Pruebas Falsas
Capitulo 12
Brunetti se resistía a considerarse en un callejón sin salida.
Mirando a Vianello, dijo:
–En la oficina aún tiene que haber personas que los recuerden. Creo que valdría la pena que fuera a ver si aún queda alguna y qué puede sacarle.
Por su expresión, Vianello dio a entender que no confiaba en averiguar mucho, pero no hizo objeción alguna. La signorina Elettra dijo que aún tenía cosas que hacer en su despacho y se fue con el inspector.
Como a Brunetti le parecía injusto quedarse sentado a su mesa mientras ellos investigaban, abrió la carpeta en busca del número del médico de la signora Battestini. Su llamada fue transferida al telefonino
del doctor, que le dijo que podría hablar con él en su consultorio antes o después de las visitas de la tarde. Brunetti, pensando que sería preferible hablar con el médico antes de que hubiera estado dos horas atendiendo a pacientes, quedó en ir a las tres y media, preguntó las señas del consultorio y colgó. Hecho esto, marcó el número de la sobrina de la signora Battestini, pero nadie contestó.
Hoy no se celebraría en la questura la semanal reunión de personal, a causa del tiempo. Durante los meses de verano, estas reuniones, instauradas por el vicequestore años atrás, o se suspendían en el último momento, o se aplazaban y luego se suspendían, según el tiempo que hiciera. Un sol radiante hacía que la reunión se suspendiera automáticamente, para que el vicequestore tuviera tiempo de tomar un baño antes del almuerzo, además de por la tarde. En los días de lluvia había reunión, pero una repentina mejoría del tiempo podía provocar su aplazamiento, y una de las lanchas de la policía llevaba al
vicequestore al otro lado del Bacino, hacia un bien ganado esparcimiento. Así pues, la reunión de personal se había convertido en otro de los misterios de la questura, como la puerta de aquel armario que no se abría si no le dabas un puntapié en la parte de abajo.
Brunetti se veía a sí mismo y a sus colegas como una especie de augures que, antes de programar la jornada o concertar una cita, tenían el impulso de consultar al cielo. Le parecía digno de encomio que todos
ellos consiguieran acomodar su horario con tanta flexibilidad a los caprichos del vicequestore.
Brunetti llegó a casa en el momento en que la familia se sentaba a almorzar. Observó en Paola aquella cara de hambre que, generalmente, delataba que había tenido un mal día en la universidad, y vio también que los chicos, ajenos a todo lo que no fuera saciar el apetito, no parecían prestar mucha atención a la madre.
Por la forma en que estaba puesta la mesa, Brunetti dedujo que no había primer plato, pero, antes de que pudiera protestar, siquiera tímidamente, por la carencia, Paola se presentó con una gran fuente honda de la que se elevaban fragantes vapores que tranquilizaron su espíritu. Su olfato aún no le había sugerido el nombre del guiso cuando Chiara exclamó con júbilo:
– Oh, mamma, estofado de cordero.
–¿Hay polenta? – preguntó Raffi con voz vibrante de expectación.
Al ver la sonrisa que se extendió por la cara de Paola a estas señales de avidez, Brunetti pensó en cómo los trinos de los polluelos inducen a los padres a seguir una pauta de comportamiento genéticamente determinada. Paola opuso a ese instinto una resistencia puramente simbólica al decir:
–¿No la ha habido cada una de las seiscientas veces que hemos comido esto? Sí, Raffi; hay polenta. – Y Brunetti advirtió que las palabras podían denotar impaciencia pero el tono era cariñoso.
– Mamma -dijo Chiara-, si de postre hay higos, yo fregaré los platos.
–Tienes alma de mercader -dijo Paola, poniendo la fuente en la mesa y volviendo a la cocina en busca de la polenta.
En efecto, había higos y, para acompañarlos, esse, las pastas en forma de S que un amigo del padre de Paola les enviaba de Burano.
Después de aquello, Brunetti no tuvo más remedio que irse a la cama, a dormir una horita.
Cuando se despertó, sudoroso y con la boca seca, en el calor asfixiante de la habitación, notó que Paola estaba a su lado. Como sabía que ella nunca dormía la siesta, antes ya de abrir los ojos, supuso que estaría leyendo. Volvió la cabeza y vio que había acertado. Al reconocer el libro, preguntó:
–¿Sigues con el catecismo?
–Sí -dijo ella sin levantar la mirada de la página-. Leo un capítulo cada día, pero ya no se llama catecismo.
En lugar de interesarse por el nuevo título, Brunetti preguntó:
–¿Y por dónde vas?
–Por los sacramentos. Le vinieron a la memoria los nombres aprendidos de rutina en la infancia:
–Bautismo, eucaristía, confirmación, matrimonio, orden, penitencia… -su voz se apagó-. Son siete, ¿no?
–Sí.
–¿Cuál es el séptimo? Se me ha olvidado. – Como le ocurría siempre que era incapaz de recordar algo bien sabido, tuvo un momento de pánico al pensar que podía tratarse de uno de los primeros síntomas de aquello que nadie había querido advertir en su madre.
–La extremaunción -dijo Paola con una mirada de soslayo-. Quizá el más sutil de todos.
Brunetti, sin comprender a qué se refería, preguntó:
–¿Por qué «sutil»?
–Piensa, Guido. En el momento en que una persona va a morir, cuando ya sabe que no hay esperanza, llega el sacerdote.
–Sí, así es. Pero sigo sin ver qué tiene eso de sutil.
–Piénsalo bien. Antiguamente, los sacerdotes eran los únicos que sabían leer y escribir.
Como tenía calor y sed y se había despertado de mal humor, cosa que le ocurría siempre que dormía después de comer, Brunetti dijo:
–¿No exageras?
–Sí, de acuerdo. Exagero. Pero los sacerdotes sabían y la mayoría de la gente, no. Por lo menos, hasta el siglo pasado.
–No veo adónde quieres ir a parar.
–Piensa escatológicamente, Guido -exhortó ella, con lo que acabó de desconcertarlo.
–Trato de pensar escatológicamente todos los momentos del día -
dijo él, que había olvidado el significado de la palabra y ya lamentaba haber hecho aquella objeción.
–Muerte, juicio, infierno y gloria -dijo ella-. Las postrimerías del hombre. Y, en el momento en que la persona se enfrenta a la primera y sabe que no puede escapar a la segunda, se pone a pensar en las otras
dos. Y entonces entra el cura, dispuesto a hablar del fuego del infierno y de la bienaventuranza de la gloria, aunque a mí siempre me ha parecido que a la gente le preocupa más evitar el primero que gozar de esta última.
Él callaba, empezando a sospechar la conclusión.
–De manera que ahí tenemos al cura de la parroquia, que por cierto muchas veces se daba el caso de que también era el notario, y se ponía a hablar del fuego del infierno que consumía a una persona en carne y hueso, un tormento indescriptible que se prolongaría por toda la eternidad.
Él pensaba que su mujer podría haber sido actriz, por la fuerza de la convicción que su voz imprimía en cada una de sus palabras.
–Pero el buen cristiano tiene al alcance de la mano el medio para obtener el perdón y librarse de las llamas del infierno. – Aquí pasó a hablar en primera persona con su voz más almibarada-. Sí, hijo mío, no tienes más que abrir el corazón al amor de Jesús y la bolsa a las necesidades de los pobres. Tú pon tu nombre o, si no sabes escribir, tu marca, en este papel y, a cambio de tu generosidad para con la Santa Madre Iglesia, las puertas del cielo se abrirán para recibirte.
Dejó caer el libro abierto sobre el pecho y se volvió hacia su marido.
–Entonces se firmaba el testamento definitivo, por el que se dejaba esto, lo otro, o todo, a la Iglesia. – Su voz se hizo áspera-. ¿Cómo no iban a tratar de acercarse a la gente cuando estaba en las últimas o había perdido el raciocinio? ¿Qué mejor momento, para desplumarlos?
De nuevo, tomó el libro, volvió la página y terminó en tono perfectamente sereno:
–Por eso es el sacramento más sutil.
–¿Tú le dices estas cosas a Chiara? – preguntó un Brunetti consternado.
Ella se volvió otra vez.
–De ninguna manera. Cuando sea mayor, ya las comprenderá por sí misma. O no. Te agradeceré que no olvides que me comprometí a no interferir en la educación religiosa de nuestros hijos.
–¿Y si ella no comprende estas cosas? – preguntó Brunetti haciendo hincapié en las tres últimas palabras, y esperando que Paola respondiera que, en tal caso, su hija la habría defraudado.
–Entonces es probable que viva mucho más tranquila -dijo Paola, volviendo al catecismo.
El consultorio del dottor Carlotti estaba en la planta a de una casa de la calle Stella, cerca de Fondamenta Nuove. El comisario había localizado la dirección en su Calli, Canali e Campielli y la reconoció al ver a dos mujeres con niños en brazos esperando en la puerta. Brunetti sonrió a las mujeres y tocó el timbre situado a la derecha. Abrió un hombre canoso de mediana edad, el que preguntó:
–¿El comisario Brunetti?
Brunetti asintió y el hombre extendió la mano y estrechó la del comisario, al tiempo que lo atraía hacia el interior del edificio. Indicó a Brunetti la puerta de su despacho, salió a la calle e invitó a entrar a las dos mujeres, diciendo que iba a estar ocupado durante un rato, pero que, en la sala de espera, por lo menos, podrían resguardarse del calor.
Llevó su visitante al despacho tan rápidamente que el comisario apenas pudo ver algo más que las consabidas revistas de portada reluciente y unos muebles que parecían sacados de la salita de algún pariente.
El despacho era como todos los despachos de médico que había visto Brunetti: la mesa de reconocimiento con su sábana de papel, la vitrina con los paquetes de vendas y gasas, y el escritorio, lleno de papeles, carpetas y cajas de medicamentos. La única diferencia respecto a los despachos de los médicos de su infancia era el ordenador, situado a la derecha del escritorio.
El dottor Carlotti era un hombre invisible: lo miraras una vez o lo miraras cinco veces, en la memoria te quedaban sólo unos ojos castaños detrás de unas gafas de montura oscura, un pelo seco, de color indefinido, en retroceso, y una boca de tamaño regular.
Apoyado de espaldas en la mesa y con los brazos cruzados, el médico agitó una mano hacia una silla. Entonces, como si se diera cuenta de que su postura era poco hospitalaria, dio la vuelta a la mesa y se sentó en su sillón. Apartó unos papeles, desplazó un tubo de crema hacia la izquierda y entrelazó los dedos ante sí.
–¿En qué puedo serle útil, comisario? – preguntó.
–Me gustaría que me hablara de Maria Battestini -respondió Brunetti sin más preámbulos-. Usted la encontró, ¿verdad, dottore?
Carlotti miró a la mesa y luego a Brunetti.
–Sí. Iba a visitarla una vez a la semana. En vista de que el doctor no decía más, Brunetti preguntó:
–¿Le trataba alguna dolencia en particular, dottore?
–No; en absoluto. Estaba tan sana como yo, quizá más. Si exceptuamos las rodillas. – Entonces el médico sorprendió a Brunetti al decir-: Pero, probablemente, eso ya lo sabrá usted, si Rizzardi hizo la autopsia. De su estado de salud debe de saber él más que yo.
–¿Conoce usted al dottor Rizzardi?
–No se puede decir que lo conozca. Pertenecemos a las mismas asociaciones médicas y he hablado con él en cenas y reuniones. Pero conozco su reputación y por eso le supongo mejor informado que yo acerca del estado físico de la signora Battestini. – Tenía una sonrisa muy tímida para un hombre que, según calculaba Brunetti, debía de frisar los cincuenta.
–Sí; él hizo la autopsia y me dijo lo mismo que usted, que estaba extraordinariamente sana para su edad.
El médico asintió, al ver confirmada su opinión sobre la pericia de Rizzardi.
–¿Dijo él lo que la mató? – preguntó Carlotti, y Brunetti se sorprendió de que alguien que hubiera visto el cadáver pudiera hacer semejante pregunta.
–Dijo que fue el trauma causado por los golpes que recibió en la cabeza.
Otro gesto de asentimiento, otro diagnóstico confirmado.
Brunetti sacó la libreta y buscó las páginas en las que había anotado algunas de las cosas que le había dicho la signora Gismondi.
–¿Cuánto tiempo hacía que era paciente suya, dottore?
La respuesta de Carlotti fue inmediata.
–Cinco años, desde que murió su hijo. Ella aseguraba que el médico que los atendía a los dos era el responsable de la muerte de su hijo y, cuando él murió, solicitó el traslado a mi consulta. – Lo decía con un punto de pesar.
–¿Tenía alguna razón para hacer responsable a ese otro médico?
–Era absurdo. El hijo murió del sida.
Disimulando la sorpresa, Brunetti preguntó:
–¿Ella lo sabía?
–Pregunte mejor si lo creía, comisario. Ella no lo creía, pero debía de saberlo – A ninguno de los dos le pareció un contrasentido.
–¿Era gay?
–Públicamente, no. Tampoco mi colega sabía si lo era. Pero eso no quiere decir que no lo fuera. Tampoco era hemofílico, ni drogadicto, ni había recibido transfusión alguna, por lo menos, que él recordara o de la que hubiera constancia en el hospital.
–¿Usted trató de averiguarlo?
–Mi colega hizo indagaciones. La signora Battestini lo acusaba de negligencia criminal, y él trató de hallar la causa del contagio, para protegerse. También quería saber si Paolo podía haber transmitido la enfermedad a otra persona, pero ella no quiso contestar a preguntas sobre su hijo, ni siquiera a los del departamento de Sanidad. Cuando pasó a ser paciente mía, no hacía más que repetir que a su hijo lo habían asesinado «los médicos», hasta que le dije que no estaba dispuesto a escuchar tal cosa y le sugerí que se buscara otro médico.
Entonces dejó de decirlo, por lo menos, a mí.
–¿Y nunca oyó algo que le hiciera pensar que era gay?
Carlotti se encogió de hombros.
–La gente habla mucho. Con el tiempo, me he acostumbrado a no prestar mucha atención a lo que se dice. Unos pensaban que lo era, y otros, no. A mí no me interesaba, y dejaron de hablarme de él. – Miró a Brunetti- De modo que no lo sé. Mi colega cree que lo era, pero es sólo porque no parece existir otra explicación de la causa de la enfermedad.
Pero repito: yo no lo conocía y, por lo tanto, no lo sé.
Brunetti no insistió.
–Hablemos de la signora Battestini, dottore. ¿Podría darme alguna explicación de por qué alguien había de hacerle eso?
El médico echó el sillón hacia atrás y estiró las piernas, unas piernas muy largas para un hombre bastante más bajo que Brunetti. Cruzó los tobillos y se rascó la nuca con la mano izquierda.
–La verdad, no. He pensado mucho en eso desde que me ha llamado, mejor dicho, desde que la encontré muerta, pero no se me ocurre nada. Era una persona de cierto carácter… -Pero aquí Brunetti interrumpió al médico, para que no siguiera con el tópico.
–Por favor, dottore, me he pasado la vida oyendo a la gente hablar bien de los muertos o buscando eufemismos con que disfrazar la verdad. De manera que sé que significa «cierto carácter», «persona difícil» y «Mucho genio». Le agradecería tener en cuenta que esto es la investigación de un asesinato, por lo que sus palabras no pueden hacer ningún daño a la signora Battestini. Así que, por favor, olvídese de la discreción, hábleme de ella claramente y dígame por qué le parece que alguien había de querer asesinarla.
Carlotti sonrió ampliamente y lanzó una mirada a la puerta de la sala en la que se oía hablar a las dos mujeres en voz baja y nerviosa.
–Debe de ser una costumbre que tenemos todos; especialmente, los médicos. Nos da miedo que nos pillen diciendo de un paciente lo que no se debe decir, que nos pillen diciendo la verdad.
Brunetti asintió y el médico prosiguió:
–Era una vieja bruja insoportable, y nunca oí a nadie decir de ella ni una palabra amable.
–¿Por qué insoportable, dottore? – preguntó Brunetti.
El médico reflexionó, como si aún no hubiera podido averiguar por qué o de qué manera aquella mujer se le hacía insoportable. Subió la mano a la cabeza y volvió a rascar el mismo sitio. Finalmente, miró a Brunetti y dijo:
–Quizá no pueda explicarlo más que con ejemplos. Pongamos por caso, las asistentas. Siempre estaba quejándose de ellas, diciéndome, o diciéndoles a ellas, que todo lo hacían mal. O porque ponían demasiado café en la cafetera, o se dejaban las luces encendidas, o gastaban agua caliente para fregar los cacharros, en lugar de fría. Si ellas se defendían, les gritaba y les decía que se volvieran al sitio de donde habían venido.
En la sala de espera, empezó a llorar un niño, pero se calló enseguida. Carlotti prosiguió:
–Así dicho, no parece tan grave, lo comprendo, pero para ellas era terrible. Probablemente, estaban sin papeles, no podían quejarse, y lo último que deseaban era volver al lugar del que habían venido. Y ella lo sabía.
–¿Usted conoció a alguna de ellas, dottore?
–¿Conocer, cómo?
–Si hablaba con ellas sobre su país de origen o de lo que hacían antes de venir.
–No; ella no lo hubiera consentido. Probablemente, no les dejaba hablar con nadie. Si mientras yo estaba allí sonaba el teléfono, enseguida preguntaba quién era y hacía que le dieran el aparato. Si oía el telefonino de alguna de ellas, quería saber quién la llamaba, y decía que ella le pagaba para que trabajara y no para que hablara por teléfono.
–¿Y la última?
–¿Flori? – preguntó el médico.
–Sí.
–¿Creen ustedes que la mató ella? – preguntó el dottor Carlotti.
–¿Lo cree usted, dottore?
–No lo sé. Cuando encontré el cadáver, lo primero que hice fue buscar el de Flori. No creí que aquello pudiera haberlo hecho ella: la única posibilidad que se me ocurrió fue la de que ella pudiera ser otra víctima.
–¿Y ahora, dottore?
El hombre parecía realmente apenado.
–Leí los periódicos y hablé con el otro policía, y todo el mundo parece estar seguro de que fue ella. – Brunetti esperaba-. Pero sigo sin poder creerlo.
–¿Por qué? El médico tardó en decidirse. Miraba a Brunetti como si quisiera averiguar si aquel hombre, que también trataba con las debilidades humanas, comprendería.
–Hace más de veinte años que soy médico, comisario, y es parte de mi trabajo percibir lo que pueda haber dentro de cada persona. No sólo he de fijarme en las cosas físicas; he visto a bastante gente enferma como para saber que, muchas veces, si hay un mal en el cuerpo es porque también lo hay en el alma. Y yo diría que en el alma de Flori no lo había. – Desvió la mirada un momento y dijo-: Lo siento, comisario, no puedo ser más preciso ni más profesional.
–¿Y qué me dice de la signora Battestini? ¿Cree que en su alma había algún mal?
–Nada más que simple avaricia, comisario -respondió Carlotti al instante-. Ni la ignorancia ni la estupidez salen del alma. Pero la
avaricia, sí.
–Muchos ancianos han de vigilar sus gastos -adujo Brunetti, asumiendo el papel de abogado del diablo.
–Aquello no era vigilar gastos, comisario. Aquello era obsesión. –
Aquí el doctor sorprendió a Brunetti con una frase en latín-: Radix
malorum est cupiditas. No es el dinero, comisario, la raíz de todo mal.
Es el amor al dinero. Cupiditas.
–¿Tenía ella mucho dinero con que alimentar su avaricia? –
preguntó Brunetti.
–Eso lo ignoro -respondió el médico. En la sala de espera, uno de los niños empezó a gritar con el penetrante apremio del llanto sincero.
Carlotti miró el reloj- Si no tiene más preguntas, comisario, me gustaría empezar a atender a mis pacientes.
–Por supuesto -dijo Brunetti poniéndose en pie y guardando la libreta en el bolsillo-. Ha sido usted más que generoso con su tiempo.
Mientras iban hacia la puerta, Brunetti preguntó:
–¿La signora Battestini recibió alguna visita estando usted en su casa?
–Que yo recuerde, nadie iba a verla -dijo el médico. Se paró, buscando en la memoria-. Como ya le he dicho, alguna que otra vez la llamaban por teléfono, pero ella siempre decía que estaba ocupada y que volvieran a llamar.
–¿Recuerda si hablaba en veneciano con esas personas, dottore?
–La verdad, no sabría decirle -respondió Carlotti-. Es lo más probable. Casi había olvidado el italiano. A algunos les ocurre. Por lo menos, yo nunca la oía hablarlo -puntualizó. Volvió a frotarse la nuca-.
Un día, hará unos tres años, ella estaba hablando por teléfono cuando llegué. Yo tenía llave, para poder entrar si ella no oía el timbre,
¿comprende? Aquel día, el televisor estaba a tope, se oía desde la calle, yo sabía que no me oiría si llamaba, de manera que abrí directamente.
Pero entonces noté que habían bajado el volumen. Debió de sonar el teléfono mientras yo subía la escalera. Ella hablaba con alguien. – Hizo una pausa-. Supongo que la llamada la había hecho esa otra persona.
Ella siempre decía que llamar por teléfono costaba muy caro. Lo cierto es que había bajado el volumen del televisor y estaba hablando.
Brunetti, de pie al lado del médico, esperaba sin decir nada, dejándole espacio y tiempo para recordar.
–Ella decía que había estado esperando noticias de esa persona, quienquiera que fuese, pero lo decía con una voz… no sé… cruel o sarcástica, o entre lo uno y lo otro. Y entonces se despidió y dio un tratamiento a aquella persona, no recuerdo cuál. Dottore, quizá, o
professore, o algo por el estilo; pero no por usar el título hablaba con deferencia, sino todo lo contrario. – Mientras le observaba, Brunetti vio cómo el recuerdo se definía-: Sí, era dottore, y hablaba en veneciano, estoy seguro.
Viendo que el médico no decía más, Brunetti preguntó:
–¿Usted le hizo algún comentario sobre aquella conversación?
–No, no. Es más, me sentí incómodo, quizá por su tono de voz o por cierta sensación extraña que me produjo su manera de hablar, y me paré en el umbral. Al percibir el ambiente, cerré la puerta, volví a meter la llave en la cerradura y la hice girar, haciendo mucho ruido esta vez. Entonces, antes de entrar, la llamé y pregunté si estaba en la sala.
–¿Puede explicarme por qué hizo eso? – preguntó Brunetti, sorprendido de que un hombre, aparentemente tan práctico, hubiera tenido una reacción tan compleja.
El médico movió la cabeza negativamente.
–No; fue la sensación que me produjo su manera de hablar. Me pareció que había sorprendido algo… algo perverso.
El llanto del niño se había intensificado mientras hablaban. El médico abrió la puerta, asomó la cabeza y dijo:
– Signora Ciaparelli, ya puede entrar con Piero.
El médico dio un paso atrás para dejar salir a Brunetti y le estrechó la mano. Cuando el comisario llegó a la puerta de la calle, la del despacho ya se había cerrado y el niño había dejado de llorar.
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