Qualinost

Mark Anthony · Capítulo 2 de 33

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Qualinost

Capítulo 1: La invitación

1

La invitación

AÑO 288 D.C

PRINCIPIOS DE PRIMAVERA,

—¡Flint Fireforge, enano y maestro artesano, convocado por el Orador de los Soles! —anunció una voz.

Flint atisbó cauteloso entre las puertas doradas que se abrían ante él, y entonces sus ojos, de un color azul acerado, se abrieron de par en par, maravillados, mientras su mirada subía, subía y subía, siguiendo las paredes de mármol blanco que se alzaban —sin que las soportaran columnas, contrafuertes ni nervaduras— casi ciento ochenta metros hasta el techo abovedado. A los ojos de Flint, aquella bóveda parecía tan lejana como el propio cielo; y, de hecho, la ilusión era completa a causa del mosaico que cubría la bóveda y que representaba la noche en un lado y el día en el otro.

Un traslúcido arco iris dividía las dos mitades. La mera contemplación de la grandiosidad de la Torre le producía vértigo. Flint estaba boquiabierto, y los ojos le lagrimearon de tener tanto tiempo la mirada fija en el diseño del mosaico; por último, la educada tosecilla del lacayo que había anunciado su entrada lo sacó de su aturdimiento.

«No te comportes como un palurdo, Fireforge — se recriminó para sus adentros—. Cualquiera creería que nunca has salido de Casa colina.»

Su aldea natal se encontraba al sur de las tierras elfas, a bastante distancia. Adoptó una postura erguida, se alisó la túnica de color verde mar y avanzó hacia el centro de la sala. Una docena de cortesanos, vestidos con túnicas que les llegaban a las rodillas, de colores verdes, marrones y bermejos, y que sujetaban con cinturones de plata, se volvieron para mirarlo mientras caminaba; sus botas con la suela reforzada con hierro, tan prácticas para la batalla, levantaban un gran estruendo en los suelos de mármol.

Por el contrario, el calzado de su escolta, de suave fieltro almohadillado, hacía que sus pasos sonaran como un leve susurro. Flint intentó caminar de puntillas, algo difícil de lograr con las pesadas botas. Aunque fugaz, captó el esbozo de sonrisa de su acompañante, cuyos almendrados ojos de color castaño, no obstante, mostraban una expresión afable. Algunos cortesanos sonreían, pero la mayor parte de los rostros elfos permanecieron tan impasibles como si estuvieran tallados en un pedazo de hielo del polo sur.

Los elfos occidentales, o qualinestis, eran descendientes de los elfos silvanestis, cuyo reino se encontraba a muchas semanas de viaje en dirección este. Unos dos mil quinientos años atrás, hubo una escisión en los elfos orientales, y el nuevo grupo, conducido por Kith-Kanan, viajó hasta el refugio de unos bosques situados en la frontera de Thorbardin, el reino de los enanos. Los qualinestis colaboraron con los enanos de Thorbardin en la construcción de la Torre del Sol. También cooperaron en la realización de Pax Tharkas, una enorme fortaleza emplazada entre los dos reinos; durante más de mil quinientos años, compartieron el gobierno de la fortaleza, hasta que los elfos se aislaron en Qualinost a raíz del Cataclismo, tres siglos atrás, en la época del abuelo de Flint.

Desde entonces, nadie que no fuera elfo había estado en la capital de Qualinesti. Un murmullo hizo que Flint retornara al momento presente.

—Un entorno demasiado grandioso para un enano. La frase que sobresaltó a Flint la había articulado un elfo alto que se encontraba a la izquierda del enano. La túnica de color gris plateado armonizaba con su cabello blanco y su rostro frío; los labios se fruncían en una mueca desdeñosa.

Flint se detuvo, reflexionó un instante y se volvió hacia el elfo, cuyo rostro reflejaba la arrogancia de la que en ocasiones hacen gala quienes creen que una vida longeva les da derecho a exponer sus ideas sin parar mientes en las consecuencias.

—¿Nos conocemos, señor? —inquirió en voz baja—. Si no es así, creo que habéis formado una opinión sin datos en los que basaros.

La mano del enano fue hacia el hacha colgada del cinto. Los ojos grises se quedaron prendidos en los marrones un instante, enfrentados en una pugna de voluntades; entonces, elfo y enano repararon en los boquiabiertos cortesanos que los rodeaban. El elfo giró sobre sus talones en silencio, y abandonó la Torre.

—¿Quién era ése? —preguntó Flint a su escolta, en un susurro audible a cuantos lo rodeaban.

—Lord Xenoth, consejero del Orador de los Soles desde antes que tú o yo hubiéramos nacido —respondió el lacayo con un murmullo discreto—.

Algunos afirman que ya estaba aquí cuando Kith-Kanan y sus aliados enanos construyeron la Torre.

Su acompañante poseía una pasmosa habilidad para hablar sin apenas despegar los labios, pensó Flint, si bien el elfo parecía realizar un gran esfuerzo para disimular alguna emoción, ya que los labios le temblaban de una manera incontrolable.

Flint era el primer enano que contemplaba la cámara central desde que se había construido la Torre en un remoto pasado, hacía dos mil quinientos años. «No está mal — pensó —. Mi madre se sentiría orgullosa de mí.»

Unas cuantas semanas atrás, se encontraba en Solace, tomando una cerveza en la posada El Último Hogar; y ahora, estaba aquí, en el mítico reino elfo. Volvió la cabeza hacia su acompañante a fin de preguntarle si los elfos bebían cerveza, pero el lacayo miraba hacia otro lado.

El enano era consciente de que su presencia resultaba chocante, fuera de lugar, en la estilizada Torre y entre los esbeltos elfos. Su talla apenas alcanzaba la mitad de la de sus anfitriones. Su tronco era redondo como un barril, y sus brazos, desarrollados por el trabajo de la forja, eran el doble de gruesos que los del elfo más fuerte entre los presentes.

Además de la túnica verde mar, vestía unas polainas de un tono marrón rojizo, semejante a hierro oxidado, sujetas con un ancho cinturón de cuero; para completar el conjunto, se cubría con una capa de viaje llena de manchas. Llevaba sujeta la barba con el cinturón, y se había atado la negra y espesa mata de pelo con una tira de cuero, a fin de ofrecer un aspecto más presentable. Por desgracia, Flint no tenía idea de cuál era la indumentaria más adecuada para presentarse ante el gobernador de un reino elfo, y, a pesar de que había puesto todo su empeño en ello, tenía la humillante sensación de no haber estado muy acertado en su elección. En cualquier caso, en su vestuario no había gran variedad de túnicas de hilos de oro.

Habría de conformarse con su indumentaria de viaje.

Estos elfos eran unos tipos muy extravagantes, pensó para sus adentros mientras caminaba, sin pasarle inadvertido que los murmullos lo precedían y se alzaban a sus espaldas, pero se interrumpían a su paso. Eran todo espiritualidad y nada corpóreo, esbeltos y relucientes como retoños de álamos, e igual de hermosos, envueltos en un halo dorado; o, al menos, así se lo parecía al enano. Quizá no era más que un efecto visual causado por la luz. Mucho tiempo atrás, cuando se construyó la Torre, los artesanos enanos habían colocado miles de espejos de manera que la luz del sol se reflejara en todo momento en el interior de la Torre, fuera cual fuera la posición del astro.

Los elfos, cuyos murmullos habían cesado, observaron al barbudo enano con cortés curiosidad, y, por fin, tras lo que a Flint le pareció un siglo, se encontró ante la tribuna que se alzaba en el centro de la sala.

—Bienvenido, maestro Fireforge —saludó el elfo que se encontraba allí. En su voz había un tono afectuoso. El Orador de los Soles era alto, incluso entre los suyos, y el encontrarse sobre la tribuna lo ponía más de manifiesto. Flint se sintió físicamente abrumado. El Orador, descendiente del héroe Kith-Kanan, lo había dejado impresionado.

El Orador sonrió, y su gesto logró que Flint dominara en parte el nerviosismo que le atenazaba la boca del estómago. La sonrisa de Solostaran era sincera y se reflejaba en sus ojos inteligentes, de un color verde tan profundo como un bosque. Flint suspiró, sintiéndose más

tranquilo. Ahora ya no parecían tan importantes las frías miradas de los cortesanos.

—Confío en que tu viaje haya sido tranquilo y sin contratiempos —

añadió el Orador.

—¡Tranquilo! ¡Por Reorx! —exclamó el enano, con un deje de afable reconvención.

Se encontraba sentado en su silla favorita en la posada El Último Hogar cuando fue abordado por un par de guardias elfos que le habían transmitido la invitación de su señor y, de un modo perentorio, le habían pedido que los acompañara a la misteriosa capital elfa, la legendaria ciudad que muy pocos miembros de otras razas habían contemplado en los últimos siglos. Habían viajado por terrenos agrestes, bordeado precipicios, subido escaleras ocultas tras cataratas y recorrido húmedos túneles.

Decir que la ciudad estaba bien protegida, era quedarse corto. Los picos al sur de Qualinost se encumbraban intimidantes tanto por su altitud como por lo escarpado de sus laderas, de manera que cualquier posible enemigo lo pensaría dos veces antes de iniciar una invasión. Los cursos de dos ríos convergentes que discurrían por profundas torrenteras de más de ciento cincuenta metros de ancho, protegían Qualinost por el oeste, el norte y el este. Dos puentes estrechos, fáciles de derribar en caso de que el enemigo se las ingeniara para abrirse camino entre la densa floresta y el propio bosque donde se ubicaba la ciudad, eran las únicas vías de comunicación sobre las torrenteras. El enano reparó en que el Orador aguardaba una respuesta.

—Oh... Yo... Eh... Sí, gracias, señor..., majestad —balbuceó mientras se esforzaba por recordar qué pregunta le había hecho Solostaran. Sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas al ver que los cortesanos se ponían tensos y fruncían el entrecejo. El elfo que lo había escoltado hizo una reverencia y se alejó con pasos silenciosos. Flint tuvo la desoladora impresión de verse despojado de toda ayuda.

—¿Encuentras de tu agrado nuestra amada ciudad? —preguntó el Orador con cortesía.

Flint, que se sentía mucho más a gusto en su forja que entre lo que su madre habría llamado «compañía refinada», se encontró de nuevo sin saber

qué responder. ¿Cómo expresar lo que había sentido al ver por primera vez la que sin duda era la ciudad más bella de Krynn? Los qualinestis imitaban la hermosura de su reino forestal construyendo sus hogares a imagen y semejanza de los álamos y robles de los bosques del entorno. Sin recurrir al ángulo de noventa grados que denotaba la mente humana, analítica en exceso, los elfos creaban viviendas tan variadas como la propia naturaleza.

Casas y pequeños comercios cónicos, con forma de árboles, jalonaban las calles pavimentadas con mosaicos azules. Sin embargo, los edificios no eran de madera, sino de cuarzo rosa. Cuando la vio bajo la luz de la tarde, la ciudad relucía al reflejarse los rayos del sol en el cuarzo facetado. Perales, melocotoneros y manzanos en flor crecían en profusión. Incluso en el interior de la Torre del Sol se olía el aroma penetrante de los brotes florecidos.

—La ciudad es maravillosa, majestad —repuso por fin el enano.

El corazón le dio un vuelco cuando varios cortesanos dieron un respingo. ¿Qué había dicho? El Orador descendió de la tribuna y se agachó sobre el enano; Flint se mantuvo firme, aunque temblaba por dentro.

—Llámame Orador —dijo Solostaran con voz queda, a fin de que no lo oyeran los elfos que los rodeaban.

Flint asintió en silencio, y Solostaran se irguió otra vez. Sin embargo, un par de orejas agudas habían escuchado las palabras del Orador. Una risita, contenida de inmediato, hizo que el enano mirara a espaldas de Solostaran, cuyo semblante asumió una expresión de enfado. Tres jóvenes elfos... —mejor dicho, dos jóvenes elfos, pues el tercero, un zagal de cabello rojizo y actitud circunspecta, era un semielfo, reparó Flint—

formaban un grupo apiñado en la parte posterior de la tribuna. El Orador señaló con un ademán a los dos elfos.

—Mis hijos, Gilthanas y Lauralanthalasa. Ella necesita una lección de decoro y comportamiento en la corte.

La chiquilla soltó otra risita.

El muchacho era una versión juvenil de su elegante y esbelto padre. Y

la niña... Flint jamás había visto a una criatura igual. Decir que era encantadora sería como decir que el sol es una vela, sentenció Flint, aunque

no era poeta. Era flexible como un sauce, con los ojos del color de brotes de hojas, y el cabello tan dorado como el sol del amanecer. El Orador la miró con los ojos entrecerrados y el entrecejo fruncido, y la radiante chiquilla hizo un mohín. Ella era la única de todos los presentes que no superaba a Flint en estatura; su aspecto era el de una niña humana de cinco o seis años, pero Flint casi estaba seguro de que superaba los diez.

—¿Y éste? —preguntó Flint, señalando con un gesto de la cabeza al semielfo, quien enrojeció y apartó la vista.

El enano tuvo la impresión de que su pregunta había hecho que el muchacho se sintiera muy incómodo al llamar la atención sobre él. Era mayor que los otros dos, y al enano no le parecía que existiera entre ellos una relación de parentesco. En su constitución había cierta robustez, mientras que los otros poseían la flexibilidad de una fusta; sus ojos eran menos almendrados, y sus rasgos más firmes y marcados. Todo ello le hacía parecer a los ojos de Flint más semejante a cualquier muchacho de Solace que a un elfo.

—Es mi protegido, Tanthalas, o Tanis —respondió el Orador con suavidad.

De nuevo, Flint se encontró sin saber qué decir. Era evidente la incomodidad del chico al saber que la atención estaba puesta en él. En ese momento, el consejero, a quien el acompañante de Flint había identificado como lord Xenoth, salió de una antesala que había en la parte posterior de la tribuna y se situó delante del joven semielfo. Tanis se apartó a un lado. El resentimiento irradió del cuerpo del muchacho como el calor difundido por una hoguera de campamento, pero Flint no supo descifrar hacia quién iba dirigido tal sentimiento.

El Orador señaló con un ademán a otro elfo, que se encontraba a la derecha, bajo una de las balaustradas de mármol esculpido. El joven tenía el cabello rubio, y sus rasgos eran simétricos; podría considerárselo atractivo a no ser por los ojos, que estaban un poco juntos y algo hundidos bajo el puente de la nariz, pensó Flint, quien también conjeturó que el semblante del joven exhibiría aquel la expresión ceñuda incluso cuando se sintiera

feliz. Estaba reunido con un grupo de otros tres elfos igualmente altivos, dos hombres y una mujer.

—Mi hijo mayor, Porthios —presentó Solostaran con orgullo. El joven elfo hizo una ligera inclinación de cabeza.

«Vaya, vaya — pensó Flint—. Aquí tenemos a un tipo al que le sobra arrogancia; y, probablemente, al que no le hace ninguna gracia tener en su preciosa Torre a alguien que no sea elfo al ciento por ciento, o incluso que no pertenezca a un alto linaje, como en los viejos tiempos de la Guerra de Kinslayer.»

De nuevo, el Orador parecía aguardar algún comentario. Flint decidió que el mejor modo de actuar era mostrarse sincero.

—Me temo que no estoy muy versado en linajes de familias nobles, y menos aún en las de los elfos. Sin embargo, espero remediarlo pronto —

dijo, mientras soltaba la tensión de los hombros.

—¿Por qué aceptaste mi invitación? —preguntó Solostaran. Su mirada era tan penetrante que, por un momento, Flint tuvo la impresión de que no había nadie más en la sala, y captó la autoridad ejercida por cada Orador desde los tiempos de Kith-Kanan. No era aconsejable enfrentarse a alguien así.

—En las últimas semanas, he tenido tiempo de hacerme esa misma pregunta —repuso—. Debo admitir que la razón principal ha sido la curiosidad.

Lord Xenoth frunció los labios y se apartó otra vez, de manera que su larga túnica plateada susurró al rozar el mármol de la tribuna.

—La curiosidad mató al kender —susurró el viejo consejero, como si fuera el apuntador de una representación, a los dos niños que el Orador había llamado Gilthanas y Lauralanthalasa.

Gilthanas soltó una risita. La niña miró de soslayo al viejo elfo, y luego apartó la vista con premeditado desdén mientras daba un paso para situarse junto al semielfo, Tanis. Éste permaneció inmóvil, como si no advirtiera la proximidad de la preciosa chiquilla.

Solostaran dirigió una mirada a Xenoth que hizo palidecer al viejo consejero, lo que, a su vez, arrancó una sonrisa tirante al semielfo. Sin

embargo, cuando el Orador se volvió hacia Flint, sus ojos habían asumido de nuevo una expresión amable.

—Curiosidad —repitió, como dando pie al enano para proseguir.

—Como ocurre con la mayoría, no había visto Qualinesti —explicó Flint—. Es un hecho conocido por todos que los bosques de Qualinesti son impenetrables para la gente corriente. Que se pusiera a mi disposición una escolta, y por orden del Orador de los Soles en persona, significa un gran honor poco común. —«No ha estado mal del todo el discurso», se dijo el enano, que, animado por el suave cabeceo del Orador, prosiguió—. La artesanía de los qualinestis es famosa en todo Ansalon. Vuestros productos son muy apreciados en Haven, Thorbardin, Solace y otras ciudades de la región. A fuerza de ser sincero, esperaba aprender algo de vuestra técnica para mejorar mis conocimientos en el arte de trabajar metales.

Y, además, añadió para sus adentros el enano, los enviados del Orador los habían invitado a él y, a sus amigos a tantas rondas de cerveza en la posada El Último Hogar, que al final de la velada al enano le daba vueltas la cabeza. Se había despertado a la mañana siguiente frente a una mula en la que iban cargados sus pertrechos de viaje, y lo habían echado a lomos del animal, con la cabeza colgando por un lado y los pies por el otro, como si fuera otro bulto más del equipaje.

—¿Lo dices en serio, maestro Fireforge? —preguntó con voz tranquila el Orador. Flint parpadeó.

—Eh... No sé bien a qué os referís —logró balbucir.

—Dijiste que no sabías mucho de los elfos, y que te gustaría poner remedio a esa ignorancia. ¿Es cierto?

Flint miró a su alrededor, a la airosa Torre, a los rubios elfos y a la regia figura del Orador, resplandeciente en sus vestiduras verdes pespunteadas con hilos de oro. El aroma de los brotes en flor se había hecho un tanto pesado, pero incluso eso guardaba un toque de originalidad. Por extraño que parezca, en especial habida cuenta de que era un Enano de las Colinas, más acostumbrado a los campos de batalla y a las tabernas que a majestuosas torres revestidas con pan de oro, Flint se encontró con que la única respuesta que podía dar era un «sí».

—He de confesar que, en los últimos tiempos, nuestros conocimientos sobre los enanos también son muy limitados —dijo el Orador—. Nuestros pueblos fueron amigos y aliados en el pasado. Juntos construyeron la gran fortaleza de Pax Tharkas y esta ciudad. No propongo que nosotros llevemos a cabo una tarea tan grandiosa, maestro Fireforge. Me daría por satisfecho si, con buena voluntad por ambas partes, nace entre nosotros una amistad.

Algunos de los cortesanos prorrumpieron en murmullos de aprobación.

Otros, entre los que se contaban lord Xenoth y el grupo de Porthios, guardaron silencio. Flint sólo fue capaz de sonreír con timidez mientras se metía las manos en los bolsillos.

—¡Por Reorx! —exclamó de repente, y abrió los ojos de par en par—.

Eh..., disculpad, eh..., Orador.

Solostaran ya no se esforzó por ocultar su sonrisa.

—Supongo que te preguntarás el motivo de esta invitación, amigo mío

—dijo.

Levantó la mano, y un brazalete de plata, con ágatas musgosas incrustadas, se deslizó desde su muñeca hasta el antebrazo. Flint contuvo el aliento al reconocer la pieza como una de sus obras. Entonces, un sirviente adelantó un paso, llevando en las manos una bandeja de plata decorada a semejanza de un dragón plateado. Sobre ella, reposaban dos copas del mismo metal, finamente trabajadas y pulidas. Tres hojas de álamo «crecían»

del pie de la copa y abrazaban el cuenco que contenía el vino.

—Pero, eso es... —balbuceó Flint, y enmudeció.

El sirviente aguardó a que el Orador y el enano cogieran las copas de la bandeja. Solostaran alzó la suya.

—Obra tuya —finalizó por él el Orador—. Tengo algunos encargos para ti si aceptas nuestra hospitalidad. Mas ése es un asunto del que podremos hablar mañana con más detalle. Por el momento, te ruego que bebas conmigo.

Aturdido porque el señor de los qualinestis, un pueblo conocido por su habilidad para trabajar la plata y el oro, ensalzara las obras de un enano, Flint se tomó de un trago el contenido de la copa que había realizado un año atrás. Sabía que en el fondo de la copa estaba impreso su sello, la palabra

«Solace» y el año. Se preguntó si... La mente se le quedó en blanco cuando el sabor del vino elfo alcanzó su cerebro; los ojos se le humedecieron y su garganta se rebeló con violentas contracciones.

—¡Por el mazo de Reorx! —exclamó con voz estrangulada.

Había oído hablar del vino cosechado por los elfos. Tenía renombre por su embriagador aroma a frutos en flor, y la fuerza demoledora de su contenido en alcohol. Sólo quienes tenían sangre elfa eran capaces de tragarse aquella mezcla dulzona, había oído comentar, cuyo efecto era equivalente al impacto de la coz de un centauro en mitad de la sesera. El aroma a manzanas y melocotones pareció penetrar su cuerpo por dentro y por fuera; Flint tuvo la sensación de haber sido embalsamado en vida con perfumes. Ante sus ojos, oscilaron las figuras de dos o tres Oradores; la imagen de los tres elfos que rodeaban a Porthios se convirtió en un grupo de quince o dieciséis. La risa cristalina de Lauralanthalasa se alzó sobre el coro de ruiseñores de Abanasinia que estalló repentinamente en su cerebro. Flint boqueó e intentó sentarse en la tribuna del Orador —al diablo con el protocolo—, pero parecía que a la endemoniada tribuna le hubieran crecido patas, y le resultó imposible alcanzarla.

De pronto, otro elfo llegó junto a él. Flint vio a través de las lágrimas unos iris tan claros que casi eran transparentes El nuevo rostro estaba enmarcado por un cabello igualmente pálido y la capucha de una túnica carmesí.

—Aspira por la nariz, y expulsa el aire por la boca —le indicó una voz ronca.

—Aaaag... ¡Ufff! —gruñó Flint.

—Aspira por la nariz... —repitió el elfo, a la vez que ilustraba con la acción sus palabras. El enano, que había llegado a la conclusión de que, de todos modos, iba a morir de un momento a otro, trató de seguir sus instrucciones.

—¡Uffff! —resolló.

—... expulsa el aire por la boca.

—¡Ffffu! —respondió el enano.

El elfo esparció en el aire unas hierbas mientras musitaba unas palabras que podían ser una forma arcaica del lenguaje elfo, o vocablos mágicos, o ambas cosas a la vez. Flint sintió una súbita mejoría. Yacía despatarrado sobre los escalones de la tribuna, con la copa vacía en su mano. La sala estaba desierta, salvo por el Orador, el joven semielfo, Lauralanthalasa y el mago que le había salvado la vida.

—Con todos los respetos, Orador, me atrevo á afirmar que á nuestro huésped no le apetecerá una segunda copa —susurró la voz rasposa del elfo, mientras ayudaba á Flint á incorporarse—. El vino de frutas es para paladares habituados.

El enano se tambaleó, y el semielfo corrió á su lado para sostenerlo.

Flint, incapaz de hablar, se lo agradeció con un cabeceo.

Tal vez el maestro Fireforge prefiera reanudar está conversación en otro momento, Orador —insinuó con voz queda el mago. Solostaran miró al enano.

—Sí, puede que tengas razón, Miral —respondió.

—Estoy bien —protestó el enano en medio de toses. Su semblante se tornó pálido. El hechicero chasqueó los dedos, y una fina oblea de quith-pa se materializó en la palma de su mano. Flint masticó el pan mientras el Orador, que actuaba de un modo más natural ahora que la ceremonia oficial había concluido, llamó con un ademán á su hija.

La niña, cuyas orejas puntiagudas apenas asomaban entre la espesa mata de cabello dorado, sacó una cadena que colgaba de su cuello; en el extremo se balanceó una hoja de álamo perfecta, que relució con la luz dorada. A pesar de parecer natural, como si acabara de arrancarse del árbol, la hoja estaba hecha de plata y esmeraldas, y estaba realizada con tal maestría que no se diferenciaba de una real á no ser por los destellos que emitía y que se reflejaban en la faz ensimismada de la niña.

El enano dio un respingo; el movimiento lo hizo eructar, y la chiquilla soltó otra risita.

—Hice esa hoja hace seis meses —exclamó Flint, mientras se tragaba el último bocado de quith-pa—. Se la vendí á un elfo que estaba de paso en Solace.

—Mi enviado —explicó el Orador. Flint abrió la boca para decir algo, pero Solostaran alzó una mano—. La hoja es perfecta. Ningún otro árbol es más amado por un elfo que el álamo. Decidí buscar al artista capaz de reflejar ese sentimiento en su obra. Y descubrí que el artífice no era un elfo, sino un enano. —El Orador se dio media vuelta, pero al punto se detuvo—.

Debes de estar agotado por el viaje. Miral te conducirá á tus aposentos —

dijo.

Solostaran observó al enano y al mago mientras abandonaban la sala.

Habían transcurrido muchos años desde que se había visto tal imagen por última vez en Qualinost. Demasiados. Últimamente se vivían tiempos turbulentos. Parecía que fue ayer, en lugar de treinta años atrás, cuando una banda de desalmados había asesinado á su hermano Kethrenan. Y tales asaltos no habían cesado.

—Amistad... —repitió Solostaran, como un eco á sus propias palabras pronunciadas con anterioridad. El mundo sería mejor con un poco más de amistad.

* * *

Las calles de la ciudad elfa discurrían bajo los pies de Flint. Antes de que lo condujera á su aposento, el enano le había pedido á Miral que lo llevara á alguna parte para ver algo más de la ciudad. El elfo lo había conducido por las enlosadas avenidas flanqueadas por edificios de mármol o cuarzo rosa, cuyos cristales descomponían la luz en un abanico de colores.

Álamos, robles y piceas rodeaban los edificios, de manera que las casas de Qualinost parecían también algo vivo, con las raíces profundamente arraigadas en la tierra. En las plazas burbujeaban fuentes, donde los elfos —

las mujeres ataviadas con sutiles tejidos plateados, y los hombres con calzas de color verde musgo— departían en voz baja o escuchaban la música de flautas y timbales. El aire era cálido y transparente, tan agradable como una brisa estival, a pesar de que el invierno apenas había terminado y sus frías garras aferraban todavía los campos.

Mientras Flint observaba estás escenas, el sol descendió en el horizonte, y sus últimos rayos del ocaso, combina dos con los tonos rosas del cuarzo vivo, bañaron la ciudad con una luz rúbea. Las baldosas azules y blancas del pavimento adquirieron un tinte púrpura. El aroma á quith-pa recién horneado y a venado asado impregnaba el ambiente, y pocos fueron los elfos que estuvieran demasiado ocupados para no salir á las puertas de sus hogares o de sus establecimientos para disfrutar del bello crepúsculo.

El perfume de los árboles en flor aún le resultaba algo cargante al enano, pero Flint decidió pasarlo por alto.

Miral lo condujo á una callejuela que subía en arco por una elevación situada en el centro de la ciudad. La angosta vía terminaba en una plaza gigantesca, la Sala del Cielo, cuyas paredes eran los pálidos troncos de los álamos que crecían a su alrededor, y cuyo techo era la bóveda azul del firmamento.

—¿Esto es una sala? ¡Pero si no tiene techo! —se extrañó el enano cuando Miral le dijo el nombre del lugar. El elfo esbozó una sonrisa.

—El cielo es su techo, como decimos nosotros, si bien algunos piensan que en el pasado hubo un tiempo en el que se alzó aquí una sala donde se guardaba algo de valor incalculable. Existe el mito de que Kith-Kanan hizo que el pabellón se encumbrara a los cielos para proteger lo que custodiaba.

—Asumió una expresión melancólica y aspiró hondo el aire cargado del perfume a flores—. Se dice que quienquiera que encuentre esa edificación alcanzará la gloria

—Que no es moco de pavo —comentó el enano.

Miral lo miró de reojo y, tras una pausa, se echó a reír.

Los dos hombres contemplaron en silencio Qualinost, que empezaba a desdibujarse a medida que el ocaso llegaba a su fin. En los hogares elfos surgieron los puntos luminosos de lámparas tras las ventanas acristaladas, algo poco corriente en las viviendas de otras razas.

Desde la Sala de Cielo, enclavada en el corazón de Qualinost, Flint divisaba gran parte de la milenaria ciudad. En cada uno de los cuatro vértices, asomando por encima de las copas de los árboles, se alzaban sendas torres esbeltas, enlazadas entre sí por cuatro gráciles puentes que se

elevaban en un arco sobre el suelo. Los delicados puentes semejaban sutiles hilos de araña que relucían aun sin estar presente el sol. A pesar de su frágil apariencia, Flint sabía que eran tan resistentes que soportarían el peso de un ejército, y la emoción oprimió el corazón del enano ante aquella muestra de la maestría de sus artífices, los antiguos enanos. Se preguntó si Krynn volvería a conocer semejante grandeza. Hacia el norte, en la cima de otra colina, se erguía la Torre del Sol, tan alta que Flint tuvo la convicción de que, si alguien se subía al techo, no tendría más que extender la mano para tocar el cielo. Prueba de la gran altitud de la Torre era que en su dorada superficie siguió reflejándose la luz del sol mucho después de que el astro se hubiera metido tras los edificios más bajos, en vueltos ya en sombras.

—¿Viste los dos ríos? —preguntó Miral, señalando las dos profundas torrenteras que discurrían por el este y el oeste de la ciudad. Flint rezongó por lo bajo. ¿Que si los había visto? ¡Por Reorx! Había tenido que cruzar uno de ellos por encima de un puente bamboleante que, por las apariencias, no podía soportar el peso de un palomo y mucho menos el de un corpulento enano. El recuerdo de aquel profundo y rocoso barranco abierto a sus pies todavía le ponía la piel de gallina.

—El que está al este se llama Ithal-enatha, el río de las Lágrimas —

explicó Miral con voz queda—. El otro es Ithalmen, el río de la Esperanza.

Sus cursos confluyen al norte, más allá de la Torre, para desembocar en el río de la Rabia Blanca, y, posteriormente, en el mar.

—Unos nombres muy peculiares —dijo Flint con un gruñido.

—Sí. Y muy antiguos. Se los impusieron en la época en que Kith-Kanan y su gente atravesaron los bosques de Qualinesti. Representan las lágrimas derramadas durante la Guerra de Kinslayer, y la esperanza del futuro que los aguardaba cuando finalizó el conflicto.

El compañero del enano se sumió en el silencio, y Flint agradeció su mutismo para así disfrutar de ese momento le paz, con la mirada perdida en la ciudad extendida a sus pies. No obstante, el instante mágico llegó a su fin. Era hora de regresar.

Miral acompañó a Flint al palacio del Orador, situado a1 oeste de la Torre del Sol; poco después, el enano se encontraba en lo que sería su

alojamiento temporal, una estancia de techos altos y suelos de mármol, tres veces más grande que su casa de Solace. El mago le informó que tenía tiempo para descansar y asearse, y le señaló una puerta que se abría a un cuarto pequeño en el que había una tina llena de agua perfumada. El elfo se marchó tras anunciarle que pronto le servirían alimentos y cerveza; ni una gota de vino de frutas elfo, por supuesto.

—¡Un enano en Qualinost! —se repitió a sí mismo Flint una vez más, con un resoplido.

Mientras pensaba que el gusto elfo referente a perfumes y a vinos distaba mucho del suyo propio, se despojó de la túnica y se metió en el baño perfumado para quitarse la suciedad y el polvo del camino.

Cuando, poco después, un sirviente elfo entró en la estancia con una bandeja en las manos, se encontró al enano arrebujado en una bata de color rojizo, despatarrado sobre la cama, y roncando plácidamente. En silencio, el sirviente dejó sobre una mesa la bandeja con cerveza, lonchas de venado asado y patatas cortadas en cuadraditos; apagó las velas que iluminaban la habitación, y dejó al enano dormido, soñando.

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