Pruebas Falsas

Donna Leon · Capítulo 10 de 24

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Pruebas Falsas

Capitulo 10

Su cita con la avvocatessa Roberta Marieschi era a las diez de la mañana siguiente. Como el despacho estaba en Castello, al principio de Via Garibaldi, Brunetti tomó el Uno hasta Giardino. Los árboles de los jardines públicos parecían fatigados, polvorientos y muy necesitados de lluvia. En realidad, otro tanto podía decirse de la mayoría de los habitantes de la ciudad. No tuvo dificultad para encontrar el despacho, contiguo a lo que había sido una muy buena pizzería, ahora transformada en una tienda que vendía falso cristal de Murano. Llamó al timbre, entró y subió al despacho, situado en el primer piso.

La secretaria con la que había hablado la víspera alzó la cabeza al entrar él, sonrió y le preguntó si era el signor Brunetti. Cuando él respondió afirmativamente, ella dijo si no le importaría aguardar unos minutos, porque la dottoressa aún estaba con otra visita. Brunetti se sentó en un confortable sofá de color gris y examinó las portadas de las revistas que había en la mesita de su izquierda. Eligió Oggi porque casi nunca tenía ocasión de leerla: no quería comprarla y lo violentaba que lo vieran leerla. Estaba enfrascado en la crónica del enlace de un príncipe escandinavo de segunda fila cuando se abrió la puerta situada a la izquierda de la secretaria y salió a la sala de espera un anciano. En una mano llevaba una cartera de piel negra y, en la otra, un bastón con puño de plata.

La secretaria se levantó y preguntó con una sonrisa:

–¿Desea hora para otra visita, cavaliere?

–No, gracias, signorina -respondió él sonriendo a su vez afablemente-. La llamaré cuando haya leído estos papeles.

Intercambiaron corteses saludos de despedida y la secretaria se acercó a Brunetti, que se puso en pie.

–Le acompaño, signore -dijo y fue hacia la puerta que el anciano había cerrado. La mujer dio un golpe con los nudillos y entró, seguida por Brunetti a uno o dos pasos de distancia.

El escritorio estaba en el otro extremo de la habitación, entre dos ventanas. No había nadie sentado tras él, pero Brunetti percibió algo que se movía en el suelo, una forma de color marrón claro, que asomaba por debajo de la mesa. Podía ser un ratón o, quizá, un lirón,

aunque él creía que estos animales vivían en el campo, no en la ciudad.

Al oír una voz de mujer que pronunciaba su nombre, se volvió, fingiendo no haber visto nada.

Roberta Marieschi aparentaba unos treinta y cinco años, tenía una figura alta y erguida y una cara muy bonita. Estaba junto a una librería que cubría toda una pared del despacho, guardando un grueso tomo.

–Discúlpeme, signor Brunetti. Siento mucho haberle hecho esperar -

dijo y se acercó a él con la mano extendida, asiendo con firmeza la que él le ofrecía. Se volvió hacia la mesa-. Siéntese, por favor.

La secretaria salió del despacho. Él observó a la abogada mientras ella daba la vuelta a la mesa y se sentaba. Era un poco más baja que él, pero, por su figura, delgada y atlética a la vez, aparentaba mayor estatura. Llevaba traje de seda natural gris oscuro con la falda justo por debajo de la rodilla y unos sencillos zapatos negros, sin tacón, zapatos cómodos, para el despacho o para caminar. Tenía la piel ligeramente bronceada, pero el suyo era sólo un color sano, no ese que hace pensar en el cuero. Ninguna de sus facciones llamaba la atención pero componían un conjunto atractivo, realzado por unos ojos castaños, de pestañas espesas, y unos labios carnosos y tersos.

–¿Dijo usted que deseaba consultar acerca de una herencia, signor

Brunetti? – preguntó la mujer, pero, cuando él se disponía a responder, lo sorprendió oírla decir con resignada exasperación-: Bueno, ya basta.

Él, que estaba mirando los papeles que había encima de la mesa, levantó la mirada y vio que ella había desaparecido o, por lo menos, había desaparecido su cabeza. En el mismo momento, por debajo de la mesa, volvió a asomar aquella forma, entre hoja de palmera y abanico, de color beige, que empezó a oscilar lentamente de un lado al otro.

–He dicho basta, Poppi -decía la voz de la abogada debajo de la mesa.

Indeciso, Brunetti se quedó quieto, observando el movimiento de la cola del animal. Después de un rato que se hizo muy largo, reapareció la cabeza de la avvocatessa Marieschi, con el oscuro cabello revuelto.

–Perdone -dijo-. Normalmente, no la traigo al despacho, pero he vuelto de vacaciones y está enfadada conmigo por haberla dejado. –

Echó el sillón hacia atrás y dijo a la perra-: ¿Verdad que sí, Poppi?

Estás enfadada y quieres vengarte comiéndote mi zapato.

El animal se dio media vuelta y se dejó caer al suelo debajo de la mesa, con un golpe sordo, mostrando un trozo de cola bastante más largo. La abogada miró a Brunetti, sonrió y hasta pareció ruborizarse.

–Confío en que no le molesten los perros -dijo.

–Al contrario. Me gustan mucho.

Sonó un gruñido ronco en respuesta a su voz, y la mujer volvió a agacharse y dijo:

–Sal de ahí debajo, comedianta. Sal y verás que no has de tener celos. – Se inclinó hacia adelante, extendió los brazos, se inclinó un poco más y luego se irguió. Lentamente, de debajo de la mesa salió la cabeza y luego el cuerpo perruno más hermoso que Brunetti había visto en su vida: Poppi era una cobrador dorado y, aunque él sabía que era la raza de moda, eso no atenuaba su admiración. Con la lengua colgando,

Poppi no tuvo más que volver hacia Brunetti sus ojos, muy separados entre sí, para conquistarlo. El cuerpo del animal quedaba a la altura del sillón, y él observó cómo apoyaba la cabeza en el regazo de la abogada mirándola con adoración.

–Espero que realmente le gusten los perros, signor Brunetti -dijo ella-. Porque, de lo contrario, ésta sería una situación muy embarazosa.

– Instintivamente, puso la mano en la cabeza de la perra y empezó a rascarle suavemente la oreja izquierda.

–Es muy guapa -dijo Brunetti.

–Sí que lo es. Y tan buena como guapa. – Sin retirar la mano de la oreja de la perra, ella dijo, mirando a Brunetti-: Pero usted no ha venido para oírme hablar de mi perra. ¿En qué puedo serle útil?

–En realidad, no estoy seguro de que ayer su secretaria me entendiera bien, avvocatessa. No soy un cliente. Aunque existe un asunto en el que puede usted ayudarme.

Manoseando todavía la oreja de Poppi, ella sonrió:

–Perdone, no comprendo.

–Soy comisario de policía y he venido a hacerle unas preguntas acerca de una clienta suya, la signora Maria Battestini.

Poppi enseñó los dientes, miró a Brunetti y lanzó un gruñido sordo, pero lo ahogó la voz de su dueña, que se inclinó sobre la cabeza del

animal diciendo:

–¿Te he hecho daño, tesoro? – Con un ademán vivo, apartó la cabeza de la perra y dijo-: Ya basta, échate. Tengo que trabajar.

Sin oponer resistencia, el animal desapareció debajo de la mesa, dio una vuelta y se dejó caer, ofreciendo a Brunetti otra vista de su cola.

–Maria Battestini -dijo la abogada-. Terrible, terrible. Yo le proporcioné a aquella mujer. La entrevisté y la acompañé a casa de Maria. Desde que lo supe me siento responsable. Hundió los labios con el gesto que, según había observado Brunetti, suele hacer el que va a echarse a llorar.

Con el propósito de evitarlo, él dijo:

–No debe usted sentirse responsable, avvocatessa. La policía la dejó entrar en el país y el Ufficio Stranieri le concedió el permesso di

soggiorno. La responsabilidad, en todo caso, sería de los funcionarios, no de usted.

–Hacía tanto tiempo que conocía a Maria… Casi toda mi vida.

–¿Cómo es eso, dottoressa?

–Mi padre era su abogado. De ella y de su marido; por eso la conocía desde niña y, cuando terminé la carrera y empecé a trabajar con mi padre, ella me preguntó si quería ser su abogada. Creo que fue mi primer cliente, la primera persona que estuvo dispuesta a confiar en mí como abogada.

–¿Y eso qué suponía, dottoressa? – preguntó Brunetti.

–No sé si le comprendo -dijo ella, ahora, ya hablando, y no disponiéndose a llorar.

–¿Qué clase de asuntos le confiaba?

–Oh, nada en realidad, por lo menos, entonces. Un primo había dejado al marido de ella un apartamento en el Lido, y varios años después de su muerte, cuando la Battestini quiso venderlo, hubo una disputa sobre la propiedad del jardín.

–Disputa del derecho de propiedad -dijo él mirando al techo, como si no pudiera imaginar litigio más engorroso-. ¿Fue ése el único problema que tuvo?

Ella fue a responder, pero se detuvo.

–Antes de contestar a más preguntas, comisario, me gustaría saber por qué me las hace.

–Por supuesto -asintió él, con una sonrisa fluida, recordando que estaba hablando con una abogada-. El crimen parece resuelto y deseamos cerrar el caso oficialmente, pero antes nos gustaría descartar cualquier otra posibilidad.

–¿Qué «otra posibilidad»?

–Que hubiera otro responsable.

–Pero yo creí que la rumana… -empezó, y se interrumpió con un suspiro-. Sinceramente, no sé si alegrarme o sentirlo -reconoció al fin-.

Si no lo hizo ella, yo podría dejar de considerarme tan culpable. – Trató de sonreír, no pudo y prosiguió-: Pero, ¿existe alguna razón por la que ustedes, es decir, la policía, crean que pudo hacerlo otra persona?

–No -dijo él con el desparpajo del embustero consumado-. En realidad, ninguna. – Entonces, utilizando el argumento favorito de Patta, agregó-: Pero, en este clima de suspicacia hacia la policía propiciado por la prensa, debemos asegurarnos bien antes de declarar cerrado un caso. Cuanto más sólidas sean las pruebas, menos probabilidades habrá de que la prensa cuestione nuestras decisiones.

Ella comprendió y asintió.

–Sí, desde luego. Por supuesto que me gustaría ayudarles, pero no veo la manera.

–Ha dicho que la ayudó a resolver otros asuntos. ¿Podría decirme cuáles eran? – Al verla vacilar, agregó-: Creo que su muerte y las circunstancias que la rodearon han de permitirle hablarme sin escrúpulos de secreto profesional para con su clienta.

Ella aceptó el argumento.

–Estaba el hijo, Paolo, que murió hace cinco años, después de una larga enfermedad. Maria estaba… casi se murió de la pena, y durante mucho tiempo fue incapaz de hacer nada. Yo organicé el funeral y me encargué de los trámites de la herencia, pero no hubo ningún problema: todo pasó a ella.

Al oírle utilizar la expresión «larga enfermedad», Brunetti reparó en que pocas veces había oído decir a alguien que una persona había muerto de cáncer. Siempre era «una larga enfermedad», «un tumor»,

«una terrible enfermedad» o, simplemente, «esa enfermedad».

–¿Cuántos años tenía el hijo cuando murió?

–Cuarenta, creo.

El hecho de que su patrimonio pasara a la madre daba a entender que no estaba casado, por lo que Brunetti sólo preguntó:

–¿Vivía con ella?

–Sí; estaban muy unidos.

Los sensores de lenguaje de Brunetti archivaron esta expresión con

«larga enfermedad», y no hizo ningún comentario.

–¿Puede usted revelar el contenido del testamento de la madre? –

preguntó, cambiando de tema.

–Es completamente normal. Su única pariente es una sobrina, Graziella Simionato, que lo hereda todo.

–¿Es importante el patrimonio? – preguntó él.

–No mucho. Está la casa de Cannaregio, otra en el Lido, y unos fondos que Maria había invertido en Uni Credit.

–¿Tiene idea de la cuantía?

–La cantidad exacta no la sé, son unos diez millones -dijo, e inmediatamente aclaró-: De liras, desde luego. Todavía pienso en liras y tengo que calcular la equivalencia.

–Supongo que eso nos pasa a todos -reconoció Brunetti, y agregó-: Una última cosa: la televisión. ¿Puede decirme algo de eso?

Ella agitó la cabeza sonriendo.

–Ya sé, ya sé. Yo recibía cartas de una serie de personas del vecindario que se quejaban del ruido. A cada carta que recibía, iba a hablar con Maria y ella me prometía bajar el volumen, pero era vieja y se le olvidaba, o se quedaba dormida con el televisor encendido. – Alzó los hombros con un suspiro de resignación-. No creo que hubiera solución.

–Alguien nos dijo que la rumana bajaba el volumen -dijo él.

–Sí, y también la mató -le lanzó ella secamente.

Brunetti movió la cabeza de arriba abajo aceptando la reprimenda.

–Lo siento -se disculpó-; lo he dicho sin pensar. – Y entonces-:

¿Podría darme la dirección de la sobrina?

–Mi secretaria la tiene -dijo la Marieschi con una voz que, de pronto, se había hecho más fría-. Saldré con usted y le diré que se la dé.

Esto, al parecer, no dejaba a Brunetti más opción que la de despedirse, por lo que se puso en pie y se inclinó hacia la mesa.

–Muchas gracias por su tiempo, dottoressa. Confío en no haberla incomodado con mis preguntas.

Ella trató de sonreír y dijo en tono más ligero:

–De ser así, Poppi lo hubiera notado y no estaría durmiendo como un bebé ahí debajo. – Una ondulación de la cola desmintió esta afirmación, y Brunetti, insensiblemente, se distrajo pensando en que, si le contaba esta escena a Chiara, ella iba a preguntarle si era el cuento de la perra durmiente.

Sostuvo la puerta para que saliera la abogada, esperó mientras la secretaria anotaba la dirección de la sobrina de la signora Battestini, dio las gracias a las dos mujeres, estrechó la mano a la abogada y se fue.

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