Qualinost
Capítulo 27: Huida hacia el peligro
27
Huida hacia el peligro
Como es de suponer, Tanis había escuchado la conversación de Laurana con el guardia, y aguardaba expectante a un lado de la puerta cuando Flint penetró en el cuarto.
El enano tendió al semielfo la espada y la vaina que había rendido cuando los guardias lo habían escoltado detenido. A continuación, sin articular una palabra, con un dedo puesto sobre los labios, Flint cruzó la estancia hasta la ventana y se asomó por el borde. Los siete metros de pared vertical que había hasta el patio no presentaban saliente alguno.
—¿Que estás haciendo? —inquirió Tanis en un susurro.
Ordenándole otra vez que guardara silencio por medio de señas, Flint sujetó al alféizar los ganchos de la escala de cuerda y la desenrolló.
Escudriñó de nuevo el patio. Continuaba desierto, ya que la mayoría de los que habitaban en palacio se encontraban en las calles de Qualinost celebrando el acontecimiento. El aire traía los ruidos del jolgorio.
El enano, satisfecho con el resultado de su inspección, dejó caer la escala por la pared. Luego, tras comprobar que la abultada mochila que transportaba estaba bien sujeta al hombro, salvó el antepecho de la ventana y se agarró a la escala, haciendo un alto para indicar a Tanis con un ademán que lo siguiera. Cerró los ojos, a fin de dominar un momentáneo acceso de vértigo.
—¿Sabes cuál es el castigo por violar una orden de arresto? —increpó el semielfo.
El enano abrió los ojos y sus cejas espesas se arquearon en un gesto interrogante.
—¡El destierro! —susurró furioso Tanis.
Flint se inclinó sobre el antepecho para acercarse al oído de su amigo.
—¿Entonces, qué tienes que perder? Además, estarás de vuelta antes de que se den cuenta.
Poco después, Tanis posaba los pies en el suelo del patio; vio que Flint tiraba de una cuerda y la escala se soltó de los ganchos sujetos al alféizar.
—Yo mismo la diseñé —comentó en voz baja el enano mientras empujaba al semielfo hasta el resguardo de unos perales. Rebuscó en la mochila y sacó de ella una máscara que le tendió al semielfo indicándole por señas que se la pusiera. Los ojos avellana de Tanis estaban abiertos de par en par.
—¿Quieres que me vista como un enano gully?
—Es un disfraz —susurró Flint—. Con él podrás salir de palacio y llegar al puente del oeste sin atraer la atención.
—¿Un gully de un metro ochenta de estatura? —siseó furioso Tanis.
Flint lo chistó para acallar sus protestas.
—Era el único que le quedaba al vendedor. Y tienes suerte de que me haya decidido a tirar la imitación de la rata muerta que acompañaba al resto del disfraz.
—Pero...
El enano lo atajó, dejándolo con la palabra en la boca.
—Laurana me ha dicho que los elfos estarán disfrazados hasta la medianoche, momento en que cesan los festejos para entrar en un período de sobriedad que dura hasta que el Kentommen ha finalizado. Tenemos una hora para escapar de Qualinost.
Tanis todavía sostenía en las manos la máscara de gully, examinando la tez olivácea, la barba enmarañada y la expresión estúpida de los rasgos.
—Si pensaste que iba a huir, es que no me conoces —dijo, sin hacer el menor intento de bajar la voz. Hizo un ademán, como si fuera a arrojar lejos
la máscara. Flint lo cogió del brazo.
—¡Confía en mí! —pidió, por lo que le parecía milésima vez aquella noche. La rabia reflejada en los ojos del semielfo se tornó indecisión—.
Confía en mí —repitió de nuevo en un susurro.
Por fin, Tanis se puso la máscara.
—Me siento ridículo. —Su voz sonó amortiguada tras la careta de madera.
—Estás guapísimo —se burló Flint—. Vamos.
Cruzaron el patio y los jardines, y después bordearon el palacio hasta la calle de la fachada principal, donde se mezclaron con la muchedumbre de alegres elfos.
—¿Es que nunca duermen? —preguntó irritado el enano, cuando recibió el tercer empellón.
—Muy poco, hasta que termine el Kentommen. — La voz de Tanis sonaba hueca bajo la máscara.
Flint avanzó pegado a los edificios a fin de evitar los encontronazos con los bullangueros elfos.
Media hora más tarde, los dos amigos pasaban bajo el elegante arco que marcaba el límite oriental de la ciudad, y se encaminaron hacia el sur, en dirección al puente que cruzaba el río de la Esperanza. La avenida se fue estrechando, y los árboles que la flanqueaban se espesaron. El número de celebrantes descendió de manera paulatina hasta que llegó un momento en que los dos amigos se encontraron a solas, en mitad de la noche. Tanis empezó a quitarse la máscara.
—Será mejor que esperes a que estemos al otro lado del puente, muchacho —aconsejó Flint.
La idea de tener que cruzar el puente suspendido sobre las oscuras aguas del río de la Esperanza, que discurría a decenas de metros bajo sus pies, hizo temblar al enano. Consiguió dominar el miedo relatando al semielfo lo que había descubierto —o mejor dicho, conjeturado— en los últimos dos días.
—¿Así que crees que alguien puede atacar a Gilthanas durante las horas de vigilia solitaria en el Kentommenai- kath?
—Cabe esa posibilidad. Y, en estos momentos, todo cuanto tenemos para seguir adelante son posibilidades. Después de dos días de fiesta continua, los guardias del puente estaban acostumbrados a ver a los juerguistas con disfraces y máscaras. En consecuencia, se limitaron a contemplar al enano y al desarrollado gully mientras cruzaban la estructura.
Flint iba agarrado al brazo de Tanis; para ayudar al semielfo a guardar el equilibrio, por supuesto. De pronto escucharon a sus espaldas el trapaleó de unos cascos, a la par que un rebuzno familiar hendía el aire de la noche.
Flint giró velozmente sobre los talones.
—¡Pies ligeros!
En las sombras que abrigaban la entrada al puente, uno de los guardias sujetó al animal por las riendas.
—¡Maestro Fireforge! —La llamada del soldado levantó ecos en la torrentera—. ¡Tu amiga te busca!
Flint vaciló un momento, sin saber qué hacer. Si llevaba de vuelta a casa a la mula, dejaría solo a Tanis para hacer frente al asesinó. Si la llevaba con ellos, los delataría con sus infernales rebuznos. Por fin, hizo un ademán y el guardia soltó al animal, que se lanzó al trote hacia donde aguardaba el enano.
Esquivando el suave hocico de la mula, Flint sacó la escala de manó que había guardado tras recuperarla en el patio de palacio, y separó la cuerda con la que la había soltado de la ventana. Ató una punta al collar de Pies Ligeros y la otra al tronco de un álamo que crecía en la orilla opuesta de la torrentera.
Mientras tanto, Tanis escondía la máscara entre los arbustos. Los rebuznos desesperados del animal retumbaron en las paredes de la torrentera cuando Flint y Tanis se alejaron por el sendero.
La noche era muy oscura; ninguna de las lunas lucía en el cielo. El enano percibía el húmedo olor a musgo y escuchaba la rítmica respiración de Tanis a sus espaldas. Parecía que hubiesen transcurrido años desde el día en que habían subido al Kentommenai-kath, cuando todavía vivían Xenoth y tía Ailea.
—A menos que Gilthanas y la escolta vayan a la carrera, no tardaremos en darles alcance —susurró Tanis, en un breve alto que hicieron para descansar.
Flint apartó la mirada de la pronunciada pendiente que se abría a su derecha, y asintió en silenció. Pronto reanudaron la marcha.
El sendero se hizo sinuoso, y acá y allá Flint atisbó en la oscuridad algunos árboles retorcidos y concreciones de granito. Llegaron a una bifurcación. La pendiente se hizo más inclinada, y, a no tardar, Tanis y el enano estaban jadeando.
En ese momento, escucharon pisadas un poco más adelante y se escondieron tras unas rocas. Flint se asomó por un lado y vio pasar dos figuras que se dirigían a Qualinost.
—La escolta de Gilthanas —susurró Tanis, una vez que los guardias estuvieron lo bastante lejos para no escucharlo. El enano y el semielfo redoblaron sus esfuerzos, ya que Gilthanas estaba ahora sin protección.
Por fin, el bosque se hizo menos denso, y el terreno se tornó más pedregoso. Flint supo que se encontraban muy cerca de la pequeña meseta.
—¡Escucha! —susurró Tanis.
El claro timbre de una voz de tenor se alzaba en la distancia, entonando palabras casi tan antiguas como los peñascos de granito que se alzaban a un lado del caminó.
—El canto de vigilia de Gilthanas —explicó el semielfo—. Pide a los espíritus de los árboles y la tierra que protejan a Porthios y lo guíen hasta el final de sus días. Ese es el motivó por el que Gilthanas está desarmado, para demostrar a los espíritus del bosque que confía en ellos.
El canto resonaba en la torrentera y Flint no pudo evitar un estremecimiento.
—Mi Día de Barba Cerrada no se parecía en nada a esto. Y doy gracias a Reorx por ello —musitó.
Siguieron caminando, aunque con más cautela a medida que se acercaban al Kentommenai-kath. Por supuesto, no querían que Gilthanas los viera, pero su mayor interés era no revelar su presencia al asesinó, que podía estar escondido detrás de cualquier peñasco ó árbol. Flint sintió que
se le erizaba el vello de la nuca y se llevó la manó al martilló, sujetó a su cinturón, para darse ánimos.
Por fin, llegaron al Kentommenai-kath. Flint posó una manó en el hombro del semielfo, y los dos amigos se detuvieron para contemplar a Gilthanas, que paseaba de un lado a otro de la meseta rocosa que coronaba el risco. Tanis sugirió mediante gestos que deberían dar un rodeo por la derecha, y Flint asintió con un cabeceó. Los dos avanzaron sigilosos, buscando la cobertura de los peñascos, y avanzaron unos doscientos metros a lo largó del borde de la cima del risco donde Gilthanas, de pie, seguía cantando. Dejando atrás los últimos árboles, cruzaron a toda prisa un corto trecho al descubierto y se agacharon enseguida tras un peñasco de granito volcado de lado.
Flint se asomó con cautela. Gilthanas, vestido con una sencilla túnica gris y con la capucha echada sobre la cabeza, estaba al borde del risco, con la mirada perdida en el negro abismo que se abría a sus pies y entonando el canto en cuya melodía se producían unas pausas desconocidas en la música humana y enana.
—¿A qué estamos esperando? —susurró malhumorado Flint. Tanis sacudió la cabeza.
—No estoy seguro. Quizá deberíamos acercarnos un poco más.
Flint asintió en silencio. El semielfo soltó la presilla de cuero que sujetaba la funda de la daga, y el enano hizo otro tanto mientras avanzaban entre los afloramientos de granito. La súplica musical de Gilthanas no cesó ni un instante, creando un telón de fondo.
—Esto me da mala espina, Tanis —rezongó con voz queda Flint—. Es como si estuviéramos esperando a que ocurriera alg...
La tierra desapareció bajo los pies del enano.
* * *
La frase de Flint se cortó de manera repentina, seguida de un roce apagado, como si algo se deslizara sobre piedra, y una maldición ahogada.Tanis volvió la cabeza para mirar a sus espaldas.
—¡Flint! —llamó en un susurro para que no lo oyera Gilthanas, a la vez que se agachaba tras una roca para ponerse fuera del alcance de su vista—.
¡Flint!
No hubo respuesta. Sólo el sostenido canto de Gilthanas.
Tanis se maldijo para sus adentros. ¿Por qué no había estado más atento? Sacudió la cabeza. El enano le iba pisando los talones. ¿Dónde demonios se había metido?
Un parche de sombra entre las piedras —o, más bien, una sombra más negra que el resto— llamó la atención de Tanis, que gateó hacia ella para examinarla más de cerca. Al aproximarse, una bocanada de aire húmedo le rozó el rostro y vio que el parche oscuro no era una sombra ni mucho menos, sino una grieta que hendía el suelo, justo al borde de una roca.
Tanis había pasado por encima sin advertirla siquiera, pero Flint, con sus piernas achaparradas y zancada más corta...
«Oh, dioses, no», clamó para sus adentros el semielfo, mientras se tumbaba sobre el estómago y se asomaba a la grieta.
—¡Flint! —susurró en la profunda oscuridad, pero las sombras se tragaron su voz. No hubo respuesta.
La hendidura era lo bastante grande para que el enano se hubiera colado por ella, aunque muy justo. Frenético, Tanis intentó razonar. El enano podía estar herido allá abajo..., o algo peor.
—¡Flint! —llamó de nuevo, pero tampoco tuvo respuesta esta vez. Se había quedado totalmente solo.
En aquel momento, a espaldas del semielfo, el canto de Gilthanas se interrumpió con un grito.
—¡No deberías estar aquí! —exclamó el joven—. El Kentommen prohíbe...
Tanis echó una última mirada a la grieta que se había tragado a Flint.
Luego, desenvainó la espada y se movió tan deprisa como le fue posible ocultándose de peña en peña.
Una figura, apenas distinguible a pesar de la vista aguda del semielfo, se encontraba de pie frente a Gilthanas. Avanzó un paso.
—¿Quién eres? —gritó el joven, retrocediendo. Sus talones se acercaron peligrosamente al borde del precipicio.
La figura, sin articular una sola palabra, se le acercó más. Gilthanas miró a izquierda y derecha, pero el desconocido le cerraba la única vía de escape.
—¿Quién eres? —inquirió de nuevo.
Mientras Tanis se acercaba cuanto le era posible sin ponerse a descubierto, vio que la figura hacía un movimiento como si reuniera fuerzas para saltar hacia adelante. El semielfo salió corriendo de detrás de un peñasco a la vez que gritaba una advertencia.
—¡Cuidado, Gilthanas!
Su primo se volvió hacia él. En ese mismo instante, la figura encapuchada propinó un empellón a Gilthanas. Con un alarido, el joven desapareció por el borde del precipicio. Un segundo grito se interrumpió bruscamente.
El asesino echó a correr hacia el bosque. Tanis vaciló, sin saber si seguir a la figura fugitiva, o ir hacia el punto donde Gilthanas había desaparecido.
Mas el precipicio se había tragado a su primo, de eso estaba seguro. El semielfo salió a toda carrera hacia los árboles, en persecución del infame asesino.
Apenas se había internado en el bosque unos cuantos metros, cuando la maleza le cerró el paso. No había sendero; ¿entonces dónde se había metido el desconocido? Tanis maldijo las enredaderas que se engancharon en la hoja de la espada, y escudriñó la oscuridad. Contuvo el aliento y escuchó con atención, pero no captó la respiración contenida del perseguido.
Desanduvo sus pasos hacia la cresta de granito por donde había caído su primo.
—¡Gilthanas! —gritó desesperado en medio de la oscuridad—. ¡Flint!
—llamó por añadidura.
Tuvo respuesta, pero no la que había esperado. Alguien apareció a sus espaldas, le puso las manos en los costados, y empujó.
Mientras se precipitaba al vacío, el semielfo oyó unas palabras:
—Lo siento, Tanis.
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