Qualinost

Mark Anthony · Capítulo 8 de 33

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Qualinost

Capítulo 7: Muerte en el bosque

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Muerte en el bosque

AÑO 308 D.C.

PRINCIPIOS DE PRIMAVERA,

Flint odiaba los caballos —tanto, que afirmaba que le producían alergia—, y jamás montaría uno ni aunque en ello le fuera la vida. Bueno, en ese caso, quizá lo hiciera. Sea como sea, palmeó el cuello de la mula en la que cabalgaba, Pies Ligeros, y contempló con cariño los plateados álamos y los robustos robles de Qualinesti.

Después de veinte años de idas y venidas entre Solace y la Torre del Sol, se había familiarizado con el camino que conducía a Qualinost, algo de lo que incluso muy pocos elfos podían ufanarse, salvo los guías especialmente entrenados para esta tarea, y a los que recurría el Orador de los Soles para que escoltaran a los visitantes durante el trayecto de ida y vuelta. De vez en cuando tomaba un desvío equivocado, desde luego, pero el Enano de las Colinas que fuera incapaz de orientarse en un bosque merced a las marcas naturales del terreno, no merecía llamarse enano, sentenció Flint.

Sin embargo, y a fuerza de ser sincero, no estaba muy seguro de dónde se encontraba en este momento. Se acomodó en la grupa de Pies Ligeros y aspiró con deleite el profundo olor del bosque. Una ardilla le dirigió una furiosa parrafada desde el tronco de un roble, y dejó caer una lluvia de hojas

sobre él. El enano alargó la mano con torpeza, cogió entre los gruesos dedos una de las ramitas y se la arrojó de nuevo a la ardilla.

—¡Guárdala para tu nido! —gritó—. Porque, si no me equivoco, estos días estás muy ocupada con asuntos familiares.

Otra ardilla apareció en una rama cercana, y la primera que había asomado, tras lanzar un último insulto al enano, corrió en pos de su compañera.

Flint respiró hondo. Era primavera, época de regresar a Qualinost.

Había sido duro el viaje de vuelta a Solace, aquel otoño tras su primera estancia en la ciudad elfa. La nieve había empezado a caer al mismo tiempo que el enano llegó a los lindes del bosque de vallenwoods, los gigantescos árboles que albergaban la ciudad de Solace entre sus ramas. Su guía elfo había desaparecido pronto por la calzada en sentido contrario, y Flint recorrió a solas el camino alfombrado de nieve hasta llegar a su casa, situada al pie de un vallenwood. Encontró su hogar frío y vacío, a excepción de un ratón que se agazapó asustado en un rincón.

Fue un invierno muy solitario, aquel de hacía veinte años, a despecho del calor del hogar y la compañía de conocidos en la posada El último Hogar; cuando empezó la siguiente primavera, se encontró pensando una y otra vez en los bosques meridionales y en Qualinost, y preguntándose cada dos por tres cómo se encontraría Tanis.

Una semana más tarde, se presentó en la posada un forastero que no era otro que un qualinesti, portador de un mensaje del Orador: Flint sería bien recibido si le apetecía visitarlos. Y lo hizo. Su siguiente estancia en Qualinost duró más de un año, antes de que se despertara en el enano la nostalgia por sus amigos humanos. En suma, y con ligeras variaciones, estableció la norma que todavía seguía, de vivir en Qualinost desde principios de primavera hasta finales de otoño. Últimamente, había empezado a preguntarse por qué se molestaba en volver a su pequeña y triste casa de Solace.

El Orador de los Soles había dejado de enviar mensajeros al enano cada primavera, pues sabía que el cariño que Flint profesaba a la ciudad lo empujaría a emprender camino hacia el sur, y un día cualquiera, la luz del

amanecer encontraría al enano cruzando con sus sonoras zancadas el puente al oeste de Qualinost. Flint, a quien aterraban las alturas, jamás atravesaba el puente sin proferir continuos juramentos que habrían sacado los colores a un estibador de Caergoth.

Su entrada en la ciudad fue siempre un divertido espectáculo para los elfos.

Ahora, sin embargo, lo esperaban todavía varias horas de camino a lomos de la mula. Azuzó los flancos de Pies Ligeros con sus fuertes botas, confiando en que, al menos por una vez, el animal avivara el paso sin protestas.

Como era de esperar, se produjeron los rebuznos habituales.

Han-Telio Teften había tenido un provechoso viaje de negocios.

Empezó a silbar desentonado y, no por primera vez, bendijo al Orador de los Soles, cuya buena disposición a establecer relaciones con otras razas había favorecido que en los últimos años el comercio se convirtiera en un lucrativo medio de vida.

Los ojos castaños del joven elfo brillaron mientras que, por enésima vez durante el viaje, metía la mano en las alforjas de lona, y, como en cada ocasión anterior, sus esbeltos dedos apretaron de manera inconsciente el nudo que cerraba la bolsa. Mientras él y su montura penetraban en una zona donde el sendero se ensanchaba y cruzaba un pequeño claro, sacó un saquillo de cuero y volcó el contenido en la palma. Tres ópalos, blancos y transparentes, relucieron sobre la curtida piel de su mano.

—Maravillosos —musitó—. Y la llave de mi futuro. El susurrante sonido de unas hojas a su izquierda le hizo levantar la cabeza y observar con cautela. Las cuadrillas de asaltantes eran prácticamente inexistentes en las sendas interiores de Qualinesti desde hacía años, pero en los meses pasados habían tenido informes de viajeros desaparecidos. No obstante, cuando transcurrieron varios minutos sin que ocurriera ningún incidente, Han-Telio se dedicó de nuevo a admirar sus ópalos mientras enumeraba las cosas maravillosas que compraría.

—Primero, una casa —dijo—. Y muebles, desde luego. Y un pequeño terreno en el que mi amada Ginevra plante fragantes hierbas.

Ginevra, sí. La hermosa elfa con ojos de color de endrina que le había prometido casarse con él cuando pudiera hacer frente a su parte de gastos de la boda. La promesa dictada por su mente práctica y racionalista, era lo que lo había empujado a pasar meses en la carretera comerciando con fina joyería elfa, sedas, esculturas de cuarzo y, desde luego, las conocidas pócimas curativas que su amada hacía con hierbas. Ahora, por fin, ya había ganado la suma suficiente para cumplir con su parte en acuerdo.

El elfo no vio de inmediato a la criatura. Fue su olor lo que captó en principio; un olor dulzón a repollo podrido. El hedor, y el súbito temblor de su montura, lo pusieron sobre aviso.

Han-Telio alzó la vista y tuvo la sensación de que sus miembros se volvían pesados como plomo. Aguardando en la senda, a menos de veinte pasos, se encontraba un criatura semejante a un inmenso lagarto. Tenía el duro pellejo de un color pardo, del mismo tono de la tierra de camino que quedaba a su espalda. Unos cuernos tan largos como el brazo del elfo sobresalían de la callosa testuza de la criatura. Las patas delanteras contaban con cinco de dos rematados en unas garras de un palmo de largo.

Tenía las fauces ligeramente abiertas y al respirar lanzaba un nube de aliento fétido, como si fuese un dragón sin alas. Su cuerpo superaba el tamaño de cuatro elfos y estaba rematado en una cola fina que recordaba un látigo y que era sólo un poco más corta que el cuerpo.

—¡Un tylor! —exclamó el comerciante. Estas bestias eran poco conocidas incluso en las regiones áridas en las que, gustaban habitar. No se tenía noticias de que ninguno de estos monstruos hubiese vivido jamás en los bosques Qualinesti. Y, a pesar de que el comerciante había llegado en sus viajes a tierras muy distantes de su patria elfa, nunca había visto un tylor.

Mas sabía que eran fuertes, dotados de una gran magia a la que recurrían cuando fallaba la fuerza bruta, y sanguinarios.

El caballo de Han-Telio estaba petrificado de terror, con los ojos desorbitados, los ollares dilatados y las patas rígidas. El elfo tiró de las riendas, pero el animal no reaccionó ni a esa orden ni a los taconazos en los

ijares. El bosque estaba sumido en un profundo silencio, salvo los crujidos de las ramas de un roble en lo alto.

—Tu montura no se moverá, elfo.

Han-Telio miró en derredor esperando que la persona que había hablado viniera en su rescate, y que fuera, preferiblemente, alguien mejor armado que un simple comerciante, y dispuesto a presentar batalla. La voz era profunda y rasposa, como si el aire fluyera entre guijarros de piedra arenisca, o sobre escamas. Sobre escamas... Una nueva oleada de terror estremeció a Han-Telio. Miró al reptil.

—En efecto, elfo. Soy yo quien habla. El tylor se expresaba en Común.

Las palabras fueron el acicate que sacó de su estupor al elfo; guardó los ópalos en un bolsillo de su túnica y con manos temblorosas intentó abrir las alforjas para sacar la espada corta que guardaba en ellas, a la vez que la criatura avanzaba dos pasos y agitaba la temible cola afilada.

Mas el nudo de la correa que ataba las alforjas resistió sus esfuerzos y se enredó. El tylor avanzó otro paso; el hedor de su aliento se hizo más penetrante. Han-Telio lo reconoció. Era la repulsiva pestilencia de carne podrida. La voz retumbó de nuevo:

—¿Adónde te diriges, elfo? Tu caballo no se muestra muy dispuesto a transportarte.

—A casa. A reunirme con Ginevra —respondió con voz ahogada mientras una de sus manos tiraba de las riendas en tanto que la otra seguía manipulando el nudo de las alforjas.

Han-Telio no sabía por qué había contestado; quizá para ganar tiempo.

Por último, el comerciante, con una fuerza nacida del terror, logró romper la correa y sacó la espada corta. Cuando miró de nuevo hacia arriba, el tylor, cuya cabeza se balanceaba como si quisiera hipnotizar a su víctima, se encontraba ya muy cerca de él. Mientras el elfo miraba a la bestia, fascinado a su pesar, el tylor pasó ante una picea, y a continuación ante un peñasco de cuarzo, y su piel se tornó primero verde, después rosa, para asumir de nuevo el tono pardo similar a la arena del camino. Mimetismo, fue la idea absurda que acudió a la mente del elfo. En un arranque de coraje, amenazó a la bestia con su espada.

—Con ese pequeño cuchillo para matar cerdos que manejas, no tienes mucho que hacer contra los de mi clase elfo —bramó el monstruo, cuya cabeza laminada estaba ya a menos de dos metros del hombre.

Entonces, el tylor lanzó un rito que hendió el aire de claro y que sacudió a Han-Telio de pies a cabeza.

El caballo del comerciante, al que el pánico puso por fin en movimiento, se encabritó y dio media vuelta para salir de estampida. Pero el tylor se abalanzó y clavó lo afilados dientes en el cuello del animal, en tanto que Han-Telio gritaba y desmontaba de un salto. El elfo gritó otra vez cuando la cola del tylor restalló con la velocidad de una cobra.

Cuando su cuerpo se estrelló contra unas piedras de camino, estaba casi partido en dos.

Tres ópalos rodaron hasta detenerse en un charco de sangre.

* * *

Flint había desmontado y tiraba de las riendas en un vano intento de convencer a la testaruda mula para que continuara avanzando cuando se oyó un rugido en la distancia. Por un breve instante, el enano se quedó inmóvil, con una mirada de alerta en sus ojos gris azulado, a menos de un palmo de los marrones de Pies Ligeros. Entonces un grito ahogado se alzó en el bosque, y Flint se llevó la mano al hacha mientras giraba sobre sus talones buscando la procedencia del sonido. A sus espaldas, Pies Ligeros pateó el suelo con nerviosismo.

Se repitió el grito, más fuerte en esta ocasión, pero enmudeció de manera repentina. Había sonado en el camino, al frente.

—¡Por las barbas de Reorx! —exclamó el enano, mientras se montaba a lomos de Pies Ligeros—. ¡Muévete, maldita mula, o le servirás de cena a un minotauro y yo disfrutaré viéndolo!

Por una vez, Pies Ligeros obedeció y salió a un trote tan rápido como se lo permitían las enormes pezuñas. Flint desenvainó la espada corta mientras cabalgaba. Al cabo de diez minutos —una eternidad para el impaciente

enano—, Pies Ligeros frenó entre resoplidos en lo que sin duda había sido el escenario de una lucha.

Flint aguardó en silencio, sin desmontar, intentando distinguir si la criatura causante de semejante masacre acechaba todavía por los alrededores. En los troncos de los robles se veían unas marcas inmensas.

Docenas de esbeltos álamos estaban hechos astillas a ambos lados del camino. La tierra estaba manchada con lo que sin lugar a dudas era un charco de sangre, que ya había adquirido un tono pardusco. Un peñasco de cuarzo también tenía salpicaduras, y el rastro de un reguero oscuro se perdía entre la densa maleza. Pies Ligeros se tensó, como si estuviera a punto de salir corriendo. Flint tranquilizó a la mula y desmontó con cautela.

El bosque estaba silencioso, salvo los sonidos habituales de la floresta, como si no ocurriera nada fuera de lo normal. Las bellas flores de unas sanguinarias crecían en el húmedo terreno a la derecha del camino, pero tres metros más allá no se veía nada por los espesos matorrales cuajados de brotes nuevos. Flint, con el hacha en una mano y la espada corta en la otra, aguardó en silencio. Una suave brisa con un ligero olor a nieve, tierra húmeda y el dulzón aroma de la sangre, agitó la barba entrecana del enano.

Todo siguió tranquilo.

Algo más relajado, aunque sin bajar la guardia, Flint cogió las riendas de la mula con la misma mano que sostenía la espada corta, y avanzó cauteloso por el claro deteniéndose para examinar las marcas de garras y los latigazos que habían destrozado la vegetación.

—Es evidente que lo hizo una criatura con una cola muy larga —

musitó, sin aflojar los dedos en torno al mango del hacha y vigilando de manera constante la maleza—. Con la estructura de un reptil. Pero ¿en los bosques?

Mientras se movía despacio en círculo, sus ojos pasaron desenfocados sobre el astillado roble, el peñasco, otro roble y una docena de álamos.

—Un reptil en tierras boscosas no tiene sentido —razonó, mientras su mirada se posaba en el tronco nudoso de un roble, distante a unos seis metros.

Sus ojos volvieron a enfocarse en tanto seguía reflexionando.

Divisó otra salpicadura de sangre en un trozo de madera que sobresalía a media altura del tronco. Y, un poca: mas arriba... ¡el tronco lo observaba!

Y los ojos eran inteligentes.

Mientras cruzaba a toda velocidad el claro en dirección al refugio de la maleza, Flint sintió el chasquido de unos afilados dientes al cerrarse con violencia las mandíbulas del tylor a escasos centímetros de su cabeza. Se tiró de cabeza sobre la tierra húmeda y oyó, más que ver, a Pies; Ligeros que pasaba por encima de él como una exhalación. Se incorporó con premura y oteó desesperado en derredor para localizar al monstruo. «¡Por las barbas de Reorx! ¿Que era aquel bicho?», pensó.

La criatura, detenida momentáneamente entre un roble y una picea, se libró del obstáculo con tal violencia que quebró el árbol perenne, y avanzó por el claro con estruendo.

Se dirigió directamente hacia Flint, que echó a correr con una velocidad que habría dejado perplejos a sus conocidos. Cincuenta pasos más adelante alcanzó a Pies Ligeros, que, al ser mas corpulenta, no podía deslizarse entre los árboles con la misma rapidez que Flint. No obstante, la mula era más fuerte que el enano, por lo que la carrera era muy igualada. A sus espaldas, el tylor lanzaba rugidos destrozaba los árboles a su paso, acuciado por el ansia de sangre. El enano y la mula corrieron entre la maleza hasta que Flint perdió la noción de su posición.

—¡Por Reorx! —jadeó, mientras penetraba en otro claro, con la mula pisándole los talones. En el centro se alzaba un enorme roble muerto; era tan inmenso que harían falta seis o siete hombres para rodear el tronco con sus brazos. A un lado del tronco había una sombra... No, era una oquedad.

Tampoco. Era una hendidura. El árbol estaba hueco. Mientras el tylor seguía avanzando a espaldas de Flint, el enano se lanzó a la carrera a través del claro en dirección al roble. La mula fue tras él.

—¡Pies Ligeros! —protestó Flint, cuando el maloliente animal, empapado de sudor, se apretó contra él en el oscuro interior del tronco. El enano se volvió hacia la abertura, tentado de hacer salir a la mula de un empellón.

Pero la hendidura había desaparecido. Afuera, el tylor rugió iracundo, golpeando una y otra vez el árbol muerto. Luego, empezó a entonar unas palabras mágicas. Flint se encontró en medio de una profunda oscuridad, abrazado al cuello de la temblorosa mula.

—¡Por todos los dioses! ¿Y ahora, qué? —musitó. Tanteó el flanco del animal hasta tocar las alforjas y saco un yesquero. Unos instantes después, mientras el tronco vibraba con el sonido de la salmodia mágica y las violentas arremetidas del tylor, Flint, a tientas, encontró un palo en el suelo alfombrado de agujas de pino y lo prendió. Pies Ligeros se arrimó más al enano, que la rechazó con un manotazo irritado.

—¡Apártate, estúpida! —siseó.

Flint levantó el encendido trozo de madera y examinó el suelo del tronco. Escarbó la fina capa de tierra y enseguida tropezó con madera.

Era de esperar en un tronco hueco, pero lo que no era normal es que sus dedos tantearan algo tallado en esa madera.

Apartando de un empujón a la mula, Flint barrió la capa de tierra hasta dejar al descubierto la madera tallada.

—¡Por las barbas de Reorx! —susurró—. ¡Una runa! Se inclinó más, sin prestar atención a la tea, que, de repente, soltó una brasa y prendió la pinocha. Las agujas resecas ardieron con rapidez y se extendieron en círculo sobre la madera del fondo del árbol. La mula temblaba aterrada en medio de la circunferencia de fuego, haciendo inútiles los esfuerzos del enano por apartarla de las llamas.

Flint nunca supo qué ocurrió a continuación. En un momento se encontraba tirando del ronzal de Pies Lige ros, y un instante después estaba de pie en una cámara que, al parecer, se abría debajo del árbol muerto.

Un profundo silencio reinaba en la cámara, salvo por la agitada respiración de una mula histérica, y la de un enano poco más tranquilo que su montura. Flint alzó la tea. En el interior esférico de la oquedad habría cabido con holgura todo un regimiento.

—¡Por los dioses, estamos en el corazón de un roble! —dijo a la mula, que no pareció muy impresionada por ello. El enano se agachó y hurgó el suelo con la punta de su espada—. Este árbol aún está vivo.

Se incorporó y miró a su alrededor.

La temblorosa llama de la tea iluminaba débilmente las paredes cobrizas de la madera viva, dejando en sombras los nudos e irregularidades, pero resaltando las partes redondeadas y pulidas del interior del árbol. Parecía que varios corredores salían desde la cámara, como si fueran inmensas raíces huecas.

A la izquierda del enano, Pies Ligeros resopló y pateó el suelo, saliendo, al parecer, del estupor causado por el pánico. La mula miró en derredor con una expresión de curiosidad en los ojos. Entonces descubrió en el centró de la cámara lo que parecía ser un enorme pilón y, haciendo honor a su naturaleza, actuó de inmediato siguiendo sus impulsos. Se asomó al pilón de madera y olisqueó el borde con ollares temblorosos.

Un líquido claro llenaba el recipiente, que tenía metro y medió de diámetro. Sobre la superficie flotaba un nenúfar; un nenúfar dorado. Las hojas eran idénticas a las de estas plantas acuáticas, pero la flor era de oro puro. Flint alargó la manó y tocó el capullo con un gestó reverente. Algo tan bello no podía ser maligno, razonó.

Mientras lo tocaba, el capullo se abrió y la voz cristalina de una mujer elfa repicó en la cámara:

—Bien hallado seas, el umbral está preparado, la estrella es plateada, el sol dorado, arroja una moneda hacia dónde está tu meta y luego toca el oro con tu manó.

Flint reculó y oteó con receló la cámara, como si esperara ver aparecer por una de las raíces huecas a una hermosa mujer elfa con una voz cristalina.

—¿Qué puedo hacer? —susurró, volviéndose hacia Pies Ligeros como buscando una respuesta, pero la mula lo miró con expresión estúpida—. Oh, de todas las criaturas con las que podía haberme quedado atrapado en el interior de un árbol mágico, has tenido que ser tú precisamente —rezongó, iracundo, el enano—. Bien, la voz dijo que arrojara una moneda y que el umbral estaba preparado. Umbral ó salida, es lo mismo —explicó a la mula

—. Y, por las apariencias, no se ve ninguna puerta real por aquí cerca, así

que, tal vez, esta flor nos ayude a salir. Como diría mi madre: «Si los dioses te cierran una puerta, te abrirán una ventana».

Flint rebuscó en un bolsillo y extrajo la suma total de sus ganancias invernales en Solace: una moneda de oro.

—Bueno, si me muero de hambre aquí dentro, tanto da si estoy arruinado como si no —razonó, y arrojó la moneda en el líquido dorado.

El fluido se iluminó como si bajó su superficie ardiera una lámpara, en el mismo corazón del árbol.

—¡Por Reorx! —farfulló el enano mientras se agarraba a la crin de Pies Ligeros en busca de apoyo. El sudoroso animal lo rozó con el hocico, como si intentara infundirle ánimos—. Vale, vale —barbotó. Luego añadió con gestó pensativo:

» Quizá debí echar la moneda dentro de la flor; la voz parecía provenir del nenúfar.

Rozó uno de los pétalos dorados, y... un súbito calor fluyó por el cuerpo del enano. Se volvió hacia la mula —a la que, comprendió de repente Flint, no había valorado como el cariñoso y devoto animal que era—, y vio que un cálido resplandor similar brotaba de los límpidos ojos de Pies Ligeros.

Más tarde, cuando todo hubo pasado, Flint juró que había escuchado la música de cientos de flautas en ese instante. La habitación desapareció.

Flint reparó en que los párpados de la mula se cerraban y sintió que ocurría otro tanto con los suyos.

De repente, el entorno se hizo ruidoso, y Flint sintió bajó sus pies un suelo de piedra, no de madera. Abrió los ojos con rapidez.

Se encontraba abrazado a la maloliente Pies Ligeros, rebozado de barro, agujas de pino y sudor de la mula. A su alrededor, y un poco más abajo, se hallaban las figuras boquiabiertas de Tanis, Miral y varios cortesanos elfos.

Flint miró a su alrededor.

Estaba sobre la tribuna de la Torre del Sol, juntó a Solostaran, el Orador de los Soles. Y una mula.

Pies Ligeros abrió la boca y soltó un agudo rebuznó. Flint interpretó su gestó como una invitación a que hablara él.

—Eh... Bien... He vuelto —dijo.

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