Solo mi corazon sabe

Fernanda Cuevas · Capítulo 8 de 26

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Solo mi corazon sabe

Capítulo 7

Di la vuelta para ver la persona que había dicho mi nombre y ahí estaba él, con su hermosa sonrisa y sus ojos cafés mirándome jamente. Se encontraba a unos cuantos pasos lejos, pero a pesar de eso se sentía tan cerca a la vez; por un momento sentí que el tiempo se detuvo, como si al escuchar su voz me l evará dentro de un sueño, donde solo estábamos nosotros y nadie más. Quería correr hacia él y abrazarlo como en las películas de romance cuando los protagonistas estuvieron muchos años separados y en el momento en que se reencuentran la chica corre hacia sus brazos. Pero no soy una persona que haga drama ni me sentía con la con anza para hacerlo.

El profesor Ferro se acercó más, solo había dos pasos de distancia entre nosotros, en su rostro podía notar un poco de alegría, ¿se sentía así por verme?

Me sentía muy agradecida con Jayah, tal parece su hilo rojo si servía, aunque no sabía si en realidad la persona que había sido guiada hacia mí era él. Supongo que eso no importaba, mientras estuviéramos juntos, aunque sea por un corto momento era más que su ciente para mí para estar muy agradecida por eso.

—Gabbe —dijo, con una sonrisa—. ¿Qué haces aquí?

—Voy por mi hermano a la escuela —respondí, mirándolo jamente—.

¿Usted que hace aquí?

—Iba de camino de regreso a la escuela, pero en eso te vi y quise saludarte.

—¡Ah! —me dejó sin palabras. No tenía la menor idea de que decir—. ¿Para qué va a la escuela?

—Olvidé unos documentos en la o cina y los necesito —me miró como si algo le diera gracia.

—¿Por qué me ve así?

—No estoy seguro de preguntar.

—¿Sobre qué? —Me sentía un poco nerviosa, era nuestra primera vez juntos fuera de la escuela.

El profesor inclino su cabeza hacia un lado y dijo:

—¿Por qué tienes un hilo amarrado al dedo?

—¡Ah! —exclamé. En realidad, no sabía que decir, pensaría que estaba loca por creer en lo que Jayah me había dicho—. Solo estaba jugando.

—Qué extraño juego —de nuevo esa sonrisa.

—¿Por qué me sonríe así? —me cubrí el rostro.

—Porque es gracioso ver como te pones nerviosa.

—Para mí no es gracioso.

—Es una lástima —se encogió de hombros con esa sonrisa aún en su rostro—.

Creo que es hora de que me vaya.

—También debo irme —susurré, mientras pasaba una mano por mi cabel o.

« Genial, creo que me parezco a Daniel en eso» Pensé—. Voy retrasada por mi hermano.

—¿Tu hermano es más chico?

—Sí, tiene seis años.

—Es pequeño —sonrió.

—¿Usted tiene hermanos? —me sentía llena de curiosidad.

—Tengo una hermana es… —su voz se desvaneció con el sonido de su celular

—. Debo darme prisa.

—Está bien —le sonreí.

—Nos vemos después —me dio unas palmaditas en el brazo—. Te vas con cuidado.

—Usted también —susurré.

El profesor asintió y siguió caminando. Con un pequeño suspiro me di la vuelta y me quedé quieta, quería sacar un dulce que traía guardado en alguna bolsa de mi mochila, pero no lograba encontrarlo, traté de recordar si me lo había comido antes, pero no podía, así que esperaba que no. Me sentí feliz cuando di con el pequeño dulce, estaba debajo de mis libretas, lo tomé y cerré la mochila, la puse de nuevo en mi espalda y estaba preparándome para caminar cuando sentí que alguien me tomó del brazo y me jaló tan fuerte girándome; me

sentí asustada hasta que vi la persona que lo hizo, en ese momento mi miedo se convirtió en sorpresa.

El profesor Ferro me soltó el brazo y sostuvo mi rostro entre sus manos, poco a poco se fue acercando a mí, podía sentir su respiración chocar en mi rostro, sin decir una palabra me besó tan suave y dulcemente; mi corazón empezó a latir tan rápido que pensé que en cualquier momento se saldría de mi pecho, así que está era la sensación, por más que tratará de imaginarla nunca podía y ahora entiendo porque, jamás hubiera superado a esto. Estas eran de las pocas veces que realmente no sabía que hacer o cómo reaccionar.

—Para mí eres más que una alumna, Gabbe —pego su frente junto a la mía—.

La razón por la que me distancié de ti fue porque sé que tener estos sentimientos está muy mal y después de lo que pasó en la enfermería pensé que no podría estar más tiempo lejos de ti.

—¿Qué? —mi cabeza empezó a doler por la confusión—. ¿Yo le gustó?

—Sí —Dio unos pasos atrás para poder mirarme—. Y creo que eso ya lo sabías.

—Lo suponía —sentía como mis mejil as se sonrojaban.

—Gabbe…

—Usted también me gusta —lo interrumpí. Me miró con una pequeña sonrisa, la realidad es que no solo era eso, sino que lo quería, pero decir esas palabras me haría ver muy tonta—. Creo que siempre lo supo.

—Lo podía notar por tu mirada y la forma en la que me sonríes, por supuesto por otras cosas más lo supe —acarició con delicadeza mi mejil a—. Aquel día que discutimos en el salón, realmente quería protegerte por eso lo hice, las personas pueden ser muy crueles y pensé que si algo malo ocurriera la más herida podrías ser tú.

—Ese día me sentí muy molesta y dije las cosas sin pensar —bajé la mirada, me sentía muy mal al recordar ese momento—. Pero entendía sus sentimientos y que solo quería evitar problemas.

—Eres una persona muy lista —sonrió.

—No sé porque siento que se está burlando de mi —pasé una mano por mi cabel o.

—Nunca lo haría —tomó de nuevo mi rostro entre sus manos y me dio un beso en los labios.

—¿Profesor? —pregunté de repente.

Me miró con curiosidad.

—¿Qué sucede?

—Esto signi ca que podremos vernos de nuevo en el receso, ¿verdad? —dije, esperanzada.

—Por supuesto —ahí estaba la sonrisa dulce que siempre me ofrecía solo a mi

—. No todos los días, pero si nos estaremos viendo.

—Eso es su ciente —me sentía completamente feliz.

—¿Estas contenta?

—No tiene idea.

—Me alegra —me abrazó mientras me daba un beso en la frente—. Me siento igual.

—Esto es muy agradable —le devolví el abrazo y apoyé mi cabeza en su pecho.

—Por cierto —dijo, sin apartarse—. No quiero interrumpir este momento, pero… ¿no debías ir por tu hermano?

—Lo sé —lo miré sin dejar de abrazarlo—. Voy para al á.

—¿Puedo acompañarte?

Lo miré.

—¿De verdad? —una vez más me sentía sorprendida.

—Sí.

—¿Y los documentos que necesita?

—Puedo ir más tarde —se encogió de hombros—. Diré que tuve un asunto más importante que atender.

—Entonces, está bien.

Caminar a su lado de nuevo era una sensación increíble, me sentía completamente feliz, aunque una parte de mi creía que estaba soñando y que esto no podía ser cierto, por eso de vez en cuando lo miraba de reojo y podía notar que, hacia lo mismo, incluso en una ocasión nuestras miradas se encontraron y me sonrió. Quería tomar su mano, pero no me sentía muy segura para hacerlo, tal vez sería muy extraño para los dos.

—¿Cómo se llama tu hermano? —preguntó, de repente.

—Emmanuel —sonreí—. Es un niño bastante tierno, somos inseparables.

—¿No fue difícil para ti tener un hermano? —lo miré con curiosidad—. Me re ero a que fuiste hija única por mucho tiempo, después l egó tu hermano y tuviste que compartir toda la atención y todo en tu vida.

—En realidad no tanto, admito que quizás si me costó cuando nació porque era todo para él, pero después ese pequeño se metió muy profundo en mi corazón y soy sincera cuando digo que le doy todo lo que puedo —me reí—.

Incluso si quiere la última de mis gal etas se la dejo.

—Eso es lindo —me miró aun sonriendo—. Debe ser tan lindo como tú.

—No haga eso —cubrí por un momento mi rostro.

—Gabbe…

—¿Si?

—No me hables de usted —Pasó su mano por mi cabel o—. Cuando no estemos dentro de la escuela puedes llamarme Adrián.

—¿Qué? —de nuevo sentía mucha sorpresa.

—Dilo.

—¿Eh? —mordí mi labio, no sabía que decir.

—Vamos, no es difícil —me animo.

—No puedo —Esto era algo complicado, nunca había pensado que l egaría el momento en que podría llamarlo por su nombre.

—Lo dejaré pasar por hoy —sonrió.

Le devolví la sonrisa y seguimos caminando, estaba muy feliz, nada en este mundo podría quitarme la sonrisa, al menos por hoy. Todas mis dudas y preocupaciones sobre el profesor se habían resuelto.

Llegamos a la escuela de mi hermano, subimos las escaleras y en la entrada estaba la profesora Jessica; siempre fue una persona muy dulce, su cabel o rubio y rizado siempre me había gustado, su piel blanca y ojos azules profundo eran bastante hermosos, su estatura de uno setenta y dos me hubiera gustado tenerla.

Para mí fue una profesora en quien pude apoyarme, cuidaba de mi dentro de la escuela y me sentía muy agradecida con el a.

—Hola, profesora —la saludé con una sonrisa.

—Gabbe —me miró feliz—. ¿Cómo has estado?

—Bien, gracias —pasé una mano por mi cabel o—. ¿Y usted?

—Muy bien, ocupada con las clases y cuidando a los niños —sonrió dulcemente—. Sabes que mi trabajo me encanta.

—Lo sé —miré al profesor Ferro quien me miraba con una sonrisa.

—Vienes por Emmanuel, ¿verdad? —dijo sacándome de mis pensamientos.

—Sí, profesora.

—Bien, dame un momento —Tomó su radio de comunicación—. Traigan a Emmanuel White, debe estar en las canchas de básquetbol.

—Llegué a tiempo —dije aliviada, pensé que habría llegado retrasada.

—En realidad su entrenamiento empezó un poco tarde y recuperaron el tiempo perdido, deben estar terminando —respondió, con tranquilidad.

—Que alivio.

—Descuida, sabes que incluso si hubieran terminado a tiempo los niños no pueden salir hasta que algún familiar venga por el os —puso una mano sobre mi hombro—. Así que no te estreses.

—Es verdad —sonreí.

—¡Gabbe! —gritó Emmanuel corriendo hacia mí.

—Hola, albóndiga —lo abracé y miré a la profesora—. Gracias.

—Me dio gusto verte, Gabbe —tomó mi mano y la apretó—. Espero que vengas a visitarme otro día.

—Por supuesto —asentí.

—Adiós, profesora Jessica —dijo Emmanuel con una sonrisa.

—Adiós, nos vemos mañana —se despidió con un movimiento de mano.

Tomé a mi hermano de la mano y bajamos las escaleras, el profesor iba caminando a mi lado, en cuanto estuviéramos un poco más lejos de la escuela se lo presentaría, pero aún no sabía exactamente que debía decirle a Emmanuel.

—Gabbe —susurró, Emmanuel.

—¿Qué pasa? —me detuve para ponerme a su altura, tuve que hacerlo cuidadosamente por el vestido del uniforme.

—¿Quién es él? —preguntó, mientras miraba al profesor.

—Ah…

—Hola, me l amo Adrián Ferro —dijo, colocándose a mi lado—. Mucho gusto.

—Hola, soy Emmanuel —sonrió y le dio la mano—. ¿Eres amigo de Gabbe?

—La verdad es que soy su novio.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué? —no podía creerlo.

—Creo que Gabbe no lo sabía —se burló mi hermano y lo miró—. ¿Se lo pediste?

—En realidad no lo hice —parecían divertidos los dos.

—Es que Gabbe está hecha a la antigua —sonrió. Vaya ese niño ya era todo un adulto en estos momentos—. A el a debes pedírselo.

—¿De verdad?

—Sí —realmente estaban muy divertidos—. Inténtalo.

—Está bien —el profesor me miró con una dulce sonrisa—. Gabbe, ¿quieres ser mi novia?

—¿Qué? —repetí, aún sorprendida.

—Gabbe, es de mala educación no responder —susurró, en mi oído mi hermano.

—Lo siento —le susurré y miré de nuevo al profesor. Mis mejil as estaban completamente rojas—. Sí quiero.

—Ahora ya lo sabe —dijo, mi hermano emocionado.

—Tienes razón —respondió y me dio un beso en la frente—. Gracias por ayudarme, Emmanuel.

—De nada —sonrió. Nosotros nos levantamos y el profesor puso una mano sobre mi hombro—. Adrián, ¿eres estudiante?

—Sí, soy estudiante.

—Pero no tienes puesto el uniforme de la escuela de Gabbe.

—Es que soy estudiante universitario —lo miré sorprendida—. Pero mi papá trabaja en la escuela donde estudia Gabbe y ahí la conocí.

—¿Tu papá? —pregunté, confundida.

—Prometo contarte la historia después —me susurró al oído. Debo admitir que me sentía muy curiosa sobre eso.

—Entonces cuando la viste te enamoraste —Emmanuel no podía evitar sonreír.

—Sí, tu hermana es muy bonita —pasó una mano por el cabel o de mi hermano revolviéndolo.

—Estaba más bonita de chiquita —dijo, riéndose.

—¿Después podrías enseñarme fotos? —le pidió a mi hermano.

—Con gusto —Emmanuel me tomó la mano—. ¿Sabes? No me gusta compartir a Gabbe, con Erin y Jamila no tengo opción, pero tú me agradas así que no me molesta que salgas con el a.

—Pues gracias —sonrió—. Te prometo que la cuidaré mucho.

—Eso espero —lo abrazó y el profesor le devolvió el abrazo—. Estoy con ando en ti.

—No te preocupes, pequeño adulto —Nos miramos con una sonrisa. Después reviso la hora—. Será mejor que me vaya, debo ir por los documentos.

—Está bien —respondí, un poco triste.

—Me tengo que ir, pero nos vemos otro día, ¿te parece? —Una vez más se puso a la altura de mi hermano.

—Sí, Adrián —lo abrazó rápidamente.

—Muy bien —le sonrió. Se levantó y me miró—. Y a ti, te veo mañana.

—Hasta mañana —dije con una sonrisa y me abrazo.

—Se van con cuidado —tomó mi rostro entre sus manos y me dio un beso en la frente.

Era el momento para intentar decirlo.

—Adiós, Adrián —me atreví a decir. En verdad era difícil para mí, por alguna extraña razón sentía como si fuera grosera al llamarlo por su nombre.

—Lo dijiste —se veía muy feliz.

—Sí, eso creo.

—Me alegra —acarició mi cabel o—. Nos vemos mañana.

Adrián se fue y lo seguí con la mirada hasta que desapareció de mi vista. Tomé la mano de mi hermano y empezamos a caminar. Al menos no estábamos tan lejos de casa, pero me sentía un poco triste por separarme de él; no dejaba de darme vueltas en la cabeza la palabra novios, esto no podía ser verdad, para ser

honesta temía que en cualquier momento me despertaría y todo lo que acababa de suceder desaparecería.

Ahora que lo pensaba tenía que hablar con Emmanuel, por ahora era mejor que no dijera nada de Adrián, así que necesitaría que guardará el secreto.

—Gabbe, tengo hambre —dijo, sacándome de mis pensamientos.

—Ya estamos cerca —apreté su mano.

—¿Crees que mamá haya preparado las hamburguesas?

—Espero que si —También tenía hambre y esas hamburguesas le caerían muy bien a mi estómago.

—Y papas fritas —sonrió como si tuviera frente a él la comida.

—Albóndiga —era el momento para hablar con él.

—¿Qué, Gabbe? —preguntó, mirándome.

—Necesito pedirte un gran favor.

—¿Sobre qué?

—¿Podrías guardar el secreto sobre Adrián? —le supliqué—. Por favor.

—¿Crees que mamá y papá se enojaran porque es mayor que tú? —

de nitivamente mi hermanito era muy inteligente. La edad no era tanto el problema, sino que en realidad es mi profesor y eso sí causaría un problema mayor.

—Sí, creo que se van a molestar —respondí.

—Está bien, no diré nada —sonrió dulcemente—. No quiero que mi papá te esté regañando.

—Gracias —lo abracé—. Eres el mejor hermano.

—Te quiero, Gabbe.

—Y yo a ti te quiero mucho —pasé una mano por su cabel o—. Vamos, hay que ir a comer.

—¡Sí! —gritó.

Me sentía más tranquila, sabía que no le diría nada a nadie, por ahora sería un secreto incluso para mis amigas, tal vez se los contaría más adelante cuando pasará un tiempo, mientras quería disfrutar de esta relación en privado.

Entramos a casa y mis papás ya estaban acomodando la mesa, por todo el lugar olía a las hamburguesas tan ricas que preparaba mamá. Dejamos las mochilas en

la sala y nos acercamos a el os.

—Hola, mamá —la abracé—. Hola, papá.

—Hola, Gabbe —me dio un beso en la frente—. Hola, Emmanuel.

—Hola, mami —salió corriendo con papá—. Hola, papá.

—Hola, pequeño —Lo cargo en sus brazos—. ¿Cómo te fue, Gabbe?

—Muy bien —me sentía feliz.

—¿Pasó algo bueno? —mi mamá me estudio con la mirada. ¡Oh no! Esperaba que no se diera cuenta con esa intuición maternal.

—Fue un buen día —simplemente respondí.

—Gabbe vio a la profesora Jessica, está feliz por eso —respondió Emmanuel, en un intento de ayudarme para que mi mamá ya no hiciera más preguntas que tal vez sería difícil para mí responder.

Mi madre sonrió.

—Debió darle mucho gusto verte.

—Sí, incluso me pidió que la visitará.

—Entonces deberías hacerlo.

—¿Puedo hacerlo? —pregunté esperanzada, tal vez esta sería una gran oportunidad para verme con Adrián.

—Por supuesto, solo debes avisarnos que llegarás un poco tarde.

—Gracias —dije, emocionada.

—Vayan a cambiarse y a lavarse las manos para comer —dijo mi papá, mientras bajaba a mi hermano.

Tomamos nuestras mochilas de nuevo y subimos corriendo por las escaleras, entramos cada quien a su habitación; saqué de mi armario un pantalón y una blusa morada, me sentiría más cómoda vestida así, me la puse y me acosté por un momento en la cama, levanté mi mano y miré el hilo rojo que aún estaba amarrado a mi dedo, no pude evitar sonreír, no estaba segura si había sido por el hilo que me encontré con Adrián o había sido él quien me encontró por casualidad, cualquiera de las dos razones me gustaba, pero estaba segura de que si me encontraba con Jayah de nuevo le contaría todo, incluso era muy probable que el a haya soñado con ese momento, tal vez ya había visto que algo así ocurriría. Traté de descifrar los mensajes de mis sueños como me dijo, pero no

era nada sencil o, lo único que podría interpretar de mis sueños era que quizás me estaban indicando que estaríamos juntos en algún momento, pero de ahí en fuera no sabía que más podría ser.

Cerré los ojos y deje que la imaginación me l evará con el a de vuelta al momento en que me besó, no podía discernir como era posible que una sola persona pudiera hacer cambiar de opinión a otra; solía ser alguien que no con aba muy rápido en los hombres, la palabra amor era algo difícil de creer, nunca fui capaz de abrir mi corazón, quería evitar que me lastimaran y siendo honesta tenía la idea de que prefería lastimar antes de que lo hicieran conmigo, por eso evitaba con más razón estar en una relación. La única que tuve como ya lo he mencionado antes fue un fracaso total, Ricardo fue una persona a la cual hubiera deseado que no se cruzará en mi camino, cada vez que se enojaba por cualquier cosa sentía que me regañaba, estar en un lugar completamente vacío, sin gente alrededor con él lo odiaba, me asustaba mucho, incluso algunas veces pensé que quería aprovecharse de mí y por suerte lograba escapar de alguna manera, desde entonces si me tocaba sentía repulsión aunque solo fuera un roce en las manos; solo recordar eso me producía asco. Otras cosas que me molestaban era que todo lo que trataba de hacer por él nunca lo notaba, pero lo malo siempre me lo echaba en cara, mientras que él era el señor perfecto y nunca hago nada malo, todos estos motivos fueron la razón de nuestro rompimiento, no lo soporte más y pensé que mientras más lejos estuviera sería mejor.

Pero con Adrián todo era diferente, algo en mí me decía que podía con ar por completo en él, me sentía segura a su lado, en mi opinión es un hombre comprensivo que siempre te escuchará, apoyará y nunca te presionará a hacer cosas de las cuales aún no te sientes preparada, pienso que con él disfrutaré de una hermosa relación como las de antes, las citas, cenas románticas, ores, chocolates y tal vez cartas, de esos romances que ya no hay; quizás nunca abrí mi corazón porque en el fondo buscaba todo eso, no quería amar a un idiota que solo pensará en cosas super ciales y otro tipo de cosas. No conocía mucho sobre Adrián, pero podía asegurar que sus pensamientos sobre una relación no diferían tanto de las mías, lo cual me hacía sentir muy emocionada y l ena de ilusión.

Quería conocerlo más y saber sobre lo que le gusta, lo que no le gusta, sus pasatiempos favoritos, absolutamente todo.

Con mucho cuidado me quite el hilo rojo y lo guarde en una pequeña caja, donde guardaba mi pulsera de plata con el dije de estrel a, quería guardarlo bien.

—Gabbe —dijo mi mamá, entrando a mi habitación—. Te estamos esperando para comer.

—Ya voy —la miré con una sonrisa—. Lo siento, mamá.

—Date prisa —sonrió dulcemente y salió de la habitación.

Guardé la cajita en el cajón de mi buro, ahí estaría segura. Normalmente nunca digo que ya quiero que sea mañana para ir a la escuela, pero ahora si lo deseaba tanto, si hoy había sido un magní co día, entonces mañana sería mil veces mejor.

Por ahora solo quería que l egará la noche para poder dormir y esperar a que el sol saliera anunciando un nuevo día.

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