Qualinost

Mark Anthony · Capítulo 17 de 33

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Capítulo 16: La entrevista

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La entrevista

Uno de los sirvientes del Orador le salió al paso a Tanis poco antes del amanecer del día siguiente, cuando el semielfo se dirigía a los establos para preparar a Belthar, su caballo. El sirviente le informó que Solostaran quería verlo de inmediato en su despacho.

Sin embargo, cuando Tanis llegó a la antesala del Orador, en la Torre, los guardias apostados a la puerta le dijeron que Solostaran estaba reunido con alguien y que no tardaría en hacerlo pasar. Tanis les dio las gracias y se dirigió a un extremo del pasillo, donde encontró un asiento en un nicho de la pared.

La puerta del despacho del Orador se abrió y Porthios salió por ella.

Saludó a los guardias con un leve cabeceo y echó a andar con determinación en dirección opuesta adonde aguardaba Tanis, al parecer sin advertir la presencia del semielfo. Tanis soltó un suspiro de alivio y, cuando Porthios hubo desaparecido por un recodo del pasillo, se dirigió al despacho. El guardia lo hizo entrar de inmediato, y cerró la puerta a sus espaldas. Tanis tragó saliva con esfuerzo, preguntándose qué tendría que decirle el Orador.

Solostaran estaba sentado a su escritorio, examinando unos pliegos que iluminaba la trémula llama de una lámpara de aceite; su luz dorada se reflejaba en los ribetes dorados de la túnica verde del Orador. Cuando sonó el pestillo, Solostaran apartó a un lado los pergaminos y alzó la vista. La

habitación, con sus paredes transparentes, empezaba a emitir un resplandor rosáceo con la mortecina luz que anunciaba el amanecer.

—Tanthalas —saludó el Orador con voz inexpresiva. No le ofreció una silla, por lo que Tanis permaneció de pie.

—Me dijeron que deseabas verme, Orador —musitó el semielfo. No recordaba haberse sentido así de mal en ninguna de las entrevistas con Solostaran, pero hoy estaba asustado.

—Ayer fue un día agotador, Tanthalas —comenzó con suavidad el Orador. Se puso en pie y empezó a pasear por el cuarto, con las manos enlazadas a la espalda—. Sabía que iba a ser problemático prometer a Lauralanthalasa, pero no tenía otra opción. Fue un compromiso realizado por las dos casas hace mucho tiempo. Incontables acuerdos, numerosos tratados, dependen de la fe que tienen los elfos en que el Orador de los Soles cumplirá siempre su palabra. ¿Qué otra cosa podía hacer, pues? —

Más parecía estar discutiendo consigo mismo que hablando con Tanis—.

¿Acaso debí bajar de la tribuna renunciando al título de Orador para salvar a mi hija?

Tanis, espantado, estuvo a punto de exclamar: «¿Abdicar?». Pero el Orador se le adelantó y sacudió la cabeza.

—¿Y qué habría conseguido con ello? Porthios habría ocupado mi puesto, y entonces la responsabilidad de la promesa habría recaído sobre él, con lo que nada habría cambiado. Y por ello, Tanis, mantuve mi palabra. El honor de nuestra casa lo exigía. —Dirigió una mirada penetrante al semielfo, que se encogió sobre sí mismo sin poderlo evitar—. Tampoco Tyresian es un mal partido para Laurana —prosiguió Solostaran, y Tanis sintió los acelerados latidos de su corazón—. Por consiguiente, y aunque sabía que era una tarea difícil, me decidí a llevarla a cabo y anuncié el compromiso.

» Dime, Tanthalas, cómo se ha llegado a esta situación. No comprendo, ni nadie ha sido capaz de explicármelo, cómo es posible que mi hija se comprometiera con el muchacho que traje a mi casa y al que eduqué como si fuera su hermano. Y, por primera vez en la vida, me encuentro con que Laurana no quiere... —El Orador hizo una pausa, y se llevó las manos a los

ojos un instante antes de proseguir:— Me encuentro con que no quiere hablar conmigo. Dime, Tanthalas, ¿por qué me desafía mi propia hija?

—No lo sé, Orador —respondió el joven con sinceridad.

—Pero tú, mejor que nadie, deberías saberlo, Tanis. —La voz de Solostaran había adoptado un tono cortante—. De mis tres hijos, es con la que has tenido más confianza y amistad. Y ahora descubro que quizá estabais más unidos de lo que imaginaba. —Sus ojos verdes centellearon.

—No, no es lo que piensas, Orador —protestó Tanis, con el corazón latiéndole desbocado—. Fue sólo un juego de chiquillos. Algo que ocurrió hace mucho tiempo. Nada más.

—¿Un juego? —repitió el Orador. Su voz era tranquila pero había en ella una dureza que heló la sangre del semielfo—. Éste es un asunto muy serio, Tanthalas. —Avanzó hacia el joven, en medio de un siseo de sedas—.

La integridad de nuestra casa, la armonía de la corte, la misma paz sobre la que se funda y sostiene este reino, está en juego. ¡No es momento para chiquilladas!

Tanis, con las mejillas ardiendo, sacudió la cabeza. Intentó decir algo, cualquier cosa, pero fue incapaz de articular una sola palabra.

—Primero, Laurana se atreve a desafiarme ante toda la corte, ni más ni menos —continuó Solostaran—. Confío en que hayas aprendido algo de ello, que te hayas dado cuenta de las consecuencias que acarrea cualquier cosa que hagas. Siempre te he querido, y creía que tú me respetabas. Pero, cuando me he enterado de que, apenas unas horas después del escándalo, estabas otra vez con ella en el patio, que ella te echó los brazos al cuello y te besó como a un..., como... —Le falló la voz, pero al punto recobró el dominio de sí mismo. Sus ojos centellearon y su voz sonó dura—. Es un juego equívoco el que te traes con mi hija, Tanthalas. Eres un miembro de esta corte, y debes respetar sus decretos. Eres mi protegido. Eres su hermano.

La ira que embargaba al Orador le había desorbitado los ojos y su semblante estaba demacrado. Los hombros se le hundieron y se agarró al borde del escritorio como si buscara apoyo para no caer.

—Discúlpame, Tanis —susurró.

El joven lo ayudó a llegar hasta el sillón.

—He vivido horas de tensión durante los últimos días y los acontecimientos de ayer han sido la gota que ha colmado el vaso —explicó el Orador. Señaló un recipiente de cristal que contenía vino, y Tanis sirvió una copa y se la entregó—. Desde ayer, los cortesanos se me han echado encima, como una jauría lanzando dentelladas a los costados del ciervo acosado. ¿Qué podía decirles? ¿Que mi protegido se casaría con la muchacha que todos consideraban su hermana..., al menos en nombre, ya que no en sangre? ¿Que rompería mi promesa? —Sacudió la cabeza—.

Trata de comprenderlo. No es contigo con quien estoy enfadado. Es con la corte y sus estrechas miras sobre ti, sobre tu ascendencia.

Tanis suspiró. Ansiaba desesperadamente creer al Orador, y, a decir verdad, la antigua afectividad irradiaba de nuevo de su padre adoptivo.

—Te he dicho la verdad —susurró—. Quiero a Laurana, desde luego, pero como a una hermana. Ahora ya no sé qué hacer o cómo actuar con ella.

—Como si se le acabara de ocurrir, agregó:— Cuando quiere, Laurana puede ser muy testaruda.

Sus últimas palabras casi hicieron reír al Orador. Por fin, una leve sonrisa bailó en sus labios.

—Ay, debí haberlo imaginado, de veras. Su compañero de juegos de la infancia se ha convertido en un joven caballero elfo muy apuesto. No es de extrañar que se sienta atraída por ti, puesto que, aunque se os educó como si fueseis hermanos, sabe que no es verdad.

Tanis guardó silencio, sin saber qué decir. Pero, al parecer, la entrevista había terminado. Unos instantes más tarde, se encontraba de nuevo en el corredor, solo.

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