Qualinost
Capítulo 21: Intento de asesinato
21
Intento de asesinato
AÑO 308 D.C.
MEDIADOS DE VERANO,
Más de una semana después de la entrevista con el Orador, Flint estaba trabajando en el medallón para el Kentommen de Porthios cuando lord Tyresian entró en el taller del enano; sin llamar antes, por supuesto, advirtió Flint. Sólo Tanis era bien recibido sin necesidad de anunciarse. Incluso Pies Ligeros avisaba a su modo, pues por lo general el ruido de sus cascos alertaba al enano con tiempo suficiente para plantarse de un salto en la puerta.
El tiempo había refrescado un poco tras el calor aplastante de la semana pasada. Hoy era uno de esos días que invitan a meter en una cesta unas lonchas de quith-pa, queso y un frasco de vegetales en conserva, y salir de excursión a un paraje con la visión panorámica de la torrentera y la ciudad a los pies. Pero el enano no tenía tiempo para pensar en tomarse unas horas de descanso. Se le estaba echando encima la fecha tope; el Kentommen tendría lugar dentro de una semana.
Ni que decir tiene que, con la inminente celebración, numerosos nobles de Qualinost habían decidido encargar trabajos al enano, que sin falta tenían que estar terminados para antes de la ceremonia de mayoría de edad de Porthios. Flint había aceptado los encargos, pero había dado a todos la
misma contestación: estaba ocupado con un trabajo para el Orador de los Soles y, aun sintiéndolo mucho, no podría ocuparse de nuevos proyectos hasta despues del Kentommen. No se habían quedado muy contentos, por supuesto, pero los elfos de Qualinost habían aprendido hacía tiempo que Flint Fireforge, aun siendo sin lugar a dudas el mejor artesano del metal de la ciudad, también era más terco que una mula, y ninguna súplica o amenaza lo harían cambiar de opinión.
Flint tenía ante sí los dos discos que conformarían el medallón; estaba cincelando con cuidadoso esmero la placa de oro delantera, valiéndose de un martillo pequeño y un fino cincel. Examinó con ojo crítico el resultado; el cincel dejaba en las formas unos bordes irregulares y el efecto le gustaba bastante, sobre todo en la silueta de los árboles.
—Lo que no es mala cosa, habida cuenta de que no queda tiempo de rehacerlo —musitó.
Fue entonces cuando la puerta se abrió, la campanilla repicó y el arrogante señor elfo asomó por el umbral.
—Enano, requiero tus servicios —anunció Tyresian.
Tomándoselo con calma, Flint tapó las piezas del medallón con la hoja del diseño, alzó la vista del banco de trabajo y dedicó una sonrisa al noble que más semejaba la mueca de un perro al enseñar los dientes.
—Adelante, Tyresian, toma asiento —invitó, señalando con el cincel el banco de piedra.
De seguir el protocolo cortesano, Flint debería haberse puesto en pie al entrar en el cuarto un noble elfo, si bien Solostaran y él hacía tiempo que pasaban por alto tales formalidades cuando el Orador lo visitaba en su taller a solas. No obstante, Tyresian enrojeció, molesto por el desaire. El hecho de que el noble no protestara por ello hizo comprender al enano que Tyresian tenía un gran interés en sus servicios. Aquello arrancó otra sonrisa a Flint.
—¿Qué servicio es el que «requieres»? —preguntó con actitud inexpresiva mientras se recostaba en el respaldo de su silla. Señaló de nuevo el banco con su cincel—. Toma asiento.
Tyresian parecía dudar entre sentarse donde le indicaba el enano —lo que daría la impresión de que era un subordinado que obedecía órdenes— o
permanecer de pie, cosa que también lo haría aparecer como un inferior.
Salió del compromiso paseando de un lado a otro del taller, sin detenerse en ningún momento el tiempo suficiente para dar ocasión a Flint de que le indicara de nuevo que se sentara. Tras deambular con actitud insolente por todo el cuarto examinando con descaro el lecho, el baúl tallado, la forja y el resto del equipo, Tyresian desenvainó su espada corta y la presentó, con la empuñadura por delante, al enano.
Sin decir una palabra, Flint cogió el arma y la examinó. Era una espada ceremonial para llevar en actos oficiales, adornada con incrustaciones de esmeraldas y adularias opalescentes, o piedras de luna, engarzadas en acero.
De venderse el arma, una familia se habría mantenido durante ocho meses con el dinero obtenido.
—Poco práctica para la batalla —comentó Flint.
—Es para actos oficiales —dijo Tyresian con altivez.
—Como, por ejemplo, el Kentommen de Porthios Kanan —añadió el enano.
El noble asintió en silencio.
Flint reanudó la inspección del arma. La madera de la empuñadura se había partido de mala manera; parte de la incrustación de acero se había soltado, y faltaba una de las gemas, una esmeralda, supuso el enano, a juzgar por la forma del hueco. No era una reparación sencilla; para hacer bien el trabajo, habría que reconstruir toda la empuñadura, lo que llevaría una semana dejando de lado cualquier otro encargo.
—Tardaría siete días, y no la tendría terminada a tiempo —declaró por último Flint.
El noble se puso furioso y sus azules ojos centellearon, pero mantuvo un tono de voz tan comedido como el del enano.
—Faltan siete días para el Kentommen, maestro Fireforge.
—Estoy ocupado con otro trabajo.
—Entonces déjalo y ocúpate de éste —indicó Tyresian con soberbia.
Flint devolvió la espada corta al noble.
—Quizás encuentres otro artesano que pueda repararla —dijo.
—Pero...
La llegada de tía Ailea y Tanis cortó la protesta de Tyresian. La anciana partera vestía ropas de llamativos colores, como era habitual en ella: camisa holgada de rayas amarillas y azules, falda fruncida y zapatillas de un fuerte tono rojo, todo ello con bordados de margaritas amarillo pálido. A su lado, Tanis casi pasaba inadvertido con su camisa y pantalones de color tostado.
En medio, desequilibrado a causa de la gran diferencia de estatura entre la partera y el semielfo, acarreaban un gran cesto de mimbre lleno a rebosar con mazorcas. En la otra mano, Tanis llevaba un plato pequeño con un cuenco puesto boca abajo. Se detuvieron en el umbral y, con los ojos entrecerrados por el deslumbrante sol del mediodía, escudriñaron la penumbra del taller.
—¡La comida, Flint! —anunció Ailea—. ¡Maíz recién cosechado!
—Con mantequilla fresca —añadió Tanis, mientras alzaba el plato.
Entonces Tyresian avanzó hasta el rectángulo de luz de la puerta, y desapareció la expresión alegre en los rostros de los recién llegados.
—Vaya, qué casualidad —comentó el noble cruzándose de brazos y mirándolos de arriba abajo—. Dos asesinos haciéndose compañía.
¿Comparando notas, quizá? La ventaja entre acertar con una flecha en el pecho de lord Xenoth, y, digamos, dejar morir de parto a mi madre. Oh, lo había olvidado, Tanis. Ailea también dejó que tu madre muriera, ¿verdad?
El rostro de la anciana, tostado por el sol, palideció; se llevó la mano a la boca para contener un gemido. Avanzando hacia Tyresian con actitud amenazadora, Tanis soltó el asa del cesto y dos mazorcas cayeron rodando por el suelo.
Flint se apresuró a interponerse entre los dos hombres, de espaldas a Tanis, con una mano empujando al semielfo hacia el exterior y la otra puesta en el pecho de Tyresian. Cuando habló, había tanta calma en su voz que asustaba.
—Márchate, elfo —le ordenó a Tyresian, escupiendo literalmente las palabras—, o te haré una demostración de lo que puede ocasionar un avezado guerrero.
—¡Tú...! —bramó Tyresian.
—Yo he peleado con ogros —lo interrumpió Flint—. Tú, a pesar de los aires que te das, no tienes experiencia militar. Es fácil amenazar a una anciana y a un joven que en estos momentos no está en situación de remover mas las aguas revueltas de Qualinost retándote a una pelea. ¿Te parece bien desafiarme a mí en su lugar?
Tyresian miró al enano y pareció reparar, por primera vez, en el hacha de guerra que, a saber cómo, había aparecido en la mano derecha de Flint.
El mango estaba lleno de muescas y golpes, pero las runas de poder grabadas en la hoja relucían con la luz del sol, y el filo era lo bastante aguzado para hendir la armadura más resistente.
El noble cambió de actitud y relajó la tensión.
—No olvides nunca, lord Tyresian, que fuiste tú quien sugirió que los cazadores saltaran el barranco y dejaran a Xenoth (y a mí, dicho sea de paso) a solas en la otra orilla, sin protección —añadió el enano. Tyresian empezó a protestar, pero Flint le agarró el brazo y apretó con fuerza—.
Fuiste tú quien dejó tres personas a merced de un monstruo lo bastante poderoso para acabar con ellas en un abrir y cerrar de ojos —prosiguió con un tono poco más alto que un susurro, pero que resultaba autoritario por su intensidad—. Desde mi punto de vista, eres el mayor responsable de la muerte del consejero del Orador. Ciertamente, más culpable que el semielfo, que actuó para salvar, no sólo su vida, sino la de todos nosotros.
Como si el pequeño taller no estuviera ya bastante abarrotado con los presentes, Miral eligió precisamente ese momento para aparecer por el sendero que conducía desde la calle a la casa. Sin embargo, ninguno de los cuatro personajes involucrados en el drama que se desarrollaba en el umbral reparó de inmediato en la figura encapuchada del mago. Miral salió a un lado del sendero y aguardó.
—Y ahora, márchate, Tyresian —ordenó Flint—. Y no lo olvides: aunque nunca he expuesto al Orador mi teoría sobre la muerte de lord Xenoth, nada me impide ponerlo al corriente en el momento que lo considere oportuno. Sospecho que omitiste esa parte en el «informe» que le presentaste después de que Tanis hubo acabado con el tylor.
Haciendo un gran esfuerzo para controlarse, Tyresian apartó a Tanis de un empujón y salió al exterior pasando junto a Miral; el trío lo observó mientras se alejaba. Por fin, los tres amigos repararon al mismo tiempo en la presencia del mago, y Flint lo invitó a pasar al taller. Consciente de lo sensibles que eran a la luz los ojos de Miral, el enano cerró la puerta a sus espaldas y entornó las contraventanas. Entretanto, tía Ailea encendió la lumbre y puso a calentar una olla con agua, mientras Tanis se ocupaba de pelar las mazorcas. A pesar de que a los tres se les había quitado el apetito, se pusieron manos a la obra con los preparativos de la comida, con la evidente esperanza de recobrar la jovialidad que había echado a perder el incidente.
Miral explicó en pocas palabras el motivo de su visita; una de las planchas de una caja metálica en la que guardaba componentes mágicos se había soltado y los polvos se habían esparcido por el corredor donde estaban sus aposentos.
—Sé que estás muy ocupado, maestro Fireforge, pero confío en que dispongas de un rato para arreglarla —dijo Miral a la vez que extendía la mano y mostraba una caja del tamaño de la palma.
Flint la cogió. Era de plata, y la reparación parecía sencilla; un remache en el ángulo sería suficiente para fijar la pieza suelta. La caja estaba muy decorada, y los grabados de dragones, minotauros y formas geométricas disimularían el pequeño remache. Flint se puso manos a la obra, dejando temporalmente el medallón del Orador, mientras que Ailea y Tanis preparaban el maíz tierno.
El mago apenas habló, hecho que Flint atribuyó al cansancio por la falta de sueño. Todo el mundo en palacio debía de estar muy ocupado hasta altas horas de la noche con los preparativos de la ceremonia.
—¿Los Enanos de las Colinas celebráis Kentommens? — preguntó Tanis a Flint, que movió la cabeza asintiendo.
—Lo llamamos Día de Barba Cerrada, pero no es una ceremonia tan complicada como ésta —dijo el enano—. ¿Qué tareas te han asignado a ti, Miral?
Mientras hablaba, Flint horadó un pequeño agujero en el fino metal con un punzón. El mago, sentado en el baúl tallado, levantó la vista.
—Ninguna relacionada directamente con la ceremonia. Pero me han encomendado la coordinación del personal encargado de los preparativos del Kentommen y planear espectáculos y diversiones para los tres días que durará el evento.
—¿Lo que incluye...? —inquirió Tanis desde su puesto junto la lumbre.
Miral esbozó una sonrisa cansada. Tenía los ojos enrojecidos, un extraño contraste con los iris casi incoloros.
—Cinco docenas de costureras que bordan infinidad de estandartes. —
En efecto, las banderas ya empezaban a aparecer colgadas a lo largo de las principales vías públicas de Qualinost—. Y otras tres docenas de espadachines que preparan una exhibición de destreza con armas, cuyos entrenamientos me causan pavor. Me sorprende que hasta ahora ninguno haya terminado cortado en pedacitos, y aún me sorprenderá más si el mosaico de Kith-Kanan en el anfiteatro del Gran Mercado no se mancha de sangre antes de que todo esto haya acabado.
Flint dirigió una mirada compasiva al mago mientras éste continuaba con su relato.
—Luego están los diez juglares y los veinte cómicos que han tomado el palacio al asalto —protestó—. ¿Os imagináis el alboroto? También hay catorce acróbatas, uno de los cuales quiere realizar su número de funambulismo sujetando un extremo del cable a ciento veinte metros de altura, y la otra punta ¡en lo alto de la Torre del Sol!
—No se lo permitirás, desde luego —comentó Ailea mientras sacaba una mazorca ya cocida del agua hirviendo.
—Por supuesto que no —se escandalizó Miral, que al punto comprendió que la anciana estaba bromeando—. Pero no basta con decir que no. Cada elfo expone cien razones por las que su caso es distinto de los otros, y por las que debería permitirle realizar algo que nadie más es capaz de hacer. —
El mago se recostó en la pared con actitud cansada—. No he dormido más de tres horas seguidas desde hace dos semanas.
—¿Te apetece comer con nosotros y después echarte una siesta? —
propuso Flint a la vez que señalaba el lecho—. Nosotros tres podemos ser un grupo muy silencioso cuando nos lo proponemos.
—Gracias, pero no me es posible. Tengo que reunirme con una compañía de cantantes. Quieren que les explique por qué no pueden interpretar baladas picantes en la rotonda de la Torre, justo antes de comenzar el Kentommen, para «animar al público», según sus propias palabras. —Se incorporó—. Recogeré la caja más tarde.
—Ya está arreglada..., por cuenta de la casa —dijo Flint, y le entregó el contenedor de plata al mago.
El enano abrió la puerta a Miral; el mago se echó la capucha cuanto le fue posible sobre el rostro, dio las gracias a Flint, saludó a Tanis y a Ailea, y emprendió el regreso hacia la Torre, que relucía sobre las copas de los árboles frutales de Flint.
—¡Duerme un poco! —gritó el enano. Miral hizo un ademán con la mano, sin volverse a mirar atrás.
Flint entró en el taller y abrió las contraventanas. La visita de Miral, aunque breve, había servido para alejar el sinsabor que la actitud de Tyresian había dejado al trío. El enano quitó de la mesa las herramientas con las que trabajaba en el medallón. Poco después, Ailea, Tanis y Flint comían con entusiasmo las mazorcas untadas con mantequilla. Por fin, se pasaron uno al otro un paño de cocina para limpiarse y se recostaron en las sillas, satisfechos.
—Ah —exclamó Flint—, como diría mi madre: «El camino para llegar al corazón de un enano es a través del estómago».
—¿Sí? ¿Y qué más dice tu madre? —preguntó el semielfo, a la vez que le daba un codazo. Flint se echó a reír. Tiene a punto un refrán para cada ocasión. «Entre varios cocineros sale mejor el guiso», decía, y luego nos ordenaba a mis trece hermanos y hermanas y a mí que limpiáramos el granero. Pasaron años hasta que comprendí lo que sus dichos significaban en realidad. Para mí eran como una ley enana.
Ailea se echó a reír y se limpió los largos dedos con el paño.
—¿Qué otras cosas dice? —quiso saber.
Flint se repantingó en la silla.
—Recuerdo que en una ocasión me quejé de que un niño en la escuela, un bravucón, no hacía más que intimidarme. Ella me dio unas palmaditas en la cabeza, y dijo: «No te preocupes, Flinty. Una manzana podrida no estropea todo el caldero de pescado».
El enano puso voz de falsete al citar a su madre, y Tanis sonrió. Sin embargo, la expresión del semielfo era melancólica.
—¿Cómo es? ¿Qué aspecto tiene? —preguntó a Flint—. ¿Es guapa?
Tía Ailea dirigió una intensa mirada al semielfo, y después al enano, que en apariencia no lo advirtió.
—Oh, supongo que no les parecería hermosa a vuestros altos y esbeltos amigos elfos, pero nosotros, sus catorce frawls y harrns, creemos que lo es.
Tiene unos kilos de más, sí, pero...
—Intenta dar a luz a catorce hijos y ya verás lo que le ocurre a tu figura
—intervino Ailea.
—... pero su rostro es dulce, y cocina como los propios dioses —
continuó Flint—. Y sus proporciones son..., eh..., está generosamente dotada. —El enano se palmeó el rotundo vientre; luego enrojeció, se incorporó un poco, e intentó sin éxito meter estómago. La sonrisa de Ailea se ensanchó.
—¿Cómo es tu padre? —inquirió Tanis.
—Ah, muchacho, mi padre murió cuando yo era apenas un adolescente.
Cosa del corazón. Es algo hereditario en el linaje Fireforge, al menos, entre los hombres.
—Pobrecilla, tu madre —dijo Ailea en voz baja.
—Sí. Sacó adelante a la familia en los años que siguieron a la muerte de mi padre. Puso a mi hermano mayor, Aylmar, a trabajar en la forja de padre, y a veces se ocupaba también de algunos encargos más sencillos.
Ailea se levantó en silencio y echó los platos de la comida en el agua caliente donde habían cocido las mazorcas.
—No tiene sentido desperdiciar agua —explicó, al ver que Tanis alzaba las cejas en un gesto interrogante—. Esta servirá para lavar los cacharros.
Tomó asiento otra vez y con un ademán indicó a Flint que continuara.
—Soy el segundo de los hermanos —dijo el enano con gesto ausente—.
Después de que padre murió, madre me puso al frente de la granja.
Recuerdo una mañana de principios de primavera, en Casacolina. Salí del granero intentando escapar del condenado olor de los quesos fermentados, y eche una mirada al entorno, las colinas y las coníferas. —Suspiró—.
Qualinost es muy hermoso, muchacho, pero también lo es Casacolina. Sin embargo, es un pueblo muy, muy pequeño, y al final me marche para recorrer mundo.
—Me gustaría verlo algún día —comentó Tanis, que acto seguido urgió al enano para que continuara—. Mirabas el entorno, ¿y...?
Flint frunció el entrecejo y asumió una actitud pensativa.
—Oh, pues, allí estaba yo, a la puerta del granero, disfrutando del sol y los árboles y las verdes colinas, y madre salió al porche y gritó —Flint adoptó de nuevo el tono de falsete—: «¡Flint Fireforge, no cierres la puerta del granero antes de que el pájaro madrugador capture la lombriz!». —Una risa queda sacudió al enano—. Imagino que con eso quería decirme que regresara al trabajo.
Flint se levantó de la silla y se desperezó; luego se acercó a la olla de agua caliente y sacó los platos con unas tenazas de la forja.
—Una vez —continuó, volviéndose hacia sus amigos—, cuando mi hermana pequeña, Fidelia, protestó por lo pobres que éramos y lo mucho que tenían los hijos del alcalde, mi madre nos miró a todos y dijo: «Oh, la hierba siempre crece más verde al otro lado de la valla».
Tía Ailea y Tanis esperaron el remate de la frase, pero Flint secó las tenazas y agregó:
—Nos dejó perplejos. Guardamos todos silencio. ¡Había dado en el clavo! —Hizo una pausa, todavía con las tenazas en la mano—. Recuerdo que, entonces, los catorce nos echamos a reír, y no podíamos parar. Aún me acuerdo de Aylmar, tumbado panza arriba en el suelo, sujetándose el estómago y riéndose hasta quedar sin aliento. Incluso mi hermano Ruberik, que por lo general tiene tanto sentido del humor como un yunque, casi no podía respirar de tanto reír.
» Cuando logramos dominarnos, nos dimos cuenta de que madre se había ido a la cocina y allí estaba rezongando, tan enfadada, que sonaba el golpeteo de las cazuelas al moverlas con rabia. No nos dirigió la palabra durante varios días. Y, lo que es peor, ¡se negó a cocinar! —exclamó Flint horrorizado.
—¿Qué hicisteis? —preguntó Ailea.
—Aylmar y yo nos fuimos a trabajar a la forja. Hicimos un letrero para ella, moldeando palabras con finas barras de hierro que incrustamos en un trozo de madera. Lo colocamos sobre la chimenea. Decía... —Flint sufrió un súbito ataque de risa—. Decía... —El enano tosió, atragantado por las carcajadas, y se limpió los ojos llorosos.
—¿Decía...? —instó Tanis.
—«Quien mucho ríe, pronto ayuna.»
—Pero ese refrán no es así, sino «quien mucho corre...» —Tanis se interrumpió—. Ah, ya entiendo.
—Le encantó —dijo Flint—. Caray, ya lo creo que le encantó.
* * *
Los tres amigos decidieron que, a despecho de la inminente fecha tope para el encargo del Orador, hacía un día maravilloso como para quedarse en casa. Así pues, cogieron las herramientas de trabajo de Flint, fáciles de transportar, y se encaminaron hacia las montañas al sur de Qualinost. Aun cuando los dos ríos cerraban la ciudad por los otros tres puntos cardinales, al sur el terreno ascendía en una pendiente boscosa que conducía a un cerro de granito púrpura. En la vertiente opuesta, la cumbre del cerro terminaba en un abrupto precipicio de trescientos metros. Para convencer al enano a efectuar la caminata, Tanis adujo que la pendiente no era muy empinada y que desde allá arriba se divisaban las montañas de Thorbardin, la cuna ancestral de su gente.—Un poco de ejercicio nunca le viene mal a un enano —repuso Flint, y se puso a la cabeza de la marcha.
En consecuencia, él fue el primero en ver, más allá del ondulado mar de verde follaje, los escarpados picos de las montañas que albergaban Thorbardin, que semejaban oscuros barcos navegando por el horizonte meridional.
Flint se acomodó al pie de un árbol y empleó las siguientes horas en realizar las incrustaciones del medallón, hasta que casi completó el trabajo; entretanto, Tanis y tía Ailea pasearon, charlaron y recogieron hierbas para las pociones de la anciana.
Unas horas más tarde, Flint volvía de regreso al taller a través del bosquecillo de álamos y árboles frutales cuando ya las primeras sombras del crepúsculo caían sobre la ciudad; Tanis había ido con Ailea para acompañarla a su casa. La vivienda de Flint, por supuesto, estaba a oscuras; no había encendido la fragua desde hacía varios días a causa del calor reinante y porque la parte del proceso de fabricación del medallón que ahora llevaba a cabo sólo requería trabajar el metal en frío.
Las flores de los dondiego de día que crecían junto a la puerta se habían cerrado con la llegada del ocaso, pero uno de los nuevos rosales que Flint había plantado en el pórtico empezaba a florecer. El enano arrancó uno de los capullos amarillos e inhaló su perfume. Suspiró. No debía uno olvidarse de los pequeños placeres que ofrecía la vida. A despecho del altercado con Tyresian, había sido un día estupendo.
Tal vez una jarra de cerveza —de entre esos pequeños placeres, el favorito de Flint— pondría un buen broche final a la tarde, se dijo el enano para sus adentros mientras abría la puerta; adelantó un paso para cruzar el umbral mientras hacía girar entre sus dedos el capullo que había arrancado.
—¡Aug! —exclamó Flint soltando la rosa. Se había pinchado con una espina, y se llevó el dedo a la boca para aliviar el escozor—. Caray con los pequeños placeres —rezongó, sin dejar de chuparse el dedo herido, y acto seguido se agachó para recoger el capullo caído en el suelo, esta vez con cuidado de no tocar las espinas.
Justo cuando se iba a incorporar para entrar en el taller, algo le llamó la atención. Era un hilo negro y largo, caído en el piso del cuarto, a un palmo del umbral. Flint, a quien le gustaba conservar limpio su taller a pesar de
estar abarrotado de trastos, alargo la mano para recoger el hilo y tirarlo a la calle.
El hilo, no obstante, parecía estar atascado de algún modo.
—¡Demonios! —gruñó a la vez que tiraba con más fuerza.
De repente, se oyó un tenue chasquido y Flint, guiado por un instinto de supervivencia, echó cuerpo a tierra. En el mismo momento en que chocaba con las baldosas del piso, atisbó un destello al otro lado del cuarto. Algo paso zumbando sobre su cabeza y alcanzó con un golpe sordo la puerta.
Tragando saliva con esfuerzo, Flint rodó sobre sí mismo y, sin levantarse del suelo, examinó la hoja de madera. Profundamente hundida en la gruesa plancha de roble, justo a la altura del pecho de un enano, estaba clavada una daga.
—¡Por Reorx! —musitó Flint.
Se incorporó con movimientos cautelosos, alerta a cualquier ruido inesperado que denunciara un nuevo ataque. Le temblaban las rodillas a pesar de su enérgica orden de que no lo hicieran. Despacio, aferró el puño de la daga y la extrajo de la puerta. La punta de la hoja brillaba malévola con la mortecina luz del ocaso. Si al entrar en el taller hubiera enganchado el hilo con la bota, el arma no se habría hundido en la puerta, sino en su corazón.
¿Por qué querría matarlo alguien?
Flint empezó a girar sobre sí mismo para pasar sobre el hilo y entrar en el taller, pero justo entonces se escuchó un suave chasquido metálico que recordó al enano el ruido que hace un mecanismo al encajar en otra pieza.
Antes incluso de tener tiempo de gritar, hubo otro destello y una se linda daga silbó en el aire, dirigida directamente hacia el enano.
—Flint, estúpido cabeza hueca —se reprendió con voz ronca mientras retrocedía tambaleante y agarraba el puño del cuchillo que le atravesaba el hombro. La sangre le escurrió entre los dedos y empapó la tela azul de la camisa—. Debiste haberlo imaginado...
Se recostó contra la puerta y después se deslizó poco a poco hasta el suelo mientras gemía.
—Cabeza de chorlito... —susurró una vez más antes de que sus ojos se cerraran.
Flint se desplomó y yació inmóvil en tanto que la noche cubría con su oscuro manto la ciudad.
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