Pruebas Falsas

Donna Leon · Capítulo 11 de 24

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Pruebas Falsas

Capitulo 11

Si iba andando a la questura por la Riva degli Schiavi a esta hora, se exponía a quedar derretido, por lo que retrocedió por Castello en dirección al Arsenale. Al pasar por delante y contemplar las estatuas, se preguntó una vez más si los hombres que las esculpieron habían visto un león en su vida. Uno de ellos se parecía más a Poppi que a cualquier león que Brunetti hubiera tenido ocasión de ver.

Delante de la iglesia de San Martino, el agua del canal estaba más baja que nunca y Brunetti se paró a mirar el barro viscoso de las orillas relucía al sol y un hedor de putrefacción subió hasta él. ¿Quién sabría cuándo se dragó y limpió el canal por última vez?

Cuando Brunetti llegó al despacho, lo primero que hizo fue abrir la ventana para que entrase el aire, pero sólo entraba una humedad que no le aliviaba. Dejó la ventana abierta, con la esperanza de que algún céfiro extraviado se introdujera por ella si la encontraba a su paso.

Colgó la chaqueta y miró los papeles que tenía encima de la mesa, a pesar de que sabía que la signorina Elettra no le dejaría allí más que material inocuo que pudiera ser leído por cualquiera. Lo demás lo guardaría en su propia mesa, o en su ordenador, donde estaría aún más seguro.

En el barco que lo había llevado a Castello por la mañana, Brunetti había leído en Il Gazzettino que el juez del caso de los encargados de equipajes del aeropuerto había fallado que las cámaras ocultas en la sala de equipajes constituían, efectivamente, una invasión de la privacidad de los acusados y, por lo tanto, las grabaciones no podían admitirse como pruebas contra ellos. Al leer la información, Brunetti había sentido el absurdo deseo de ir a la questura, reunir todos los testimonios pacientemente acumulados durante los últimos meses y llevarlos al contenedor de papel para reciclar de la Scuola Barbarigo. O

algo más dramático: hacer con ellos una pira funeraria en el muelle de la questura, de la que se elevaran negras pavesas que se llevaría aquel ansiado y esquivo céfiro.

Él sabía lo que ocurriría ahora: el fallo del juez sería apelado, todo volvería a empezar y el proceso se alargaría, con fallos y apelaciones, hasta que prescribiese el plazo y se archivara el caso. Brunetti había

pasado toda su carrera observando la misma lenta gavota: si se tocaba lo bastante despacio, con frecuentes pausas para cambiar a los músicos, la gente acababa por cansarse de escuchar la misma tonada y, cuando se acababa el tiempo y dejaba de sonar la música, a nadie le importaba.

Él comprendía que eran esa clase de reflexiones lo que a veces hacía que le dolieran las críticas qué hacía Paola a la policía. Él sabía que el interminable proceso de apelación inherente en el sistema judicial bajo el que él trabajaba tenía la finalidad de proteger al acusado de posibles errores, pero, con los años, a medida que se ampliaban y consolidaban las garantías para los acusados, Brunetti había empezado a preguntarse a quién protegía la ley en realidad.

Brunetti ahuyentó estos pensamientos y bajó en busca de Vianello.

El inspector estaba en su sitio, hablando por teléfono. Al ver a Brunetti, levantó la mano abierta, para indicar que tardaría por lo menos cinco minutos, y después señaló hacia arriba con el índice, en dirección al despacho de su superior, dando a entender que subiría en cuanto terminara.

Arriba, Brunetti encontró su despacho un poco más fresco que cuando había entrado la vez anterior. Para distraer la espera, sacó unos papeles de la bandeja de entradas y se puso a leer. Fueron quince minutos, no cinco, los que tardó Vianello en aparecer. Cuando llegó, se sentó y dijo sin preámbulos:

–Era una vieja bruja, y no he podido encontrar a nadie que lamente lo más mínimo su muerte. – Hizo una pausa, escuchando sus propias palabras y agregó -Me gustaría saber qué han puesto en la lápida:

¿«Adorada esposa»? ¿«Querida madre»?

–Tengo entendido que las inscripciones suelen ser más largas -

observó Brunetti-. Los tallistas cobran a tanto la letra. – Entonces, cortando las divagaciones, preguntó-: ¿Con quién ha hablado y qué más ha descubierto?

–Nadia y yo entramos en dos bares a tomar una copa. Ella decía que había vivido en el barrio. No es cierto, pero cuando era niña iba a ver a una prima suya que sí vivía allí, y conocía nombres y mencionaba tiendas que ya no existen, y la gente la creía.

»En realidad, ni tuvimos que preguntar, porque la gente estaba ansiosa de hablar del crimen. Es lo más sensacional que ha pasado allí

desde las inundaciones del sesenta y seis. – Vio la expresión de Brunetti y volvió a tomar el hilo-: Todos coincidían en que era tacaña, conflictiva y estúpida, pero siempre salía alguien que recordaba a los presentes que también era una viuda que había perdido a su único hijo, y entonces la gente se contenía y decía que, en realidad, no era tan mala. Pero a mí me parece que sí. Hablamos de ella en los bares y, después, con la camarera del restaurante, que vive a la vuelta de la esquina, y nadie dijo algo bueno de ella. Es más, hasta parece que, con el tiempo, la gente empieza a mostrarse comprensiva con la rumana.

Una mujer dijo que lo raro era que hubieran tardado tanto en matarla.

– Vianello consideró lo dicho y agregó-: Es como si el poco de compasión que le tenían por la muerte del hijo o, por lo menos, una pequeña parte, la hubieran trasladado a la signora Ghiorghiu.

–¿Y del hijo, qué decían del hijo? – preguntó Brunetti.

–Nadie parecía tener mucho que decir. Era discreto, vivía con ella, iba a su trabajo y no se metía con nadie. Es casi como si no hubiera tenido una existencia real, como si sólo hubiera sido el medio para que la gente pudiera compadecerla. Por su muerte, quiero decir.

–¿El marido?

–Lo normal: « una brava persona». – Pero aquí Vianello advirtió-: Aunque podría ser que por su boca hablara la amnesia.

–¿Alguien dijo algo de las otras mujeres que habían pasado por la casa?

–No; no mucho. Limpiaban, le hacían la compra y guisaban, pero la rumana era la primera que dormía allí. – Vianello hizo una pausa y agregó-. Tengo la impresión de que las otras no querían dejarse ver por el barrio más de lo indispensable porque no tenían papeles y temían que alguien las denunciara.

–¿Tenía mucho contacto con los vecinos? Me refiero a la anciana -

preguntó Brunetti.

–Durante los últimos años, no, sobre todo, desde la muerte de su hijo. Hasta hace unos tres años, aún podía bajar la escalera, pero se cayó, se hizo daño en una rodilla y no volvió a salir a la calle. Y para entonces los amigos que pudiera haber tenido en el barrio o se habían muerto o se habían mudado, y era tan conflictiva que nadie quería tratos con ella.

–¿Qué hacía, para ser conflictiva?

–Marcharse de los bares sin pagar, quejarse de que la fruta no era buena o estaba pasada, comprar una cosa, usarla y luego tratar de devolverla… las cosas que hacen que la gente se niegue a servirte.

Dicen que hubo un tiempo en el que tiraba la basura por la ventana, pero alguien llamó a la policía, que fue a hablar con ella y entonces paró. Pero la mayoría de las quejas eran por la televisión.

–¿Alguien dijo haber hablado con la abogada?

Vianello reflexionó, movió la cabeza negativamente y dijo:

–No; haber hablado, no; algunos dijeron que le habían escrito, sobre el asunto de la televisión.

–¿Y?

–No recibieron respuesta. Esto no sorprendió a Brunetti: mientras no se presentara una denuncia contra la anciana, su abogada no estaba obligada a intervenir en la conducta personal de su clienta. Pero la falta de respuesta a estas quejas parecía desmentir las afirmaciones de afecto y consideración hacia la signora Battestini que había hecho la

avvocatessa Marieschi. Aunque también era verdad que los abogados no escriben cartas de balde.

–¿Y el día del crimen?

–Nada. Un hombre creía recordar haber visto a la rumana salir de la casa, pero no podría jurarlo.

–¿Qué no podría jurar, que era la rumana o que salía de la casa?

–No lo sé. Cuando pregunté, él se calló. – Vianello levantó las manos y reconoció-: Ya sé que no es mucho, pero no creo que pueda conseguirse mucho más preguntando con disimulo.

–No hay nada nuevo, desde luego -dijo Brunetti sin ocultar la decepción.

Vianello se encogió de hombros.

–Ya sabe lo que ocurre. Nadie parece recordar mucho del hijo, a ella no la tragaban, y como el marido hace diez años que murió, lo único que te dicen es que era « una brava persona», que le gustaba beber con sus amigos y que no comprendían cómo podía aguantar a semejante mujer.

A Brunetti le hubiera gustado saber si la gente diría lo mismo de él cuando muriera.

–¿Y usted, comisario? – preguntó Vianello. Brunetti le refirió su conversación con la abogada, sin omitir mencionar a la perra.

–¿Le ha preguntado por las cuentas bancarias? – preguntó Vianello.

–No; me ha dicho que la signora Battestini tenía unos cinco mil euros en el Uni Credit. No quiero preguntar por las otras cuentas mientras no sepamos algo más de ellas.

Como al conjuro de estas palabras, en aquel momento apareció en la puerta la signorina Elettra. Hoy llevaba falda verde, blusa blanca y un collar de grandes cuentas cilíndricas de ámbar. Cuando se acercaba, el sol dio en el collar encendiéndolo con fulgores rojos, con lo que la joven quedó envuelta en los colores de la bandera, la viva imagen de la esencia patria. Al dejar atrás la franja de sol, volvió a convertirse en sí misma y dejó en la mesa la carpeta que traía en la mano.

–Ha resultado más fácil de lo que imaginaba, comisario -dijo con encantadora modestia, señalando la carpeta.

–¿Y el Deutsche Bank? – preguntó Vianello.

Ella meneó la cabeza con gesto de severa crítica:

–Ha sido tan fácil que hubiera podido conseguirlo hasta usted,

ispettore -dijo, y agregó con mayor severidad aún-: Estoy segura de que la culpa la tiene toda esta europeización. Antes, los bancos alemanes eran seguros; ahora es como si al marcharse a su casa por la tarde dejaran las puertas abiertas. Tiemblo de pensar en lo que les ocurrirá a los suizos si se unen a Europa.

Brunetti, indiferente a su preocupación por el futuro financiero del continente, preguntó:

–¿Y qué puede decirme de las cuentas?

–Todas fueron abiertas el año anterior a la muerte del marido -

explicó ella-, en el período de tres días, cada una, con un depósito inicial de medio millón de liras. Desde entonces, ha venido haciéndose un depósito mensual de cien mil liras en cada cuenta, salvo inmediatamente después de la muerte del hijo, en que los depósitos se interrumpieron. – Ella sonrió al ver la reacción de sus oyentes y prosiguió-: Pero al cabo de dos meses se reanudaron, incluyendo los atrasos. – Les dio un momento para pensar en esto antes de agregar-: Los últimos depósitos, que podríamos considerar normales, fueron

hechos a primeros de julio, con lo que el total de las cuentas, con los intereses, asciende a casi treinta mil euros. Este mes no se ha ingresado nada.

Los tres reflexionaron sobre el significado de esta circunstancia y fue Brunetti quien lo tradujo en palabras:

–Es decir, muerta ella, se acabó la necesidad de pagar.

–Eso parece -asintió la signorina Elettra, y agregó-: Pero lo curioso del caso es que nadie ha tocado ese dinero: se ha quedado en el banco, acumulando intereses. – Abrió la carpeta sosteniéndola de manera que los dos hombres pudieran ver las cifras y dijo: -Éstos son los totales de las cuentas. Todas estaban a su nombre.

–¿Qué pasó con ellas cuando la anciana murió? – preguntó Brunetti.

–Ella murió un viernes y, el lunes siguiente, los fondos fueron transferidos a las Islas Anglonormandas. Y… -agregó en un tono sugerente que excitó el interés de sus oyentes-:…aunque no figura el nombre de la persona que ordenó las transferencias, todos los bancos tienen en sus archivos poderes extendidos a nombre de Roberta Marieschi y Graziella Simionato.

–Esta mañana, he preguntado a la Marieschi cuánto dinero había dejado la signora Battestini, pero sólo ha mencionado una cuenta en el Uni Credit de unos diez millones de liras.

–¿Evasión de impuestos? – Esta vez fue Vianello quien puso voz a la evidencia. Si se sacaba el dinero del país inmediatamente, contando con la incompetencia burocrática generalizada, la transferencia bien podía escapar a la atención de las autoridades tributarias, especialmente, por proceder de diversos bancos.

–¿Y la sobrina? – preguntó Brunetti.

–Ya he empezado con eso -fue todo lo que ella respondió.

–Son más de sesenta millones -dijo Vianello, que, como la mayoría, seguía calculando en liras.

–Una bonita suma, para una viuda que vivía en tres habitaciones -

comentó la signorina Elettra, aunque tampoco era necesario decirlo.

–Y una bonita suma que escamotear al recaudador -agregó Vianello, no sin admiración en su tono. Mirando a la signorina Elettra preguntó-: Pero, ¿se puede hacer?

Al ver el aire de intensa concentración con que ella ladeaba la cabeza, Brunetti se preguntó si su familiaridad con la ilegalidad tendría límite. Sus años de trabajo en la banca nacional le habrían proporcionado una excelente preparación, pero era de temer que sus años en la questura le hubieran permitido perfeccionar su arte.

Con la expresión de una santa Catalina al volver de la contemplación de la Divina Presencia, la signorina Elettra abandonó la dimensión del delito hipotético para regresar al mundo de Brunetti y Vianello.

–Sí -declaró-. Dada la incompetencia de la Finanza, es probable que la transferencia no fuera detectada. – Vianello y Brunetti se sumieron en el cálculo de las probabilidades hasta que la signorina Elettra les interrumpió preguntando-: ¿Por qué dejaría el dinero en los bancos sin tocarlo en todos estos años?

Brunetti, que había leído las descripciones de Balzac acerca de la astucia y la avaricia de los campesinos, no tenía dudas:

–Para verlo acumularse -dijo.

Vianello no podía alardear de un gran conocimiento de la novela francesa, pero había vivido en el campo, y sabía que su jefe estaba en lo cierto.

–Estuve en el desván y vi las cosas que guardaba -dijo Brunetti, recordando unas zapatillas tan gastadas que ni Caritas se hubiera atrevido a ofrecerlas a un indigente, y unos paños de cocina deshilachados y roñosos-. Gozaría viéndolo crecer, pueden creerme.

–¿Y dónde están los originales de los estados de cuentas? – preguntó Vianello.

–¿Quién deshizo el apartamento?

–Lo heredaba la sobrina, tuvo que ser ella -dijo la signorina

Elettra-. Pero la abogada pudo entrar antes y llevárselos. – Y, como si acabara de ocurrírsele, agregó-: O el asesino.

–Quizá era eso lo que el asesino buscaba -dijo Vianello, y se le iluminó la cara al sugerirlo-. De todos modos, si necesitamos pruebas, tenemos los datos del ordenador.

Brunetti y la signorina Elettra miraron a Vianello como Láquesis y Átropo volvieron sus ojos ciegos hacia la incauta Cloto.

–El Gobierno ya ha previsto eso, ispettore -dijo la signorina Elettra casi con acento de reproche, como si él fuera el responsable de la ley que estipulaba que sólo podían aceptarse como pruebas los originales y no fotocopias ni datos informáticos.

A Brunetti le pareció que el inspector se ponía colorado.

–No lo había pensado -confesó Vianello, comprendiendo que la información sólo tendría fuerza legal si el banco facilitaba los estados originales de unas cuentas que habían permanecido ignoradas durante más de diez años, hasta su misteriosa huida a un paraíso fiscal tan famoso como para que lo conociera una abogada de una tranquila ciudad provinciana como Venecia.

Brunetti, desviándose de los asuntos financieros, preguntó:

–¿Y del marido? ¿Ha encontrado algo?

–Nada interesante -dijo ella-. Nació aquí, en 1925, y murió en el

Ospedale Civile en enero de 1993. Cáncer de pulmón. Trabajó durante treinta y dos años en varias oficinas municipales, la última, de la oficina local de la Enseñanza Pública, concretamente, en la sección de Personal; no se me ocurre qué puede haber más aburrido. Su hijo también trabajaba para la Enseñanza Pública, hasta que murió hace cinco años. Padre e hijo coincidieron varios años.

–¿Algo más? – preguntó Brunetti, asombrado de que un hombre pudiera dedicar tres décadas de su vida a trabajar en la burocracia de la ciudad y dejar tan poca huella de su paso.

–Es todo lo que he podido encontrar, comisario. Es difícil averiguar algo de más de diez años atrás. Esos archivos aún no están informatizados.

–¿Cuándo lo estarán? – preguntó Vianello.

La signorina Elettra se encogió de hombros con tanta vehemencia que las cuentas de ámbar tintinearon como si también ellas quisieran desestimar la pregunta.

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