Solo mi corazon sabe

Fernanda Cuevas · Capítulo 17 de 26

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Solo mi corazon sabe

Capítulo 16

Había pasado un mes desde que empecé a salir con Adrián, durante este tiempo nos habíamos vuelto inseparables, incluso había días en que l evamos a Emmanuel a jugar y a comer a algún lugar, no dejaba de imaginar que era una salida en familia, era como vernos a Adrián y a mí en un futuro muy lejano con nuestro hijo, es una idea alocada, ¿no es así? Pero no me importaba, disfrutaba de esa idea. También, tuve la oportunidad de conocer a sus padres, estaba encantada con el os, a pesar de que había ido a su casa solo para estudiar su mamá fue muy intuitiva y descubrió todo, al principio creí que nos regañaría y nos l amaría locos a los dos, pero la realidad fue muy diferente, me trato bien y a pesar de que su papá al principio no estuvo de acuerdo al nal me dieron la bienvenida a la familia; ahora era capaz de entender a Erin cuando decía que convivir con la mamá de Yann era increíble. En mi caso era sus padres y su hermana, me sentía muy a gusto con el os y muy agradecida por ser aceptada, su papá nos advirtió un par de cosas y era entendible, una de esas cosas es que no me puede ayudar en la materia solo porque estamos en una relación, por supuesto conociendo a Adrián nunca lo haría, debido a eso tomaba clases extras en su casa. De verdad deseaba que mis padres reaccionaran de esa manera.

Los parciales que tanto temía habían l egado a su n, estaba segura de que sacaría buenas cali caciones, durante este tiempo obtuve la mejor ayuda y no hablo solo de Adrián sino que Daniel me apoyo mucho en todo como había prometido, de ser así este semestre tendría uno de los mejores promedios de mi vida y eso me hacía sentir emocionada, no podía esperar a que entregarán las cali caciones; lo correcto sería comprarles obsequios a mis dos profesores, pero ese asunto lo resolvería después.

Esta semana se había hecho eterna, pero ahora me sentía muy emocionada por n mañana saldría de campamento.

Saqué todo lo que creí necesario de mi armario y lo guardé en la mochila, a pesar de que estábamos en otoño no creía que se l egará a sentir mucho frío, así que solo dejé afuera mi sudadera negra favorita para usar mañana, guardé mi cargador del celular y los auriculares, tomé un libro de mi librero y lo metí, no estaba segura de leerlo, pero por si acaso quería l evarlo. Estaba a punto de acostarme cuando pensé que debía guardar cremas para mis manos y cara, sentía que algo olvidaba, pero al menos por ahora no podía recordar. En esta ocasión no me iría directo a casa de Erin sino que l egaría a casa de la familia Ferro, por suerte mi amiga iría a casa de su prima y mis papás sabían que estaría con el as, lo más increíble de todo esto es que su prima accedió a ayudarnos, incluso los padres de Erin sabían que estaríamos con el a, por lo que tranquilizaron a mi mamá y le pidieron con ar en su preciada sobrina quien nos cuidaría todo el n de semana.

Una vez más revisé mis cosas, probablemente también lo haría en la mañana, apagué la luz y me acosté en mi cama, le puse la hora a mi despertador y me preparé para dormir. Cerré los ojos esperando a quedarme dormida, pero estaba resultando algo difícil, mientras imaginaba todo lo que podía pasar mañana el sueño por n me fue venciendo.

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A la mañana siguiente me desperté antes de que sonará mi despertador, me quedé acostada un poco más y lo desactive, me sentía un poco cansada, pero decidí levantarme para darme una ducha y empezar con los preparativos; al terminar sacudí mi cabel o para que se fuera secando, esta vez no usaría la secadora. Salí del baño y me vestí, el día de hoy usaría un pantalón de mezclil a azul marino, una blusa de manga larga color amaril o pastel y mi sudadera negra, los zapatos en esta ocasión serían unas botas altas negras sin tacón para mayor comodidad.

Bajé a la cocina y no había nadie, imagine que todos seguirían dormidos y preferí no molestarlos para que pudieran descansar más, saqué unos huevos y jamón del refrigerador y me preparé mi desayuno, deje lo su ciente para que mi familia comiera, tomé un poco de jugo de naranja y un poco de leche, aún me sobraba tiempo, pero creí que sería mejor l egar antes a casa de los Ferro. Al terminar lavé todo lo que había utilizado para comer y subí de nuevo a mi habitación, una última vez revisé todo lo que había guardado en la mochila y consideré que ya estaba todo listo, por último, arranqué una hoja de mi libreta y le dejé un mensaje a mi mamá diciéndole que les había dejado el desayuno listo y que los veía el domingo al mediodía.

Salí de la casa con mi mochila sobre los hombros y caminé con tranquilidad por la cal e, el día estaba nublado, pero no lo su ciente para que l oviera, el aire era muy fresco y hacía que mi cabel o chocara contra mi cara, los árboles tenían sus hojas rojas debido al otoño, muchas ya se estaban cayendo podía saberlo por el suelo de las cal es repletas de el as; me gustaban los días así. Después de pensarlo un rato saqué mi celular y le tomé fotos a los árboles, se veían hermosos y no podía perder esta oportunidad, aunque pensándolo bien era muy probable que viera más árboles así en la cabaña. Revisé la hora y ya iban a ser las ocho y media, aún me quedaba un poco de tiempo, aunque ya estaba por l egar a la casa de Adrián, me apresuré a caminar cuando vi que Ana estaba guardando cosas en una camioneta negra, podía imaginar que era de su novio.

—Hola, Ana —dije, con una sonrisa mientras abría la reja y entraba.

—¿Gabbe? —me miraba con sorpresa, se acercó y me abrazó—. Aún quedaba tiempo.

—Salí temprano de casa y pensé en l egar antes —miré el auto y luego a el a—.

¿Necesitas ayuda?

—No… —Se quedó pensativa por un momento y luego me miró—. ¿Puedes ayudar a mi mamá a preparar unos sándwiches? Son para el caminó por si nos da hambre antes de llegar.

—Por supuesto —respondí, inmediatamente.

Ana tomó mi mano y me l evo adentro de la casa, miré por todos lados, pero nunca vi a Adrián ni al novio de Ana. Entramos a la cocina y la señora Ferro estaba preparando ya los emparedados.

—Mira quién llegó, mami —dijo Ana, con una sonrisa.

—Gabbe, llegaste temprano —sonrió dulcemente.

—Hola, señora — saludé cortésmente.

—Mi tierna hermana política vino para ayudarte —pasó un brazo por mis hombros.

—¿De verdad no te molesta?

—Para nada, me encantaría ayudar —la mamá de Ana asintió con su sonrisa.

—Dame tu mochila —dijo Ana, quitándomela de los hombros—. La voy a guardar en el auto.

—Gracias.

Me lavé las manos y comencé a preparar los sándwiches, era muy divertido preparar la comida con la mamá de los hermanos Ferro, no era nuestra primera vez juntas en la cocina es por eso que se sentía muy cómodo hablar con el a.

—Por n terminamos —dijo la señora Ferro.

—Creo que hicimos muchos —respondí, viendo todos los emparedados.

—Es verdad, creo que podrían llegar a cenar esto —dijo, entré risas.

—Estoy de acuerdo —me reí. De verdad amaba a esta familia.

—Voy a buscar una bolsa de papel para guardarlos —dijo, caminando hacia uno de los cajones.

—Mientras empezaré a guardar las cosas y a limpiar.

—Está bien, gracias.

Comencé guardando el jamón, el queso amaril o, la lechuga, el tomate y el aguacate en el refrigerador, el poco pan que quedaba y la mayonesa también los

guardé; tomé los platos y cuchil os que utilizamos para lavarlos, al terminar moje una pequeña toal a y limpié la isla de la cocina.

—Perfecto —susurré al ver que había quedado perfectamente limpio y en orden.

—Por n las encontré —dijo la señora Ferro, se dio la vuelta y miró sorprendida—. Ya terminaste, que rápida.

—Le ayudó —dije, tomando las bolsas y guardando los sándwiches.

—Por favor, vuélvete mayor de edad —me abrazó mientras me daba palmaditas en la espalda—. Y conviértete en mi nuera.

—Es Gabbe —Adrián parecía sorprendido y luego miró a Ana—. ¿No habíamos quedado a las nueve y media?

—Sí, pero mi hermana política quiso l egar antes —decía hermana política con orgul o.

—Fue una gran ayuda para mí —la señora Ferro me tomó del brazo—. De verdad tu novia es muy encantadora.

—Lo sé —su felicidad se le notaba en cada parte de su rostro.

—Ya casi es hora de irnos solo falta… —la voz se apagó del chico que debía ser el novio de Ana. No me quitaba la mirada de encima—. ¡Ah! Es Gabbe, ¿no es así?

—Es bonita, ¿no crees? —Ana se acercó y lo tomó de la mano.

—Es muy bonita —Le dio un golpe en el hombro a Adrián.

—Gabbe, te presento a mi novio, se llama Eduardo.

—Mucho gusto, Gabbe —dijo Eduardo, sonriendo.

—El gusto es mío —respondí. No podía dejar de verlo, era un chico muy alto, su pelo era de un negro muy profundo y su color de ojos era aceitunados, era de piel clara, en pocas palabras todo su rostro era muy no y atractivo.

—Es hora de irnos —Ana se acercó a mí y me tomó del brazo—. Tendré que l evarme a tu hija política, mamá.

—No me queda otra opción —dijo, con decepción y suspiró—. Deben traerla de regreso sana y salva, ¿escucharon los tres?

—No te preocupes —respondió Adrián, dándole a su mamá una sonrisa de complicidad—. Me asegurare de que no le pase nada.

La señora Ferro asintió, nos despedimos y salimos de la casa, Ana y Eduardo se fueron en los asientos de adelante, mientras que nosotros nos sentamos en los de atrás; durante el viaje íbamos en silencio la mayor parte del tiempo, pero las veces que hablábamos era para explicarme donde quedaba con exactitud el lugar, por lo que me platicaban era muy hermoso, mi novio prometió l evarme al río que está a unos cuantos metros de la cabaña. Debió pasar solo media hora desde que salimos de casa de los Ferro, pero ya me sentía cansada de estar sentada, Adrián se dio cuenta y se acercó más pasando un brazo por mis hombros para que pudiera apoyar mi cabeza en su hombro, era lo su cientemente cómodo para poder dormir durante un momento, pero quería mantenerme despierta para poder apreciar mejor el paisaje, muy pocas veces salía de viaje con mi familia y ahora que podía tener una oportunidad como esta era increíble y especial para mí; quería que ya l egáramos para poder disfrutar de la naturaleza y la buena compañía.

Sentir que ya estaba fuera de la ciudad era como estar libre de todo, tampoco es que fuéramos muy cuidadosos a cada lugar al que íbamos juntos, hubo un momento en el que eso dejó de importarnos un poco, desde que los padres de Adrián se enteraron de nuestra relación la mayoría de las veces nos la pasábamos en su casa, por eso dejamos de preocuparnos. Estábamos buscando el momento perfecto para hablar con mis padres y al nal se decidió que sería cuando las clases terminen en un par de semanas, creíamos que se molestarían menos si solo sabían que es un estudiante de universidad y no mi profesor.

Levanté un poco la cara y por accidente la punta de mi nariz rozó el cuel o de Adrián lo que le provocó un ligero cosquil eo.

—¿Qué intentas hacer aquí adentro con el os presentes? —dijo, en un susurró con tono burlón.

—No intentó nada —respondí, deprisa. Ya le había gustado molestarme siempre que podía—. Solo quería moverme un poco.

—Está bien —me dio un beso en la frente.

Me acomodé de nuevo en su hombro y seguí esperando ansiosa por l egar, las casas y edi cios ya habían desaparecido, ahora solo estábamos rodeados de

árboles, el cielo seguía en su mayor parte nublado, pero algunos rayos del sol escapaban por las nubes, esa era una hermosa imagen.

Después de un rato nos dio hambre así que tomamos los sándwiches que habíamos preparado esta mañana y los comimos, por supuesto Ana le daba de comer a su novio, no podía dejar de pensar que se veían muy lindos los dos juntos. Como lo había pensado con la señora Ferro nos habían sobrado muchos sándwiches, supongo que no teníamos que preocuparnos por la comida.

Entramos por un sendero estrecho y l eno de árboles, era tan bonito que quisiera caminar por el lugar en vez de ir en la camioneta. Íbamos por una subida y a lo lejos se podía ver la cabaña, cuando me hablaron de el a pensé que era pequeña, pero tal parece me había equivocado, era más grande de lo que había imaginado.

Eduardo se estaciono y bajamos, me sentía muy sorprendida por el hermoso lugar. Lo único por lo que me arrepentí fue no haber traído alguna chamarra, se sentía mucho frío por los árboles.

—Te l evaré a conocer por dentro la cabaña —dijo Ana, poniendo una mano en mi espalda—. Mientras los chicos sacan las cosas y ponen las casas de campaña.

—Está bien —respondí, con una sonrisa.

—¡Regresamos en un rato! —gritó, para que pudieran escucharla.

—No se tarden —dijo Eduardo.

Adrián me miró con una sonrisa y abrió la cajuela. Seguí mi camino con Ana para acercarnos a la gran cabaña.

—Esta es la entrada a la cocina —señaló una puerta de madera y después hacia unos escalones que bajaban—. Y esa es la entrada principal.

Bajamos los escalones y abrió la enorme puerta para que pudiéramos pasar, la sala era muy amplia, todo el piso era de madera, había sil ones amaril os de piel, en la mayor parte de la sala había ventanales donde podías salir al balcón; de noche debía ser una increíble vista, había una puerta ahí mismo, Ana me explico que era el baño, bajamos las escaleras y había una habitación, bajamos al último piso donde se encontraba otra pequeña sala y dos habitaciones más las cuales tenían sus propias puertas para salir de la cabaña. Regresamos a la sala y subimos

unas escaleras que te l evaban al comedor y la cocina, desde ahí podías ver la sala y podías recargarte en el barandal, salimos del lugar por la puerta de la cocina, me sorprendí al ver que los chicos ya habían armado las casas de campaña.

—¿Te gusta el lugar? —preguntó Adrián, caminando hacia nosotras.

—Es muy bonito —miré a los dos hermanos—. Gracias por haberme invitado.

—No tienes nada que agradecer, pequeña hermana —dijo Ana, abrazándome.

—¿Por qué abrazas a mi novia? —preguntó Adrián, con los brazos cruzados.

—Porque quiero —respondió, enseñándole la lengua y señaló la camioneta—.

¿Puedes traer aquel a cosa que guarde muy temprano por la mañana?

Adrián asintió y regresó a la camioneta con Ana quien se fue a lado de su novio, volteé a ver la gran cabaña, esperaba regresar pronto acá y sería todavía mejor si la siguiente vez venían sus padres.

Escuché pasos y di la vuelta, en ese momento Adrián me puso una chamarra negra un poco larga con capucha.

—Sabíamos que no traerías otra chamarra y Ana te compró una para que no pasaras frío —Me ayudo a ponérmela, era tan calentita y esponjosa, debía ser de las que tienen plumas—. Te queda muy bien.

—Muchas gracias —me sentía agradecida y avergonzada—. Le agradeceré a Ana también.

Estaba empezando a caminar cuando Adrián me jalo del brazo y me abrazó.

—Puedes agradecerle después —me dio un beso en la cabeza.

—Puedo agradecerle después —estuve de acuerdo abrazándolo más fuerte.

—¿Qué quieres hacer después de comer?

—Me gustaría dar un recorrido por el lugar —lo miré recordando que me había dicho que iríamos el río—. ¿Podemos ir al río?

—Por supuesto —sonrió.

—¡Los enamorados de por al á! —gritó Ana mientras se reía con su novio—.

¡Vamos a empezar a preparar la comida!

—Vamos —tomó mi mano para acercarnos.

—¡Ana! —grité abrazándola, cuando nos acercamos. Se veía muy sorprendida

—. Gracias por la chamarra, eres la mejor.

—Me alegra que te haya gustado —me devolvió el abrazo—. Debes cuidarla es el primer regalo que le doy a mi hermana política.

—La cuidaré mucho —Me gustaba mucho cuando me llamaba de esa manera.

—¿Me ayudas a cocinar?

—Por supuesto —la solté de mi agarré y la miré—. ¿Vamos a ir a la cocina?

—Sí, pensaba que fuera aquí, pero mejor adentro.

Tomamos las bolsas con los ingredientes para cocinar y empezamos a caminar hacia la cabaña, pusimos las cosas en la barra de madera, guardé las latas de soda, las botel as de agua y las cajas de jugos en el refrigerador; el menú de esta tarde iba a ser carne asada con una ensalada, Ana me dijo que se encargaría de preparar la carne y que empezará a hacer la ensalada, me sentía agradecida cuando dijo eso porque no tenía idea como se preparaba esa carne. Empecé cortando la lechuga, el tomate, seguido de la zanahoria y la cebol a morada, lo vertí todo en un recipiente y lo mezclé; pensaba dejarlo solo así, pero recordé que un día vi a mi tía preparar un aderezo y decidí intentarlo, para mi suerte había todos los ingredientes que necesitaba. En otro recipiente más pequeño mezclé el yogur natural y la mostaza junto al vinagre y el azúcar, esperaba que quedara lo su cientemente rico.

Miré a Ana con la intención de preguntarle si necesitaba ayuda, pero ya estaba terminando.

—¿Con qué otra cosa puedo ayudar? —pregunté al n.

—Podrías empezar a l evar los platos y los vasos —me miró por un momento antes de regresar su vista a la carne—. Vamos a comer en el suelo así que deja las cosas ahí.

—Ahora regresó.

Salí con los platos y los vasos, supongo que comeríamos donde están las casas de campaña, me acerqué y vi que habían puesto un mantel en el suelo así que deje todo ahí; miré a mi alrededor buscando a los chicos y vi que estaban bajando hacia cualquier lugar, no tenía idea hacia donde te l evaba esa bajada, supongo que si seguías el camino te l evaría al lugar por donde l egamos. Di la vuelta y regresé a la cocina, saqué de un cajón los cubiertos, tomé la ensalada y salí de

nuevo, pensaba quedarme, pero recordé que había dejado el aderezo, una vez más regresé.

—¿Por qué regresaste? —me miró con una sonrisa—. Iba a llevar lo demás.

—Vine por el aderezo —pasé una mano por mi cabel o—. ¿Qué debería l evar para tomar?

—Llevemos las sodas —dijo pensativa y luego asintió—. Si que sea eso.

Abrí el refrigerador y saqué cuatro latas de soda, Ana tomó unas cuantas servil etas y salimos de la cocina.

—Huele delicioso —dije, cuando me llegó el aroma de la carne asada.

—Solo espera a probarla te encantará —se acercó a mí y me dio un golpecito con su hombro—. ¿A dónde fueron esos dos?

—Los vi bajando por al á —señalé la bajada.

—Deben haber ido a buscar leña para la fogata —dejamos las cosas en el mantel y nos sentamos—. ¡Ah! Voy por los sándwiches.

Ana se levantó y fue a la camioneta, regresó muy rápido con los sándwiches en la mano.

—Hicimos muchos, ¿no es así? —dije, cuando se volvió a sentar.

—Está bien, si no se acaban hoy podremos guardarlos para mañana cuando vayamos de regresó —se quedó pensativa y me miró con complicidad—.

¿Deberíamos guardar unos para mañana? Y dejemos unos pocos aquí para que podamos comer, ¿te parece?

—Me parece una excelente idea.

Tomó unos cuantos y salió corriendo a la cocina. Miré el cielo y estaba menos nublado, el sol se podía ver más, el aire seguía siendo muy frío, pero esta chamarra me cubría lo su ciente para no morir congelada.

Cerré los ojos por un momento, pero los abrí cuando escuché voces a lo lejos, Ana tenía razón, los chicos habían ido por leña, esta noche sería asombrosa, nunca había estado de campamento y mucho menos en una fogata. Debía tomar muchas fotos para recordar estos bel os momentos.

La hora de comer fue muy divertida, hablamos de todo y hacíamos bromas, Eduardo fue muy amable conmigo e incluso me trataba como si me conociera desde hace mucho tiempo. Nunca había comido tanto como hoy, Ana tenía

razón la carne era tan deliciosa como su aroma; lo mejor es que no me quedé atrás, recibí muchas felicitaciones de mis acompañantes por la ensalada, en especial por el aderezo, la de mi tía era mucho más rica, pero el hecho de que les gustará ya era ganancia para mí. No sé cuánto tiempo habrá pasado desde que comimos y estuvimos platicando, se sentía como si las horas no avanzaran.

—Adrián, deberías l evar a Gabbe a conocer el lugar —dijo Eduardo, recogiendo todo.

—Vayan, nosotros nos encargamos de ordenar las cosas —Ana parecía feliz.

—Les podemos ayudar primero —respondió Adrián, rápidamente.

—No se preocupen y vayan —miró hacia el cielo su hermana—. Estoy segura de que a Gabbe le gustaría ver la puesta de sol en el río.

—Siéntanse tranquilos de hacer lo que quieran —dijo riendo Eduardo—. Lo que pasa en la cabaña se queda en la cabaña.

Ana soltó una carcajada mientras asentía.

—Está bien, regresamos después.

Ana y Eduardo se despidieron y entraron a la cocina. Caminamos hacia la parte trasera de la cabaña y seguimos otro sendero para poder l egar al río, Adrián me dijo que ese era el único camino para l egar. Nos tomamos de la mano y caminamos así en silencio, muy pocas veces hablábamos y cuando lo hacíamos solo era para hablar de lo hermoso que era el paisaje, todo estaba l eno de árboles, el otoño se sentía en este lugar, en invierno debía verse mejor, pensé en lo mucho que me gustaría pasar una Navidad aquí, adornar la cabaña, preparar la cena navideña y estar con mi persona especial sería perfecto, quizás en un futuro podría pasar, no perdería las esperanzas con eso.

Mientras más caminábamos podía escuchar el sonido del río, signi caba que nos encontrábamos cerca del lugar. Quería saltar de emoción como una niña pequeña, pero no quería actuar de forma vergonzosa.

Al n podía ver el río y como lo había imaginado era muy hermoso.

—¿Te gusta? —preguntó, agachándose para tocar el agua.

—Es muy hermoso —hice lo mismo, el agua se sentía fría.

—Vamos a ver el atardecer desde aquí como mencionó Ana, ¿te gustaría?

—Por supuesto.

Adrián asintió y con su mano me salpico agua, toda había caído en mi cara, se sentía muy fría, estaba decidida a vengarme así que hice lo mismo, al ver que lo haría de nuevo me levanté y salí corriendo, por supuesto él fue tras de mí; grité cuando me tomó de la mano y me atrajo hacia él con la intención de acercarme al río, comenzaba a pensar que su idea era hacer que cayera y me mojara toda, intenté resistirme aferrándome a sus brazos, no podía dejar de reír, aunque me sintiera asustada de caer me sentía feliz. Siempre había querido estar en una relación donde también jugáramos como niños y nos divirtiéramos así y por n lo tenía. Pasó sus manos alrededor de mi cintura y me besó, hizo que diera unos pasos hacia atrás alejándonos unos cuantos metros del río, pero di un paso mal y mi pie se dobló haciendo que termináramos los dos en el suelo, con demasiada vergüenza cubrí mi rostro con las manos, sin embargo, Adrián se estaba riendo, tal parece mi pequeño accidente le había causado gracia. Este momento perfecto había terminado siendo embarazoso, quería disculparme, pero no podía ni siquiera mirarlo.

Quité las manos de mi cara cuando pasó una mano por mi cabeza, está bien, trataría de olvidar el momento bochornoso. Una vez más se acercó y me besó, su mano estaba de nuevo sobre mi cintura; si pudiera estar de esta manera siempre, lo haría sin dudarlo. Con mucho cuidado bajó el cierre de mi chamarra y metió su mano debajo de mi blusa colocándola sobre mi cintura, el roce de su piel contra la mía me había provocado un ligero cosquil eo, en ningún momento sentí miedo o nervios, podría decir que me sentí feliz y cálida. Pero de nuevo sabía que se detendría ahí, porque era lo más lejos que se podía permitir l egar.

Me dio un beso en los labios, seguido de un suave beso en uno de mis párpados, era el beso de Ángel, en una ocasión había leído que signi ca protección, era una manera de hacerle saber a la persona que amas que siempre estarás al í. Mi corazón empezó a latir más rápido, abrí mis ojos y estaba mirándome con ternura, ahora lo comprendía, el beso de Ángel se había convertido en una promesa que me hacía de permanecer a mi lado siempre.

Muchas veces habíamos visto el atardecer juntos, desde una banca del parque o caminando por la cal e, pero era nuestra primera vez viéndolo en un lugar tan hermoso como este. Adrián se sentó a mi lado y me abrazó, cuando la oscuridad

de la noche había l egado no se notó tanto debido a la luna que bril aba mucho y alumbraba el lugar, estábamos rodeados por un in nito cielo y las estrel as que desde aquí se veían igual de hermosas e in nitas. Al ver el cielo recordé una vieja y trágica historia.

—¿Conoces la historia de los amantes que decidieron morir juntos? —

pregunté, mirándolo a los ojos.

—¿Cuál historia? —en su mirada podía ver curiosidad.

—Según se dice hace muchos años atrás una mujer conoció a un hombre al cual amo desde la primera vez que lo vio, después de un tiempo el os se habían hecho cercanos, a pesar de que un amigo de ambos le había advertido a la chica que no se enamorara porque saldría herida, el a decidió no hacer caso. Un día se enteró de que él estaba casado por lo que decidió alejarse, pasaron muchos años cuando se volvieron a reencontrar y decidieron permanecer juntos sin importar nada. Las cosas se pusieron difíciles para ambos en sus respectivas familias, fue en ese momento cuando decidieron dejar este mundo juntos —miré a Adrián, desde que había leído esta historia no podía evitar sentirme triste—. ¿Por qué crees que tomaron esa drástica decisión?

—Tal vez porque no querían seguir viviendo en este mundo separados y añorándose demasiado cada día que pasaba, el os querían amarse libremente, así que decidieron ser libres a su manera.

—Tienes razón —respondí pensativa.

—Debió ser muy duro para los dos.

—Tampoco podría vivir separada de ti, quiero permanecer a tu lado por mucho tiempo —dije, con tranquilidad pensando en la historia de esas personas.

—Durante mucho tiempo estaremos juntos, la idea de estar lejos el uno del otro no me gusta —me miró con una ligera sonrisa en su rostro—. Pero incluso si l egamos a separarnos por los motivos que sean, nunca te pediría que l egáramos a esos pensamientos extremos. En su lugar te prometo que buscaré la forma de reencontrarnos, así que no te preocupes porque encontraré la manera de volver a ti.

Adrián pasó una mano por mi cabel o acariciándolo, muy pocas veces era sentimental, pero en estos momentos podía sentir como mis ojos se l enaban de

lágrimas; sus palabras podía sentirlas tan cálidas y sinceras, pero pensar en que podríamos separarnos en algún momento me hacía sentir deprimida, quería mantenerme siempre a su lado. La idea de perderlo y añorar cada día que pasamos juntos se volvía muy difícil.

—Debes asegurarte de volver a mi —dije, bajando la mirada.

—Es porque te amo que me asegurare de hacerlo —dijo, poniendo su mano en mi mejil a. Lo miré con sorpresa, esa era la primera vez que me decía que me ama

—. Lo prometo.

Acerco su rostro al mío y me besó, como siempre era un beso suave y delicado.

En verdad no podría estar lejos de él, lo amaba demasiado, quizás ese estaba siendo mi error, descuidar mi corazón y no protegerlo al menos un poco, sería un precio muy caro que podría pagar en el futuro, pero aun así en estos momentos no me arrepentía de nada.

No supe cuando tiempo pasó desde que l egamos al río, pero decidimos que era hora de regresar a la cabaña, Adrián me ayudó a ponerme de pie y subió el cierre de mi chamarra, tomó mi mano y regresamos por el mismo camino en el que habíamos llegado, podía sentir un ligero dolor en mi tobil o, debí lastimarme un poco cuando caímos, pero preferí no decir nada y soportarlo, estaba segura de que mañana estaría mejor.

Adrián de repente se detuvo y se agacho de espaldas frente a mí.

—¿Qué sucede? —lo miraba confundida.

—Vamos te llevare en mi espalda —me miró de reojo con una sonrisa.

—No te preocupes puedo seguir caminando —¿Me había descubierto?

Esperaba que no fuera así.

Al ver que no se movería hasta que le hiciera caso decidí dejar que me cargará.

—He visto que hacen esto en algunas películas y pensé que sería divertido —

creo que de verdad disfrutaba hacer esto.

—¿No peso? —pregunté, preocupada de lastimarlo—. Las actrices que cargan son muy delgadas.

—También eres muy delgada —me miró con una sonrisa—. ¡Oh! ¿Has visto ese tipo de películas también?

—Normalmente el hombre l eva cargando en su espalda a la chica que le gusta cuando está termina borracha —dije recordando varias de esas películas y series

—. Muchos consideran esas escenas románticas.

—¿No piensas así?

—No, creo que es más romántico como lo hacemos nosotros —le di un beso en la mejil a.

—Tienes razón —sonrió.

Últimamente se había convertido en un hábito verlo sonreír de esa manera.

—No pensé que te gustarán esas películas —dije, mirando el cielo.

—Veo de muchos géneros y casi siempre veo las de romance con mi familia —

me sentía feliz de que no mencionara alguna novia del pasado—. Deberíamos ver alguna juntos.

—Muy rara vez veo películas románticas —empecé a decir—. Pero ya que la veré contigo entonces me siento emocionada.

—Últimamente dices las cosas más directas —Parecía divertido con eso, también me había dado cuenta—. Antes eras un poco más tímida.

—¿Te molesta eso? —bajé la mirada, odiaba sonrojarme por todo.

—No me molesta, en realidad me gusta mucho —nos sonreímos. No quería que el día terminará, deseaba que el día de hoy fuera eterno—. Por cierto, ¿dónde escuchaste la historia de la que me hablaste hace un momento?

—Lo leí en un libro, decía que es una historia verdadera que pasó hace muchos años —después de leerlo decidí investigar un poco, desde entonces no había podido olvidar la historia de aquel os trágicos amantes.

—Supongo que ahora son felices en donde quiera que estén —eso lo había dicho más para él que para mí, aun así, asentí, esperaba que así fuera.

Sí lo pensaba bien y comparaba nuestra historia con la de el os no era muy diferente, aunque Adrián no estaba casado para muchas personas se supone que no debíamos amarnos, no solo por la diferencia de edad sino también porque era mi profesor, muchos verían esta relación mal, aunque sabíamos todo eso no nos importó y quisimos intentarlo, sin importar que suceda en el futuro, me aferraría a él lo más que pueda.

A lo lejos podía ver la cabaña y el fuego de la fogata cada vez más cerca, nuestro romántico viaje había llegado a su n, al menos lo había disfrutado al máximo.

Ana y Eduardo nos miraron con sorpresa seguido de una sonrisa.

—Tardaron más de lo que esperaba —dijo Ana, con una mirada extraña, ¿qué estaba pensando esta pervertida?

—¿Qué hora es? —preguntó Adrián, agachándose para que pudiera bajar de su espalda.

—Casi medianoche —dijo Eduardo, viendo la hora en su celular.

—¿De verdad? —me sentí sorprendida cuando asistieron al mismo tiempo.

—El tiempo paso rápido —dijo Adrián, pasando una mano por su cabel o revolviéndolo mientras sonreía con dulzura.

Me acerqué a Ana y me senté a su lado, el calor de la fogata se sentía muy cálido, estiré mis brazos para que mis manos se calentarán, las tenía muy frías por el tiempo que estuvimos en el río. Adrián entró a la cocina y a los pocos minutos estaba de regresó.

—Toma —estiró el brazo.

—¿Qué es eso? —pregunté, al ver lo que tenía en su mano.

—Una toal a con hielo —señaló mi pie izquierdo—. Ponlo para que no se te in ame el pie.

—¿Te diste cuenta? —bajé la mirada, tal parece lo había notado.

—Por supuesto —sonrió.

Tomé el hielo y lo puse sobre mi tobil o.

—¿Cómo se lastimo? —preguntó Ana, preocupada.

—Nos tropezamos y se dobló el pie —respondió, sentándose junto a Eduardo.

—Tu mamá nos va a regañar cuando se enteré —dijo Eduardo, mirándome con preocupación—. Nos pidió cuidarla.

—No me lastime mucho, además fue mi culpa —sonreí aun sosteniendo el hielo en mi tobil o.

—No fue tú culpa… fue de él —señaló a su hermano molesta—. ¿Qué clase de hombre no sostiene a su mujer?

—Tienes razón —suspiró apenado por lo sucedido—. Ya me siento lo su cientemente mal.

—De verdad estoy bien —sonreí.

Ana me dio una palmada en la espalda.

—Por cierto. . —dijo Eduardo de repente—. ¿Tienen hambre? ¿Quieren cenar algo?

—Es verdad no han cenado nada —Ana me miró con preocupación—. ¿No quieres cenar?

—No gracias —respondí con agradecimiento.

Ana asintió.

—¿Adrián quieres que te prepare algo? —le preguntó, a su hermano menor.

—No quiero nada, gracias.

El tiempo que estuvimos alrededor de la fogata fue increíble y aterradora a la vez por las historias de terror que contaba Eduardo, a pesar de que me gustaban las películas de ese género me ponía nerviosa estar al aire libre apartada del resto de la gente gracias a sus historias, sentía que un fantasma o asesino psicópata aparecería en cualquier momento, debido a eso me mantuve cerca de Ana; me estaba resultando muy bochornosa la situación porque eran muy pocas las veces que me asustaba.

Dieron las cuatro de la mañana y seguíamos despiertos, rara vez me quedaba despierta hasta esta hora, pero en esta ocasión lo había disfrutado mucho.

—Es hora de dormir —dijo Eduardo, levantándose.

—¿En dónde van a dormir? —Adrián señaló las dos casas de campaña.

—Ustedes dos en la azul —respondió Ana, sonriendo de manera burlona—. Y

nosotras en la morada.

—Espera. . —Mi novio se veía muy sorprendido—. ¿No van a dormir juntos?

¿Por qué? Siempre que veníamos me dejaban aparte.

—Porque ahora hay otro miembro de la familia —respondió, calmadamente Ana—. Quiero dormir con mi hermana.

—Que cambió tan repentino de conducta —parecía frustrado.

—Lo lamento, hermanito —me tomó del brazo—. La siguiente vez que regresemos entonces los dejaré.

—¿Vamos a regresar? —pregunté, emocionada con la idea.

—En diciembre, después de navidad, ¿te gustaría?

—Si, me gustaría mucho —pensar en venir en diciembre era increíble, eso era lo que más quería.

—Tenemos una cita —señaló a los chicos—. Así que no deben tener planes para ese día.

Los chicos asintieron, nos despedimos y nos fuimos a dormir cada quien, a su lugar asignado, para ser honesta era algo incomodo dormir así, sentía como algunas diminutas piedras se me enterraban en la espalda. Ana se quedó dormida en cuanto se acostó, lo más extraño de todo era que no tenía tanto sueño, no estaba segura a que se debía eso.

Me puse a recordar todo lo que había sucedido hoy, deseaba tanto que hubiera más días así.

Abrí mis ojos de golpe, no me había dado cuenta del momento en que me había quedado dormida. Revisé la hora en mi celular y eran las siete de la mañana, signi caba que había dormido solo dos horas, lo que me tenía sorprendida es que no me sentía para nada cansada; me levanté y salí de la casa de campaña en silencio para no despertar a Ana, para mi sorpresa los dos chicos ya se encontraban levantados.

—Gabbe —dijo Eduardo, saludándome con un gesto de mano. Adrián volteó hacia mi dirección—. Buenos días.

—Hola —me acerqué con una pequeña sonrisa—. Buenos días.

—¿Dormiste bien? —preguntó Adrián, abrazándome.

—Sí, aunque solo dormí dos horas.

—¿Ana no te dejo dormir? —Eduardo parecía preocupado.

—No, Ana se quedó dormida en cuanto se acostó —sonreí recordando que quería quedarse platicando toda la noche y fue la primera en dormir.

—¡Buenos días a todos! —gritó Ana, mientras se estiraba—. Gabbe, acompáñame a la cabaña, ¿si?

—Está bien —Entramos a la gran cabaña por la puerta principal y bajamos hasta el último piso entrando a su habitación, saco una toal a y me la entregó—.

¿Qué es esto?

—Imagino que te gustaría darte una ducha —sonrió y señaló una puerta de madera—. Ahí está el baño y la secadora está en el tocador.

—Gracias, pero…

—Tu ropa está aquí —señaló hacia su cama y ahí estaba mi mochila, la miré con asombro—. Tomate tu tiempo, mientras regresaré con los chicos.

Ana salió de la habitación y me apresuré a bañarme, normalmente en mi casa después de ducharme salía del baño y me cambiaba en mi habitación, pero este era un lugar diferente y debía ser cuidadosa. Abrí mi mochila y saqué mi ropa, me puse el pantalón negro y una blusa de manga larga gris, por último, me puse mis botas y guardé toda la ropa que había usado ayer incluyendo mi sudadera, la chamarra que me había regalado Ana me la pondría después de secar mi cabel o; me asegure de que todo estuviera en su lugar y salí del baño. Me acerqué al tocador y conecté la secadora, el problema de tener un cabel o tan largo como el mío es que sacarme el cabel o era una tortura, lo dejaría al menos un poco húmedo.

—Que rápida —dijo Ana, entrando a la habitación—. Pensé que tardarías más.

—Gracias por dejarme tomar una ducha —me levanté y la miré con una sonrisa.

Ana asintió y dijo:

—Ahora me toca a mí —sacó ropa y caminó hacia el baño, se detuvo y me miró señalando la puerta para salir de la cabaña—. Adrián me dijo que salgas por ahí, te quiere enseñar algo.

—Gracias.

—Deja tu mochila, la llevaré a la camioneta cuando salga de aquí.

Le di las gracias nuevamente y salí al mismo tiempo que entró al baño, la vista desde aquí era igual de hermosa, en esta parte no había tantos árboles, tenías que caminar unos cuantos metros para l egar a el os, me parecía extraño, pero si lo pensaba con detenimiento debía ser por la seguridad de las personas.

Observé a mi alrededor y vi a Adrián parado, estaba concentrado viendo el suelo, la tierra se veía como si acabarán de sembrar algo.

—¿Qué estás viendo? —me acerqué y me detuve junto a él.

—En todo este tiempo no te he regalado un ramo de tulipanes rojos, leí un poco sobre el os y descubrí su signi cado —me miró y señaló la tierra—. Pensé

que sería más signi cativo si sembraba los bulbos de tulipanes para regalarte los que planté y cuidé para que crecieran.

—Sería hermoso —lo abracé.

—Los acabo de sembrar, leí que era mejor hacerlo en otoño para que crecieran en primavera —puso una mano en la parte de atrás de mi cabeza—. Entonces podre regalarte los tulipanes más bonitos de aquí.

—Gracias —Cada día me sorprendía más y me sentía feliz de estar a su lado.

—Esa es la primera sorpresa, hay una más.

—¿Sorpresa? —pregunté, confundida.

—Cierra los ojos y dame tu mano derecha —hice lo que me pidió y esperé, podía sentir que me puso… ¿un anil o?—. ¡Listo! Ya puedes ver.

Abrí los ojos y miré mi mano, en mi dedo índice tenía puesto un anil o de plata, en el borde tenía una línea azul era del mismo color por dentro; lo observé mejor y noté que tenía grabado unas diminutas caras de un niño y una niña que nos representaban, en medio de ambos niños tenía un in nito.

—¿Un anil o? —No podía dejar de ver lo bonito que era.

—¿Te gusta? —me tomó la mano y note que tenía el mismo anil o, eran anil os de pareja.

—Me encanta —lo abracé de nuevo y le di un beso en los labios—. Muchas gracias.

—Me alegra que te haya gustado —bajó la mirada con timidez—. Los diseñe especialmente para nosotros.

—Es un anil o único —sonreí, me sentía muy feliz.

—Tan único como tú —siempre decía eso, que era única y así quería seguir siendo.

—Te amo —era la primera vez que se lo decía.

Adrián inclinó su cabeza y me besó, me sentía muy dichosa y agradecida, pasé mis manos alrededor de su cuel o; con sus manos en mi cintura me atrajo más a él. No me había dado cuenta que últimamente nos la pasábamos de esta manera.

Regresamos con nuestros acompañantes, ya era casi hora de irnos, Ana saco una cámara instantánea y nos tomó varias fotos juntos, nos las entregó para que cada quien pudiera tener las suyas, por último, pidió que nos tomáramos una

foto los cuatro, Eduardo acomodo la otra cámara que l evaba y le programo un corto tiempo para que le diera tiempo l egar con nosotros. Esa era la foto del recuerdo para todos, prometió enviarla más tarde al chat grupal que acabábamos de hacer, a pesar de que me gustaba mucho esa foto prefería las que Ana me había tomado a lado de Adrián, cuando l egará a casa las guardaría en algún lugar donde nadie fuera capaz de encontrarlas. Saqué mi celular y empecé a tomar fotos, me sentí mal de no haberlo hecho ayer, pero había estado muy ocupada como para recordarlo, al menos tomaría unas pocas del lugar.

Una tristeza me invadió al ver como la imponente cabaña desaparecía mientras más nos alejábamos, al menos me quedaba el consuelo de que regresaríamos en diciembre una vez más.

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