Pruebas Falsas
Capitulo 4
Permanecieron sentados frente a frente hasta que, al fin, Scarpa se levantó pesadamente, dio la vuelta a la mesa y salió del despacho, cuidando de dejar la puerta abierta. La signora Gismondi estuvo contemplando los objetos que estaban encima de la mesa del teniente, pero no pudo ver en ellos indicio alguno de la clase de persona con la que tenía que habérselas: dos bandejas metálicas con papeles, un único bolígrafo y un teléfono. Al levantar la cabeza, vio que Cristo la miraba desde la cruz como si también se resistiera a revelar lo que su proximidad con el teniente Scarpa le hubiera permitido averiguar.
La única ventana del despachito era pequeña y estaba cerrada, de manera que, al cabo de veinte minutos, la signora Gismondi se sentía francamente incómoda, a pesar de estar abierta la puerta. Allí dentro hacía mucho calor, y pensó que quizá se estuviera más fresco en el pasillo. Pero, en el momento en que se levantaba, entró el teniente Scarpa, con una carpeta en la mano. Al verla de pie dijo:
–No estaría pensando en marcharse, ¿verdad, signora?
No había amenaza en su tono, pero la signora Gismondi dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y volvió a sentarse diciendo:
–No, en absoluto.– En realidad, aquello era lo que deseaba, salir de allí, olvidarse del asunto y allá se las compusieran.
Scarpa volvió a su sillón, se sentó, miró los papeles de las bandejas, como buscando señales de que ella hubiera curioseado durante su ausencia y dijo:
–Ha tenido tiempo de reflexionar, signora. ¿Aún mantiene que dio dinero a aquella mujer y la llevó a la estación?
El teniente no llegaría a saberlo, pero fue la burla que se insinuaba en su tono lo que reafirmó a la signora Gismondi en su decisión. Pensó en su marido, que físicamente era muy distinto de Scarpa, porque era bajo y rubio, pero tenía un talante muy parecido.
–No «mantengo» nada, teniente -dijo con estudiada calma-. Yo manifiesto, declaro, afirmo, proclamo y, si me da usted ocasión, juraré, que la ciudadana rumana a la que yo conocía con el nombre de Flori no pudo entrar en casa de la signora Battestini porque ésta se negó a abrirle la puerta y que, cuando yo encontré a Flori en la calle, la
signora Battestini estaba viva y asomada a la ventana. También declaro que, poco más de una hora después, cuando la acompañé a la estación, parecía tranquila y serena y que no daba señales de tener el propósito de asesinar a nadie. – Al recordar el anterior comentario del teniente, agregó-: Cualesquiera que puedan ser tales señales. – Quería seguir hablando, para hacer comprender a aquel salvaje que Flori, la pobrecita Flori, nunca hubiera podido cometer tal crimen. El corazón le palpitaba con fuerza por el deseo de decirle lo muy equivocado que estaba, y el sudor le resbalaba entre los pechos por el ansia de abochornarlo, pero el hábito de la prudencia civil se impuso, y calló.
Scarpa, impasible, volvió a levantarse y a salir del despacho llevándose la carpeta. La signora Gismondi se recostó en la silla, tratando de relajarse, diciéndose que al fin se había despachado a placer y ya podía descansar. Trataba de respirar hondo acompasadamente y cerró los ojos.
Al cabo de largos minutos, oyó ruido a su espalda, abrió los ojos y se volvió hacia la puerta. Vio a un hombre tan alto como Scarpa, pero vestido de paisano, que sostenía en la mano lo que parecía la misma carpeta. Cuando sus miradas se cruzaron, él movió la cabeza de arriba abajo con una media sonrisa:
–Si sube a mi despacho, signora, estará más cómoda. Tiene dos ventanas y supongo que no hará tanto calor como aquí. – Se hizo a un lado, invitándola a salir.
Ella se levantó y fue hacia la puerta.
–¿Y el teniente? – preguntó.
–Allí no nos molestará -respondió él, y le tendió la mano-. Soy el comisario Guido Brunetti, signora, y estoy muy interesado en la información que ha venido a darnos.
Ella estudió la cara del hombre, dedujo que decía la verdad en lo de que estaba interesado en lo que ella tuviera que decir y le estrechó la mano. Terminadas las formalidades, él la invitó a precederle con un ademán. Cuando llegaron al pie de la escalera, sorprendente vestigio de pasado esplendor en un edificio que había sufrido numerosos atropellos en nombre de la eficacia, él se situó a su lado.
–Creo que le conozco de vista -dijo ella.
–Sí -respondió él-. Yo a usted también. ¿Trabaja cerca de Rialto?
Ella sonrió, más relajada.
–No; yo trabajo en mi casa, cerca de la Misericordia, pero voy al mercado por lo menos tres veces a la semana. Creo que nos hemos visto allí.
–¿En casa Piero? – preguntó Brunetti, refiriéndose a una tiendecita minúscula en la que ella compraba el parmigiano.
–Claro. Y me parece que también lo he visto más de una vez en Do Mori -dijo ella.
–Últimamente, ya no tanto.
–¿Desde que Roberto y Franco traspasaron el negocio?
–Sí -dijo él-. Los nuevos dueños también son muy agradables, pero no es lo mismo.
«Qué desesperante tiene que ser adquirir un negocio próspero en esta ciudad -pensó ella-. Por bueno que seas y por muchas mejoras que hagas, al cabo de diez o de veinte años, la gente seguirá hablando con nostalgia de los buenos tiempos de Franco, de Roberto o de Pinco Pallino.» Los dos nuevos dueños -ella ni sabía cómo se llamaban- eran tan simpáticos como los anteriores, despachaban el mismo vino y hasta tenían mejores sándwiches, pero, por bueno que pudiera ser lo que vendían, estaban condenados a ser comparados durante toda su vida comercial con un modelo idealizado, frente al que, invariablemente, quedarían en desventaja, por lo menos, hasta que todos los viejos clientes murieran o se mudaran, y ellos, a su vez, se convirtieran en el nuevo baremo por el que se mediría a sus sucesores, que, fatalmente, tampoco darían la talla.
En lo alto de la escalera, Brunetti torció por el pasillo de la izquierda, se detuvo delante de una puerta y la instó a entrar. Lo primero que ella observó fueron las altas ventanas que daban a la iglesia de San Lorenzo y el gran armario. También aquí había una mesa con un sillón detrás y dos sillas delante.
–¿Desea beber algo, signora? ¿Café? ¿Un vaso de agua? – Él sonreía, animándola a aceptar, pero ella, todavía molesta por la actitud de Scarpa, rehusó, aunque con cortesía.
–Quizá después -dijo sentándose en la silla más próxima a la ventana.
El comisario, en lugar se parapetarse detrás del escritorio, hizo girar la otra silla de cara a la mujer y se sentó. Dejó la carpeta en la mesa y sonrió.
–El teniente Scarpa me ha informado de lo que usted le ha dicho,
signora, pero me gustaría oírlo en sus propias palabras. Le agradeceré que me dé todos los detalles posibles.
Ella había leído novelas policíacas y pensó que quizá el comisario pondría en marcha una grabadora o sacaría una libreta, pero él la miraba sin moverse, con un codo apoyado en la mesa, esperando que hablara.
Entonces ella le dijo todo lo que había explicado a Scarpa: que volvía del banco, de cobrar un cheque; que había visto a Flori, con la bolsa de plástico en la mano; que la signora Battestini las miraba desde la ventana y movía el índice en señal de absoluta negación.
–¿Recuerda cuánto dinero le dio usted, signora? – preguntó el comisario cuando la mujer hubo terminado.
Ella movió la cabeza negativamente.
–No; el cheque era de unos mil euros. Cuando volvía a casa, compré varias cosas: cosméticos, pilas para el discman y no sé qué más.
Recuerdo que, al sacar el dinero, separé unos billetes (todos eran de cien) y le di el resto. – La mujer rememoró la escena, tratando de determinar si había contado el dinero al llegar a casa-. No recuerdo con exactitud, pero debieron de ser seiscientos o setecientos euros.
–Es usted muy generosa, signora -dijo el comisario, y le sonrió.
Ella se dijo que, en boca de Scarpa, estas palabras hubieran sido una sarcástica manifestación de incredulidad; viniendo de este hombre, eran un cumplido, y se sintió halagada.
–No sé por qué lo hice -dijo la signora Gismondi-. La vi allí, en la calle, con una especie de bata de fibra sintética y unas zapatillas de lona. Recuerdo que una tenía un corte en un lado. Y hacía meses que trabajaba para aquella mujer. No estoy segura de cuándo empezó, pero diría que fue cuando todavía estaban cerradas las ventanas.
–Extraña manera de calcular el tiempo -sonrió él.
–No le parecería tan extraña si hubiera vivido cerca de ella -dijo la mujer con vehemencia y, al ver su gesto de extrañeza, explicó-: El televisor. Siempre encendido, de día y de noche. En invierno, cuando
todos tenemos las ventanas cerradas, no es tan grave. Pero en verano, de mayo a septiembre, es para volverse loca. Mis ventanas están justo en frente de las de ella. Lo tiene conectado toda la noche, a todo volumen. Yo hasta llamaba a la policía. – Al advertir el tiempo verbal que había utilizado, rectificó-: Es decir, lo tenía conectado.
Brunetti movió la cabeza con gesto de comprensión, como hubiera hecho cualquier otro veneciano, habitante de una ciudad con las calles más estrechas y una de las poblaciones más viejas de Europa.
Animada por su conmiseración, ella prosiguió:
–Yo les llamaba a ustedes, es decir, a la policía, para quejarme, pero nadie hacía nada, hasta que un día, el verano pasado, un agente me dijo que tenía que llamar a los bomberos. Pero los bomberos me dijeron que, sólo por ruido, ellos no podían venir, a no ser que hubiera peligro o una emergencia.
Brunetti movió la cabeza de arriba abajo, indicando que encontraba interesante la explicación.
–Así que, si ella dejaba el televisor funcionando, aunque yo pudiera verla dormida en la cama, porque desde la ventana de mi dormitorio puedo ver su cama -explicó, volviendo a hablar en presente-, yo llamaba a los bomberos, decía que no la veía y… -aquí imprimió en su voz la cadencia mecánica del que lee un texto bien ensayado- temía que pudiera haberle ocurrido algo malo. – Ella lo miró esbozando una sonrisa que ensanchó al ver que él sonreía a su vez con simpatía-.
Entonces ellos tenían que venir, porque lo exige la ley. – De pronto, recordó la realidad y se le borró la sonrisa-. Y ahora le ha ocurrido de verdad algo horrible.
–Sí -dijo Brunetti-. Horrible.
Después de un silencio, él preguntó:
–¿Podría decirme algo más de la mujer llamada Flori? ¿Llegó a saber el apellido?
–No, no -respondió ella-. No era, como si nos hubieran presentado.
Sencillamente, nos veíamos por la ventana a menudo, sonreíamos, nos saludábamos, yo le preguntaba cómo estaba o ella a mí. Y luego charlábamos. Pero de nada en particular, sólo unas frases.
–¿Alguna vez ella le habló de la signora Battestini? – preguntó él, pero sus palabras sólo revelaban curiosidad, no suspicacia.
–Verá -empezó la signora Gismondi-, yo ya había podido hacerme una idea bastante aproximada de la clase de persona que era. Ya sabe lo que pasa entre vecinos, todo el mundo conoce la vida y milagros de todo el mundo, y yo sabía que la gente no le tenía simpatía. Y el dichoso televisor que no paraba. Cuando le pregunté qué tal era su signora, Flori se limitó a sonreír encogiéndose de hombros y moviendo la cabeza. «Difficile», dijo, o algo por el estilo, pero fue suficiente para darme a entender que había probado el genio de la anciana.
–¿Algo más?
–A veces, yo la llamaba por teléfono para pedirle que bajara el volumen del televisor -prosiguió ella, y puntualizó-: A Flori, quiero decir. A la signora Battestini hacia años que la llamaba, y unas veces me contestaba muy amablemente y lo bajaba y otras me contestaba de mala manera. Un día me colgó el teléfono y subió el volumen todavía más. Sabe Dios por qué. – Lo miró, para ver la impresión que le producía todo aquello que, en realidad, no eran más que chismes de vecindario de lo más trivial, pero él parecía realmente interesado-.
Flori, por el contrario, decía «Si, signora» y lo bajaba. Quizá por eso yo le tenía aprecio, o quizá compasión, no sé.
–Debía de ser un alivio. Desde luego, eso es desesperante, sobre todo, cuando uno trata de dormir -reconoció él, comprensivo.
–En verano llegaba a hacerse insoportable. Con decirle que, a veces, para poder dormir, me iba a una casa que tengo en la montaña, cerca de Trento. – La mujer sonrió y meneó la cabeza, ante lo increíble de la situación-. Me doy cuenta de que parece demencial que alguien pueda obligarte a salir de tu propia casa, pero es cierto. – Entonces, con una sonrisa de picardía, agregó-: Hasta que descubrí la solución de los bomberos.
–¿Cómo entraban? – preguntó Brunetti.
Ella explicó con evidente fruición:
–Por la puerta de la calle no podían entrar, porque siempre estaba cerrada, de modo que tenían que ir a Madonna dell'Orto o por ahí a buscar una escalera. La ponían en el suelo, delante de la casa, la empalmaban y la levantaban hasta la ventana…
–¿Del segundo piso? – preguntó él.
–Sí; la escalera tendría, no sé, siete u ocho metros de largo.
Entonces uno de los bomberos subía, entraba por la ventana del dormitorio y la despertaba.
–¿Y usted lo veía?
–Sí, desde mis ventanas. Cuando el bombero entraba, yo pasaba al dormitorio y veía cómo la despertaba. – Ella sonrió al recordarlo-.
Eran muy simpáticos los bomberos. Todos son venecianos, de manera que ella no tenía dificultad para entenderlos. Le preguntaban cómo se encontraba, le sugerían que bajara el televisor y se iban.
–¿Por dónde?
–¿Cómo dice?
–¿Por dónde se iban los bomberos? ¿Por la ventana?
–Oh, no -rió ella-. Se iban por la puerta. Bajaban a la calle, desmontaban la escalera y se la llevaban.
–¿Cuántas veces los llamó, signora?
–¿Por qué? ¿Es ilegal? – preguntó ella, preocupada por primera vez durante toda su conversación con Brunetti.
–De ninguna manera -respondió él con calma-. En realidad, más bien al contrario. Si no podía verla desde una de las ventanas de su apartamento, considero que tenía razones para temer que le hubiera ocurrido algo.
Él no tuvo necesidad de repetir la pregunta.
–Cuatro veces, me parece -dijo ella-. Siempre llegaban al cabo de unos quince minutos.
–Hmm -hizo él, y la mujer se preguntó si aquello le sorprendía o le complacía-. ¿Eso se terminó cuando llegó Flori? – preguntó entonces el comisario.
–Sí.
Él dejó pasar unos segundos antes de decir:
–El teniente me ha dicho que usted, signora, la llevó a la estación y la dejó allí. ¿Es cierto?
–Sí.
–¿Sobre las diez y media?
–Sí.
Dando un giro a la conversación, él preguntó:
–¿Sabe si la signora Ghiorghiu tenía más amigos en la ciudad?
Le gustó que el comisario se refiriera a Flori con tanta formalidad, pero su sonrisa fue muy tenue, apenas una presión de los labios.
–No se puede decir que yo fuera amiga suya, comisario.
–Pues se portó como una amiga.
Reacia a volver a hablar de aquello, ella optó por responder a su pregunta:
–Que yo sepa, ninguno. Y nosotras dos tampoco éramos amigas porque en realidad no podíamos hablar. Éramos sólo dos personas que se miraban con simpatía.
–¿Y cómo describiría usted su estado cuando la dejó en la estación?
–Aún seguía disgustada por lo ocurrido, pero ya mucho menos.
Él miró al suelo un momento y luego a la mujer:
–¿Pudo ver algo más desde su ventana, signora? – preguntó y, antes de que ella pudiera pensar siquiera en defenderse de una insinuación de indiscreción, él aclaró-: Lo pregunto porque, si aceptamos la premisa de que no fue Flori, tuvo que ser otra persona, y todo lo que pueda usted decirme acerca de la signora Battestini podría ser de gran ayuda.
–¿Para descubrir al culpable, quiere decir? – preguntó ella.
–Sí.
El comisario había asumido con tanta naturalidad la probable inocencia de Flori que ella no tuvo tiempo de acusar sorpresa.
–No pienso en otra cosa desde que les he llamado -dijo ella.
–Ya lo supongo, signora -respondió el comisario, sin presionarla.
–Hace más de cuatro años que vivo frente a ella, desde que compré el apartamento. – La mujer se interrumpió, pero él siguió sin apremiar-. Me mudé en febrero, si mal no recuerdo, o, en todo caso, a finales de invierno. Por eso, al principio no reparé en ella. No fue hasta la primavera, cuando llegó el buen tiempo y empezamos a abrir las ventanas. Es decir, tal vez la viera andar por el apartamento, pero no le presté atención.
»Cuando empezó el ruido, vaya si se la presté. Al principio, le gritaba desde la ventana, pero no servía de nada. Ella siempre dormía y no había manera de despertarla. Así que un día crucé la calle y miré el nombre de la tarjeta que había al lado de los timbres, luego busqué el número de teléfono en la guía y la llamé. No le dije quién era, dónde
vivía ni nada de eso; sólo le pedí que hiciera el favor de bajar el volumen del televisor por la noche.
–¿Y qué respondió?
–Que ella siempre apagaba el televisor antes de acostarse, y colgó.
–¿Y entonces?
–Entonces empezó a conectarlo también de día. Yo la llamaba y, si contestaba, le pedía educadamente que lo bajara.
–¿Y…?
–Casi siempre, lo bajaba.
–Ya. ¿Y por la noche?
–A veces, estaba semanas sin conectarlo, y yo empezaba a pensar que las cosas habían cambiado, que se había marchado o que la habían ingresado.
–¿No pensó en enviarle unos auriculares, signora?
–No se los hubiera puesto -respondió ella categóricamente-. Está loca. Sencillamente. Como una cabra. Créame, comisario, con esta mujer lo probé todo. Hablé con su abogada, con su médico, con su sobrina, con los del centro psiquiátrico del Palazzo Boldú, con los vecinos, hasta con el cartero. – Al ver que él la escuchaba con interés, prosiguió-: Durante años fue paciente del Boldú, cuando todavía podía bajar la escalera y salir a la calle. Pero o se cansó de ir o la echaron, si pueden echarte de un psiquiátrico.
–Dudo que pudieran -dijo él-. Pero sí podrían animarla a marcharse. – Esperó un momento y preguntó-: ¿Y la sobrina, qué le dijo?
–Que su tía era «una mujer difícil». – Ella resopló con desdén-.
Como si yo no lo supiera. No quiso involucrarse. Ni siquiera estoy segura de que supiera de qué le hablaba. Lo mismo que la policía, como ya le he dicho. Y lo mismo que los carabinieri. – Hizo una pausa y agregó-: Alguien del vecindario, no recuerdo quién, me dijo que su hijo había muerto hace cinco o seis años, y que entonces empezó a poner la tele. Para que le hiciera compañía.
–¿Él ya había muerto cuando usted se mudó?
–Sí; pero, por lo que me han dicho, ella siempre ha sido «una mujer difícil».
–¿Y la abogada qué le dijo? – preguntó Brunetti.
–Que hablaría con la signora Battestini.
–¿Y…?
La signora Gismondi frunció los labios con repugnancia.
–¿Y el cartero? – preguntó él sonriendo.
Ella se echó a reír.
–Tendría usted que oírle. El hombre le llevaba el correo a su casa, siempre estaba subiendo aquellas escaleras, y ella nunca le dio nada. Ni en Navidad. Nada.
La atención del comisario no decaía, y la mujer prosiguió:
–Lo mejor de todo fue el asunto del marmolista, el que está cerca de Miracoli.
–¿Costantini? – preguntó él.
–Sí, Angelo -dijo ella, complacida de que él supiera de quién le hablaba-. Es un antiguo amigo de mi familia, y cuando le hablé de mis problemas con esa mujer, me dijo que hacía unos diez años ella le había llamado porque quería que le hiciera un presupuesto para un nuevo tramo de escalera. Él ya la conocía o, por lo menos, había oído hablar de ella, por lo que sabía que podía ahorrarse la visita, pero fue de todos modos. Llegó, hizo los cálculos y, al día siguiente, voló a la casa para decirle cuántos escalones necesitaba, la altura y cuánto le costarían. –
Como todo buen orador, ella hizo una pausa y él respondió como todo oyente:
–¿Y ella qué dijo?
–Le dijo que sabía que él trataba de engañarla, quería menos escalones y más bajos. – Ella hizo una pausa, para que calara el despropósito, y agregó-: Cosas como ésta te hacen sospechar que quizá sí que la echaron del psiquiátrico.
Él asintió.
–¿La visitaba alguien, signora? – preguntó después de un momento.
–No, que yo recuerde, es decir, que recuerde haber visto más de un par de veces. Estaban las mujeres que la cuidaban, desde luego. La mayoría eran negras, y una me dijo que era peruana. Pero ninguna se quedaba más de un par de semanas.
–¿Pero Flori se quedó?
–Me dijo que tenía tres hijas y siete nietos. Supongo que conservaba el trabajo para poder mandarles dinero.
–¿Sabe si le pagaba?
–¿A quién? ¿A Flori?
–Sí.
–Creo que sí. Por lo menos, algo de dinero tenía. – Antes de que él pudiera pedir detalles, ella dijo-: Un día la encontré en Strada Nuova.
De esto, hará unas seis semanas. Yo estaba tomando café en un bar, ese que está en la esquina, cerca del traghetto de Santa Fosca, cuando entró ella. Me acerqué, me reconoció de verme en la ventana, ¿comprende?, y me dio un beso en la mejilla, como si fuéramos viejas amigas. Tenía abierto el monedero y vi que sólo llevaba unas monedas. No sé cuántas.
No miré, pero me pareció que no eran muchas. – Calló, recordando aquella tarde en el bar-. Le pregunté por qué había entrado y me dijo que quería un helado. Creo que dijo que le gustaban los helados.
Conozco al hombre del bar y le dije que no le cobrara, que yo la invitaba. – Fue ahora cuando se le ocurrió una posibilidad-. Espero no haberla ofendido. Al insistir en pagar, quiero decir.
–No lo creo, signora -dijo él.
–Le pregunté de qué lo quería y dijo que de chocolate, así que pedí al hombre un cucurucho doble y, al ver la cara que ella puso cuando se lo dio, comprendí que pensaba comprarse sólo uno sencillo, y me dio pena. ¡Tener que soportar a aquella horrible mujer todo el día y toda la noche, y no poder comprarse ni un cucurucho doble!
Ninguno de los dos habló durante un rato.
–Y el dinero que le dio… -empezó él.
–Fue un impulso, nada más. Lo había cobrado por un trabajo para el que había dado un precio muy alto adrede, para que no me lo encargaran, porque era muy aburrido: el diseño del envoltorio de una nueva serie de bombillas. Pero me lo dieron y resultó tan fácil que hasta me daba un poco de vergüenza que me pagaran tanto dinero. Supongo que por eso me desprendí de él con más facilidad que si hubiera tenido que trabajar realmente para conseguirlo. – pensando en el dinero y en el impulso que le había hecho dárselo a Flori, agregó-. No puede decirse que le sirviera de mucho. No tuvo ocasión de gastarlo. – Entonces se le ocurrió una idea- Un momento, ahora que lo pienso. Aún conservo trescientos euros de aquel dinero. Los dejé aquí, porque sabía que en Inglaterra no iba a necesitarlos. Tengo esos billetes. – El evidente
interés que había en la mirada de él la animó a continuar-. Y con ellos puedo demostrar que el dinero que ella llevaba se lo había dado yo, que no se lo había robado a la signora Battestini -Como él no respondiera, prosiguió-: Eran todos billetes nuevos y, probablemente, correlativos, de modo que, comparando los números de serie de los billetes que conservo con los que ella llevaba, quedará demostrado que ella no robó nada. – Desconcertada por la falta de entusiasmo del comisario y, así lo reconocía interiormente, dolida por su apatía, preguntó-: ¿Qué? ¿No es una prueba?
–Sí -dijo él con evidente desgana-. Sería una prueba.
–¿Pero…? – preguntó ella.
–Pero el caso es que el dinero ha desaparecido.
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