Roma 05 - César
La Galia Cisalpina, la Provenza
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
–Otro que odia a Commio -comentó Hircio, que parecía agobiado por el viaje-. Están incubando una conspiración.
–¿Voluseno odia a Commio? ¿Por qué? – le preguntó César frunciendo el ceño.
–He deducido que la cosa empezó durante la segunda expedición d Britania. Pasó lo de siempre. Que a los dos se les antojó la misma mujer.
–La cual rechazó a Voluseno y prefirió a Commio.
–Exactamente. Bien, ¿y por qué no? Ella era bretona y ya estaba bajo la protección de Commio. La recuerdo bien. Una muchacha muy bonita.
–A veces desearía que para tener descendencia los hombres sólo tuviéramos que ir a algún sitio -comentó César con cansancio-. Las mujeres son una complicación que a los hombres no nos hace falta sufrir.
–Sospecho que las mujeres a menudo opinan del mismo modo -dijo Hircio sonriendo.
–Esta discusión filosófica no nos va a acercar en modo alguno a la verdad sobre Voluseno y Labieno. ¿Qué clase de conspiración han incubado?
–Labieno me envió un informe en el que me decía que Commio estaba induciendo a la insurrección.
–¿Eso es todo? ¿No te dio más detalles Labieno?
–Sólo que Commio andaba dando vueltas entre los menapios, los nervios y los eburones promoviendo una nueva revuelta.
–¿Entre tres tribus diezmadas?
–Y que estaba muy compinchado con Ambiórix.
–Un nombre al que conviene utilizar. Pero yo habría asegurado que Commio consideraría a Ambiórix más bien una amenaza para su soñado
reinado que un aliado deseoso de ponerlo a él en ese elevado trono.
–Estoy de acuerdo. Y por eso el asunto empezó a olerme a chamusquina. Hace mucho tiempo que conozco a Commio, y ello me ha convencido de que él sabe muy bien quién puede ayudarle a subir al trono: tú.
–¿Qué más?
–De no haber dicho nada más Labieno, puede que no me hubiera molestado en moverme de Samarobriva -le confió Hircio-. Pero fue la última parte de su carta, breve como siempre, lo que hizo que me decidiera a buscar más información acerca de esta presunta conspiración del propio Labieno.
–¿Qué te decía?
–Que no tenía que preocuparme por nada, que ya se las vería él con Commio.
–¡Ah, vaya! – César se inclinó hacia adelante en el asiento y enlazó las manos entre las rodillas-. Entonces, ¿fuiste a ver a Labieno?
–Pero demasiado tarde, César. La hazaña ya estaba hecha. Labieno llamó a Commio para parlamentar y, en vez de ir él mismo, delegó en Voluseno para que lo representara acompañado de una guardia de centuriones escogidos entre los compinches de Labieno. Commio, que no tenía la menor sospecha del juego sucio, apareció con unos cuantos amigos que no eran soldados. Imagino que no le complació descubrir allí a Voluseno, aunque la verdad es que no tengo ni idea de cómo fue el asunto.
Lo único que sé es lo que Labieno me contó con una mezcla de orgullo y pesar; orgullo por su propia inteligencia al idear aquel plan, y pesar porque salió mal.
–¿Intentas decirme que Labieno tenía intención de asesinar a Commio?
– le preguntó César con incredulidad.
–Oh, sí -repuso Hircio con naturalidad-. Y no lo llevaba en secreto.
Según Labieno, tú eres rematadamente tonto por confiar en Commio, pues está convencido de que Commio está tramando la insurrección.
–¿Sin tener pruebas con que demostrarlo con certeza?
–No pudo presentar ninguna cuando le presioné sobre el asunto, ciertamente. Sólo insistía una y otra vez en que él tenía razón y tú estabas equivocado. Ya conoces a ese hombre, César. ¡Es una fuerza de la naturaleza!
–¿Y qué ocurrió?
–Voluseno había dado instrucciones a uno de los centuriones para que cometiera el asesinato, mientras que los demás centuriones tenían que asegurarse de que ninguno de los atrebates escapase. La señal para que el centurión actuase era el momento en que Voluseno tendiera la mano para estrechar la de Commio.
–¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que somos, partidarios de Mitrídates? ¡Ésa es la clase de artimaña que utilizaría un rey oriental! Oh… bueno, sigue.
–Voluseno tendió la mano y Commio la suya. El centurión sacó rápidamente la espada que llevaba escondida a la espalda y lanzó un golpe.
O tenía mala vista o aquella tarea le disgustaba, porque hirió a Commio en la frente, un golpe oblicuo que no le rompió el hueso, ni siquiera lo dejó inconsciente. Entonces Voluseno sacó su espada, pero Commio ya se había ido chorreando sangre. Los demás atrebates se situaron alrededor de su rey y se marcharon sin que nadie más saliera herido.
–Si no me lo hubieras contado tú, Hircio, nunca lo habría creído -
comentó César hablando despacio.
–¡Pues créelo, César, créelo!
–De manera que Roma ha perdido a un valioso aliado.
–Yo diría que sí. – Hircio sacó un rollo delgado-. He recibido esta carta de Commio. La encontré esperándome cuando regresé de Samarobriva. No la he abierto porque va dirigida a ti. Y en lugar de escribirte para comunicártelo, he creído más oportuno venir personalmente.
César cogió el rollo, rompió el sello y lo extendió ante sus ojos.
He sido traicionado, y tengo motivos para pensar que ha sido obra tuya, César. Los hombres que trabajan para ti no desobedecen tus órdenes ni actúan por iniciativa propia hasta este punto. Yo te tenía por una persona honorable, así que escribo esto con una pena que me duele tanto como la cabeza. Puedes quedarte con tu reino, que yo probaré suerte con mi propio pueblo , pues está por encima de esa clase de asesinatos. Nos matamos unos a otros, sí, pero no sin honor. Y tú no tienes honor. He hecho una promesa: nunca más mientras viva volveré a presentarme voluntariamente ante ningún romano.
–En este momento parece haber en el mundo una interminable tormenta de cabezas cortadas -dijo César al tiempo que empalidecía-. ¡Pero te digo,
Aulo Hircio, que me daría gran placer cortarle la cabeza a Labieno! Pero no antes de haberle flagelado lo suficiente.
–¿Qué es lo que piensas?
–Nada en absoluto.
Hircio pareció sorprendido.
–¿Nada?
–Nada.
–¡Pero… pero… por lo menos puedes contar lo que ha ocurrido en el próximo despacho que mandes al Senado! – exclamó Hircio-. Puede que a Labieno no le impongan la clase de castigo que a ti te gustaría, pero desde luego acabaría con cualquier esperanza de desarrollar una carrera pública.
La expresión que César tenía en el rostro mientras volvía la cabeza y doblaba la barbilla hacia adentro fue irónica, enojadamente divertida.
–¡No puedo hacer eso, Hircio! ¡Mira el problema que me ocasionó Catón por lo de los presuntos embajadores germanos! Si yo le contara una sola palabra de esto al Senado o a cualquier otra persona que lo hiciera llegar a oídos de Catón, mi nombre, y no el de Labieno, apestaría hasta los más lejanos confines del cielo. Esos perros senatoriales no malgastarían la menor energía en buscar el escondite de Labieno, sino que estarían demasiado ocupados clavándome los dientes a mí.
–Tienes razón, desde luego -reconoció Hircio, y dejó escapar un suspiro-. Y eso significa que Labieno acabará saliéndose con la suya.
–De momento -dijo César con tranquilidad-. Ya le llegará la hora, Hircio. La próxima vez que lo vea, él sabrá exactamente qué lugar ocupa en mi estima. Y ¿adónde va a ir a parar su carrera si tengo alguna voz en el asunto? En cuanto deje de ser útil en la Galia, me separaré de él de manera más concienzuda que Sila de su pobre esposa agonizante.
–¿Y Commio? Quizá si yo me esforzase, César, podría convencerle para que se reuniera contigo en privado. No costaría mucho hacerle ver tu punto de vista en ese asunto.
César negó con la cabeza.
–No, Hircio. No funcionaría. Mi relación con Commio se basaba en una completa confianza mutua, y eso ha desaparecido. De ahora en adelante cada uno de nosotros mirará al otro con recelo. Él ha jurado no acudir nunca más voluntariamente ante la presencia de un romano, y los galos se toman esos juramentos con tanta seriedad como nosotros. He perdido a Commio.
Quedarse una larga temporada en Rávena no suponía ningún esfuerzo.
Como tenía allí la escuela de gladiadores, César también poseía allí una villa. El clima se consideraba el mejor de toda Italia y era saludable, lo que convertía a Rávena en un maravilloso lugar para el entrenamiento físico.
Tener gladiadores era una afición muy provechosa, y César la encontraba tan absorbente que tenía varios miles de ellos, aunque la mayoría estaban destinados en una escuela cerca de Capua. Rávena estaba reservada para la flor y nata, aquellos para los que César tenía planes después de que acabasen su entrenamiento en la pista de arena.
Sus agentes sólo compraban o adquirían a través de los tribunales militares los individuos más prometedores, y los cinco o seis años que esos hombres pasaban peleando eran buenos si César era el dueño. Se trataba principalmente de desertores de las legiones (a los que se ofrecía elegir entre privación de los derechos civiles o convertirse en gladiadores), aunque algunos eran asesinos convictos; también había otros que ofrecían voluntariamente sus servicios. A estos últimos César nunca los aceptaba, pues afirmaba que un romano libre al que le gustase la pelea lo que tenía que hacer era alistarse en las legiones.
Los gladiadores tenían buen alojamiento, estaban bien alimentados y no se les hacía trabajar en exceso, cosa que solía ser así en la mayoría de las escuelas de gladiadores, pues éstas no eran prisiones. Los hombres entraban y salían a su antojo a menos que tuvieran un combate en perspectiva, en cuyo caso se esperaba de ellos que permanecieran en la escuela, que se mantuvieran sobrios y que entrenasen a fondo antes del combate; ningún hombre que poseyera gladiadores quería ver cómo mataban o mutilaban en la arena a su costosa inversión.
El combate de gladiadores era un deporte muy popular que tenía muchos espectadores, aunque no era una actividad de circo y requería un local más pequeño, como el mercado de una ciudad. Era una tradición que los hombres ricos que sufrían la pérdida de un familiar celebraran unos juegos funerarios en memoria del pariente difunto, y éstos consistían en combate de gladiadores. Alquilaban a los combatientes en alguna de las muchas escuelas de gladiadores, y normalmente contrataban entre cuatro y cuarenta parejas, por los que pagaban abundantes cantidades de dinero. Los gladiadores iban a la ciudad, luchaban y regresaban a la escuela. Y al cabo de seis años o de treinta combates se retiraban una vez cumplida su
sentencia. Tenían asegurada la ciudadanía, generalmente habían conseguido ahorrar algo de dinero, y los que eran realmente buenos se convertían en ídolos del público cuyos nombres se conocía en toda Italia.
Uno de los motivos por los que aquel deporte le interesaba a César era que le preocupaba el destino de aquellos hombres una vez que habían cumplido su pena. César consideraba que la clase de habilidades que habían adquirido se malgastaba si se marchaban a Roma o a cualquier otra ciudad y allí se alquilaban como guardaespaldas o matones. Él prefería convencerlos de que entrasen en las legiones, pero no como soldados rasos. Un buen gladiador que no hubiera recibido demasiados golpes en la cabeza se convertía en un excelente instructor en los campamentos de entrenamiento militar, y algunos llegaban a ser espléndidos centuriones. También le divertía enviar a los que habían desertado de las legiones de regreso a las mismas como oficiales.
Ése era el motivo de que hubiese fundado la escuela de Rávena, donde tenía a sus mejores hombres; aunque la mayoría vivían en la escuela que él poseía cerca de Capua. Naturalmente nadie lo había visto por allí desde que asumió su cargo de gobernador, porque el gobernador de una provincia no podía poner los pies en Italia propiamente dicha mientras estuviese al mando de un ejército.
Había otros motivos por los cuales César pasaba más tiempo en Rávena que en ningún otro lugar de Iliria o de la Galia Cisalpina. Estaba cerca del río Rubicón, la frontera que separaba la Galia Cisalpina de Italia y, además, las carreteras que llevaban desde allí hasta Roma, que se encontraba a trescientos kilómetros de distancia, eran excelentes. Lo cual significaba que los correos viajaban con gran rapidez en sus constantes idas y venidas, y que las muchas personas que acudían desde Roma para ver a César en persona, ya que éste no podía ir a verlos, podían hacer un viaje bastante cómodo.
Después de la muerte de Clodio, César siguió los acontecimientos de Roma con cierta ansiedad, pues estaba seguro de que Pompeyo dirigía sus esfuerzos a conseguir la dictadura. Por ese motivo le había escrito con la propuesta de matrimonio y con alguna otra, aunque después se arrepintió de haberlo hecho, pues que a uno le rechacen deja siempre un amargo sabor de boca. Pompeyo se había hecho tan grande que no consideraba necesario complacer a nadie más que a sí mismo, ni siquiera a César. Quien quizá se
estuviera haciendo demasiado famoso últimamente, lo suficiente para que Pompeyo se sintiera incómodo. Sin embargo, cuando la ley de los Diez Tribunos de la plebe de Pompeyo le concedió a César permiso para presentarse al consulado in absentia, se preguntó si sus recelos acerca de él eran simplemente las imaginaciones de un hombre que se veía obligado a obtener todas las noticias de segunda mano. ¡Oh, si pudiera pasar un mes en Roma! Pero no era posible pasar allí ni siquiera una hora. A un gobernador con once legiones bajo su mando, como era César, no le estaba permitido cruzar el río Rubicón y entrar en Italia.
¿Lograría Pompeyo que le nombraran dictador? Roma y el Senado, por lo menos en las personas de hombres como Bíbulo y Catón, se estaban resistiendo con denuedo, pero desde Rávena, lejos de las convulsiones que atormentaban a Roma cada día, no era difícil ver de quién era la mano que se escondía detrás de la violencia. La de Pompeyo, que anhelaba ser dictador y que trataba de forzar al Senado.
Luego, cuando recibió la noticia de que Pompeyo había sido nombrado cónsul sin colega, César se echó a reír. ¡Algo tan brillante como anticonstitucional! Los boni le habían atado las manos al mismo tiempo que le ponían en ellas las riendas del gobierno. Y Pompeyo había sido lo bastante ingenuo como para dejarse atrapar. ¡Otro mando extraordinario anticonstitucional! Y no se daba cuenta de que, al aceptarlo, Pompeyo le había demostrado a toda Roma, y en especial a César, que no tenía ni la fibra ni el descaro necesarios para seguir machacando hasta que le ofrecieran un mandato perfectamente constitucional: la dictadura.
¡Siempre serás un muchacho de campo, Pompeyo Magno! No estás a la altura de los trucos de la ciudad. Te han aventajado en astucia con tanta destreza que ni siquiera te das cuenta de lo que han hecho. Estás ahí, plantado en el Campo de Marte, felicitándote a ti mismo porque eres el ganador. Pero en realidad no lo eres. Bíbulo y Catón son los ganadores.
Ellos pusieron al descubierto tu farol y tú te echaste atrás. ¡Cómo se reiría Sila!
La principal oppidum de los senones era Agedinco, junto al río Icauna; allí César había concentrado seis legiones para pasar el invierno, pues todavía no estaba muy seguro de la lealtad de aquella tribu que era muy poderosa, sobre todo después de haberse visto obligado a ejecutar a Acón.
Cayo Trebonio ocupaba él mismo el interior de Agedinco, y tenía el alto mando mientras César estaba en la Galia Cisalpina. Lo cual no significaba que se le hubiera dado autoridad para ir a la guerra, circunstancia de la que todas las tribus gálicas eran sabedoras. Y contaban con ello.
En enero Trebonio ponía todas sus energías en la tarea más exasperante a la que podía enfrentarse un comandante: encontrar el grano y las otras provisiones en cantidad suficiente para alimentar a treinta y seis mil hombres. La cosecha iba llegando, y aquel año era tan abundante que, de haber tenido que aprovisionar a me·nos legiones, Trebonio no habría necesitado alejarse mucho de los campos que había en los alrededores del lugar. Pero tal como estaba la situación, tenía que comprar provisiones buscándolas en cualquier parte.
La compra en si de grano estaba en manos de un romano civil, el caballero Cayo Fufio Cita que, como residía en la Galia desde hacía mucho tiempo, hablaba los idiomas locales y disfrutaba de una buena relación con las tribus de aquella región central. De manera que salió al trote con su cargamento de dinero y una guardia de tres cohortes fuertemente armadas para ver qué jefes galos estaban dispuestos a vender por lo menos parte de su cosecha. Detrás llevaba unos carromatos de altas paredes laterales que avanzaban con dificultad tirados por diez bueyes. A medida que cada carromato se llenaba del valiosísimo grano, se separaba de la columna y regresaba a Agedinco, donde se descargaba y después se le enviaba de nuevo al lugar donde se encontrase Fufio Cita.
Después de agotar el territorio al norte del Icauna y del Secuana, Fufio Cita y sus oficiales se trasladaron a las tierras de los mandubios, los lingones y los senones. Al principio los carromatos continuaron llenándose del modo más satisfactorio, pero cuando la caravana, que parecía interminable, se adentró en las tierras de los senones, la cantidad de grano que se conseguía descendió espectacularmente. Empezaban a sentirse las consecuencias de la ejecución de Acón. Fufio Cita llegó a la conclusión de que no prosperaría intentando comprar grano a los senones, así que se dirigió hacia el oeste, a las tierras de los carnutos. Y allí las ventas subieron inmediatamente.
Encantado, Fufio Cita y sus oficiales se instalaron dentro de Genabo, la capital de los carnutos. Era un refugio seguro para los carros cargados de dinero (que además ya no lo estaban tanto como al principio), y por tanto no
había necesidad de las tres cohortes de soldados que los habían escoltado hasta entonces. Fufio Cita las envió de regreso a Agedinco. Genabo era casi un segundo hogar para Fufio Cita; se quedaría allí entre sus amigos romanos y concluiría cómodamente sus adquisiciones.
Genabo, en efecto, era algo parecido a una metrópolis gala. Permitía a las personas más acaudaladas, la mayoría romanas, pero también a unas cuantas griegas, vivir dentro de las murallas, y tenía una considerable población fuera de las murallas, donde florecía una industria metalúrgica.
Sólo Avárico era mayor, y si Fufio Cita suspiró un poco al acordarse de Avárico, en realidad estaba bien contento donde estaba.
El pacto entre Vercingetórix, Lucterio, Litavico, Coto, Gutruato y Sedulio, aunque se había llevado a cabo en el estado altamente emotivo que siguió a la ejecución de Acón, no se había ido al garete. Cada hombre se marchó a su pueblo y allí contó la noticia, y si alguno de ellos no hizo referencia alguna a la unificación de todos los pueblos de la Galia bajo un líder, si que machacaron implacablemente sobre la perfidia y la arrogancia de los romanos, la injustificada muerte de Acón y la pérdida de libertad, que resultaba un terreno muy fértil para trabajarlo, pues la Galia todavía estaba ansiosa por quitarse de encima el yugo romano.
Gutruato, de los carnutos, no necesitó mucho para verse empujado a formar parte del pacto con Vercingetórix. Sabía que César haría que la siguiente espalda que sintiera el látigo y la siguiente cabeza que rodara fueran las suyas. Y no le importaba siempre que antes hubiera convertido en una desgracia la existencia de César. De modo que cuando llegó a su tierra hizo lo que le había prometido a Vercingetórix: fue directamente a Carnutum, donde moraban los druidas, y buscó a Cathbad.
–Tienes razón -le dijo Cathbad cuando acabó de escuchar el relato sobre Acón. El druida hizo una pausa y luego añadió-: Vercingetórix también tiene razón, Gutruato. Debemos unimos y echar de aquí a los romanos uniéndonos como un solo pueblo. No podemos hacerlo de otro modo.
Llamaré a los druidas y celebraremos un consejo.
–¡Y yo viajaré para esparcir entre los carnutos el grito de guerra -le respondió Gutruato cada vez más entusiasmado.
–¿El grito de guerra? ¿Qué grito de guerra?
–Las palabras que Dumnórix y Acón gritaron antes de ser asesinados.
«¡Un hombre libre en un país libre!»
–¡Excelente! – observó Cathbad-. Pero hay que arreglarlo un poco:
¡Hombres libres en un país libre! Eso es el principio de la unificación, Gutruato. Cuando un hombre piensa en plural antes de pensar en singular.
Los carnutos empezaron a reunirse en grupos, siempre a salvo de oídos romanos, para hablar de la insurrección. Y las herrerías que había de las afueras de Genabo empezaron a trabajar casi exclusivamente haciendo cotas de malla, cambio de actividad ésta que Fufio Cita no advirtió, como tampoco lo notaron sus colegas extranjeros residentes de allí.
A mediados de febrero la cosecha ya se había recogido por completo.
Todos los silos y los graneros del país estaban llenos; se habían ahumado los jamones, el cerdo y el venado estaban puestos en salazón, los huevos, las remolachas y las manzanas se habían almacenado bajo tierra, los poííos, patos y gansos se habían metido en los corrales y el ganado vacuno y las ovejas se habían apartado del camino de cualquier ejército en marcha.
–Es hora de empezar -anunció Gutruato a sus colegas jefes de tribu-, y nosotros los carnutos nos pondremos al frente. Como líderes del modo de pensar galo, nos incumbe a nosotros dar el primer golpe. Y tenemos que hacerlo mientras César se halle al otro lado de los Alpes. Todo indica que vamos a tener un invierno duro, y Vercingetórix asegura que es fundamental que le impidamos a César volver con sus legiones. Estas no se aventurarán a salir de los campamentos sin él, especialmente durante el invierno. Y en primavera estaremos unidos.
–¿Qué vas a hacer? – le preguntó Cathbad.
–Mañana al alba atacaremos Genabo y mataremos a todos los griegos y los romanos que encontremos.
–Eso constituirá toda una declaración de guerra, sin lugar a dudas.
–Para el resto de la Galia sí, Cathbad, pero no para los romanos. No tengo intención de permitir que a Trebonio le llegue noticia alguna de lo que suceda en Genabo. Si así fuera, él le enviaría un mensaje a César inmediatamente. Y prefiero que César se entretenga al otro lado de los Alpes hasta que la Galia entera se encuentre en pie de guerra.
–Buena estrategia, si es que funciona como es debido -observó Cathbad-. Espero que tú tengas más éxito del que tuvieron los nervios hace unos años.
–Nosotros somos celtas, Cathbad, no belgas. Además, los nervios mantuvieron a Quinto Cicerón sin poder comunicarse con César durante un
mes. Ése es tiempo suficiente, pues dentro de un mes empezará el invierno.
De ese modo, Cayo Fufio Cita y los mercaderes que vivían en Genabo descubrieron la verdad acerca del viejo dicho romano de que las revueltas en las provincias empiezan siempre con el asesinato de los romanos civiles.
Bajo el mando de Gutruato, un grupo de carnutos se lanzaron contra su propia capital, entraron en ella y mataron a todos los extranjeros que allí había. Fufio Cita sufrió el mismo sino que Acón: fue públicamente flagelado y decapitado, aunque murió bajo el látigo. Incitando al hombre que blandía el látigo, los carnutos no encontraron en ello nada que criticar.
La cabeza de Fufio Cita fue un trofeo que se llevó en celebración al bosquecillo de Eso y allí Cathbad la ofreció en sacrificio.
Las noticias viajaban velozmente en la Galia, aunque el método de transmisión significaba inevitablemente que cuanto más lejos de su origen se extendiera, más se distorsionaba. Los galos se limitaban a pasarse a gritos la información de una persona a otra en los campos.
Lo que empezó como «¡ Han masacrado a los romanos que había en Genabo!» se convirtió en «¡Los carnutos se han rebelado abiertamente y han matado a todos los romanos que había en sus tierras!» cuando hubo corrido de boca en boca una distancia de doscientos cincuenta kilómetros.
Recorrió toda esa distancia entre el alba, momento en el que había tenido lugar el ataque, y el crepúsculo, que fue cuando la dijeron a gritos en Gergovia, la principal oppidum, y Vercingetórix la oyó.
¡Por fin! ¡Por fin! ¡Una revuelta en la Galia en lugar de en las tierras de los belgas o de los celtas de la costa oeste! Ésta era gente que él conocía, personas que se someterían a él como sus lugartenientes cuando el gran ejército de toda la Galia se unificase, personas lo bastante sofisticadas como para comprender el valor de una cota de malla y un casco, para comprender el modo en que los romanos hacían la guerra. Si los carnutos se habían rebelado, no pasaría mucho tiempo antes de que los senones, los parisios, los sensiones, los bitúrigos y todos los demás pueblos de la Galia central se convirtieran en un hervidero. ¡Y él, Vercingetórix, estaría allí para forjarlos y convertirlos en el ejército de la Galia!
Desde luego él también había estado trabajando, pero no con tanto éxito como Gutruato, ni mucho menos, como ahora se ponía de manifiesto. El problema era que los arvernos no habían olvidado la desastrosa guerra que habían librado hacía setenta y cinco años contra el más preminente
Enobarbo de aquella época. Los habían derrotado de una forma tan completa que los mercados de esclavos de todo el mundo recibieron la primera remesa en masa de mujeres y niños galos; los hombres habían muerto en su mayoría.
–Vercingetórix, a los arvernos nos ha costado setenta y cinco años recuperarnos de nuevo -le dijo Gobanicio en el consejo, haciendo un esfuerzo por ser paciente-. En otro tiempo fuimos el más grande de todos los pueblos galos. Entonces teníamos mucho orgullo e hicimos la guerra contra Roma. Nos dejaron reducidos a la nada, y les entregamos la supremacía a los eduos, a los carnutos, a los senones. Estos pueblos aún están por encima de nosotros, pero vamos alcanzándolos con firmeza. De manera que no, no volveremos a luchar contra Roma.
–¡Pero tío, los tiempos han cambiado! – le gritó Vercingetórix-. ¡Sí, nosotros caímos! ¡Sí, fuimos aplastados, humillados y vendidos como esclavos! ¡Pero sólo éramos un pueblo entre muchos! ¡Y todavía tú hoy hablas de los senones o de los eduos! ¡Del poder arverno contrastado con el poder eduo, con el poder de los carnutos! ¡Ya no puede seguir así! ¡Lo que está pasando hoy es diferente! Vamos a aliarnos y a convertirnos en un solo pueblo bajo un solo grito de guerra: ¡Hombres libres en un país libre! ¡No somos los arvernos, ni los eduos, ni los carnutos! ¡Somos galos! ¡Somos una hermandad! ¡Esa es la diferencia! Unidos derrotaremos a Roma de un modo tan definitivo que nunca más volverá a enviar ¶sus ejércitos a nuestro país. ¡Y un día la Galia marchará contra Italia, un día la Galia gobernará el mundo!
–Sólo sueños, Vercingetórix, nada más que sueños tontos -le dijo Gobanicio con cansancio-. Nunca habrá concordia entre los pueblos de la Galia.
El resultado de éste y de muchos otros argumentos en el consejo arverno fue que Vercingetórix se encontró con que se le prohibió entrar en Gergovia. No es que se marchase de la zona, no. En vez de eso permaneció en su casa de las afueras de Gergovia y reservó sus energías para convencer a los hombres arvernos jóvenes de que tenía razón. Y ahí tuvo mucho más éxito. Con sus primos Critognato y Vercasivelauno siguiendo su ejemplo, trabajó febrilmente para hacer que los jóvenes comprendieran en qué se basaba su única salvación: en la unificación.
Y no soñaba, sino que hacía planes, pues era completamente consciente de que el mayor esfuerzo sería convencer a los jefes de los otros pueblos de la Galia de que él, Vercingetórix, era el único que debía guiar el gran ejército de toda la Galia.
De manera que cuando la noticia de los acontecimientos acaecidos en Genabo llegó a voces a Gergovia, Vercingetórix lo tomó como el auspicio que había estado esperando. Envió mensajes llamando a las armas y luego entró en Gergovia, se hizo cargo del consejo y asesinó a Gobanicio.
–¡Yo soy vuestro rey -le dijo a la cámara llena de jefes de tribu-, y pronto seré rey de una Galia unida! Ahora voy a Carnutum a hablar con los jefes de los demás pueblos, y de camino les haré a todos un llamamiento a las armas.
Las tribus respondieron como esperaba. Con el invierno a punto de empezar, los hombres se dispusieron a sacar las armaduras, a afilar las espadas, a hacer las disposiciones oportunas en el hogar para el tiempo durante el cual estuvieran fuera, una larga ausencia. Una enorme oleada de excitación sacudió la Galia central y siguió rodando hacia el norte hasta adentrarse en el territorio de los belgas y hacia el oeste hasta el de los aremóricos, las tribus celtas de la costa atlántica. Y también hacia el sur, por Aquitania. La Galia iba a unirse. La Galia unida iba a expulsar de allí a los romanos.
Pero fue en el bosque de robles de Carnutum donde Vercingetórix tuvo que librar su batalla más difícil, allí tuvo que utilizar todo su poder de persuasión para hacer que lo nombrasen líder. Era demasiado pronto para insistir en que lo llamasen rey; eso vendría después, una vez que hubiera demostrado tener las cualidades necesarias en un rey.
–Cathbad tiene razón -les dijo a los jefes de tribu que se habían reunido allí, teniendo siempre buen cuidado de mantener el nombre de Cathbad en primer lugar, no el de Gutruato-. Debemos separar a César de sus legiones hasta que toda la Galia esté en armas.
Habían acudido muchos hombres que él no esperaba, incluido Commio, rey de los atrebates. Los cinco hombres con los que había cerrado el pacto original se encontraban allí, y Lucterio estaba impaciente por empezar. Pero fue Commio quien volvió la marea en favor de Vercingetórix.
–Y yo creía en los romanos -les explicó el rey de los atrebates enseñando los dientes-. No porque me sintiera traidor a mi pueblo, sino por
motivos muy parecidos a los que Vercingetórix nos da hoy aquí. La Galia necesita ser un solo pueblo, no muchos. Y yo creí que la única manera de hacerlo era utilizando a Roma. Dejar que Roma, tan centralizada, tan organizada, tan eficiente, hiciera lo que yo creía que ningún galo podía hacer: unirnos, hacernos pensar en nosotros mismos como uno solo. ¡Pero en este arverno, en Vercingetórix, yo veo a un hombre de nuestra propia sangre con la fuerza y la decisión que necesitamos! Yo no soy celta, soy belga. ¡Pero antes que nada soy un galo de la Galia! ¡Y yo os digo, compañeros reyes y príncipes, que estoy dispuesto a seguir a Vercingetórix!
Y que haré lo que me pida. Llevaré a mi pueblo atrebate a la asamblea que él convoque y les explicaré que el hombre que va a ser su líder es un arverno, ¡que yo solamente soy su lugarteniente!
Fue Cathbad quien recogió los votos, fue Cathbad quien pudo decirles a los señores de la guerra que Vercingetórix había resultado elegido líder de un intento de unificarse para expulsar a Roma de sus tierras.
Y Vercingetórix, un hombre delgado, febril y ahora resplandeciente, procedió a demostrar a sus compañeros galos que él además era un pensador.
–El coste de esta guerra será enorme, y todo nuestro pueblo debe compartirlo -les dijo-. Cuanto más compartamos, más unidos nos sentiremos. Todos los hombres han de ir a la asamblea armados y vestidos como es debido. No quiero ningún valiente tonto desnudo para demostrar su valor, sino que quiero que todos los hombres lleven cota de malla y yelmo, que todos lleven un escudo de cuerpo entero, que todos vayan bien provistos de lanzas, de flechas o de cualquier cosa que elijan. Y cada pueblo debe calcular cuánta comida consumirán sus hombres, y asegurarse de que no hayan de verse obligados a regresar a casa prematuramente porque ya no les quedan alimentos. El botín no será gran cosa, no podemos confiar en recoger lo suficiente como para pagar esta guerra. Y no voy a pedirles ayuda a los germanos. Hacer eso es abrirle la puerta de atrás a los lobos mientras expulsamos a los jabalíes por la puerta principal. Y tampoco podemos robarles a los nuestros a menos que decidan ponerse del lado de Roma. Porque os lo advierto, ¡a cualquier pueblo que no se una a nosotros en esta guerra se le considerará un traidor a la Galia unida! Los remos y los lingones no han venido, ¡así que ya pueden prepararse! – Se echó a reír con
una risita sin aliento-. ¡Con los caballos remos seremos mejores soldados de caballería que los germanos!
–Los bitúrigos tampoco están aquí -observó Sedulio, rey de los lemosines-. He oído por ahí el rumor de que prefieren a Roma antes que a nosotros.
–Yo ya había advertido su ausencia -hizo notar Vercingetórix-. ¿Tiene alguien alguna prueba de ello que sea más tangible que un simple rumor?
La ausencia de los bitúrigos era grave, pues en sus tierras se encontraban las minas de hierro, y hacía falta encontrar hierro en abundancia a fin de convertirlo en acero en cantidad suficiente como para hacer muchos, muchos miles de cotas de malla, yelmos, espadas y puntas de lanza.
–Iré personalmente a Avárico para averiguar por qué no han venido -les dijo Cathbad.
–¿Y qué hacemos los eduos? – preguntó Litavico, que había acudido con Coto, uno de los dos vergobretos de aquel año-. Nosotros estamos contigo, Vercingetórix.
–Los eduos tenéis el deber más importante de todos, Litavico, pues tenéis que fingir que sois amigos y aliados de Roma.
–¡Ah! – exclamó Litavico sonriendo.
–¿Por qué tenemos que usar a la vez todo lo que es una ventaja para nosotros? – preguntó retóricamente Vercingetórix-. Imagino que mientras César crea que los eduos son leales a Roma, también pensará que tiene probabilidades de ganar. Y, como tiene por costumbre, les pedirá a los eduos que le den más soldados a caballo, más infantería, más grano, más carne, más de todo aquello que necesite. Y los eduos deben mostrarse siempre de acuerdo en darle con sumo gusto cualquier cosa que él solicite.
Que se deslomen por ayudar. Sólo que todo lo que se le prometa a César no debe llegar a él nunca.
–Pero siempre con nuestras disculpas más efusivas, eso sí -dijo Coto.
–Oh, claro -convino Vercingetórix con gravedad.
–La Provenza romana es un peligro muy real que no deberíamos subestimar -observó Lucterio, rey de los cardurcos, frunciendo el ceño-. Los romanos han entrenado muy bien a los galos de la Provenza: son capaces de luchar como auxiliares al estilo romano, tienen almacenes atiborrados de
armaduras y armamento y también disponen de caballería. Por eso me temo que nunca conseguiremos que se aparten de Roma.
–¡Es demasiado pronto para hacer afirmaciones tan derrotistas como ésa! Sin embargo, es cierto que tendríamos que asegurarnos de que los galos de la Provenza no estén en condiciones de ayudar a César. Tu trabajo, Lucterio, será encargarte de eso, puesto que procedes de un pueblo cercano a la Provenza. En un plazo de dos meses a contar desde ahora, en el momento en que el invierno es más crudo, nos reuniremos armados aquí, en la llanura situada delante de Carnutum. Y luego… ¡la guerra!
Sedulio recogió el grito:
–¡Guerra! ¡Guerra! ¡Guerra!
En Agedinco Trebonio era consciente de que algo extraño estaba ocurriendo, aunque no tenía ni idea de qué era. No había recibido noticias de Fufio Cita desde Genabo, pero tampoco había oído ni el menor rumor acerca de su fatal destino. Ningún romano ni ningún griego en las cercanías había sobrevivido para contarlo, y ningún galo se había presentado ante él.
Los graneros de Agedinco estaban casi llenos, pero no había llegado ningún carromato en más de dos nundinae. Fue entonces cuando Litavico, rey de los eduos, apareció por allí para saludar mientras iba de camino de regreso a Bibracte.
–¿Has visto u oído algo anormal? – le preguntó Trebonio, que tenía un aspecto más triste de lo que era normal en él.
A Litavico siempre le había fascinado que aquellos romanos tuvieran con tanta frecuencia un aire tan poco guerrero, tan inmarcial, y Cayo Trebonio constituía un ejemplo perfecto de ello. Era un hombre más bien pequeño y más bien gris al que el prominente cartílago tiroide de la garganta le subía y le bajaba con nerviosismo siempre que tragaba; tenía un par de ojos grises, grandes y tristes. Sin embargo era un soldado muy bueno e inteligente en el que César tenía una gran confianza, y que nunca había dejado a éste en la estacada. Cualquier cosa que se le decía que hiciera, la hacía. Senador romano, en su época fue un brillante tribuno de la plebe. Un hombre fiel a César hasta la muerte.
–No, nada -le respondió Litavico alegremente.
–¿Has estado en algún sitio cerca de Genabo?
–Pues no -repuso Litavico sin olvidar que su deber era guardar siempre las apariencias como amigo y aliado. De nada serviría contarle mentiras que
Trebonio podría descubrir antes de que las verdaderas lealtades de los eduos salieran a la luz-. He ido a la boda de mi primo en Metiosedo, así que no he estado al sur del Sequana. Sin embargo, todo está en calma. No he oído nada digno de mención.
–Los carros de grano han dejado de venir.
–Sí, eso es bastante raro. – Litavico simuló quedarse pensativo-. Sin embargo, es de conocimiento general que los senones y los carnutos están muy descontentos con la ejecución de Acón. Quizá se nieguen a vender grano. ¿Andas escaso?
–No, tenemos suficiente. Pero esperaba más.
–Dudo que recibas más ya -le comentó animadamente Litavico-. El invierno llegará cualquier día.
–¡Ojalá todos los galos hablasen latín! – exclamó Trebonio dejando escapar un suspiro.
–Oh, bien, los eduos han estado aliados con Roma durante mucho tiempo. Yo fui a la escuela allí durante dos años. ¿Has tenido noticias de César?
–Sí, está en Rávena.
–Rávena… ¿Dónde está eso exactamente? Refréscame la memoria, Trebonio.
–Está en el Adriático, no lejos de Arimino, si eso te sirve de ayuda.
–Sí, me ha ayudado mucho -dijo Litavico poniéndose en pie con pereza-. Tengo que irme.
–¿Una comida, por lo menos?
–No, mejor no. No me he traído el chal de invierno ni mi par de pantalones que más abrigan.
–¡Tú y tus pantalones! ¿No aprendiste nada en Roma?
–Cuando el aire de Italia te levanta las faldas, Trebonio, calienta todo lo que haya debajo. Pero cuando en invierno sopla el aire en la Galia, es capaz de helar hasta las piedras de las catapultas.
A principios de marzo mucho más de cien mil galos procedentes de distintas tribus convergieron en Carnutum, donde Vercingetórix hizo los preparativos rápidamente.
–No quiero que todo el mundo se agote antes incluso de que yo empiece
-le dijo al consejo cuando se congregaron con Cathbad dentro de la casa bien caldeada de éste-. César sigue en Rávena, y al parecer tiene más interés
en lo que ocurre en Roma que en lo que pueda estar pasando en la Galia.
Los pasos alpinos ya están bloqueados por la nieve, y no podrá llegar aquí con rapidez por mucha fama que tenga de darse prisa. Y nosotros estaremos entre sus legiones y él venga cuando venga.
Cathbad, que parecía cansado y un poco desanimado, se había sentado a la derecha de Vercingetórix y tenía una pila de rollos sobre la mesa.
Siempre que los ojos de los demás se posaban en Vercingetórix, los de Cathbad se dirigían, al fondo, a su esposa, que se movía en silencio atareada en llevar vino y cerveza. ¿Por qué se sentía tan deprimido, tan inútil? Como la mayoría de los sacerdotes profesionales de todas las tierras, no tenía el don de la adivinación, no tenía clarividencia. Esas cosas sólo se les otorgan a los marginados y a los forasteros, condenados, como le había ocurrido a Casandra, a que nunca nadie los creyera.
Y esto lo decía partiendo de unos conocimientos muy difíciles de adquirir, y a pesar de que los sacrificios habían sido favorables. Quizá lo que sentía en aquel momento fuese un simple eclipse, pensó esforzándose por ser justo, por ser objetivo. Vercingetórix tenía alguna cualidad en común con César, y Cathbad notaba esa similitud. Pero uno es un romano enormemente experimentado que se aproxima a los cincuenta años, y el otro es un galo de treinta que nunca ha guiado un ejército.
–Cathbad -le llamó Vercingetórix interrumpiendo los temores internos del druida jefe-, ¿debo asumir que los bitúrigos están en nuestra contra?
–La palabra que utilizaron fue «tontos» -le informó Cathbad-. Sus druidas han estado intentando ponerlos de nuestra parte, pero la tribu está unida, y no en nuestra dirección precisamente. Están dispuestos a vendernos hierro, incluso a convertirlo en acero para nosotros, pero no quieren ir a la guerra.
–Entonces nosotros les haremos la guerra a ellos -les aseguró Vercingetórix sin vacilar-. Ellos tienen el hierro, pero no dependemos de ellos para convertirlo en acero o para tener herreros. – Sonrió y apareció cierto brillo en sus ojos-. Lo que sucede es bueno en realidad. Si los bitúrigos no quieren unirse a nosotros, entonces no tendremos que pagarles el hierro, sino que se lo quitaremos. No he oído que ninguno de los que estamos presentes aquí hoy tenga carencia de hierro, pero nos va a hacer falta mucho más. Mañana emprenderemos la marcha hacia los bitúrigos.
–¿Tan pronto? – preguntó Gutruato sin aliento.
–Lo más seguro es que el invierno empeore, que no mejore, Gutruato, y tenemos que utilizarlo para traer a los pueblos disidentes al redil. Cuando llegue el verano, los pueblos de la Galia estarán unidos contra Roma, no divididos entre si. Y entonces podremos luchar contra César, aunque si las cosas salen como yo pienso, él nunca podrá usar todas sus legiones.
–Me gustaría saber más cosas antes de ponerme en marcha -dijo Sedulio, rey de los lemosines, frunciendo el ceño.
–¡Para eso es para lo que nos reunimos hoy, Sedulio! – le aseguró Vercingetórix riéndose-. Quiero comentar la lista de los pueblos que están presentes aquí, quiero saber quién más va a venir, quiero enviar de vuelta a sus casas a algunos para que esperen hasta la primavera, quiero recaudar un impuesto de guerra justo, quiero organizar nuestro primer sistema monetario, quiero asegurarme de que los hombres que se queden para atacar a los bitúrigos estén debidamente armados y equipados, quiero convocar una gran concentración para la primavera, quiero separar una parte de las fuerzas para que vaya a la Provenza con Lucterio… ¡y ésas son sólo unas cuantas de las cosas de las que tenemos que hablar antes de que nos durmamos!
Vercingetórix estaba cambiando notablemente; se le veía lleno de resolución y de fuego, impaciente pero paciente a la vez. Si a alguno de los veinte hombres que estaban en la casa de Cathbad se le hubiera pedido que describiera cómo podría ser el primer rey de la Galia, hasta el último de ellos habría pintado con palabras el cuadro de un gigante de pecho desnudo y de macizos músculos ataviado con un chal que llevase un arco iris con todos los colores tribales, el cabello áspero y un bigote hasta los hombros, un Dagda venido a la tierra. Y, sin embargo, aquel hombre delgado e intenso que captaba aquel día su atención no resultaba ninguna decepción; los grandes jefes de tribu de la Galia celta estaban empezando a comprender que lo que un hombre llevaba dentro era más importante que su aspecto físico.
–¿Voy a tener mi propio ejército? – le preguntó Lucterio, atónito.
–Has sido tú quien ha dicho que debíamos solucionar lo de la Provenza, y… ¿a quién mejor que tú podría yo enviar, Lucterio? Necesitarás cincuenta mil hombres, y lo mejor será que elijas a los pueblos que tú conoces: tus propios cardurcos, los petrocorios, los santones, los pictones, los andos. –
Vercingetórix pasó rápidamente los dedos por un montón de rollos sin dejar de mirar a Cathbad-. ¿Está la lista de los rutenos ahí, Cathbad?
–No -respondió éste sin necesidad de mirar-. Ellos prefieren a Roma.
–Entonces tu primera tarea será subyugar a los rutenos, Lucterio.
Convéncelos de que el derecho y el poder están con nosotros, no con Roma.
Desde los rutenos hasta los volcos sólo hay un paso. Más adelante hablaremos con más detalle de tu estrategia, pero tarde o temprano tendrás que dividir a tus tropas e ir en dos direcciones: hacia Narbo y Tolosa, y hacia los helvios y el Ródano. Los aquitanos se están muriendo de ganas de rebelarse a la menor oportunidad, así que no tardarás mucho en tener que rechazar voluntarios.
–¿Tengo que empezar mañana?
–Sí, mañana. Demorarse siempre es fatal cuando el enemigo es César. –
Vercingetórix se volvió hacia el único eduo que estaba presente-. Litavico, ve a tu casa. Los bitúrigos estarán pidiendo ayuda a los eduos.
–Ayuda que tardará bastante en llegar -puntualizó Litavico sonriendo.
–¡No, tienes que ser más sutil, Litavico! Quéjate a los legados de César, pídeles consejo. ¡Ponte en camino con un ejército si hace falta! Estoy seguro de que encontrarás excusas válidas para que ese ejército no llegue nunca a su destino. – El nuevo rey de los galos, que todavía no había pedido que lo llamasen así, le dirigió a Litavico una mirada calculadora desde debajo de aquellas cejas negras-. Hay un factor que debemos discutir largamente ahora. No quiero que en el futuro se me reproche nada o se me acuse de represalias partidistas.
–Los boios -sentenció Litavico al instante.
–Exacto. Después de que César envió a los helvecios de vuelta a su tierra hace seis años, permitió que el clan helvecio de los boios permaneciera en la Galia, a petición de los eduos, que los querían a modo de amortiguador entre ellos y los arvernos. Se asentaron en unas tierras que nosotros los arvernos reclamamos como nuestras, pero que tú le dijiste a César que eran vuestras. Pero yo exijo, Litavico -le dijo Vercingetórix con seriedad-, que los boios se marchen y que esas tierras se nos devuelvan.
Eduos y arvernos luchan ahora en el mismo bando, y no hay necesidad ya de ningún amortiguador. Quiero un acuerdo de vuestros vergobretos según el cual los boios se marcharán y esas tierras se nos devolverán a los arvernos. ¿De acuerdo?
–De acuerdo -aceptó Litavico, y resopló de satisfacción-. Las tierras son de segunda categoría. Después de la guerra, nosotros, los eduos, nos contentaremos con quedarnos la tierra de los remos como justa compensación. Los arvernos podéis expansionaros en las tierras de los lingones, que también son traidores. ¿Estás de acuerdo?
–De acuerdo -dijo Vercingetórix sonriendo.
Volvió de nuevo su atención a Cathbad, que no parecía más contento que antes.
–¿Por qué no ha venido el rey Commio? – le preguntó en tono exigente.
–Estará aquí en el verano, no antes. Y para entonces espera ser el jefe de todos los belgas occidentales que queden vivos.
–César nos dio una buena ventaja al traicionarlo.
–No fue César -dijo Cathbad con desdén-. Juraría que la conspiración fue por completo obra de Labieno.
–¿Acaso advierto en ti una nota de simpatía hacia César?
–Nada de eso, Vercingetórix. ¡Pero la ceguera no es ninguna virtud! Si has de derrotar a César tienes que esforzarte por comprenderlo. Él estará siempre dispuesto a juzgar a un galo y a ejecutarlo, como hizo con Acón, pero considera una falta de honor la clase de traición cometida con Commio.
–¡El juicio de Acón fue amañado! – le dijo Vercingetórix con enojo.
–Sí, claro que lo fue -aceptó Cathbad, perseverando-. ¡ Pero fue legal!
¡Eso por lo menos lo entiendo de los romanos! Les gusta aparentar que son legales. Y eso no se puede decir de ningún romano con más certeza que de César.
Lo primero que Cayo Trebonio supo en Agedinco de la marcha contra los bitúrigos fue a través de Litavico, que llegó al galope desde Bibracte jadeante y alarmado.
–¡Hay guerra entre las tribus! – le comunicó a Trebonio.
–¿No es una guerra contra nosotros? – le preguntó éste.
–No. Es entre los arvernos y los bitúrigos.
–¿Y qué ha pasado?
–Los bitúrigos nos han pedido ayuda a los eduos. Tenemos antiguos tratados de amistad que se remontan a los tiempos en que guerreábamos continuamente con los arvernos. Los bitúrigos se encuentran más allá, lo
cual significa que una alianza entre nosotros bloquea a los arvernos por ambas partes.
–¿Qué opináis ahora los eduos?
–Que deberíamos enviar ayuda a los bitúrigos.
–Entonces, ¿por qué vienes a verme?
Litavico abrió mucho los inocentes ojos azules.
–¡Sabes perfectamente bien por qué, Cayo Trebonio! ¡Los eduos gozamos de la condición de amigos y aliados! Si llegase a tus oídos que los eduos nos habíamos levantado en armas y marchábamos hacia el oeste,
¿qué pensarías tú? Convictolavo y Coto me han enviado para informarte de los acontecimientos y pedirte consejo.
–Pues se lo agradezco. – Trebonio parecía más preocupado de lo que solía estar, y se mordió los labios-. Bueno, si es una guerra entre ellos y Roma no está implicada, haz honor a tu antiguo tratado, Litavico. Envíales ayuda a los bitúrigos.
–Pareces inquieto.
–Más sorprendido que inquieto. ¿Qué pasa con los arvernos? Yo creía que Gobanicio y sus ancianos no aprobaban hacer la guerra con nadie.
Litavico cometió su primer error: parecía demasiado desenfadado y hablaba con demasiada presteza, demasiado airoso.
–¡Oh, Gobanicio está fuera! – exclamó-. Vercingetórix gobierna a los arvernos.
–¿Gobierna?
–Sí, quizá sea una palabra demasiado fuerte. – Litavico adoptó una expresión recatada-. Es vergobreto sin colega.
Lo cual hizo reír a Trebonio. Y, sin dejar de reírse, acompañó a la salida a Litavico cuando éste se marchó después de aquella visita urgente. Pero en el momento en que Litavico marchó haciendo ruido, Trebonio se fue a buscar a Quinto Cicerón, Cayo Fabio y Tito Sextio.
Quinto Cicerón y Sextio estaban al mando de algunas legiones de entre las seis acampadas alrededor de Agedinco, mientras que Fabio tenía a su cargo a las diez legiones destinadas con los lingones ochenta kilómetros más cerca de los eduos. Que Fabio estuviera en Agedinco era inesperado; había venido, explicó, para aliviar el aburrimiento.
–Pues considéralo aliviado -le dijo Trebonio, más afligido que nunca-.
Algo está ocurriendo y no nos lo están contando todo, ni mucho menos.
–Pero están haciendo la guerra entre ellos, luchan unos contra otros -
observó Quinto Cicerón.
–¿En invierno? – Trebonio empezó a pasearse arriba y abajo-. Es la noticia acerca de Vercingetórix lo que me ha dejado pasmado, Quinto. La sagacidad de la edad se ha acabado y el impetuoso fuego de la juventud se ha aposentado entre los nervios, y no entiendo qué significa eso. Todos recordáis a Vercingetórix. ¿Creéis que iría a la guerra contra sus compañeros galos?
–Pues así parece y así lo creo -dijo Sextio.
–Es muy repentino, ciertamente. Creo que tienes razón, Trebonio. ¿Por qué en invierno? – preguntó Fabio.
–¿Ha venido alguien con información?
Los otros tres delegados hicieron un gesto negativo con la cabeza.
–Pensándolo bien, eso de por sí ya es bastante extraño -dijo Trebonio-.
Normalmente siempre hay algo que llega a nuestros oídos, y siempre entre gemidos y quejas. ¿Cuántas conspiraciones contra Roma llegan normalmente a nuestros oídos en el transcurso del descanso de invierno?
–Docenas -contestó Fabio sonriendo.
–Y, sin embargo, este año no ha llegado noticia alguna. Juraría que están tramando algo. ¡Ojalá tuviéramos aquí a Rhiannon! O que volviera ese Hircio.
–Yo creo que deberíamos mandarle un mensaje a César -intervino Quinto Cicerón, y sonrió-. Subrepticiamente. Quizá no haga falta una nota debajo de la tela de una lanza, pero, desde luego, no hay que hacerlo abiertamente.
–Y tampoco a través de las tierras de los eduos -observó Trebonio con súbita decisión-. Encontré algo en Litavico que me dio dentera.
–No deberíamos ofender a los eduos -objetó Sextio.
–Y no lo haremos. Si no saben que le mandamos un comunicado a César, no pueden ofenderse por ello.
–Entonces, ¿cómo se lo enviaremos? – quiso saber Fabio.
–Por el norte -repuso vivamente Trebonio-. A través del territorio de los secuanos hasta Vesontio, y de allí a Ginebra, y de Ginebra a Viena. Lo peor es que el paso de la vía Domicia está cerrado. Los mensajeros tendrán que ir por el camino más largo, por la costa.
–Son mil cien kilómetros -puntualizó Quinto Cicerón con desánimo.
–Pues les daremos toda clase de pasaportes oficiales y autoridad para exigir los mejores caballos, y confiemos en que cubran ciento sesenta kilómetros diarios. Enviaremos sólo a dos hombres, y no serán galos de ninguna tribu. Esto no tiene que salir de esta habitación, sólo han de enterarse los dos hombres que escojamos. Dos legionarios jóvenes y fuertes que sepan montar a caballo igual de bien que César. – Trebonio miró a los demás inquisitivamente-. ¿Alguna idea?