Qualinost
Capítulo 15: Visitas nocturnas
15
Visitas nocturnas
Tanis, cuya expresión era tan sombría como la oscura noche, no acababa de poner los pies en el taller de Flint cuando el enano lo llevó a empujones hasta la puerta y la cerró tras ellos.
—¿Adónde...? —protestó el semielfo, que tropezó en las piedras irregulares del camino que iba de la casa a la calle. La espada, de la que se había negado a separarse desde el día en que Flint se la había regalado, resonó en la funda.
—Ya te enterarás —espetó el enano mientras avanzaba a toda prisa delante de su amigo, al que arrastraba por un brazo—. Vamos.
La noche primaveral era fría, y muy pocos elfos estaban en la calle, pero los dos o tres con los que se cruzaron lanzaron miradas curiosas al enano que llevaba a remolque al semielfo, primero por la callejuela del taller, después a través del mosaico de la Sala del Cielo, y a continuación por una vereda flanqueada de árboles que estaba más allá. Los olores de la primavera —tierra húmeda, vegetación, capullos en flor— inundaron las fosas nasales de Tanis, pero el joven no prestaba atención a otra cosa que no fuera la cabeza del enano que caminaba delante de él. Por último, Tanis plantó firme los pies embutidos en mocasines, agarró la rama de un árbol con la mano libre, y rehusó dar un paso más hasta que Flint le dijera adónde iban.
Vamos a visitar a una dama —respondió de un modo escueto el enano.
Tanis torció el gesto.
—Fue una dama quien me metió en este jaleo, Flint. ¿Estás seguro de que es una buena idea?
El enano se cruzó de brazos y adoptó una actitud tan testaruda como la de su amigo.
—Esta dama conoció a tu madre. Quiero presentártela.
Tanis, boquiabierto, contempló a Flint desconcertado.
—Un montón de gente en palacio conoció a mi madre. ¿Qué tiene de especial esta mujer? —demandó con un deje irritado—. ¿Es maga? ¿Puede resucitar a mi madre? ¿De qué me vale conocerla?
—Oh, basta ya —replicó iracundo el enano—. ¿Es que prefieres encerrarte en tu habitación y hundirte en la tristeza? ¿O hacer lo mismo en mi taller? —Flint le tiró del brazo—. Anda, hijo, vamos.
—No.
Tanis se mostraba tan obstinado como una mula, y Flint comprendió que no lo movería por la fuerza.
—De acuerdo, muchacho. La dama en cuestión estaba junto a tu madre cuando murió.
Tanis se estremeció de pies a cabeza.
—¿Te lo dijo ella?
—No. Sólo tuve que sumar dos y dos. Y ahora, vamos. Aunque de mala gana, Tanis dejó que el enano lo condujera otra vez, aunque a paso más lento y sin tirarle del brazo como en la primera parte del camino.
—¿Quién es? —preguntó el semielfo.
—Una partera. Pero ya está retirada.
—¿Dónde vive?
—No lo sé.
Tanis se frenó en seco otra vez.
—¿Entonces cómo sabremos adónde ir?
—Confía en mí. —El tono del enano era cortante.
Flint reanudó la marcha y Tanis no tuvo más remedio que seguirlo o quedarse atrás. Unos minutos más tarde, llegaban a la zona oeste de la ciudad desde la que se divisaba el Gran Mercado. A estas horas de la noche,
el anfiteatro estaba desierto, desde luego. Al otro lado del parque asomaban más construcciones de cuarzo rosa, relucientes bajo la luz de la luna. Flint abordó a un elfo de mediana edad.
—¿Puedes decirme dónde vive tía Ailea, la partera? —preguntó, jadeante por la larga caminata a paso vivo.
—¿Tía Ailea? —repitió el elfo mientras miraba a Flint y a Tanis con expresión aturdida—. Por allí —señaló—. Vamos, no perdáis tiempo.
¡Apresuraos!
—Vamos, Tanis —dijo Flint, que tras dar las gracias al hombre reanudó la marcha en la dirección indicada—. Ese tipo parecía sorprendido.
Tanis sonrió y acortó la zancada para seguir el ritmo de las piernas más cortas del enano.
—Creo que se preguntaba quién de los dos era el futuro padre —
aventuró el semielfo. Flint aflojó un poco el paso.
—Vaya, una idea interesante —dijo con una sonrisa maliciosa—. No me importaría poner a caballo sobre mi rodilla a los pequeñajos tuyos y de Laurana. Les enseñaría a llamarme «tío Flint»... —Dejó de tomar el pelo al semielfo cuando reparó en su rostro sonrojado. Poco después llegaban a un cruce de calles.
—¿Y ahora, hacia dónde? —musitó Flint.
Preguntó a una mujer que pasaba por la calle, cargada con un cesto de hilaza. Sin pronunciar una palabra, la elfa señaló una casa estrecha de cuarzo rosa, con el umbral de la puerta y los marcos de las ventanas de granito gris. La planta baja estaba a oscuras, pero un cálido resplandor dorado escapaba entre las contraventanas del segundo piso. Tanis retrocedió un paso.
—Flint, no creo que...
—Desde luego que sí —lo interrumpió el enano, y llamó a la puerta.
Con un empujón hizo que Tanis se adelantara y él retrocedió en las sombras.
Aguardaron en medio de la oscuridad, temblando por el aire frío; vieron encenderse una lámpara y oyeron pisadas que descendían por la escalera y se acercaban a la puerta.
—Ya voy, ya voy —dijo una voz firme y clara.
Un instante después se abría la puerta, y tía Ailea asomaba su rostro gatuno y miraba a Tanis de hito en hito.
—¿Cada cuánto tiempo se repiten las contracciones? —preguntó.
—¿Qué? —inquirió a su vez el semielfo, desconcertado.
—¿Cuándo le empezaron los dolores del parto? —En la voz de la anciana se advertía un deje impaciente. Tanis dio un respingo.
—¿A quién?
—A tu esposa, por supuesto.
—No estoy casado. Eso es parte del problema, ¿sabes? Laurana quiere que...
Pero tía Ailea ya había visto a Flint. Su mirada fue del enano a Tanis y la comprensión afloró a su semblante. Abrió más la puerta.
—Eres Tanthalas —susurró.
—Sí.
—Entra, muchacho. Adelante, Flint.
Unos instantes más tarde, el semielfo y el enano estaban de pie en una de las casas más abarrotadas que Flint había visto en su vida. Pequeños retratos enmarcados en madera, piedra y plata ocupaban hasta el último hueco de superficie horizontal, y tapizaban hasta el último centímetro de las paredes. La partera había colgado incluso las miniaturas en la cara interior de la puerta principal. Casi todos los retratos, por supuesto, eran de niños, desde recién nacidos hasta los que acababan de echarse a andar. Otras pinturas, para variar, eran de madres con bebés en brazos.
Tía Ailea llevó a sus invitados hacia unas sillas frente a la chimenea. El semielfo se quitó la espada enfundada y la recostó contra la pared de piedra que rodeaba el hogar. La anciana rechazó con un ademán sus ofertas de ayuda y prendió la lumbre; luego fue a la cocina y regresó con los adminículos necesarios para preparar té.
Flint cogió una miniatura de una mesa auxiliar; mostraba a un recién nacido elfo, con las puntas de las orejas todavía inclinadas, los rasgados ojos cerrados en un apacible sueño, las minúsculas manos apretadas bajo la
barbilla en un gesto que recordaba a una pequeña ardilla. En la esquina inferior izquierda aparecía garabateada la inicial «C».
Ailea entró en el cuarto con un plato de pastas glaseadas con grosella azucarada. Flint cerró los ojos y olfateó; olían a clavo y jengibre. Estas golosinas compensarían la falta de cerveza, decidió. Colocó de nuevo el retrato sobre la mesita, y reparó en que algunos de los juguetes de madera que había regalado a la anciana estaban esparcidos por el cuarto.
—Ah, mirabas a Clairek —exclamó la partera—. Es hija de una amiga; nació el mes pasado. Y allí —señaló otras miniaturas de la mesa—, están Terjow, Renate y Marstev. Todos nacieron el año pasado.
—Creía que te habías jubilado —comentó Flint. Ailea se encogió de hombros; un mechón plateado se soltó del moño recogido en la nuca.
—Los bebés siguen naciendo. Y, cuando alguien me necesita, no voy a decirle: «Lo siento, estoy jubilada». Una vez que sus invitados hubieron comido las deliciosas pastas y tomado una taza de oscuro té, tía Ailea recogió todo en una bandeja para ponerlo sobre la mesa; pero el mueble estaba abarrotado de retratos y juguetes. Articuló unas breves palabras en otra lengua, y, con gran sorpresa de Flint, se despejó una parte del tablero lo bastante grande para colocar la bandeja entre los juguetes y las miniaturas, de manera que la tetera y las pastas quedaban al alcance de la mano. La anciana tomó asiento en un taburete bajo. Tanto Flint como Tanis se levantaron con premura para ceder las cómodas sillas a Ailea, pero ella declinó su ofrecimiento.
—Este asiento es mejor para la espalda de una vieja —explico con un guiño.
Contempló a Tanis como si hubiera esperado durante años este momento, estudiando sus rasgos con ojos penetrantes, sin reparar, al parecer, en el nerviosismo del joven.
—Los ojos de su madre —musitó—. El mismo tono. ¿Te han dicho que tienes los ojos de Elansa, hijo?
Tanis miró a otro lado.
—Mis ojos son de color avellana. Lo que me han dicho es que tengo ojos de humano.
—Igual que yo, Tanthalas —comentó tía Ailea con voz queda. El resplandor de la lumbre jugueteó en su faz triangular, y en sus ojos asomó un destello divertido—. También tengo la corta estatura de mi ascendencia humana. En medio de un bosque de elfos que crecen altos como álamos, yo soy... un arbusto. Pero el mundo necesita también arbustos, supongo. —
Soltó una alegre risa, pero el semielfo no parecía muy convencido.
» Soy en parte humana, pero también elfa, Tanthalas. No seré alta, pero sí esbelta... y ése es un rasgo elfo. Mis ojos son redondos y de color avellana, pero el óvalo de mi cara es suave y afilado en la barbilla, típicamente elfo. Mira mis orejas, Tanthalas: puntiagudas. Pero llevo el cabello peinado como una humana, para consternación, he de añadir, de algunas de mis pacientes elfas. —Se echó a reír de nuevo, y sus cálidos ojos relucieron con la luz del hogar.
» Al igual que los humanos, estoy abierta a los cambios. Sin embargo, tengo ciertas costumbres que jamás modificaré, al igual que los elfos..., aunque alguien tenga el redomado descaro de sugerirme otra línea de conducta, que, tal vez, sea mejor.
La mirada de Tanis denotaba admiración y, en opinión de Flint, también soledad. Sin embargo, cuando el semielfo habló su voz sonó amarga.
—Pero tu ascendencia humana no te vendrá de un violador, eso podría asegurarlo.
Tía Ailea dio un respingo, y Tanis tuvo la delicadeza de mostrarse avergonzado. La partera se levantó con la excusa de ir a la cocina a buscar más pastas; cuando regresó, tenía los ojos enrojecidos.
—Lo siento, tía Ailea —se disculpó Tanis.
—Amaba a Elansa —respondió con sencillez—. Aun después de haber transcurrido medio siglo, todavía me resulta doloroso el recuerdo de lo que le ocurrió.
La anciana le tendió el plato de pastas, que el semielfo pasó a Flint sin mirarlo siquiera. Ailea tomó asiento y enlazó los brazos en torno a las rodillas. De repente, Flint la vio como debió de haber sido de joven, en Caergoth: una elfa delgada, vivaz y muy hermosa. Deseó que los recuerdos que guardaba del pasado fueran felices.
—Tanthalas —dijo Ailea—, tenía la esperanza de volverte a ver algún día para así comparar al hombre con el niño. He de decir que eres mucho, muchísimo más sosegado ahora. —Soltó una risa queda—. Pero también eres más desconfiado, lo que, supongo, es natural en cualquier adulto. No obstante, adivino que la vida en palacio no te ha sido fácil. Esperaba saber algo de ti charlando con tu amigo, Flint. Me alegro que te haya traído aquí.
—¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo antes? —preguntó Tanis.
Sus ojos estaban sombríos.
Tía Ailea suspiró, cogió una pasta y clavó sus pequeños blancos dientes en el dulce. Masticó sin premura y se limpió la boca con una servilleta antes de responder.
—Hace tiempo tomé la decisión de no buscarte mientras fueras un niño; puesto que el Orador de los Soles deseaba educarte como un elfo, el verme sólo serviría para recordarte constantemente tu «otra» mitad. Pero ahora me doy cuenta de que cometí un error, y te pido disculpas.
Tanis, sin apartar los ojos del arrugado semblante de la anciana, se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo. Tía Ailea le echó otro poco de té caliente y el joven tomó otro sorbo.
—También te di el nombre, ¿sabes? —dijo Ailea—. Significa «siempre fuerte». Lo elegí porque sabía que necesitarías mucha entereza para vivir en un mundo elfo. Puede que descubras, como me ocurrió a mí, que sólo después de vivir lejos de Qualinesti durante cierto tiempo, podrás valorar las dos mitades de tu ser.
—¿Valorar esa parte de mí que es como un animal salvaje? —La voz de Tanis rebosaba desprecio. La anciana sonrió.
—A mí me gusta pensar que tengo las mejores peculiaridades de las dos razas. Recuérdalo, Tanthalas. Tuviste un padre que, sí, ciertamente era un ser brutal y terrible. Mas, a través de él, estás emparentado con otros humanos que, sin duda, fueron mucho mejores que él.
Tanis parpadeó. Flint comprendió que la anciana partera había abierto una nueva perspectiva para enfocar el asunto desde otro punto de vista.
—Yo... —balbuceó el semielfo. Se tomó de un trago el té que le quedaba en la taza—. Tengo que pensar sobre todo esto.
Tía Ailea asintió en silencio y la conversación tomó otros derroteros, principalmente acerca de las noticias anunciadas en palacio por la tarde. Por lo visto, Ailea ya estaba enterada de lo ocurrido.
—Lord Tyresian... —musitó—. He oído comentar que es un hombre muy... tradicionalista.
—¿Asististe también a su parto? —inquirió Flint.
—Oh, no. Bueno, no exactamente, joven enano.
¿Joven? Flint sacudió la cabeza, pero después pensó que probablemente lo era comparado con ella.
—¿Qué quieres decir con «no exactamente»? —preguntó Tanis. Ailea vaciló, y el semielfo añadió con brusquedad:— Tiene que ver con tu ascendencia humana, ¿verdad?
Tía Ailea vaciló de nuevo, pero por último asintió con la cabeza.
—Yo habría utilizado otras palabras, pero habría llegado a esa misma conclusión, sí. Atendí a la madre de Tyresian al principio del parto; las cosas parecían ir muy bien y yo estaba confiada en que nacería una criatura sana y fuerte.
La anciana enmudeció.
—¿Y? —urgió el semielfo. Ailea volvió la vista hacia el fuego de la chimenea. Cuando habló su voz sonó apática.
—El padre de Tyresian entró en el cuarto y descubrió quién estaba atendiendo a su esposa. Me ordenó que me marchara, pero yo me quedé en la calle, cerca de la casa, por si acaso me necesitaban. Envió a buscar una comadrona de pura sangre elfa para que ayudara a Estimia, pero no había ninguna disponible en ese momento.
» Cuando se enteró, ordenó a una doncella que atendiera a su señora —
continuó la anciana—. La pobre muchacha ni siquiera había presenciado un parto, y mucho menos actuado de comadrona. Pero el padre de Tyresian, cuyos gritos se escuchaban a través de los muros de la mansión, dijo que cualquier mujer elfa lo haría mejor que una cuarterona humana.
Tanis abrió la boca para decir algo, pero tía Ailea se le adelantó.
—Entonces oí chillar a la madre de Tyresian. —La faz de la anciana se contrajo como si todavía escuchara el grito de dolor—. Aporreé la puerta.
Supliqué que me dejaran entrar para ayudar a Estimia, pero el padre de Tyresian salió en persona y me obligó a marcharme. Dijo que me haría arrestar si no me iba de allí.
—Qué interesante. Sobre todo teniendo en cuenta que en Qualinost no hay cárcel —apuntó Flint con sequedad.
Tía Ailea se incorporó del taburete y cogió la miniatura de una bonita mujer elfa que tenía sobre un tapete. Pasó los esbeltos dedos sobre el retrato.
—Tyresian nació, pero Estimia murió en el parto.
Deambuló por el cuarto; Flint y Tanis la siguieron con la mirada mientras la anciana acariciaba un cuadro allí, contemplaba otro allá, y reanudaba el paseo hasta detenerse frente a otra pintura. Cuando llegó ante la puerta de la casa, se volvió hacia sus huéspedes.
—El padre de Tyresian me culpó de la muerte de su esposa.
—¿Qué? Tanis dio un respingo.
Ailea bajó la vista y se alisó los pliegues de su falda de lana gris.
—Dijo que debí de haber hecho algo mal antes de que llegara él y me echara del cuarto —musitó.
—Pero eso es absurdo —bramó Flint. Tanis asintió en silencio, con actitud colérica.
—Sí, lo es —asintió Ailea—. Tengo mis faltas, por supuesto, pero la incompetencia no es una de ellas.
La anciana recogió la bandeja con el servicio de té y el plato de las pastas y se dirigió a la cocina. Flint fue en pos de ella para ayudarla a lavar los cacharros y dejó a solas a Tanis, que se dedicó a pasear por la sala mientras examinaba los retratos. Entretanto, en el cuarto de al lado, Flint se estrujó la sesera para prolongar la conversación un poco mas, a pesar de que era casi medianoche.
—Cuando fuiste a mi taller —comenzó el enano— me dijiste que asististe al parto de Solostaran.
—Y al de sus hermanos también —añadió Ailea mientras tendía un plato a Flint para que lo secara con un paño que le recordó al enano el
amplio corpiño que la anciana llevaba puesto cuando lo había visitado—.
¿Por qué?
—Siento curiosidad por el más pequeño de los tres hermanos.
—¿Por Arelas? ¿Por qué motivo?
—El Orador me contó que se llevaron a Arelas de la corte porque estaba enfermo, pero no me dijo qué enfermedad padecía. ¿Lo sabes tú?
Ailea aclaró la tetera en un cubo de agua traído del pozo que había en el patio posterior de la casa.
—Creo que nadie lo sabe con exactitud. Se encontraba perfectamente hasta poco después de echarse a andar, pero entonces... En fin, cambió.
Flint alzó la vista y arqueó las encrespadas cejas.
—¿Que cambió? ¿A qué te refieres?
La voz de tía Ailea asumió el tono de quien está acostumbrado a contar cuentos a los niños.
—Cierto día —comenzó—, él, su hermano Kethrenan, su madre y yo fuimos a pasar el día en la Arboleda, el parque que hay entre la Torre del Sol y la Sala del Cielo. Poco después de comer, Arelas se alejó y se perdió.
—¿Lo encontrasteis?
—Enseguida, no. Se registró toda la zona, pero parecía que se lo hubiera tragado la tierra. No había rastro del pequeño. —Ailea paso la tetera a Flint
—. Alguien debió de encontrarlo, pero nunca descubrimos quién fue. Una mañana, después de tres días de búsqueda infructuosa en la que participó hasta el último soldado de Qualinost, el pequeño Arelas apareció dormido sobre el césped del patio de palacio. Debió de llegar allí tras andar extraviado a saber dónde; o alguien lo llevó sin que los vieran los guardias, a través de la cancela que da a los jardines. Estaba tapado con una tela, para que no se enfriara.
Flint dio un último toque con el paño para acabar de sacar brillo a la tetera de cobre y luego la puso sobre la mesa de la cocina.
—¿Se puso enfermo? —preguntó.
—Mucho. Ya tenía fiebre cuando lo encontramos. Estuvo al borde de la muerte durante varios días. Le administré todos los remedios que estaban a mi alcance. Recurrí a mis escasos conocimientos mágicos, pero no soy
sanadora. Todo cuanto puedo hacer es aliviar los síntomas. Nadie sabía cómo curarlo. Por último, el Orador, el padre de Solostaran, dispuso que se enviara a Arelas a un clérigo conocido suyo que vivía fuera de Qualinesti.
Flint escuchaba recostado contra la mesa mientras Ailea aclaraba con agua limpia el barreño de cerámica que había utilizado para fregar los cacharros. La conversación parecía haber traído otros recuerdos a la anciana, pues continuó charlando después de colocar el barreño boca abajo, sobre el tablero de la mesa en la que estaba apoyado Flint.
—Los partos de Solostaran y Kethrenan fueron relativamente fáciles, o todo lo fácil que puede ser el nacimiento de una criatura, claro está. Pero Arelas... incluso antes de nacer ya tuvo... problemas. No estaba bien colocado en el vientre de su madre. El parto se prolongó más de un día, y al final tuve que utilizar los fórceps para sacarlo, algo que siempre procuro evitar.
» En esa ocasión, sin embargo, no tuvo malas consecuencias —dijo con tono animado—. Tan sólo un pequeño corte en un brazo que curó enseguida y dejó una cicatriz leve, en forma de estrella. Me recordó la marca que los hombres de las Llanuras hacen a los varones cuando llegan a la edad viril.
» Bueno, maestro Fireforge, volvamos a la sala —sugirió, rodeando con un brazo los hombros del enano—. Veamos en qué se entretiene el joven Tanthalas.
Encontraron al semielfo de pie ante un aparador con anaqueles que estaba cerca de la puerta principal. Al oírlos entrar, Tanis volvió la cabeza y sus rizos rojizos susurraron al rozar el chaleco de cuero.
—¿Pintaste tú todos estos retratos? —preguntó a la anciana.
—De memoria, sí —respondió Ailea mientras se atusaba la trenza que enmarcaba su cabeza y terminaba recogida en un moño bajo.
—¿Tienes el mío? —Su voz sonaba brusca por el esfuerzo de hablar con aparente indiferencia. Flint deseó que la partera no lo desilusionara.
—Aquí abajo, no. —Su respuesta hizo que los hombros de Tanis se hundieran de manera ostensible—. Guardo tu retrato en mi dormitorio—
añadió Ailea, que con gran agilidad remontó los peldaños de la escalera que arrancaba a la izquierda de la puerta de la cocina y conducía a la planta alta.
Flint intercambió una mirada con el semielfo mientras se escuchaban las pisadas de la anciana en el piso superior. Hacía rato que había pasado la medianoche y los dos tenían que levantarse dentro de pocas horas para unirse a la partida de caza del tylor, pero Flint prefería morir antes que apremiar el semielfo en estos momentos.
Tía Ailea apareció tan de improviso en el último peldaño de la escalera que Flint se preguntó si entre sus habilidades mágicas no se encontraría la de teletransportarse.
Tenía una sorprendente agilidad para ser una persona varias veces centenaria.
—Aquí tienes —dijo, tendiendo a Tanis un retrato encajado en un marco de plata con filigrana de oro. También le entregó un colgante de acero con una cadena de plata—. Esto perteneció a Elansa. Me lo dio antes de morir.
Casi con gesto reverente, Tanis cogió el retrato en una mano y el colgante en la otra, sin saber, aparentemente, cuál de los dos examinar en primer lugar. Los ojos del semielfo estaban húmedos, o quizá sólo fuera un efecto de la luz.
—Así que ésta es la cara que ella vio —susurró el joven. Flint tuvo que volverse de espaldas y miró con insistencia la lumbre. Claro que, por culpa del humo, ahora los ojos le lagrimeaban. Tanis se sentó, y tía Ailea se asomó por encima de su hombro.
—Eras un bebé muy robusto, Tanthalas; y extraordinariamente sano habida cuenta de que tu madre estaba tan débil cuando naciste.
Tanis tragó saliva con esfuerzo. La anciana continuó hablando y, a pesar de que Flint se encontraba cerca de los dos, las palabras le llegaron como un murmullo apenas audible. El enano se preguntó si aquélla era la voz que la vieja comadrona utilizaba para calmar a las parturientas y tranquilizar a llorosos recién nacidos.
—Elansa amaba profundamente a Kethrenan, Tanthalas. Sospecho que desde el principio del embarazo decidió que no quería seguir viviendo sin su adorado esposo, pero resistió esperando que el hijo fuera suyo.
El rostro de Tanis se tensó.
—Y, cuando me vio, supo que ya no tenía motivo para vivir —dijo, intentando devolver el retrato a la partera, pero la anciana no quiso cogerlo.
—No, Tanthalas. —Ailea hablaba con suavidad, pero la mano posada en el hombro del semielfo era firme—. Cuando te vio, cuando vio esa cara que tú miras ahora, creo que cambió de idea. Salió de su postración lo suficiente para alimentar a su hijito, pero no lo resistió. Estaba demasiado débil por todo lo que había soportado desde la muerte de Kethrenan. —La voz de la anciana se quebró—. Te tuvo en sus brazos hasta que murió.
Un profundo silencio se adueñó de la sala, roto sólo por la agitada respiración de alguien; la suya, advirtió Flint. El enano se aclaró la garganta y tosió.
Tras una pausa durante la cual ninguno de los tres miró a los otros a la cara, Tanis preguntó:
—¿Y el colgante?
—Es de acero; muy valioso —repuso Ailea, cogiéndoselo de las manos
—. Kethrenan se lo regaló a tu madre cuando se casaron. Lo llevó siempre puesto. Creo que fue un golpe de suerte el que aquellos bandidos no se lo robaran. Parecía sacar de él las pocas fuerzas que tuvo durante los últimos meses. —Ailea se acercó a Flint y le mostró el amuleto.
Un círculo realizado con hojas de enredadera y álamo entrelazadas rodeaban las iniciales «E» y «K». Un dibujo ondulado festoneaba el borde del disco.
Ninguno de los tres parecía tener nada más que decir. Flint y Tanis estaban agotados, e incluso la, en apariencia, incansable partera tenía aspecto de estar fatigada. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos hombres se encaminaron hacia la puerta para marcharse; tía Ailea recogió la espada de Tanis del rincón junto a la chimenea donde el semielfo la había dejado al entrar. Al levantarla, vaciló un instante, con una extraña expresión en el rostro.
—Esta espada... —musitó.
—Flint la hizo para mí —dijo Tanis con orgullo.
—Sí, lo sé —respondió la anciana con un leve temblor en la voz—. Es muy hermosa. Sin embargo...
El enano y el semielfo aguardaron a que la anciana terminara la frase.
Ailea respiró hondo, y pareció tomar una súbita decisión.
—Flint, ven aquí —llamó con voz tensa.
El enano se acercó a la mujer y miró con preocupación sus ojos avellana.
—¿Podrías sujetar de algún modo este colgante a la espada, sin que se estropeara el arma? —preguntó.
—Bueno, claro que puede hacerse; y no, no dañaría la espada. Pero...
—¿De manera permanente? ¿Puede ser?
Flint asintió con un cabeceo. Su expresión lo tenía fascinado; era una inquietante mezcla de urgencia y temor.
El enano señalo una espiral abierta en el diseño de la guarda.
—Podría fijarlo aquí.
La mano de la anciana se cerró con fuerza sobre la del enano.
—Entonces, hazlo. Esta noche —urgió.
—Es muy tarde... —trató de justificarse Flint.
—Tiene que ser esta noche —insistió Ailea mientras le apretaba el brazo con fuerza—. ¿Lo harás? ¿Sin falta?
Así, tan cerca de la mujer, Flint advirtió de repente el agotamiento, los años, que normalmente quedaban eclipsados merced a su carácter dinámico.
Le prometió lo que quería y ella aflojó la presa de su brazo.
Flint se separó de Tanis en la Sala del Cielo. El semielfo continuó hacia el norte, al palacio del Orador, y el enano volvió a su taller, cargado con la espada de su amigo.
Flint pasó las siguientes dos horas ocupado en la tarea encomendada por la partera.
* * *
Miral llegó sin apenas hacer ruido ante la pareja de guardias apostados en la zona de palacio utilizada por el Orador y su familia; los guardias lo saludaron y le indicaron con un ademán que pasara. A gusto en la oscuridad, donde sólo alguna que otra antorcha le dañaba los ojos, el magosiguió deprisa por el corredor hacia la escalera. Pero, en lugar de bajar el tramo que llevaba al patio, subió los peldaños hacia el segundo piso del edificio.
Hizo un alto frente a la puerta de los aposentos de Xenoth, tras la que se escuchaban los sonoros ronquidos del consejero, y luego pasó ante la puerta de la habitación de Tanis, que estaba entornada y revelaba el cuarto vacío y oscuro. Miral supuso que el semielfo estaría paseando por las calles de Qualinost, agobiado por los acontecimientos del día.
A continuación estaban las habitaciones de Porthios y Gilthanas, y, un poco más allá, la de Laurana.
Bajo la puerta escapaba el brillo de una luz y se oían los pasos de la joven.
El mago llamó a la puerta con suavidad. Los pasos se detuvieron y después se aproximaron a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó Laurana en voz baja.
—Miral, mi señora. Siento molestarte a horas tan intempestivas, pero necesito hablar contigo.
Ella abrió la puerta. El mago contuvo el aliento, como le ocurría casi siempre cuando veía a la joven princesa. Estaba resplandeciente con su bata de seda. El tono azul pálido del tejido hacía resaltar el color rubio de su cabello y el rojo de sus labios. Por un instante, el mago fue incapaz de hablar; después se reconvino a sí mismo por su falta de control.
—¿Puedo hablar contigo en privado, Laurana? Está relacionado con el anuncio hecho hoy por el Orador sobre tu compromiso.
Los exóticos ojos verdes de la joven se abrieron de par en par y un suave rubor tiñó sus mejillas.
—Sí, claro..., pero no aquí.
—No, por supuesto que no —dijo Miral con suavidad—. ¿Qué tal en el patio? No quisiera molestar a nadie. Será una conversación larga.
Ella reflexionó un instante, con la cabeza ladeada.
—De acuerdo. No tardaré mucho en vestirme. Nos encontraremos allí dentro de diez minutos. —Sin añadir más, cerró la puerta.
* * *
En el tiempo acordado, Laurana, ahora vestida con una túnica de satén gris y una capa, llegó al patio y tomó asiento en un banco de piedra, el mismo banco que había sido testigo de la pelea de Porthios y Tanis sostenida tantos años atrás. Pero ahora los perales y melocotoneros estaban bañados por la luz plateada de Solinari, y el aroma de los capullos en flor resultaba casi agobiante. Las puertas de acero de palacio relucían con los rayos de la luna. La joven se arrebujó en la capa.
Miral se acercó por el camino pavimentado; en la oscuridad de la noche, daba la impresión de que su túnica roja fuera negra. El mago parecía agitado. La capucha se había resbalado un poco hacia atrás dejando a la vista la palidez de su faz y sus ojos casi incoloros.
—¿De qué se trata, Miral? —inquirió Laurana con suavidad—. Dijiste que tenía que ver con el anuncio de mi padre.
—Yo.. Quería ofrecerte mis condolencias. —El mago agachó la cabeza
—. Sé que prefieres a Tanthalas más que a Tyresian, lo que, he de añadir, demuestra un considerable buen gusto por tu parte. —Esbozó una encantadora sonrisa antes de proseguir:— Tanthalas es mucho más adecuado para alguien como tú, a pesar de su... violenta ascendencia. Estoy seguro de que serías capaz de mantener bajo control su carácter impetuoso, mi señora. Al fin y al cabo, no todos los humanos son unos salvajes, y tengo muy buena opinión de Tanthalas desde hace mucho tiempo.
Agachó un poco más la cabeza, y la capucha cubrió de nuevo sus rasgos. Laurana estaba aturdida, sin saber cómo interpretar las palabras del mago, mezcla de elogio y censura hacia Tanis.
—Gracias, pero no veo que...
—Hay alguien que es aún más apropiado para ti.
Laurana notó que la sorpresa se reflejaba en su rostro antes de que se impusieran los largos años de disciplina cortesana y la inexpresividad volviera a su semblante. Cuando habló, su tono era cuidadosamente neutral.
—¿Y quién es esa persona, Miral?
—Yo.
Laurana se había puesto de pie antes de que el eco de la palabra se perdiera en el aire nocturno.
—¡Tú! —dijo con debilidad—. Oh, no creo que...
—Por favor, escucha lo que he de decirte, Laurana —la interrumpió Miral con firmeza—. Si me rechazas, jamás volveré a mencionártelo. Lo juro.
La joven pensaba a marchas forzadas, intentando imaginarse cómo actuaría su padre ante una situación tan delicada como la presente. Miral había sido un miembro de la corte, leal durante años, y se había ganado el favor de su padre por los servicios prestados a tío Arelas. Sabía que, ante una situación así, Solostaran daría al mago la oportunidad de explicarse.
—Por favor, Laurana, siéntate. No te retendré mucho tiempo.
Ella hizo lo que le pedía. Había considerado a Tyresian un hombre demasiado mayor para ella, y el aristócrata era de la misma edad que su hermano Porthios. Por otro lado, Miral era varias décadas mayor.
—Soy demasiado joven para casarme, Miral.
—Pero no para estar prometida. ¿No es eso lo que hiciste con Tanis?
¿Un compromiso de matrimonio?
Sin que lo invitara a hacerlo, el mago se sentó en el banco a su lado.
—Te vi por primera vez hace años, cuando llegué a Qualinost a requerimiento de Arelas. ¿Conoces mi historia?
Laurana asintió en silencio, insegura de la firmeza de su voz. Fue repentinamente consciente de lo silencioso y desierto que estaba el patio durante la noche. Intentó recordar si los guardias patrullaban por allí al igual que lo hacían por el interior del palacio.
—No eras más que una niña..., ¡pero qué criatura! Jamás había visto tal perfección. Un poco mimada, es verdad; y también más pizpireta y marimacho de lo que consideraba atractivo en una niña elfa de noble cuna.
Aunque, quizá, pensé, tal vitalidad se debía a pertenecer al linaje de Kith-Kanan.
Laurana se separó un poco del mago, pero la mano del hombre se disparó y aferró la suya. Miral era más fuerte de lo que Laurana imaginaba.
Y sus ojos... Cosa extraña, pero podía verlos muy bien en la oscuridad,
incluso bajo las sombras de la capucha. Un escalofrío de miedo le recorrió la espina dorsal. La voz del mago rompió de nuevo el silencio de la noche.
—Me encantaba observarte, Laurana. Me ofrecí para ser tu tutor, aunque ello significara que también tendría que ocuparme de ese lerdo hermano tuyo, Gilthanas. Y de Tanis. A Tanis lo apreciaba y le tenía confianza. Al fin y a la postre, ¿no se os educó como hermano y hermana?
¿Qué amenaza podía representar para mi pretensión cuando llegara el momento? Pero ayer descubrí lo equivocado que estaba respecto a Tanis.
Miral apretó más la mano y Laurana dejó escapar un sonido de protesta.
Ello sirvió para superar su temor, y se puso en pie mientras él intentaba sentarla de nuevo.
—¡Aguarda! —siseó el mago—. Laurana, elígeme. Puede que no sea todopoderoso, pero soy mejor mago de lo que la gente piensa. Al final, podré ofrecerte más poder y más riquezas que entre Tyresian y Tanis juntos, si sólo tienes un poco de paciencia.
Laurana, a quien el corazón le latía desbocado por el miedo, consiguió soltarse de Miral y retrocedió unos pasos. El mago se puso en pie con lentitud.
—¿Qué me respondes? —inquirió con ansiedad.
La joven olvidó todo protocolo y comportamiento cortesano. Su única idea era escapar. El ofender o no al mago ya no era importante; huir sí. El Orador no permitiría que Miral permaneciera en la corte después de que le contara lo ocurrido esta noche.
—Déjame en paz —exigió, haciendo acopio de valor y dando a su voz cuanta autoridad fue capaz de demostrar—. Márchate de esta corte. Si has partido por la mañana, prometo que no le diré a mi padre tu incalificable comportamiento. Así no sufrirás la humillación de que te expulsen de Qualinost.
El mago siguió callado, inmóvil, y la joven le dio la espalda y se encaminó hacia las puertas de palacio. Oyó a Miral musitar unas palabras, y echó a correr. No obstante, a pocos pasos de las puertas de acero, el hechizo estalló en su cerebro; la joven se tambaleó y se desplomó en el suelo, desmayada.
Recobró el conocimiento en el corredor, frente a su habitación. Dos guardias de palacio, uno de ellos con una lámpara en la mano, la miraban con expresión preocupada; su cabeza y sus hombros reposaban en el regazo de Miral. Alzó la vista, desconcertada.
—¿Cómo he venido a parar aquí?
—Pasaba por el corredor cuando oí abrirse tu puerta —dijo el mago con extremada suavidad—. Sabía que el día había sido agotador para ti, y me apresuré a venir por si te encontrabas enferma o necesitabas ayuda. Te desmayaste antes de que llegara a tu lado. ¿No lo recuerdas?
—No. —Laurana se recostó hacia atrás con desmayo—. No me acuerdo de nada. Lo único que recuerdo es estar paseando por mi cuarto y luego, de repente, me encontré aquí.
Y, sin embargo, pensó la joven, tenía la impresión de que se le olvida algo muy importante. Sacudió la cabeza, incapaz de razonar.
La expresión de los claros ojos de Miral era indescifrable. El mago metió la mano en un bolsillo de su túnica y sacó un pequeño paquete de hojas secas.
—Echa esto en una taza con agua caliente, mi señora. Te tranquilizará y te ayudará a dormir. Enviaré a un sirviente con el agua.
Laurana guardó silencio, intentando recobrar el dominio sobre sí misma; luego asintió con un leve cabeceo. Miral y uno de los guardias la ayudaron a incorporarse. El mago desapareció corredor adelante. La joven se quedó de pie en el umbral, bajo la inquieta mirada de los guardias. Al otro extremo del pasillo, la puerta de lord Xenoth se abrió de repente y el consejero —completamente vestido, lo que no dejaba de ser chocante— se asomó. Laurana hizo caso omiso del anciano, todavía molesta por su continua actitud intransigente hacia Flint y Tanis.
Su irritación con el viejo consejero se desvaneció al intentar de nuevo aclarar sus ideas. Algo, algún recuerdo vago, parecía escabullirse de su memoria. ¿Qué era?
En fin, fuera lo que fuera, no tenía importancia. Ya lo recordaría más tarde. Dio las buenas noches a los dos guardias y cerró la puerta de su habitación.
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