Pruebas Falsas

Donna Leon · Capítulo 22 de 24

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Pruebas Falsas

Capitulo 22

Cuando la puerta se cerró detrás de Vianello, Brunetti reaccionó:

–¿Qué ha pasado aquí? – murmuró. ¿Era esto lo que sentía el borracho al despertar, o el que se había dejado llevar por la ira?

¿También él experimentaba esta sensación de haber estado mirando entre bastidores cómo alguien que lo encarnaba a él representaba una escena mal escrita? Repasó su conversación con Vianello tratando de hallar el momento en el que el simple intercambio de información entre dos amigos había degenerado en una pelea por el territorio entre dos rivales con exceso de testosterona. Y, lo que era peor, el territorio por el que habían peleado no era más que la negativa de Brunetti a aceptar una opinión sólo porque partía de un hombre que jugaba al rugby.

Después de permanecer unos minutos sentado a la mesa, su instinto más noble le hizo alargar la mano hacia el teléfono y llamar a la oficina de los agentes, desde donde un Pucetti nervioso le dijo, titubeando, que Vianello no estaba. Brunetti colgó el teléfono pensando en Aquiles enfurruñado en su tienda.

Entonces sonó el teléfono y, deseando que fuera Vianello, alargó la mano rápidamente.

–Comisario -dijo la signorina Elettra-, ya tengo esas llamadas.

–¿Cómo las ha conseguido tan pronto?

–Es que han decidido que su mujer se quede en el hospital un día más, y Giorgio ha ido a trabajar.

–¿Alguna complicación? – preguntó Brunetti, siempre solícito con la figura de la esposa y madre.

–No, señor, ninguna. Su tío es el primario y ha creído conveniente tenerla allí otro día. – Él detectó en su voz el deseo de calmar su preocupación por una mujer desconocida-. Ella está bien. – La

signorina Elettra esperó un momento, por si él tenía más preguntas y, en vista de que no era así, prosiguió-: Giorgio ha encontrado mi e-mail y ha comprobado las llamadas hechas desde el número de la mujer.

Durante el mes anterior a su muerte, ella llamó a la centralita de la oficina local de la Enseñanza Pública. Fue la única llamada que hizo. Al día siguiente, recibió una llamada del mismo número. Sólo hay otra llamada, de su sobrina. Nada más.

–¿Cuántos días ha revisado?

–Todo el mes, hasta el día en que la mataron. Ninguno de los dos comentó que, a los ochenta y tres años, la signora Battestini, que había vivido siempre en la ciudad, sólo hubiera recibido dos llamadas telefónicas en un mes. Brunetti recordó que no había libros en las cajas del desván: su vida había quedado reducida a una butaca situada frente a un televisor, sin otra compañía que la de una mujer que casi no hablaba italiano.

Pensó en las cajas, en lo precipitado que había sido su examen y, distraído con esta idea, no oyó la siguiente frase de la signorina Elettra.

Cuando le prestó atención, ella decía:

–… la víspera del día de su muerte.

–¿Cómo? – preguntó él-. Perdone, estaba muy lejos de aquí.

–La llamada de la oficina local de la Enseñanza Pública se recibió la víspera de su muerte.

Su tono revelaba lo ufana que se sentía por aquel descubrimiento, pero Brunetti se limitó a darle las gracias y colgar. Mientras hablaban, se le había ocurrido una idea: los objetos del desván de la signora

Battestini merecían mayor atención. El móvil del chantaje no se había planteado hasta después de que él hiciera su rápida inspección; pero, ahora que esta posibilidad había dado otro sesgo al caso, convendría hacer una criba más concienzuda. Si bien Brunetti aún no sabía qué buscaba en realidad, comprendía, por lo menos, que algo podría encontrar.

Alargó la mano hacia el teléfono para llamar a Vianello y preguntarle si quería ir con él a casa de la Battestini, pero entonces recordó cómo se había ido de su despacho el inspector y que no había podido hablar con él cuando le había llamado a la oficina de los agentes. Pues entonces, Pucetti. Llamó al joven agente y, sin dar explicación alguna, le dijo que lo esperase en la puerta principal dentro de cinco minutos, y agregó que necesitarían una lancha.

La otra vez se había introducido en casa de la signora Battestini como un ladrón, sin ser visto, pero hoy llegaría en su calidad de representante de la ley, y nadie le pondría trabas, o así lo esperaba él.

Pucetti, que estaba esperando en la calle, junto a la puerta de la

questura, ya había aprendido que no debía saludar a Brunetti cada vez

que lo veía, pero aún no podía resistir la tentación de cuadrarse.

Brunetti, decidido a no preguntar por Vianello, subió a la lancha, dijo al piloto adónde debía llevarlos y bajó a la cabina. Pucetti optó por permanecer en cubierta.

Tan pronto como Brunetti se sentó, le vino otra vez a la mente el largo pasaje que describe a Aquiles en su tienda, y rememoró la grandilocuente letanía de las ofensas y agravios que el héroe creía haber sufrido. Aquiles había sido agraviado por Agamenón, y Brunetti, por su Patroclo. De pronto, en su contemplación de Homero se coló una expresión que Paola había recogido en sus estudios del argot americano: dissed, participio de to diss. Éste, según le explicó, era un verbo utilizado por los negros estadounidenses que denotaba disrespect, término que abarcaba toda la gama de las faltas de respeto de que se podía hacer objeto a una persona.

–Vianello me ha dissed -murmuró Brunetti entre dientes. Soltó una breve carcajada y subió a cubierta, contento de haber recuperado el sentido del humor.

La lancha se acercó a la riva y pronto estuvieron frente al edificio.

Brunetti levantó la mirada y vio que las persianas y las ventanas del apartamento de la signora Battestini estaban abiertas, pero de ellas no salía estrépito de televisor. Al pulsar el timbre, observó que el nombre de la difunta había sido sustituido por el de Van Cleve.

En la ventana apareció la cabeza rubia de una mujer, y después, a su lado, la de un hombre. Brunetti retrocedió unos pasos apartándose del edificio e iba a gritar que abrieran la puerta, cuando las cabezas desaparecieron y, al momento, la puerta de la calle se abrió con un chasquido: el uniforme de Pucetti había surtido efecto.

El hombre y la mujer, ambos rubios, blancos y de ojos claros, estaban en la puerta del apartamento. Al verlos, Brunetti no pudo menos que pensar en leche y queso y en cielos pálidos, siempre nublados. El italiano que hablaba la pareja era muy rudimentario, pero el comisario consiguió hacerles entender quién era y adónde quería ir.

– No chiave -dijo el hombre sonriendo y mostrando las manos vacías para dar énfasis al mensaje. La mujer imitó su ademán de impotencia.

– Va bene. Non importa -dijo Brunetti dando media vuelta y empezando a subir la escalera, camino del desván. Pucetti subía detrás

de él. En el primer recodo, Brunetti se volvió y los vio a los dos en la puerta del que, al parecer, ahora era su apartamento, mirándolo con ojos de búho.

Mientras subía, Brunetti sacó una moneda de veinte céntimos, seguro de que le bastaría para desatornillar la chapa del candado, que no estaría tan prieta como la primera vez. Pero, al llegar a la puerta, vio que la chapa colgaba del marco, suelta. Los dos tornillos que él había vuelto a colocar cuidadosamente también habían saltado y la puerta estaba abierta unos centímetros.

Brunetti extendió la mano para prevenir a Pucetti, pero el agente, que también había observado la anomalía, se había situado a la derecha de la puerta y ya llevaba la mano hacia la pistola. Los dos hombres se quedaron quietos, atentos a cualquier sonido del interior.

Así estuvieron varios minutos. Brunetti puso el pie izquierdo delante de la puerta y se apoyó en ella con fuerza, para prevenir que pudieran abrirla desde dentro de un empujón.

Después de un par de minutos más, Brunetti miró a Pucetti, movió la cabeza de arriba abajo, retiró el pie y abrió la puerta. Él entró primero gritando «Policía» y sintiéndose un poco ridículo al oírse.

En el desván no había nadie, pero, a pesar de la poca luz, vieron las señales del paso de la persona que había estado allí antes que ellos. El rastro de los objetos diseminados por el suelo denotaba una curiosidad que se convertía en impaciencia que, a su vez, se transformaba en frustración y, finalmente, en cólera. Las primeras cajas estaban cerca del lugar en el que Brunetti las había dejado apiladas, pero todas, en el suelo, abiertas y vacías: el contenido se encontraba a su lado, con cierto orden. Las siguientes estaban tumbadas, con las solapas arrancadas. La tercera pila, donde Brunetti había encontrado los papeles, había sido saqueada: una de las cajas estaba reventada, y los papeles, esparcidos en amplio semicírculo. Las últimas cajas, las que contenían la colección de kitsch religioso, habían sufrido martirio: los cuerpos mutilados de los santos yacían en imposible y profana promiscuidad; un Cristo que había extraviado la cruz parecía buscarla con sus brazos extendidos; una Virgen azul se había quedado sin cabeza al chocar contra la pared del fondo; otra había perdido al Niño.

Brunetti observó la escena, miró a Pucetti y dijo:

–Llame, dígales que envíen a los de Criminalística. Quiero que tomen huellas de todo. – Puso la mano derecha en el brazo de Pucetti y lo empujó hacia la puerta-. Espérelos abajo -dijo. Entonces, contra todas las normas que había aprendido y enseñado para preservar de contaminación la escena de un crimen, agregó-: Quiero echar un vistazo antes de que lleguen.

La confusión de Pucetti fue tal que casi pudo oírse, además de verse, pero el agente hizo lo que se le ordenaba, salió sorteando la puerta sin tocarla y bajó la escalera.

Brunetti miraba la escena y consideraba las consecuencias que podía tener el descubrimiento de sus propias huellas dactilares en muchos de los papeles y las cajas que había en aquel desván. Él podría explicar su presencia diciendo que había estado examinándolos durante la espera. O también podría decir que había estado en el desván inspeccionando el contenido de algunas de las cajas durante una visita anterior, no autorizada, al apartamento.

Brunetti dio un paso hacia las cajas. En la penumbra, pisó la bola de cristal que contenía el Nacimiento, resbaló y cayó sobre una rodilla aplastando un objeto que, bajo su peso, se rompió en afilados fragmentos que atravesaron el pantalón y le desgarraron la piel.

Aturdido por la caída y el repentino dolor, tardó un momento en levantarse. Miró, primero, la rodilla, donde empezaban a filtrarse unas gotitas de sangre a través de la tela y, después, al suelo, para ver sobre qué había caído.

Era otra Virgen, la tercera. La rodilla de Brunetti le había aplastado el tronco dejándola exánime pero había respetado la cabeza y las piernas. Ella lo miraba con sonrisa plácida y ojos indulgentes.

Instintivamente, él se agachó para socorrerla o, por lo menos, para poner los fragmentos en lugar seguro. Apoyó en el suelo la rodilla sana, haciendo una mueca por el dolor que le causaba doblar la otra y extendió las manos para recoger lo que había quedado de la imagen.

Entre la escayola triturada había un rollo de papel aplastado. Brunetti, intrigado, miró la base de los pies de la imagen y vio un orificio ovalado con un tapón de corcho, como el de un salero. Se había hecho con el papel un rollito muy prieto que se había introducido en la imagen.

Brunetti guardó la cabeza y las piernas en el bolsillo de la chaqueta y salió a la escalera. Fue a la ventana del fondo y, asiendo el ángulo superior izquierdo del papel con la punta de los dedos, trató de desenrollarlo con el borde de las uñas de la mano derecha, confiando en no dejar huellas. Pero el bucle del papel volvía a cerrarse sin que él pudiera leer lo que tenía escrito.

Oyó a Pucetti que decía, mientras subía la escalera:

–Ya vienen, comisario.

Cuando Brunetti vio aparecer al agente en el rellano, lo llamó con una seña. Volvió a arrodillarse, extendió el papel con las yemas de los dedos de ambas manos y dijo a Pucetti que sujetara el borde superior con el canto de la bota. Afianzado el papel, Brunetti lo desenrolló usando las yemas de los meñiques y mantuvo la hoja plana con los índices.

El papel llevaba el membrete del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Padua, estaba fechado doce años antes y dirigido a la Sección de Personal de la Enseñanza Pública de la Ciudad de Venecia y, después de un atento saludo, decía que «Sentimos comunicarles que, en los archivos de nuestro Departamento, no consta que se haya concedido a un estudiante llamado Mauro Rossi el título de Doctor en Filosofía de la Economía, ni tampoco que un estudiante con el nombre y la fecha de nacimiento indicados haya estado matriculado en esta Facultad». La firma era ilegible, pero el sello de la universidad no admitía duda.

Brunetti miraba el papel, resistiéndose a creer lo que decía. Trató de recordar los diplomas que había visto en la pared del despacho de Rossi, entre ellos, el pergamino que lo proclamaba doctor en Filosofía… Brunetti no se había molestado en leer el nombre de la Facultad que lo otorgaba.

La carta estaba dirigida al Director del Departamento de Personal, pero ya se sabe que los directores no abren su correo; para eso están los secretarios y otros subalternos, que abren, leen y toman nota de las cartas oficiales que certifican que los títulos que se reivindican en cada currículum son auténticos. Ellos archivan las cartas de recomendación, anotan las calificaciones obtenidas en las oposiciones y guardan todas las piezas del rompecabezas burocrático que, una vez compuesto, da la

imagen de la persona digna de figurar en el cuerpo de funcionarios del Estado y ascender por el escalafón.

O quizá, pensó Brunetti, de vez en cuando, quizá, de manera aleatoria, comprueban las reivindicaciones que se hacen en los cientos, miles, de solicitudes que se reciben para cada puesto. Y, si descubren un engaño, pueden hacerlo público y descalificar a esa persona, quizá definitivamente, para optar a un puesto en la función pública, o bien utilizar la información para fines particulares, en provecho propio.

Tuvo una visión de la familia Battestini reunida alrededor de la mesa o, quizá, delante del televisor. Papá Oso enseña a Mamá Osa lo que él y el Osezno han traído hoy del trabajo.

Brunetti agitó la cabeza para ahuyentar la visión, tomó el papel por una punta y se levantó.

–¿Qué es eso, señor? – preguntó Pucetti señalando la carta.

–Esto es el motivo por el que mataron a la signora Battestini -dijo Brunetti y, sosteniendo el papel por la punta, bajó a esperar al equipo del laboratorio.

Abajo, habló con la pareja de holandeses, ahora, en inglés, y les preguntó si alguien había tratado de entrar en el edificio desde que ellos estaban allí. Le respondieron que no habían visto a nadie, aparte del hijo de la signora Battestini, que hacía dos días les había pedido que le abrieran la puerta diciendo que había olvidado las llaves, – o por lo menos, eso les pareció que decía, agregaron con sonrisas de disculpa- y que tenía que subir al desván, para comprobar que las ventanas estuvieran cerradas. No; no le habían pedido identificación: ¿qué otra persona iba a querer subir al desván? Llevaba arriba unos veinte minutos cuando ellos se fueron a su clase de italiano, y cuando volvieron, ya no estaba o, por lo menos, no le oyeron bajar la escalera.

No; no subieron al desván a mirar, y no les parecía correcto entrar en otros sitios del edificio.

Brunetti tardó un momento en comprender que hablaban en serio, pero, al recordar que eran holandeses, les creyó.

–¿Podrían describirme al hijo? – preguntó Brunetti.

–Alto -dijo el marido.

–Y guapo -agregó la mujer.

El marido la miró con severidad pero no dijo nada.

–¿Qué edad diría que tenía? – preguntó Brunetti a la mujer.

–Pues cuarenta y tantos. Muy alto y atlético -agregó y lanzó a su marido una mirada que Brunetti no supo descifrar.

–Ya -dijo el comisario y, cambiando de tema, preguntó-: ¿A quién pagan el alquiler?

–A la signora Maries… -empezó la mujer, pero el marido interrumpió:

–El apartamento nos lo ha cedido una persona amiga. No pagamos nada, sólo el consumo de los suministros públicos.

Brunetti dejó asentarse la mentira y preguntó:

–Ah, ¿Graziella Simionato es amiga suya? Los dos lo miraron impávidos al oír el nombre. El marido fue el primero en reaccionar.

–Bueno, es amiga de una amiga -dijo.

–Ya -dijo Brunetti y, durante un momento, pensó en decirles que le tenía sin cuidado si se pagaban impuestos por el alquiler, pero decidió que éste era un detalle sin importancia y lo desestimó-. ¿Reconocerían al hijo si volvieran a verlo?

Él observó en sus rostros la pugna entre la instintiva integridad y el respeto por la ley de los ciudadanos de la Europa Septentrional y la prevención que había creado en ellos todo lo que les habían contado sobre las maneras de aquellos meridionales taimados.

–Sí -dijeron al unísono, respuesta que satisfizo a Brunetti.

Les dio las gracias, dijo que les llamaría si era necesaria la identificación y bajó a la calle. Había una lancha de la policía junto al costado del canal, de la que Bocchese y dos técnicos estaban descargando su pesado equipo en la riva.

Brunetti fue hacia la embarcación, sosteniendo el papel ante sí como si fuera un pescado recién capturado que quisiera regalar a Bocchese.

Al ver a Brunetti, el técnico se agachó, abrió una de las maletas que tenía en el suelo y sacó una bolsa de plástico transparente que sostuvo abierta mientras Brunetti introducía en ella la carta.

–El desván. Alguien ha estado revolviendo allí. Necesito un informe completo, huellas y todo lo que pueda permitirnos identificar al sujeto.

–¿Ya sabe quién ha sido? – preguntó Bocchese.

Brunetti asintió.

–¿Puedo llevarme la lancha?

–Pero después tendría que enviárnosla. Tenemos que transportar todo esto -dijo Bocchese señalando las maletas que tenía a sus pies.

–De acuerdo -dijo Brunetti. Antes de subir a bordo, se volvió hacia el técnico-. Por cierto, en todo lo que hay en el desván no encontrarán huellas mías.

Bocchese lo miró largamente, con aire especulativo y respondió:

–Por supuesto. – Se agachó, cargó con una de las maletas y fue hacia la puerta de la que había sido la casa de la signora Battestini.

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