Operación «Impensable»
9. Halcones estadounidenses
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Halcones estadounidenses
Con la llegada del otoño de 1945, llegó también el momento de que los
estadounidenses adoptasen el papel de halcones en el punto muerto en que
se encontraban con Stalin. Estados Unidos comenzaba a trazar al fin sus
planes para una estrategia de posguerra, aunque no existía ninguna directriz
presidencial ni impuesta por las altas instancias, como había ocurrido con
Churchill e Impensable. En este caso, la iniciativa de preparar los informes
para un plan estratégico de posguerra fue de algunos miembros y del Comité
de Planificación Conjunta de Estados Unidos (USJPS). En esa fase, los planes
no incluían operaciones detalladas, sino que analizaban la capacidad militar
general de Estados Unidos y sus necesidades de bases y reservas militares en
todo el mundo. Se debatían las «nuevas armas y contramedidas», otorgando
especial consideración a las potenciales bombas atómicas y misiles
dirigidos[1]. Los expertos llegaron a la conclusión de que estas nuevas armas
tenían sus limitaciones, que no cambiarían la estrategia militar
estadounidense, pues entonces el alcance de los cohetes de tipo V-2 no podía
superar los 1500 kilómetros, ni tampoco se podían fabricar bombas atómicas
suficientemente pequeñas para que resultasen de utilidad para los proyectiles
de artillería o los torpedos. Por tanto, los planificadores y sus expertos creían
que estas nuevas armas serían un complemento para el armamento
convencional y no parecían tomar en consideración la idea de que las bombas
atómicas podrían utilizarse como elemento disuasorio. Sin embargo, los
planificadores sí que determinaron que la inutilización de la capacidad industrial de un país no afectaría al resultado de ninguna guerra atómica,
pues esta terminaría mucho antes de que tal medida pudiera surtir efecto. A
finales de 1945, se presentó el plan estratégico, que enmascaraba sus
auténticos objetivos con alusiones a «mantener la paz mundial», a la
aprobación de los jefes del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos y
luego a la del presidente[2].
Todavía pasarían meses hasta que se lograra el impulso necesario para
que Estados Unidos elaborase planes operativos más detallados al respecto
de un conflicto importante con la Unión Soviética. En aquel punto, los
planificadores estadounidenses no habían consultado con sus homólogos
británicos, pues Harry Hopkins se lamentaba de que «al oír como hablaban
algunos sobre los británicos, cabría pensar que eran nuestros enemigos
potenciales[3]». Pero, para algunos estadounidenses, el Imperio Británico era
justamente eso: cuando el teniente general Francis Davidson del Estado
Mayor General británico se encontraba de gira por Estados Unidos en otoño
de 1945, lo abordó un periodista, exigiendo conocer los «planes imperialistas
británicos para Indonesia». Semejante lenguaje habría podido salir
perfectamente del Kremlin, pero al menos las relaciones militares anglo-
estadounidenses se encontraban en un nivel más cordial. Durante el otoño y
el invierno de 1945, la cooperación entre ambos ejércitos se fue acrecentando
y también se compartía la información de espionaje sobre los movimientos de
la Unión Soviética. De resultas de estos dosieres constantes y verificables,
corroborados por sus propios agentes de campo, el espionaje estadounidense
comenzó a tomarse más en serio la amenaza soviética[4].
Durante los meses de octubre y noviembre de 1945, los jefes del Estado
Mayor Conjunto estadounidense examinaron una serie de informes que
estimaban la capacidad militar soviética en aquel momento en más de sesenta
divisiones ofensivas de infantería, 25 000 tanques y 60 000 piezas de artillería
de gran calibre. Su conclusión era que las fuerzas soviéticas podrían invadir
Europa del Este y Oriente Próximo con facilidad en cualquier momento antes
de 1948. Una perspectiva tan alarmante hizo que el Comité Conjunto de
Inteligencia de Estados Unidos calculase cuál sería el efecto de «bloquear»
dicho avance mediante el uso de armas nucleares. En el que sería el primer
esbozo de plan estadounidense para atacar a la Unión Soviética, se
seleccionaron veinte ciudades soviéticas como objetivos para las bombas
atómicas, que se lanzarían desde bombarderos pesados, aunque el CCI de
EE. UU. estaba excluido de la mayoría de los secretos atómicos
estadounidenses y no disponía de datos exactos sobre el número de bombas
disponibles[5].
En noviembre de 1945, el Departamento de Estado de Estados Unidos
recibió la alarmante noticia de que tropas soviéticas no uniformadas estaban apoyando una revuelta tribal en el Azerbaiyán iraní con la intención de
anexionarse esta provincia fronteriza[6]. Los jefes del Estado Mayor Conjunto
estadounidense ordenaron «una reevaluación de las capacidades militares de
Estados Unidos en vista de las políticas agresivas soviéticas», lo que indicaba
que entonces incluso EE. UU. estaba preparando planes de contingencia para
una guerra convencional con la Unión Soviética[7]. El 2 de marzo de 1946, el
Comité de Planificación Conjunta para la Guerra elaboró un borrador de la
Operación «Pincher», un laxo equivalente estadounidense a la Operación
«Impensable» británica. Sin embargo, el casus belli ya no era Polonia. Se daba
por sentado que la Unión Soviética ya había establecido su cinturón de
estados satélite para proteger sus fronteras y que el conflicto surgiría de un
intento soviético por infiltrarse en otros países más allá de este cinturón. En
particular, Pincher señalaba el detonante en Oriente Próximo, donde los
intereses estadounidenses o británicos podrían verse comprometidos.
También podría haber incidentes en Turquía o Irán, lo que movería a los
Aliados occidentales a tomar represalias mediante la fuerza militar, iniciando
así la tercera guerra mundial. El plan original preveía una guerra en algún
momento entre 1946 y 1949, pero con la espectacular escalada de tensiones de
1946, esta horquilla temporal se redujo de manera drástica. A los
planificadores estadounidenses les parecía estar contemplando el abismo. Por
supuesto, no estaban al tanto de todas las filtraciones de Donald MacLean, ni
de hasta qué punto conocían los soviéticos los planes estadounidenses de
represalias en caso de que se actuase contra Turquía. Es posible que, sabiendo
que Estados Unidos tomaría medidas, Stalin se abstuviese de invadir Turquía
en 1946, lo cual mitigó la crisis[8].
Aunque con demora, el presidente Truman se refirió a las tácticas de
Stalin en Polonia como un «ultraje». Este discurso, más contundente, podría
obedecer al recién adquirido poder atómico de Estados Unidos, pero lo cierto
es que su política exterior se iba endureciendo mes a mes[9]. En febrero de
1946, George Kennan envió a Washington su famoso «telegrama largo» desde
la misión estadounidense en Moscú. Fue un momento trascendental, pues, en
palabras del propio Kennan, «estos años han sido de auténtica tensión para
mí durante casi todo el tiempo, ya que he visto a nuestro gobierno hacer una
concesión tras otra a los soviéticos». Parecía que tanto el gobierno de Estados
Unidos como su opinión pública habían necesitado un periodo de gestación
para poder enfrentarse sin reparos a la amenaza soviética[10].
El gobierno estadounidense no era el único que estaba cambiando su
política hacia Stalin. Los miedos de Churchill a una dominación soviética en
la primavera de 1945 se habían transformado a principios de 1946 en el
pensamiento ortodoxo del Ministerio de Asuntos Exteriores británico. El
Mediterráneo, Turquía e Irán eran vulnerables y ya se había demostrado que el norte de Italia estaba en disputa. También existía la preocupación de que el
prosoviético Partido Comunista francés se hiciese con el poder en Francia. Si
surgía un conflicto con Occidente, Stalin no tendría reparos en ordenar una
insurrección comunista en Francia, seguida de un intento de golpe rojo en
Bélgica y, en España, una nueva guerra civil podría dar paso a un régimen de
esa índole[11]. El peor miedo para Gran Bretaña seguía siendo el triunfo del
comunismo «alimentado por el poderío económico alemán», como
confirmaba el Comité Conjunto de Inteligencia británico:
Sin duda, Rusia dará total importancia al hecho de que Gran Bretaña y Estados Unidos acusan el
cansancio de la guerra, se enfrentan a enormes problemas internos y están desmovilizando sus
fuerzas con rapidez. En comparación, las fuerzas y la industria de Rusia todavía siguen en pie de
guerra. No se han anunciado más desmovilizaciones y las divisiones rusas se están reequipando
rápidamente con los materiales más modernos[12].
Churchill, ya libre de las restricciones políticas de un primer ministro,
aunque todavía reconocido como estadista de talla mundial, percibía una
creciente marea de realismo en Occidente. El 5 de marzo de 1946 hizo pleno
uso de este reconocimiento al pronunciar un discurso legendario durante una
gira por EE. UU. En Fulton (Misuri), lanzó una solemne advertencia a Rusia y
habló del «telón de acero» que estaba cayendo sobre Europa. Le recordó al
pueblo estadounidense que Occidente no podía permitirse contemporizar con
la Unión Soviética, pues esa política ya había resultado desastrosa antes de la
guerra y entonces, en un mundo de posguerra, Stalin la consideraría pura y
simple debilidad[13]. Y, sin embargo, pese al tono dramático de su discurso, el
apoyo de la prensa y de la ciudadanía británicas al que fuera su primer
ministro era tibio. No es de extrañar, pues en Gran Bretaña todavía reinaba
un enorme sentimiento de gratitud hacia la Unión Soviética por su innegable
sacrificio en la guerra. Sin duda, esta benevolencia de la opinión pública
había sido alimentada por la constante dieta de propaganda prosoviética que
el propio gobierno británico había fomentado durante la guerra. No era nada
realista esperar que, apenas un año después, la ciudadanía pudiera asimilar
la «justicia» de un ataque a la Unión Soviética.
A despecho de las protestas de Occidente, Stalin continuó con su
represión de Europa del Este a buen ritmo. Solo en marzo de 1946, el
Ministerio del Interior soviético registró que «se había liquidado a 8360
bandidos» en Ucrania, mientras que en los estados de las Repúblicas
Socialistas Soviéticas Bálticas, Letonia, Lituania y Estonia, se había deportado
«permanentemente» a 100 000 personas a gulags[14]. Y mientras los vagones
de ganado abarrotados de «bandidos, nacionalistas y otros» avanzaban hacia
el Este, Stalin replicaba a Churchill por su discurso de Misuri, acusándolo de
«agitador bélico». Pero en EE. UU. ya no se consideraba el punto de vista de Churchill ni extremista ni un impedimento para mejorar las relaciones con
Stalin. Tan solo unos días antes de que Churchill pronunciase su discurso en
Fulton, el Comité de Planificación Conjunta para la Guerra de EE. UU. había
finalizado sus planes para la Operación Pincher. La política de EE. UU. hacia
la Unión soviética estaba volviendo al punto de partida:
Es importante subrayar la importancia de estar tan preparados militarmente y de mostrar tanta
firmeza y resolución, de modo que la Unión Soviética, malinterpretando las intenciones de Estados
Unidos, no presione hasta el punto de provocar una guerra[15].
El borrador del plan estadounidense para su propia guerra Impensable
calculaba que en la primavera de 1946 los soviéticos disponían de cincuenta y
una divisiones en Alemania y Austria, cincuenta divisiones en Oriente
Próximo y veinte divisiones en Hungría y Yugoslavia. Este contingente de 121
divisiones recibía el apoyo de una reserva central de 152 divisiones en Rusia,
y un total de 87 divisiones de fuerzas prosoviéticas en los estados satélite de
Europa del Este. Probablemente, un ataque soviético barrería Europa
occidental y se haría con los puertos del canal de la Mancha y con los Países
Bajos en poco menos de un mes. Al mismo tiempo, se lanzarían ataques a
Italia y Oriente Próximo. Ante unas fuerzas tan apabullantes (los cálculos
eran de tres a uno a favor de la infantería soviética), se recomendaba que las
tropas estadounidenses se retirasen a España o Italia para evitar ser
diezmadas por el Ejército Rojo en el continente. No era inconcebible que el
Ejército Rojo llegase a invadir España en un intento por bloquear el
Mediterráneo occidental, en cuyo caso, las fuerzas estadounidenses se
retirarían rápidamente a Gran Bretaña. Esta última se consideraba una base
valiosa; sin embargo, se sacrificarían Alemania, Austria, Francia y los Países
Bajos. Las fuerzas aliadas en retirada también se desplazarían por Oriente
Próximo para reforzar las defensas en la zona vital del canal de Suez. No es
ninguna sorpresa que, para entonces, los jefes del Estado Mayor de EE. UU.
hubieran aceptado que uno de los objetivos primordiales de la política
estalinista era «dominar el mundo[16]».
Occidente devolvería el golpe, por supuesto, pero no hasta que el Ejército
Rojo hubiera barrido Europa occidental, los Balcanes, Turquía e Irán. En
Extremo Oriente también caerían Corea del Sur y Manchuria. Aunque
Pincher no entraba en más detalles, Estados Unidos y sus aliados lanzarían
ataques aéreos devastadores desde las bases que se conservaran en Gran
Bretaña, Egipto e India, desplegando, sin duda, su creciente arsenal de
bombas atómicas, aunque el uso de dichas armas todavía no se consideraba
suficiente para ganar la guerra por sí solo. Mientras tanto, la Armada
estadounidense trataría de bloquear a la Unión Soviética y de destruir sus
flotas mientras se intentaba recuperar Europa occidental acometiendo desde
el sur por el Mediterráneo[17].
La disputa entre Tito y Occidente por la región de Venecia Julia era una
vieja herida infectada en Europa con visos de poder precipitar la Operación
Pincher. También fue este temor lo que unió a los jefes del Estado Mayor
Conjunto de Gran Bretaña y EE. UU. en las primeras sesiones de planificación
para una tercera guerra mundial. El primer plan Impensable británico, que
proponía el ataque a las fuerzas soviéticas el 1 de julio de 1945, no se había
tratado fuera del círculo más próximo al primer ministro: sus jefes del Estado
Mayor Conjunto y sus planificadores conjuntos. Del mismo modo, el
secretísimo plan Pincher estadounidense se había confinado inicialmente a
los jefes del Estado Mayor Conjunto, sus planificadores conjuntos y el
comandante en jefe; pero el 30 de agosto de 1946, el mariscal de campo Henry
«Jumbo» Maitland Wilson asistió, en representación de los jefes del Estado
Mayor Conjunto británico, a un almuerzo con sus homólogos
estadounidenses. En su informe a su comité de jefes del Estado Mayor
Conjunto, Wilson pudo asegurarles al menos que los jefes de los estados
mayores de ambos países estaban alerta del peligro que implicaba el estallido
de un conflicto armado en Venecia Julia, que podría arrastrar a ambos
bloques, lo quisieran o no. Hubo un acuerdo general en que no tenía sentido
planificar el envío de importantes refuerzos a Venecia en caso de conflicto en
la región, pues la lucha se extendería enseguida al centro de Europa. A finales
de 1946 ya nadie consideraba Polonia una cuerda de trampa y, sin embargo,
el país se encontraría en el centro mismo de la actividad militar[18].
Paradójicamente, en aquel momento los jefes del Estado Mayor de
EE. UU. estaban debatiendo todos los supuestos que Churchill ya había
predicho año y medio antes, cuando formulaba su plan para Impensable. El
presidente Truman había llegado incluso a designar un consejero especial,
Clark Clifford, para que le informase de la creciente amenaza soviética, pues
había llegado a la conclusión de que Stalin creía que era imposible «una paz
prolongada» entre las sociedades marxistas y capitalistas y que el único
resultado posible era la guerra[19]. En un encuentro de alto nivel entre
EE. UU. y Gran Bretaña, incluso el jefe del Estado Mayor estadounidense, el
general Eisenhower, hacía suyo el discurso de Impensable sobre establecer
cabezas de puente aliadas en Europa. Ante cualquier posible ofensiva
soviética, apostaba por retirar las fuerzas a cabezas de puente en los Países
Bajos. Esto impediría al enemigo utilizar bases desde las que pudiera lanzar
ataques con cohetes a Gran Bretaña, tal y como había recomendado Churchill
anteriormente, además de ofrecer a los Aliados una línea de comunicación
corta con Gran Bretaña. El Reino Unido sería de un valor estratégico inmenso
para las fuerzas aéreas aliadas, aunque los estadounidenses hicieron notar
que serían necesarias pistas más largas en las bases británicas para poder dar servicio a los escuadrones de B-29. El representante de la Armada también
abogó por la reocupación de Islandia para ampliar el alcance de las fuerzas
navales.
Así, una vez alcanzado el consenso, se disolvió la reunión, pero no sin
antes acordar mantener el borrador del plan de los jefes del Estado Mayor
Conjunto en el máximo secreto y que no se otorgaría acceso a él a nadie
situado por debajo del nivel de los jefes y sus planificadores inmediatos. Los
jefes estadounidenses estaban más que dispuestos a seguir adelante y
acordaron una organización del mando para EE. UU. y Gran Bretaña en caso
de agresión soviética, que ellos tenían por «inminente[20]». Sin embargo, otros
destacados comandantes británicos no tardaron en implicarse en los planes.
El 16 de septiembre, el mariscal de campo Montgomery, en una supuesta
visita privada a Estados Unidos, se reunió con el general Eisenhower y el
presidente Truman para debatir las opciones del plan de guerra de Occidente.
En un telegrama al primer ministro Attlee en el que lo aconsejaba sobre los
acontecimientos recientes, Montgomery hacía referencia al delicadísimo plan
y subrayaba que era «personal y solo para los ojos del primer ministro». «Por
lo que yo sé, aquí nadie (repito) nadie sabe nada del asunto». Montgomery
incluso añadió: «Todos están de acuerdo en que el secreto es vital». A fin de
justificar sus viajes para reunirse con el Comité de Planificación Conjunta de
EE. UU., los británicos esgrimieron la excusa de una investigación para un
«informe sobre las lecciones estratégicas derivadas de la guerra reciente». A
los británicos les preocupaba incluso que «Jumbo» Wilson, con sus grandes
dimensiones, pudiera presentar una gran silueta a bordo del yate donde se
reunió con los jefes estadounidenses. Es más, se llegó a cuestionar si los
planificadores británicos deberían llevar «uniforme o ropa de paisano»
cuando se reunieran con sus homólogos estadounidenses. Por suerte,
enseguida se desechó la idea de organizar «cócteles» para los equipos
visitantes[21].
Sin embargo, parecía que en EE. UU. la estricta seguridad comenzaba a
relajarse. Los británicos se horrorizaron al enterarse de que los secretarios del
Departamento de Guerra y de la Armada de Estados Unidos también estaban
al tanto y de que era solo cuestión de tiempo que los operativos del
Departamento de Estado llegaran a conocer todos los detalles. Es muy posible
que los operativos de seguridad británicos tuvieran conocimiento de las
filtraciones a los soviéticos desde dentro del Departamento de Estado y se
temieran lo peor. Desde luego, Attlee así lo temía. En confidencia al mariscal
de campo Wilson, afirmaba que «los temas que están tratándose ahora son de
la mayor importancia y valor potencial, pero cualquier filtración tendría
gravísimas consecuencias[22]».
En octubre de 1946 también se introdujo a los planificadores canadienses en la operación y un representante se unió a los planificadores británicos y
estadounidenses en las siguientes reuniones en Londres. En ellas se
debatieron las posibles cabezas de puente y la capacidad de las fuerzas
navales para evacuar a las tropas británicas y estadounidenses de la Europa
continental en caso de que el Ejército Rojo avanzase hacia el Oeste. También
existía el acuciante problema de una renovada amenaza soviética en Grecia y
Turquía, además del tema de la «estandarización» del armamento y el
equipamiento entre EE. UU., Gran Bretaña y Canadá[23].
La Operación Pincher sufrió varias modificaciones durante el verano de
1946, y los planificadores conjuntos estadounidenses se aseguraron de que
continuase siendo válida, pero siguieron excluyendo cualquier referencia
explícita al uso de las bombas atómicas por parte de la fuerza de
bombarderos estratégicos. Como había ocurrido con Impensable, los
planificadores no hicieron grandes intentos de proyectar la operación más
allá de las fases iniciales del conflicto debido al enorme número de variables.
Una de las preocupaciones constantes seguía siendo el problema de la
desmovilización, porque con la paz había llegado un enorme deseo de «traer
a los chicos a casa» lo antes posible y de reducir el inmenso coste de un
ejército tan grande. Por tanto, en junio de 1946, las fuerzas armadas de
EE. UU. habían quedado reducidas a menos de tres millones de efectivos[24].
El secretario de Estado, James Byrnes, se sentía frustrado por este proceso:
«La gente que más me exhortaba a que adoptase una actitud firme hacia
Rusia», se quejaba, «me exhortaba aún más a que desmovilizase de inmediato
al ejército». La fuerza de las divisiones acorazadas y de la infantería soviéticas
era tan formidable que en cuanto se inició la reducción de las tropas
estadounidenses, los planificadores llegaron a la conclusión de que las
fuerzas aliadas no dispondrían de suficientes fuerzas para adentrarse en el
interior de Rusia durante al menos tres años. La fuerza aérea aliada ofrecía la
única esperanza de victoria, mediante el uso de bombardeos masivos al
«corazón industrial de Rusia[25]». En 1946 no era realista pensar que se podría
amenazar a la Unión Soviética con borrarla del mapa. Incluso en el otoño de
aquel año, EE. UU. solo poseía nueve bombas atómicas: había dos Fat Boys
Mark III preparadas para realizar pruebas en el espacio marítimo del Estados
Unidos continental y siete Mark III almacenadas en emplazamientos seguros
en tierra. El único modo de lanzarlas sobre la unión soviética era el B-29
Silver Plate, modificado convenientemente para fijar el arma, pero no se
disponía de suficientes tripulaciones con la formación adecuada, ni de
equipos de montaje de bombas. Es más, los científicos comenzaban a
reincorporarse a la vida civil y la producción de uranio y de plutonio
empezaba a descender. Sin embargo, en los años venideros se incrementaría
drásticamente su producción, de modo que cuando llegó la primera prueba atómica soviética, en 1949, EE. UU. disponía de unas reservas de alrededor de
400 bombas atómicas. Pese a la comodidad que proporcionaba la
superioridad atómica, a los altos mandos de Occidente no les cabía la menor
duda de las consecuencias de una guerra mundial inminente. «Mi papel en la
próxima guerra —escribió Sir Arthur “Bomber” Harris— será quedar
destruido por ella[26]».
Mientras Gran Bretaña y Estados Unidos se enfrentaban a la Unión
Soviética, Polonia había dejado de contarse en la lista de causas prioritarias.
La Nochebuena de 1946, los «dieciséis polacos» en los que habían recaído las
esperanzas de una futura Polonia libre languidecían en varias prisiones
soviéticas. Uno de los líderes más destacados, el general Okulicki, pasó sus
últimas horas en la prisión de Butyrka, en Moscú. Su desaparición, junto con
las de otros miembros destacados de la clandestinidad polaca, en abril de
1945, contribuyó en gran medida a incrementar el ambiente de miedo a las
intenciones soviéticas. O bien había sido asesinado por el NKVD o bien había
fallecido como resultado de su huelga de hambre. Se calcula que entre 1944 y
1947 se deportó a los gulags soviéticos a unos 50 000 polacos, entre ellos
numerosos integrantes del AK[27]. En la primavera de 1946, los jefes del
Estado Mayor Conjunto de EE. UU. declararon que la Unión Soviética estaba
dando prioridad máxima a «reforzar su potencial de guerra y el de sus
satélites con el fin de lograr derrotar a las democracias occidentales». Para
combatir los planes soviéticos para la «dominación final del mundo»,
Occidente también tendría que proporcionar ayuda militar y económica a los
estados situados en primera línea del frente, como Grecia, Turquía e Irán[28].
Por todo ello, los gobiernos occidentales de la posguerra continuaron su
enfrentamiento con la Unión Soviética, una situación que recibió el nombre
de Guerra Fría. De las elecciones de 1947 en Polonia, convenientemente
amañadas, surgió un ejecutivo comunista, pero el gobierno polaco exiliado en
Londres continuó existiendo, pese al reconocimiento mundial de la marioneta
comunista de Polonia. De hecho, en una muestra de su antiguo estoicismo, el
gobierno polaco de Londres sobrevivió hasta 1991, año en que los antiguos
sellos presidenciales fueron entregados por fin al primer gobierno
poscomunista de Varsovia. Durante los últimos años de la década de 1940, la
Guerra Fría se enconó con el estallido de crisis intermitentes, como la del
bloqueo de Berlín, en la que los soviéticos intentaron cortar los accesos a
Berlín Oeste. Occidente organizó un envío aéreo de suministros para levantar
el «sitio» y, en 1949, los soviéticos retrocedieron. Sin embargo, fue un año
crucial por otras razones: la Unión Soviética desarrolló su propia capacidad
atómica y el equilibrio de poderes volvió a escorarse.
Probablemente, la Operación «Impensable» no haya sido más que otra
nota a pie de página que ha pasado desapercibida en la historia de la Guerra Fría, pero en 1954 se produjo un extraño incidente en el que estuvieron
implicados Churchill y Montgomery y que amenazó con desvelar todo el
plan. En un discurso intrascendente en su circunscripción de Woodford,
Churchill anunció de pronto que en 1945 había dado órdenes al mariscal de
campo Montgomery de preservar las armas confiscadas a los alemanes y de
que estuviese listo para redistribuir esas armas a «los soldados alemanes con
los que hubiéramos tenido que trabajar de continuar el avance soviético». La
prensa, intrigada, exigió una aclaración de Montgomery, lo que produjo la
consiguiente disputa sobre si Churchill había llegado a dar la orden
formalmente o no. La prensa soviética se hizo eco inmediato de esos
comentarios, atacando la «cruzada de Churchill», y se publicaron artículos
críticos en medios británicos y estadounidenses[29]. The Chicago Tribune la
emprendió contra Churchill y su política en tiempos de guerra con titulares
que pregonaban «Disparates a gran escala». El episodio había estallado de la
nada, pero los observadores más racionales se preguntaban por qué, en el
punto álgido de la Guerra Fría, el primer ministro divulgaba de manera tan
fortuita unos planes tan controvertidos para atacar a la Unión Soviética. El
teniente general Sir Edward Spears salió en defensa de Churchill: «Todo es
absurdo», replicó. «El Times se está comportando como si Sir Winston le
hubiese pedido ayuda a Hitler contra Rusia. Hitler estaba fuera de juego[30]».
Pero, aun así, el primer ministro tuvo que aplacar la tormenta admitiendo
que no lograba encontrar ningún telegrama en su archivo y que seguramente
le habría dado una orden verbal a Montgomery. En privado confesó: «En
Woodford hice el ganso[31]».