Pruebas Falsas
Capitulo 15
Vianello aún no estaba en su sitio. Cuando salía de la oficina de los agentes, Brunetti se encontró cara a cara con el teniente Scarpa. Tras una pausa elocuente, durante la cual el teniente estuvo bloqueando la puerta con el cuerpo, Scarpa dio un paso atrás diciendo:
–¿Podría hablar un momento con usted, comisario?
–Cómo no.
–¿Quizá en mi despacho? – sugirió Scarpa.
–Lo siento, tengo que volver al mío -dijo Brunetti, que no estaba dispuesto a ceder la ventaja territorial.
–Creo que es importante, señor. Se trata del caso Battestini.
Brunetti compuso una expresión indefinida y preguntó:
–¿Sí? ¿Alguna novedad?
–Es la Gismondi -dijo el teniente, sin más explicaciones.
Aunque el nombre suscitó la curiosidad de Brunetti, no dijo nada.
Al fin su silencio se impuso y Scarpa prosiguió:
–He comprobado el registro de las llamadas recibidas por nosotros y he encontrado dos en las que ella la amenaza.
–¿Quién amenaza a quién, teniente? – preguntó Brunetti.
–La signora Gismondi a la signora Battestini.
–¿En una llamada a la policía, teniente? ¿No le parece un poco imprudente?
Observó el esfuerzo de Scarpa por dominarse, vio cómo el teniente apretaba las comisuras de los labios y se alzaba unos milímetros sobre la punta de los pies, pensó lo que debía de suponer ser el más débil en un encuentro con Scarpa, y no le gustó la idea.
–Si pudiera dedicar unos momentos a escuchar las cintas, comisario, comprendería lo que quiero decir.
–¿Tan urgente es? – preguntó Brunetti, sin tratar de disimular su propia irritación.
Como si observar la impaciencia de Brunetti tuviera un efecto relajante, un Scarpa más calmado dijo:
–Si prefiere no escuchar cómo la persona que reconoce que, probablemente, fue la última que vio a la víctima con vida, la amenaza, es problema suyo, señor. Pensé que el asunto merecería más atención.
–¿Dónde están? – preguntó Brunetti.
Fingiendo no haber entendido, Scarpa preguntó:
–¿Dónde están quiénes, señor?
Mientras dominaba el impulso de golpear a Scarpa, Brunetti descubrió que éste era un deseo que le acometía con mucha frecuencia.
A Patta lo consideraba un oportunista autosuficiente, un hombre capaz de casi cualquier cosa para proteger su cargo. Pero el componente de debilidad humana implícito en el «casi» hacía que los sentimientos de Brunetti hacia su superior no pasaran de mera antipatía superficial.
Pero a Scarpa lo odiaba, la repulsión que le inspiraba era la misma que le produciría la idea de entrar en una habitación oscura de la que saliera un olor raro. La mayoría de las habitaciones tenían luz, pero él temía que no existiera el medio de iluminar el interior de Scarpa, ni la certeza de que lo que hubiera allí dentro, de poder verse, suscitara algo más que miedo.
Era tan evidente que Brunetti no pensaba contestar, que Scarpa dio media vuelta hacia la escalera posterior musitando:
–En el laboratorio.
Bocchese no estaba a la vista, pero el olor a humo de cigarrillo que había en el laboratorio indicaba que no hacía mucho rato que el jefe faltaba de allí. Scarpa se dirigió hacia el fondo de la sala, donde, en una larga mesa arrimada a la pared, había una casete y, a su lado, dos cintas de noventa minutos con fechas y firmas en las etiquetas.
Scarpa tomó una, miró la anotación y la introdujo en el aparato. Se puso unos auriculares, pulsó «play», escuchó unos segundos, pulsó
«stop», hizo avanzar la cinta y volvió a escuchar. Después de tres intentos, encontró el punto, paró, rebobinó un poco y pasó los auriculares a Brunetti.
Extrañamente reacio a tocar algo que hubiera estado en contacto con la piel de Scarpa, Brunetti dijo:
–Oigámoslo.
Scarpa desconectó los auriculares de un tirón brusco y pulsó
«play».
«Aquí la signora Gismondi de Cannaregio. He llamado antes.» -
Brunetti reconoció la voz, pero no el tono, crispado de indignación.
«Sí, signora. ¿Qué desea?»
«Hace una hora y media que se lo he dicho. Esa mujer tiene el televisor tan alto que hasta usted podrá oírlo por el teléfono. Escuche.»
Las voces de dos personas que parecían discutir subieron de tono y luego bajaron. «¿Lo ha oído? Su ventana está a diez metros y lo oigo como si lo tuviera dentro de mi casa.»
«No puedo hacer nada, signora. La patrulla ha salido para atender otro servicio.»
«¿Un servicio que dura una hora y media?», preguntó ella, furiosa.
«No puedo darle esa información, signora.»
«Son las cuatro de la mañana», dijo ella con una voz que rozaba la histeria o el llanto. «Lo tiene encendido desde la una. Quiero dormir.»
«Ya se lo he dicho antes, signora. La patrulla tiene su dirección.
Irán cuando puedan.»
«Es la tercera noche que ocurre lo mismo, y aún no los he visto», dijo ella con voz más aguda.
«De eso no sé nada, signora.»
«¿Qué quiere que haga? ¿Que vaya y la mate?», gritó la signora
Gismondi.
«Como ya le he dicho, signora, la patrulla irá tan pronto como pueda», dijo la voz mecánica del impasible telefonista. Uno de los dos colgó y la cinta siguió girando con un suave siseo.
Un Scarpa no menos impasible dijo a Brunetti:
–En la siguiente, amenaza explícitamente con matarla.
–¿Qué dice?
–«Si ustedes no la hacen parar, subiré y la mataré.»
–Déjeme oírlo -dijo Brunetti. Scarpa insertó la otra cinta, la hizo avanzar hasta la mitad, buscó la llamada y se la hizo escuchar a Brunetti.
Había citado a la signora Gismondi con exactitud, y Brunetti se estremeció al oírla gritar, casi histérica de furor:
«Sí ustedes no la hacen parar, subiré y la mataré.» La circunstancia de que la llamada se hiciera a las tres y media de la mañana y que fuera la cuarta de la noche, indicaba claramente a Brunetti que era la cólera, no la intención, lo que dictaba sus palabras, aunque quizá un juez no lo viera de este modo.
–Y también están sus antecedentes de violencia -agregó Scarpa con indiferencia-. Que, sumados a estas amenazas, creo que justifican que volvamos a interrogarla acerca de sus movimientos de aquella mañana.
–¿Qué antecedentes de violencia? – preguntó Brunetti.
–Hace ocho años, cuando aún estaba casada, atacó a su marido y amenazó con matarlo.
–¿Cómo le atacó?
–El informe dice que le echó agua hirviendo.
–¿Qué más dice el informe? – preguntó Brunetti.
–Si quiere leerlo, está en mi despacho, comisario.
–¿Qué más dice, Scarpa?
La sorpresa que se reflejó en la mirada de Scarpa fue evidente, como lo fue también el instintivo paso atrás que dio para alejarse de Brunetti.
–Estaban en la cocina, discutiendo, y ella le arrojó el agua.
–¿Lo quemó?
–No mucho. El agua le cayó en los zapatos y los pantalones.
–¿Se presentaron cargos?
–No, señor; pero se hizo un informe.
Una súbita sospecha hizo preguntar a Brunetti:
–¿Quién decidió no presentar cargos?
–No creo que eso importe.
–¿Quién? – Había tanta tensión en la voz de Brunetti que la pregunta casi sonó como un ladrido.
–Ella -dijo Scarpa, tras una pausa que procuró alargar todo lo posible.
–¿Qué cargos no presentó?
Brunetti observó cómo Scarpa consideraba la posibilidad de volver a mencionar el informe, y detectó el momento en que desistió.
–Por agresión.
–¿Qué clase de agresión?
–Él le rompió la muñeca, o ella dijo que se la había roto.
Brunetti esperaba que Scarpa ampliara detalles y, en vista de que se resistía, preguntó:
–¿Con una muñeca rota, pudo echarle por encima una olla de agua hirviendo?
Como si no le hubiera oído, Scarpa dijo:
–Cualquiera que fuera la razón, es un episodio de violencia.
Brunetti dio media vuelta y salió del laboratorio. Mientras subía a su despacho, sentía que el corazón le latía con fuerza, de furia reprimida. Entendía el qué: Scarpa quería presentar las cosas de manera que pareciera que la signora Gismondi era la asesina; por zafio que fuera el procedimiento, ésa era la intención. Lo que Brunetti no entendía era el porqué. Scarpa no ganaba nada incriminando a la
signora Gismondi.
De pronto, creyó que lo comprendía, tropezó con un peldaño y tuvo que apoyarse en la pared, No era que Scarpa quisiera perjudicarla a ella personalmente sino que quería proteger a otra persona. Pero, mientras seguía subiendo, Brunetti reconoció que la idea era descabellada, y el sentido común le brindó una explicación más razonable: Scarpa no pretendía sino obstruir la investigación de Brunetti y, para ello, nada mejor que crear una pista falsa que condujera a la signora Gismondi.
Era tan indignante la idea, que Brunetti, una vez en su despacho, no podía quedarse quieto. Esperó unos minutos, para dar a Scarpa tiempo de alejarse de la escalera, y bajó al despacho de la signorina Elettra, que aún no había llegado. De haberla visto entrar en aquel momento, le hubiera preguntado a gritos de dónde venía y con qué derecho se ausentaba media jornada del miércoles, cuando tenía cosas que hacer.
Mientras volvía a su despacho, seguía apostrofándola mentalmente y rememorando viejos incidentes, descuidos y abusos que echarle en cara.
Cuando entró, se quitó la chaqueta y la arrojó a la mesa, pero le imprimió tanta fuerza que la prenda resbaló al suelo, arrastrando consigo un montón de papeles que él se había pasado la tarde anterior ordenando cronológicamente. Colérico, masculló varias frases con las que ponía en duda la virtud de la Madonna. En este momento llegó Vianello. Brunetti le oyó en la puerta, se volvió y le lanzó un hosco:
–Pase.
Vianello miró la chaqueta y los papeles, pasó en silencio por delante de Brunetti y se sentó.
El comisario contempló la espalda de Vianello, observó la insólita rigidez de su postura y se calmó en parte.
–Es Scarpa -dijo, yendo hacia su mesa. Se agachó, agarró la chaqueta y la colgó del respaldo del sillón, luego recogió los papeles, los dejó en la mesa y se sentó-. Quiere hacer que parezca que la mató la
signora Gismondi.
–¿Cómo?
–Tiene la grabación de dos llamadas que ella nos hizo para quejarse del ruido del televisor. En las dos amenaza con matarla.
–¿Cómo es la amenaza? – preguntó Vianello-. ¿De berrinche o en serio?
–¿Hay diferencia?
–¿Usted grita a sus hijos, comisario? – preguntó-. Gritar es berrinche. Pegar es serio.
–Nunca les he pegado -dijo Brunetti al instante, como si se sintiera acusado.
–Yo, sí -dijo Vianello-. Una vez. Hará unos cinco años. – Brunetti esperaba oír una explicación, pero el inspector no la dio. Sólo dijo-: Hablar de una cosa es sólo eso, hablar. – Pasando de la teoría a la práctica, Vianello preguntó-: Además, ¿cómo iba a entrar? – Brunetti observó cómo Vianello examinaba y desestimaba uno a uno todos los sistemas posibles. Finalmente, dijo-: No tiene sentido.
–¿Por qué cree que lo hace entonces? – preguntó Brunetti, curioso por saber si la interpretación de Vianello coincidía con la suya.
–¿Puedo hablar con franqueza, comisario?
–Desde luego.
El inspector se miró las rodillas, sacudió una mota invisible y dijo:
–Es porque le odia. Yo no soy lo bastante importante para merecer su odio. También me odiaría si lo fuera. Y a Elettra la teme.
El primer impulso de Brunetti fue el de cuestionar esta interpretación, pero se obligó a examinarla atentamente. Comprendió que no le satisfacía porque, según ella, Scarpa era menos malvado de lo que él lo consideraba: culpable sólo de resentimiento, no de insidia. Se acercó los papeles y se puso a ordenarlos otra vez cronológicamente.
–¿Quiere que me vaya, comisario?
–No; estoy pensando en lo que usted ha dicho. Probablemente, la explicación correcta era la más simple.
¿Cuántas veces había invocado él este principio? Sólo malicia, no alevosía. Aunque ésta le parecía ahora la causa más probable, no podía negar que le hubiera gustado que también Vianello hubiera atribuido a Scarpa motivos más sórdidos y criminales.
Finalmente, Brunetti miró al inspector y dijo:
–De acuerdo. Es posible. – Pensó un momento en las consecuencias: Scarpa sugeriría a Patta la posibilidad de que la signora Gismondi fuera culpable. Brunetti tendría que fingir que, en principio, no descartaba la idea, para impedir que Patta se alarmara y lo apartara del caso. Se invertiría tiempo en investigar la vida de la signora
Gismondi, y se haría con la suficiente torpeza como para convertirla en un testigo recalcitrante y, después de intimidarla para que modificara o retirara su declaración acerca de Flori Ghiorghiu, Patta podría reafirmarse en su convicción de que la rumana era la asesina y, una vez más, el caso podría considerarse resuelto.
– I have measured out my life with coffee spoons[5] -musitó Brunetti.
Al notar que Vianello lo miraba con extrañeza, explicó-: Es algo que
suele decir mi mujer.
–La mía dice que deberíamos investigar al hijo -dijo Vianello.
Brunetti decidió oír lo que Vianello tenía que decir acerca de Paolo Battestini antes de hablarle de su conversación con los carteros, y se limitó a preguntar:
–¿Por qué?
–Dice Nadia que le parece que ahí tiene que haber gato encerrado, que le escama la manera en que la gente se desentiende de su persona.
Le parece extraño que lo hayan conocido durante tanto tiempo, vivido cerca de él y visto crecer, y no tengan casi nada que contar.
Brunetti, que pensaba lo mismo, preguntó:
–¿Le ha dicho ella a qué cree que pueda deberse esto?
Vianello denegó con un movimiento de la cabeza.
–No; sólo que no le parece normal que nadie quiera hablar de él.
Brunetti observó la expresión de Vianello: la cara del inspector reflejaba una moderada satisfacción, que indicaba que había
averiguado algo que daba la razón a su esposa. Para concederle el placer de la revelación, Brunetti preguntó:
–¿Qué ha encontrado en las oficinas de la Enseñanza Pública?
–Lo de siempre -dijo Vianello.
–¿Qué de siempre?
–La típica burocracia municipal. He llamado por teléfono y les he dicho que quería hablar con el director acerca de la investigación de un caso criminal. Me ha parecido preferible no dar detalles. Pero me han dicho que el director estaba en Treviso, en una reunión, lo mismo que su adjunto. La persona con la que al fin he hablado sólo llevaba allí tres semanas y me ha dicho que no podía ayudarme. – Vianello hizo una mueca. Probablemente, tampoco hubiera podido aunque llevara tres años.
Brunetti, que conocía el estilo del inspector, esperaba. Vianello se sacudió otra mota invisible del pantalón y prosiguió:
–Al fin me han puesto con la jefa de Personal, y he ido a verla a su oficina. Se han modernizado, ahora tienen ordenadores y mesas nuevas.
«El departamento se llama ahora Recursos Humanos -empezó Vianello. Brunetti encontró connotaciones caníbales en el término, pero no dijo nada-. Cuando le he pedido información acerca de Paolo Battestini, me ha preguntado cuándo había trabajado él allí. Se lo he dicho y entonces me ha explicado que era difícil encontrar datos de según qué períodos porque aún están pasando archivos al ordenador. –
Al ver la expresión de Brunetti, Vianello dijo-: No; no he preguntado cuándo terminarían, porque no hubiera servido de nada, pero sí qué años eran los afectados. – Levantó la mirada, en busca de la aprobación de Brunetti y, cuando la hubo encontrado, prosiguió-: Ha buscado en el ordenador y me ha dicho que los cinco últimos años en que él estuvo allí ya estaban en el sistema, y ha impreso una copia del expediente.
–¿Qué datos contiene? – Informes de sus superiores sobre su rendimiento, fechas de vacaciones, bajas por enfermedad, cosas así.
–¿Le ha dado la copia?
–Sí; se la he entregado a la signorina Elettra al llegar. – Brunetti tomó nota de que ella había llegado por fin, mientras Vianello decía-: Hacia el final hay largos períodos de baja por enfermedad. Está
consultando los archivos de los hospitales, para ver si estuvo ingresado y por qué.
–Puedo ahorrarle el trabajo -dijo Brunetti-. Murió del sida. – Al ver el gesto de sorpresa de Vianello, le hizo un resumen de su conversación de la tarde anterior con el dottor Carlotti y pidió disculpas al inspector por no habérselo comunicado antes de que fuera a las oficinas de la Enseñanza Pública. Pero no mencionó su conversación con la postina.
–De todos modos, no estará de más confirmarlo -dijo Vianello.
Brunetti disimuló una ligera irritación por esta insinuación de que lo que él había averiguado precisara confirmación.
–¿Ha podido hablar con alguien que hubiera trabajado con él? –
preguntó.
–Sí, señor. Cuando ya tenía la copia del expediente, me he quedado por allí hasta eso de las diez, en que dos de los hombres que me ha parecido que podían haber coincidido con él, se han levantado diciendo que se iban al bar de enfrente a tomar café. Yo he doblado los papeles de modo que se viera el membrete y los he seguido.
Brunetti admiraba la facultad de este hombre, más alto y corpulento que él, para pasar inadvertido cuando se lo proponía.
–¿Y qué? – animó. – Les he dicho que era de la oficina de Mestre y me han creído. No había razón para que no me creyeran. Me habían visto en el despacho y habían visto a la mujer darme unos papeles, de modo que habrán pensado que estaba allí por motivos de trabajo.
»Mientras la mujer buscaba en los archivos del personal, mirando por encima de su hombro, yo me había fijado en los nombres de varios de los empleados que aún trabajan allí, así que, después de pedir un café, he preguntado a aquellos dos por uno de ellos, diciendo que hacía mucho tiempo que no lo veía. Después he mencionado a Battestini y he preguntado si era su madre la mujer asesinada y cómo se lo había tomado él, porque siempre habían estado muy unidos.
Vianello tenía motivos para estar orgulloso de su actuación.
–Astuto cual serpiente, Vianello -elogió Brunetti.
–Pero ahí es donde han cambiado las cosas. Ha sido muy extraño, comisario. Como si les hubiera arrojado la astuta serpiente a los pies.
Uno incluso ha dado un paso atrás, ha puesto el dinero en el mostrador y se ha marchado. El otro, después de un rato de silencio, ha dicho que
le parecía que sí, pero que Battestini ya no trabajaba allí. Ni siquiera ha dicho que hubiera muerto. Y entonces ha desaparecido. Digo al camarero que los cafés los pago yo, me vuelvo y él ya no está. No es que no estuviera a mi lado sino que no estaba ni en el bar. – El inspector meneó la cabeza al recordarlo.
–¿Tiene idea de a qué pueda deberse la desbandada? – preguntó Brunetti.
–Hace veinte años, hubiera pensado que no querían hablar de él porque era gay, pero ahora ya nadie da importancia a eso. Y del que se muere del sida la mayoría de la gente siente compasión, de manera que debe de ser por otra cosa y, probablemente, esa otra cosa tiene que ver con la oficina. Pero, sea lo que fuere, no les ha gustado que un desconocido les preguntara por él. – Y con una sonrisa agregó-: Por lo menos, ésa es mi impresión.
–Estaba suscrito a una revista que publicaba fotos de chicos -dijo Brunetti, observando el efecto de esa información en el rostro de Vianello. Y aclaró-: Adolescentes, no niños.
Después de un momento, el inspector dijo:
–No me parece que fuera esa clase de información la que tuviera la gente de la oficina.
Brunetti reconoció que tenía razón el inspector.
–Entonces, probablemente sería algo relacionado con su puesto en la Enseñanza Pública.
–Eso parece -dijo Vianello.
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