Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 4 de 13 · parte 7/7

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Roma 05 - César

La Galia Cisalpina, la Provenza

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

metido en la palma de la mano y el otro lo había situado en la doblez interior del codo. Sólo Hircio compartía el estrado con él.

Se sentó en la postura clásica, el pie derecho adelantado, el izquierdo atrás, la columna vertebral completamente recta, los hombros echados hacia atrás, la barbilla alta. Sus mariscales estaban de pie a la derecha del estrado. Labieno llevaba una coraza de plata trabajada en oro con la banda de color escarlata, símbolo de su imperium, anudada de manera ritual y con un lazo. Trebonio, Fabio, Sextio, Quinto Cicerón, Sulpicio, Antistio y Rebilo iban ataviados con su mejor armadura, y sujetaban los yelmos áticos bajo el brazo izquierdo. Los hombres de rango inferior se colocaron de pie a la izquierda del estrado: Décimo Bruto, Marco Antonio, Minucio Basilio, Munatio Planco, Volcacio Tulo y Sempronio Rutilo.

En cada uno de los puestos estratégicos de las murallas y en lo alto de las torres las legiones se apretujaban para mirar, y los soldados de caballería estaban formados a ambos lados de un largo pasillo que iba desde la trinchera hasta el estrado; los aguijones y los lirios habían desaparecido.

Los que quedaban de los ochenta mil guerreros de

Vercingetórix que habían vivido durante un mes dentro de Alesia aparecieron primero, como se les había ordenado. Uno a uno fueron arrojando las armas y las cotas de malla a la trinchera, y luego varios escuadrones de caballería los condujeron, como a un rebaño, hasta el lugar donde tenían que esperar.

Bajando la colina desde la ciudadela se acercaba Vercingetórix acompañado de Biturgo y Dadérax, que iban detrás. El rey de la Galia iba montado en su caballo beige, inmaculadamente acicalado y con los arneses relucientes. Todas y cada una de las piezas de oro y zafiros que Vercingetórix poseía las llevaba colocadas en los brazos, cuello, pecho y chal. La banda que le cruzaba el pecho y el

cinturón lanzaban destellos. En la cabeza llevaba el yelmo de oro con alas.

Fue cabalgando sosegadamente entre las filas de caballería hasta llegar casi hasta el mismo estrado donde César estaba sentado. Entonces desmontó, se quitó la banda que le sujetaba la espada, desenganchó la daga del cinturón, dio unos pasos hacia adelante y depositó las armas al borde del estrado. Retrocedió un poco, dobló las rodillas y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Se quitó la corona, y luego inclinó la cabeza descubierta en señal de sumisión.

Biturgo y Dadérax, que ya se habían despojado de sus armas, siguieron el ejemplo del rey.

Todo esto sucedió en medio de un enorme silencio donde apenas se oían las respiraciones. Luego alguien desde una de las torres lanzó un grito de júbilo y empezó una ovación que pareció no terminar nunca.

César permanecía sentado sin mover un músculo, con el rostro serio y atento y los ojos puestos en Vercingetórix. Cuando se fueron apagando los vítores, le hizo una seña con la cabeza a Aulo Hircio, también vestido con la toga, y éste, con un rollo en la mano, bajó del estrado. Un escriba oculto detrás de los mariscales se apresuró a adelantarse con pluma, tinta y una mesa de madera de un palmo de altura. De lo cual Vercingetórix dedujo que de no haberse él sentado en el suelo, los romanos le habrían obligado a arrodillarse para firmar la rendición. Tal como estaba se limitó a alargar la mano, mojó la pluma en la tinta, limpió el plumín en el lado del tintero para indicar que era un hombre educado y culto y firmó la rendición donde le indicó Hircio. El escriba roció arena, la sacudió, enrolló el papel y se lo entregó a Hircio, quien a continuación volvió a ocupar su lugar en el estrado.

Solamente entonces César se puso en pie. Saltó con agilidad del estrado y se acercó a Vercingetórix con la mano derecha extendida

para ayudarle a levantarse. Vercingetórix cogió la mano y se levantó. Dadérax y Biturgo se levantaron sin que nadie les tendiese la mano para ayudarles.

–Una lucha noble con una buena batalla al final -dijo César al tiempo que conducía al rey de la Galia al lugar donde se había hecho un hueco en las fortificaciones romanas.

–¿Está mi primo Critognato prisionero? – le preguntó Vercingetórix.

–No, ha muerto. Lo encontramos en el campo de batalla.

–¿Quién más ha muerto?

–Sedulio, de los lemosines.

–¿Quién está prisionero?

–Tu primo Vercasivelauno. Eporedórix y Coto, de los eduos. La mayor parte del ejército de relevo ha huido, mis hombres estaban demasiado agotados para perseguirlos. Gutruato, Viridomaro, Drapes, Teutomaro y otros.

–¿Qué les harás?

–Tito Labieno me ha informado de que todas las tribus huyeron en dirección a sus propias tierras. El ejército se dividió por tribus en el momento en que pasó por encima de la colina. No tengo intención de castigar a ninguna de las que se vayan a sus tierras y se instalen pacíficamente -le comunicó César-. Desde luego, Gutruato tendrá que responder por lo de Cenabo, y Drapes por los senones. A Biturgo lo pondré bajo custodia. – Se dio la vuelta y miró a los otros dos galos, que se aproximaban-. Dadérax, tú puedes regresar a tu ciudadela y quedarte con los guerreros mandubios. Se redactará un tratado antes de que yo me vaya y se te requerirá para que lo firmes. Siempre que lo sigas al pie de la letra, no se tomarán otras represalias contra ti. Puedes coger a varios de tus hombres y ver qué puedes encontrar en el campamento del ejército de relevo para dar de comer a tu pueblo. Yo ya he cogido el botín y la comida que necesito, pero allí todavía queda bastante

comida. Los hombres que pertenezcan a los arvernos o a los bitúrigos pueden partir hacia sus tierras. Biturgo, tú eres mi prisionero.

Dadérax se adelantó y dobló la rodilla ante Vercingetórix; abrazó a Biturgo y lo besó en los labios a la manera gala; luego dio media vuelta y se dirigió al lugar en que los hombres estaban reunidos más allá de la trinchera.

–¿Qué nos ocurrirá a Biturgo y a mí? – le preguntó Vercingetórix a César.

–Mañana emprenderéis el viaje a Italia -respondió éste-. Allí esperaréis hasta que yo celebre mi desfile triunfal.

–Durante el cual todos moriremos.

–No, ésa no es nuestra costumbre. Tú morirás, Vercingetórix.

Biturgo no. Ni Vercasivelauno, ni Eporedórix. Coto quizá. Gutruato sí, porque masacró a ciudadanos romanos, como hizo Coto.

Litavico también morirá, ciertamente.

–Si es que logras capturar a Gutruato y a Litavico.

–Cierto. Todos desfilaréis en mi triunfo, pero sólo los reyes y los sanguinarios morirán. Al resto se les dejará volver a sus tierras.

Vercingetórix sonrió con la cara pálida, los ojos azul oscuro enormes y muy tristes.

–Espero que no tarde mucho en llegar tu triunfo. A mis huesos no les gustan las mazmorras.

–¿Mazmorras? – César dejó de andar y se quedó mirando a Vercingetórix-. Roma no tiene mazmorras, Vercingetórix. Hay una vieja cárcel derrumbada en una cantera abandonada, las Lautumiae, donde metemos a algunas personas durante un día o dos, pero no hay nada que les impida salir a menos que los encadenemos, cosa que es rara en extremo. – Frunció el ceño-. La última vez que encadenamos a un hombre fue asesinado durante la noche.

–Vetio, el informador, cuando tú eras cónsul -dijo al instante el rey capturado.

–¡Muy bien! No, a vosotros se os alojará con el máximo de comodidades en alguna ciudad fortaleza como Corfinio, Asculum Picentum, Praenestae, Norba. Hay muchas. No podrá haber dos de vosotros en la misma ciudad, ni ninguno de vosotros sabrá dónde están los demás. Tendréis un buen jardín y se os permitirá cabalgar con escolta.

–De modo que nos tratáis como a huéspedes de honor y luego nos estranguláis.

–La finalidad del desfile triunfal es mostrar a los ciudadanos de Roma lo poderoso que es su ejército y los hombres que lo mandan -

le explicó César-. ¡Qué espanto, exhibir a un prisionero medio muerto de hambre, apaleado, sucio y poco presentable tropezándose con las cadenas al andar! Eso acabaría con el propósito que tiene el desfile triunfal. Vosotros caminaréis ataviados con vuestras mejores galas, y cada centímetro de vuestra persona tendrá el aspecto de un rey y el de un líder de un gran pueblo que estuvo a punto de derrotarnos. Tu salud y tu bienestar, Vercingetórix, son de máxima importancia para mí. El Tesoro hará inventario de tus joyas, incluida tu corona, y te las quitará, pero se te devolverán antes de que desfiles en mi triunfo. Al pie del Foro Romano se te conducirá aparte y se te llevará a la única mazmorra verdadera que Roma posee, el Tullianum. Es un edificio muy pequeño que se utiliza para el ritual de la ejecución, no para alojar a un prisionero. Mandaré a buscar toda tu ropa a Gergovia, y también cualquier otra pertenencia que desees llevar contigo.

–¿Incluida mi esposa?

–Desde luego, si así lo deseas. Tendrás mujeres de sobra, pero si quieres a tu esposa, la tendrás.

–Me gustaría llevarme a mi esposa. Y a mi hijo menor.

–Desde luego. ¿Es un niño o una niña?

–Un niño. Se llama Celtilo.

–Se educará en Italia, ya te das cuenta de eso.

–Sí. – Vercingetórix se humedeció los labios-. ¿Y me voy mañana? ¿No es muy pronto?

–Sí, es muy pronto, pero es lo más prudente. Así nadie tendrá tiempo de organizar un rescate. Y una vez que llegues a Italia, el rescate queda fuera de cualquier consideración. Lo mismo que la huida. No es necesario encarcelarte, Vercingetórix. Tu apariencia extranjera y tus dificultades con el idioma te mantendrán a buen recaudo.

–Podría aprender latín y huir disfrazado.

César se echó a reír.

–Podrías. Pero no cuentes con ello. Lo que haremos será soldar ese collar exquisito de oro alrededor de tu cuello. No es un collar de prisionero de la clase que utilizan en Oriente, pero te marcará con más garantías de lo que podría hacerlo cualquier otro.

Trebonio, Décimo Bruto y Marco Antonio caminaban unos pasos más atrás; la campaña los había unido a pesar de las manifiestas diferencias de sus caracteres. Antonio y Décimo Bruto se conocían del club de Clodio, pero Trebonio era algo mayor y de cuna mucho más humilde. Para Trebonio los otros dos eran una ráfaga de aire fresco, porque llevaba con César en el campo de batalla tanto tiempo, o eso le parecía, que los legados de más edad tenían toda la vivacidad y el atractivo de los abuelos. Antonio y Décimo Bruto eran como niños traviesos, muy atractivos.

–Qué gran día para César -comentó Décimo Bruto.

–Monumental -repuso Trebonio secamente-. Y lo digo en sentido literal. Seguro que pondrá toda la escena en una carroza en su desfile triunfal.

–¡Oh, pero es único! – dijo Antonio riendo-. ¿Alguna vez habéis visto a alguien con un aspecto tan regio? Supongo que lo lleva en los huesos. Los Julios Césares hacen que los Ptolomeos de Egipto parezcan unos advenedizos.

–Yo desearía que alguna vez me sucediera a mí un día como el de hoy, pero no me pasará nunca. Ya sabéis -comentó Décimo Bruto, pensativo-, no nos pasará a ninguno de nosotros.

–No veo por qué no -dijo Antonio con indignación.

Le desagradaba que cualquiera viniera a machacarle sus sueños de gloria venidera.

–¡Antonio, tú eres maravilloso de contemplar, hace años que lo eres! Pero eres gladiador, no el Caballo de Octubre -le indicó Décimo Bruto-. ¡Piensa, hombre, piensa! No hay nadie como él.

Nunca lo ha habido y nunca lo habrá.

–Pues yo no llamaría haraganes a Mario ni a Sila -insistió Antonio.

–Mario fue un hombre nuevo, no tenía linaje. Sila si tenía linaje, pero no era natural. Lo digo en todos los sentidos. Bebía, le gustaban los jovencitos y tuvo que aprender a comportarse como general de tropas porque no lo llevaba en las venas. Mientras que César no tiene defectos. Ninguna debilidad en la que se pueda meter una daga y separar las partes de la coraza, por decirlo así. No bebe vino, así que nunca se va de la lengua, y cuando dice que tiene intención de hacer algo terrible, uno sabe que en su caso no es imposible. Has dicho que era único, Antonio, y tenías razón. Ni te retractes porque sueñes con aventajarle…, porque eso no es realista. Ninguno de nosotros lo hará. Así que, ¿para qué agotarnos intentándolo? Deja aparte la genialidad y todavía tendrás que contender con un fenómeno que yo por mi parte nunca he conseguido entender: la aventura amorosa entre él y sus soldados.

Nosotros no igualaríamos eso ni en mil años. No, ni tú tampoco, Antonio, así que cierra la boca. Tú tienes un poquito de eso, sí, pero ni mucho menos todo lo que hace falta. ¡Él sí, y el día de hoy es la prueba de ello! – concluyó con ferocidad Décimo Bruto.

–No caerá bien la noticia en Roma -dijo Trebonio-. Acaba de eclipsar a Pompeyo Magno. Yo pronostico que a nuestro cónsul sin

colega no le gustará nada lo ocurrido.

–¿Que ha eclipsado a Pompeyo? – preguntó Antonio-. ¿Hoy?

Pues no veo cómo, Trebonio. Lo que César ha hecho en la Galia es un gran trabajo, pero Pompeyo conquistó el Oriente. Tiene reyes entre sus protegidos.

–Cierto. Pero piensa, Antonio, ¡piensa! Por lo menos la mitad de Roma cree que fue Lúculo quien hizo el trabajo duro en el Este, que Pompeyo se limitó a entrar allí tranquilamente cuando el trabajo difícil ya estaba hecho y que se llevó todo el mérito. Nadie puede decir eso de César en la Galia. ¿Y qué historia creerá Roma, que Tigranes se postró ante Pompeyo o que Vercingetórix se agachó en el polvo a los pies de César? Quinto Cicerón estará escribiéndole acerca de esa escena a su hermano en este momento… Lo de Pompeyo descansa en pruebas más ambiguas.

¿Quién desfiló en los triunfos de Pompeyo? ¡Nadie como Vercingetórix, ciertamente!

–Tienes razón, Trebonio -le dijo Décimo Bruto-. Lo sucedido en el día de hoy asegurará que César se convierta en el primer hombre de Roma.

–No creo que los boni permitan que eso suceda -dijo Antonio con celos.

–Pues yo confío en que se den cuenta de que tienen que permitirlo -dijo Trebonio, y miró a Décimo Bruto-. ¿No has notado el cambio, Décimo? Él no es más regio, pero es más autócrata. ¡Y

la dignitas es una obsesión! Le preocupa más la porción personal de valor y categoría públicos que a nadie que lo haya leído en los libros de historia. Más que a Escipión el Africano e incluso más que a Escipión Emiliano. No creo que exista ningún camino por largo que sea que César no esté dispuesto a recorrer para defender su dignitas. ¡Me horroriza que los boni lo intenten! Son unos generales de sofá complacientes: leen los despachos que él les envía y arrugan la nariz con desprecio, convencidos de que César

ha adornado los hechos. Bien, en cierto modo lo hace. Pero no en el único modo que importa: su récord de victorias. Tú y yo hemos estado con ese hombre en tiempos buenos y malos, Décimo. Los boni no saben lo que nosotros sabemos. Una vez que César tiene el bocado entre los dientes, no hay nada que lo detenga. La voluntad que tiene ese hombre es increíble. Y si los boni intentan hundirlo, él pondrá a Pelión encima de Ossa para impedirlo.

–Lo que es una buena preocupación -observó Décimo Bruto frunciendo el ceño.

–¿Vosotros creéis que esta noche el viejo no nos permitirá tomar un par de jarras de vino? – les preguntó Antonio a los demás en tono quejumbroso.

El responsable del cambio de Litavico era Cathbad. Había acudido a la concentración de Carnutum convencido de que su estrategia era correcta: ayudar a Vercingetórix a expulsar a César de la Galia y luego empezar a moverse para ascender al trono. ¿Un eduo inclinar la cabeza y arrastrarse ante un arverno? ¿Ante un palurdo de las montañas que no hablaba latín ni griego, que pretendía fingir que era instruido haciendo su marca en un pedazo de papel que no sabía leer? ¿Que tendría que apoyarse en los druidas en todos los verdaderos asuntos de Estado? ¡Pues vaya rey para la Galia!

No obstante, llevó a los eduos a la concentración, y allí se encontró a Coto, a Eporedórix y a Viridomaro con unos cuantos soldados eduos más. Las tribus iban acudiendo, pero muy, muy despacio; incluso después de que se corriese la voz de que Vercingetórix estaba sitiado dentro de Alesia, las tribus se movieron con lentitud. Gutruato y Cathbad se esforzaron resueltamente por acelerar las cosas, pero Commio y los belgas no acudieron, ni éste, ni aquel otro… Suro apareció con los ambarros.

Suro, un gran noble eduo (los ambarros pertenecían a los eduos), fue el único al que Litavico pudo soportar estrecharle la mano

cuando llegó; Coto estaba muy ocupado adoctrinando concienzudamente a Eporedórix y a Viridomaro, que todavía se estremecía dentro de sus sandalias ante la idea de la venganza romana en el caso de que algo saliera mal.

–Te pregunto, Suro, ¿por qué un hombre de la posición de Coto iba a preocuparse por meterle un poco de hierro en el espinazo a un advenedizo como Viridomaro? ¡Es vasallo de César!

Iban caminando entre los árboles de Carnutum, aunque bien lejos de la llanura abierta donde se estaba llevando a cabo la concentración.

–Coto sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de irritar a Convictolavo.

–¡Que se ha quedado a salvo en su casa, ya lo veo! – observó Litavico con desprecio.

–Convictolavo alegó que se tenía que quedar para defender nuestras propias tierras, pues es el más viejo de todos nosotros -le dijo Suro.

–Algunos dirían que es demasiado viejo. Pero lo mismo puede decirse de Coto.

–Justo antes de que yo me fuese de Cabilonum oí decir que el ejército que se nos ordenó enviar para someter a los alóbroges no había llegado a ninguna parte.

Litavico se puso tenso.

–¿Mi hermano?

–Todo lo que sabemos es que Valetiaco está ileso. Y su ejército también. Los alóbroges escogieron no luchar en campo abierto y simplemente defendieron sus fronteras al estilo romano. – Suro se acarició los abundantes bigotes de color arena y se aclaró la garganta antes de seguir hablando. Finalmente dijo-: No estoy contento, Litavico.

–¿Ah, no?

–Estoy de acuerdo en que ya es hora de que los eduos sean algo más én todo este asunto que una simple marioneta de los romanos, si no fuera así, yo no estaría aquí, como tampoco lo estarías tú.

Pero ¿cómo, siendo tan diferentes unos de otros, podemos esperar estar unidos del modo en que nuestro nuevo rey Vercingetórix está predicando? ¡No somos todos iguales! ¿Qué celta no escupe sobre los belgas? ¿Y cómo pueden los celtas de Aquitania, esos pequeños canallas morenos, aspirar a estar a la misma altura de un eduo? Me parece una idea muy inteligente unir al país, sí, pero bajo las circunstancias correctas. Todos galos, pero algunos de nosotros somos mejores galos. ¿Acaso un barquero parisiense es igual que un jinete eduo?

–No, no lo es -dijo Litavico-. Por eso es por lo que el rey va a ser Litavico, no Vercingetórix.

–¡Oh, ya comprendo! – Suro sonrió, y luego la sonrisa se le desvaneció-. Tengo unos terribles presentimientos y dudas acerca de Alesia. Después de todas las homilías de Vercingetórix acerca de que no nos dejemos encerrar dentro de nuestras fortalezas, he ahí a Vercingetórix encerrado en Alesia. Él no es el hombre adecuado para ser rey en este momento, Litavico.

–Sí, ya sé lo que estás diciendo, Suro.

–Los eduos estamos comprometidos y no podemos echarnos atrás. César es consciente de que nos hemos pasado al bando de Vercingetórix. Es imposible creer que César tenga la más remota posibilidad de ganarnos cuando lleguemos para socorrer Alesia.

¡Pero aun así tengo terribles dudas! ¿Y si nos arruinamos y arruinamos a nuestro pueblo por nada?

Litavico se estremeció.

–No podemos permitir que sea por nada, Suro. ¡No podemos!

Yo soy un hombre marcado. El único modo de salir de esto es que yo suba al trono arrebatándoselo a Vercingetórix después de que César sea derrotado. Si la lista está completa, seremos más de

trescientos mil los que marcharemos hacia Alesia. Debemos suponer que Vercingetórix ganará… o mejor dicho, que a Vercingetórix lo sacaremos de Alesia de una pieza y con su reino intacto. Eso en si ya es una desgracia, eso sólo me da una plataforma para desafiarlo. ¡Así que pensemos solamente en cómo quitarle el trono a ese desgraciado e ignorante arverno!

–Sí, en eso es en lo que debemos pensar -dijo Suro, aunque sin demasiada convicción.

Estuvieron caminando en silencio, llevaban en los pies los zapatos de montar de suave piel, y sin hacer ruido sobre la espesa alfombra de musgo que había crecido sobre el antiquísimo sendero de piedras que iba hasta el bosquecillo de Dagda. Estatuas de madera que representaban cabezas de dioses con los rostros alargados agachados grotescamente y con el pene tocando el suelo se asomaban entre los troncos de los árboles.

La voz pareció de pronto emerger de un enorme roble que se encontraba delante de ellos, tan venerable y viejo que el antiguo sendero de piedra, hecho mucho después de que el roble naciera, se dividía en dos y daba la vuelta alrededor al árbol. La voz era de Cathbad.

–Vercingetórix va a resultar imposible de controlar después de que ganemos en Alesia -estaba diciendo la voz de Cathbad.

La voz de Gutruato respondió.

–Hace tiempo que sé eso, Cathbad.

Litavico le puso una mano a Suro en el brazo para que dejase de caminar, y los dos eduos se detuvieron al otro lado del roble y se pusieron a escuchar.

–Es joven e impetuoso, pero en él se ve un germen de autocracia. Temo que no quiera acatar la opinión de los druidas una vez que agarre la corona con ambas manos, y no podemos permitir que eso suceda. Los druidas somos los únicos que podemos gobernar una Galia unida. Toda la sabiduría está bajo nuestra

custodia. Nosotros somos los que hacemos las leyes, los que las supervisamos, los que nos sentamos a emitir juicios. He estado pensando mucho en ello desde que obligué a los jefes de las tribus a que hicieran rey de la Galia a Vercingetórix. Es el modo adecuado para empezar, pero el rey de la Galia debería ser un guerrero que fuese más bien una figura decorativa, no un autócrata que poco a poco vaya acumulando los poderes de gobierno en su propia persona. Y eso es lo que me temo que ocurrirá después de Alesia, Gutruato.

–Él no es carnuto, Cathbad.

–Empezará por elevar a los druidas arvernos al consejo de druidas. Y el poder de los druidas carnutos disminuirá.

–Nosotros los carnutos seremos gobernados por arvernos en todos los sentidos -apuntó Gutruato.

–Y no podemos permitir que eso ocurra.

–Estoy de acuerdo. El rey de la Galia debe ser un guerrero destacado. Y debería ser carnuto.

–Pues Litavico cree que el rey de la Galia debería ser un eduo -

le dijo Cathbad secamente.

Gutruato dio un bufido.

–¡Litavico, Litavico! Es una serpiente. Si separas la hierba crecida, ahí lo encontrarás. Tendré que hacerle una raya en el pelo con mi espada.

–A su tiempo, Gutruato, a su tiempo. Lo primero es lo primero, y lo primero es la derrota de Roma. Lo segundo es Vercingetórix, que saldrá de Alesia como un héroe. Y por ello deberá morir como un héroe, con esa clase de muerte que ningún arverno, ¡ningún eduo!, pueda decir jamás que fue a manos de un paisano galo.

Estamos entre Beltine y Lugnasad de momento. Falta mucho para que llegue Samhain. De modo que… Samhain. Quizá podamos encontrar un papel especial para que lo represente el nuevo rey de la Galia a principios de los Meses Oscuros, cuando la cosecha está

toda recogida y el pueblo se reúne en asamblea para soportar el Caos de las Almas y pedir que la semilla del año siguiente sea bendecida. Sí, aquí en Carnutum durante Samhain… Quizá el rey de la Galia desaparezca en una fiera bruma, o se le vea navegando por el Loira hacia el oeste en un gran cisne barca. Vercingetórix debe quedar como un héroe, pero convertido en mito.

–Estaré encantado de ayudar -se ofreció Gutruato.

–Estoy seguro de ello -le dijo Cathbad-. Gracias, Gutruato.

–¿Vas a interpretar los signos?

–Dos veces. Una para la concentración y otra sólo para mí. Hoy es para mí, pero tú puedes venir si quieres -le ofreció Cathbad bajando la voz.

Los dos eduos permanecieron detrás del roble durante algún tiempo, mirándose a los ojos; luego Litavico asintió con la cabeza y siguieron adelante, pero no por el sendero, sino entre los bosques, moviéndose muy despacio hasta que el bosquecillo de Dagda se abrió ante ellos, un lugar encantado. La parte trasera del mismo estaba formada por un montón de cantos rodados tapizados por una capa de exuberante musgo, y era el nacimiento de un manantial que rezumaba agua entre las piedras y caía en un charco hondo que formaba interminables ondas concéntricas. A Taranis le gustaba el fuego. A Esus le gustaba el agua. La tierra pertenecía a la Gran Madre, Dann. El fuego y el aire no podían mezclarse con la tierra, de manera que Dann se había casado con el agua, Dagda.

La ofrenda de aquel día no era para ahogarla en el manantial, pues Cathbad iba a leer los auspicios, no a ofrecer un sacrificio. La víctima desnuda era un germano esclavizado que había sido adquirido específicamente para aquel propósito y estaba tumbado boca abajo y desatado sobre el altar, una simple losa de piedra.

Hermosas en la clara voz de tenor de Cathbad, las oraciones se cantaron de acuerdo con el antiguo ritual. No esperaban una respuesta de la víctima, que estaba fuertemente drogada, ya que sus

movimientos, cuando se produjeran, tenían que ser motivados por el acto, no a causa del miedo o del dolor. Gutruato se alejó un poco para arrodillarse mientras Cathbad cogía una espada muy larga de dos filos. Que le resultaba difícil levantarla era obvio, pero él separó los pies para afianzarse mejor en el suelo y luego, con un enorme esfuerzo, levantó cuidadosamente la espada con ambas manos hasta que la hoja quedó un poco por encima de su cabeza.

Bajó perfectamente, se hundió en la espalda de la víctima debajo de los omóplatos y le seccionó la columna vertebral con tanta limpieza que un momento después la hoja estaba fuera y la espada en el suelo.

La víctima apenas se convulsionó, y Cathbad, que no se había manchado la túnica blanca, permaneció allí de pie para observar cada movimiento, cada contorsión y cada espasmo, la dirección que tomaba cada uno, la parte del cuerpo que lo producía, los espasmos de la cabeza, de los brazos, de los hombros o de las piernas, las convulsiones en los dedos de las manos y de los pies, los tics de agonía en los glúteos. La interpretación de los signos duró mucho rato, pero Cathbad no movió nada excepto los labios, que formaban palabras sin sonido cada vez que había una breve pausa en los movimientos de la víctima. Cuando todo acabó, lanzó un suspiro, parpadeó y miró con cansancio a Gutruato. El carnuto se puso en pie con dificultad mientras dos acólitos salían de entre los árboles y se acercaban al altar para despejarlo y limpiarlo.

–Bueno, ¿qué hay? – le preguntó Gutruato con ansiedad.

–No he podido ver… Los movimientos eran raros, la pauta me resultaba desconocida.

–¿No te has enterado de nada?

–De un poco. Cuando le pregunté si Vercingetórix moriría, se produjeron seis tirones idénticos en la cabeza. Lo interpreto como seis años. Pero cuando le pregunté si César sería derrotado, no se movió absolutamente nada… ¿Cómo tengo que interpretar eso? Le

pregunté si Litavico sería rey y la respuesta fue que no. Eso estuvo claro, muy claro. Le pregunté si tú serías rey, y la respuesta fue que no, pero los pies se pusieron a danzar, y eso quiere decir que tú morirás muy pronto. En cuanto al resto, no pude verlo. No pude verlo, no pude ver…

Cathbad cayó contra Gutruato, que lo miró fijamente con la cara pálida y temblando.

Los dos eduos se fueron sin hacerse notar.

Litavico se limpió el sudor de la frente, con todo su mundo en ruinas.

–No voy a ser rey de la Galia -susurró.

Suro se pasó las manos temblorosas por los ojos.

–Tampoco Gutruato. Él morirá pronto, pero Cathbad no dijo nada de eso sobre ti.

–Yo sé interpretar la pregunta acerca de la derrota de César, Suro. No movió absolutamente nada. Eso significa que César ganará, que nada cambiará en la Galia. Cathbad lo sabe, pero no podía soportar decírselo a Gutruato. Si lo hacía, ¿cómo iba a explicar la concentración?

–¿Y los seis años de Vercingetórix?

–¡No sé! – exclamó Litavico-. Si César gana, Vercingetórix no puede salir libre. Desfilará en el desfile triunfal y luego será estrangulado. – Le vino un sollozo, pero se lo aguantó-. No quiero creerlo, pero no me queda otro remedio. César ganará y yo nunca seré rey de la Galia.

Caminaban junto al pequeño arroyo que nacía en la laguna de Dagda sorteando las cabezas de dioses de madera que estaban plantadas en la orilla. Dorados haces de luz procedentes del sol poniente jugueteaban con las motas de polen y las semillas que flotaban en el aire y perforaban los espacios que quedaban entre los vetustos troncos de los árboles para hacer más verde lo que era verde y dorar lo que era marrón.

–¿Qué piensas hacer? – le preguntó Suro a Litavico cuando Salieron del bosque para encontrarse con que la concentración iba haciéndose cada vez más grande, y que los campamentos de hombres y caballos se hallaban dispersos por todas partes hasta donde alcanzaba la vista.

–Irme de aquí -dijo Litavico limpiándose las lágrimas.

–Iré contigo.

–No te pido eso, Suro. Salva lo que puedas. César necesitará a los eduos para vendarle las heridas a la Galia. Nosotros no sufriremos como han sufrido los belgas o los celtas armóricos del Oeste.

–¡No, deja ese destino reservado para Convictolavo! Me parece que yo iré hasta la tierra de los tréveres.

–Una dirección tan buena como cualquier otra si quieres tener compañía.

Los tréveres estaban asediados, pero orgullosos, con la cabeza alta.

–El abominable Labieno ha matado a tantos de nuestros guerreros que no podemos reclutar fuerza alguna para ir en ayuda de Alesia -le dijo Cingetórix, que seguía gobernando.

–La ayuda que se envíe a Alesia no servirá de nada -le aseguró Suro.

–Yo nunca pensé que prosperase. ¡Toda esa palabrería acerca de una Galia unida! Como si fuéramos el mismo pueblo. ¿Quién se cree Vercingetórix que es? ¿Cree honradamente que un arverno puede llamarse a sí mismo rey de los belgas? ¿Que nosotros los belgas nos pondríamos de parte de un celta? Nosotros los tréveres votaríamos por Ambiórix.

–¿No por Commio?

–Él se vendió a los romanos. Una injuria personal lo indujo a ponerse de nuestra parte, no el sufrimiento de nuestros pueblos belgas -le dijo Cingetórix con desprecio.

Si Treves era indicativo de las condiciones existentes entre aquel gran y numeroso grupo de pueblos, Labieno en verdad había causado estragos. Aunque la oppidum en sí no estaba pensada para que nadie viviera dentro de ella, en otro tiempo, y no demasiado lejano, había habido un floreciente poblado a su alrededor. Pero quedaba poca gente para habitarlo. Todas las fuerzas que Cingetórix había logrado reunir se encontraban al norte de Treves defendiendo los valiosos caballos de los robos de los ubios, que estaban justo al otro lado del Rin.

Desde que César empezó a montar a los germanos en buenos caballos, el apetito de los ubios por dichas bestias se había hecho insaciable, pues Arminio, rey de los ubios, vio de pronto que una nueva panorámica se abría para su pueblo, la de proporcionar a Roma todos sus auxiliares montados. Cuando César expulsó a los eduos, creó un espacio maravilloso para que los germanos se trasladaran a él y lo ocupasen. Arminio no se había demorado en enviar a aquellos seiscientos hombres extra, y tenía intención de enviar más. La adquisición de auténticas riquezas era difícil para un pueblo que vivía del pastoreo y estaba desprovisto de recursos, pero la guerra a caballo era una industria que Arminio conocía perfectamente. Si de él dependía, los generales romanos pronto despreciarían la caballería gala. Nadie serviría mejor que los germanos.

Así, la espantosa extensión gris y a menudo achaparrada del bosque de las Ardenas servía para poco excepto para pastos, y como crecía en los valles de los ríos, los tréveres y los ubios se disputaban su dominio.

–Odio este lugar -comentó Litavico al cabo de unos días.

–Pues a mi me da igual -dijo Suro.

–Que te vaya bien.

–Y a ti. ¿Adónde irás?

–A Galacia.

Suro se quedó boquiabierto.

–¿A Galacia? Eso está al otro lado del mundo.

–Exacto. Pero los galacios son galos y montan buenos caballos.

Seguro que Deiotaro está buscando jefes competentes.

–Es un rey protegido de los romanos, Litavico.

–Sí, pero cuando yo llegue allí no seré Litavico. Seré Cabaquio, de los volcos tectosages, que voy.de viaje para ver a los parientes que tengo en Galacia. Me enamoraré del lugar y solicitaré quedarme allí.

–¿Dónde encontrarás el chal apropiado?

–Hace mucho tiempo que dejaron de llevar el chal en los alrededores de Tolosa, Suro. Me vestiré como los galos de la Provenza.

Primero era necesario que fuera a visitar sus tierras y su casa solariega a las afueras de Matisco. Todas las tierras galas eran comunales, estaban en posesión del pueblo, pero en realidad, en la práctica, los grandes nobles de cada tribu se ocupaban del

«cuidado» de grandes parcelas. Incluido Litavico.

Fue cabalgando a lo largo del Mosela y se adentró en las tierras de los secuanos, quienes se habían marchado a la concentración de Carnutum. Como los secuanos que no habían ido a Carnutum estaban concentrados más cerca del Rin por si acaso los germanos suevos intentaban cruzarlo, nadie se dirigió a él ni se le opuso, y ningún jefe de tribu suspicaz le hizo preguntas acerca de por qué un eduo errante andaba cabalgando por las tierras de enemigos recientes con un caballo para el equipaje como única compañía.

Pero alguien estaba allí para vocear la noticia. Cuando iba rodeando la oppidum de los secuanos, que se llamaba Vesontio, Litavico oyó cómo se comunicaba a voces en un campo la noticia de que César había salido victorioso en Alesia y Vercingetórix se había rendido.

Si no hubiera oído por casualidad la conversación entre Cathbad y Gutruato, yo habría estado allí al mando de los eduos. Y

también sería prisionero de los romanos. A mi también me enviarían a Roma a esperar el desfile triunfal de César. ¿Cómo, pues, va a sobrevivir otros seis años el rey de la Galia? Morirá durante el triunfo de César, aunque otros se salven. ¿Significa eso que César aceptará otro gobierno de la Galia por un período de cinco años, de manera que no podrá celebrar su desfile triunfal hasta que pasen otros seis años? ¡Pero se acabó! Un tercer período no es necesario. Él acabará con nosotros el año que viene. Aquellos que huyeron se desmoronarán; nada podrá evitar la victoria total de César. Sin embargo creo que Cathbad vio la verdad. Seis años más.

¿Por qué?

Como sus tierras estaban al este y al sur de Matisco, Litavico evitó también aquella oppidum, aunque pertenecía a los eduos y, lo que era más importante aún, su esposa y sus hijos estaban viviendo allí durante el tiempo que durase la guerra. Pero era mejor no verlos. Ellos podrían sobrevivir. Y en aquel momento la primera prioridad era su propia supervivencia.

Aunque era de madera con el tejado de trozos de pizarra, su enorme y cómoda casa estaba construida a la manera romana, alrededor de un enorme peristilo, y tenía dos pisos de altura. Sus siervos y esclavos se sintieron jubilosos al verlo, y juraron no decir ni una palabra a nadie acerca de la presencia de su amo allí. Al principio Litavico tenía intención de quedarse allí sólo el tiempo suficiente para vaciar la cámara acorazada, pero el verano junto al brillante y lento río Saona era delicioso y César estaba muy lejos y no tenía necesidad de hacer uno de aquellos viajes relámpago en esa dirección. ¿Qué había dicho César? ¿Que el Saona fluía tan lentamente que en realidad fluía hacia atrás? Pero aquello era su hogar y de pronto Litavico sintió que no tenía prisa por abandonarlo. Su gente le era completamente leal, y nadie más lo

había visto. ¡Qué delicioso pasar un último verano en su propia tierra! Decían que Galacia era preciosa: alta, amplia, un país maravilloso para los caballos. Pero no era su hogar. Los de Galacia hablaban griego, póntico y una especie de galo que no se oía en ninguna otra parte de la Galia desde hacía doscientos años. Bueno, por lo menos él sabía griego, aunque tendría que pulirlo.

Después, a principios del otoño, justo cuando estaba pensando en proseguir el viaje mientras sus siervos y esclavos estaban recogiendo una buena cosecha, su hermano Valetiaco llegó al frente de cien soldados a caballo que eran partidarios suyos.

Los hermanos se saludaron con gran afecto, no podían quitarse los ojos de encima el uno del otro.

–No puedo quedarme -le dijo Valetiaco-. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! Sólo he venido para asegurarme de que tu gente recoge la cosecha.

–¿Qué ocurrió con los alóbroges? – le preguntó Litavico mientras servía vino.

–No mucho -repuso Valetiaco haciendo una mueca-. Lucharon, y cito las mismas palabras de César, «en una guerra cuidadosa y eficiente».

–¿César?

–Está en Bibracte.

–¿Sabe que yo estoy aquí?

–Nadie sabe dónde estás.

–¿Qué piensa hacer con los eduos?

–Como los arvernos, vamos a escapar relativamente indemnes.

Hemos de formar el núcleo de una nueva Galia completamente romana. Y no vamos a perder nuestra condición de amigos y aliados. O sea, siempre que firmemos un tratado enormemente largo con Roma y admitamos en nuestro Senado a aquellos que César nos imponga. A Viridomaro lo ha perdonado, pero a ti no. En realidad le han puesto precio a tu cabeza, lo cual me hace suponer

que si te capturan y te hacen desfilar en el triunfo de César, correrás la misma suerte que Vercingetórix y Coto. Biturgo y Eporedórix desfilarán también, pero a ellos los enviarán a casa después.

–¿Y tú, Valetiaco?

–A mí se me ha permitido conservar mis tierras, pero nunca voy a tener un puesto importante en el consejo ni voy a poder ser vergobreto -le explicó Valetiaco con amargura.

Los dos hermanos eran hombres corpulentos y apuestos en el auténtico estilo galo, con pelo dorado y ojos azules. Los músculos de los bronceados antebrazos desnudos de Litavico se tensaron hasta que los brazaletes de oro que llevaba puestos se le clavaron en la carne.

–Por Dagda y por Dann, ¡ojalá hubiera alguna manera de vengarse! – exclamó Litavico apretando los dientes.

–Quizá la haya -le dijo Valetiaco sonriendo débilmente.

–¿Cómo? ¿Cómo?

–No lejos de aquí encontré a un grupo de viajeros que iban a reunirse con César en Bibracte. Él piensa pasar el invierno allí.

Tres carros, un carruaje cómodo y una dama en un caballo blanco y saltarín. Todo el grupo con un aspecto muy romano. Sólo que la dama cabalgaba a horcajadas y en el carruaje, con la niñera, iba un niño que tenía cierto parecido con César. ¿Necesitas que te cuente más?

Litavico movió lentamente la cabeza de un lado al otro.

–No -respondió, y siseó-. ¡La mujer de César! La que antes perteneció a Dumnórix.

–¿Cómo la llama él? – quiso saber Valetiaco.

–Rhiannon.

–Eso es. Prima hermana de Vercingetórix. Rhiannon, la esposa ultrajada. ¡Infame! Dumnórix fue el marido ultrajado.

–¿Y qué has hecho, Valetiaco?

–La he capturado. – Valetiaco se encogió de hombros-. ¿Por qué no? Yo nunca ocuparé el puesto que me corresponde entre nuestro pueblo, así que, ¿qué tengo que perder?

–Todo -le dijo Litavico secamente, y se puso en pie y le echó un brazo por los hombros a su hermano-. No puedo quedarme aquí, pues se me busca. ¡Pero tú debes quedarte! Hay que cuidar de mi familia. Espera y ya te llegará el momento, ten paciencia. César se irá, pero vendrán otros gobernadores, y tú volverás a ocupar tu puesto en el Senado y en los consejos. Deja a la mujer de César aquí conmigo. Ella será mi venganza.

–¿Y el niño?

Litavico apretó las manos y las agitó con júbilo.

–Él es el único que saldrá vivo de aquí, porque tú te irás ahora mismo y te lo llevarás contigo. Busca a alguno de nuestros siervos en una granja remota y déjale al niño para que lo cuide. Aunque la criatura hable de su madre o de su padre, ¿quién va a creerle? Que el hijo de César se críe como un siervo eduo, condenado a ser un criado toda su vida.

Caminaron hacia la puerta y allí se besaron. Fuera, en el patio, todos los cautivos, muy juntos y apretados, lo miraban todo con ojos redondos y asustados. Excepto Rhiannon, a la que habían atado las manos a la espalda y los pies juntos, que se había quedado de pie con aire orgulloso. El niño, que ya tenía más de cinco años, estaba de pie en el refugio de la falda de su niñera, con marcas de lágrimas en la cara y moqueando. Cuando Valetiaco ya estaba sentado en la silla de su caballo, Litavico levantó al niño y se lo entregó a su hermano, que lo sentó delante de él. Estaba demasiado cansado para protestar y demasiado abrumado; volvió la cabeza hacia Litavico y cerró los ojos con cansancio.

Rhiannon intentó echar a correr, pero se cayó al suelo cuan larga era.

–¡Orgetórix! ¡Orgetórix! – gritó.

Pero Valetiaco y sus cien hombres desaparecieron, y con ellos el hijo de César.

Litavico sacó la espada de la casa y mató a los criados romanos, incluida la niñera, mientras Rhiannon se hacía un ovillo y gritaba el nombre de su hijo.

Cuando hubo acabado la matanza, Litavico se acercó a Rhiannon, le puso una mano en mitad de aquel feroz río de cabello y, tirando del mismo, la obligó a ponerse en pie.

–Ven, querida mía -le dijo sonriendo-. A ti te tengo reservado un trato especial.

La metió en la casa y la llevó a empujones hasta la gran habitación donde el amo comía y se sentaba a la mesa. Allí la arrojó al suelo y se quedó de pie unos instantes mirando hacia las vigas de madera que atravesaban el techo. Luego asintió para sí con la cabeza y salió de la habitación.

Cuando regresó llevaba consigo a dos de sus esclavos, aterrorizados por la matanza que habían visto en el patio pero ansiosos por obedecer.

–Haced esto por mí y seréis los dos libres -les dijo Litavico.

Dio unas palmadas y entró una esclava encogida de miedo, a la que ordenó-: Tráeme un peine, mujer.

Uno de los esclavos tenía en la mano un gancho de los que se utilizan para colgar cerdos y destriparlos, mientras el otro se ponía a trabajar con un taladro en una de las vigas.

Trajeron el peine.

–Siéntate, querida -le pidió Litavico a Rhiannon mientras la levantaba y la empujaba hasta una silla.

Le tiró del pelo con las manos hasta que todo el cabello le cayó por la espalda y se extendió por el suelo. Y empezó a peinarla, poco a poco, con cuidado, pero desenredándole los nudos a tirones de una forma despiadada. Rhiannon no parecía sentir dolor alguno,

no se encogía ni hacía muecas de dolor; toda la pasión y fuerza que César tanto había admirado en ella se habían desvanecido.

–Orgetórix, Orgetórix -llamaba de vez en cuando.

–Qué hermoso y limpio tienes el pelo, querida…, y qué magnífico -le comentó Litavico sin dejar de peinarla-. ¿Pensabas sorprender a César en Bibracte y por eso viajabas sin una escolta de tropas romanas? ¡Claro que sí! Pero a él no le complacería eso.

Por fin terminó. Y también habían terminado los esclavos: el gancho para cerdos colgaba de la viga, con la parte inferior a dos metros por encima de las losas del suelo.

–Ayúdame, mujer -le pidió secamente a la esclava-. Quiero trenzarle el pelo. Enséñame cómo se hace.

Pero tuvieron que hacerlo los dos. Una vez que Litavico entendió cómo había que entrelazar los tres mechones, lo hizo con mucha eficiencia; la mujer separaba los tres mechones por debajo de los dedos de Litavico y éste hacía la trenza. Luego se acabó. En la base del largo cuello blanco la trenza de Rhiannon era tan gruesa como uno de los brazos de Litavico, aunque iba en disminución asta un metro y medio más abajo, donde tenía el grosor del rabo de una rata; allí en seguida empezó a deshacerse el trenzado.

–Ponte en pie -le ordenó Litavico al tiempo que le daba un tirón para que se levantase-. Ayudadme -les pidió a los dos esclavos.

Como un artesano en el recinto de un escultor colocó a Rhiannon debajo del gancho; luego cogió la trenza de la mujer y le dio con ella dos vueltas alrededor del cuello.

–¡Y todavía nos queda mucho! – exclamó mientras se subía a una silla-. Ahora levantadla.

Uno de los esclavos rodeó las caderas de Rhiannon con los brazos y la alzó del suelo. Litavico pasó la trenza por el gancho, pero no consiguió atarla; no sólo porque era demasiado gruesa, sino porque era demasiado sedosa. De nuevo bajaron a Rhiannon, y uno de los esclavos se fue. Por fin consiguieron sujetar la trenza

alrededor de otro gancho para cerdos y la clavaron a la viga mientras el esclavo levantaba del suelo a Rhiannon por segunda vez.

–¡Suéltala, pero muy suavemente! – le ordenó Litavico-. Oh, con suavidad, con suavidad, no nos conviene que se le rompa el cuello, eso nos echaría a perder la diversión. ¡Con suavidad!

La mujer no se debatió, aunque tardaron bastante tiempo. Tenía los ojos muy abiertos, fijos sin ver en lo alto de la pared de enfrente, y como ella no se debatía, la piel, simplemente, fue cambiando del color crema al azul, y la lengua no se le salió, aunque los ojos empezaron a abultársele. A veces movía los labios para formar la palabra Orgetórix sin sonido.

El cabello se tensó y, primero con la punta de los pies y luego con las plantas, tocó el suelo. La dejaron caer como un saco de arena, pero todavía no estaba muerta y volvieron a colgarla otra vez desde el principio.

Cuando el rostro de Rhiannon se hubo puesto de color púrpura negruzco, Litavico fue a escribir una carta; cuando hubo terminado se la dio a su mayordomo.

–Ve a caballo a Bibracte con esta carta -le dijo-. Diles a los hombres de César que es de parte de Litavico. César necesita que lo guíes hasta aquí. Luego ve y busca debajo de mi cama una bolsa llena de oro. Cógela. Dile al resto de mi gente que haga el equipaje y se marche ya. Si van a ver a mi hermano Valetiaco, él los acogerá debidamente. Nadie ha de tocar los cadáveres que hay en el patio.

Quiero que los dejen tal como están. Y quiero que ella permanezca así -concluyó apuntando hacia donde colgaba Rhiannon-. Así César podrá verla con sus propios ojos.

No mucho después de que se fuera el mayordomo, partió también Litavico. Montó en su mejor caballo, se puso sus mejores ropas, aunque no el chal, y se llevó tres caballos de carga en los que llevaba el oro, las joyas y la capa de pieles. Su meta era el Jura, por

donde pensaba entrar en tierras de los helvecios. Nunca se le ocurrió que no fuera a ser bienvenido dondequiera que fuese, pues él era enemigo de Roma y todos los bárbaros odiaban a Roma. Lo único que tenía que hacer era decir que César había puesto precio a su cabeza, y desde la Galia hasta Galacia sería festejado y admirado. Como ocurrió en el Jura. Luego, en el nacimiento del Danubio, llegó a las tierras de un pueblo llamado los verbigenos y allí fue hecho prisionero. A los verbigenos les importaba muy poco Roma o César. Le quitaron sus pertenencias. Y la cabeza.

–Me alegro de que, si es que yo tenía que ver a una de las tres muertas, sea Rhiannon -le confió César a Trebonio-. Eso se me ahorró con mi hija y con mi madre.

Trebonio no sabía qué decir, cómo podía expresar lo que sentía, el monumental ultraje, el dolor, la pena, la feroz ira, todas las emociones que había experimentado al mirar a la pobre criatura de cara ennegrecida que había sido estrangulada con su propio cabello. El cual había vuelto a estirarse, de manera que ella quedaba de pie en el suelo con las rodillas ligeramente dobladas.

¡Oh, no era justo! ¡Aquel hombre estaba tan solo, tan remoto, tan por encima de aquellos que veía cada uno de los días de su extraordinaria vida! Ella había sido una compañía agradable, le había divertido, César adoraba el modo en que cantaba. No, no la había amado, pero el amor habría sido una carga. Trebonio ya lo conocía hasta ese punto. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo podían aliviar las palabras aquella impresión, aquel insulto, el más grosero de todos, aquella locura sin sentido? ¡Oh, no era justo! ¡No era justo!

En el rostro de César no apareció la menor expresión desde el momento en que entraron en el patio y descubrieron la matanza.

Después entraron en la casa y encontraron el cadáver de Rhiannon.

–Ayúdame -le pidió a Trebonio.

La bajaron, encontraron su ropa y sus joyas intactas en los carros y la vistieron para el entierro mientras algunos de los

soldados germanos que les habían acompañado cavaban la tumba.

A ningún galo celta le gustaba que lo incinerasen, así que a Rhiannon la enterrarían y enterrarían a sus pies a todos sus sirvientes asesinados, como le correspondía a una gran señora que había sido hija de un rey.

Goto, el comandante de los cuatrocientos ubios de César, esperaba fuera.

–El niño no está aquí -le comunicó a César-. Hemos registrado un par de kilómetros en todas direcciones y cada una de las habitaciones de la casa, así como los demás edificios, los pozos y los establos. No se nos ha pasado nada por alto, César. El niño ha desaparecido.

–Gracias, Goto -le dijo César sonriendo.

¿Cómo podía hacerlo?, se preguntó Trebonio. Con tanto dominio, tan civilizado, tan perfectamente cortés y controlado. Pero

¿cuál sería el precio que habría de pagar por ello?

No se dijo nada más hasta que el funeral, que ofició César, pues no había a mano ningún druida, acabó.

–¿Cuándo quieres que empecemos la búsqueda de Orgetórix? –

le preguntó Trebonio cuando cabalgaban alejándose de la abandonada casa solariega de Litavico.

–No quiero buscarlo.

–¿Qué?

–Que no quiero que se le busque.

–¿Por qué?

–El asunto ha terminado -dijo César. Aquellos ojos pálidos y tranquilos miraron directamente a los de Trebonio, exactamente como hacía siempre: con afecto temperado por la lógica, con comprensión temperada por la objetividad; luego desvió la mirada-.

Ah, pero echaré de menos sus canciones.

Y nunca más volvió a referirse a Rhiannon ni a su hijo desaparecido.

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