Qualinost
Capítulo 31: Enfrentamiento con el asesino
31
Enfrentamiento con el asesino
Miral observó petrificado la entrada en la Torre de la figura encapuchada, envuelta en la túnica gris. Los murmullos que se habían iniciado entre los reunidos cesaron, y todos observaron con expectación a Gilthanas mientras el joven rodeaba la sala por el borde exterior.
«¡Pero si está muerto!», gritó para sus adentros el mago. No obstante, había algo raro en Gilthanas; parecía más corpulento, y la túnica le quedaba estrecha en los hombros. La constitución de la figura encapuchada era más semejante a la de Tanis.
Pero Tanis también estaba muerto.
Miral siguió con la mirada a la figura mientras se dirigía con agilidad hacia su posición junto a la puerta y se quedaba esperando el momento de entrar de nuevo en acción.
Solostaran, ataviado con los dorados ropajes ceremoniales, hizo su entrada por las puertas de la antesala y se dirigió hacia la tribuna. Remontó los peldaños con solemnidad y se volvió de cara a la muchedumbre para pronunciar el corto discurso que cada padre de la nobleza había dirigido en el Kentommen de sus hijos durante los últimos dos mil años.
—Éste es un día triste para mí —dijo en la antigua lengua elfa—. He perdido un hijo.
En la balaustrada, Miral pensó en la ironía de semejante aserto. Una queda risa le agitó los hombros. No sabía Solostaran lo acertado de sus
palabras. El mago decidió permitir que la charada se prolongara un poco más. ¿Quién sabía si Solostaran le proporcionaría más momentos de diversión sin proponérselo?
El Orador, con una expresión sombría en sus rasgos aguileños, prosiguió:
—He perdido un hijo en la Arboleda. En consecuencia, no tengo heredero. ¿Alguien puede ofrecerme algún consuelo?
Un redoble de tambor sonó en la primera galería, debajo de Miral. Oyó abrirse una puerta a lo lejos, y tres elfos, vestidos con capas y polainas de seda negra, y cubiertos con máscaras de cuero, también negro, hicieron acto de presencia. Eran los Ulathi.
—Hemos encontrado al niño —dijo el primero.
—Su corazón es puro —añadió el segundo.
—Ese niño es un recipiente vacío que aguarda ser colmado —proclamó el tercero.
—Hemos encontrado un niño que será tu heredero, tu propia sangre —
entonaron al unísono los tres personajes.
El gong resonó. Gilthanas abrió la puerta y cruzó el umbral. Luego, cerró a sus espaldas.
* * *
Tanis, cegado por la luz deslumbrante de la Torre, parpadeó al penetrar en la súbita oscuridad del pasillo. Veía titilante llama de la vela, pero la figura de Porthios era apenas una silueta que se perdía en las sombras. El medallón creado por Flint reflejaba el brillo dorado del cirio. Tenía que conseguir que Porthios se le acercara más. ¿Cuáles eran las palabras que Gilthanas había dicho? Rebuscó en su memoria.—Soy tu infancia —recitó, procurando imitar el timbre más fino de Gilthanas—. Déjame atrás. Las brumas son el pasado... —Aquello no le sonaba bien, pero estaba haciendo cuanto podía—. Ve hacia tu futuro.
—¡Gilthanas! —se escuchó el horrorizado cuchicheo de Porthios—.
Pronuncia las palabras correctas... ¡y en la antigua lengua!
Tanis vaciló.
—¿No las recuerdas? —siseó Porthios—. Escucha. —El hijo del Orador pronunció las palabras estipuladas, en el antiguo lenguaje—. Vamos, repítelo.
Tanis vaciló de nuevo. Porthios se acerco a él, como deseaba el semielfo.
Por un breve instante, Tanis consideró la alternativa de hacer uso de su fuerza para reducir a su primo. Le había propinado un buen puñetazo antes, mucho tiempo atrás, en el patio de palacio. Fue el único altercado físico ocurrido entre los dos primos. Y con ello se había ganado durante años la enemistad del heredero del Orador.
—Porthios —dijo, sin disimular ya su propia voz—. Escúchame. No salgas por esa puerta.
—¡Tanthalas! —El rostro de Porthios denotó una gran conmoción—.
¿Dónde está Gilthanas? ¿Qué has hecho con...?
—¡Escúchame! —siseó Tanis—. Si es que te ha servido de algo la vigilia en la Arboleda, préstame atención.
Su primo retrocedió; parecía que se esforzaba por adoptar una actitud de calma. Inhaló hondo y soltó despacio el aire.
—¿De qué se trata, Tanis? —preguntó con un tono normal.
—Hay una conspiración para matarte a ti y al Orador.
—¿Al Orador? ¿Se encuentra bien?
—Sí, está bien. He venido para impedir que el asesino lleve a cabo sus planes.
—¿Tú? —Porthios soltó una risa queda, si bien su expresión, para sorpresa de su primo, era amable—. Pero si sólo eres un chiquillo, Tanis...
El semielfo lo atajó, consciente de que los asistentes a la ceremonia se estarían impacientando al otro lado de la puerta. Lo peor que podía ocurrir en este momento era que alguien abriera aquella puerta y echara una ojeada al interior del pasillo.
—Porthios, el mismo que asesinó a Xenoth y a tía Ailea va tras de ti y del Orador, y de Laurana. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Tanis reflexionó. El tiempo para la persuasión estaba llegando a su fin.
Podía resolver la situación recurriendo a la fuerza física, pero su sangre elfa se estremecía ante la perspectiva de dejar sin sentido con un golpe a un joven durante su Kentommen, fuera por las razones que fuera. Sin embargo, sí se sentía capaz de mentir.
—Porthios, Gilthanas ha muerto.
Se produjo una pausa; la expresión del heredero del Orador no varió un ápice.
—El asesino acabó con él también, Porthios. Si os matan a ti, al Orador y a Laurana, el reino se sumirá en el caos.
Al parecer, Porthios procuraba asumir lo que había oído. Tanis se compadeció de él, sintiendo en el alma el dolor que le estaba causando.
—Tengo un plan, Porthios.
—¿Cuál es? —inquirió con voz calmada su primo.
—Escucha, yo soy sólo un peón del juego, al que se puede sacrificar...
* * *
Flint se asomó a la grieta abierta en el tronco hueco del roble que le había salvado la vida meses atrás. En el ínterin, el árbol se había abierto otra vez, para alivio del enano. Entró en la oquedad, con Pies Ligeros pisándole los talones. Flint hizo caso omiso de la mula.—¿Cómo atravesé el fondo? ¿Qué fue lo que hice? —susurró, con la mano sobre la frente calenturienta. Estaba hundido hasta los tobillos en los desechos amontonados de hojas secas—. La runa. —Bajó la vista al suelo
—. La pinocha se prendió fuego. Tal vez fue eso. —Reflexionó unos segundos—. Bueno, si me equivoco, moriré abrasado. En fin...
Encendió una antorcha y la acercó a la alfombra de hojas resecas. Las llamas se alzaron rugientes.
* * *
Miral corrió por la segunda balconada para descender por la escalera de caracol hasta el piso bajo. Hacía mucho tiempo que Gilthanas había entradoen el corredor. Algo no marchaba conforme a los planes del mago. Estaba furioso; sería injusto que las cosas se torcieran en el último momento.
Llego a la puerta que conducía al hueco de la escalera cuando oyó exclamaciones de espanto que se alzaban entre los asistentes, y se volvió hacia la balaustrada para asomarse y ver qué ocurría.
—¡Porthios va armado!
—¿Qué?
—¡Un joven Kentommen jamás ha ido armado!
—¿Qué presagia esta actitud?
Solostaran palideció al mirar la figura a la que suponía su hijo y heredero, pero no perdió la compostura ni por un momento.
—Porthios, dime qué significa esto —ordenó.
—Hay un asesino en la Torre —gritó Tanis, a la vez que se despojaba de la capucha que lo cubría.
Se alzó un nuevo revuelo de exclamaciones en tanto que la muchedumbre se apartaba dejando paso al semielfo, que enarbolaba la espada. Tanis subió de un salto a la tribuna y se colocó delante del Orador.
—¡Tanthalas! —exclamó desde arriba Miral—. ¡Pero si habías muerto!
El joven se volvió para enfrentarse al mago. Los ojos de Miral se encontraron con los de Tanis, y en ellos vio una expresión de dolor.
—¿Y tú cómo sabías eso, mago? —inquirió Tanis.
—¡Guardias! —llamó Tyresian.
Tanis alzó el arma, y el amuleto de Elansa centelleó como un pequeño sol.
—El mago ha asesinado en dos ocasiones, y planea hacerlo otra vez hoy
—dijo, apuntando con la espada a Miral.
Miral tuvo que contenerse para no soltar una carcajada por el caos que se había desatado a sus pies. ¿Qué mejor momento que éste para lanzar su pequeño conjuro? Empezó a entonar las palabras del hechizo.
—Por todos los dioses —masculló Tyresian—. El semielfo se ha vuelto loco. Y también el mago. ¡Guardias!
—Tanis, dónde está Porthios? —gritó Laurana—. ¿Y Gilthanas?
Pero Tanis no tenía tiempo que perder con explicaciones. Se lanzó a toda carrera hacia la escalera de caracol. Los guardias ataviados con el negro uniforme ceremonial entraron en tropel a la sala, pero no comprendieron de inmediato que la persona a quien Tyresian quería que detuvieran era el semielfo. Tanis pasó entre sus filas, abrió la puerta de un empujón, y subió los escalones de tres en tres.
Como si las palabras retumbaran en su cerebro, Tanis escuchó el cántico de Miral. En lo alto, el mosaico del techo crujió.
De improviso, tía Ailea apareció en la escalera, ante él.
—¡Ailea! —exclamó—. ¡No has muerto!.
La anciana lo miró y sonrió.
Entonces, de repente, ya no era Ailea, sino Xenoth, que reía y señalaba con gesto despectivo al semielfo. Tanis alzó la espada e intentó dominar el pánico.
Xenoth se transformó en un elfo de mediana edad, de facciones elegantes y ojos azules. Daba el brazo a una mujer pálida, de rizoso cabello trigueño y ojos de un tono marrón oscuro, como la tierra. La elfa miró a Tanis, alzó una mano hacia él, y susurró:
—Tanthalas, hijo mío.
Tanis estaba paralizado, pero su corazón latía desbocado. La angustia del momento lo desgarró. Entonces salió del trance con brusquedad.
—¡Sois producto de la hechicería! —gritó. Las figuras se desvanecieron en el aire.
Se apartó del lugar en donde se había quedado paralizado; sintió como si unos dedos gélidos le rozaran el brazo al pasar por el punto donde habían surgido las apariciones.
—¡Miral! —gritó, irrumpiendo en la segunda balconada. Tres fragmentos del mosaico se desprendieron del techo y se precipitaron sobre la asamblea de elfos. Una fina grieta hendió la bóveda.
En aquel instante, en medio de un retumbar semejante al del trueno, Flint y Pies Ligeros se materializaron en la tribuna.
—¡Arelas! —llamó el enano. Su voz resonó en los muros—. ¡Arelas Kanan! —Flint señaló con su martillo al mago.
El cántico de Miral se hizo más lento y después se interrumpió. Con las manos alzadas sobre la cabeza, las palmas sudorosas, mantuvo el hechizo, y bajó la vista hacia el enano. De repente, se hizo un profundo silencio en la sala, roto sólo por el débil golpeteo producido por la caída de pequeños fragmentos del mosaico. En el aire flotaba un olor a piedra y argamasa.
—¿Arelas? —repitió Solostaran con voz queda—. ¿Mi hermano?
—Vuestro hermano no murió, Orador —dijo Flint—. Arelas no murió.
Vino a vos como Miral.
El inesperado rebuzno de la mula rompió el embrujo creado por la aparición de Flint, y Miral reanudó la salmodia. Un crujido, que semejaba un gemido agónico, llegó del arco iris que dividía el mosaico de cielo nocturno y el diurno, en lo alto de la Torre.
—Asesinó a lord Xenoth porque había descubierto quién era en realidad
—gritó Flint, cuya voz temblaba por la cólera—. Mató a tía Ailea por la misma razón. ¡Y ahora quiere acabar con vos y con vuestros hijos!
Con una tranquilidad asombrosa, Solostaran se volvió hacia Miral...
Hacia Arelas.
—¿Por qué? —preguntó.
Miral bajó la vista hacia ellos y sintió que lo desbordaba la rabia que había albergado durante casi doscientos años. Dejó caer los brazos y cesó su cántico.
—¡Me echasteis de aquí, Solostaran! —gritó—. ¡Me alejasteis de Qualinost!
—Te estabas muriendo, Arelas —contestó el Orador—. O es lo que creíamos.
—Siempre fui el más inteligente de los tres, Solostaran —bramó Arelas
—. Debería haber sido el Orador. ¡Seré el Orador! Y haré que Qualinesti sea sólo para los elfos de sangre pura. Ahora que poseo el poder de la Gema Gris...
Una parte de la columnata que sostenía la primera galería reventó, debilitada por el hechizo de Arelas, y lanzó esquirlas de piedra en la sala.
Los nobles se dispersaron. El mago esbozó una mueca y, extendiendo las
manos, lanzó una descarga de fuego sobre la tribuna. Flint se abalanzó contra Solostaran y el empellón sacó al Orador fuera de la plataforma.
Tyresian hizo otro tanto con Laurana, y la envió hasta la relativa seguridad del espacio resguardado por la balconada. Un bloque de mármol se precipitó sobre el noble, y Laurana chilló aterrada.
Porthios irrumpió en ese momento de la Yathen-ilara.
—¡Arelas! —gritó de nuevo Tanis, a la vez que alzaba su espada. Pero su gesto hizo reír al mago.
—¡No servirá de nada, Tanthalas! ¡La espada no me atacará! —Abrió los brazos y ejecutó unos alegres pasos de baile—. La hechicé, ¿sabes? El mismo día en que hechicé esas puntas de flecha que tan bien utilizaste contra el tylor y lord Xenoth. —Sus risas estridentes se interrumpieron con un golpe de tos, y Tanis vio una oportunidad para atacar.
Se abalanzó sobre Arelas y arremetió con la espada. Pero el arma rebotó contra algo invisible y pasó inofensiva sobre la cabeza del mago. Arelas alzó de nuevo los brazos, dio la espalda al semielfo de manera ostentosa, y reanudó la salmodia. Otro trozo de mosaico se desprendió del techo.
Arelas se asomó sobre la balaustrada, con un brazo hacia atrás, como si fuera a lanzar otra descarga de fuego mágico sobre los aterrados espectadores. Tanis intentó de nuevo razonar con el mago.
—¡Miral...! ¡Arelas! ¡Gilthanas está vivo!
Abajo, a sus pies, Tanis vio a Porthios volver bruscamente la cabeza hacia él, con el rostro resplandeciente de esperanza al escuchar que su hermano pequeño no había muerto. Miral giró sobre sus talones, con una expresión terrible plasmada en su pálida faz, y los iris casi carentes de todo color.
—¿Está vivo? —preguntó.
Aunque, a juzgar por las apariencias, la espada no le servía de nada contra el mago, Tanis no dejo de apuntarle con ella.
—Sí. Y Gilthanas te antecede en la sucesión, Arelas —replicó el semielfo—. No conseguirás ser el Orador, hagas lo que hagas aquí hoy.
Arelas se estremeció, como si estuviera al borde del Abismo. Entonces, una de las manos se disparó hacia adelante, y un proyectil mágico se
precipitó sobre el semielfo.
Actuando por puro instinto, Tanis levantó la espada. El rayo mágico se estrelló contra el medallón de Elansa y derritió el acero; otro rayo de fuego salió de la espada y surcó el aire hacia el mago, que lanzó un alarido cuando la descarga lo alcanzó y lo arrojó por el borde de la balconada.
Su cuerpo estalló en llamas antes de estrellarse contra el suelo de la Torre.
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