Operación «Impensable»

Jonathan Walker · Capítulo 12 de 14

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Operación «Impensable»

9. Halcones estadounidenses

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Halcones estadounidenses

 

Con la llegada del otoño de 1945, llegó también el momento de que los

estadounidenses adoptasen el papel de halcones en el punto muerto en que

se encontraban con Stalin. Estados Unidos comenzaba a trazar al fin sus

planes para una estrategia de posguerra, aunque no existía ninguna directriz

presidencial ni impuesta por las altas instancias, como había ocurrido con

Churchill e Impensable. En este caso, la iniciativa de preparar los informes

para un plan estratégico de posguerra fue de algunos miembros y del Comité

de Planificación Conjunta de Estados Unidos (USJPS). En esa fase, los planes

no incluían operaciones detalladas, sino que analizaban la capacidad militar

general de Estados Unidos y sus necesidades de bases y reservas militares en

todo el mundo. Se debatían las «nuevas armas y contramedidas», otorgando

especial consideración a las potenciales bombas atómicas y misiles

dirigidos[1]. Los expertos llegaron a la conclusión de que estas nuevas armas

tenían sus limitaciones, que no cambiarían la estrategia militar

estadounidense, pues entonces el alcance de los cohetes de tipo V-2 no podía

superar los 1500 kilómetros, ni tampoco se podían fabricar bombas atómicas

suficientemente pequeñas para que resultasen de utilidad para los proyectiles

de artillería o los torpedos. Por tanto, los planificadores y sus expertos creían

que estas nuevas armas serían un complemento para el armamento

convencional y no parecían tomar en consideración la idea de que las bombas

atómicas podrían utilizarse como elemento disuasorio. Sin embargo, los

planificadores sí que determinaron que la inutilización de la capacidad industrial de un país no afectaría al resultado de ninguna guerra atómica,

pues esta terminaría mucho antes de que tal medida pudiera surtir efecto. A

finales de 1945, se presentó el plan estratégico, que enmascaraba sus

auténticos objetivos con alusiones a «mantener la paz mundial», a la

aprobación de los jefes del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos y

luego a la del presidente[2].

Todavía pasarían meses hasta que se lograra el impulso necesario para

que Estados Unidos elaborase planes operativos más detallados al respecto

de un conflicto importante con la Unión Soviética. En aquel punto, los

planificadores estadounidenses no habían consultado con sus homólogos

británicos, pues Harry Hopkins se lamentaba de que «al oír como hablaban

algunos sobre los británicos, cabría pensar que eran nuestros enemigos

potenciales[3]». Pero, para algunos estadounidenses, el Imperio Británico era

justamente eso: cuando el teniente general Francis Davidson del Estado

Mayor General británico se encontraba de gira por Estados Unidos en otoño

de 1945, lo abordó un periodista, exigiendo conocer los «planes imperialistas

británicos para Indonesia». Semejante lenguaje habría podido salir

perfectamente del Kremlin, pero al menos las relaciones militares anglo-

estadounidenses se encontraban en un nivel más cordial. Durante el otoño y

el invierno de 1945, la cooperación entre ambos ejércitos se fue acrecentando

y también se compartía la información de espionaje sobre los movimientos de

la Unión Soviética. De resultas de estos dosieres constantes y verificables,

corroborados por sus propios agentes de campo, el espionaje estadounidense

comenzó a tomarse más en serio la amenaza soviética[4].

Durante los meses de octubre y noviembre de 1945, los jefes del Estado

Mayor Conjunto estadounidense examinaron una serie de informes que

estimaban la capacidad militar soviética en aquel momento en más de sesenta

divisiones ofensivas de infantería, 25 000 tanques y 60 000 piezas de artillería

de gran calibre. Su conclusión era que las fuerzas soviéticas podrían invadir

Europa del Este y Oriente Próximo con facilidad en cualquier momento antes

de 1948. Una perspectiva tan alarmante hizo que el Comité Conjunto de

Inteligencia de Estados Unidos calculase cuál sería el efecto de «bloquear»

dicho avance mediante el uso de armas nucleares. En el que sería el primer

esbozo de plan estadounidense para atacar a la Unión Soviética, se

seleccionaron veinte ciudades soviéticas como objetivos para las bombas

atómicas, que se lanzarían desde bombarderos pesados, aunque el CCI de

EE. UU. estaba excluido de la mayoría de los secretos atómicos

estadounidenses y no disponía de datos exactos sobre el número de bombas

disponibles[5].

En noviembre de 1945, el Departamento de Estado de Estados Unidos

recibió la alarmante noticia de que tropas soviéticas no uniformadas estaban apoyando una revuelta tribal en el Azerbaiyán iraní con la intención de

anexionarse esta provincia fronteriza[6]. Los jefes del Estado Mayor Conjunto

estadounidense ordenaron «una reevaluación de las capacidades militares de

Estados Unidos en vista de las políticas agresivas soviéticas», lo que indicaba

que entonces incluso EE. UU. estaba preparando planes de contingencia para

una guerra convencional con la Unión Soviética[7]. El 2 de marzo de 1946, el

Comité de Planificación Conjunta para la Guerra elaboró un borrador de la

Operación «Pincher», un laxo equivalente estadounidense a la Operación

«Impensable» británica. Sin embargo, el casus belli ya no era Polonia. Se daba

por sentado que la Unión Soviética ya había establecido su cinturón de

estados satélite para proteger sus fronteras y que el conflicto surgiría de un

intento soviético por infiltrarse en otros países más allá de este cinturón. En

particular, Pincher señalaba el detonante en Oriente Próximo, donde los

intereses estadounidenses o británicos podrían verse comprometidos.

También podría haber incidentes en Turquía o Irán, lo que movería a los

Aliados occidentales a tomar represalias mediante la fuerza militar, iniciando

así la tercera guerra mundial. El plan original preveía una guerra en algún

momento entre 1946 y 1949, pero con la espectacular escalada de tensiones de

1946, esta horquilla temporal se redujo de manera drástica. A los

planificadores estadounidenses les parecía estar contemplando el abismo. Por

supuesto, no estaban al tanto de todas las filtraciones de Donald MacLean, ni

de hasta qué punto conocían los soviéticos los planes estadounidenses de

represalias en caso de que se actuase contra Turquía. Es posible que, sabiendo

que Estados Unidos tomaría medidas, Stalin se abstuviese de invadir Turquía

en 1946, lo cual mitigó la crisis[8].

Aunque con demora, el presidente Truman se refirió a las tácticas de

Stalin en Polonia como un «ultraje». Este discurso, más contundente, podría

obedecer al recién adquirido poder atómico de Estados Unidos, pero lo cierto

es que su política exterior se iba endureciendo mes a mes[9]. En febrero de

1946, George Kennan envió a Washington su famoso «telegrama largo» desde

la misión estadounidense en Moscú. Fue un momento trascendental, pues, en

palabras del propio Kennan, «estos años han sido de auténtica tensión para

mí durante casi todo el tiempo, ya que he visto a nuestro gobierno hacer una

concesión tras otra a los soviéticos». Parecía que tanto el gobierno de Estados

Unidos como su opinión pública habían necesitado un periodo de gestación

para poder enfrentarse sin reparos a la amenaza soviética[10].

El gobierno estadounidense no era el único que estaba cambiando su

política hacia Stalin. Los miedos de Churchill a una dominación soviética en

la primavera de 1945 se habían transformado a principios de 1946 en el

pensamiento ortodoxo del Ministerio de Asuntos Exteriores británico. El

Mediterráneo, Turquía e Irán eran vulnerables y ya se había demostrado que el norte de Italia estaba en disputa. También existía la preocupación de que el

prosoviético Partido Comunista francés se hiciese con el poder en Francia. Si

surgía un conflicto con Occidente, Stalin no tendría reparos en ordenar una

insurrección comunista en Francia, seguida de un intento de golpe rojo en

Bélgica y, en España, una nueva guerra civil podría dar paso a un régimen de

esa índole[11]. El peor miedo para Gran Bretaña seguía siendo el triunfo del

comunismo «alimentado por el poderío económico alemán», como

confirmaba el Comité Conjunto de Inteligencia británico:

 

Sin duda, Rusia dará total importancia al hecho de que Gran Bretaña y Estados Unidos acusan el

cansancio de la guerra, se enfrentan a enormes problemas internos y están desmovilizando sus

fuerzas con rapidez. En comparación, las fuerzas y la industria de Rusia todavía siguen en pie de

guerra. No se han anunciado más desmovilizaciones y las divisiones rusas se están reequipando

rápidamente con los materiales más modernos[12].

 

Churchill, ya libre de las restricciones políticas de un primer ministro,

aunque todavía reconocido como estadista de talla mundial, percibía una

creciente marea de realismo en Occidente. El 5 de marzo de 1946 hizo pleno

uso de este reconocimiento al pronunciar un discurso legendario durante una

gira por EE. UU. En Fulton (Misuri), lanzó una solemne advertencia a Rusia y

habló del «telón de acero» que estaba cayendo sobre Europa. Le recordó al

pueblo estadounidense que Occidente no podía permitirse contemporizar con

la Unión Soviética, pues esa política ya había resultado desastrosa antes de la

guerra y entonces, en un mundo de posguerra, Stalin la consideraría pura y

simple debilidad[13]. Y, sin embargo, pese al tono dramático de su discurso, el

apoyo de la prensa y de la ciudadanía británicas al que fuera su primer

ministro era tibio. No es de extrañar, pues en Gran Bretaña todavía reinaba

un enorme sentimiento de gratitud hacia la Unión Soviética por su innegable

sacrificio en la guerra. Sin duda, esta benevolencia de la opinión pública

había sido alimentada por la constante dieta de propaganda prosoviética que

el propio gobierno británico había fomentado durante la guerra. No era nada

realista esperar que, apenas un año después, la ciudadanía pudiera asimilar

la «justicia» de un ataque a la Unión Soviética.

A despecho de las protestas de Occidente, Stalin continuó con su

represión de Europa del Este a buen ritmo. Solo en marzo de 1946, el

Ministerio del Interior soviético registró que «se había liquidado a 8360

bandidos» en Ucrania, mientras que en los estados de las Repúblicas

Socialistas Soviéticas Bálticas, Letonia, Lituania y Estonia, se había deportado

«permanentemente» a 100 000 personas a gulags[14]. Y mientras los vagones

de ganado abarrotados de «bandidos, nacionalistas y otros» avanzaban hacia

el Este, Stalin replicaba a Churchill por su discurso de Misuri, acusándolo de

«agitador bélico». Pero en EE. UU. ya no se consideraba el punto de vista de Churchill ni extremista ni un impedimento para mejorar las relaciones con

Stalin. Tan solo unos días antes de que Churchill pronunciase su discurso en

Fulton, el Comité de Planificación Conjunta para la Guerra de EE. UU. había

finalizado sus planes para la Operación Pincher. La política de EE. UU. hacia

la Unión soviética estaba volviendo al punto de partida:

 

Es importante subrayar la importancia de estar tan preparados militarmente y de mostrar tanta

firmeza y resolución, de modo que la Unión Soviética, malinterpretando las intenciones de Estados

Unidos, no presione hasta el punto de provocar una guerra[15].

 

El borrador del plan estadounidense para su propia guerra Impensable

calculaba que en la primavera de 1946 los soviéticos disponían de cincuenta y

una divisiones en Alemania y Austria, cincuenta divisiones en Oriente

Próximo y veinte divisiones en Hungría y Yugoslavia. Este contingente de 121

divisiones recibía el apoyo de una reserva central de 152 divisiones en Rusia,

y un total de 87 divisiones de fuerzas prosoviéticas en los estados satélite de

Europa del Este. Probablemente, un ataque soviético barrería Europa

occidental y se haría con los puertos del canal de la Mancha y con los Países

Bajos en poco menos de un mes. Al mismo tiempo, se lanzarían ataques a

Italia y Oriente Próximo. Ante unas fuerzas tan apabullantes (los cálculos

eran de tres a uno a favor de la infantería soviética), se recomendaba que las

tropas estadounidenses se retirasen a España o Italia para evitar ser

diezmadas por el Ejército Rojo en el continente. No era inconcebible que el

Ejército Rojo llegase a invadir España en un intento por bloquear el

Mediterráneo occidental, en cuyo caso, las fuerzas estadounidenses se

retirarían rápidamente a Gran Bretaña. Esta última se consideraba una base

valiosa; sin embargo, se sacrificarían Alemania, Austria, Francia y los Países

Bajos. Las fuerzas aliadas en retirada también se desplazarían por Oriente

Próximo para reforzar las defensas en la zona vital del canal de Suez. No es

ninguna sorpresa que, para entonces, los jefes del Estado Mayor de EE. UU.

hubieran aceptado que uno de los objetivos primordiales de la política

estalinista era «dominar el mundo[16]».

Occidente devolvería el golpe, por supuesto, pero no hasta que el Ejército

Rojo hubiera barrido Europa occidental, los Balcanes, Turquía e Irán. En

Extremo Oriente también caerían Corea del Sur y Manchuria. Aunque

Pincher no entraba en más detalles, Estados Unidos y sus aliados lanzarían

ataques aéreos devastadores desde las bases que se conservaran en Gran

Bretaña, Egipto e India, desplegando, sin duda, su creciente arsenal de

bombas atómicas, aunque el uso de dichas armas todavía no se consideraba

suficiente para ganar la guerra por sí solo. Mientras tanto, la Armada

estadounidense trataría de bloquear a la Unión Soviética y de destruir sus

flotas mientras se intentaba recuperar Europa occidental acometiendo desde

el sur por el Mediterráneo[17].

La disputa entre Tito y Occidente por la región de Venecia Julia era una

vieja herida infectada en Europa con visos de poder precipitar la Operación

Pincher. También fue este temor lo que unió a los jefes del Estado Mayor

Conjunto de Gran Bretaña y EE. UU. en las primeras sesiones de planificación

para una tercera guerra mundial. El primer plan Impensable británico, que

proponía el ataque a las fuerzas soviéticas el 1 de julio de 1945, no se había

tratado fuera del círculo más próximo al primer ministro: sus jefes del Estado

Mayor Conjunto y sus planificadores conjuntos. Del mismo modo, el

secretísimo plan Pincher estadounidense se había confinado inicialmente a

los jefes del Estado Mayor Conjunto, sus planificadores conjuntos y el

comandante en jefe; pero el 30 de agosto de 1946, el mariscal de campo Henry

«Jumbo» Maitland Wilson asistió, en representación de los jefes del Estado

Mayor Conjunto británico, a un almuerzo con sus homólogos

estadounidenses. En su informe a su comité de jefes del Estado Mayor

Conjunto, Wilson pudo asegurarles al menos que los jefes de los estados

mayores de ambos países estaban alerta del peligro que implicaba el estallido

de un conflicto armado en Venecia Julia, que podría arrastrar a ambos

bloques, lo quisieran o no. Hubo un acuerdo general en que no tenía sentido

planificar el envío de importantes refuerzos a Venecia en caso de conflicto en

la región, pues la lucha se extendería enseguida al centro de Europa. A finales

de 1946 ya nadie consideraba Polonia una cuerda de trampa y, sin embargo,

el país se encontraría en el centro mismo de la actividad militar[18].

Paradójicamente, en aquel momento los jefes del Estado Mayor de

EE. UU. estaban debatiendo todos los supuestos que Churchill ya había

predicho año y medio antes, cuando formulaba su plan para Impensable. El

presidente Truman había llegado incluso a designar un consejero especial,

Clark Clifford, para que le informase de la creciente amenaza soviética, pues

había llegado a la conclusión de que Stalin creía que era imposible «una paz

prolongada» entre las sociedades marxistas y capitalistas y que el único

resultado posible era la guerra[19]. En un encuentro de alto nivel entre

EE. UU. y Gran Bretaña, incluso el jefe del Estado Mayor estadounidense, el

general Eisenhower, hacía suyo el discurso de Impensable sobre establecer

cabezas de puente aliadas en Europa. Ante cualquier posible ofensiva

soviética, apostaba por retirar las fuerzas a cabezas de puente en los Países

Bajos. Esto impediría al enemigo utilizar bases desde las que pudiera lanzar

ataques con cohetes a Gran Bretaña, tal y como había recomendado Churchill

anteriormente, además de ofrecer a los Aliados una línea de comunicación

corta con Gran Bretaña. El Reino Unido sería de un valor estratégico inmenso

para las fuerzas aéreas aliadas, aunque los estadounidenses hicieron notar

que serían necesarias pistas más largas en las bases británicas para poder dar servicio a los escuadrones de B-29. El representante de la Armada también

abogó por la reocupación de Islandia para ampliar el alcance de las fuerzas

navales.

Así, una vez alcanzado el consenso, se disolvió la reunión, pero no sin

antes acordar mantener el borrador del plan de los jefes del Estado Mayor

Conjunto en el máximo secreto y que no se otorgaría acceso a él a nadie

situado por debajo del nivel de los jefes y sus planificadores inmediatos. Los

jefes estadounidenses estaban más que dispuestos a seguir adelante y

acordaron una organización del mando para EE. UU. y Gran Bretaña en caso

de agresión soviética, que ellos tenían por «inminente[20]». Sin embargo, otros

destacados comandantes británicos no tardaron en implicarse en los planes.

El 16 de septiembre, el mariscal de campo Montgomery, en una supuesta

visita privada a Estados Unidos, se reunió con el general Eisenhower y el

presidente Truman para debatir las opciones del plan de guerra de Occidente.

En un telegrama al primer ministro Attlee en el que lo aconsejaba sobre los

acontecimientos recientes, Montgomery hacía referencia al delicadísimo plan

y subrayaba que era «personal y solo para los ojos del primer ministro». «Por

lo que yo sé, aquí nadie (repito) nadie sabe nada del asunto». Montgomery

incluso añadió: «Todos están de acuerdo en que el secreto es vital». A fin de

justificar sus viajes para reunirse con el Comité de Planificación Conjunta de

EE. UU., los británicos esgrimieron la excusa de una investigación para un

«informe sobre las lecciones estratégicas derivadas de la guerra reciente». A

los británicos les preocupaba incluso que «Jumbo» Wilson, con sus grandes

dimensiones, pudiera presentar una gran silueta a bordo del yate donde se

reunió con los jefes estadounidenses. Es más, se llegó a cuestionar si los

planificadores británicos deberían llevar «uniforme o ropa de paisano»

cuando se reunieran con sus homólogos estadounidenses. Por suerte,

enseguida se desechó la idea de organizar «cócteles» para los equipos

visitantes[21].

Sin embargo, parecía que en EE. UU. la estricta seguridad comenzaba a

relajarse. Los británicos se horrorizaron al enterarse de que los secretarios del

Departamento de Guerra y de la Armada de Estados Unidos también estaban

al tanto y de que era solo cuestión de tiempo que los operativos del

Departamento de Estado llegaran a conocer todos los detalles. Es muy posible

que los operativos de seguridad británicos tuvieran conocimiento de las

filtraciones a los soviéticos desde dentro del Departamento de Estado y se

temieran lo peor. Desde luego, Attlee así lo temía. En confidencia al mariscal

de campo Wilson, afirmaba que «los temas que están tratándose ahora son de

la mayor importancia y valor potencial, pero cualquier filtración tendría

gravísimas consecuencias[22]».

En octubre de 1946 también se introdujo a los planificadores canadienses en la operación y un representante se unió a los planificadores británicos y

estadounidenses en las siguientes reuniones en Londres. En ellas se

debatieron las posibles cabezas de puente y la capacidad de las fuerzas

navales para evacuar a las tropas británicas y estadounidenses de la Europa

continental en caso de que el Ejército Rojo avanzase hacia el Oeste. También

existía el acuciante problema de una renovada amenaza soviética en Grecia y

Turquía, además del tema de la «estandarización» del armamento y el

equipamiento entre EE. UU., Gran Bretaña y Canadá[23].

La Operación Pincher sufrió varias modificaciones durante el verano de

1946, y los planificadores conjuntos estadounidenses se aseguraron de que

continuase siendo válida, pero siguieron excluyendo cualquier referencia

explícita al uso de las bombas atómicas por parte de la fuerza de

bombarderos estratégicos. Como había ocurrido con Impensable, los

planificadores no hicieron grandes intentos de proyectar la operación más

allá de las fases iniciales del conflicto debido al enorme número de variables.

Una de las preocupaciones constantes seguía siendo el problema de la

desmovilización, porque con la paz había llegado un enorme deseo de «traer

a los chicos a casa» lo antes posible y de reducir el inmenso coste de un

ejército tan grande. Por tanto, en junio de 1946, las fuerzas armadas de

EE. UU. habían quedado reducidas a menos de tres millones de efectivos[24].

El secretario de Estado, James Byrnes, se sentía frustrado por este proceso:

«La gente que más me exhortaba a que adoptase una actitud firme hacia

Rusia», se quejaba, «me exhortaba aún más a que desmovilizase de inmediato

al ejército». La fuerza de las divisiones acorazadas y de la infantería soviéticas

era tan formidable que en cuanto se inició la reducción de las tropas

estadounidenses, los planificadores llegaron a la conclusión de que las

fuerzas aliadas no dispondrían de suficientes fuerzas para adentrarse en el

interior de Rusia durante al menos tres años. La fuerza aérea aliada ofrecía la

única esperanza de victoria, mediante el uso de bombardeos masivos al

«corazón industrial de Rusia[25]». En 1946 no era realista pensar que se podría

amenazar a la Unión Soviética con borrarla del mapa. Incluso en el otoño de

aquel año, EE. UU. solo poseía nueve bombas atómicas: había dos Fat Boys

Mark III preparadas para realizar pruebas en el espacio marítimo del Estados

Unidos continental y siete Mark III almacenadas en emplazamientos seguros

en tierra. El único modo de lanzarlas sobre la unión soviética era el B-29

Silver Plate, modificado convenientemente para fijar el arma, pero no se

disponía de suficientes tripulaciones con la formación adecuada, ni de

equipos de montaje de bombas. Es más, los científicos comenzaban a

reincorporarse a la vida civil y la producción de uranio y de plutonio

empezaba a descender. Sin embargo, en los años venideros se incrementaría

drásticamente su producción, de modo que cuando llegó la primera prueba atómica soviética, en 1949, EE. UU. disponía de unas reservas de alrededor de

400 bombas atómicas. Pese a la comodidad que proporcionaba la

superioridad atómica, a los altos mandos de Occidente no les cabía la menor

duda de las consecuencias de una guerra mundial inminente. «Mi papel en la

próxima guerra —escribió Sir Arthur “Bomber” Harris— será quedar

destruido por ella[26]».

Mientras Gran Bretaña y Estados Unidos se enfrentaban a la Unión

Soviética, Polonia había dejado de contarse en la lista de causas prioritarias.

La Nochebuena de 1946, los «dieciséis polacos» en los que habían recaído las

esperanzas de una futura Polonia libre languidecían en varias prisiones

soviéticas. Uno de los líderes más destacados, el general Okulicki, pasó sus

últimas horas en la prisión de Butyrka, en Moscú. Su desaparición, junto con

las de otros miembros destacados de la clandestinidad polaca, en abril de

1945, contribuyó en gran medida a incrementar el ambiente de miedo a las

intenciones soviéticas. O bien había sido asesinado por el NKVD o bien había

fallecido como resultado de su huelga de hambre. Se calcula que entre 1944 y

1947 se deportó a los gulags soviéticos a unos 50 000 polacos, entre ellos

numerosos integrantes del AK[27]. En la primavera de 1946, los jefes del

Estado Mayor Conjunto de EE. UU. declararon que la Unión Soviética estaba

dando prioridad máxima a «reforzar su potencial de guerra y el de sus

satélites con el fin de lograr derrotar a las democracias occidentales». Para

combatir los planes soviéticos para la «dominación final del mundo»,

Occidente también tendría que proporcionar ayuda militar y económica a los

estados situados en primera línea del frente, como Grecia, Turquía e Irán[28].

Por todo ello, los gobiernos occidentales de la posguerra continuaron su

enfrentamiento con la Unión Soviética, una situación que recibió el nombre

de Guerra Fría. De las elecciones de 1947 en Polonia, convenientemente

amañadas, surgió un ejecutivo comunista, pero el gobierno polaco exiliado en

Londres continuó existiendo, pese al reconocimiento mundial de la marioneta

comunista de Polonia. De hecho, en una muestra de su antiguo estoicismo, el

gobierno polaco de Londres sobrevivió hasta 1991, año en que los antiguos

sellos presidenciales fueron entregados por fin al primer gobierno

poscomunista de Varsovia. Durante los últimos años de la década de 1940, la

Guerra Fría se enconó con el estallido de crisis intermitentes, como la del

bloqueo de Berlín, en la que los soviéticos intentaron cortar los accesos a

Berlín Oeste. Occidente organizó un envío aéreo de suministros para levantar

el «sitio» y, en 1949, los soviéticos retrocedieron. Sin embargo, fue un año

crucial por otras razones: la Unión Soviética desarrolló su propia capacidad

atómica y el equilibrio de poderes volvió a escorarse.

Probablemente, la Operación «Impensable» no haya sido más que otra

nota a pie de página que ha pasado desapercibida en la historia de la Guerra Fría, pero en 1954 se produjo un extraño incidente en el que estuvieron

implicados Churchill y Montgomery y que amenazó con desvelar todo el

plan. En un discurso intrascendente en su circunscripción de Woodford,

Churchill anunció de pronto que en 1945 había dado órdenes al mariscal de

campo Montgomery de preservar las armas confiscadas a los alemanes y de

que estuviese listo para redistribuir esas armas a «los soldados alemanes con

los que hubiéramos tenido que trabajar de continuar el avance soviético». La

prensa, intrigada, exigió una aclaración de Montgomery, lo que produjo la

consiguiente disputa sobre si Churchill había llegado a dar la orden

formalmente o no. La prensa soviética se hizo eco inmediato de esos

comentarios, atacando la «cruzada de Churchill», y se publicaron artículos

críticos en medios británicos y estadounidenses[29]. The Chicago Tribune la

emprendió contra Churchill y su política en tiempos de guerra con titulares

que pregonaban «Disparates a gran escala». El episodio había estallado de la

nada, pero los observadores más racionales se preguntaban por qué, en el

punto álgido de la Guerra Fría, el primer ministro divulgaba de manera tan

fortuita unos planes tan controvertidos para atacar a la Unión Soviética. El

teniente general Sir Edward Spears salió en defensa de Churchill: «Todo es

absurdo», replicó. «El Times se está comportando como si Sir Winston le

hubiese pedido ayuda a Hitler contra Rusia. Hitler estaba fuera de juego[30]».

Pero, aun así, el primer ministro tuvo que aplacar la tormenta admitiendo

que no lograba encontrar ningún telegrama en su archivo y que seguramente

le habría dado una orden verbal a Montgomery. En privado confesó: «En

Woodford hice el ganso[31]».