Qualinost

Mark Anthony · Capítulo 1 de 33

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Qualinost

Prólogo

AÑO 258 D.C.

(DESPUÉS DEL CATACLISMO)

El llanto de la criatura no era el de un niño elfo.

Tía Ailea, anciana incluso a los ojos de una raza de vida tan longeva como la elfa, dirigió una mirada compasiva al bebé mientras lo envolvía en los pañales de fino lino. La luz de la lumbre se reflejaba en las paredes de cuarzo rosa de la casa de la partera, y bañaba en un fulgor dorado al sollozante recién nacido, cuyo pecho se estremecía con los hipidos. Un soplo de brisa penetró por la ventana abierta a un callejón de Qualinost, y renovó el aire cargado de sudor, sangre y tristeza.

—Cuánta pasión —susurró tía Ailea—. Incluso con tu primer aliento pones de manifiesto tu ascendencia paterna. Como para desmentir su comentario, el bebé, con los bracitos ceñidos contra el pecho, cesó en sus llantos, bostezó y se quedó dormido. Con el sueño, su carita rubicunda asumió una expresión relajada.

La partera lo cogió en brazos y se dirigió a una mecedora situada frente a la chimenea. El mueble, casi tan viejo como la propia Ailea, contrastaba con las paredes de roca viva casi tanto como un par de zapatillas desgastadas desentonaban junto a un vestido sin estrenar. La mecedora, cuya madera estaba pulida por los siglos de uso, emitió un agradable crujido

cuando Ailea se acomodó en ella. La anciana recostó al bebé en su regazo y siguió con el dedo la línea de una de las diminutas orejas.

—No tan puntiaguda como la de un elfo, pero tampoco tan redonda como la de un humano —dijo con un susurro al pequeño, que abrió los ojos y los cerró otra vez al darle en ellos la luz de la lumbre. La voz de Ailea sonaba como música, como la melodía de una flauta de madera pulida cientos de veces.

Se inclinó sobre el bebé, como si llevara a cabo un ritual, y aspiró el olor del recién nacido; éste era un momento del que nunca se cansaba.

La sangre humana que corría por las venas del recién nacido pondría pasión en su flemático corazón elfo, pensó la partera.

—Oh, sí, pequeñín —susurró con ardor, a la vez que sus pupilas relucían como ágatas—. Te hará falta esa pasión. La vida de un semielfo no es fácil en Qualinost en los tiempos que corren.

Aparte de la satisfacción que le causaba que el recién nacido fuera sano y robusto, poco más había en aquel momento que significara una alegría para la anciana. Frenó un poco el ritmo de la mecedora y echó una ojeada a la cama instalada en un nicho de la pared, lejos de la chimenea. Había apagado la lámpara que había ardido a los pies del jergón durante lo que parecieron horas interminables; en el lecho yacía una figura borrosa, con el rostro sereno tras las horas de agotadora brega.

Tía Ailea era de talla baja en comparación con la estatura media de los elfos, y sus ojos eran castaños, un color poco frecuente en Qualinesti, prueba fehaciente de que por sus venas también corría sangre humana desde hacía generaciones. Sin embargo, sus orejas eran puntiagudas, su constitución esbelta, y los dedos largos y delicados, como lo habían sido los de su madre elfa.

Vivía entre los qualinestis hacía tanto tiempo que daba la impresión de que hubiera estado siempre allí, atendiendo a los partos de sus pocos y preciados hijos. Era una imagen familiar para todos verla caminar por las calles de Qualinost entre las casas de tonos rosas construidas a semejanza de árboles, con su mochila de partera colgada al hombro; la mayoría de los habitantes de la ciudad —y sobre todo cualquier mujer que había tenido

complicaciones durante el embarazo— no tomaban en cuenta el mestizaje de la anciana. Era una experta en el saber tradicional de las hierbas, con el que había facilitado la labor de muchas parturientas, y, aunque no era maga, conocía lo bastante de este arte para mitigar los dolores previos a las contracciones finales.

Mas, a pesar de toda su experiencia y conocimientos, no había sido capaz de salvar a Elansa.

Con un gesto inconsciente, Ailea ciñó el abrazo en torno al pequeño huérfano, de tal manera que el chiquitín despertó y dio un chillido de protesta. La anciana aceleró el ritmo de la mecedora mientras acariciaba la frente del recién nacido, las mejillas, el puente de la nariz, hasta que los párpados se le cerraron y se quedó otra vez dormido.

De repente, un sonido musical llegó a sus oídos: el de unos cascabeles prendidos al arnés de uno o varios caballos. Poco después, escuchó la voz de contralto de su sirvienta en la antesala del piso inferior, seguida de pisadas en la escalera que subían a la segunda planta de la vivienda.

Recostó al pequeño contra su hombro cuando la puerta del cuarto, tallada con relieves de hojas de álamo, se abrió.

El Orador de los Soles, señor de Qualinesti, se encontraba en el umbral, con el rostro ensombrecido por la preocupación. Parte de su túnica, bordada con hilo dorado, reflejaba la luz de la lumbre; la otra mitad estaba bañada por la luz de la luna plateada, Solinari, cuyos rayos penetraban por una ventana contigua a la puerta de la habitación. Al tocar el suelo, los rayos se teñían de rojo, semejando gotas de sangre; Lunitari, la luna carmesí de Krynn, también brillaba ya en el cielo.

La mirada de tía Ailea se desplazó hacia la figura tendida en el lecho, y los ojos del Orador la siguieron.

—¿Está dormida? —preguntó en voz baja.

Otro soplo de brisa entró por la ventana, y trajo el sonido de unas risas procedentes del callejón. Tía Ailea movió la cabeza una vez en un gesto de negación, y apretó su mejilla surcada de arrugas contra el bebé dormido mientras observaba al Orador, que se acercó despacio hacia el lecho donde yacía el cadáver de la mujer. La mano le tembló cuando la alargó para tocar

a Elansa, la viuda de su hermano muerto, pero contuvo el ademán y la mano colgó fláccida junto a su costado.

Tragó saliva para deshacer el nudo de la garganta.

—Ailea, si tú has sido incapaz de salvarla con toda tu experiencia, nadie lo habría conseguido.

—Estaba demasiado debilitada, Solostaran —repuso la partera con suavidad—. Aguantó hasta que nació el niño, e incluso lo amamantó una vez, pero después se dejó morir.

El Orador de los Soles miró a la anciana. No dio muestras de haber advertido que se había dirigido a él por su nombre, y no por el título que había recibido cuando subió a la tribuna de la Torre del Sol para gobernar a los elfos de Qualinesti hacía más de cien años. Una fugaz expresión de dolor pasó por su rostro de rasgos aguileños.

—Se dejó morir... —repitió con voz queda.

Para los elfos, la vida era sagrada, y ponerle fin de manera voluntaria se consideraba una blasfemia.

—¿Y la criatura? —inquirió.

Los labios de la anciana esbozaron una peculiar sonrisa, que no era de alegría ni tampoco de pesar; evocó durante un instante la noche en que el propio Solostaran había nacido, mucho tiempo atrás. Cuán distinto era el ambiente, cuán opulentas las habitaciones, alumbradas por infinidad de antorchas. Cuán reverente el séquito que aguardaba apiñado en las sombras, junto a la inmensa estancia donde tenía lugar el parto. En nada se parecía al reducido cuarto de una partera mestiza, aunque fuera la mejor partera del reino. Elansa podría haber dado a luz en la corte, pero, en lugar de ello, prefirió hacerlo en casa de tía Ailea.

La anciana sostuvo al recién nacido de manera que el Orador lo viera.

Solostaran se arrodilló a su lado y observó a la criatura apenas un momento, antes de hundir la cabeza en el pecho.

—Así pues, nuestros temores eran fundados —comentó con frialdad.

«No — estuvo a punto de replicar Ailea—. Tus temores eran fundados.»

Mas contuvo la lengua. Kethrenan, el hermano menor del Orador, había perecido en una emboscada, a manos de unos rufianes humanos, en la

calzada que conducía a Pax Tharkas, al sur de Qualinesti. A pesar de que siglos atrás las dos razas, elfa y humana, habían sido aliadas y amigas, estas cuadrillas de salteadores eran habituales desde la destrucción que sobrevino con el Cataclismo. Uno de aquellos maleantes había violado a la esposa de Kethrenan y la había dejado tirada en la embarrada calzada dándola por muerta. Durante los últimos meses, Elansa había actuado como una autómata, más muerta que viva, con los ojos vacíos de expresión. Había comido sólo lo estrictamente necesario para alimentar la nueva vida que crecía en su vientre; la base de su dieta estaba compuesta por quith pa, el nutritivo pan elfo, y un suave vino clarete. La criatura podía haber sido engendrada tanto por su esposo, Kethrenan, como por el humano que la había forzado, y Elansa había esperado a confirmar lo que sospechaba de antemano.

—La criatura es un semihumano —dijo Solostaran, todavía de rodillas, y con la mano apoyada en el brazo de la mecedora.

También es un semielfo.

El Orador guardó silencio durante un rato, pero, entonces, Ailea vio que la máscara de orgullo tras la que se escudaba se hacía pedazos, y Solostaran sacudió la cabeza. El pequeño seguía dormido, y el Orador acarició con suavidad una de sus manitas; en un gesto reflejo, como si fueran los pétalos de una flor, los diminutos dedos se abrieron y cerraron, y se cogieron con fuerza al del Orador. Ailea vio que el hombre contenía el aliento, y que la expresión de sus ojos se tornaba bondadosa.

—¿Qué clase de vida le aguarda a un ser que es parte de dos razas y no pertenece a ninguna? —preguntó el Orador.

Pero tía Ailea no podía darle la respuesta, y sobrevino un largo silencio.

La mirada de la partera no se apartó de él. Una fugaz expresión de angustia se reflejó en los verdes ojos del Orador, mas enseguida retornó el gesto altivo.

—Es hijo de la esposa de mi hermano, y vendrá conmigo. Se lo educará como a un elfo qualinesti. —Ailea suspiró, mientras acariciaba la mejilla del pequeño y lo besaba en la frente. Luego se lo entregó al Orador sin decir una palabra—. ¿Se le ha impuesto ya nombre al pequeño? ¿Dijo algo

Elansa? —inquirió Solostaran, evitando dirigir la mirada hacia la figura inmóvil del lecho.

—Sí —musitó la partera tras una breve vacilación—. Le impuso el nombre de Tanthalas.

Ailea se alisó los pliegues de su falda de lana, sin atreverse a mirar al Orador por temor a que leyera la mentira en sus ojos. Su regalo al recién nacido sería algo que perduraría: un nombre. «Siempre fuerte» era el significado en el dialecto que la partera había aprendido siendo niña.

Solostaran se limitó a asentir con un gesto. Se encaminó a la puerta, sosteniendo al niño en sus brazos con la soltura de un padre experto; su primogénito, Porthios, era un jovencito que acababa de cumplir los cincuenta años. Ailea obligó a su viejo cuerpo, repentinamente agotado, a levantarse de la mecedora, y fue tras el hombre. Se detuvieron ante la ventana, por la que entraba el aire nocturno que traía el renovador viento de la primavera y que agitó el cabello rubio del Orador, retirándolo de su frente. Al hacerlo, dejó al descubierto una diadema de oro que lanzó destellos plateados y escarlatas al reflejar la luz de las lunas.

—Me temo que no le hago un favor al llevarlo a la corte —dijo Solostaran—. Dudo que su vida transcurra en paz allí. Pero es miembro de mi familia, y es mi obligación.

El Orador cubrió la cabeza del pequeño con la mantilla de lino para protegerlo de la humedad nocturna. La anciana y el dignatario permanecieron inmóviles ante la ventana. En ese mismo momento, un trazo plateado cruzó la bóveda celeste. Una estrella fugaz, la luz que llegaba a Krynn desde el cielo, se alejó veloz hacia el norte dejando tras de sí el ardiente rastro de su paso. El Orador no pareció reparar en el augurio, pero tía Ailea apretó los dedos en torno al amuleto que la moribunda Elansa le había entregado; para el pueblo de la partera, una estrella fugaz auguraba buenos compañeros. Esperaba que la estrella hubiera surcado el cielo por el recién nacido que reposaba contra el hombro del Orador; un semielfo necesitaría buenos amigos.

—Enviaré a alguien que se ocupe de Elansa —musitó Solostaran, con la voz ligeramente quebrada.

Después se marchó levándose al pequeño consigo. Tía Ailea se quedó junto a la ventana hasta que el repiqueteo de las campanillas y el sonido de los casos de caballos contra los adoquines de la calle se apagaron en la distancia.

Lejos, al norte, una pequeña ciudad dormía en la oscuridad de la noche.

Era una ciudad de casas de madera, la mayoría de las cuales se encumbraban a varios metros del suelo, acunadas entre las ramas de unos viejos e inmensos árboles, y comunicadas entre sí por pasarelas colgantes.

En una de las contadas casas que estaban a nivel del suelo, y la única en la que aún se veía una luz entre las rendijas de las contraventanas a medio cerrar, se hallaba sentada una figura solitaria. Tenía la estatura de un niño humano, pero su constitución era robusta y musculosa, y los ásperos mechones rizosos de una barba le caían sobre el pecho.

Sus manos daban vueltas y más vueltas a un trozo de madera. Con una pequeña navaja, rebajó unas virutas aquí y otras allá con toques precisos, a pesar de sus dedos cortos y gruesos. Muy pronto, el trozo de madera adoptaba una forma suave y delicada: la imagen de una hoja de álamo.

Su creador había visto uno de estos árboles en una ocasión, en algún punto lejano del sur, próximo a la tierra que lo vio nacer y que no hacía mucho había abandonado para salir al mundo en busca de fortuna. El álamo se alzaba, esbelto y pálido, en la cima de un paso alto que conducía, según le dijo una vez su padre, a la tierra de los elfos que se extendía más allá.

Quizá los qualinestis lo habían plantado allí para recordar su bosque natal cuando viajaban por aquella comarca. El árbol le pareció una de las cosas más bellas que había visto en su vida, con sus hojas tan verdes y brillantes como esmeraldas por una de las caras, y por la otra como si estuvieran blanqueadas por la escarcha.

Tal vez, algún día, tuviera la suerte de contemplar de nuevo otro álamo.

Mas, por el momento, habría de conformarse con la hoja de madera tallada.

Por fin, el enano se sintió cansado, se incorporó y apagó de un soplo la vela que ardía sobre la mesa. Cuando pasaba frente a la ventana camino del estrecho catre, un fulgor al sur le llamó la atención. Ardió durante unos segundos mientras surcaba el oscuro firmamento, y después desapareció.

—¡Por Reorx! ¡Nunca había visto una estrella fugaz semejante! —

musitó, a la vez que lo recorría un escalofrío, aunque la noche primaveral no era fría ni mucho menos. Después, preguntándose qué hacía parado ante la ventana como un chiquillo que jamás hubiera presenciado tal acontecimiento, sacudió la cabeza, cerró las contraventanas y se acostó para soñar con un bosque de álamos.

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