Pruebas Falsas
Capitulo 3
De manera que todos estaban satisfechos: la policía, por haber cerrado el caso a todos los efectos, aunque sin resolverlo; la sobrina de la signora Battestini, Graziella Simionato, porque preveía nuevos ingresos, cuantiosos y muy bienvenidos, y Roberta Marieschi, porque conservaba a una Battestini entre sus clientes. Sin duda, así hubieran seguido las cosas, de no ser por el primero de los dioses lares de Venecia y de todas las ciudades: el cotilleo.
A media tarde del tercer domingo de agosto, se abrieron las persianas de las ventanas de un apartamento situado en el segundo piso de una casa adyacente al Canale della Misericordia, próxima al Palazzo del Cammello. La dueña del apartamento, Assunta Gismondi, era una diseñadora gráfica que había residido en Venecia toda su vida, si bien ahora trabajaba principalmente para un estudio de arquitectura de Milán. Después de abrir las persianas para dejar entrar un poco de aire que aliviara el calor sofocante del apartamento, la signora Gismondi, por la fuerza de la costumbre, miró a las ventanas situadas frente a su casa, al otro lado del canal y quedó sorprendida al ver cerradas las persianas del apartamento del segundo piso. Sorprendida, pero en modo alguno contrariada.
Deshizo la maleta, colgó varias prendas en el armario y metió otras en la lavadora. Repasó el correo acumulado durante las tres semanas que había estado en Londres y leyó los faxes. Como se había comunicado por correo electrónico con su amante y con la empresa que la había enviado a Londres a hacer el cursillo, no creyó necesario conectar el ordenador por si había mensajes. Lo que hizo fue agarrar el cesto de la compra y salir hacia el Billa de Strada Nuova, el único lugar en el que podría encontrar todo lo necesario para prepararse la cena.
La idea de ir a otro restaurante la horrorizaba. Prefería quedarse en casa tomando un plato de pasta con olio e peperoncino a cenar sola entre desconocidos.
Billa de Strada Nuova estaba abierto, y la signora Gismondi pudo llenar el cesto de tomates, berenjenas, ajos, lechuga y, por primera vez en tres semanas, encontrar queso y fruta decentes sin tener que desembolsar el salario de una semana por una porción minúscula. De
regreso en el apartamento, echó aceite de oliva en una sartén, picó dos dientes de ajo, luego tres, y luego cuatro, y los doró a fuego lento, aspirando el aroma con unción casi religiosa, contenta de estar en casa entre los objetos, los olores y las vistas que ella amaba.
Su amante llamó media hora después y dijo que aún estaba en Argentina, donde las cosas iban de mal en peor, que pensaba regresar dentro de una semana aproximadamente, que desde Roma tomaría un avión y pasaría, por lo menos, tres días en Venecia. No; a su mujer le diría que tenía que ir a Turín por asuntos de trabajo. De todos modos, a ella le tenía sin cuidado. Después de colgar el teléfono, Assunta se sentó a la mesa de la cocina y comió un plato de pasta con salsa de tomate y berenjena asada y, de postre, dos melocotones, y terminó media botella de Cabernet Sauvignon. Al mirar por la ventana a la casa del otro lado del canal, rezó mentalmente una oración para pedir que aquellas ventanas no volvieran a abrirse. A cambio, se comprometía a no pedir ninguna otra gracia nunca más.
A la mañana siguiente, cuando iba camino de su bar favorito a tomar un café y un brioche, entró en la tienda de periódicos.
–Buenos días, signora -la saludó el hombre desde detrás del mostrador-. Hacía tiempo que no la veía. ¿Vacaciones?
–No. He estado en Londres. Por trabajo.
–¿Lo ha pasado bien? – preguntó él, en el tono del que abriga serias dudas al respecto.
Ella tomó Il Gazzettino y leyó los grandes titulares que pregonaban una inminente crisis de gobierno, un desastre ecológico y un crimen pasional en Lombardía. Las delicias del hogar. En respuesta a la pregunta del hombre, se encogió de hombros, para dar a entender que en cualquier ciudad o país era difícil disfrutar del trabajo.
–No estuvo mal -admitió al fin-. Pero es agradable estar otra vez en casa. ¿Y qué tal por aquí? ¿Alguna novedad?
–¿No se ha enterado? – dijo el hombre con cara de satisfacción ante la perspectiva de ser el primero en dar una mala noticia.
–No. ¿Qué ha pasado?
–La Battestini, la que vive enfrente de usted. ¿No lo sabe?
Ella recordó las persianas cerradas y ahogó la esperanza que nacía en su interior.
–No. No sé nada. ¿Qué ha pasado? – Dejó el periódico en el mostrador y se inclinó hacia el hombre.
–Ha muerto. Asesinada -dijo él acariciando la palabra.
La signora Gismondi no ocultó su sorpresa:
–¡No! ¿Cómo? ¿Cuándo?
–Hace unas tres semanas. La encontró el médico, ya sabe, ese que visita a los viejos. Tenía la cabeza abierta. – El hombre hizo una pausa para ver el efecto de la noticia y, al observar que ella estaba debidamente impresionada, prosiguió-: Mi primo conoce a uno de los policías, y parece ser que quien lo hizo debía de odiarla mucho. Por lo menos, eso dice mi primo que dijo el policía. – El hombre miró a su oyente-. Ya debía de odiarla esa mujer.
–¿Qué mujer? – preguntó Gismondi, confusa por la inesperada noticia y desconcertada por el inexplicable comentario del hombre-. ¿A quién se refiere?
–Pues a la rumana. Ella la mató. – Al observar la sorpresa de su cliente, el hombre acometió el segundo y más truculento acto del drama-. Sí; quería salir del país, pero la encontraron en el tren que va a Rumania.
La signora Gismondi se había puesto pálida, lo cual acrecentó la satisfacción del hombre.
–La detuvieron en la frontera, en Villa Opicina creo que fue.
Sentada en el tren, tan tranquila, después de matar a la vieja. Pegó a un policía y trató de empujarlo debajo de un tren, pero él pudo salvarse y el tren la pilló a ella. – Al ver la consternación de la signora, puntualizó, más que nada, por respeto a sus fuentes-. En fin, es lo que ponían los periódicos y lo que he oído decir a la gente.
–¿A quién pilló el tren? ¿A Flori?
–¿Así se llamaba la rumana? – preguntó el hombre, receloso. Le hizo desconfiar que ella conociera el nombre.
–Sí -dijo la signora Gismondi-. ¿Qué le pasó?
El hombre parecía sorprendido por la pregunta. ¿Qué te pasa cuando te pilla un tren?
–Que el tren la atropelló. En la estación de Villa Opicina o como se llame. – No era un hombre inteligente y carecía de imaginación, por lo que estas palabras no le sugerían casi nada. Al decirlas, no se
representaba la imagen de unas ruedas de acero girando sobre un raíl, era incapaz de visualizar lo que había de ocurrirle a un cuerpo que quedara atrapado inexorablemente entre unas y otro.
Ella puso una mano sobre los periódicos, como buscando un punto de apoyo.
–¿Está muerta? – preguntó como si el hombre no hubiera hablado.
–Cómo no va a estar muerta -respondió él, impacientándose por la lentitud de aquella mujer para entender las cosas-. Pero también lo está esa pobre anciana. – Assunta Gismondi captó el tono de indignación que había en la voz del hombre.
–Desde luego -dijo en voz baja-. Es terrible. – Sacó dinero, lo puso en el mostrador y se fue olvidando el periódico y jurando no volver a poner los pies en aquella tienda. La pobre anciana. Pobre anciana.
La signora Gismondi volvió a su apartamento, para hacer algo que no había hecho nunca y que ni siquiera estaba segura de que pudiera hacerse: se conectó a Internet y ordenó la búsqueda del Gazzettino a partir del día siguiente a su salida para Londres. Ahora lamentaba su decisión de hacer total inmersión en el inglés durante su estancia allí: ni diarios ni noticias de Italia, ni conversación con otros italianos. Tenía la impresión de que durante aquellas tres últimas semanas no podía haber ocurrido nada. Pero Il Gazzenino pronto la sacó de su error.
Sólo leía las informaciones relacionadas con la muerte de la signora
Battestini y fue siguiendo el desarrollo de los hechos, a medida que se sucedían los días y las ediciones. Esencialmente, todo había ocurrido tal como le había dicho el hombre de los periódicos: anciana hallada muerta por su médico, criada rumana desaparecida, tren detenido en la frontera, intento de huída, muerte. Papeles falsos, identidad desconocida, familia afligida por el asesinato de la tía favorita, funeral de la víctima en la intimidad.
Assunta Gismondi apagó el ordenador y se quedó mirando la oscura pantalla. Cuando se cansó, desvió la atención a los libros que cubrían una pared de su estudio y leyó los nombres de los autores del estante de arriba: Aristóteles, Platón, Esquilo, Eurípides, Plutarco, Homero. Luego miró por la ventana, a las persianas cerradas del otro lado del canal.
Alargó el brazo hacia el lado derecho del ordenador, levantó el teléfono, marcó el 113 y dijo que deseaba hablar con un policía.
Cuando, media hora después, la signora Gismondi entró en la
questura, se reprochaba a sí misma su ingenuidad al imaginar que ellos enviarían a alguien a su casa para hablar con ella. Debió figurárselo: a una ciudadana que cumplía con su deber cívico de brindar información de gran importancia, un policía aburrido que se negó a dar su nombre dijo que ella tenía la obligación de personarse en la questura para informar. Al oír aquel tono oficialista, a ella le pesó haberse identificado y de buena gana hubiera colgado el teléfono, y que se las arreglaran para resolver el caso. Lo malo era que no tratarían de resolverlo -estaba segura-, que lo último que se les pasaría por la imaginación, suponiendo que tuvieran imaginación, sería la conveniencia de modificar sus suposiciones y molestarse en establecer otras.
Fue hacia una ventanilla situada a la derecha de la entrada, detrás de la que estaba sentado un agente uniformado.
–He llamado por teléfono hace media hora porque tenía que dar información acerca de un crimen -empezó-. Ustedes me han dicho que tenía que venir, y aquí estoy. – Como el policía la miraba con gesto impasible, agregó-: Deseo hablar con la persona que se encarga del caso del asesinato que ocurrió hace unas semanas.
Él meditó un momento, como si esto fuera Dodge City y tuviera que adivinar a qué asesinato se refería.
–¿El caso de la Battestini? – preguntó finalmente.
–Sí.
–Debe de ser el teniente Scarpa.
–¿Puedo hablar con él?
–Llamaré a ver si está -dijo el hombre alargando la mano hacia el teléfono. Se volvió de espaldas a ella y habló en voz baja, lo que hizo que la signora Gismondi se preguntara sí entre él y el teniente Scarpa no estarían tramando una estrategia para hacerle confesar su complicidad en el asesinato. Después de lo que a ella se le antojó mucho rato, el hombre salió de su cubículo y, señalando hacia el fondo del edificio, dijo-: Vaya por ese pasillo, signora, tuerza a la derecha,
segunda puerta de la izquierda. El teniente la espera. – El hombre volvió a entrar en su garita y cerró la puerta.
Ella empezó a andar por el pasillo, sorprendida de que se le permitiera moverse por la questura con tanta libertad. ¿No habían oído hablar de las Brigadas Rojas?
Al llegar a la puerta, llamó y oyó una voz que decía que entrara. Un hombre de su misma edad aproximadamente estaba sentado detrás de un escritorio metálico en un despacho apenas mayor que la garita de la entrada. Si se hubiera puesto de pie, la mujer hubiera podido comprobar que era mucho más alto que ella. Tenía el cabello oscuro y unos ojos que parecían limitar su función a ver la superficie de las cosas. El despacho contenía, además del hombre uniformado, su sillón, la mesa y dos sillas.
–¿El teniente Scarpa? – preguntó ella. Él la miró, asintió y fijó la vista en los papeles de la mesa. La mujer dio su nombre y dirección y preguntó: -¿Está encargado de la investigación del asesinato de la
signora Battestini?
–Lo estuve -dijo él volviendo a levantar la mirada. Señaló una de las sillas-: Siéntese, por favor.
Ella no tuvo que dar más que un paso para llegar a la silla. Al sentarse, notó que el sol que entraba por la pequeña ventana le daba en la cara, se levantó y fue hacia la otra silla, la hizo girar ligeramente para desviarla del sol y de la perpendicular de la mesa y volvió a sentarse.
La signora Gismondi nunca había tenido tratos con la policía, pero había estado seis años casada con un hombre vago y violento a partes iguales, por lo que no tuvo dificultad para ponerse en situación y actuar en consecuencia.
–Dice que estuvo encargado del asunto, teniente -empezó con suavidad-. ¿Es que la investigación ha sido encomendada a otra persona? – En tal caso, se preguntaba, ¿por qué la habían enviado a hablar con este hombre?
Él acabó de leer el papel que tenía delante y lo dejó a un lado antes de mirarla de nuevo y responder:
–No.
Ella se quedó esperando una explicación y, en vista de que no llegaba, insistió:
–¿El caso está cerrado, entonces? El hizo una pausa antes de repetir:
–No.
Sin dar señal alguna de impaciencia o exasperación, ella preguntó:
–¿Podría explicarme qué significa eso?
–Que, en este momento, la investigación no se prosigue activamente.
Esta frase, más larga, le permitió detectar el acento que delataba a un meridional, quizá siciliano, y ajustar el tono de su respuesta. Con fingida indiferencia, preguntó:
–¿A quién debo, pues, informar sobre este asunto?
–Si el caso estuviera siendo investigado, a mí. – Dejando que ella hiciera sus propias deducciones, el policía centró de nuevo su atención en los papeles que tenía encima de la mesa. No hubiera expresado más claramente lo poco que le interesaba lo que ella tuviera que revelarle si le hubiera dicho, sencillamente, que se fuera.
Ella dudó un momento. Todo aquello, lo que la había llevado hasta allí, tenía que acarrearle molestias y hasta, quizá, si no la creían, podía suponer un peligro real. Lo más práctico sería levantarse y marcharse, olvidarse de la cuestión y de este hombre de los ojos indiferentes.
–He leído en Il Gazzettino que fue asesinada por la rumana que vivía con ella -dijo.
–Cierto -dijo él, y agregó-: Ella la mató. – Ni las palabras ni el tono admitían réplica.
–Puede ser cierto que Il Gazzettino lo haya publicado y puede ser cierto que yo lo haya leído, pero no es cierto que la rumana la matara -
dijo ella que, ante tanta autosuficiencia, no pudo contenerse de arrojarle la verdad a la cara.
La indiferencia del teniente era inexpugnable.
–¿Tiene pruebas de lo que dice, signora? – preguntó, aunque sin insinuar siquiera que, aun en el caso de que las tuviera, pudieran interesarle.
–Yo hablé con la rumana la misma mañana del crimen.
–Lo mismo podría decir la propia signora Battestini, por desgracia -
fue la respuesta del teniente que sin duda la consideraba muy
ingeniosa.
–También la acompañé a la estación.
Esto sí le interesó. Apoyó la palma de las manos en la mesa y se inclinó hacia la mujer, como si quisiera saltar sobre ella y arrancarle una confesión.
–¿Qué? – inquirió.
–La llevé al tren de Zagreb, el que pasa por Villa Opicina. En Zagreb debía hacer transbordo al de Bucarest.
–¿De qué está hablando? ¿Dice que la ayudó? – El teniente se levantó a medias y volvió a sentarse.
Ella, sin dignarse responder a la pregunta, repitió:
–Digo que la llevé a la estación y la ayudé a sacar billete y reserva para el tren a Zagreb.
Él estuvo un rato sin hablar, mirándola fijamente, quizá pensando en lo que acababa de oír. Y entonces la sorprendió al decir:
–Usted es veneciana -como si esta circunstancia formara parte de unos cargos que empezara a reunir contra ella. Sin darle tiempo de preguntar qué quería decir, prosiguió-: ¿Es que acaba de recuperarse de un ataque de amnesia? ¿Viene a contarnos todo eso al cabo de tres semanas?
–He estado fuera del país -respondió ella, notando con sorpresa el tono de disculpa de su voz.
–¿Sin teléfono y sin periódicos? – saltó él.
–Estaba en Inglaterra, siguiendo un curso intensivo de inglés.
Decidí no hablar ni una sola palabra de italiano -explicó ella, omitiendo mencionar las conversaciones telefónicas que mantenía con su amante-.
Regresé anoche y no me he enterado hasta esta mañana.
Él cambió de tema pero su voz conservó su acento de suspicacia:
–¿Usted conocía a la rumana?
–Sí.
–¿Le dijo lo que había hecho? La signora Gismondi hizo un esfuerzo por conservar la paciencia. Era su única arma.
–Esa mujer no había hecho nada. Me la encontré por la mañana, delante del apartamento. Está frente al mío, al otro lado de la calle. La vieja estaba arriba y no la dejaba entrar.
–¿Arriba?
–En la ventana. Flori estaba en la calle, tocando el timbre, pero la vieja no quería abrir. – Assunta Gismondi levantó el índice de la mano derecha y lo movió lentamente de derecha a izquierda, imitando el ademán que había visto hacer a la Battestini.
–La ha llamado usted Flori. ¿Eran amigas?
–No. Yo la veía desde la ventana de mi apartamento. A veces, nos saludábamos con la mano o cambiábamos unas palabras. Ella casi no hablaba italiano, pero nos entendíamos.
–¿Qué le decía ella?
–Que se llamaba Flori, que tenía tres hijas y siete nietos. Que una de sus hijas estaba trabajando en Alemania, pero no sabía dónde, en qué ciudad.
–¿Y de su señora? ¿Le decía algo de ella?
–Decía que era difícil. Pero eso lo sabía todo el vecindario.
–¿La detestaba?
La signora Gismondi perdió la paciencia y replicó ásperamente:
–Todo el que la conocía la detestaba.
–¿Tanto como para asesinarla? – preguntó Scarpa ávidamente.
La signora Gismondi se alisó la falda sobre las rodillas, juntó los pies decorosamente, hizo una profunda inspiración y dijo:
–Teniente, me parece que no ha escuchado lo que le he dicho. Me la encontré una mañana en la calle. La vieja estaba en la ventana, diciendo que no con el dedo, negándose a dejarla entrar. Me llevé a la mujer, a Flori, a un café y traté de hablar con ella, pero estaba tan alterada que no podía pensar con claridad. Estuvo llorando durante casi todo el rato. Decía que la señora no la dejaba entrar y que dentro tenía su ropa y sus cosas. Sólo llevaba encima el pasaporte. Dijo que nunca iba a ningún sitio sin él.
–Era falso -declaró Scarpa.
–Me parece que eso no tiene nada que ver -respondió la signora
Gismondi-. Le hubiera servido para salir de Italia y regresar a Rumania. – La cólera le hizo añadir audazmente-: Bien le sirvió para entrar. – Al percibir su propio furor, hizo una pausa, se impuso calma, por lo menos, en la voz, y dijo-: Lo único que ella quería era regresar a su país, junto a su familia.
–Parece que se entendían ustedes muy bien, signora, a pesar de que ella no hablaba italiano.
La signora Gismondi tragó saliva y dijo:
–Ella no tuvo que decir mucho para que la entendiera: «basta»,
«vado», «treno», «famiglia», «Bucaresti», «Signora cattiva». – Enseguida le pesó haber dicho esto último.
–¿Y dice que la llevó al tren?
–No es que lo diga, teniente. Lo declaro. Es verdad. La llevé a la estación y le ayudé a sacar el billete y la reserva.
–¿Y esa mujer a la que dice usted que no la dejaban entrar en casa, andaba por ahí llevando encima, además de su pasaporte falso, dinero suficiente para comprar un billete para Bucarest? – preguntó él imitando sardónicamente la forma en que ella había pronunciado el nombre.
–El billete se lo compré yo -declaró la signora Gismondi.
–¿Qué? – hizo Scarpa, como si aquella mujer acabara de reconocer que estaba loca.
–Le compré el billete y le di dinero.
–¿Cuánto? – preguntó Scarpa.
–No sé, seiscientos o setecientos euros.
–¿Pretende hacerme creer que no sabe cuánto le dio?
–Es la verdad.
–¿Cómo puede ser verdad? Usted ve a la mujer en la calle, hace chasquear los dedos y en su mano aparecen setecientos euros, y entonces usted decide hacer una buena obra y darlos a la rumana, porque la han dejado en la calle y no tiene adónde ir?
La voz de la signora Gismondi era puro acero:
–Yo venía del banco, de cobrar un cheque que me había enviado un cliente. Llevaba el dinero en el bolso y, cuando ella me dijo que quería ir a Bucarest, le pregunté si le habían pagado. – Miró a Scarpa como pidiendo que comprendiera. No vio en él ni el menor indicio de que fuera capaz de tal cosa, pero prosiguió. Ella dijo que eso no le importaba, que sólo quería irse a su casa. – Hizo una pausa, la violentaba confesar semejante debilidad a este hombre-. Entonces le di dinero. – La expresión del teniente cambió y ella vio en su cara el desdén que le merecía su credulidad-. Llevaba varios meses allí, y la
vieja la había dejado en la calle sin pagarle lo que le debía ni permitirle que entrara a recoger sus cosas. – Ahora fue a preguntarle qué esperaba él que hiciese en semejante situación, pero lo pensó mejor-: Yo no podía consentir que, después de estar varios meses trabajando, la mujer se quedara en la calle sin un céntimo. – No dijo más.
–¿Y después? – inquirió él.
–Le pregunté qué iba a hacer y, como le he dicho, ella repetía que quería irse a su casa. Ya estaba más calmada y había dejado de llorar, así que le dije que la llevaría a la estación, para ver qué trenes había.
Ella dijo que le parecía que había un tren para Zagreb a mediodía. – A ella aquello te parecía lo más natural-. Y eso hicimos, ir a la estación.
–¿Y el billete? ¿También le pagó el billete? – preguntó él, deseoso de llegar hasta el fondo de su ingenuidad.
–Sí.
–¿Y después?
–Después me fui a mi casa. Tenía que salir para Londres.
–¿Cuándo?
Ella reflexionó.
–El vuelo era a la una y media. El taxi vino a buscarme a las doce.
–¿Hasta qué hora estuvo en la estación, signora?
–No sé. Hasta las diez o diez y media.
–¿A qué hora dice que empezó todo esto? ¿Cuándo dice que encontró a la mujer?
–No estoy segura. Quizá a las nueve y media.
–Usted iba a estar fuera tres semanas, un taxi iría a buscarla, ¿y aún tuvo tiempo de llevar a aquella mujer, a la que dice que apenas conocía, a la estación y comprarle un billete?
Ella hizo caso omiso de aquella deliberada provocación. Hubiera podido decir que siempre había aborrecido aquellas últimas horas que precedían a la marcha, en las que no hacía más que dar vueltas por la casa comprobando y volviendo a comprobar que el gas estaba cortado, que las ventanas y las persianas estaban cerradas, que el cable del teléfono estaba desconectado del ordenador, pero no quería dar explicaciones a este hombre y sólo dijo:
–Había tiempo.
–¿Tiene pruebas?
–¿Pruebas?
–De haber estado allí.
–¿Dónde?
–En Londres. Ella estuvo tentada de preguntar qué podía tener esto que ver, pero recordando a su marido y cómo se enfurecía ante cualquier oposición, sólo dijo:
–Sí.
–¿Y la dejó allí? – preguntó él olvidándose de Londres.
–Sí.
–¿Dónde?
–En la estación, al lado de las ventanillas de venta de billetes.
–¿Cuánto tardó?
–¿Cómo? ¿En comprarle el billete?
–No; en volver andando a su casa.
–Once minutos. Él alzó las cejas al oírlo y se recostó en el respaldo del sillón.
–¿Once minutos, signora? Qué exactitud. ¿Lo ha calculado bien?
–¿Calcular, qué?
–Su historia.
Antes de responder, ella aspiró dos veces.
–Teniente, lo que le digo es exacto no porque sea una historia sino porque se tarda once minutos. Hace casi cinco años que vivo en la misma casa y voy y vuelvo de la estación dos veces por semana como mínimo. – Notó la cólera que iba infiltrándose en su voz, trató de reprimirla, pero no lo consiguió-. Sí es usted capaz de hacer una simple operación aritmética, verá que son más de quinientos viajes. De modo que, si digo que se tarda once minutos, es porque se tarda once minutos.
Indiferente a su indignación, él preguntó:
–¿Entonces eso habría tardado ella?
–¿Tardado, quién?
–La rumana.
Ella fue a decir que la rumana tenía nombre, que se llamaba Flori, pero se contuvo y respondió:
–Eso es lo que tardaría cualquiera, teniente.
–¿Y qué hora era cuando usted empezó a caminar esos once minutos, signora?
–Ya se lo he dicho. Las diez y media o poco más. – Y el tren para Zagreb sale a las once y cuarenta y cinco -dijo él con la seguridad del que ha mirado el horario.
–Creo que sí.
Como si hablara a una persona que ha llegado a la edad adulta sin haber aprendido a calcular el tiempo, él dijo:
–Más de una hora, signora.
Ante lo absurdo de la insinuación, ella no pudo menos que decir:
–Eso es ridículo. Esa mujer no era la clase de persona que vuelve atrás para matar a alguien.
–¿Ha tratado usted a muchas personas de esa clase, signora?
Ella resistió la tentación de darle una bofetada, respiró rápidamente y dijo:
–Ya le he explicado lo que pasó.
–¿Y usted espera que lo crea, signora? – preguntó el teniente Scarpa con un tonillo zumbón.
Ella sabía que había obrado a impulsos de la simple decencia; por lo tanto, no, no esperaba que el teniente Scarpa la creyera.
–Me crea o no, teniente, no importa. Lo que le he contado es la verdad. – Antes de que él pudiera decir algo, agregó-: No tengo ningún motivo para mentir. En realidad, su reacción me ha hecho comprender que lo más fácil hubiera sido no decir nada. Pero yo sé que la vieja no la dejaba entrar en el apartamento. Y yo di el dinero a Flori y la llevé a la estación. – Él fue a protestar, pero ella levantó una mano y dijo-: Y es la verdad, teniente, tanto si usted lo cree como si no: ella no mató a la
signora Battestini.
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