Qualinost

Mark Anthony · Capítulo 7 de 33

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Qualinost

Capítulo 6: Un nuevo amigo

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Un nuevo amigo

—Puedes tirar eso junto al horno, muchacho —dijo Flint mientras entraba en su taller.

Con un gruñido de alivio, Tanis soltó el pesado saco que cayó a plomo en el suelo.

—No es preciso que sigas mis instrucciones al pie de la letra, muchacho

—rezongó el enano mirando al jadeante semielfo mientras soltaba a su vez el saco que cargaba a la espalda.

—Lo siento —se disculpó Tanis en voz baja, a la vez que se frotaba el dolorido hombro.

Los dos acababan de regresar de una excursión para extraer mineral de una veta, aunque el muchacho todavía no alcanzaba a comprender cómo se había dejado convencer por el enano para que fuera con él. Un par de horas antes, bajo las primeras luces del alba, Flint había encabezado la marcha, hacia el sur de la ciudad, con unos sacos vacíos en la mano. Tras un agradable paseo de un par de kilómetros, el bosque dio paso a un afloramiento rocoso sembrado de piedras cubiertas de óxido que Flint identificó como guijos de hierro. Diez minutos después, Tanis se tambaleaba bajo el peso de la carga que el enano le había aupado sobre los hombros.

—¿No sería más sencillo traer un animal de carga que lo llevara en la grupa? —había preguntado el semielfo con los dientes apretados.

—¿Un animal de carga? —repitió Flint con un resoplido—. ¿Estás mal de la cabeza? ¡Por Reorx! Ningún enano en su sano juicio confiarla a una bestia chiflada el transporte de su mineral.

Tanis comprendió que no tenía sentido discutir con el enano. Flint se había echado a la espalda su saco, que debía contener cinco veces más peso que el de Tanis, como si estuviera lleno de plumas, y había iniciado el camino de vuelta a la ciudad. Tanis le había seguido en medio de tropezones y bamboleos, a la vez que se aconsejaba a si mismo tener más cuidado la próxima vez que el enano le sugiriera ir «a dar un agradable paseíto».

El muchacho había visitado a Flint casi a diario desde que el Orador había enviado al enano un mensaje una tarde a última hora, hacía una semana, en el que le pedía que visitara al semielfo en sus aposentos de palacio. No es que hubieran hablado de cosas muy importantes durante aquella visita, pues la conversación versó acerca del tiempo, de Solace, de la artesanía metalúrgica, de la talla de madera, y cosas por el estilo; pero Tanis, que tenía un aspecto vapuleado, pareció animarse con la entrevista.

Desde entonces, de los cortes y las magulladuras del semielfo apenas quedaba huella, mas la herida abierta entre el muchacho y el heredero del Orador tardaría mucho más tiempo en cerrarse.

—¿Cómo vas a transformar estas piedras en hierro? —preguntó ahora Tanis, mientras el enano levantaba la pesada tapa del horno instalado en la trastienda.

—El único modo de aprender es haciéndolo —respondió Flint—. Al menos, eso es lo que mi abuelo, el viejo Reghar Fireforge, solía decir. O es lo que mi madre decía que decía él.

El horno era redondo, y tan alto como el enano; estaba construido con gruesos adobes chamuscados por el fuego. El fondo tenía forma de embudo rematado en un agujero pequeño, debajo del cual se encontraba un crisol del tamaño de un yelmo. Siguiendo las instrucciones de Flint, Tanis llenó a medias el horno con capas de guijos de hierro, trozos de carbón y una especie de greda a la que Flint llamaba piedra caliza. El enano encendió el carbón a través de una puertecilla situada en el fondo del horno; a continuación, colocó de nuevo la tapa con ayuda de Tanis.

—¿Y ahora, qué? —preguntó el muchacho.

—Esperaremos —respondió Flint mientras se limpiaba la suciedad de las manos—. Cuando el carbón arda al rojo vivo, el hierro se fundirá y se separará de la escoria, para ir a parar al crisol. Pero ese proceso tardará casi un día, así que más vale que nos dediquemos a otros menesteres.

El enano enseño a Tanis el aspecto que tendría el metal cuando lo retirara del molde: una masa dura, pesada y negra a la que llamó lingote de hierro.

—¿Y eso es lo que utilizas para hacer espadas y dagas? —inquirió Tanis. Flint estalló en carcajadas.

Te hacen falta unas cuantas lecciones sobre metalurgia, muchacho —

comentó entre risas.

—¿A mi? —El chico estaba sorprendido. Había observado al enano mientras trabajaba en la forja, y sabía la fuerza y el tesón que empleaba Flint para lograr dar al metal la forma que deseaba. ¿Cómo iba el a conseguir jamás doblegar algo tan duro como el hierro y obligarlo a hacer su voluntad?

La brillante mirada del enano puso de manifiesto que no admitía discusión; así pues, el semielfo escuchó atento mientras Flint le explicaba que el lingote era demasiado quebradizo para obtener una buena cuchilla, y que debía fundirse de nuevo. El enano le enseñó a Tanis cómo poner el lingote en el crisol e introducirlo entre los carbones de la fragua que estaba junto a un pesado yunque de hierro. Hizo que el muchacho accionara los fuelles hasta que las brasas semejaron joyas licuadas. Mientras el hierro se fundía, expulsó volutas de humo negro. Cuando se enfriara, se habría convertido en hierro forjado o batido, explicó Flint, no tan quebradizo como el lingote.

—Pero si es demasiado maleable, es imposible que se obtenga de él una buena espada —objetó Tanis.

Flint asintió con un cabeceo. Con un par de pesadas tenazas, calentó un trozo de hierro forjado en las brasas hasta que se puso al rojo vivo. Luego lo colocó sobre el yunque y lo roció con un polvillo negro que parecía polvo de carbón, salvo que era más brillante. Flint lo llamó «Aliento de Reorx».

Verás, hace mucho tiempo —dijo el enano—, un malvado thane ordenó a su herrero que forjara una espada de hierro que jamás perdiera el filo. Si el herrero fracasaba, le darían muerte. Parecía que era una tarea imposible, pero el herrero era un elegido de Reorx, y el dios sopló sobre la espada forjada por él, lo que la hizo tan dura y fuerte que su filo perduraría brillante y aguzado.

Con el martillo, Flint dobló el brillante trozo metálico sobre sí mismo, y después lo aplanó de nuevo. Lo metió en las brasas por segunda vez, lo roció con el polvo negro, y lo alisó más a fuerza de golpes. Repitió la operación varias veces.

—Lo que ahora tenemos —continuó Flint con actitud satisfecha, alzando el ardiente pedazo de metal con las tenazas— es una pieza metálica que se endurecerá lo bastante para ser dura sin llegar a ser tan quebradiza que se rompa con facilidad. Esto, Tanis, es acero.

Tanis contempló el reluciente metal bajo otro punto de vista. El oro era hermoso, y a los elfos les encantaba la plata, pero en estos tiempos turbulentos el acero era la sustancia más preciosa de Krynn.

—¿Qué vas hacer ahora con ello? —se interesó el muchacho.

Yo no voy a hacer nada con ello —replicó Flint—. Lo harás tú.

—¡Yo no sé cómo se forja el acero!

Tampoco yo lo sabía hasta que lo intenté —rezongó el enano a la vez que ponía un martillo en las manos de Tanis con gesto brusco.

Evidentemente, no había modo de escapar de esto. Tanis suspiró. En primer lugar, tuvo que decidir qué iba a hacer, pero esta parte no resultó difícil. Durante mucho tiempo, había deseado poseer un cuchillo de caza como el que tenía Porthios.

Guiándole las manos, el enano le mostró cómo calentar el acero, cómo sostenerlo sobre el yunque con las tenazas, y cómo golpearlo con el martillo de manera que ninguno de los ardientes fragmentos que saltaban le diera en las manos.

—No es sólo cuestión de que lo golpees —dijo Flint—. Es tu voluntad tanto como tu brazo la que moldea el acero. Imagina cómo quieres que sea.

Enfoca una imagen clara y nítida. Entonces golpea el acero y a ver qué pasa.

Tanis siguió sus instrucciones mientras pensaba lo fácil que resultaba aprender con Flint o con Miral; todo lo contrario que con Tyresian. El cuchillo empezó a tomar forma.

El muchacho sintió un calor que le subía por el brazo y le llegaba al pecho. «Sólo es el calor de la forja», se dijo, mas, de un modo u otro, supo que no era ésa la explicación, y pensó que ahora comprendía, aunque sólo fuera un poco, lo que Flint sentía cuando estaba allí, frente al yunque, descubriendo la hoja de una espada en la masa informe de metal y sacándola a la luz a fuerza de fuego y martillo, con el corazón y la mente.

—Ahora enfríalo mientras todavía está al rojo vivo —instruyó Flint.

Tanis sumergió la fina y puntiaguda lámina de acero en el barril de agua que había junto al yunque. Brotó el vapor en medio de siseos, teñido de rojo con el reflejo de la forja—. Eso endurece más aún el metal —explicó Flint.

Tanis sacó del agua la tosca y ennegrecida lámina de acero y le dirigió una mirada crítica.

—Desde luego, no tiene aspecto de cuchillo. Tonterías —gruñó el enano

—. Tu cuchillo está ahí, no lo dudes. Lo único que hace falta es esmerilar los bordes con la piedra amoladera. Afílalo, encájale un mango, y ya verás.

El muchacho esbozó una sonrisa. La hoja parecía estar un poco torcida, y no estaba plana del todo, pero sería su cuchillo.

—Gracias, Flint —dijo, pero el enano sacudió la cabeza.

—Eres tú quien lo ha hecho, no yo —respondió.

* * *

Flint estaba sumido en reflexiones. Los días otoñales se iban acortando.

Las hojas de los álamos relucían a la luz del sol como oro pulido, y las de los robles como cobre bruñido. Ahora, de vez en cuando, la claridad del amanecer refulgía en la brillante escarcha que cubría la hierba y los árboles.

Sin embargo, a medida que avanzaba el día, la escarcha se fundía, el sol ahuyentaba la húmeda bruma que flotaba en las calles, y, ya por la tarde,

aunque el limpio aire era fresco, los cálidos rayos de sol que se derramaban sobre la ciudad inducían modorra.

En la parte posterior del taller de Flint había una valla baja de piedras cubiertas de musgo, y más allá se extendía una pequeña pradera que terminaba en una muralla de enredaderas enroscadas en los troncos de álamos y pinos que formaban una arboleda. A diferencia de los incontables jardines y patios de Qualinost, la pradera y los árboles crecían en su estado natural. Más bien, eran sencillamente una extensión del bosque que continuaba tal como estaba desde antes de que Kith-Kanan condujera a su pueblo a Qualinesti. Era un recuerdo de los tiempos en que allí no existía ciudad alguna, ni elfos, sino un denso y umbroso bosque, y la música del viento.

A veces, Flint hacía un alto en su trabajo frente al humeante calor de la forja y salía a sentarse en la valla, aspirando el aire limpio mientras balanceaba las cortas piernas. La arboleda al otro lado de la pradera traía a su mente el recuerdo de su viaje desde Solace, a través de los bosques de Qualinesti, y de nuevo se encontraba preguntándose a sí mismo si no sería ya hora de ponerse en camino de regreso.

«Estos días son luminosos y cálidos —se decía—, pero, tan seguro como que el acero es duro, el invierno está a la vuelta de la esquina. Y, aunque no pongo en duda que entre estos bosques no será riguroso, no ocurrirá lo mismo en el resto del mundo; y, si eres lo bastante estúpido para retrasar más la partida, te habrás congelado mucho antes de llegar a Solace.»

Pero siempre parecía tener algo pendiente de hacer antes de plantearse el viaje. Había prometido a lady Selena un juego de copas realizadas de manera que semejaran tulipanes. Sólo este encargo le había ocupado dos semanas de trabajo; sin embargo, cuando lo hubo terminado, se encontró enfrascado en la creación de dos intrincados anillos de boda que había prometido entregar enseguida a un impaciente y joven noble que cortejaba a una doncella elfa. Y, después, el capitán de la guardia del Orador entró en su taller, desesperado porque su espada no estaba bien equilibrada y los forjadores elfos no habían tenido éxito en enmendar tal fallo. El problema

era tan evidente a los ojos de Flint —la guarda ornamentada de la empuñadura era la causante de la pérdida de equilibrio—, que no habría tenido muy buena opinión de sí mismo si se hubiera negado a ponerle remedio. Tan seguro como que su barba seguía creciendo, de igual modo siguieron llegándole encargos.

A parte de sus nuevas ropas —un presente del Orador en prueba de su amistad—, Flint apenas había cambiado desde el día en que puso el pie por primera vez en Qualinost con su oscuro cabello atado en la nuca y su espesa barba sujeta en el cinturón. Sólo había cambiado las pesadas botas con suelas reforzadas con hierro, por otro para lubricado con un flexible cuero gris, y, a pesar de que sus pies seguían siendo el doble de grandes que los de cualquier elfo, al menos sus pisadas ya no resonaban como la descarga de un trueno.

En cuanto a su atavío... El verde no era el color habitual de Flint, pero el sastre del Orador lo emplazó a que lo visitara cuatro días antes y había sacudido la cabeza al ver que, para sus nuevas ropas de otoño, el enano elegía una lana de un tono que recordaba el óxido de hierro. El anciano elfo insistió en un llamativo color esmeralda, pero Flint objetó que le parecía demasiado chillón. No obstante, cuando por último el enano se lo probó, el viejo sastre aplaudió entusiasmado.

—Definitivamente, es lo que te va, maestro Fireforge —declaró.

—¿De veras? —preguntó Flint, mientras fruncía el entrecejo al verse reflejado en el espejo de plata pulida.

—Sin duda —respondió el sastre con firmeza—. Te da un aspecto gallardo.

—Así es, Flint —intervino Tanis desde el rincón donde estaba sentado.

¿Gallardo?, había repetido el enano para sus adentros, contemplando con ojo crítico su imagen reflejada en el espejo; esbozó una sonrisa.

—Bueno, si tú lo dices... —balbuceó. Tanis se había echado a reír.

Ahora, el semielfo, con el rojizo cabello brincándole sobre los hombros, apareció corriendo por la esquina de la casa de Flint, que parecía aún más baja y desproporcionada de lo que era, en contraste con las construcciones elfas de la vecindad.

—Dichoso de mí. Compañía —rezongó el enano, aun que sonreía de oreja a oreja—. ¿Dónde está ese diablillo de Laurana? Me sorprende que no te haya arrastrado a algún juego ruidoso o cosa por el estilo.

—Lo intentó —dijo Tanis, mientras arrancaba de un árbol dos manzanas, lanzaba la mejor a Flint, y se acomodaba en la valla. Se tumbó, con los ojos cerrados, y dejó que el sol le acariciara el rostro.

No sin cierto sobresalto, Flint reparó en que, a despecho de las orejas ligeramente puntiagudas y los ojos algo rasgados, Tanis parecía en aquel momento un chiquillo humano. Ello lo hizo pensar otra vez en Solace, y lo abrumó la nostalgia.

—Hoy no me apetecía jugar —resumió Tanis—. Ademas, Gilthanas estaba con ella, y me pareció que no le entusiasmaba la idea de que me uniera a ellos. Abrió los ojos.

—Bah —repuso Flint, mientras arrojaba el corazón de la manzana por encima del hombro y se limpiaba las manos en la barba—. Estoy seguro de que el hermano de Laurana no opina de ese modo.

Tanis se volvió hacia el enano con expresión seria. —Ya no quiere tener que ver nada conmigo. Siempre creí que era como mi propio hermano, pero ahora lo único que parece interesarle es seguir a Porthios como un perrillo.

Y Porthios, desde luego, jamás se ha mostrado como un hermano para mí.

Una sombra cruzó los firmes rasgos del semielfo. Flint suspiró y posó una de sus fuertes y callosas manos sobre el hombro de Tanis.

—Vamos, muchacho —dijo con suavidad, aunque sin perder su habitual brusquedad—, a veces no tiene explicación el porqué la gente hace lo que hace. Pero no se lo tengas en cuenta. Estoy seguro de que todo se arreglará.

—Sé muy bien por qué se comporta así —contestó Tanis, pero no añadió nada más.

Flint, consciente de que había cosas en la vida del semielfo que el muchacho prefería guardar para sí mismo, no hizo ningún comentario. Se había enterado de lo ocurrido entre Porthios y Tanis a través de Laurana —

sólo los dioses sabían cómo había llegado a oídos de aquel diablillo—, pero prefirió no confesar a su joven amigo que lo sabía.

Estuvieron tomando el sol en silencio un buen rato. Al cabo, Tanis le pidió a Flint que le contara más cosas sobre el mundo y sobre Solace. Era el tema habitual de conversación entre los dos amigos. El chico parecía no cansarse nunca de oír esas historias.

—¿Pero qué hiciste entonces, cuando los cuatro salteadores de caminos dejaron fuera de combate a los guardias? —le preguntó Tanis. Flint le estaba narrando la historia de un día en que una cuadrilla de malhechores habían organizado una trifulca en la posada El último Hogar.

—Verás, te aseguro que las cosas se estaban poniendo feas. Así que levanté mi martillo... —Flint cogió un palo para dar más énfasis al relato—, y entonces..., eh..., y entonces, yo... —El enano reparó de pronto en los ojos relucientes del muchacho, prendidos en él.

—¿Y entonces, qué, Flint? —insistió Tanis, excitado—. ¿Peleaste con los cuatro a la vez?

—Bueno... eh... No exactamente —respondió. No sabía por qué, pero esta historia sonaba mucho mejor después de haber ingerido unas cuantas jarras de cerveza—. Verás, había una jarra caída en el suelo, y..., bueno..., estaba oscuro, y, hay que tener en cuenta que yo no estaba pendiente de dónde ponía los pies...

—Y tropezaste —dijo Tanis, con una sonrisa.

—¡Por supuesto que no tropecé! —bramó el enano—. Hice una finta, y alcancé con mi martillo al jefe de los bandidos, justo en mitad de la frente, así. —Golpeó con el palo una manzana medio podrida, y el fruto reventó en medio de una rociada de zumo, con lo que Tanis tuvo una idea muy gráfica de lo ocurrido.

—¡Eso estuvo genial! —exclamó el muchacho, y Flint resopló como si no le diera importancia—. A veces me gustaría haber nacido en Solace —

susurró entonces Tanis, con la mirada perdida en la distancia, hacia el norte, donde sabía que se encontraba la ciudad. Arrojó a un lado el corazón de la manzana que se había comido y se despidió de Flint.

* * *

Cumpliéndose los deseos expresados por el Orador cuando el enano llegó a Qualinost, entre Flint y Solostaran había nacido una franca amistad en el transcurso de los últimos meses. Si alguien le hubiera dicho a Flint medio año atrás que se iba a convertir en compañero de un gran señor elfo de Qualinesti, le habría invitado a una cerveza por ser un tipo tan chistoso.

A pesar de parecer que existía todo un mundo de diferencias entre el alto y regio elfo y el achaparrado y sencillo enano, ambos poseían una mente abierta que hacía fácil salvar las distancias que los separaban.

Y, así, Flint se había encontrado paseando por los jardines de palacio al lado del Orador mientras charlaban sobre tierras y épocas lejanas, o sentado a la derecha del dignatario en una cena de gala. Ni que decir tiene que aquello provocaba el descontento de algunos cortesanos, pero Flint supo entonces de quién habían heredado Porthios y Laurana su carácter obstinado.

De hecho, durante las últimas semanas, se habían estrechado los lazos de amistad con el Orador al igual que había ocurrido con Tanis. Los soldados de la guardia del Orador, que vestían un peto decorado con el emblema del Sol y el Árbol realizado en plata, ya no se molestaban en hacerlo esperar en la antesala del Orador en la Torre. Por el contrario, saludaban a Flint con una sonrisa y lo invitaban a cruzar la puerta que se abría a la estancia de paredes de cristal, donde despachaba Solostaran. Por otro lado, los sirvientes del Orador tenían órdenes de que el cuenco de plata que había sobre el escritorio estuviera en todo momento lleno de frutos secos y almendras confitadas a los que tan aficionado era el enano. Hoy, el sol otoñal se derramaba a través de las cristaleras sobre los juncos verdes que alfombraban el suelo, y la luz de la estancia poseía un quieto sosiego que le confería la apariencia de un claro del bosque.

El Orador comentó que confiaba en que Tanis no resultara una molestia para el enano al pasar con él tanto tiempo.

—Bah —respondió Flint—. No creo que pasar el tiempo cerca de una forja humeante en compañía de un enano gruñón sea muy divertido. Pero, no os preocupéis por Tanis. Es un buen chico.

Solostaran sonrió y asintió con un suave cabeceo.

—Sí, creo que lo es. —Se incorporó y se acercó a los ventanales, contemplando el paisaje como si hiciera una pausa para reflexionar—. Tanis significa mucho para mí, Flint. Y creo que también es tu amigo.

» Sé que estás al corriente de las circunstancias de su nacimiento, de cómo mi hermano fue asesinado por una cuadrilla de malhechores y la agresión infligida a su esposa, Elansa. —Suspiró—. Pero no creo que comprendas cuán sombríos fueron aquellos meses. Durante todo el embarazo, Elansa parecía estar muerta, perdida. Falleció al nacer la criatura.

Pero Tanis era el hijo de la esposa de mi hermano, y no podía desentenderme de él.

Daba la impresión de que el Orador estuviera discutiendo con alguien que se opusiera a su decisión, en lugar de estar contando una historia a un amigo.

—Por lo tanto, lo traje conmigo a palacio, para criarlo como si fuera mi propio hijo. —Suspiró y se volvió hacia el enano. Flint se manoseaba la punta de la barba con nerviosismo. Era un relato duro—. Hubo quienes no estuvieron de acuerdo con mi decisión —dijo con voz queda el Orador, y Flint alzó la vista—. Algunos fueron incapaces de perdonarle las circunstancias de su nacimiento. A un niño, Flint..., ¡una criatura! ¿Qué culpa tenía él de que hubieran matado a mi hermano? ¿Qué culpa tenía de que también su madre muriera? —Una sombra de la pasada angustia afloró al semblante del Orador.

—¿Y los que no lo aceptaron...? —preguntó en voz baja Flint.

—Aún viven y, como es habitual en mi raza, apenas han cambiado. No estoy seguro de hasta qué punto ha notado Tanis esa situación..., aunque sospecho que el muchacho no me cuenta muchas cosas. Sólo me queda esperar que su espíritu sea lo bastante fuerte para soportarlo. Me temo que no le hice un gran favor al traerlo aquí. Pero tú entiendes que no podía actuar de otro modo, ¿verdad, Flint?

El Orador dirigió una mirada intensa al enano. Su cabello rubio oscuro brillaba con la luz diurna.

» A despecho de la paz que nos hemos forjado en nuestro reino —

prosiguió—, estos últimos siglos, posteriores al Cataclismo, han sido

sombríos; tiempos de aflicción y desorden. Tanis es fruto de esos tiempos turbulentos.

» Y, si soy incapaz de traer algo de alegría a su vida, ¿cómo va a mitigarse entonces la aflicción que nos invade a cualquiera de nosotros, a los elfos, o a Qualinesti? —El Orador sacudió la cabeza y después esbozó una leve sonrisa—. Me temo que estoy divagando. —Adelantó un paso hacia Flint y el enano se incorporó de su asiento—. Siento haberte retenido tanto tiempo. Sólo quería decirte que me alegro de que seas un amigo para Tanis. Me temo que eres el único, aparte de sus primos.

Flint asintió en silencio y se dirigió a la puerta, pero, antes de salir, se volvió y miró al señor elfo con una expresión pensativa en los ojos.

—Gracias —dijo con voz ronca—. También él es uno de los dos primeros amigos que tengo.

El enano salió y cerró la puerta a sus espaldas.

* * *

Llegó el momento en que la primera estancia del enano en Qualinost llegó a su fin. Tanis y los demás lo despidieron en el límite de la ciudad, junto al puente que cruzaba sobre la confluencia de los dos ríos, el de las Lágrimas y el de la Esperanza. La mañana era gris y fría, y el aire cortante traía olor a nieve.

—Así que tienes que partir —musitó Tanis, mirando al otro lado de la profunda hondonada.

—Si, creo que ya iba siendo hora —respondió Flint—. Si tengo suerte, llegaré a casa antes de la primera nevada.

Tanis asintió en silencio.

—Te echaré de menos —dijo al cabo de un momento.

—¡Bah! —rezongó el enano—. No me sorprendería que te hubieras olvidado de mí antes de diez minutos.

A pesar de sus palabras, el enano tuvo que parpadear repetidamente y Tanis sonrió.

Flint se despidió del reducido grupo que se encontraba junto al puente: el Orador y el mago encapuchado, que impedía a la inquieta Laurana aproximarse al borde de la torrentes. Tanto lord Xenoth como Porthios y sus amigos brillaban por su ausencia. Tras repetidas promesas de regresar algún día, Flint fue en pos de su guía y cruzó el puente, no sin proferir uno o dos juramentos que resonaron en las frías paredes de piedra.

Sin perder la sonrisa, Tanis suspiró, se arrebujó en su capa gris y regresó hacia la ciudad.

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