Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 4 de 13 · parte 3/7

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Roma 05 - César

La Galia Cisalpina, la Provenza

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

–¿Por qué no dos centuriones? – preguntó Quinto Cicerón.

Los otros parecieron horrorizados.

–¡Quinto, César nos mataría! ¿Dejar a sus hombres sin centuriones?

¡Seguro que ya sabes que preferiría perdernos a todos nosotros que a un sólo centurión junior!

–¡Oh, sí, desde luego! – reconoció ahogadamente Quinto Cicerón recordando su roce con los sugambros.

–Dejadme a mí el asunto -dijo Fabio con decisión-. Escribe el mensaje, Trebonio, y yo encontraré un par de muchachos en mis legiones que se lo lleven a César. Así resultará menos obvio. De todos modos, tengo que volver.

–Mejor será que tratemos de averiguar algo más si es que podemos hacerlo -comentó Sextio-. Trebonio, dile a César que habrá más información esperándole en Nicea, en la carretera de la costa.

César estaba en Placentia [Plasencia], en Italia, de manera que el mensaje le llegó al cabo de seis días. Una vez que Lucio César y Décimo Bruto llegaron a Rávena, la inercia empezó a empalagar. Las cosas de Roma parecían ir bastante bien bajo el mandato del cónsul sin colega, y César no vio provecho alguno en permanecer en Rávena sólo para enterarse de lo que le ocurría a Milón, al que seguro que enviarían a juicio y hallarían culpable. Si había algo en todo aquel asunto que le fastidiaba, era la conducta de Marco Antonio, su nuevo cuestor, quien le había enviado una brusca nota al efecto de comunicarle que iba a permanecer en Roma hasta que acabase el juicio de Milón, ya que él era uno de los abogados de la acusación. ¡Intolerable!

–Bien, Cayo, tú te ablandaste y lo pediste a tu lado -dijo el tío de Antonio, Lucio César-. Yo jamás lo tendría a mi servicio personal.

–No me habría ablandado si no hubiese recibido una carta de Aulo Gabinio, quien, como tú bien sabes, tuvo a Antonio bajo sus órdenes en

Siria. Me dijo que Antonio era una apuesta que le gustaría llevarse consigo: bebida y putas en exceso, no se preocupa demasiado, gasta una montaña de energía en aplastar una pulga y sin embargo se duerme durante un consejo de guerra. Pero a pesar de todo eso, merece la pena el esfuerzo, según Gabinio. Una vez que está en el campo de batalla se convierte en un león, pero un león capaz de pensar bien. De modo que ya veremos lo que hago con él. Si encuentro que es un lastre, se lo enviaré a Labieno. ¡Eso será interesante! Un león y un canalla.

Lucio César hizo una mueca de disgusto y no añadió nada mas. Su padre y el padre de César eran primos hermanos, la primera generación de aquella antigua familia que había ostentado el consulado desde hacía mucho tiempo… gracias a la alianza por matrimonio entre Julia, la tía de César, y Cayo Mario, el enormemente acaudalado y advenedizo hombre nuevo de Arpino. El cual resultó ser el mejor militar de la historia de Roma. Con aquel matrimonio el dinero había vuelto a fluir hacia los cofres de los Julios Césares, y dinero era lo único que le faltaba a la familia. Cuatro años mayor que César, Lucio César no era, afortunadamente, un hombre celoso, y Cayo, de la rama menor, prometía convertirse en un general aún mejor que Cayo Mario. En realidad, Lucio César había pedido ser legado de César sólo por la curiosidad que sentía de ver a su primo en acción, pues tan orgulloso estaba de Cayo que leer los despachos que enviaba al Senado de pronto le pareció algo muy manso y de segunda mano. Consular distinguido, eminente miembro de jurados, desde hacía mucho tiempo miembro del colegio de Augures, Lucio César decidió a los cincuenta y dos años volver a la guerra. Bajo el mando de su primo Cayo.

El viaje de Rávena a Placentia no fue demasiado malo, porque César paraba a menudo para celebrar sesiones jurídicas regionales en las ciudades principales a lo largo de la vía Emilia: Bononia, Módena, Regio, Parma, Fidentia. Pero lo que un gobernador ordinario tardaba una nundinum en resolver, César lo resolvía en un día; y luego continuaba hasta la ciudad siguiente. La mayoría de los asuntos eran financieros, normalmente de carácter civil, y era raro que hubiera necesidad de formar un jurado. César escuchaba con atención, hacía las sumas mentalmente, daba unos golpecitos sobre la mesa con el extremo de su varita de marfil, símbolo de su imperium, y emitía su juicio. El siguiente caso, por favor… ¡vamos, vamos!

Nadie se atrevía a discutir nunca sus decisiones. Probablemente, pensaba

Lucio César en cierto modo divertido, porque su eficiencia metódica desanimaba a ello más que cualquier otra cosa que tuviera que ver con la justicia. Justicia era lo que recibía el vencedor; el perdedor nunca.

Por lo menos en Placentia la pausa iba a ser más prolongada, porque allí César había metido a la decimoquinta legión para que recibiera instrucción durante su estancia en Iliria y en la Galia Cisalpina, y quería ver con sus propios ojos cómo le iban las cosas. Había dado órdenes especificas: entrenarlos hasta que cayeran rendidos y luego entrenarlos para que no cayeran rendidos. Había llamado a cincuenta centuriones entrenadores para que se trasladaran allí desde Capua, veteranos de pelo canoso que babeaban ante la perspectiva de convertir unas vidas de diecisiete años en una estudiada combinación de sufrimiento y tristeza, y les había dicho que tenían que concentrarse en los centuriones de la decimoquinta durante su hipotético tiempo libre. Había llegado el momento de ver el resultado de tres meses de entrenamiento en Placentia, y César envió un mensaje en el que decía que iba a pasar revista a las legiones en el terreno para desfiles el día siguiente al alba.

–Si pasan la revista de modo satisfactorio, Décimo, puedes marchar con ellos de inmediato a la Galia Transalpina por la carretera de la costa -le comunicó durante la cena que tomaron a media tarde.

Décimo Bruto asintió tranquilamente mientras mascaba una especialidad del lugar consistente en verduras mezcladas y ligeramente fritas en aceite de oliva.

–He oído decir que son unas tropas realmente estupendas -dijo mojando las manos en un recipiente de agua.

–¿Quién te ha dado esa noticia? – le preguntó César picando con indiferencia de un pedazo del cerdo que habían asado en leche de oveja hasta que había quedado dorado y crujiente y la leche se había evaporado por completo.

–Un proveedor de alimentos del ejército.

–¿Y un proveedor de provisiones del ejército lo sabe?

–¿Quién mejor? Los hombres de la decimoquinta han trabajado tanto que han agotado en Placentia todo aquello que grazna, gruñe, bala o cloquea, y los panaderos del lugar trabajan dos turnos al día. Mi querido César, Placentia te ama.

–¡Un éxito, Décimo! – dijo César riendo.

–Tengo entendido que Mamurra y Ventidio iban a reunirse con nosotros aquí -observó Lucio César, que tenía más apetito que su primo y estaba disfrutando a conciencia de aquella cocina del norte condimentada con menos especias que la de Roma, que se volvía loca por la pimienta.

–Llegan pasado mañana de Cremona.

Hircio, que estaba demasiado atareado para comer con ellos, entró.

–César, una carta urgente de Cayo Trebonio.

César se incorporó rápidamente y quitó las piernas del canapé que compartía con su primo, tendiendo una mano para coger el rollo. Rompió el sello del mismo, lo desenrolló y lo leyó de un rápido vistazo.

–Han cambiado los planes -comentó luego sin que se le alterase la voz-.

¿Cómo ha llegado esto, Hircio? ¿Cuántos días ha pasado en camino?

–Sólo seis días, César, y por la carretera de la costa. Deduzco que Fabio ha enviado a dos legionarios capaces de montar a caballo como el viento, cargados de dinero y de papeles oficiales. Lo han hecho bien.

–Por supuesto.

Un cambio se había producido en César, un cambio que Décimo Bruto e Hircio conocían ya de tiempo, pero Lucio César no lo conocía todavía en absoluto. El consular urbano había desaparecido y lo había sustituido un hombre tan llano, tan vivo y tan concentrado como Cayo Mario.

–Tendré que dejar cartas para Mamurra y Ventidio, así que me voy a escribirlas…, a ellos y también a otros. Décimo, manda decir a la decimoquinta que esté preparada para ponerse en marcha al alba. Hircio, ocúpate de la caravana de víveres. Nada de carromatos con bueyes, todo en carros tirados por mulas o directamente sobre mulas. No encontraremos suficiente comida en Liguria, así que la caravana con la impedimenta tendrá que ir rápido. Comida para diez días, aunque no vamos a tardar tanto tiempo en llegar a Nicea. Diez días hasta Aquae Sextiae, en la Provenza, si la decimoquinta es la mitad de buena que la décima. – César se dio la vuelta hacia su primo-. Lucio, me marcho y tengo prisa. Tú puedes continuar el viaje a tu ritmo si lo prefieres. Si no, tendrás que estar preparado tú también mañana al alba.

–Mañana al alba -le aseguró Lucio César mientras se ponía los zapatos-.

No pienso perderme este espectáculo, Cayo.

Pero Cayo había desaparecido ya. Lucio levantó las cejas y miró a Hircio y a Décimo Bruto.

–¿Nunca os dice lo que ocurre?

–Ya nos lo dirá -repuso Décimo Bruto al tiempo que salía despacio.

–Nos lo dice cuando tenemos que saberlo -le explicó Hircio mientras entrelazaba su brazo con el de Lucio César y guiaba a éste con gentileza para salir del comedor-. Nunca pierde tiempo. Hoy se las apañará para arreglar muy de prisa todo lo que tiene que dejar atrás en perfecto orden, porque a mí me parece, y a él también, que no vamos a regresar a la Galia Cisalpina. Mañana por la noche, cuando acampemos, nos lo dirá.

–¿Cómo se las arreglarán los lictores para seguir a esa velocidad? Me he fijado en que ya casi los agotó al subir por la vía EmiLiha, y eso por lo menos les daba oportunidad de descansar cada dos días.

–A menudo he pensado que deberíamos hacer pasar a nuestros lictores por un campamento de entrenamiento junto con los soldados. Cuando César se mueve con rapidez prescinde de los lictores, sea constitucional o no.

Ellos van a su propio paso y César les deja dicho dónde va a estar su cuartel general, porque ahí es donde se quedarán.

–¿Cómo vas a encontrar mulas suficientes con tan poco tiempo de antelación?

Hircio sonrió.

–La mayoría son mulas de Mario -dijo haciendo referencia al hecho de que Cayo Mario había cargado un equipo de quince quilos a la espalda de cada legionario, convirtiéndolos así en mulas-. Ésa es otra cosa que aprenderás del ejército de César, Lucio. Todas las mulas que la decimoquinta necesite estarán ahí mañana por la mañana, tan en forma y tan dispuestas para la acción como los hombres. César siempre espera poder poner en marcha una legión en un instante. Y para ello la legión debe estar permanentemente preparada en todos los aspectos.

La decimoquinta estaba formada en columna a la mañana siguiente al alba cuando César, Lucio César, Aulio Hircio y Décimo Bruto entraron a caballo en el campamento. Cualquier nerviosismo que hubiera agitado a la decimoquinta desde el momento en que se le informó de que se ponía en marcha y el comienzo de la marcha en si, no se notaba en absoluto; la primera cohorte se puso en su lugar detrás del general y sus tres legados con enorme precisión, y la décima cohorte, situada en la cola, se movió casi al mismo tiempo que la primera.

Los legionarios marchaban de ocho en fondo en sus diez octetos mientras el sol naciente se reflejaba en las cotas de malla pulidas para un desfile que no había empezado a celebrarse. Cada hombre, con la cabeza descubierta, llevaba un cinturón con espada y daga y acarreaba el pilum en la mano derecha. Colocaba el petate en una vara en forma de T inclinada sobre el hombro izquierdo, de la cual el artículo colgado más notable era el escudo en su funda de pellejo y el casco que sobresalía como una ampolla en lo alto. En el petate llevaban una ración de trigo para cinco días, garbanzos (o alguna otra legumbre) y tocino; un frasco de aceite, un plato y una taza, todo ello de bronce; sus cosas de afeitar; túnicas de repuesto, pañuelos del cuello y ropa interior; la cresta de cola de caballo teñida para el casco; el sagum circular (con un agujero en el medio para asomar la cabeza por él) hecho de lana de Liguria engrasada para hacerla impermeable; calcetines y pieles para poner dentro de las caligae en el tiempo frío; una manta; un cesto de mimbre plano para llevar tierra; y cualquier otra cosa sin la que no pudieran vivir, tales como un talismán de la suerte o un mechón de cabello de su novia. Algunos artículos de primera necesidad se repartían entre los componentes del octeto: un hombre llevaba el pedernal para hacer fuego, otro la sal del octeto, otro el valioso trocito de levadura que servía para hacer el pan, o una colección de hierbas, o una lámpara, o un frasco de aceite para la lámpara, o un pequeño haz de ramitas para encender el fuego. Algunas herramientas para cavar, como una dolabra o pala y dos estacas para la empalizada del campamento iban sujetas con correas a la vara de la estructura que aguantaba el petate de cada hombre, lo que la hacía del tamaño adecuado para que las pudieran llevar con comodidad en la mano.

En la mula del octeto iba un pequeño molinillo para moler grano, un hornito de arcilla para cocer el pan, utensilios de cocina de bronce, pila de repuesto, agua en pellejos y una tienda de piel doblada de forma compacta y apretada junto con las cuerdas y los postes. Las diez mulas de la centuria iban trotando detrás de la misma, y a la mula de cada octeto la atendían los dos criados no combatientes del octeto, entre cuyas obligaciones durante la marcha estaba el importante deber de abastecer de agua a los hombres mientras avanzaban. Como no había caravana formal de impedimenta en aquella marcha urgente, el carromato de cada centuria, tirado por seis mulas, iba detrás de la misma; contenía herramientas, clavos, cierta

cantidad de equipo privado, barriles de agua, una piedra de molino más grande, comida extra y la tienda y las pertenencias del centurión, que era el único hombre de la centuria que marchaba sin estorbos.

Cuatro mil ochocientos soldados, sesenta centuriones, trescientos artilleros, un cuerpo de cien ingenieros y artificieros y unos mil seiscientos no combatientes formaban la legión, que tenía al completo todas sus fuerzas. Con ella, tiradas por mulas, viajaban las treinta piezas de artillería de la decimoquinta: diez ballestas para arrojar piedras y veinte catapultas de varios tamaños, junto con los carromatos en los que se transportaban piezas de recambio y municiones. Los artilleros escoltaban sus queridas máquinas, engrasando los agujeros de los ejes, preocupándose por ellas, acariciándolas. Sabían hacer muy bien su trabajo, cuyo éxito no dependía de la suerte ciega, pues los artilleros entendían de trayectorias, y con el proyectil de una catapulta eran capaces de acabar, con extraordinaria precisión, con cualquier enemigo que estuviera manejando un ariete o una torre de asedio. Los proyectiles eran para blancos humanos, las piedras o los cantos rodados para maquinaria de bombardeo o para sembrar el terror entre una masa de gente.

Tenían buen aspecto, pensó César con satisfacción, y fue rezagándose para empezar a hacer lo que tenía que hacer con sesenta centurias: animar a los hombres y decirles adónde iban y qué esperaba de ellos. Unos dos kilómetros y medio desde la primera fila de la primera cohorte hasta la última fila de la décima cohorte, con los artilleros e ingenieros en el medio.

–¡Hacedme sesenta y cinco kilómetros al día y podréis descansar y disfrutar de dos días en Nicea! – les decía a voces, sonriente-. ¡Hacedme cincuenta kilómetros al día y tendréis guardia durante lo que queda de esta guerra! ¡Hay trescientos cincuenta kilómetros desde Placentia hasta Nicea, y tengo que estar allí dentro de cinco días! ¡Para ese tiempo es la comida que lleváis y ésa es toda la comida que vais a tener! ¡Los muchachos del otro lado de los Alpes nos necesitan, y nosotros vamos a estar allí antes que esos cunni de galos sepan siquiera que nos hemos puesto en marcha! ¡Así que estirad bien las piernas, muchachos, y demostradle a César de qué estáis hechos!

Y le demostraron a César de qué estaban hechos, y fueron más allá que en la ocasión en que los sugambros los sorprendieron no hacía muchos meses. La carretera que Marco Emilio Escauro había construido entre

Dertona y Génova, junto al mar toscano, era una obra maestra de ingeniería que apenas subía o bajaba cuando cruzaba desfiladeros sobre viaductos y se rizaba rodeando los flancos de altísimas montañas, y aunque la carretera que seguía la costa desde Génova hasta Nicea no era ni mucho menos tan buena, si que era considerablemente mejor de lo que era cuando Cayo Mario guió a sus treinta mil hombres por ella. Una vez que se hubo establecido el ritmo y las tropas se acostumbraron a las rutinas de una larga marcha, César logró sus sesenta y cinco kilómetros diarios a pesar de lo cortos que son los días en invierno. Los pies se les habían endurecido hacía mucho tiempo en el campamento de entrenamiento y había trucos para enfrentarse al destino de las mulas de Mario; la decimoquinta era muy consciente de su pobre marca hasta aquel momento, y estaba decidida a superarla.

En Nicea los soldados tuvieron los dos días de descanso prometidos, mientras César y sus legados empezaban a luchar con las consecuencias de la carta de Cayo Trebonio que allí les aguardaba.

Hemos logrado esta información, César, secuestrando a un druida arverno y enviándoselo a Labieno para que lo interrogase. Te preguntarás que por qué un druida. Fabio, Sextio, Quinto Cicerón y yo estuvimos hablando del asunto y decidimos que un siervo no sabría lo suficiente, y que un guerrero posiblemente considerase preferible morir antes que decir nada que mereciera la pena oír, mientras que los druidas son blandos. Si nuestros tribunos de la plebe tuvieran la mitad de la verdadera inviolabilidad de que dis fruta el más insignificante de los druidas, estarían gobernando Roma de forma mucho más despiadada de como lo hacen ahora. Elegimos a Labieno para interrogar al druida porque… bueno, no hace falta que te lo diga, ¿verdad? Aunque imagino que el druida estaba balbuceando lo que sabía mucho antes de que Labieno pusiera los hierros de marcar al fuego.

Cayo Fufio Cita, sus comisionados, los demás ciudadanos romanos civiles y unos cuantos mercaderes griegos que vivían en Genabo fueron asesinados a primeros de febrero, aunque nadie salió de allí para contárnoslo. Los carnutos empezaron a hacer correr la noticia hasta Gergovia el mismo día en que se produjo la matanza. Vercingetórix había sido expulsado de la oppidum, pero en el momento en que se enteró de lo de Genabo se puso al frente del consejo arverno y asesinó a Gobanicio. A

continuación se hizo llamar rey, y todos los fanáticos arvernos lo aclamaron como tal.

Al parecer inmediatamente después se dirigió a Carnutum y allí celebró una conferencia con Gutruato, rey de los carnutos, y tu viejo amigo Cathbad, el druida jefe. Nuestro informador no nos pudo decir quién más acudió a ella, excepto que creía que Lucterio, vergobreto de los cardurcos, había estado allí, ¡Y también Commio! Cuando acabó la conferencia se hizo un llamamiento a las armas.

Esta guerra no es cosa de risa, César. Los galos se están uniendo desde la desembocadura del Mosa hasta Aquitania, y por todo el país de oeste a este. Convencido de que una Galia unida cuenta con el suficiente número de guerreros para echarnos, Vercingetórix tiene intención de unificar la Galia bajo su liderazgo.

Se reunieron en asamblea a las puertas de Carnutum a primeros de marzo para empezar una campaña de invierno. ¿Contra nosotros?, preguntas. No, contra cualquier tribu que rehúse unirse a la causa.

Lucterio y cincuenta mil cardurcos, pictones, andos, petrocorios y santones empezaron a guerrear contra los rutenos y los gabalos. Una vez que los hayan metido en el redil galo, Lucterio y su ejército avanzarán y entrarán en la Provenza, particularmente en la zona de Narbona y Tolosa, para cortar nuestras comunicaciones con las Hispanias. También va a extender la disensión entre los volcos y los helvecios.

El propio Vercingetórix está al frente de un ejército de unos ochenta mil hombres compuesto por senones, carnutos, arvernos, suesiones, parisienses y mandubios, y avanza hacia los bitúrigos, que se negaron a tener nada que ver con la idea de una Galia unida. Como los bitúrigos son los que poseen las minas de hierro, es fácil comprender por qué Vercingetórix tiene que convencerlos de que están equivocados.

Mientras escribo esto, Vercingetórix y su ejército están en movimiento y se adentran en las tierras de los bitúrigos. Nuestro druida informador dijo que Vercingetórix piensa atacarnos cuando llegue la primavera. Su estrategia no está mal: piensa mantenerte a ti aislado de nosotros, basándose en la teoría de que sin ti nosotros no nos atreveremos a salir de nuestros campamentos, donde piensa asediarnos.

Sin duda hay una pregunta cuya respuesta ardes en deseos de conocer: para empezar, ¿cómo es que llegamos a secuestrar a un druida arverno?

¿Por qué no estábamos repantigados disfrutando de la inercia del invierno tal como Vercingetórix imaginaba que haríamos? De ello el responsable es Litavico, rey de los eduos, César. Me ha visitado en varias ocasiones desde principios de febrero, y en todas ellas de la manera más casual y desenfadada… pasaba por aquí después de asistir a una boda, y otros pretextos de esa clase. Yo no me creía nada de eso hasta que llegó después de la gran marcha de concentración cerca de Carnutum, cuando me informó de que Vercingetórix estaba gobernando Gergovia. Le hice alguna pregunta al respecto y él se retractó con demasiada prisa y de una forma demasiado brusca. Pensó que era muy gracioso cuando quiso arreglarlo diciendo que Vercingetórix era «vergobreto sin colega». Me desternillé de risa, lo acompañé hasta la salida y a continuación te envié la primera carta.

César, no tengo absolutamente ninguna prueba concreta que pueda llevarme a pensar que los eduos están pensando en formar parte de la Galia unida de Vercingetórix, pero hay que estar al tanto. A mí me da en la nariz que están en ello, O que los jóvenes como Litavico están en ello, aunque los vergobretos no lo estén. Los bitúrigos pidieron ayuda a los eduos, los eduos me enviaron a Litavico para informarme y para preguntarme si me importaría que ellos mandaran un ejército para ayudar a los bitúrigos. Si lo único que hay por medio es una querella interna, le dije yo, adelante, envía un ejército.

Pero el destino de ese ejército me está llamando la atención en este momento. Se puso en marcha, muy fuerte y bien armado, y se dirigió hacia las tierras de los bitúrigos. Pero cuando esas tropas llegaron al margen oriental del Loira, se asentaron allí y no llegaron a cruzar el río. Después de esperar varios días regresó a sus tierras de nuevo. Litavico acaba de marcharse de aquí después de venir a explicarme por qué dejaron a los bitúrigos sin ayuda. Me ha dicho que Cathbad había enviado aviso de que todo era una conspiración entre los bitúrigos y los arvernos, y que en el momento en que el ejército eduo cruzase el río, los bitúrigos y los arvernos caerían sobre ellos.

Todo resulta demasiado convincente, César, aunque no sé por qué pienso esto. Mis colegas están de acuerdo conmigo, sobre todo Quinto Cicerón, que parece que tiene una vocecita que lo pone sobre aviso en estos casos.

Tú eres quien tiene que decidir qué hacer, y puede ser que no conozcamos tus planes hasta que te veamos en persona. Porque me niego a creer que un rebaño de galos, con o sin los eduos, vayan a impedirte que te reúnas con nosotros cuando estés dispuesto a hacerlo. Pero puedes estar seguro de que estaremos preparados para entrar en acción en cualquier momento a partir de ahora y hasta el verano. Alegando de repente que tiene un campamento poco higiénico, Fabio ha cogido a sus dos legiones y se ha trasladado a otro campamento nuevo no lejos de Bibracte; junto al Icauna, cerca de su nacimiento, por si necesitas saberlo. Los eduos parecieron muy complacidos con este cambio, pero ¿quién sabe? Me he vuelto bastante escéptico acerca de los eduos.

Si decides enviar noticias, tropas o venir tú mismo a Agedinco, quiero advertirte que todos nosotros preferiríamos que dieras un rodeo para evitar las tierras de los eduos. Lo mejor que puedes hacer es ir de Ginebra a Vesontio, y desde allí, atravesando la tierra de los ungones, hasta Agedinco. Ése es el camino que han seguido nuestros mensajeros. Estoy muy contento de tener a Quinto Cicerón aquí conmigo, pues su experiencia con los nervios lo ha convertido en un hombre valiosísimo.

Labieno me pide que te diga que él aguantará con sus dos legiones donde está hasta que reciba noticias tuyas. Él también se ha trasladado y está asentado a las afueras de la oppidum de los remos de Bibrax. No parece haber ninguna duda de que el empujón principal de esta insurrección vendrá de los celtas de la Galia central, así que hemos decidido que sería mejor situarnos a una distancia fácilmente accesible.

Los belgas, con Commio o sin él, han dejado de ser una fuerza con la que podamos contar.

Reinaba el silencio en la habitación cuando César acabó de leer aquel comunicado en voz alta. Parte del contenido lo sabían ya por la primera carta de Trebonio, pero ésta proporcionaba una información más concreta.

–Primero nos encargaremos de la Provenza -dijo César secamente-. La decimoquinta puede disponer de sus dos días de permiso, pero después marchará sin pausa hacia Narbona. Yo tendré que ir por delante a caballo, el pánico cundirá por todas partes, y nadie querrá la responsabilidad de empezar a organizar la resistencia. Hay casi quinientos kilómetros desde Nicea hasta Narbona, pero quiero que la decimoquinta esté allí ocho días después de que salga de aquí, Décimo. Tú quedas al mando. Hircio, tú

vendrás conmigo. Asegúrate de que tengamos correos suficientes, porque tendré que mantener correspondencia constantemente con Mamurra y Ventidio.

–¿Quieres que Faberio venga con nosotros? – le preguntó Hircio.

–Sí, y también Trogo. Y es conveniente que Procilo parta hacia Agedinco con un mensaje para Trebonio. Que viaje siguiendo el curso del Ródano hacia arriba y que luego atraviese por Ginebra y Vesontio, como nos han aconsejado. Puede visitar a Rhiannon cuando pase por Arausio para decirle que este año no se marchará de la casa que tiene allí.

Décimo Bruto se puso tenso.

–Entonces, ¿tú crees que tendremos este asunto entre las manos todo el año, César? – le preguntó.

–Si toda la Galia está unida, si.

–¿Qué quieres que haga yo? – quiso saber Lucio César.

–Tú viajarás con Décimo y la decimoquinta, Lucio. Te nombro legado al mando de la Provenza, así que a ti te corresponderá defenderla. Instalarás tu cuartel general en Narbona. Mantente en contacto constante con Afranio y Petreyo, que están en las Hispanias, y asegúrate de que vigilas los sentimientos de los aquitanos. Las tribus de los alrededores de Tolosa no causarán ningún problema, pero las que están más al oeste y alrededor de Burdigala sí, creo yo. – Le dirigió a Lucio César su sonrisa más afectuosa y personal-. A ti te corresponde la Provenza porque tienes la suficiente experiencia, la condición de consular y la capacidad de funcionar en mi ausencia, primo. Una vez que me vaya de Narbona, no quiero tener que pensar en la Provenza ni un solo momento. Si tú estás a su cargo estoy seguro de que puedo estar tranquilo.

Y así, pensó Hircio para sus adentros, es cómo César hace las cosas, primo Lucio. Te fascina haciéndote pensar que eres el único hombre posible para el trabajo en cuestión y, por lo tanto, tú serás capaz de flagelarte hasta la muerte con tal de complacerle. Y él hará honor a su palabra: ni siquiera recordará tu nombre una vez que haya salido de tu ámbito.

–Décimo -dijo César-, convoca a los centuriones de la decimoquinta a una reunión mañana y asegúrate de que los hombres tengan en los macutos todo el equipo de invierno. Si hay alguna deficiencia, mándame a un correo con una lista de aquellas cosas que convenga requisar en Narbona.

–Dudo que haya nada allí -dijo Décimo Bruto, relajado de nuevo-. Una cosa le concederé a Mamurra: un praefectus fabrum soberbio. Las facturas que envía son enormemente exageradas, pero nunca escatima en calidad ni en cantidad.

–Lo cual me recuerda que tendré que escribirle para hablarle de que necesito más artillería. Yo creo que cada legión debería tener al menos cincuenta piezas. Tengo unas cuantas ideas acerca de cómo incrementar SU

USO en el campo de batalla, pues no ablandamos al enemigo lo suficiente antes de entablar combate.

Lucio César parpadeó.

–¡La artillería es una necesidad para el asedio!

–Desde luego. Pero ¿por qué no puede también serlo en el campo de batalla?

A la mañana siguiente se fue a medio galope en el calesín tirado por cuatro mulas en el que viajaba habitualmente, y en compañía del resignado Faberio, mientras Hircio compartía un segundo calesín con Cneo Pompeyo Trogo, intérprete principal de César y una autoridad en cualquier materia relacionada con la Galia.

En cada ciudad, cualquiera que fuese su tamaño, se detenía brevemente para ver al etnarca si la ciudad era griega o a los duumviri si era romana, y en pocas palabras les ponía al corriente de la situación que había en la Galia de los cabelleras largas, les daba instrucciones para que empezaran a alistar a la milicia local y les concedía autoridad para poder coger armaduras y armamento del depósito más cercano. En cuanto se iba, los lugareños se apresuraban a hacer lo que les había dicho y esperaban con ansiedad la llegada de Lucio César.

La vía Domicia que conducía a Hispania siempre se encontraba en perfectas condiciones, así que nada entorpecía el avance de los dos calesines. Desde Arlés hasta Nemauso atravesaron las enormes praderas pantanosas del delta del Ródano sobre la calzada que había construido Cayo Mario. Desde Nemauso en adelante las paradas de César fueron más frecuentes y de mayor duración, porque aquél era el país de los volcos arecomicos, quienes habían estado oyendo rumores de guerra entre los cardurcos y los rutenos, sus vecinos del norte. No cabía duda alguna de su lealtad a Roma, ni de que estaban deseando hacer lo que César les mandase.

En Ambruso un grupo de helvios procedentes del margen oriental del Ródano estaban en ruta hacia Narbona, donde esperaban encontrar a un residente romano de rango suficiente como para aconsejarlos. Iban guiados por sus duumviri, un padre y un hijo a los que les había concedido la ciudadanía romana un tal Cayo Valerio; los dos llevaban el nombre del mismo, pero el nombre galo del padre era Caburo y el del hijo Donotauro.

–Ya hemos recibido una embajada de Vercingetórix -le explicó Donotauro, preocupado-. Esperaba que nos pusiésemos a saltar de alegría ante la perspectiva de sumarnos a esa nueva federación suya tan extraña.

Pero al negarnos a ello, sus embajadores dijeron que antes o después les suplicaríamos que nos dejasen unirnos a ellos.

–Y después nos enteramos de que Lucterio había atacado a los rutenos, y de que Vercingetórix había comenzado a avanzar contra los bitúrigos -

añadió Caburo-. Y de pronto lo comprendimos todo: si no nos unimos a ellos, sufriremos las consecuencias.

–Sí, sufriréis las consecuencias -repitió César-. No gano nada si intento convenceros de lo contrario. ¿Cambiaréis de parecer si os atacan?

–No -respondieron a la vez padre e hijo.

–En ese caso, volved a casa y armaos. Y estad preparados. Quedad tranquilos porque yo os enviaré ayuda en cuanto pueda. Sin embargo, es posible que todas las fuerzas armadas de que dispongo estén enzarzadas en una lucha mayor en alguna otra parte. Puede que la ayuda tarde en llegar, pero llegará, de modo que vosotros aguantad como podáis -les recomendó César-. Hace muchos años armé a los ciudadanos de la provincia de Asia para luchar contra Mitrídates y les pedí que entablasen batalla sin tener cerca ningún ejército romano, pues yo no tenía ningún ejército. Y los asiáticos vencieron a los legados del viejo rey Mitrídates sin ayuda. De la misma forma que vosotros podéis vencer a los galos de cabelleras largas.

–Aguantaremos -le aseguró Caburo con aire lúgubre.

De pronto César sonrió.

–¡Sin embargo, no será sin ninguna ayuda! Vosotros habéis servido en legiones auxiliares romanas, sabéis cómo pelea Roma. Todas las armaduras y armamento que necesitéis se os entregarán en cuanto lo pidáis. Mi primo Lucio César viene a poca distancia detrás de mi. Calculad vuestras necesidades y pedídle lo que sea en mi nombre. Fortificad vuestras ciudades y estad preparados para acoger dentro de ellas a los habitantes de las aldeas.

Procurad no perder gente, que caigan sólo aquellas personas cuya pérdida sea inevitable.

–También hemos oído decir que Vercingetórix está en tratos con los alóbroges -le comentó Donotauro.

–¡Ah! – exclamó César frunciendo el ceño-. Ése es un pueblo de la Provenza que podría sentirse tentado. No hace mucho luchaban encarnecidamente contra nosotros.

–Creo que te encontrarás con que los alóbroges escucharán con mucha atención, luego se irán y fingirán que están considerando el asunto durante muchas lunas -le dijo Caburo-. Cuanta más prisa intente meterles Vercingetórix, más evasivas buscarán ellos. Puedes creernos si te decimos que estamos seguros de que no se unirán a Vercingetórix.

–¿Por qué?

–Por causa tuya, César -repuso Donotauro, sorprendido por el hecho de que César hiciese aquella pregunta-. Después de que tú enviases a los helvecios a sus propias tierras, los alóbroges quedaron más descansados. Y

además se apropiaron de forma indiscutible de las tierras de alrededor de Ginebra. Están seguros de cuál es el bando que va a ganar.

César encontró a los habitantes de Narbona presas del pánico, y los calmó poniéndose manos a la obra. Llamó a la milicia local, envió comisionados a las tierras de los volcos tectosagos de los alrededores de Tolosa para que hicieran lo mismo, y les mostró a los duumviri que administraban los terrenos de la ciudad que era neÁcesario mejorar las fortificaciones. Dentro de la formidable fortaleza de Carcaso estaban almacenadas la mayor parte del armamento y las armaduras del extremo occidental de la Provenza, y cuando se sacaron de allí y empezaron a distribuirse, la gente empezó a sentirse más segura, más instalada.

César ya había enviado mensajes a Tarraco, en la Hispania Citerior, donde tenía su cuartel general Lucio Afranio, el legado de Pompeyo, y a Corduba, en la Hispania Ulterior, donde gobernaba el otro legado de Pompeyo, Marco Petreyo. Las respuestas de ambos hombres le esperaban en Narbona: estaban reclutando tropas extra y pensaban trasladarse a la frontera, dispuestos a avanzar para rescatar Narbona y Tolosa si era necesario. Nadie comprendía mejor que aquellos canosos viri militares que Roma, y Pompeyo, no deseaban ningún estado independiente en la Galia, al otro lado de los Pirineos.

En cuanto Lucio César llegó con Décimo Bruto y la decimoquinta el día en que se les esperaba, César hizo llegar su agradecimiento a la legión y puso a Lucio César a trabajar de inmediato.

–Los narboneses se han tranquilizado notablemente desde que se enteraron de que yo dejaba aquí mismo a un consular de tu categoría con ellos para gobernar la Provenza -le explicó levantando una ceja-. Sólo asegúrate de que los volcos tectosagos, los volcos arecomicos y los helvios tengan armamento en abundancia. Afranio y Petreyo estarán esperando al otro lado de la frontera por si se les necesita, así que no estoy preocupado por Narbona. Lo que temo son las incursiones entre las tribus más alejadas.

– César se volvió hacia Décimo Bruto-. Décimo, ¿está la decimoquinta preparada para una campaña de invierno?

–Sí.

–¿Cómo tienen los pies?

–He hecho que cada soldado vacíe su equipo en el suelo y he ordenado que les pasen revista sólo para asegurarme. Los centuriones me darán el parte mañana al alba.

–El año pasado los centuriones no fueron muy buenos. ¿Puedes fiarte de su criterio? ¿No deberías pasar la revista tú personalmente?

–Creo que sería un error -le dijo Décimo Bruto sin alterarse, pues no le tenía el más mínimo temor a César y siempre hablaba con toda franqueza-.

Me fío de ellos porque si no puedo fiarme de ellos, César, de todos modos la decimoquinta no actuará bien. Ya saben qué es lo que tienen que buscar.

–Tienes toda la razón. He requisado todos los pellejos de conejo, de comadreja y de hurón que he podido encontrar, porque no creo que los calcetines sean suficiente protección para los pies de los hombres en el lugar donde pienso llevarlos. También he ordenado que todas las mujeres de Narbona y de un radio de varios kilómetros alrededor de la misma se pongan a tejer o a hacer punto a fin de fabricar bufandas para las cabezas de los soldados y mitones para las manos.

–¡Oh, dioses! – exclamó Lucio César-. ¿Adónde planeas llevarlos, a los Hiperbóreos?

–Después -respondió César mientras se marchaba.

–Ya sé. – Lucio César suspiró y miró con tristeza a Hircio-. Me lo dirá cuando me haga falta saberlo.

–Espías -le dijo Hircio brevemente, y salió detrás de César.

–¿Espías? ¿En Narbona?

Décimo Bruto sonrió.

–Probablemente no, pero… ¿para qué correr el riesgo? Siempre hay algún nativo que arde interiormente de resentimiento.

–¿Cuánto tiempo estará César aquí?

–Hasta primeros de abril.

–Faltan seis días.

–Las únicas cosas que podrían retenerlo son las bufandas y los mitones, pero dudo que así sea. Probablemente no exageraba cuando dijo que pondría a todas las mujeres a hacerlos.

–¿Les dirá a los soldados adónde los lleva?

–No. Simplemente espera que lo sigan. No hay nada mejor que decir en voz alta las noticias para hacerlas correr de boca en boca, y ése es un hecho del que los galos son bien conscientes. Comunicarles a voz en grito a las tropas en una asamblea cuáles son sus intenciones pondría al corriente a todo Narbona. Y a continuación se enteraría Lucterio.

Aunque César puso al corriente a sus legados durante la cena del último día de marzo… pero sólo después de que los criados se hubieron marchado y se asegurase de que había centinelas apostados en los pasillos.

–Normalmente no soy tan reservado -les dijo mientras se reclinaba-, pero en un aspecto Vercingetórix está en lo cierto. La Galia Comata tiene gente suficiente para echarnos de aquí. No obstante, eso sólo será posible si Vercingetórix dispone de tiempo y ocasión de reunir ahora a todos los hombres que piensa alistar para su campaña de este verano. De momento tiene entre ochenta y cien mil hombres, pero cuando los llame a una concentración general en el mes de sextilis, la cifra ascenderá a un cuarto de millón, o quizá incluso más. De modo que lo que tengo que hacer es derrotarlo antes de sextilis.

Lucio César respiró hondo produciendo un siseo al hacerlo, pero no dijo nada.

–No ha planeado nada, pues cuenta con que no haya ninguna actividad romana antes de sextilis, cuando ya estemos en plena primavera, por eso no tiene más hombres con él en este momento. Lo único que piensa hacer durante el invierno es someter a las tribus rebeldes. Cree que tiene ventaja porque estoy al otro lado de los Alpes, y está seguro de que cuando yo venga podrá impedir que me reúna con mis tropas. Está convencido de que

tendrá tiempo de regresar a Carnutum y supervisar una concentración militar general.

»Por eso hay que mantener a Vercingetórix muy ocupado, demasiado ocupado como para que pueda convocar antes la concentración -continuó diciendo César-. Y yo tengo que reunirme con mis legiones en los próximos dieciséis días. Pero si subo por el valle del Ródano y atravieso la Provenza, Vercingetórix se enterará de que me dirijo hacia allí antes de que yo llegue a mitad de camino de Valentia, todavía muy al sur en la Provenza. Él avanzará para intentar bloquearme en Viena o en Lugduno, y yo sólo soy un hombre con una legión. Nunca lograría vencerlo.

–¡Pero no hay otro camino por el que puedas ir! – dijo Hircio sin comprender.

–Hay otro camino. Cuando salga de Narbona mañana al alba, Hircio, me dirigiré hacia el norte. Mis exploradores aseguran que el ejército de Lucterio está más al oeste, asediando a los rutenos en la oppidum de Carantomago. Enfrentados a una guerra de tal magnitud, los gabalos han decidido, en realidad muy prudentemente, dada su proximidad a los arvernos, unirse a Vercingetórix. Están muy atareados armando y entrenando al ejército para la misión que se les ha encomendado en primavera: someter a los helvios. – César hizo una pausa teatral para conseguir el máximo efecto dramático antes de llegar al desenlace-. Pienso pasar al este de Lucterio y las oppida de los gabalos y entrar en el macizo de Cebenna.

Hasta Décimo Bruto pareció impresionado.

–¿En invierno?

–En invierno. Es posible hacerlo. Yo atravesé los elevados Alpes a una altura de más de tres mil metros cuando me vi obligado a ir a toda prisa desde Roma hasta Ginebra para detener a los helvecios. Decían que no lograría pasar por aquel paso tan alto, pero lo hice. He de admitir que era otoño según las estaciones, pero a tres mil metros de altura siempre es invierno. Un ejército no hubiera podido lograrlo, pues el sendero era un camino de cabras todo el trayecto de bajada hasta Octoduro, pero el Cebenna no es tan formidable como aquello, Décimo. El paso está a no más de mil o mil doscientos metros de altura, y existen caminos, aunque sean malos. Los galos viajan de un lado al otro del macizo con ejércitos, así que,

¿por qué no voy a poder hacerlo yo?

–No se me ocurre ningún motivo -reconoció Décimo con la voz hueca.

–La nieve será bastante profunda, pero podemos abrirnos camino con palas.

–¿De manera que piensas entrar en el Cebenna, en el nacimiento del Oltis, y bajar por el margen occidental del Ródano cerca de Alba Helvia? –

le preguntó Lucio César, quien había procurado hablar con galos en cuanto se le había presentado la ocasión para aprender todo lo que pudiera desde que César había decidido darle el mando de la Provenza.

–No, he pensado quedarme en el Cebenna un poco más de tiempo -le contestó César-. Si lo logramos, preferiría salir del macizo lo más cerca posible de Viena. Cuanto más tiempo permanezcamos invisibles, menos tiempo le doy a Vercingetórix. Quiero que venga a buscarme antes de que tenga tiempo de convocar a todos los que quiere concentrar. Tengo que pasar por Viena porque allí espero recoger una fuerza de cuatrocientos jinetes germanos. Si Arminio, de los ubios, es fiel a su palabra, ahora ellos deberían estar allí acostumbrándose a manejar los caballos nuevos.

–Así que te concedes a ti mismo dieciséis días para cruzar el Cebenna en invierno y reunirte con tus legiones en Agedinco -le dijo Lucio César-.

Ésa es una distancia mucho mayor que seiscientos cincuenta kilómetros, y además hay gran parte del trayecto con nieve profunda.

–Si. Tengo intención de hacer una media de cuarenta kilómetros al día.

Podremos hacer bastante más que eso entre Narbona y el Oltis, y después bajaremos a Viena. Y aunque tengamos en cuenta que el ritmo se reducirá a treinta kilómetros diarios mientras atravesemos lo peor del Cebenna, aun así llegaremos a su debido tiempo a Agedinco. – Miró a su primo con gran seriedad-. No quiero que Vercingetórix sepa en ningún momento dónde me encuentro exactamente, Lucio. Lo que significa que tengo que moverme con más rapidez de lo que él se imagina que puedo moverme. Quiero que esté completamente desconcertado. Que se pregunte dónde está César, si alguien ha oído dónde está César. Y que cada vez que se lo digan descubra que eso era cuatro o cinco días antes, de modo que siga sin saber dónde estoy en ese momento.

–No es más que un aficionado -comentó Décimo Bruto pensativamente.

–Exacto. Mucha ambición y poca experiencia. No digo que le falte valor, ni siquiera habilidad militar. Pero yo tengo alguna ventaja, ¿no?

Tengo cerebro, experiencia…, y más ambición de la que él tendrá nunca.

Pero si quiero vencerle, tengo que seguir obligándole a tomar decisiones equivocadas.

–Espero que no se te haya olvidado meter en tu equipaje el sagum -le dijo Lucio sonriendo.

–¡No me separaría de mi sagum por nada en el mundo! En otro tiempo perteneció a Cayo Mario, y cuando Burgundo entró a mi servicio lo trajo consigo. Tiene noventa años, apesta por más que le ponga hierbas cuando lo guardo, y odio cada uno de los días que tengo que pasar con él puesto. Pero te digo que ya no hacen ningún sagum así, ni siquiera en Liguria. La lluvia sencillamente resbala sobre él, el viento no puede penetrarlo y el color escarlata está tan vivo como el día en que salió del telar.

La decimoquinta salió de Narbona sin carromato alguno. Las tiendas de los centuriones se cargaron en mulas, y lo mismo se hizo con las pila de repuesto, las herramientas y el material más pesado para cavar. Todo lo demás, incluida la tan apreciada artillería de César, inició el largo camino por el valle del Ródano; cualquiera podía adivinar la hora de llegada a su destino. Cada legionario miembro de un octeto llevaba provisiones de comida para cinco días, y lo necesario para otros once días iba a lomos de una segunda mula del octeto junto con las herramientas más pesadas.

Aligerados en por lo menos siete kilos, todos los soldados marchaban llenos de entusiasmo.

Y la legendaria suerte de César lo acompañaba, porque la columna de soldados, semejante a una gran serpiente, reptaba hacia el norte en medio de una tenue niebla que disminuía la visibilidad, lo que le permitía pasar sin que Lucterio y los gabalos la detectasen. Entró en el Cebenna con nieve ligera y empezó a ascender inmediatamente. César tenía intención de cruzar la cuenca del río hacia el lado este en cuanto fuera posible, y luego permanecer entre los riscos más altos siempre que pudiera encontrar un terreno razonable por donde atravesar.

Rápidamente la nieve llegó a alcanzar casi dos metros de profundidad, pero ya había dejado de nevar. Las sesenta centurias se fueron turnando para situarse al frente de la columna y abrir un sendero con las palas; por seguridad, los hombres avanzaban de cuatro en fondo en lugar de hacerlo de ocho en fondo como de costumbre, y a las mulas las guiaban en fila india sobre el terreno que pareciese más sólido. Había accidentes de vez en cuando, cuando se hacía una grieta en el sendero o había un

desprendimiento en la montaña y se llevaba consigo a un hombre, pero las pérdidas eran raras y los rescatados muchos. Tanta nieve hacía las caidas más blandas y protegía los huesos.

César fue a pie durante toda la marcha y participó con la pala, ayudando al grupo que cavaba, más que nada para animar a los hombres y aclararles hacia dónde se dirigían y qué era lo que probablemente encontrarían al llegar allí. Su presencia era siempre un consuelo, pues la mayoría de los soldados habían cumplido ya los dieciocho años, pero a veces la edad mental no corresponde a la física y todavía sentían añoranza de su tierra.

César no era un padre para ellos, porque ninguno podía imaginarse, ni siquiera en la más disparatada de sus fantasías, tener un padre como César, pero emanaba una colosal confianza en si mismo que no perdía brillo por el hecho de tener conciencia de su propia importancia, de modo que con él se sentían a salvo.

–Os estáis convirtiendo en una legión razonablemente buena -les decía con una amplia sonrisa-. Dudo que la décima pudiera ir mucho más de prisa de lo que vais vosotros, aunque ellos llevan en activo nueve años. ¡Vosotros no sois más que bebés! ¡Todavía podéis tener remedio, muchachos!

La suerte de César se mantenía. No se produjo ninguna ventisca que les hiciese disminuir la marcha, ni tuvieron encuentros fortuitos con grupos aislados de galos, y siempre una bruma tenue revoloteaba alrededor para ocultarlos y evitar que alguien pudiera divisarlos desde lejos. Al principio, César estaba preocupado por los arvernos, cuyas tierras quedaban en la parte occidental de la cuenca del río, pero a medida que pasaba el tiempo y vio que no aparecía ninguno, ni siquiera algún arverno que se hubiera perdido, empezó a creer que llegaría a Viena sin que Vercingetórix recibiera el menor aviso.

Una decimoquinta legión, muy agradecida, bajó finalmente del Cebenna y entró en el campamento de Viena. Habían muerto tres hombres, varios más habían resultado con algún miembro roto y a cuatro mulas les había entrado el pánico y se habían despeñado por un precipicio, pero ningún soldado había sufrido congelación y todos estaban en condiciones de continuar la marcha hacia Agedinco.

Los cuatrocientos germanos ubios estaban residiendo allí, llevaban ya cerca de cuatro meses. Tan encantados estaban con sus caballos remos que,

según dijo su jefe en un latín entrecortado, estaban dispuestos a hacer cualquier cosa que César les pidiera.

–Décimo, llévate a la decimoquinta a Agedinco sin mí -le ordenó César, que iba vestido para cabalgar y llevaba el hediondo y viejo sagum de Cayo Mario sobre la cabeza-. Yo me llevo a los germanos conmigo a Icauna.

Recogeré a Fabio y a sus dos legiones y me reuniré contigo en Agedinco.

Noventa mil galos habían partido desde Carnutum para entrar en las tierras de los bitúrigos, con Vercingetórix a la cabeza. El avance era lento, porque Vercingetórix sabía que no tenía la habilidad necesaria para intentar sitiar Avarico, la fortaleza principal de los bitúrigos; por ello había tratado de aterrorizar a la gente Saqueando y quemando las granjas y las aldeas.

Eso produjo el efecto deseado, pero sólo algún tiempo después de que el ejército eduo hubiera regresado a su tierra sin cruzar el Loira. La amarga verdad tardó días en calar hondo: que no habría ni alivio ni ayuda de los romanos que estaban sentados a salvo y seguros detrás de sus formidables fortificaciones. A mediados de abril los bitúrigos enviaron emisarios a Vercingetórix y se rindieron.

–Somos tuyos hasta la muerte -dijo Biturgo, el rey-. Haremos lo que tú quieras. Cuando intentamos hacer honor a nuestros tratados con los romanos, ellos no cumplieron su parte del trato. No nos protegieron. Por eso somos tuyos.

¡Realmente muy satisfactorio! Vercingetórix condujo a su ejército hasta más allá de Avarico y después avanzó contra Gorgobina, la antigua oppidum arverna que ahora pertenecía a los boios, los intrusos helvecios.

Litavico lo encontró antes de que llegase a Gorgobina e hizo un alto sobre una colina para contemplarlo maravillado. ¡Cuántos hombres tenía!

¿Cómo iban a poder ganar los romanos? Nunca se sabía a ciencia cierta el tamaño del ejército romano porque solía marchar en columna; serpenteaba hacia la lejanía y se suponía que una legión ocupaba aproximadamente un kilómetro y medio, contando con la impedimenta y la artillería que iba en el medio. En cierto modo menos temible y, desde luego, mucho menos imponente que la vista que se extendía ante los deslumbrados ojos de Litavico: cien mil guerreros galos con cotas de malla y pesadamente armados que avanzaban en un frente de ocho kilómetros de longitud y una profundidad de cien hombres, con el rudimentario séquito de la impedimenta vagando detrás. Quizá veinte mil de ellos fueran a caballo, y

otros diez mil cerraban cada uno de los dos extremos del frente. Y delante de semejante ejército, al descubierto, cabalgaban los líderes, Vercingetórix en su propio caballo y los demás en un grupo detrás de él. Drapes y Cavarino de los senones, Gutruato de los carnutos, Dadérax de los mandubios. Y Cathbad, fácil de reconocer con aquella túnica blanca como la nieve sobre un caballo igualmente blanco. Aquélla era una guerra religiosa, entonces. Los druidas estaban proclamando así su compromiso con una Galia unida.

Seguir: parte 4 de 7