pero no era una idea que Stalin

compartiera[80].

En cuanto a las aventuras militares británicas de posguerra, los

planificadores de EE. UU. consideraban que el país estaba demasiado débil

económicamente para buscar una mayor expansión. Así pues, poco después

del Día de la Victoria en Europa, Gran Bretaña fue acusada de un «temor

irracional a la amenaza bolchevique» que podía arrojarla a una guerra contra

los soviéticos. Pero, según advertían los asesores estadounidenses, era

improbable que los soviéticos motivaran acciones tan extremas de los británicos por la cuestión de Grecia, Turquía o Irán. Curiosamente, en mayo

de 1945, regiones europeas más volátiles como Alemania, Austria, Venecia

Julia o Polonia no mostraban demasiado interés en el Comité Conjunto de

Inteligencia de EE. UU[81].

No existen pruebas de que los jefes del Estado Mayor británico

consultaran nunca con sus homólogos estadounidenses el plan de 1945 para

atacar a los soviéticos. Hasta que la Operación «Impensable» no contara con

la aprobación de los jefes del Estado Mayor británico no habría necesidad de

implicar a los estadounidenses. Hacerlo habría significado violar la estricta

lista de distribución impuesta a los planificadores. En cualquier caso, a

principios del verano de 1945 había menos oportunidades de que los

representantes de los estados mayor británico y estadounidense se reunieran

para debatir cualquier plan. El Comité del Estado Mayor Conjunto, que era el

foro para tales encuentros y se había convertido en una de las innovaciones

más útiles de la Segunda Guerra Mundial, estaba cayendo en desuso[82].