Pruebas Falsas

Donna Leon · Capítulo 19 de 24

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Pruebas Falsas

Capitulo 19

–Bien -dijo Brunetti cuando salieron a la Calle Lunga San Barnaba-. ¿Qué le ha parecido?

–Usando el término que les enseñan a mis hijos en la escuela, yo diría que es una persona con «capacidad diferente».

–¿Quiere decir discapacitada?

–Sí, señor; tanto por su aspecto y su manera de gritar al ser contrariada como por una falta casi absoluta de reacciones y sentimientos humanos.

–Eso describe a la mitad de la questura -dijo Brunetti.

Vianello tardó un segundo en captarlo, y entonces le dio tal ataque de risa que tuvo que apoyarse en la pared de una casa hasta que se calmó. Brunetti, orgulloso de su ocurrencia, decidió mencionarla a Paola y se preguntó si Vianello la comentaría con la signorina Elettra.

Cuando Vianello se hubo repuesto, Brunetti siguió hacia la parada del Vaporetto de Ca¢Rezzonico.

–¿Cree que ella haya podido tener algo que ver con la muerte de su tía?

La respuesta de Vianello fue inmediata.

–No. Al preguntarle usted por las cuentas y amenazarla con hacer que la despidieran si no contestaba, se ha puesto a gritar; pero, cuando le ha hablado de la tía, se ha quedado tan tranquila.

Lo mismo pensaba Brunetti, pero le alegraba que el inspector confirmara su opinión.

–Tenemos que hacer una lista de todas las personas que trabajaban con él en la oficina de la Enseñanza Pública -dijo, y rectificó-: Por lo menos, que trabajaban con él cuando empezaron los pagos.

–Eso será fácil, si los datos están informatizados -dijo Vianello.

–Me sorprende que ella no le ponga deberes para hacer en casa por la noche -sonrió Brunetti. Como Vianello no respondiera, preguntó-:

¿O se los pone?

Llegaron al embarcadero y se guarecieron en él, agradeciendo la sombra. Vianello se rascó la cabeza.

–No es que me ponga deberes, comisario. Pero sí que me ha dado un ordenador. Es decir, me lo ha dado el departamento. Y a veces me

sugiere que pruebe de hacer cosas.

–¿Yo lo entendería? – preguntó Brunetti.

Vianello miró hacia el Palazzo Grassi y las largas colas de turistas que aguardaban frente a otro de los templos del arte.

–Lo dudo, comisario -respondió finalmente-. Ella dice que estas cosas tienes que aprenderlas probando diferentes maneras de hacerlas y diferentes maneras de planteártelas. Por eso necesitas tener un ordenador siempre a mano. – Miró a Brunetti y se aventuró a agregar-: Y también necesitas una sensibilidad especial para los ordenadores.

Brunetti fue a defenderse diciendo que sus hijos tenían ordenador y que su mujer usaba ordenador, pero le pareció una respuesta pueril y se limitó a preguntar:

–¿Cuándo podremos tener esos nombres?

–Mañana por la tarde a más tardar -dijo Vianello-. Yo no estoy seguro de poder conseguirlos, y la signorina Elettra tenía una cita esta tarde.

–¿Ha dicho dónde?

–No, señor.

–Entonces dejémoslo para mañana -propuso Brunetti mirando el reloj. No había por qué volver ahora a la questura, y Brunetti, de pronto, sentía que los acontecimientos del día lo habían dejado exhausto. No deseaba sino irse a casa, cenar con su familia y pensar en algo que no fuera muerte o codicia. Vianello aceptó la idea de buena gana y subió al Uno que iba hacia el Lido, dejando a su superior esperando el que llegaría en dos minutos para llevarlo a su casa.

Pero, cuando el vaporetto llegó a su parada, San Silvestro, Brunetti permaneció a bordo y no desembarcó hasta la siguiente, Rialto. Sólo tuvo que retroceder unos pasos por el canal hasta el Ayuntamiento, en Ca¢Farsetti y torcer por la calle lateral para llegar al edificio en el que tenía sus oficinas la Enseñanza Pública. El comisario mostró su credencial al portiere, que le dijo que la oficina principal del Ufficio di Pubblica Istruzione estaba en la tercera planta. Como nunca se había sentido cómodo en los ascensores, Brunetti subió por la escalera. En la tercera planta, un letrero señalaba hacia la derecha por un estrecho pasillo, en cuyo extremo se encontraban las puertas vidrieras de las oficinas de la Enseñanza Pública. Después de franquearlas, Brunetti se

encontró en una sala espaciosa, cuatro veces mayor que su despacho.

Sillas de plástico color naranja se alineaban junto a las paredes a uno y otro lado de la entrada, frente a la cual había una mesa bastante deteriorada y, detrás de la mesa, una mujer no menos deteriorada, si bien algo le hizo sospechar que el deterioro de la mujer era deliberado más que fortuito.

Como no había nadie más, Brunetti fue hacia ella. La mujer podía tener entre treinta y cincuenta años: el maquillaje estaba aplicado con suficiente abandono como para impedirle afinar en el cálculo. El rojo que acentuaba el relieve de sus labios se había introducido en las finas arruguitas que le festoneaban el labio inferior, poniendo en su boca una insinuación de promesa juvenil al tiempo que subrayaba las huellas de años de mucho fumar. Los ojos eran verde oscuro, de un misterioso esmeralda, y tan brillantes que sugerían el uso de lentillas, o de drogas.

No tenía cejas, sólo unas líneas marrones que le describían pronunciadas curvas en la frente, con una trayectoria caprichosa.

Brunetti sonrió al acercarse a la mesa. Ella movió los labios en correspondencia y preguntó:

–¿Viene por el depósito del agua potable? – Tenía una voz llana, sin modulaciones, que podía salir tanto de aquellos labios exagerados como de una máquina.

–¿Cómo dice?

–¿Viene por el depósito del agua potable? – rebobinó ella.

–No; vengo a hablar con el director.

–¿No viene por el depósito del agua potable?

–No; lo siento.

Él observó cómo esta información era procesada en algún lugar situado detrás de los ojos esmeralda. El que se frustraran sus expectativas, pareció abrumarla momentáneamente, obligándola a cerrar los ojos. Él vio que de la sien izquierda le asomaban dos bolitas de plata, pero se resistió a hacer cábalas sobre su origen y, más aún, su finalidad.

Los ojos se abrieron. Quizá los abrió la mujer, pero él no hubiera podido jurarlo.

–El dottor Rossi está en su despacho -dijo ella alzando una mano de largas uñas color verde y agitándola en dirección a una puerta situada

detrás de su hombro izquierdo.

Brunetti le dio las gracias, decidió no decirle que deseaba que el hombre del tanque del agua potable llegara pronto y fue hacia la puerta. Al otro lado había un pasillo corto, con puertas a la izquierda y una serie de ventanas a la derecha que daban a un pequeño patio interior con más ventanas al otro lado.

Brunetti avanzó por el pasillo, leyendo los nombres y títulos de los rótulos situados al lado de cada puerta. Los despachos estaban silenciosos, aparentemente abandonados. Al final del corredor, torció a la derecha: ahora había puertas a ambos lados, pero ninguna era la del director.

Torció otra vez a la derecha y, al extremo de este corredor, encontró un rótulo en el que leyó: DOTTORE MAURO ROSSI, DIRETTORE, y llamó a la puerta.

– Avanti -gritó una voz, y Brunetti entró.

El hombre que estaba sentado a la mesa levantó la cabeza, pareció sorprendido al ver entrar a un desconocido en su despacho y preguntó:

–¿Sí? ¿Qué desea?

–Soy el comisario Guido Brunetti, dottore. He venido a hacerle unas preguntas acerca de un hombre que había trabajado aquí.

–¿Comisario de policía? – preguntó Rossi y, a la señal afirmativa de Brunetti, le indicó una silla situada frente a la mesa. Al acercarse Brunetti, Rossi se levantó y le tendió la mano. Cuando aquel hombre se irguió en toda su estatura, Brunetti pudo apreciar que era media cabeza más alto que él. Aunque más corpulento que el comisario, Rossi no daba sensación de gordura. Aparentaba unos cuarenta y cinco años, conservaba una buena mata de pelo oscuro que le osciló sobre la frente cuando movió la cabeza, tenía una cara curtida que irradiaba salud y, a pesar de su envergadura, se movía con elegancia.

La misma impresión de vigorosa masculinidad producía el despacho: encima de una librería acristalada, una hilera de trofeos deportivos; a la izquierda del escritorio, las fotos enmarcadas en plata de una mujer y dos niños; en las paredes, cinco o seis diplomas, uno de ellos, el pergamino grabado en relieve que otorgaba un doctorado a Mauro Rossi.

Cuando estuvo sentado, Brunetti dijo:

–Se trata de una persona que trabajó aquí hasta hace unos cinco años, dottore: Paolo Battestini.

Rossi movió la cabeza de arriba abajo, invitando a Brunetti a continuar, pero no dio señales de reconocer el nombre.

–Nos interesa averiguar varias cosas de él -prosiguió el comisario-.

Trabajó aquí más de una década. – Como Rossi guardaba silencio, Brunetti preguntó-: ¿Puede decirme si lo conoció, dottore?

Rossi reflexionó.

–Quizá. No estoy seguro. – Brunetti ladeó la cabeza solicitando aclaración y Rossi explicó-: Yo me encargaba de las escuelas de Mestre.

–¿Desde aquí? – preguntó Brunetti.

–No, no -dijo Rossi, sonriendo para pedir indulgencia por su falta de precisión-. Entonces yo estaba en Mestre. No me trasladaron aquí hasta hace dos años.

–¿En calidad de director?

–Sí.

–¿Y entonces se mudó a Venecia?

Rossi volvió a sonreír y frunció los labios ante la persistencia de la confusión.

–No; yo siempre he vivido en la ciudad. – A Brunetti le chocaba que el hombre siguiera hablando en italiano: normalmente, en esta fase de la conversación, un veneciano ya hubiera empezado a usar el dialecto.

Quizá Rossi deseaba mantener la dignidad del cargo-. De manera que el traslado fue doblemente bienvenido, porque me evitaba tener que desplazarme a Mestre todos los días -prosiguió Rossi, interrumpiendo las reflexiones de Brunetti.

–La Perla del Adriático -comentó el comisario con ironía.

Rossi asintió con el desdén del auténtico veneciano hacia la fea advenediza de Mestre.

Brunetti advirtió que se habían desviado del tema y volvió a la pregunta original:

–Ha dicho usted que quizá lo conociera, dottore. ¿Puede ser más explícito?

–Supongo que, en realidad, debí de conocerlo -respondió Rossi y agregó, al observar la extrañeza de Brunetti-: Es decir, como conoces a las personas que trabajan en tu misma oficina o departamento. Las ves

o sabes cómo se llaman, pero no llegas a tratarlas personalmente, ni a hablar con ellas.

–¿Solía usted venir a esta oficina mientras trabajaba en Mestre?

–Sí. El hombre al que sustituí en el cargo de director estaba aquí, por lo que, mientras dirigía la oficina de Mestre, yo tenía que venir una vez a la semana para asistir a las reuniones, porque la dirección central está aquí. – Adelantándose a la pregunta de Brunetti, Rossi dijo-: No recuerdo haber conocido ni haber hablado con una persona de ese nombre. Es decir, el nombre me suena, pero no puedo asociarlo a una persona en particular. Y, cuando me trasladaron, él ya debía de haberse marchado, si dice usted que se fue hace cinco años.

–¿Ha oído hablar de él a otros empleados?

Rossi movió la cabeza en silenciosa negativa y dijo:

–No que yo recuerde. No.

–¿Alguien ha hablado de él después de la muerte de su madre? –

preguntó Brunetti.

–¿Su madre? – dijo Rossi, y entonces su cara reflejó la asociación de ideas-. ¿La mujer a la que mataron?

Brunetti asintió.

–No había establecido la relación -dijo Rossi-. Es un apellido bastante corriente. – Aquí cambió el tono de voz-. ¿Por qué preguntan ahora por él?

–Se trata, simplemente, de descartar una posibilidad, dottore.

Asegurarnos de que no hubo relación alguna entre él y la muerte de su madre.

–¿Después de cinco años? – preguntó Rossi-. Ha dicho usted que se marchó de aquí hace cinco años. – Su tono daba a entender que pensaba que el comisario podría dedicar su tiempo con más provecho a indagar en otras cosas.

Brunetti, haciendo caso omiso de la insinuación, dijo:

–Como le he dicho, dottore, se trata de descartar posibilidades más que de establecer asociaciones. Por eso preguntamos. – Hizo una pausa, para dar a Rossi la oportunidad de hacer objeciones, pero éste calló.

Brunetti observó que, cuando su interlocutor echó el cuerpo hacia atrás, no usó las manos sino sólo la fuerza de las piernas.

Brunetti se apoyó en el respaldo de la silla y, mostrando las palmas de las manos en ademán de resignación, dijo:

–A decir verdad, dottore, estamos un poco desconcertados, no tenemos ni idea de la clase de persona que era.

–Pero fue a la madre a quien mataron, ¿no? – preguntó Rossi, como el que ha asumido la responsabilidad de recordar a la policía cuál es su tarea.

–En efecto -respondió Brunetti, y volvió a sonreír-. Debe de ser simple cuestión de hábito. Siempre tratamos de reunir la mayor información posible acerca de las víctimas y de las personas de su entorno.

Como rememorando, Rossi preguntó:

–Pero, ¿no dijeron los periódicos entonces algo sobre una inmigrante, una rusa o algo así?

–Rumana -puntualizó Brunetti automáticamente. Algo le dijo que a Rossi no le gustaba que le rectificaran, y agregó-: No es que importe eso, desde luego, dottore. Habíamos pensado que quizá podríamos encontrar alguna razón por la que ella estuviera resentida con la

signora Battestini. – Y, antes de que Rossi dijera algo, explicó-: El hijo pudo haberla ofendido.

–Pero cuando ella empezó a trabajar en la casa el hijo ya había muerto, ¿no? – preguntó Rossi, como sumando esta circunstancia a las otras que demostraban la futilidad de las preguntas de Brunetti.

–Sí, cierto -dijo Brunetti, repitiendo el ademán de palmas arriba, ahora, con menos énfasis, y poniéndose en pie-. Me parece que no tengo más preguntas, dottore. Muchas gracias por su atención.

Rossi se levantó.

–Espero haberle servido de ayuda -dijo. Brunetti ensanchó la sonrisa más aún.

–Me temo que sí, dottore -dijo, y agregó a renglón seguido, al ver la sorpresa de Rossi-, ya que nos ha permitido eliminar una posibilidad.

Ahora tendremos que volver a concentrar la atención en la signora

Battestini.

Rossi acompañó a Brunetti hasta la puerta del despacho. Tuvo que agacharse un poco para asir el picaporte. Tendió la mano y Brunetti se la estrechó: dos funcionarios públicos que se saludan tras unos minutos

de fructífera colaboración. Reiterando al doctor el agradecimiento por su atención, Brunetti cerró la puerta y se dirigió hacia la escalera, mientras se preguntaba cómo podía saber el dottore Rossi que Paolo Battestini, al que decía no conocer, había muerto y que Flori Ghiorghiu había empezado a trabajar para su madre mucho después.

Eran más de las ocho cuando Brunetti llegó a su casa, pero Paola había decidido retrasar la cena, por lo menos, hasta la media, suponiendo que, si fuera a llegar mucho más tarde, él hubiera llamado.

El gesto grave de Brunetti armonizaba con el de los otros tres miembros de la familia, por lo menos, en el momento de sentarse a la mesa. Pero los chicos, después de comer dos raciones cada uno de

orecchiette con mozzarella di bufala y pomodorini, ya se habían animado lo suficiente como para lanzar vítores de júbilo cuando Paola rompió la costra de sal bajo la que había asado un branzino, revelando su exquisita carne blanca.

–¿Qué se hace con la sal, mamma? – preguntó Chiara, echando aceite de oliva en su ración de pescado.

–Se tira a la basura.

–¿Es verdad que los indios ponían espinas de pescado alrededor del maíz, para que creciera mejor? – dijo la niña, apartando una raspa hacia la orilla del plato.

–¿Los indios con turbante o los indios con plumas? – preguntó Raffi.

–Los indios con plumas, naturalmente -dijo Chiara, insensible a las connotaciones racistas de la pregunta-. Ya debes de saber que en la India no había maíz.

–Raffi -dijo Paola-, ¿bajarás la basura esta noche al zaguán, para que no nos huela a pescado toda la casa?

–Sí. He quedado con Giorgio y Luca a las nueve y media. Me la llevaré cuando me vaya.

–¿Has metido tu ropa en la lavadora? – preguntó la madre.

Raffi puso los ojos en blanco.

–¿Imaginas que trataría de marcharme si no? – Miró a su padre y, con una vibración de solidaridad masculina en la voz, dijo-: Tiene radar. – Luego, deletreó la última palabra, para que quedara clara la naturaleza del régimen bajo el que vivía.

–Gracias -dijo Paola, segura de su poder e insensible a los reproches.

Cuando Chiara se ofreció para lavar los platos, su madre le dijo que, como estaban sucios de pescado, prefería lavarlos ella misma. La niña aceptó la respuesta como un indulto más que como una señal de desconfianza de sus aptitudes para las labores domésticas y, aprovechando la ausencia de Raffi, se fue a usar el ordenador.

Brunetti se levantó de la mesa cuando su mujer estaba acabando de fregar y sacó el moka del armario.

–¿Café? – preguntó Paola. Conocía sus costumbres y sabía que él tomaba café después de cenar sólo en el restaurante.

–Sí. Estoy molido -confesó.

–¿Y no sería preferible que te acostaras temprano? – sugirió ella.

–No sé si podría dormir con este calor.

–Cuando termine con esto, salimos a la terraza un rato, hasta que te entre el sueño -propuso Paola.

–De acuerdo -accedió él, volvió a guardar el bote y abrió el armario de al lado-. ¿Qué puede uno beber cuando hace tanto calor? –

preguntó, mirando las botellas que llenaban los dos estantes.

–Agua mineral con gas.

–Muy graciosa -dijo Brunetti. Del fondo del armario, sacó una botella de galliano y repitió la pregunta con otras palabras-: ¿Qué puede uno beber, mientras contempla cómo se pone el sol por el Oeste, sentado en la terraza al lado de la persona a la que más quiere en el mundo, y comprende que la vida no puede ofrecerle mayor gozo que el de su compañía?

Ella colgó el paño del tirador del cajón de los cubiertos y le lanzó una mirada larga que terminó en una sonrisa burlona.

–Para un hombre en tu estado, lo más indicado es el agua mineral sin gas -dijo, y salió a la terraza a esperarlo.

A la mañana siguiente, Brunetti se sintió aquejado del letargo que le invadía a veces cuando un caso parecía haberse encallado. A ello se sumaba el penetrante calor que ya se había apoderado del día a la hora en que él se despertó. No le remontó la moral la taza de café que le entregó Paola ni tampoco la larga ducha con que se obsequió a sí mismo, aprovechando que sus dos hijos ya se habían ido al Alberoni y

no había que temer que aporrearan la puerta del cuarto de baño si utilizaba más agua de la que permitía su ecológica mentalidad. Dos décadas de habitual malhumor matutino daban a Paola derecho preferente a ese estado de ánimo, por lo que no había que contar con que su conversación le alegrara la mañana.

Brunetti salió de casa inmediatamente después de la ducha, un poco irritado con el universo entero. Mientras iba hacia Rialto, decidió tomar otro café en el bar de la primera esquina. Compró un periódico y entró en el local leyendo los titulares. Fue a la barra y, sin levantar los ojos del papel, pidió un café y un brioche. No prestó especial atención al sonido familiar de la cafetera, el golpe sordo y el siseo, ni al tintineo de la taza en el platillo. Pero, al levantar la mirada, vio que la mujer que le había servido el café durante más de diez años había desaparecido o se había transformado en una china que tendría la mitad de sus años.

Miró a la caja y vio allí a otro chino.

Hacía meses que venía observando esta gradual toma de los bares de la ciudad por propietarios y empleados chinos, pero ésta era la primera vez que ello ocurría en un lugar que él frecuentara.

Resistiéndose al impulso de preguntar por la signora Rosalba y su marido, echó dos terrones en la taza. Se acercó a la vitrina y vio que los brioches eran diferentes de los que había tomado durante años, recién hechos y con mirtillo; en la vitrina había un letrero que explicaba que éstos eran elaborados en Milán y congelados. Terminó el café, pagó y se fue.

Todavía era temprano para que los turistas hubieran invadido los barcos, por lo que tomó el Uno en San Silvestro y se quedó de pie en cubierta, leyendo Il Gazzettino. No le puso de mejor humor lo que leyó y, aún menos, encontrar a Scarpa al pie de la escalera, al entrar en la

questura.

Brunetti pasó por delante del teniente en silencio y empezó a subir la escalera. Entonces, a su espalda, oyó la voz de Scarpa que decía:

–Comisario, si me permite una palabra…

Brunetti se volvió y miró al hombre de uniforme:

–¿Sí, teniente?

–Hoy volveré a llamar a la signora Gismondi para interrogarla.

Como parece usted interesado por ella, he pensado que querría saberlo.

–¿«Interesado», teniente? – se limitó a preguntar Brunetti.

Como si no le hubiera oído, Scarpa agregó:

–Nadie recuerda haberla visto en la estación aquella mañana.

–Supongo que lo mismo podrá decirse de la mayoría de los restantes setenta mil habitantes de la ciudad -dijo Brunetti con hastío-. Buenos días, teniente.

Brunetti entró en su despacho pensando en la conducta de Scarpa.

Aquel obstruccionismo sistemático podía ser no más que la manifestación del odio que sentía por Brunetti y los que trabajaban con él, y la signora Gismondi, el instrumento del que se valía para atacarle.

Pero, por otra parte, Brunetti se preguntó -y no por primera vez- si Scarpa no estaría tratando de encubrir a otra persona. Esta posibilidad le producía una ligera náusea.

Para distraerse de estos pensamientos, Brunetti se puso a leer los papeles que se habían acumulado en su bandeja de Entrada durante los últimos días, entre los que destacaba un memorándum del Ministero del'lnterno en el que se especificaban los cambios que se debían introducir en los procedimientos policiales, resultantes, según rezaba el documento, de la aprobación por el Parlamento de las recientes leyes.

Brunetti leyó el memorándum con interés y lo releyó con indignación.

Al terminar la segunda lectura, dejó el papel en el centro de la mesa, miró por la ventana y dijo en voz alta con repugnancia:

–¿Por qué no dejan que sean ellos los que gobiernen el país? – Y no se refería a los diputados al Parlamento.

Se ocupó de otros papeles que esperaban su atención y consiguió resistir la tentación de bajar a tratar de interferir en lo que estuvieran haciéndole a la signora Gismondi. Sabía que no podían acusarla de nada y que ella no era más que una pieza en un juego que él no acababa de comprender, pero sabía que cualquier tentativa de ayudarla le haría un flaco servicio.

Pasó una hora estúpida, y luego otra, hasta que Vianello llamó a la puerta. Cuando el inspector entró, a Brunetti le bastó una mirada para comprender que algo iba mal.

De pie delante de la mesa de Brunetti, con un fajo de papeles en la mano, Vianello dijo:

–He tenido un descuido, comisario.

–¿Qué dice?

–Lo tenía delante y no se me ocurrió preguntar.

–¿De qué me habla, Vianello? – preguntó Brunetti, secamente-. Y

siéntese. No se quede ahí de pie.

Vianello pareció no haberle oído y levantó los papeles.

–Trabajaba en la oficina de contratos -dijo agitando los papeles, para más énfasis-. Su trabajo consistía en revisar los planos que se presentaban para las obras que debían hacerse en las escuelas y comprobar que en cada caso satisfacían las necesidades de los alumnos y los profesores. – Separó una hoja y puso las otras en la mesa-. Mire -

dijo levantando el papel-: él no tenía autoridad para aprobar los contratos pero podía hacer recomendaciones. – Puso la hoja con las demás y dio un paso atrás, como si temiera que empezaran a arder-. Yo estaba allí, hablando de él, y no se me ocurrió preguntar en qué oficina trabajaba.

–¿Quién? ¿El hijo?

–Sí. Con él empezó la cosa. El padre trabajaba en la oficina de Personal, y bien sabe Dios que nadie de allí podría buscar sobornos.

–¿Qué fechas?

Vianello tomó los papeles y los hojeó.

–Los pagos empezaron a los cuatro años de entrar él. – Miró a Brunetti-. Tiempo más que suficiente para que se familiarizara con la mecánica de las cosas.

–Si ésa era la mecánica.

–¡Por Dios, comisario! – dijo Vianello con una insólita aspereza en la voz-. Es una oficina municipal. ¿Cómo van a funcionar las cosas allí?

–¿Quién era el jefe de la oficina cuando empezaron los pagos?

Sin necesidad de consultar los papeles, Vianello respondió:

–Renato Fedi. Le nombraron jefe del departamento unos tres meses antes de que se abrieran las cuentas.

–Y entonces decidió ampliar sus horizontes -completó Brunetti.

Pero de pronto preguntó-: ¿Quién era el jefe cuando entró Battestini?

–Era Piero De Pra, que murió. Le sucedió Luca Sardelli, pero sólo estuvo dos años, hasta que lo trasladaron al departamento de Higiene.

Antes de que lo privatizaran -agregó.

–¿Alguna idea de por qué lo trasladaron?

Vianello se encogió de hombros.

–Por lo poco que he averiguado de él, parece ser uno de esos personajes grises a los que se traslada de oficina en oficina porque tienen la habilidad de hacerse amigos de todo el mundo y nadie tiene valor para despedirlos. Los tienen a mano hasta que les encuentran un sitio a propósito, y entonces se los quitan de delante.

Brunetti, resistiendo la tentación de repetir la comparación con la

questura, se contentó con preguntar:

–¿Y ahora está en el Assessorato dello Sport?

–Sí, señor.

–¿Tiene idea de lo que hace allí?

–No, señor.

–Compruébelo -dijo Brunetti. Antes de que Vianello pudiera darse por enterado de la orden, el comisario preguntó-: ¿Y Fedi?

–Siguió a Sardelli a Higiene, estuvo allí dos años y dejó la función pública para hacerse cargo de la empresa constructora de su tío, que dirige desde entonces.

–¿Qué clase de obras hacen?

–Restauración. De escuelas, entre otras cosas.

Brunetti repasó mentalmente su conversación con el Juez Galvani, tratando de recordar si de los comentarios del juez respecto a Fedi se le había escapado algún detalle, una inflexión de voz o una insinuación que le instara a investigar a aquel hombre, pero no encontró nada.

Entonces pensó que Galvani no era amigo suyo ni le debía favor alguno, por lo que quizá tampoco le hubiera hecho tal sugerencia aunque existiera una razón que aconsejara inspeccionar sus actividades. Brunetti sintió un fogonazo de exasperación: ¿por qué tenía que ser siempre así, por qué nadie estaba dispuesto a hacer nada, a no ser que le reportara un beneficio personal o que te debiera un favor? Su atención volvió a Vianello, que decía:

–… no ha parado de crecer durante los cinco últimos años.

–Perdón, Vianello, estaba pensando en otra cosa. ¿Decía usted…?

–Que la empresa del tío obtuvo un contrato para la restauración de dos escuelas en Castello, estando Fedi al frente de la oficina de Enseñanza Pública y que desde entonces no ha parado de crecer, especialmente, desde que él asumió la dirección.

–¿Cómo lo sabe?

–Hemos mirado en sus archivos y sus declaraciones de impuestos de esos años.

Brunetti, irritado, sintió la tentación de preguntar si aquella mañana Vianello y la signorina Elettra habían encontrado tiempo para personarse en las oficinas de Fedi y pedir permiso para examinar los libros y las declaraciones de impuestos y, todo ello, sin molestarse en solicitar la orden judicial correspondiente. Pero sólo dijo:

–Eso se ha de acabar, Vianello.

–Sí, señor -respondió el inspector mecánicamente, y agregó-: Tengo la teoría de que los presupuestos de las obras que se adjudicaron a la empresa del tío fueron evaluados por Battestini. En aquel entonces, él trabajaba en esa sección.

Brunetti preguntó, consciente del irremediable cinismo de la petición:

–¿Podría averiguar si los supervisó él?

Generoso en la victoria, Vianello se limitó a mover la cabeza afirmativamente.

–En las ofertas tiene que estar su firma o sus iniciales, si él era el encargado de examinarlas en nombre de la Enseñanza Pública. –

Adelantándose a la siguiente pregunta de Brunetti, dijo-: En la oferta hay una casilla en la que se indica quién la ha estudiado y comprobado que se ajusta a las exigencias de la escuela, de modo que lo único que hay que hacer es buscar la oferta de Fedi y ver quién la tramitó.

–¿Habría manera de descubrir si los precios eran…? – A Brunetti le falló la imaginación y la frase quedó sin terminar.

–Creo que lo más fácil será mirar las otras ofertas y comparar precios y plazos. Si la del tío de Fedi era más cara o más limitada, habríamos encontrado la explicación.

Por el entusiasmo con que hablaba el inspector, Brunetti comprendió que ya preveía lo que iba a encontrar. Pero Brunetti había tenido ocasión de observar durante muchos años el genio con que los italianos robaban al Estado, y dudaba de que una persona tan sagaz como Fedi hubiera dado el contrato a su tío por medios ilícitos dejando una pista fácil de seguir.

–Mire si había penalización por incumplimiento de los plazos y si se aplicó -sugirió Brunetti, mostrando sus dos décadas de experiencia en la burocracia de la ciudad.

Vianello se levantó y salió del despacho. Durante un momento, Brunetti pensó en bajar a verlos trabajar -no trató de engañarse a sí mismo pensando que tal vez pudiera ayudar-, pero enseguida comprendió que sería mejor no interferir. Ellos irían más deprisa y él se evitaría enterarse de la creciente ilegalidad de las técnicas de investigación de la signorina Elettra y Vianello.

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