Pruebas Falsas
Capitulo 16
Mientras bajaba la escalera con Vianello, camino del despacho de la
signorina Elettra, con el propósito de ahorrarle el trabajo de buscar en los archivos del hospital, Brunetti iba pensando en si a aquello se le podía llamar «buscar» o había que considerarlo «piratear». De pronto, descubrió que ya le tenía sin cuidado cómo obtuviera ella la información que le daba, y entonces sintió una oleada de vergüenza por aquel momento de cólera que su ausencia le había provocado. Al igual que Otelo, él tenía a su lado a un teniente que era capaz de corromper sus mejores sentimientos.
Como si hubiera sido advertida de que hoy debía interpretar a Desdémona, la signorina Elettra llevaba un vestido largo de gasa de lino blanco y el pelo suelto a la espalda. Saludó la entrada de los dos hombres con una sonrisa, pero, antes de que pudiera decir algo, Vianello preguntó:
–¿Ha habido suerte?
–No -dijo ella en tono de disculpa-. Me ha llamado el vicequestore. –
Como si esto no fuera suficiente justificación, explicó-: Quería que escribiera una carta y le preocupaba mucho el redactado. – Ella hizo una pausa, curiosa por averiguar quién era el primero en preguntar.
Fue Vianello.
–¿Está autorizada a revelar la índole de esa carta?
–Cielos, no, o la gente sabría que va a solicitar un puesto en la
Interpol.
Brunetti fue el primero en recuperarse de la sorpresa.
–Claro, claro, no podía ser otra cosa -dijo. Vianello no encontraba palabras que tradujeran sus sentimientos-. ¿Podría decirnos a quién está dirigida la carta? – preguntó Brunetti.
–Mi lealtad para con el vicequestore no me lo permite, comisario -
dijo ella con aquel acento de pía sinceridad que Brunetti solía percibir en la voz de políticos y clérigos. Entonces, señalando con el índice un papel que tenía encima de la mesa, ella preguntó inocentemente-: ¿Cree que una petición al alcalde, una carta de recomendación, debe enviarse por correo postal?
–Es más rápido el correo electrónico, signorina -sugirió Brunetti.
–Pero el vicequestore es muy tradicionalista, señor -interrumpió Vianello-. Creo que querrá firmar la carta de su puño y letra.
La signorina Elettra asintió y dijo, en respuesta a la pregunta inicial de Vianello:
–He pensado en echar una ojeada al historial médico.
–No es necesario -dijo Brunetti-. Battestini murió del sida.
–Pobre hombre -dijo ella.
–También estaba suscrito a una revista que publicaba fotos de muchachos -cortó Vianello con aspereza.
–Aun así, murió del sida, y nadie se merece eso, inspector.
Después de una pausa bastante larga, Vianello rezongó, mal de su grado:
–Quizá no -y entonces ellos recordaron que el inspector tenía dos hijos preadolescentes.
Se hizo un silencio incómodo al que Brunetti puso fin antes de que pudiera perturbar el ambiente, diciendo:
–Vianello ha hablado con la gente del vecindario y con antiguos compañeros de trabajo, y todos han reaccionado del mismo modo: nada más oír su nombre, se callan. Todo el mundo coincide en que la madre era una antipática, y el padre, « una brava persona» aficionado al vino, pero, al oír el nombre de Paolo, nadie suelta prenda. – Le dio un momento para pensarlo y preguntó -¿A qué diría usted que es debido?
Ella se sentó y pulsó una tecla del ordenador que apagó la pantalla.
Luego puso el codo en la mesa y apoyó la barbilla en la palma de la mano. Se quedó quieta, casi daba la impresión de que se había ido del despacho o, por lo menos, que sólo estaba allí su cuerpo vestido de blanco, mientras su pensamiento volaba muy lejos.
Al fin, miró a Vianello.
–El silencio podría deberse a respeto -dijo-. La madre ha sido víctima de un horrible asesinato y él murió de una enfermedad cruel.
No es de extrañar que la gente no quiera hablar mal de él, ni ahora ni nunca. – Con la otra mano, se rascó la frente distraídamente-. En cuanto a sus compañeros de trabajo, si hace cinco años que murió, probablemente ya se hayan olvidado de él.
–No; fue algo más fuerte que eso -interrumpió Vianello-. No querían hablar de él en absoluto.
–¿Hablar de él o responder a preguntas sobre él? – inquirió Brunetti.
–No estaba apuntándoles a la cabeza con una pistola -dijo un ofendido Vianello-. Se cerraron en banda.
–¿Cuánta gente trabaja allí? – preguntó Brunetti.
–¿En toda la oficina?
–Sí.
–Ni idea. Ocupa dos plantas, podrían ser unas treinta personas. En su sección no parecía haber más de cinco o seis.
–Eso puede averiguarse fácilmente, comisario -dijo la signorina
Elettra, pero Brunetti, intrigado por aquella resistencia general a hablar del hijo de la signora Battestini, decidió ir personalmente a la oficina aquella misma tarde.
Les habló de su llamada a Lalli y dijo que, tan pronto como recibiera respuesta, se lo comunicaría.
–Mientras tanto, signorina, le agradecería que viera lo que puede encontrar acerca de Luca Sardelli y Renato Fedi. Son los únicos antiguos directores de la oficina local de la Enseñanza Pública que aún viven.
–No les confesó que se lo proponía porque no se le ocurría nada más.
–¿Quiere interrogarlos, comisario? – preguntó Vianello.
Mirando a la signorina Elettra, Brunetti preguntó:
–¿No podría antes echar una ojeada? – Ella asintió y él explicó-: Estoy casi seguro de que Sardelli está en el Assessorato dello Sport y Fedi dirige una empresa constructora en Mestre. También es
eurodeputato, aunque no sé por qué partido. – Ella no conocía a ninguno de los dos hombres, tomó nota de los datos que daba el comisario y dijo que miraría de inmediato y que seguramente tendría algo después del almuerzo.
Puesto que había decidido ir a las oficinas de la Enseñanza Pública a primera hora de la tarde, Brunetti comprendió que ahorraría tiempo si no almorzaba en casa, y preguntó a Vianello si tenía algún plan para el mediodía. Tras apenas un segundo de vacilación, el inspector dijo que no y quedaron en encontrarse en la puerta al cabo de diez minutos.
Brunetti descolgó el teléfono y llamó a Paola para avisar de que no iría a casa.
–Lástima -dijo ella-, hoy están los chicos y almorzaremos… -
empezó, y se interrumpió.
–Continúa -instó él-. Soy un hombre, podré resistirlo.
–Parrillada de verduras y ternera al limón y tomillo.
Brunetti lanzó un gemido dramático.
–Y, de postre, sorbete casero de limón con crema de higos.
–¿Es verdad eso? – preguntó él con suspicacia-. ¿No será tu manera de castigarme por no ir a casa?
Ella tardó en responder.
–¿Preferirías que te dijera que pienso llevarlos a un McDonald's a tomar un Big Mac?
–Eso se llama corrupción de menores.
–Ya son mayores, Guido.
–Sigue siendo corrupción -dijo él, y colgó.
Brunetti y Vianello decidieron ir a Da Remigio, pero al llegar vieron que estaba cerrado hasta el diez de septiembre. Lo mismo ocurría en otros dos sitios, lo que no les dejaba otra opción que la de entrar en un chino o darse la caminata hasta Via Garibaldi para ver si allí encontraban algo abierto.
Por tácito acuerdo, volvieron sobre sus pasos y se dirigieron al bar de Ponte dei Greci donde, por lo menos, los tramezzini y el vino eran aceptables. Procurando no pensar en el guiso de ternera, Brunetti pidió un prosciutto e funghi, un prosciutto e pomodoro y un simple panino con
salami. Vianello, pensando sin duda que, a falta de un almuerzo en toda regla, no importaba lo que comiera, pidió lo mismo.
Vianello llevó a la mesa una botella de agua mineral y medio litro de vino blanco y se sentó frente a Brunetti. Mirando el plato de bocadillos que había en el centro de la mesa, dijo:
–Nadia había hecho pasta fresca -y tomó un tramezzino.
El inspector no volvió a hablar hasta que hubo terminado el primer bocadillo y bebido dos vasos de agua mineral. Entonces puso el vaso en la mesa, sirvió vino para los dos y dijo:
–¿Qué hacemos con Scarpa?
La omisión del tratamiento bastó para indicar a Brunetti que la conversación era totalmente extraoficial. El comisario tomó un sorbo de vino.
–Creo que lo único que podemos hacer es dejarle seguir investigando, si se le puede llamar así, a la signora Gismondi.
–Es un disparate -dijo Vianello con irritación. Él no conocía personalmente a la Gismondi, sólo había el informe del caso y oído lo que Brunetti le había contado de su conversación con ella, pero fue suficiente para convencerle de que la mujer no había intervenido en los hechos más que para ayudar a la rumana a salir del país. Entonces, consciente de la interpretación que podía darse a esta intervención, preguntó:
–¿Cree que será capaz de decir que fue la instigadora, porque le dio dinero y le compró el billete de tren?
Brunetti ya no sabía de qué podía ser capaz Scarpa. Lamentaba que una mujer como la signora Gismondi, que le había parecido una excelente persona, se hubiera convertido en rehén de Scarpa, en la guerra de guerrillas que el teniente libraba contra él, pero comprendía que cualquier intento suyo para rescatarla la expondría a peores represalias.
–Creo que no podemos hacer otra cosa que dejarle seguir adelante.
Si tratamos de impedírselo, dirá que tenemos algún motivo inconfesable para protegerla, y sabe Dios adónde nos llevaría eso. – Le era difícil prever las acciones de Scarpa porque era incapaz de comprender sus motivos. Mejor dicho, podía comprenderlos, captarlos, intelectualmente, pero era incapaz de encontrarles sentido, porque sus mentalidades eran distintas. Estaba convencido de que Paola podría interpretarlos mucho mejor, y hasta la misma signorina Elettra. Y
entonces, sin darse cuenta, pensó que por algo se decía que las gatas cazaban mejor que los gatos y parecían disfrutar más torturando a la presa antes de matarla.
De estas reflexiones lo sacó Vianello al preguntar:
–¿Usted le encuentra sentido a esto, comisario?
–¿A qué? ¿Al asesinato? ¿O a Scarpa?
–Al asesinato. A Scarpa es fácil entenderlo.
Pensando qué ojalá fuera así, Brunetti dijo:
–A esa mujer la mató alguien que la odiaba o que quería dar esa impresión. Lo que viene a ser lo mismo. – Al ver la expresión de Vianello, explicó-: Quiero decir que quien hiciera eso es capaz de esa clase de violencia, ya sea por ira o por cálculo. No vi el cadáver, pero vi las fotos. – Comprendió que de nada serviría ahora decir lo mucho que lamentaba no haber interrumpido las vacaciones cuando leyó la noticia del asesinato. Hubiera debido desconfiar de los periódicos y, más aún, de las respuestas que le dieron cuando llamó a la questura para preguntar por el caso y le dijeron que ya estaba resuelto. Los cuatro se encontraban en la costa de Irlanda: Raffi y Chiara, dedicados, la mitad del tiempo, a navegar y explorar los bajíos, y la otra mitad, a comer, mientras él y Paola releían con paciencia a Gibbon y las novelas de Palliser, respectivamente. Le había faltado el valor para proponerles regresar a Venecia.
Mientras esperaba que su superior continuara, Vianello se comió el sándwich que le quedaba y terminó el agua. Hizo una seña al hombre de la barra y levantó la botella vacía.
–Tanto su mujer como la mía dirían que son simples prejuicios machistas -dijo Brunetti-, pero estoy seguro de que eso no lo hizo una mujer. – Vianello asintió, en señal de aprobación de los simples prejuicios machistas, y Brunetti prosiguió-: Así pues, hay que encontrar un motivo por el que un hombre quisiera matarla, y tendría que ser un hombre que tuviera acceso al apartamento o a quien ella permitiera entrar. – El barman puso la botella en la mesa, y Brunetti llenó las copas antes de continuar-: Hasta ahora, lo único que hemos encontrado que no encaja es el dinero: dejó de llegar cuando la mujer murió, y la abogada no lo mencionó. Ignoramos qué sabía la sobrina, ni si sabía algo. – Se sirvió vino, pero no bebió-. Tampoco había motivo para que la Marieschi me hablara de ello, aunque estuviera al corriente
-agregó.
–¿Puede haberse quedado con él?
–Desde luego.
Vianello dijo:
–¿No es extraño que me cueste creer que una persona que tenga un perro como ése pueda ser mala? – Brunetti le había hablado de Poppi.
Bebió un sorbo de vino, miró al barman, levantó el plato de los
bocadillos, lo dejó y dijo-: Es curioso. La mayoría de las personas a las que arrestamos tienen hijos, y nunca se me ocurriría pensar que esto pudiera impedirles cometer un crimen.
En vista de que Brunetti no hacía comentario alguno a esta observación, Vianello volvió al tema principal:
–También pudo mover el dinero la sobrina.
Pensando en lo que sabía acerca de las clases profesionales, Brunetti agregó:
–O pudo hacerlo alguien del banco, una vez supo que ella había muerto.
–Desde luego.
Llegaron los bocadillos, pero Brunetti sólo pudo comer la mitad de uno y dejó el resto en el plato.
Sin necesidad de especificar que se refería a la signorina Elettra, Brunetti preguntó:
–¿Cree que podrá averiguar quién hizo las transferencias?
Vianello apuró el vino, pero no volvió a llenar la copa. Tras unos instantes de contemplación, respondió:
–Si hay algún dato en sus archivos, ella lo encontrará.
–Es terrible, ¿no cree? – preguntó Brunetti.
–Sí, si eres banquero -respondió Vianello.
Regresaron a la questura agobiados por el calor de la tarde y resentidos el uno con el otro por aquel almuerzo de bocadillos. La
signorina Elettra, con aspecto de haber pasado la hora del almuerzo en una habitación refrigerada mientras le planchaban el vestido, los saludó con una expresión insólitamente sombría cuando entraron en su despacho.
Al percibir su cambio de humor, Vianello preguntó:
–¿Las transferencias?
–No las encuentro -respondió ella, lacónica.
A la mente de Brunetti acudieron de pronto imágenes de la abogada: era alta, de complexión atlética y mano firme. Trató de imaginarla detrás de la anciana, con el brazo levantado, pero entonces se superpuso a su figura el recuerdo de las revistas de pasatiempos que miraba con Chiara: «Encuentra el error del grabado.» Había visto las manos de la avvocatessa Marieschi acariciar las orejas de Poppi. Se
llamó a sí mismo idiota sentimental y prestó atención a lo que estaba diciendo la signorina Elettra.
–…sido cualquiera de ellas -concluía, señalando la pantalla del ordenador.
–¿Qué? – preguntó Brunetti.
–La transferencia -repitió la signorina Elettra-. Pudo hacerla cualquiera de ellas.
–¿La sobrina? – preguntó Vianello.
Ella asintió.
–Lo único que necesitaba era el número de la cuenta, el poder y el código: la transferencia era automática. No tenían más que llenar el formulario y entregarlo al cajero. – Antes de que él pudiera preguntar si sería posible comprobar la firma del formulario, ella dijo-: No; el banco no nos lo daría sin una orden judicial.
Brunetti hizo entonces la pregunta obligada:
–¿Y qué me dice de los bancos de las Islas Anglonormandas?
Ella movió la cabeza negativamente.
–He probado de distintas maneras, pero nunca he conseguido nada de ellos. – Mal que le pesara, había respeto en su voz.
Brunetti sintió la tentación de preguntarle si ella tenía allí su dinero, pero se contuvo y dijo tan sólo:
–¿Se le ocurre alguna manera de localizar esa orden?
–Sin un mandamiento judicial, no, señor. – Y todos conocían las posibilidades de conseguir tal mandamiento.
–¿Ha encontrado algo sobre la sobrina? – preguntó Brunetti.
–Muy poco. Nacimiento, expediente escolar, historial médico, impuestos. Lo normal. – Brunetti advirtió que no lo decía con ironía: para ella, averiguar estos datos de una persona era tan fácil como consultar la guía telefónica.
–¿Y bien? – preguntó Brunetti.
–Pues parece tan rara como su tía -respondió la signorina Elettra.
–¿Dónde trabaja?
–Es ayudante de repostería en Romolo -dijo ella, nombrando una
pasticceria del otro lado de la ciudad, a la que Brunetti solía ir a comprar el domingo por la mañana.
Hizo volver a Brunetti de su divagación la llegada de Alvise, que venía corriendo y se agarró con una mano al marco de la puerta para frenar su carrera y no impactar en Vianello.
–Comisario -jadeó-. Acabo de recibir una llamada para usted, de una mujer.
–¿Sí? – preguntó Brunetti, alarmado por la expresión del agente, tan flemático habitualmente.
–Dice que vaya enseguida.
–¿Que vaya adónde, Alvise? – preguntó Brunetti.
El agente tardó un momento en responder.
–No lo ha dicho, comisario. Sólo que fuera ahora mismo.
–¿Por qué?
–Dice que han matado a Poppi.
OceanofPDF.com