Pruebas Falsas
Capitulo 2
El teniente Scarpa, encargado del caso, dijo al dottor Carlotti que podía marcharse, pero le advirtió que no se ausentara de la ciudad sin permiso de la policía. El tono de Scarpa estaba tan cargado de implícitas sospechas de posible culpabilidad, que Carlotti se fue sin dar salida a cualesquiera objeciones que pudiera haber tratado de oponer.
Después llegó el dottor Ettore Rizzardi, médico legal de la ciudad de Venecia y, por lo tanto, persona a quien incumbía la función de declarar muerta a la víctima y hacer la primera estimación de la hora de la muerte. Con una cortesía fría y quizá un tanto exagerada para con el teniente Scarpa, Rizzardi manifestó que, al parecer, la signora
Battestini había muerto a consecuencia de una serie de golpes en la cabeza, opinión que creía que la autopsia confirmaría. En lo concerniente a la hora de la muerte, el doctor Rizzardi, después de tomar la temperatura del cadáver, dijo que, no obstante la cantidad de moscas, ésta había ocurrido de dos a cuatro horas antes, es decir, entre las diez y las doce. Al observar la expresión de Scarpa, el médico agregó que, después de la autopsia, podría hablar con más precisión, pero que no le parecía probable que la víctima llevara muerta más tiempo. En cuanto al arma, Rizzardi se limitó a decir que se trataba de un objeto pesado, quizá metálico, quizá de madera, con el borde dentado, irregular. Dijo esto sin ver la imagen de bronce manchada de sangre, del padre Pío, recientemente beatificado, que ya estaba en una bolsa de plástico, preparada para ser llevada al laboratorio, para el análisis de las huellas dactilares.
Una vez examinado y fotografiado el cadáver, Scarpa ordenó que fuera conducido al Ospedale Civile para la autopsia, y dijo a Rizzardi que deseaba que ésta se hiciera pronto. Luego ordenó al equipo de Criminalística que empezaran a registrar el apartamento, aunque, a juzgar por el desorden, era evidente que alguien se les había adelantado. Después de la silenciosa marcha de Rizzardi, el teniente decidió registrar la pequeña habitación del fondo destinada, al parecer, a Florinda Ghiorghiu. La pieza no era mucho mayor que un cuarto ropero y, al parecer, no había merecido la atención de quien había registrado la sala. Contenía una cama estrecha y una estantería
cubierta por una tela que, en tiempos, pudo haber sido un mantel.
Scarpa apartó la tela y vio dos blusas dobladas y otras tantas mudas de ropa interior. A un lado, en el suelo, había unas zapatillas deportivas negras y, junto a la cama, en la repisa de la ventana, una fotografía de tres niños, en marco de cartón, y un libro que el teniente no se molestó en abrir. En una carpeta encontró fotocopias de documentos oficiales: de las dos primeras páginas del pasaporte rumano de Florinda Ghiorghiu y de los permisos de residencia y de trabajo. Nacida en 1953.
En la casilla correspondiente a ocupación se indicaba: «empleada de hogar». Había también un billete de tren de segunda clase Bucarest-Venecia, ida y vuelta, con la vuelta aún sin usar. En la habitación no había mesa ni silla alguna, ni otra superficie que examinar.
El teniente Scarpa sacó el telefonino y llamó a la questura para pedir el número de la Policía de Fronteras en Villa Opicina. Después de marcar, dio su nombre y graduación e hizo un breve relato del asesinato. Preguntó a qué hora se esperaba el primer tren procedente de Venecia. Dijo que la sospechosa podría viajar en ese tren e hizo especial hincapié en su condición de rumana. Agregó que, si la mujer entraba en Rumania, habría pocas probabilidades de conseguir la extradición y que era de suma importancia que la sacaran del tren.
Agregó que, tan pronto llegara a la questura, les pasaría la foto por fax, insistió con énfasis en la brutalidad del asesinato y colgó.
Dejando a los técnicos del laboratorio entregados a la tarea de examinar el escenario del crimen, Scarpa ordenó al piloto que lo llevara de regreso a la questura, donde envió por fax a la Policía de Fronteras el documento de la Ghiorghiu, confiando en que la fotografía saliera con suficiente claridad. Acto seguido, el teniente se dirigió al despacho de su superior, el vicequestore Patta, para informarle de la celeridad con que se estaba procediendo a esclarecer el crimen.
El fax se recibió en Villa Opicina en el momento en que el capitán Luca Peppito, de la Policía de Fronteras, hablaba por teléfono con el
capostazione para comunicarle que el expreso con destino a Zagreb debería parar el tiempo necesario para que él y sus hombres lo registraran en busca de una asesina que trataba de huir del país.
Peppito colgó el teléfono comprobó que su pistola estuviera cargada y bajó a reunir a sus hombres.
Veinte minutos después, el intercity a Zagreb entraba en la estación de Villa Opicina, donde normalmente paraba sólo el tiempo necesario para el cambio de locomotora y el control de pasaportes. Durante los últimos años, los trámites aduaneros entre estos dos jugadores de segunda fila en la partida de la unidad europea tenían un carácter meramente simbólico y, en general, se saldaban con el pago de la tasa por algún que otro cartón de cigarrillos o botella de grappa, mercancía que ya no se consideraba una amenaza para la economía de una u otra nación.
Peppito había enviado hombres a la cabeza y a la cola del tren y apostado a otros dos en la puerta de la estación, con la orden de pedir el pasaporte a toda pasajera que se apeara del tren.
Tres hombres subieron al último coche y empezaron a recorrer el tren, examinando a los pasajeros de cada compartimiento y comprobando que no hubiera nadie en los aseos, mientras Peppito y otros dos agentes procedían en sentido contrario desde el extremo opuesto del tren.
Fue el sargento que acompañaba a Peppito el que la descubrió, en un compartimiento de segunda clase del primer coche, al lado de la ventanilla. Casi se le pasó por alto, porque ella dormía -o fingía dormir-de cara a la ventanilla, con la frente apoyada en el cristal. El hombre vio la cara ancha de rasgos eslavos, el cabello que blanqueaba en la raíz por falta de cuidados y la complexión achaparrada, tan frecuente entre las mujeres del Este. En el compartimiento había otras dos personas, un hombre corpulento de cara colorada que leía un periódico en lengua alemana y un anciano que hacía un crucigrama de Settimana
Enigmistica. Peppito abrió la puerta corredera con un golpe seco. La mujer se despertó y miró en derredor, sobresaltada. Los dos hombres se volvieron hacia los uniformados agentes y el de más edad preguntó
«¿Sí?» expresando su irritación sólo por el tono de voz.
–Salgan del compartimiento, señores -ordenó Peppito. Antes de que ellos pudieran protestar, el capitán apoyó la mano derecha en la culata de la pistola. Los hombres obedecieron sin ni siquiera hacer ademán de bajar las maletas. La mujer se levantó para seguirles, como si creyera que la orden también la incluía a ella.
Cuando trataba de pasar junto a Peppito, él le asió el antebrazo izquierdo con mano firme.
– Documenti, signora -dijo ásperamente.
Ella alzó la mirada parpadeando con rapidez.
-¿Cosa? -preguntó nerviosamente.
– Documenti -repitió él, alzando la voz.
Ella sonrió ligeramente con una contracción de los músculos faciales que quería ser apaciguadora y denotar inocencia y buena voluntad, pero él observó que sus ojos se volvían hacia el pasillo y la plataforma del coche.
– Si, si, signore. Momento. Momento -dijo con un acento extranjero tan marcado que hacía casi incomprensibles sus palabras.
Ella sostenía una bolsa de plástico con la mano derecha.
– La borsa -dijo Peppito, señalando el envoltorio, que era de la cadena de supermercados Billa.
Ella, ante el ademán del policía, se puso la bolsa a la espalda.
– Mia, mia -dijo declarando propiedad pero manifestando temor.
– La borsa, signora -dijo Peppito alargando la mano.
La mujer giró sobre sí misma, pero Peppito era fuerte y la obligó a volverse de cara a él. Le soltó el brazo y agarró la bolsa. La abrió y miró en su interior: no vio nada más que dos melocotones maduros y un monedero. Sacó el monedero y dejó caer la bolsa al suelo. Lanzó una mirada a la mujer, que ahora tenía la cara tan blanca como la raíz del pelo, y abrió el pequeño monedero de plástico. Enseguida reconoció los billetes de cien euros y vio que había varios.
Uno de los hombres del capitán había ido a decir a sus compañeros que ya habían encontrado a la fugitiva y el otro estaba en el pasillo, tratando de explicar a los dos pasajeros del compartimiento que, tan pronto como se llevaran a la mujer, podrían volver a sus asientos.
Peppito cerró el monedero e hizo ademán de guardárselo en el bolsillo de la chaqueta. La mujer, al verlo, alargó la mano, pero el policía se la apartó de un golpe y se volvió a hablar con el agente del pasillo desde la puerta del compartimiento. Ella, aprovechando su momentánea distracción, se precipitó contra él impetuosamente proyectándolo hacia el pasillo. El capitán cayó de lado, y la mujer no necesitó más para sortearlo y correr hacia la puerta delantera del
coche, que estaba abierta. Peppito gritó, pero, cuando consiguió ponerse en pie, ella ya había bajado la escalera y corría a lo largo del tren.
Peppito y el policía que estaba con él corrieron hacia la puerta y saltaron al andén, pistola en mano. La mujer, que ya había dejado atrás la locomotora, volvió la cabeza sin dejar de correr y, al ver las pistolas, dio un grito y saltó a las vías. A lo lejos, se oía o, por lo menos, debía de oírlo todo el que no estuviera afectado del pánico y la tensión de la escena, la llegada de un mercancías procedente de Hungría que se dirigía hacia el sur.
Los policías y sus gritos perseguían a la fugitiva. Ella levantó la mirada, vio venir el tren, se volvió para calcular la distancia que la separaba de los policías y decidió arriesgarse. Dio varios pasos más manteniéndose junto a la vía, giró bruscamente y saltó hacia la izquierda, pocos metros por delante del tren. Los policías gritaron al tiempo que silbaba la locomotora y chirriaban los frenos. Quizá uno de estos sonidos la hizo vacilar, o quizá pisó el raíl en lugar del balasto, lo cierto es que tropezó y cayó sobre una rodilla. Rápidamente, se levantó y se lanzó hacia adelante, pero, tal como los policías habían advertido, con la perspectiva de la distancia, ya era tarde y el tren la arrolló.
Peppito nunca volvió a hablar de lo que ocurrió entonces; por lo menos, después de describirlo en el informe que redactó aquella tarde, y tampoco, el policía que estaba con él, ni los hombres que iban en la locomotora del mercancías, aunque uno de ellos ya había visto otro atropello tres años antes, cerca de Budapest.
Los periódicos informaron de que en el monedero de la mujer se habían hallado setecientos euros. La sobrina de la signora Battestini, que detentaba los poderes de su tía, declaró que la víspera había ido a Correos, a cobrar la pensión de la anciana y se la había llevado a su casa: setecientos doce euros.
Dado el estado en que quedó el cuerpo de la rumana, se desistió de buscar en él restos de sangre de la signora Battestini. Uno de los hombres que viajaban en el mismo compartimiento dijo que parecía muy agitada cuando subió al tren en Venecia pero que se había calmado visiblemente a medida que se alejaban de la ciudad, y el otro
señaló que la mujer se había llevado la bolsa de plástico cuando había ido al aseo.
A falta de otros sospechosos, se dedujo que, probablemente, la rumana era la asesina y se decidió que las energías de la policía podían emplearse con más provecho en otros menesteres. El caso no se cerró, simplemente, se dejó en suspenso: el proceso normal sería que desapareciera de la atención pública por falta de interés. Cuando los titulares sensacionalistas generados por el asesinato de la anciana y la huida de la rumana perdieran actualidad, quedaría olvidado.
Las autoridades cumplieron, sí, las formalidades burocráticas pertinentes, para dejar constancia de los hechos probados en el caso del asesinato de Maria Grazia Battestini. La sobrina dijo que la rumana, a la que ella sólo conocía por Flori, hacía cuatro meses que trabajaba para su tía. No; no la había contratado la sobrina. De eso se había encargado Roberta Marieschi, la abogada de la tía. Se daba el caso de que la dottoressa Marieschi actuaba de abogada de numerosas personas mayores de la ciudad, a algunas de las cuales proporcionaba empleadas de hogar procedentes, principalmente, de Rumania, donde tenía contactos con diversas organizaciones benéficas.
La dottoressa Marieschi no sabía acerca de Florinda Ghiorghiu nada más que lo que indicaba su pasaporte, copia del cual obraba en poder de la abogada. El original fue hallado en una bolsa de tela atada al pecho de la mujer arrollada por el tren y que, una vez limpio y examinado, resultó ser una falsificación, y no muy buena.
Al ser interrogada sobre esta circunstancia, la dottoressa Marieschi respondió que no era de su incumbencia comprobar la autenticidad de los pasaportes que la Policía de Inmigración daba por válidos. Su cometido se limitaba a buscar clientes a los que pudieran convenir los servicios de las personas que portaban tales pasaportes, pasaportes, insistió, que la Policía de Inmigración había revisado y aceptado.
Ella había visto a la Ghiorghiu una sola vez, hacía cuatro meses, cuando la acompañó a casa de la signora Battestini. Desde entonces, no había tenido más contacto con ella. Sí; la signora Battestini se había quejado de la rumana, pero la signora Battestini se quejaba de todas las empleadas que se le enviaban.
Como el caso estaba en el limbo, la sobrina no obtenía respuesta a sus preguntas acerca de si el apartamento de su tía seguía clausurado, como escenario del crimen. Finalmente, consultó con la dottoressa
Marieschi, quien le aseguró que las condiciones del testamento de su tía estaban bien claras y le garantizaban la plena propiedad de todo el edificio sin excepción. Una semana después de la muerte de la signora
Battestini, las dos mujeres mantuvieron una entrevista durante la que trataron con detalle de la situación legal de los bienes de la difunta.
Con el respaldo de la opinión de la abogada, al día siguiente de la conversación, la sobrina limpió el apartamento. Lo que le pareció que podía tener valor o importancia fue embalado en cajas de cartón y subido al desván. El resto de ropas y efectos personales de la difunta se sacó a la puerta del apartamento, en grandes bolsas de basura. Al día siguiente, entraron los pintores, ya que la dottoressa Marieschi había convencido a la heredera de la conveniencia de comprar algunos muebles y alquilar el apartamento por semanas, a turistas. Ella se ofreció a buscar clientes solventes, y, por supuesto, si el acuerdo era informal y el pago se hacía en efectivo, no había razón para declarar el ingreso a las autoridades.
Después de consultar nuevamente con la dottoressa Marieschi, la heredera decidió restaurar todos los apartamentos, a fin de fijar alquileres altos.
Así estaban las cosas cuando no habían transcurrido más que tres semanas desde la muerte de Maria Grazia Battestini. Una parte de sus efectos se hallaban en el desván, metidos desordenadamente en cajas por una persona que no tenía por ellos otro interés que la vaga expectativa de que un día, cuando se decidiera a examinarlos más detenidamente, pudiera descubrir algo de valor; y el apartamento, recién pintado, ya era objeto del interés de un fabricante de cigarros holandés que quería alquilarlo para la última semana de agosto.
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