Qualinost
Capítulo 13: El anuncio
13
El anuncio
A la mañana siguiente, Flint encontró a Tanis en el Gran Mercado, el semielfo estaba frente a un tenderete que exhibía un letrero que rezaba:
«Lady Kyanna. Vidente de Todos los Planos». Debajo, otro cartel más pequeño anunciaba: «Tarifas Reducidas». La tela del tenderete, azul oscuro como la noche, estaba decorada con siluetas plateadas de las lunas y las constelaciones.
Varios elfos jóvenes, que apenas habían dejado atrás la infancia, pasaron entre Flint y Tanis y entraron en la tiendecilla. Un olor a incienso salió del interior cuando los muchachos alzaron la lona de la puerta, y se oyó una voz queda:
—Bienvenidos a una visión de vuestro futuro, buenos elfos.
—Videntes; ¡bah! —resopló Flint con desdén—. Charlatanes y fulleros, eso es lo que son todos. Por cierto, ¿te he contado lo que me pasó una vez en el Festival de Otoño en Solace? A ver... —musitó el enano—. Debió de ocurrir poco después del día en que derroté a aquellos diez salteadores de caminos, en la posada El último Hogar.
Tanis se resistía a los esfuerzos del enano por apartarlo del puesto de la vidente.
—No me importaría echarle un vistazo a mi futuro —dijo.
Flint gruñó con desdén y arrastró a su amigo por la calle que formaban los tenderetes. El semielfo pareció salir de su abstracción. Tras dirigir una
última mirada anhelante a la tienda de lady Kyanna, volvió los ojos hacia Flint con una expresión de simulado interés.
—¿Decías? —preguntó.
—Un mago ambulante de Solace intentó venderme un elixir con el que, afirmaba, me haría invisible —dijo Flint, permitiendo que su amigo hiciera un alto frente al tenderete de un artesano que vendía, precisamente, espadas
—. En mi opinión, tenía un sospechoso parecido con agua clara, pero él respondió: «Por supuesto que es transparente. En caso contrario, no te haría invisible, ¿verdad?». En fin, cuando llegué a casa con el elixir...
Tanis, que acariciaba la empuñadura de una espada, se volvió hacia el enano.
—¿Quieres decir que lo compraste? —inquirió incrédulo.
—No es que creyera una sola palabra de lo que decía el mago, por supuesto —se defendió Flint con un brillo en los ojos, mientras intentaba apartar al joven del puesto—. Supe desde el principio que era un timo. Pero quería tener alguna evidencia con la que denunciarlo a las autoridades como el estafador que era.
—¿Qué ocurrió cuando usaste el elixir? —dijo Tanis con voz ausente, ya que toda su atención estaba puesta en el surtido de armas—. Son unas espadas maravillosas. Cuánto me gustaría...
—Son obra de un artesano de pacotilla —lo interrumpió el enano, a la vez que tiraba del brazo del semielfo sin parar mientes en la furiosa mirada que le lanzaba el vendedor—. ¿Para qué necesitas una espada? En Qualinost no hay nadie contra quien luchar. Bueno, como iba diciendo, me bebí la poción y pensé que era una buena idea ir al establecimiento de aquel tabernero cuellicorto, que me había tomado el pelo unos días atrás al servirme una jarra de cerveza aguada, y tomarme un par de picheles
«gratis» —explicó Flint, con una mueca maliciosa. Pero entonces frunció el entrecejo—. Sólo que, a saber cómo, aquel matón, que por su pinta no podía ser otra cosa que un mal nacido hijo de una goblin, se las arregló para verme y..., ¡eh! —se calló indignado al caer en la cuenta de que había revelado más de lo que se proponía.
Miró a Tanis de hito en hito, pero el semielfo lo observaba con expresión seria.
—¿Y...? —lo apremió Tanis.
—¡Y mete la nariz en tus propios asuntos! —protestó Flint—. ¿Es que no tienes otras cosas por las que preocuparte?
Despacio, con habilidad, el enano condujo a Tanis fuera del Gran Mercado y sus atractivas mercancías, y lo llevó a su taller. Entraron en silencio; Flint estrujándose la mollera para componer un corto discurso; pero al final, sin haber discurrido qué decir, se dirigió hacia la mesa, donde algo largo y esbelto yacía cubierto por una tela oscura.
—¿Qué es eso? —se interesó Tanis, avanzando un paso.
—Algo que acabé anoche mismo —respondió el enano, y entonces retiró de un tirón el paño.
Debajo estaba la espada, reluciente como un relámpago materializado en una sustancia sólida. Y, a su lado, varias docenas de cabezas de flecha, de un metal opaco y negro, y muy afiladas.
Los ojos de Tanis, ni que decir tiene, se abrieron como platos y se clavaron en la espada.
—Flint, es una maravilla —dijo con voz queda mientras alargaba la mano para acariciar el frío metal.
—¿Te gusta? —preguntó el enano, con las espesas cejas arqueadas—.
Es un regalo. Para ti.
—Para... —El semielfo enmudeció y su rostro se quedó rígido.
Por un breve instante, Flint temió que al joven no le hubiera gustado la espada; entonces reparó en que su amigo apretaba los puños, y comprendió que Tanis luchaba para contener una gran emoción.
—Oh, no puedo aceptarlo —musitó con un hilo de voz, contemplando la espada con avidez.
—Claro que puedes —replicó Flint—. Más te vale, muchacho.
Tanis vaciló unos cuantos segundos más; luego alargó despacio una mano hacia el arma. Por último, aferró la empuñadura. Su tacto era frío y suave, y parecía encajar a la perfección con sus dedos. Tanis sintió que un
escalofrío le recorría la espina dorsal. La espada era algo más que una simple arma. Era un objeto de templada belleza.
—Gracias, Flint —dijo con suavidad.
El enano desechó sus palabras con un brusco ademán.
—Procura darle un buen uso y me sentiré satisfecho —repuso.
—Oh, lo haré —contestó con fervor el semielfo.
* * *
Aun después de tantos años entre los elfos, Flint seguía quedándose boquiabierto cada vez que ponía los pies en la Torre del Sol, y nunca dejaba de hacer una breve pausa ante las doradas puertas que conducían a la cámara central, con los ojos cerrados, rindiendo un silencioso y respetuoso homenaje a los artesanos enanos que la habían construido tanto tiempo atrás.Esta tarde, las inmensas puertas se abrieron ante él, con los querubes de sus bajorrelieves esbozando una breve sonrisa maliciosa y mirando de reojo al enano mientras las monumentales hojas giraban sobre sus goznes. Flint sacudió la cabeza para alejar esta idea peregrina de su mente, y cruzó el umbral poniendo todo su empeño en no alzar la vista hasta el techo que se encumbraba casi doscientos metros sobre su cabeza.
«No es que me produzca vértigo cuando miro allá arriba — se dijo el enano para sus adentros—. Pero no quiero ponerme en ridículo con la tonta costumbre de mirar a lo alto cada vez que entro en el recinto.»
Flint vio que la mayoría de los cortesanos se encontraban ya presentes, pero no así el Orador; y tampoco Tanis. «Llegará tarde; tan seguro como que un martillo es pesado», rezongó el enano para sí, mientras sacudía la cabeza con tanta energía que la barba se meció a un lado y a otro. Dando por hecho que estaría sin compañía durante un rato, se alejó de los elfos reunidos en grupos, se recostó contra una de las columnas que jalonaban el perímetro de la cámara, y esperó a que la sesión diera comienzo.
Los cortesanos, ataviados con opulentas túnicas largas de sedas verdes, marrones y bermejas, recamadas con Tilos de oro y plata, se reunían en
grupos por el recinto y sus voces quedas resonaban en la bóveda de la Torre. Desde su posición junto a la columna, Flint reparó en que la mayoría de las conversaciones giraba en torno a la ineptitud de la guardia de la Torre para dar caza al tylor.
—¿Qué dificultad puede haber en localizar a un monstruo de ocho o nueve metros? —protestaba un anciano elfo—. En mis tiempos, esa bestia habría estado muerta desde hace días.
El compañero del anciano trató de apaciguar su ira.
—El bosque es grande y mágico. El Orador debería organizar una milicia especial con un mago y los hombres mejor entrenados para que rastrearan y acorralaran a la bestia y acabaran con ella.
El anciano elfo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.
—Todo el mundo es un experto —rezongó Flint por lo bajo.
Los amigos de Porthios, Ulthen y Selena —el esbelto brazo de la mujer enlazado en torno a la cintura del noble elfo—, pasaron frente al enano y se situaron al otro lado de la columna. Flint advirtió que los ojos de la mujer estaban pendientes, no de su acompañante, sino de Litanas, el nuevo ayudante de lord Xenoth, que se encontraba junto al consejero, al pie de la tribuna. Flint se movió un par de pasos con la esperanza de que no lo vieran. Sabía que Selena, Litanas y Ulthen pertenecían al grupo de elfos que eran contrarios a la presencia de extranjeros en la corte, si bien la rubia dama acostumbraba hablar con entusiasmo de las «maravillosas creaciones artísticas enanas», cada vez que se encontraba con Flint.
La cortante voz de Selena llegó con claridad a oídos del enano.
—Bueno, Litanas me contó que Tyresian amenazó a Xenoth si el consejero no cesaba de ponerle impedimentos en su camino. Pero Litanas no sabía exactamente cuál era el tema de discusión. Creo que Xenoth oculta cosas a Litanas, lo que, a mi entender, es injusto, puesto que Litanas es una de las personas más intel...
—Selena, el tono de tu voz... —interrumpió Ulthen, en un intento de acallarla.
—Oh, Ulthen, déjame en paz. Sea como sea, Litanas dice...
Ulthen torció el gesto, y Flint llegó a la conclusión que el noble elfo oía muchas veces aquello de: «Litanas dice...».
—En fin, me han contado que el Orador proyecta cancelar el Kentommen hasta que el tylor haya sido capturado.
—Oh, Selena, no seas ridícula. —En las palabras de Ulthen se advertía un deje impaciente.
—¡Ridícula! —La voz de la mujer alcanzó un tono casi estridente—.
¿Acaso consideras que es seguro permitir que la gente se desplace a la ciudad por los mismos caminos que la presencia del tylor hace tan peligrosos?
Ulthen —y también Flint desde el otro lado de la columna— tuvo que admitir que el argumento de la mujer tenía un punto de razón. Tal vez ése era el motivo de todo este montaje. Casi con toda seguridad, ésta sería la primera vez que se cancelaba un Kentommen; la tradición dictaba que la ceremonia tuviera lugar el día que el elfo en cuestión cumplía los noventa y nueve años, y había de darse una situación de gran crisis para que fuera justificable el posponer su celebración.
En ese momento, se abrieron las puertas doradas y el Orador penetró en la cámara, seguido de Laurana. El reflejo de la luz solar que inundaba la Torre lanzaba destellos en su túnica verde y dorada mientras Solostaran cruzaba la sala con regia gracia. Flint avanzó hacia su amigo.
El Orador estaba saludando a varios cortesanos e intercambiando frases ingeniosas y chanzas, pero Flint advirtió de inmediato que algo raro le pasaba hoy a Solostaran. Si se había producido algún cambio en el Orador de los Soles en el transcurso de los veinte años que lo conocía el enano, Flint no había notado diferencia alguna; el Orador se erguía tan recto como la propia Torre, y su rostro seguía siendo tan intemporal como el mármol de las paredes interiores del recinto. Hoy, sin embargo, aunque sus ojos eran tan vivaces y cálidos como un día de estío, asomaba a ellos una sombra de preocupación.
—Maestro Fireforge —saludó el Orador cuando al volverse vio al enano que aguardaba paciente a su lado, sin querer interrumpir la conversación del dirigente con sus cortesanos—. Me complace que hayas venido.
—Siempre que requiráis mi presencia, acudiré —contestó Flint. Por vez primera advirtió una leve arruga en la despejada frente del Orador, bajo la dorada diadema real. Solostaran sonrió, pero fue una sonrisa algo apagada.
—Gracias, Flint —repuso, y el enano se sorprendió. Que él recordara, era la primera vez que el Orador lo llamaba por su nombre de pila en un acto oficial—. Temo que necesitaré tener cerca a un amigo como tú en este día.
—No comprendo.
—Los lazos de la amistad son fuertes, Flint, pero a veces sus ataduras pueden resultar demasiado constrictivas.
La mirada del Orador recorrió la multitud y se posó en lord Xenoth y Litanas, pero enseguida la dirigió a otro lado.
—Oh, ya veo —rezongó Flint—. En tal caso, mejor será que me marche.
—No, maestro Fireforge —dijo el Orador mientras ponía una mano sobre el hombro de Flint. Un esbozo de sonrisa curvó los labios de Solostaran—. Hablaba de otra clase de amistad, la que une a dos linajes.
Aun cuando dichos lazos me han ayudado en el pasado, ya mi padre antes que a mí, lamento profundamente el precio que ahora he de pagar por esa amistad.
—¿Pero de qué se trata? —preguntó Flint. ¿Qué podría hacer uno a un amigo que le resultara tan ingrato?
El Orador sacudió la cabeza con suavidad.
—Pronto lo sabrás. Pero, dime, Flint, si más tarde tendrás tiempo de tomar una copa de vino con un viejo elfo.
El Orador sonrió otra vez, y Flint asintió en silencio. Entonces, Solostaran se dirigió a la tribuna que se alzaba en el centro de la cámara.
Cuando subió al podio, cesaron las conversaciones de los cortesanos y volvieron su atención hacia él. El enano se preguntó dónde estaría Tanis.
Porthios se situó a la izquierda de su padre, cerca de lord Xenoth y Litanas, intentando adoptar una actitud tan regia como la del Orador, aunque a Flint más le parecía un gallo de corral hinchado de orgullo. Su hermano menor, Gilthanas, estaba a la derecha de la tribuna, junto a la
guardia ceremonial. Los guardias vestían chalecos de cuero negro en los que brillaba la filigrana plateada del emblema del Sol y el Árbol. Era el mismo símbolo que había adornado el estandarte que Kith-Kanan llevaba consigo cuando pisó por primera vez los bosques de Qualinesti.
Gilthanas se había integrado en la guardia hacía apenas medio año.
Todavía era un muchacho paco mayor que Laurana, pero Flint sabía que Porthios había discutido largo y tendido con el capitán del cuerpo para que admitiera en sus filas a Gilthanas. Aunque el muchacho hacía cuanto estaba en su mano para imitar la rígida actitud de los otros guardias, sosteniendo frente a él la espada en el saludo tradicional, el arma parecía demasiado pesada para su ligera constitución. Flint sacudió la cabeza. El enano tenía que reconocer el mérito del muchacho por poner tanto empeño en ser fuerte, pero Flint no acababa de entender que era exactamente lo que Gilthanas intentaba probar.
Justo en el momento en que el Orador alzaba las manos para dar la bienvenida a toda la corte, gesto que señalaba el comienzo del acto, Flint recibió un empujón por detrás. Se volvió raudo, con los ojos centelleantes y dispuesto a poner de vuelta y media al cretino que no miraba por dónde iba.
—¡Tanis! —susurró, muy aliviado de ver que su amigo había llegado a tiempo. El semielfo respiraba de manera entrecortada, y una película de sudor le cubría la piel—. ¡En nombre de Reorx! ¿Dónde demonios te habías metido que llegas tan tarde? —inquirió en un colérico susurro.
—Calla, Flint —repuso con voz queda Tanis mientras señalaba hacia la tribuna donde el Orador daba comienzo a su alocución.
—Agradezco a todos que estéis presentes aquí hoy —comenzó Solostaran dirigiéndose a los nobles congregados alrededor de la tribuna—.
Tengo importantes noticias que compartir con vosotros. Unas noticias que, espero, sean para todos causa de alegría.
» En primer lugar, no obstante, he de confesar que hay un motivo ulterior para que os haya congregado hoy. —El Orador sonrió—. Sabéis, por supuesto, que una bestia voraz y sanguinaria merodea los campos cercanos a Qualinost. Varias personas han perecido entre sus garras, y los granjeros de las afueras de la región informan que un número creciente de
cabezas de ganado han desaparecido. Mis consejeros me han dicho que esta bestia, un tylor, se ha construido sin duda un cubil en algún lugar cercano a una de las sendas que conducen a Solace. Las tropas destacadas para dar caza al monstruo no han logrado localizarlo, pero han encontrado rastros de la bestia y creen que han circunscrito la zona donde la criatura... —hizo una pausa— se alimenta.
Las facciones del Orador se suavizaron mientras su mirada pasaba sobre los cortesanos.
» Por consiguiente —continuó—, pido voluntarios que se agrupen y busquen al tylor. Puesto que esa criatura posee algunas habilidades mágicas, Miral ha aceptado sumarse a expedición. —El mago, que estaba de pie junto a una columna en el lado opuesto a Flint, inclinó la cabeza y cruzó los brazos por debajo de las amplias mangas—. Y lord Tyresian ha aceptado ponerse a la cabeza de la partida de caza. —La tirante sonrisa del noble elfo semejaba más una mueca retorcida—. Confío en que los más diestros entre vosotros se ofrezcan a acompañar a esta tropa de voluntarios hasta la zona donde, según los informes, se encuentra la localización del cubil del tylor.
¿Algún voluntario?
Porthios fue el primero en adelantar un paso.
—Yo iré, desde luego.
El Orador vaciló mientras contemplaba a su hijo mayor. Lord Xenoth, cuya túnica plateada susurró a causa de su agitación, intervino:
—Orador, ¿estás seguro de que es prudente que el heredero se exponga a semejante peligro?
Porthios se puso tenso y enrojeció hasta la raíz del cabello; una expresión comprensiva afloró al semblante del Orador.
—Mi hijo está a punto de celebrar su Kentommen, lord Xenoth. Pienso que cometería un grave error si le negara el derecho a participar en esta misión con los demás hombres.
Porthios aflojó la tensión y dirigió una fugaz mirada a su padre de mal disimulado agradecimiento, y luego dedicó otra incisiva al consejero.
—En ese caso, también iré yo, para protegerlo —resumió lord Xenoth, obligando a su frágil cuerpo a adoptar una actitud desafiante.
Ahora fue el turno de Miral de intervenir en la conversación.
—Con todos los respetos, Orador —dijo el mago—. Opino que la expedición debe encomendarse a los jóvenes y fuertes, no a los ancianos y débiles.
Flint sintió una oleada de indignación. Aunque podía pasarse muy bien sin la presencia del extravagante y maniático anciano, no era propio del mago mostrarse tan cruel en público, en especial tratándose de un antiguo miembro de la corte. Xenoth abrió la boca para protestar, pero el Orador impuso silencio a su consejero con una mirada imperiosa.
—No rechazaré a ningún voluntario, Miral —contestó con deliberada lentitud.
Xenoth clavó una mirada asesina en el mago, que la sostuvo con impasibilidad.
Selena dio un codazo a Ulthen, y el noble elfo se ofreció voluntario con voz nerviosa. Ello hizo que Litanas lo secundara de inmediato. Pronto, otra media docena de cortesanos había sumado su nombre a la lista. De repente, Flint sintió que Tanis se movía y adelantaba un paso.
—Yo también iré, Orador —anunció.
—¡Tanis! —protestó Laurana en voz alta.
—¿Tanis? —repitió como un eco Flint en voz queda.
Lord Tyresian, de quien emanaba una frialdad tan notable como la que desprendían los muros de mármol, miro con el entrecejo fruncido a Tanis.
—¿No es bastante que tenga a un anciano inútil en la tropa para que también haya de soportar a un semielfo? Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—Y también a un enano, lord Tyresian —bramó Flint, enfurecido.
Lo que ocurrió a continuación habría sido divertido en otras circunstancias. Los elfos que se encontraban entre Tyresian y el enano, se apartaron a los lados dejando un pasillo entre los dos. El noble elfo y el enano se contemplaron de hito en hito hasta que la voz resonante de Solostaran atrajo todas las miradas.
—Acepto vuestra oferta, maestro Fireforge, Tanis. —Al ver que el noble abría la boca para protestar, lo atajó:— Todavía soy yo el Orador, lord
Tyresian.
—¿Qué crees que ha querido decir con eso? —preguntó Selena a Ulthen en un aparte.
Tyresian se apresuró a dar marcha atrás.
—Muy bien, Orador. Tu juicio es el que cuenta, desde luego.
Puesto que nadie más se sumó a la expedición, el noble emplazó a los voluntarios en los establos de palacio una hora antes del amanecer del día siguiente. Después se dio media vuelta y se situó de cara al Orador, ejemplo seguido por todos los cortesanos.
Al parecer, había llegado el momento del tan esperado anuncio.
Todos vosotros conocéis a mi hija, Lauralanthalasa Kanan —empezó Solostaran—. Como también sabéis que no falta mucho para que deje de ser una chiquilla. Es justo pues, que su futuro quede establecido con claridad, tanto para ella como para todos nosotros. En consecuencia, he elegido este día para disponerlo así.
Tendió la mano hacia la joven, y Laurana se acercó a su padre; el repulgo de su vestido verde susurró al rozar el suelo de mármol; su cabello brilló como oro batido bajo la luz solar al detenerse ante la tribuna. Hizo una grácil reverencia a su padre, y después a los cortesanos. Sus ojos buscaron entre la muchedumbre hasta localizar al semielfo, a quien miró con expresión interrogante. Flint notó que Tanis se encogía de hombros, y se preguntó qué demonios estaba pasando allí.
Girándose un poco para ver el rostro del semielfo, Flint observó que Tanis miraba a Laurana con intensidad. Parecía preocupado y sus dedos jugueteaban nerviosos con un pequeño objeto, pero el enano no alcanzó a ver de qué se trataba. Por su expresión, Laurana estaba tan ignorante del asunto como el resto de la audiencia. Sólo Tyresian se mostraba muy seguro de sí mismo; las facciones arrugadas de lord Xenoth denotaban un profundo descontento.
El Orador sonrió a su hija, pero el gesto no confirió alegría a su semblante, sino tristeza; después se volvió hacia sus cortesanos.
—Ha sido una satisfacción y un honor ilimitado para mi familia contar entre sus más preciados amigos a la Tercera Casa de Qualinost. Fue el señor
de la Tercera Casa en persona quien me apoyó con su fuerte mano en los oscuros años de agitación que siguieron al Cataclismo, con lo que me ayudó a asegurar la continuidad de la paz que tanto valoramos los qualinestis.
Los cortesanos movieron la cabeza en señal de asentimiento; todos estaban al corriente de aquellos hechos.
—En aquel tiempo —prosiguió el Orador—, el señor de la Tercera Casa, cuyo nombre evocaré sólo en mi memoria ahora que ha traspasado los límites de este mundo, tenía un hijo joven, y, por la gratitud que le debía, prometí, dotar a aquel hijo con un preciado regalo. El hijo de mi, amigo, el señor de la Tercera Casa, está hoy entre nosotros, y en la actualidad lo conocéis como el señor de tan honorable familia: lord Tyresian.
El alto y apuesto noble, resplandeciente en su túnica roja oscura, hizo una pronunciada reverencia ante el Oradora Demasiado pronunciada, en opinión de Flint, si es que ese término podía aplicarse a la situación. Lo cierto es que el gesto más parecía una exhibición de cara al público que un acto dictado por un sincero respeto.
—Orador, te doy las gracias por la deferencia que muestras hacia mí en este gozoso día —dijo Tyresian. Echó una ojeada a Laurana, pero la joven elfa apenas había reparado en su presencia, puesto que tenía la mirada fijada en Tanis.
El Orador respondió a las palabras del noble con una cortés inclinación de cabeza y después alzó los brazos como si abarcara con ellos al joven aristócrata y a su hija.
—Así pues, os daré una ocasión de celebración y alegría —declaró con un tono tan claro y penetrante como un toque de trompetas—, pues en este día tengo, no sólo el deber, sino el placer de comunicaros cuál fue el preciado regalo concedido a lord Tyresian hace mucho tiempo. Que todas las gentes de Qualinost sepan que, desde hoy en adelante, mi adorada hija, Lauralanthalasa, está prometida a lord Tyresian, de la Tercera Casa, hasta que llegue el día en que se unan como marido y mujer.
Un murmullo contenido corrió por toda la asamblea, seguido de inmediato por algún que otro aplauso que pronto se tornó en ovación general. Tyresian estaba resplandeciente, pero a Flint no le pasó inadvertido
que el Orador parecía exhausto. Miral había subido a la tribuna —algo que iba en contra del protocolo—, y parecía sostener con disimulo al Orador, como para evitar que se tambaleara. El mago dirigió una mirada sombría a Tyresian.
Flint volvió los ojos hacia Tanis, pero el semielfo parecía ajeno al regocijo general. Se limitaba a mirar al frente, con los ojos brillantes, y apretando con fuerza en uno de sus puños el pequeño objeto con el que había estado jugueteando un momento antes.
—Pero... —empezó Laurana, y enmudeció. El impulso de expresar lo que sentía había entrado en conflicto con su obligación de comportarse con decoro en la corte, así como el amor que profesaba a su padre—. ¿Por qué no me lo dijiste...? —La voz le tembló y se calló otra vez.
Los aplausos cesaron de manera repentina, y una extraña tensión se cernió sobre la asamblea.
—Creía que... —lo intentó de nuevo Laurana, que miró con desesperación a Tanis—. Tú y yo nos hicimos una promesa hace mucho tiempo...
Los cortesanos, unos escandalizados, otros complacidos, y algunos meramente fascinados por el giro tomado por los acontecimientos, dirigieron sus miradas hacia el desasosegado semielfo.
Tyresian se mostraba molesto, pero no preocupado. Porthios estrechó los ojos y dirigió una penetrante mirada a Tanis. El semblante del Orador denotaba preocupación; pocas cosas son más importantes para un elfo que su honor. Laurana seguía mirando a Tanis con actitud suplicante. El semielfo parpadeó, como si despertara bruscamente de un mal sueño.
—Oh, no —dijo en voz tan baja que sólo Flint lo oyó.
—¿Es eso cierto, Tanthalas? —preguntó el Orador—. ¿Os habéis prometido a mis espaldas, sin pedir mi aprobación?
El semielfo miró en derredor con aturdimiento. Sólo en los ojos de Flint había una expresión compasiva.
—Yo... —balbuceó—. Sí, pero... Fue hace mucho tiempo...
Flint se acercó a él y agarró a su amigo por el brazo con su fuerte manaza.
—Aclara las ideas, muchacho —siseó—. O guarda silencio.
Pero Tanis continuó con sus tartamudeos.
—Éramos unos niños... Fue un juego..., nada serio. Al menos, es lo que yo pensé.
Laurana contuvo el aliento, y acto seguido abandonó a toda prisa la cámara, sin mirar a nadie. Sus pisadas se perdieron en la distancia. Tyresian fue en pos de la joven. La sesión de la corte concluyó de inmediato.
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