Qualinost
Capítulo 17: La caza
17
La caza
Tanis contempló la salida del sol desde la Sala del Cielo. Los pálidos rayos brillaban como cobre en la Torre del Sol y relucían como fuego en el cristal y el mármol de los edificios de la ciudad. Al alzarse sobre el horizonte, el sol alcanzó un lejano banco de nubes bajas, y en cuestión de minutos tornó su color gris opaco en un abanico de ardientes tonalidades carmesíes. Las nubes parecían más densas que la tarde anterior. Tanis regresó a palacio y se encaminó a los establos donde guardaba a Belthar, su corcel castaño.
Los nobles de Qualinost ya estaban reunidos frente al edificio de los establos. Tyresian, vestido con pantalones de cuero negro y peto de acero, gritaba órdenes a Ulthen desde lo alto de su semental bayo, Primordan.
Miral estaba recostado contra la pared de las cuadras; llevaba colgado del cinturón varios saquillos de tela que sin duda contenían los ingredientes para hechizos. Había cambiado su habitual túnica larga por otra que le llegaba a las rodillas y que iba abierta por los costados, más adecuada para montar a caballo. Unos cuantos nobles, cuyos nombres no recordaba Tanis, formaban un corrillo a la izquierda de la puerta del establo y charlaban con animación. Cerca de ellos, Litanas ensillaba la montura del mago, un caballo castrado. Porthios se mantenía apartado de los demás, observándolo todo pero sin decir una palabra. Su hermano, Gilthanas, ataviado con su uniforme de la guardia, imitaba su actitud, lo que al parecer causaba desasosiego en Porthios. Tanis saludó a sus primos con un gesto mientras
entraba en las cuadras en busca de su montura. Poco después, cuando sacaba el corcel por las riendas hacia el patio adoquinado de los establos, vio a Xenoth acercándose desde el palacio, y a Flint, a lomos de Pies Ligeros, que se aproximaba por el sur, con la espada del semielfo rebotando contra el costado y su hacha de batalla colgada del otro flanco de la mula.
—Vaya, qué pareja más notable: un enano sobre una mula, y un elfo tan viejo que sin duda conoció a Kith-Kanan —gritó Ulthen a Gilthanas, que, tras echar una fugaz mirada a su hermano, contuvo la sonrisa.
Porthios parecía enfadado. Tanis se detuvo junto al heredero del Orador, sujetando por las riendas a Belthar y esperando que Flint se acercara y le entregara su espada.
Lord Xenoth llegó primero a los establos; sus habituales ropajes largos, cuyo color hacía juego con las nubes tormentosas que se cernían en lo alto, ondeaban en torno a las delgadas piernas. Preguntó a Tyresian dónde podía coger prestado un caballo; por lo visto, el viejo consejero no tenía montura de su propiedad.
—¡Por los dioses, Xenoth tendrá que montar estilo amazona con esos ropajes! —musitó Porthios a Gilthanas y al semielfo—. Incluso Laurana monta a horcajadas. Ve a echarle una mano, Tanis. Que coja a Efigie, la yegua.
Tanis entregó las riendas de su caballo a Gilthanas y fue a ayudar a lord Xenoth. A pesar de los problemas de los últimos días, y aun sabiendo que el grupo de voluntarios iba en busca de una peligrosa bestia que ya había matado a varios elfos, estaba contento de formar parte de la partida de caza.
El semielfo sintió un hormigueo de excitación que le recorría el cuerpo.
Nunca lo habían invitado a cabalgar junto a Tyresian o Porthios en una de las cacerías de ciervos que organizaba el aristócrata —era una diversión reservada para los elfos de más rancio abolengo—, pero en esta ocasión Tyresian no podía impedir que los acompañara. Tanis cerró los ojos e imaginó las verdes ramas de los árboles pasando fugaces a su lado mientras galopaba en su montura por los senderos del bosque. Iba a ser algo fantástico.
En la penumbra del establo, Xenoth se asomaba cuadra tras cuadra, buscando, al parecer, un animal adecuado para él; o, tal vez, adecuado para el jinete que habría sido décadas atrás, quién sabe. Tanis se dirigió hacia la cuadra de Efigie y la llamó por su nombre; la cabeza de una vieja yegua pinta se asomó por encima de la media puerta de cuadra. Era un animal tranquilo y cariñoso, y lanzó un suave relincho como respuesta a la llamada.
Tanis y ella habían sido amigos durante años, y el animal enderezó las orejas mientras miraba los bolsillos del semielfo en busca de manzanas o cualquier otra golosina. El joven sacó una zanahoria de la túnica, la partió en dos, y se la ofreció a la yegua sobre la palma de la mano. La observó mientras cogía un trozo de la golosina con el elástico belfo, masticaba deprisa, y olisqueaba en busca de la otra mitad.
—Lo siento, preciosa. Este trozo es para Belthar — dijo Tanis. Luego alzó la voz—. Lord Xenoth, aquí está tu montura.
Al otro extremo del establo, el consejero se detuvo ante la cuadra de Pacto, un inmenso caballo de guerra que incluso Tyresian dominaba a duras penas. Xenoth sacudió la cabeza y señaló al animal.
—Montaré en éste —declaró—. Ensíllamelo.
Pacto se abalanzó sobre la puerta de la cuadra y estuvo a punto de enganchar con los dientes la marchita mano del elfo. Xenoth retrocedió dando un grito. Tanis sacudió la cabeza y sacó a Efigie de su cuadra; un caballerizo se apresuró a preparar a la yegua.
—Lleva a Efigie — insistió Tanis—. Es un buen animal, tranquilo y sin dobleces.
La rabia hizo enrojecer a Xenoth.
—¿Acaso insinúas que soy incapaz de dominar a este caballo? —
inquirió. El consejero gesticuló otra vez, y Pacto se encabritó y trató de romper el bocado que el consejero agitaba frente a él. Tanis suspiró y se adelantó unos pasos.
—No. Lo que digo es que ni siquiera Kith-Kanan podría dominarlo.
El semielfo oyó pasos a su espalda y supuso que la voz irritada del consejero había atraído a alguien más. Los ojos del anciano parecían a punto de salirse de las órbitas.
—En mi juventud fui un excelente jinete, semielfo. —La voz le temblaba de ira.
—Estoy seguro de ello, lord Xenoth. —Tanis intentó mantener un tono sosegado con la esperanza de que así tranquilizaría tanto al asustado caballo como al histérico elfo—. Pero ahora ni siquiera tienes tu propia montura y ya hace tiempo que no cabalgas. ¿Por qué no empezar con un animal más...
fácil?
Oyó un resoplido desdeñoso tras él; notó que el vello de la nuca se le erizaba al comprender que eran varios los que presenciaban la escena. Con el propósito de acabar cuanto antes con esta absurda situación, posó una manó en el brazo del consejero.
—¡Suéltame! —chilló Xenoth—. ¡No quiero que me manosee un...
bastardo semielfo!
Algunos de los presentes dieron un respingó y otros rompieron a reír.
Tanis sintió una punzada en el pechó. Apretó los puños y dio un pasó hacia el consejero, cuyos ojos se abrieron por el temor. Detrás de Xenoth, Pacto enseñó otra vez los dientes.
—Tanis. Lord Xenoth. —Las palabras fueron pronunciadas con un tono autoritario que no admitía discusión. Tanis se dio media vuelta. Era Porthios
—. Tanis, ve afuera y monta en tu caballo. Xenoth, cabalgarás en Efigie ó no nos acompañarás en esta expedición.
Porthios estaba erguido, como un dios vengativo, con su atuendo de caza verde y oró que recordaba la túnica oficial del Orador. La cólera brillaba en sus ojos. Los otros cortesanos retrocedieron, con una leve expresión avergonzada. Porthios aguardó hasta que el consejero se movió de la cuadra de Pacto hasta dónde se encontraba Efigie, ya ensillada y lista para montar. Tanis se abrió pasó entre Ulthen y Miral y se dirigió a la puerta de los establos. La voz de Porthios lo detuvo.
—Tanis, lo siento —dijo el heredero del Orador.
El semielfo esperó, sin saber si Porthios iba a añadir algo más. Luego, se encogió de hombros y fue hacia dónde aguardaba Belthar.
* * *
Media hora más tarde, el grupo de voluntarios estaba listo. Xenoth montaba Efigie a horcajadas; se había recogido los largos vuelos de su vestimenta de manera que quedaban a la vista sus delgadas piernas enfundadas en unas polainas negras. El consejero, que a decir verdad demostraba ser un jinete aceptable, se mantenía cerca de la retaguardia del grupo. Tyresian, Porthios y Gilthanas se pusieron a la cabeza.El brioso corcel de Tanis piafaba impaciente en el suelo adoquinado del patio en tanto que resoplaba arrojando nubecillas de vapor por los ollares en contraste con el frío aire de la madrugada.
—¿Seguro que no prefieres montar un caballo, Flint? —preguntó el semielfo, de pie juntó a su corcel.
—Sabes muy bien que no puedo hacerlo —replicó el iracundo enano, cuyo semblante estaba demacrado y cansado por haber dormido apenas tres horas—. Los caballos me dan mie... alergia.
Para dar más énfasis a sus palabras, Flint soltó un estornudo y después se sonó la nariz en un pañuelo, con un sonido que recordaba el toque desafinado de una trompeta. Como respuesta, la montura de Tanis relinchó.
—¡Vaya! ¿Quién te ha dado vela en este entierro? —saltó furioso el enano, a la vez que miraba desafiante a Belthar. El corcel puso los ojos en blanco, y echó las orejas atrás mientras tiraba del bocado.
—Vosotros dos, ya está bien —intervino Tanis, en tanto propinaba un tirón a las riendas.
El caballo resopló otra vez, como diciendo que no tenía interés alguno en comprender las peculiaridades de un enano. Tanis compartía la opinión de su montura.
El semielfo observó a los otros cortesanos y jóvenes nobles montados en sus corceles, pero ninguno parecía estar interesado en él. Lo más probable es que hubiesen interpretado su discusión con Xenoth como una muestra mas de su irritable temperamento humanó, aunque en opinión de Tanis, el consejero tampoco había actuado con la flema habitual de un elfo.
En cualquier casó, Tanis se sentía muy animado. Al fin se le presentaba la oportunidad de cabalgar juntó a los demás, a despechó de los acontecimientos de los últimos días...
Recorrió con la mirada el grupo de jinetes. Tyresian, erguido y orgulloso sobre su montura, sujetaba las riendas con manó firme. Porthios se encontraba al lado del noble, sobre su corcel gris, y Gilthanas esperaba detrás de los dos, subido a un caballo de bonita estampa, un animal de finas patas y elegante cabeza.
Entonces el toque claro y musical de una trompeta resonó en el fresco aire del amanecer, y Tanis montó en su caballo y lo condujo hasta situarse cerca del grupo. La mirada de Tyresian se posó un instante sobre él, pero su expresión era indiferente; acto seguido, el noble dirigió de nuevo la atención a sus compañeros.
Tanis inspeccionó las flechas de la aljaba que colgaba de la silla, cerca de su rodilla; anoche, tras separarse de Flint, había pasado una hora colocando en los astiles las puntas de acero que el enano le había regalado.
Tal vez el duro metal era lo más indicado para la piel escamosa de un tylor.
A continuación, enfundó la espada que le había entregado Flint en la vaina colgada a su costado. Le resultaba algo incómoda... Una espada corta, o incluso una daga larga, eran armas más adecuadas para rematar, pongamos por caso, a un ciervo al que antes se ha abatido con una flecha. Pero hoy iban a la caza de un sanguinario reptil más grande que varios elfos juntos.
¿Quién sabe cuál sería el arma que les daría mejor resultado a los cazadores?
Además, Tanis se sentía demasiado orgulloso de su espada para no llevarla consigo. Los adornos de la guarda lanzaban fríos destellos con la mortecina luz de amanecer, semejando jirones de humo plateado que se hubieran solidificado. En el centro de la guarda...
—¡Flint! —El enano, subido a lomos de la mula, alzó la vista—. Has fijado el amuleto de mi madre a la empuñadura.
Tyresian y Miral volvieron la vista hacia el semielfo.
—Bueno, prometía Ailea que lo haría, ¿no? —dijo con malhumor el enano—. Me llevó más de dos horas. Tuve que hacer agujeros en el amuleto y en la guarda, cosa que, he de añadir, me rompió el corazón, y después sujetarlo por medio de un eslabón de cadena. Es sorprendente lo que uno puede llegar a hacer por una damisela atribulada.
Tanis sonrió y se encogió de hombros. Habían quedado muy atrás los tiempos en que el apelativo «damisela» fuera adecuado para una anciana como la partera, pero sospechaba que el enano estaba agradablemente impresionado por tía Ailea, a pesar de las centurias que los separaban.
La voz de Tyresian se alzó sobre el murmullo de las charlas.
—¿Todo el mundo listo? —preguntó con tono comedido. Tanis tuvo que admitir que el noble poseía dotes de mando.
El semielfo dio unas palmadas a la vaina de su espada. Además de ésta y las flechas, iba equipado con el arco corto, colgado en bandolera; también llevaba una cantimplora de vino, por si alguien resultaba herido. Tras hacer un repaso de todos sus pertrechos, Tanis asintió en silencio. Sí, estaba preparado.
Un noble elfo, uno de los que Tanis no recordaba el nombre, condujo su montura y la situó de cara al grupo, con el propósito de elevar una plegaria antes de dar comienzo a la caza. Era un hombre delgado, de rostro afilado y duros ojos grises.
—Hoy elevamos nuestra plegaria a Kiri-Jolith, dios guerrero del Bien, protector de los que luchan por una causa justa —comenzó el noble. Los voluntarios inclinaron las cabezas—. Le pedimos que nos acompañe en la búsqueda y nos apoye cuando nos enfrentemos a esta horrenda criatura que asuela nuestras tierras y ha matado a varios de nuestros hermanos elfos.
Tanis oyó resoplar a Flint con desdén.
—También esa bestia estuvo a punto de matar a uno de sus «hermanos enanos» hace cuatro días —rezongó.
Tanis lo chistó para que se callara.
—De igual modo, pedimos la intercesión de Habbakuk, dios del reino animal. Que su pericia en terrenos agrestes su conocimiento de la armonía con la naturaleza estén hoy con nosotros.
» Y, si es voluntad del destino que uno de nosotros no regrese hoy, acoge tú, Habbakuk, su alma. Que así sea.
—Que así sea —repitieron todos.
Entonces el corneta hizo sonar de nuevo la trompeta, y los cazadores azuzaron a sus monturas y las guiaron por las calles de Qualinost hacia la
zona oeste de la ciudad. Pasaron bajo la torre de vigía del ángulo sur occidental de la ciudad, en donde convergían dos de los cuatro puentes arqueados que la circundaban; los jinetes continuaron hasta llegar al puente que cruzaba la barranca por la que discurría el Ithal-inen, el río de la Esperanza. Allí hicieron un alto, junto al borde de la torrentera. A la derecha, fuera del alcance de la vista, estaba la pequeña meseta rocosa, el Kentommenai-kath, donde Tanis y Flint habían hecho una excursión pocos días atrás. El semielfo vio que su amigo echaba un vistazo a la pendiente de ciento cincuenta metros que se abría justo ante él, y que al punto tiraba de las riendas de Pies Ligeros hasta situarse a la retaguardia del grupo. El rostro del enano tenía una fina película de sudor.
Tyresian hizo un gesto de asentimiento al capitán de la guardia de palacio, quien azuzó a su montura para que se adelantara un paso, y se situó ante los congregados para dirigirles unas palabras. Los álamos se mecían con la suave brisa del amanecer; el aire era frío, pero la excitación mantenía el calor corporal de Tanis. La voz del capitán de la guardia resonó en la barranca.
—El tylor fue visto por última vez hacia el sur, en la orilla occidental de la torrentera —dijo mientras señalaba en aquella dirección; varios pares de ojos miraron a la izquierda, como si esperaran que la bestia irrumpiera entre los matorrales en cualquier momento. El capitán reanudó su alocución y las miradas se volvieron hacia él otra vez.
» Tened en cuenta varias cosas. Primera: la piel de los tylors cambia de color y se mimetiza con el terreno que los rodea. Es un camuflaje extremadamente efectivo. —Tanis guió a Belthar junto a Flint y advirtió que el enano echaba una temerosa ojeada a un roble cercano, como si pensara que el tylor podía asumir la apariencia del árbol. El capitán prosiguió:— Segunda: estas criaturas son inteligentes. Saben hablar el Común. En consecuencia, tened cuidado con lo que decís. Por ejemplo, no comentéis con vuestros compañeros la estrategia a seguir. Si la bestia os escucha, lo entenderá.
Gilthanas condujo a su ruano hasta situarse al otro lado de Flint. El hijo menor del Orador vestía el chaleco de cuero negro de la guardia ceremonial.
La brisa le revolvía el rubio cabello y lo apartaba de su frente. Se parecía mucho a Laurana, pensó Tanis; mucho más, desde luego, que Porthios.
Gilthanas había cambiado bastante durante los últimos años, si bien tales cambios no tenían ni punto de comparación con los experimentados por el propio semielfo. Con todo, la apariencia de Gilthanas era ya más la de un hombre que la de un chiquillo, y a pesar de que parecía que el uniforme le quedaba grande, de que casi se perdía dentro de el, se sentaba erguido sobre su ruano, con una mirada orgullosa en sus verdes ojos.
—Lo que es mas —continuó el capitán, atrayendo de nuevo sobre sí la atención de Tanis—, aunque los tylors prefieren matar a dentelladas o propinando latigazos con la cola a sus víctimas, también saben utilizar la magia. Si una de estas bestias está luchando y lleva las de perder, se pondrá fuera de alcance y recurrirá a hechizos. Tened esto presente. Se me ha comunicado que el mago Miral nos acompaña en esta expedición con el propósito de protegernos contra la magia del tylor.
—Oh, estupendo —susurró Gilthanas—. Miral. Estamos listos.
En contra de su voluntad, Tanis miró por encima del enano a Gilthanas y le sonrió; el joven, evidentemente sorprendido por su gesto, le devolvió la sonrisa. Tanis cayó en la cuenta de que ya apenas conocía a su primo. De pequeños habían estado muy unidos, pero se habían ido separando a medida que crecían. Gilthanas había desdeñado al semielfo para unirse a la corte y buscar en ella amistad y reconocimiento. Y, por mediación de Porthios, había obtenido ambas cosas.
—Los tylors —anunció el capitán— se mueven despacio cuando hace frío. Por ese motivo hemos salido hoy tan temprano. Confiamos en acorralar a la criatura antes de que caliente el sol. Y, a juzgar por el aspecto de esas nubes —varios elfos murmuraron mientras observaban el frente tormentoso que asomaba por el oeste—, parece que el tiempo estará de nuestra parte.
El capitán hizo un saludo a Tyresian, que respondió de igual manera.
Después, el señor elfo alzó un brazo y la tropa de voluntarios se sumió en un silencio expectante.
Una mortecina claridad asomaba por el horizonte oriental, pero al oeste el cielo estaba oscuro, como si todavía reinara la noche por aquella zona. La tormenta llevaba varios días cernida sobre las montañas distantes, acumulando fuerza, sus nubes alzándose más y más al cielo y haciéndose más oscuras. Durante la noche, se había empezado a desplazar hacia el este, como un inmenso y tenebroso muro que amenazaba la tierra. Los relámpagos centelleaban entre los nubarrones y el aire traía el débil temblor de los truenos.
Sonó el toque de trompeta, y Tyresian dio la señal con el brazo alzado para que la tropa cruzara el puente. Con un grito animoso, los elfos espolearon sus monturas y avanzaron por el puente en fila de a tres; Tanis unió su voz a la de los demás, dejando que el sonido irrumpiera con fuerza desde sus pulmones al límpido aire de la madrugada. Era un grito tan viejo como el mundo, tan primitivo como la vida y la muerte.
—Que Reorx me proteja —musitó para sí mismo Flint, mientras Pies Ligeros, Belthar y el caballo de Gilthanas se aproximaban al puente—. Al menos, estoy en el centro. Muchacho —dijo, volviéndose de repente hacia el semielfo—, me avisarás si estoy a punto de precipitarme por el borde,
¿verdad? —Al asentir Tanis, el enano inclinó la cabeza, y el joven se fijó en que Flint cerraba los ojos con todas sus fuerzas antes de que el cabello le ocultara las facciones.
—¿Qué le ocurre? —inquirió con brusquedad Gilthanas—. ¿Está enfermo?
Tanis se esforzó por adoptar una expresión seria y sacudió la cabeza en un gesto de negación.
—Está rezando. Es una tradición religiosa de los enanos.
Vio la fugaz sonrisa que cruzó el semblante de Flint. A aquel gesto le siguió en su momento un suspiro de alivio cuando los cascos de sus monturas dejaron de resonar sobre madera y pisaron la grava de la orilla oeste de la barranca.
En la verde floresta, el aire estaba perfumado con el olor a resina y hongos, un aroma casi medicinal que aclaró la mente del semielfo y le agudizó los sentidos. Oía hasta el más leve roce que los pequeños animales
del bosque hacían al moverse entre los matorrales; veía el contorno de cada hoja claramente definido contra el cielo. Los árboles pasaban a su lado mientras los elfos azuzaban sus monturas para conducirlas por las sinuosas trochas de caza, penetrando más y más en lo profundo del bosque.
La temperatura seguía siendo fría y, de vez en cuando, las nubes que avanzaban por el oeste descargaban una llovizna menuda. Los rastreadores de la guardia de palacio iban a la cabeza de la marcha, pero hasta ahora no habían obtenido ningún resultado. Los únicos animales que vieron los cazadores fueron ardillas pardas y listadas, y una marmota bastante delgada tras la larga hibernación. Las ardillas se escondieron a toda velocidad; la marmota se asomó sobre un tronco caído en la cima de un otero y observó a los cazadores hasta que éstos se perdieron de vista.
La anchura de la senda sólo permitía que la tropa cabalgara en fila de a dos. En algunos tramos, la maleza se espesaba y los matorrales llegaban casi al camino.
—Esto no me gusta —dijo Tanis a Flint, que asintió en silencio.
Cada vez con más frecuencia, el semielfo se llevaba la mano a la empuñadura de su espada y acariciaba las entrelazadas iniciales «K» y «E»
del medallón adosado a la guarda.
Hacía rato que habían cesado las conversaciones entre los cazadores. El silencio lo rompían sólo cada tanto los sonidos del piar de pájaros, el crujido de una silla de montar y el sorber del alérgico enano. Una vez Flint estornudó, y Xenoth se volvió sobre su silla y siseó un iracundo: «¡Chist!».
—No puedo evitarlo —se disculpó el enano, aunque en un tono tan quedo que únicamente lo oyó Tanis.
De repente, Tyresian alzó con brusquedad el brazo y la fila se detuvo.
Uno de los rastreadores, a pie, se encontraba próximo al señor elfo, con una mano sobre el lustroso cuello del semental de Tyresian y con la otra señalando hacia adelante. La noticia se propagó velozmente por la fila de jinetes.
—¡Han encontrado la primera huella! —susurró Gilthanas a Tanis y a Flint, que iban detrás.
El enano apretó las riendas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Cómo es? —preguntó Tanis.
La respuesta se filtró a lo largo de la fila en una cadena de chismorreos: huella de cinco dedos, cuatro apuntados hacia adelante y uno hacia atrás, impresa en un terreno húmedo hacía escasas horas. La criatura, sin duda, había salido en busca de alimento.
—Y aquí estamos nosotros —rezongó Flint con actitud sombría mientras oteaba a uno y otro lado y aferraba su hacha como si fuera un talismán—. El almuerzo.
—¿Es que no vamos a oír al tylor acercarse? —preguntó Tanis.
—No necesariamente —respondió el enano—. Puede estar al acecho.
Los hombres, con una expresión resuelta en sus semblantes, se colocaron en fila de a uno; de ese modo, si el monstruo se abalanzaba de improviso desde la maleza, se llevaría por delante a muy pocos cazadores.
Reanudaron la marcha, pero ahora cada hombre llevaba un arma dispuesta.
La mayoría de los elfos empuñaba espadas cortas.
El mediodía llegó y pasó sin que lo advirtieran los cazadores. No había tiempo de pensar en comida ni descanso. Durante un buen rato perdieron el rastro, pero tras una hora de búsqueda encontraron de nuevo las huellas, aún más recientes que las anteriores. Siguiendo el rastro, los hombres condujeron a sus monturas al trote por un sendero estrecho y en declive.
Tanis se vio forzado a agacharse sobre el cuello de Belthar cada dos por tres a fin de esquivar las ramas bajas. De improviso, los caballos que iban a la cabeza recularon al propinarles sus jinetes un brusco tirón de las riendas.
—¿Qué ocurre? —siseó Flint a espaldas de Tanis.
El semielfo se alzó sobre los estribos. La senda se abría a un espacio despejado. Xenoth gesticulaba con vehemencia, a la par que decía algo a Porthios y a Tyresian, quienes miraban al frente con expresión impasible, como si el consejero no existiera. Gilthanas se giró sobre su silla y respondió a la pregunta de Flint.
—Hay un barranco al frente. Xenoth quiere rodearlo, pero Tyresian opina que podemos saltarlo.
—¿Saltarlo? —exclamó el enano, horrorizado—. ¿Con una mula?
Tanis hizo que Belthar adelantara a Gilthanas y lo llevó al trote hasta la cabeza de la fila, pasando por alto las miradas irritadas de los otros cazadores, y saludó a Tyresian y a Porthios. Los tres examinaron el barranco: tenía aproximadamente tres metros y medio de anchura, y las paredes eran demasiado abruptas para intentar descender por ellas ni elfos ni caballos. Los restos de un puente yacían en el fondo de la hendedura.
—No es tan ancha —dijo Tyresian.
—No. Podríamos saltarla —se mostró de acuerdo Porthios.
—Los caballos podrían saltarla, desde luego —intervino Tanis—. ¿Pero qué vamos a hacer con Flint?
Tyresian volvió la vista hacia la fila de jinetes y pasó por encima de los cazadores elfos, era una armoniosa formación de cuero y plata, con las armas reluciendo a la luz del mediodía. Al final de la fila, Flint y Pies Ligeros parecían la cría raquítica de una camada inhabitualmente numerosa.
—Dejarlo —replicó Tyresian, cuyos azules ojos tenían una mirada dura
—. Encontrará el modo de dar un rodeo.
Porthios se removió inquieto, abrió la boca para decir algo, pero la cerró sin pronunciar una palabra.
—¿Dar un rodeo? —bramó Tanis—. ¡Este barranco se extiende en ambas direcciones hasta perderse de vista!
—Nadie le pidió al enano que viniera —contestó Tyresian—. Que regrese a la ciudad.
—¿Solo? ¿Con un tylor merodeando por el bosque?
Tanis estaba fuera de sí. Las atractivas facciones del noble se tensaron.
—Estoy al mando de esta expedición —susurró—. Tú tampoco eres un buen espadachín ni un buen arquero, semielfo. No estás a la altura de este grupo.
—Lord Tyresian —intervino Porthios con tono admonitorio.
El comandante se volvió hacia los nobles.
—Al parecer nos encontramos en un atolladero —dijo en voz alta—.
Tenemos dos opciones: cruzar este barranco y perseguir al tylor que ha estado matando a elfos y diezmando el ganado de esta zona de Qualinesti, o
volver grupas y regresar a la ciudad cubiertos de oprobio. —Hizo una larga pausa durante la cual su mirada se detuvo en cada faz de los nobles reunidos, estudiando sus reacciones—. ¿Quién está a favor de seguir adelante?
El grupo guardó silencio. Entonces Gilthanas azuzó a su ruano y pasó a galope entre Tyresian y Porthios, sin mirar a uno u otro lado. Con un impetuoso salto, jinete y caballo salvaron la grieta del barranco trazando un grácil arco en el aire, y aterrizaron al otro lado en medio de una rociada de barro y gravilla. Gilthanas dio media vuelta y saludó al grupo.
Ulthen, Litanas, Miral, Porthios y la mayoría de los demás nobles siguieron de inmediato el ejemplo de Gilthanas y aguardaron en círculo en la otra orilla del barranco. Pronto, sólo quedaban Tyresian, Tanis, Flint y Xenoth. El comandante de la tropa sujetó con mano firme a su brioso corcel mientras dirigía una mirada arrogante a los otros tres.
—¿Y bien? —inquirió.
—Tyresian, no estarás pensando en serio abandonarnos aquí... —
farfulló el consejero.
—Si no queréis quedaros atrás, seguidnos. —La voz del noble era implacable—. Recuerdo que querías montar a Pacto, Xenoth. Sin duda eres lo bastante buen jinete para saltar este barranco.
—Pero esta jaca no puede...
—¡Inténtalo!
Tyresian propino a Efigie un golpe en las ancas con la parte plana de la espada.
La yegua, sobresaltada, dio un brinco y salió al galope. Xenoth soltó las riendas y agarró al animal por la crin. Efigie llegó a unos palmos del barranco y, frenándose en seco, desmontó sin la menor consideración al anciano consejero del Orador, que dio con sus huesos en tierra. Xenoth, con los amplios vuelos de sus largos ropajes en completo desorden, se esforzó por levantarse mientras Tyresian pasaba a su lado como una exhalación y salvaba sin problemas la grieta, creando un revuelo entre los jinetes arremolinados en la otra orilla. Acto seguido reanudó la marcha sendero adelante, seguido por todos los elfos salvo uno.
Porthios remoloneó junto al barranco, indeciso. Después, poniendo las manos en torno a la boca a guisa de bocina, gritó:
—¡Muy bien, regresad a palacio! —y fue en pos del grupo de voluntarios.
—Tanis, ve con ellos —sugirió Flint—. Lord Xenoth y yo regresaremos, como ha dicho Porthios.
—¿Qué? —graznó el viejo consejero, que ya había montado de nuevo en la yegua—. ¿Y dejarme de escolta a un enano?
—¿Escoltarte? ¿Yo? —replicó con un resoplido desdeñoso Flint—.
Antes protegería a Pies Ligeros que a ti. —Dio a la mula unas afectuosas palmadas en el cuello—. Adelante, Tanis. Belthar puede saltar con facilidad el barranco.
El semielfo estrechó los ojos y observó con atención al enano.
—No nos separaremos. Incluso Xenoth podría ser de utilidad si aparece el tylor.
—Ni lo sueñes —respondió Flint sin volverse a mirar a Xenoth—. A menos que planees utilizarlo de cebo. Y, aun así... —dijo, mirando mora de arriba abajo al enjuto consejero.
Xenoth hizo que su montura diera media vuelta, la azuzó en los ijares, y salió al trote sendero adelante, en dirección a Qualinost. Flint y Tanis lo contemplaron en silencio. Por fin, cuando el consejero estaba a punto de desaparecer tras un recodo, Flint gritó:
—¡No te alejes mucho! ¡Tal vez te salga al paso el tylor!
Xenoth frenó en seco, en tanto la yegua pinta sacudía la cabeza y cabrioleaba con gran agitación. Tanis frunció el entrecejo.
—Algo ocurre —dijo—. Fíjate en la yegua. Efigie es muy tranquila por lo general.
El día había empezado a oscurecer y un ominoso y prematuro ocaso se cernía sobre el bosque. La espesura en los alrededores era tan densa que resultaba impenetrable a la vista. Ni el más leve soplo de brisa agitaba las hojas de los álamos. Las ardillas habían desaparecido, aunque apenas hacía unos instantes deambulaban ruidosas entre los matorrales y se perseguían juguetonas por las veredas que bordeaban el barranco.
—Flint... —susurró Tanis.
El enano ya tenía el hacha en la mano.
—Lo sé, muchacho. Ni pájaros, ni ruido de animales.
—Como si... —Flint escudriñó los alrededores e hizo un ademán a Xenoth para que regresara junto a ellos.
—Como si se los hubiera tragado la tierra —acabó la frase Tanis.
Un golpe fuerte y sordo retumbó en el aire. Flint y Tanis intercambiaron una mirada.
—¿Un trueno? —sugirió el semielfo.
—Eso espero —contestó Flint.
La tormenta descargó cuando Xenoth se encontraba a medio camino, a treinta o cuarenta pasos de distancia de los dos amigos.
Pero fue una tormenta en forma de tylor.
—¡Por Reorx! —exclamó el enano.
Los matorrales a la izquierda del consejero se agitaron, y entonces, con una violencia que lanzó una lluvia de hojas y ramas quebradas por el aire, una forma gris verdosa irrumpió de entre la maleza. Xenoth chilló, y Efigie se desplomó a los pies de la feroz bestia, con el cuello roto de una certera dentellada. El consejero, que había salido despedido de la silla, cayó al suelo de espaldas. Rodó despacio sobre sí mismo, con el rostro contraído en un gesto de dolor, mientras el monstruo se dedicaba a despedazar a la infeliz yegua. La faz de Xenoth se quedó petrificada con una mueca de horror al ver lo que el tylor estaba haciendo con el animal. Se incorporó de un brinco e inició una frenética carrera que lo alejaba de Tanis y Flint, y se metió entre la maleza.
—¡Xenoth! —gritó el semielfo. Desmontó de un salto de Belthar, y otro tanto hizo Flint con Pies Ligeros. Las dos monturas salieron a galope por una trocha; la mula a la cabeza, con varios cuerpos de ventaja.
—Xenoth estará más seguro en la espesura, muchacho —gritó Flint, mientras arrastraba a Tanis tras el tronco carcomido de un roble caído.
Apenas dos metros de distancia separaban el tronco del borde del barranco.
El tylor sacó todo su corpachón al claro, levantó la blindada cabeza puntiaguda, y lanzó un rugido desafiante. A continuación adoptó una
postura erguida, abrió las fauces, y empezó a articular unas palabras mágicas. Entre los indescifrables vocablos se repetía con claridad el nombre
«Xenoth».
—¡Por los dioses! —barbotó Tanis—. ¿Qué está haciendo?
—Es una criatura inteligente —se limitó a musitar Flint.
—¿Podríamos... razonar con ella?
—En este momento no te lo recomiendo, muchacho —repuso el enano, a la vez que sujetaba al semielfo por el brazo.
La bestia lanzó un nuevo rugido y prosiguió con la salmodia.
—Xenothi tibi, Xenothi duodonem, Xenothi viviarandi, toth — repitió una y otra vez.
—Flint, tenemos que alertar a los demás —dijo el semielfo.
—Creo que la bestia ya se ha encargado de ello —comentó el enano mientras señalaba al otro lado del barranco.
Tyresian, Miral y Litanas se arremolinaban al borde de la grieta, al parecer sin saber qué hacer. Saltar la hondonada supondría que jinete y montura aterrizarían a menos de tres metros del monstruo, al alcance de su mortífera cola restallante. De hecho, los nerviosos coletazos de la bestia ya habían barrido la maleza en un amplio semicírculo a espaldas del monstruo.
Los cuernos de casi un metro de longitud que sobresalían de la testa de la criatura eran afilados y tenían un aspecto maligno. Los párpados, entrecerrados, dejaban ver unos ojos amarillos.
—Xenothi morandibi, Xenothi darme a te vide, toth — pronunció, mientras las patas delanteras golpeaban el rocoso suelo con tanta fuerza que saltaron chinarros por el aire.
—¡Por Reorx! —exclamó de nuevo el enano.
Xenoth salió de la espesura al claro, con una expresión aterrada y vidriosa en los ojos. Se acercó al monstruo, al parecer incapaz de resistirse a la llamada de la bestia. La salmodia se intensificó. Uno de los nobles que estaba al otro lado del barranco chilló horrorizado.
—¡Xenoth! —gritó Tanis a la vez que se ponía en pie.
—¡Quédate donde estás, semielfo! —ordeno a voces Tyresian desde la orilla opuesta de la hondonada. Pero Tanis saltó por encima del tronco caído
y encajó una flecha en el arco mientras corría. Flint fue en pos de su amigo, blandiendo el hacha de guerra.
El tylor, desde el ahusado hocico hasta la punta de la cola, medía más de dieciocho metros; dieciocho metros de un blindaje escamoso. Tanis puso rodilla en tierra en medio de la curva que formaba el inmenso cuerpo de la bestia, y apuntó a la cabeza, que estaba a su derecha. Disparó la flecha justo en el momento en que la cola de nueve metros hendía el aire con un latigazo, a la izquierda del semielfo. El afilado apéndice sesgó un joven álamo y después alcanzó al consejero. El grito de Xenoth se ahogó en un gorgoteo.
—¡Tanis, no te muevas! —se oyó gritar desde el otro lado del barranco.
El semielfo permaneció en el mismo lugar, pero disparó una segunda flecha al tylor.
De pronto, el estruendo de los cascos de un caballo retumbo en el terreno pedregoso, cerca de Tanis. Miral, cuya túnica carmesí resaltaba en contraste con el pelaje blanco y gris de su montura, arremetía contra el tylor, a la vez que pronunciaba unas palabras mágicas. Unos dardos de fuego salieron disparados de sus dedos y se estrellaron contra el animal en tanto que la bestia iniciaba una nueva salmodia.
La explosión que siguió sacudió el claro y arrojó a Tanis y a Flint al suelo. Aturdidos, los dos amigos presenciaron cómo el resto de los cazadores salvaban el barranco en tropel y galopaban hasta el claro.
Los alaridos del tylor hendieron el aire en tanto que sus garras abrían surcos en el terreno rocoso. Se debatió para regresar al abrigo de la maleza, lejos de las flechas que ahora le llovían desde todas partes, disparadas por los nobles elfos. Tanis y Flint no pudieron hacer otra cosa que quedarse sentados y presenciar la lucha.
Por fin, el tylor murió; uno de sus costados estaba achicharrado, y la piel perforada por infinidad de flechas. El astil de otra flecha sobresalía de uno de los ojos. Yacía de lado. A tres metros de distancia, Miral se empezaba a incorporar, apoyándose en los codos; tenía el rostro ennegrecido con ceniza, y una mano le sangraba.
Xenoth estaba muerto, tumbado boca abajo sobre el enfangado suelo pedregoso del claro; una mancha carmesí empapaba la túnica gris y se filtraba en la tierra. La cola del tylor lo había alcanzado de lleno en el pecho. Litanas, el asistente del consejero, se arrodilló a su lado mientras gritaba algo incoherente.
De repente todos los elfos volvieron la vista hacia Tanis. Incluso Flint lo miraba con expresión incrédula.
—¿Qué ocurre? —preguntó el semielfo.
Litanas se apartó a un lado y entonces Tanis lo vio. En el pecho de Xenoth, a la altura del corazón, estaba clavada la flecha del semielfo.
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