Solo mi corazon sabe
Capítulo 21
Los días y las semanas pasaban volando, la vida se me iba con cada respiro, las horas y los minutos se hacían interminables, incluso aquel a estación del año que tanto me gustaba ya no me generaba emoción. El invierno había l egado, a pesar de que todos decían que era muy frío no era capaz de sentirlo, tal vez se debía a que me sentía de la misma manera.
La ciudad ya estaba adornada de las bel as luces de colores indicando que la Navidad estaba cada vez más cerca, los estudiantes disfrutaban de sus vacaciones, las parejas aparecían por todos lados disfrutando del clima, las razones eran obvias, debido al clima fresco aprovecharían para ir abrazados o el chico metería en la bolsa de su abrigo la mano de su novia entrelazada a la suya para mantenerla cálida. Cada vez que caminaba por la cal é me molestaba ver ese tipo de cosas, supongo que me había convertido en una persona amargada.
Desde que salimos de clases no había visto a mis amigos, mis cali caciones como había imaginado fueron casi perfectas, mi tía me había regalado un celular nuevo, muchas veces quise agregar el número de Adrián o de Ana, pero no me sentía capaz de hacerlo, tenía miedo. No quería pasar todo el tiempo en casa por eso había conseguido un trabajo de medio tiempo como mesera en un pequeño restaurante rústico, mi turno empezaba por las tardes hasta la noche y me dejaban comer y cenar ahí, me alegraba no tener que preocuparme por la comida. Me gusta trabajar ahí, es realmente agradable y las personas son muy buenas, en especial mi jefe, es una persona muy amable y muy atractiva, su rostro era no, su cabel o rubio oscuro siempre estaba alborotado, su color de ojos verde, debía medir como uno noventa y su sonrisa era parecida a la de Daniel; en cuanto a su edad era bastante joven, me dijeron que solo tiene veintiocho años.
—Hola a todos —dijo el jefe, l egando tan alegre como siempre—. ¿Cómo vas con el trabajo, Gabbe?
—Bien, señor Lee —dije, terminando de limpiar una de las mesas.
—Te dije que me llames por mi nombre —se acercó a mí y sonrió—. Dilo.
—Yo… —a mi mente vino aquel día donde Adrián me pidió algo parecido, un dolor punzante apareció en mi pecho—. Si, Marcus.
—Muy bien —pasó una mano por mi cabel o revolviéndolo—. Llámame de esa manera o me sentiré más viejo.
—No eres viejo, Marcus —dijo Eva, una de las cocineras—. Es solo que Gabbe es muy educada y debe ser extraño para el a llamarte por tu nombre, ¿verdad?
—Eva tiene razón —respondí, tímidamente.
—No te preocupes, piensa en mí como un amigo.
—¿Un amigo? —Creo que eso sería algo difícil, pero lo intentaría—. Está bien.
—Excelente —parecía satisfecho.
—¿Marcus? —no me acostumbraba a l amarlo por su nombre—. ¿Vamos a trabajar en noche buena y en Navidad?
—No trabajamos esos días —hice una mueca y me miró con curiosidad—.
¿Por qué?
—Solo preguntaba —pasé una mano por mi cabel o.
—¿Quieres trabajar? —algo le parecía divertido y no sabía porque—. ¿No quieres ir a casa?
—No es eso —no sabía que decir, me tomo por sorpresa su intuición.
—Debes tener tus razones —dijo, al ver que me quedaba cal ada—. Si un día quieres hablar sobre cualquier cosa sabes que cuentas conmigo.
—Gracias —sonreí muy agradecida.
Más personas empezaron a l egar, lo increíble de mi jefe era que incluso trabajaba también como mesero y podía notar que lo hacía con mucho gusto, la forma en que recibía y atendía a sus clientes era muy cálida y amable. Una vez más el recuerdo de aquel a persona a la cual extrañaba me venía a la mente.
Amable, cálido, inteligente, amoroso, eran algunas cualidades que lo describían.
Mis ojos se l enaron de lágrimas, intentaba tranquilizarme, l orar en el trabajo sería muy vergonzoso. ¿Por qué todo me lo recordaba? Tal parece en ningún lugar estaría bien, no importaba donde estuviera era muy probable que
terminaría l orando. Suspiré y seguí con mi trabajo, no podía seguir distrayéndome, aunque mi corazón me dolía y mi mente estaba en blanco quería esforzarme para seguir trabajando en este lugar durante mucho tiempo. La campana sonaba cada vez que se abría la puerta, una sonrisa forzada aparecía en mi rostro y el deseo de que en algún momento apareciera aquí se hacía más fuerte, aunque me ilusionaba como una tonta solo esperaba por ese día.
—¿Gabbe? —escuché una voz muy familiar, dirigí la mirada a la entrada y vi a Daniel—. Si eres tú.
—Hola, Daniel —acababa de ser atrapada.
—¿Qué haces aquí? —parecía desconcertado.
—Trabajo aquí.
—¿Qué? —No podía describir su nivel de sorpresa—. ¿Estás trabajando?
—Sí —asentí tratando de sonreír—. ¿Vienes solo?
—Sí, vengo solo —me miraba con el ceño fruncido—. ¿Por eso te desaparecías durante la tarde?
—Lo admito, fue por eso —señalé una mesa de la esquina y lo miré—.
¿Quieres sentarte ahí?
—¡Ah! Sí, ahí está bien.
Caminamos hacia la mesa y se sentó, le entregué el menú, pensaba esperar a que pidiera su orden, pero otras personas llegaron y los llevé a otra mesa.
—¿Ya sabes que vas a pedir? —pregunté, acercándome a él.
—Quiero una hamburguesa y jugó de manzana —lo miré con curiosidad—.
¿Qué?
—¿No quieres soda? —Era mi primera vez viendo un caso extraño como él—.
Todos toman soda cuando comen una hamburguesa.
—No lo hagas es malo para tu salud —la manera seria en la que me miraba hacia que me dieran ganas de reír.
—Gracias —respondí, con una sonrisa.
—¿Por qué me agradeces?
—Voy por tu orden.
Di la vuelta y fui a la cocina, le di el papel a Eva y me quedé esperando. La razón por la cual le había dado las gracias fue por hacerme sonreír y casi reír,
desde aquel día no lo hacía, solo ngía sonreír para evitar que me estuvieran preguntando que tenía o que me sucedía, el día de hoy había sido mi primera vez haciéndolo de verdad.
—¿Conoces al chico de la mesa de la esquina? —preguntó mi jefe, cuando se detuvo junto a mí.
—Es mi amigo, vamos a la misma escuela.
—Pensé que eran novios te veías muy alegre con él —me dio un ligero golpe con su codo en mi brazo.
—Solo somos amigos —respondí, mirando mis pies.
—Muy bien —puso una mano sobre mi hombro—. Está bien no salir con nadie, solo causa problemas y sufrimiento.
Lo miré con curiosidad, su mirada se veía triste, quería preguntarle a que se refería, pero no era correcto husmear en su vida personal y menos siendo su empleada, eso podría ser descortés.
Me entregaron la orden de Daniel y le l eve su comida, me habría gustado quedarme a platicar, pero más gente había l egado. Me sorprendía lo mucho que se l enaba por la tarde y especialmente por la noche, no se podía negar que la comida que ofrecen aquí es muy deliciosa y el lugar es muy bonito, no había ni una sola parte que no me gustara, el piso y el techo eran de madera, mientras que las paredes eran de ladril o, en realidad todos los muebles eran de madera. Y
nuestro uniforme era bonito y cómodo, la blusa de mezclil a era muy fresca y el pantalón negro combinaba bien.
—De verdad este lugar es asombroso —dijo Daniel, mientras pagaba la cuenta en caja.
—¿Ya habías venido antes? —pregunté, con curiosidad.
—Es mi primera vez aquí, me recomendaron el lugar —me sonrió de forma coqueta—. Me alegra haber venido, te encontré.
—Me siento feliz de verte —sonreí sinceramente.
—Vendré cada vez que pueda, ¿está bien?
—Por supuesto.
—Me voy —sonrió y salió del lugar.
—¿Por qué me miras así? —le pregunté a Gloria, cuando sentí su mirada.
—¿Es tu novio? —parecía que se quería burlar.
—Es un amigo —Me quedé pensando por un momento—. Es como un hermano.
—Está bien —sonrió y se acercó un poco—. Es muy guapo y parece agradable, deberías intentar salir con él.
Sonreí asintiendo, no planeaba hacer algo así, Daniel era mi amigo y no pensaba en él como pareja, además de que es una persona a la cual no quiero perder nunca.
Durante el resto del tiempo estuvimos ocupados, l egaban cada vez más personas, eran estos momentos los que prefería, podía mantener mi mente ocupada con el trabajo, algunas veces era difícil por las parejas que l egaban, pero trataba no prestar mucha atención.
La hora de trabajo había terminado, guardé mis cosas en la mochila y caminé hacia la puerta, me detuve cuando vi al señor Lee sentado en una mesa del fondo.
—Nos vemos después —dije, aún sin acostumbrarme a hablarle de esa manera.
—¿Gabbe? —me miró y me hizo un gesto con su mano para que me acercará.
—¿Qué ocurre? —pregunté, cuando me acerqué y lo miré con curiosidad.
—Siéntate un momento —sonrió—. ¿Quieres un helado?
—¿Con este frío? —pregunté, de manera burlona.
—Comer helado es bueno en cualquier época del año —se levantó y fue directo a la cocina, no pasó mucho tiempo cuando regresó con dos copas de helado de chocolate en la mano—. Aquí tienes.
—Gracias —De verdad no entendía nada sobre lo que estaba sucediendo en estos momentos.
—Siento curiosidad sobre algo —tomó la cuchara del helado y me miró—.
¿Alguna vez te has sentido sola?
—¿A qué te re eres? —lo miré con desconcierto, ¿qué clase de conversación iba a ser esta?
—Algunas veces me siento de esa manera, debido a una sola persona.
—¿Alguien a quien amaste? —me atreví a preguntar mientras comía del helado.
—¿Sabes por qué te contrate? —me respondió con otra pregunta que no lograba entender—. Te vi ese día en el parque l orando cuando esa persona se marchó.
—¿Qué? —no podía creer lo que estaba escuchando.
—Me recordaste a mi —me miró con sus ojos l enos de dolor—. La chica en la cual confíe y amé más que a nadie me dejó de esa misma manera, por eso cuando viniste a pedir trabajo… esa fue una de las razones por las cuales te contrate.
—¿Por lástima?
—Una mente ocupada hace que un corazón herido sienta menos dolor.
—Eso era lo que más deseaba —suspiré entendiendo más las cosas de mi l egada a este restaurante.
—¿Tu mano tuvo que ver con eso? —señaló mi mano izquierda—. Sigues usando la venda desde que llegaste.
—La mayoría de las heridas son super ciales, pero algunas son profundas y no han sanado por completo —jugué con mi helado y la cuchara—. Discutí con mis padres y para molestarlos rompí un vaso de vidrio con mi mano, estaba enfadada fue un impulso tonto de mi parte.
—Muy tonto —estuvo de acuerdo—. Pero es normal rebelarse contra los padres, la mayoría de los hijos lo hacemos.
—El os tuvieron que ver en mi separación con esa persona, por eso quería… —
mi voz se quebró antes de poder continuar.
—Querías lastimarlos por lo que te hicieron y te utilizaste para lograrlo.
—¿Sabes qué es lo peor? —negó con la cabeza, lágrimas brotaban de mis ojos
—. A mi papá no le importó para nada, mi mamá tuvo culpa momentánea, la única persona adulta que me ha apoyado es mi tía.
—Tus padres creen que estás haciendo una simple rabieta —sonrió de una manera triste—. Mis padres pensaron lo mismo.
—¿Qué ocurrió? —quería saber más de su historia, podía ver mi re ejo en él.
—Fue hace dos años, nosotros éramos muy felices, incluso teníamos planes para casarnos —miró por la ventana con melancolía—. Pero un día el a l egó y dijo que teníamos que separarnos porque no era correcto que estuviéramos
juntos, sin decir más se dio la vuelta y se marchó. Tiempo después descubrí que mi padre la había obligado a terminar con nuestra relación.
—¿Por qué lo hizo?
—Diferencias sociales —se burló—. Vengo de una familia acomodada y el a de una familia humilde.
—Es tan absurdo —No podía creer que las personas siguieran pensando de esa manera—. ¿La buscaste?
Me di cuenta que había hecho una pregunta tonta, si la hubiera buscado quizás estarían juntos, ¿no es así?
—Lo hice, pero deseé no haberlo hecho —me miró de una forma que sentí como se estrujaba mi corazón—. Cuando la encontré ya estaba con otro hombre.
—Entonces eso no era amor —Algunas personas podían l egar a ser horribles
—. Debe ser difícil para ti, pero no debes seguir sufriendo por esa mala persona que no vale la pena.
—Estuvimos juntos cinco años es solo que no entiendo porque me hizo eso.
—Quizás sus sentimientos cambiaron —la única razón que venía a mi mente fue porque esa mujer solo estaba interesada en su dinero, pero creí que no decirlo era lo mejor.
—Tienes razón…
—Jefe —lo l amé con respeto esta vez—. Merece a una mejor mujer que entienda y acepte sus sentimientos y lo ame tanto como usted a el a.
—Niña tonta —había logrado que sonriera—. Encuentra a alguien bueno que no te deje llorando en un parque.
—Eso duele —suspiré y miré por la ventana—. Esperaré y veré hacia donde me l eva el destino.
—Buena suerte con eso —siguió comiendo su helado y suspiró con frustración
—. Quisiera que esto fuera alcohol.
—Toma un poco si tanto quieres —dije, comiendo de mi helado, su sabor era tan dulce.
—Es aburrido si tomó solo —me señaló mirándome con molestia—. Apúrate a ser mayor de edad.
—Lo siento, pero no puedo controlar el tiempo.
—Te perdono por eso.
Nos miramos por un momento antes de soltarnos a reír, era la segunda vez que mi sonrisa era sincera y genuina, quizás se debía a que veía a Marcus como mi re ejo, nuestras historias tenían similitud en algunas cosas, pero grandes diferencias en otras, mientras el a era una mala mujer que dejó de «amar» al hombre con el que había compartido cinco años juntos, Adrián se alejó por mi bien y me había prometido regresar por mí.
Quería poder mantener mi con anza en esa promesa, no dudaría en ningún momento, tenía que creer en él.
Terminamos nuestro helado y me dirigí a la cocina para lavar las copas y las cucharas, era lo menos que podía hacer por invitarme a comer helado. Guardé las cosas en su lugar y fui por mi mochila, no podía dejar de sentir desconcierto mientras caminaba con mi jefe, era extraño que me acompañara a casa, pero no había podido negarme, pensé que sería una completa grosería si lo hacía.
La mayor parte del tiempo íbamos en silencio, las pocas veces que hablamos fue sobre sus días de preparatoria y así descubrí que asistió a la misma escuela que yo. Me quedé quieta al ver que ya habíamos llegado.
—Vivo ahí —señalé la casa azul naval, su color no se distinguía con claridad por la oscuridad.
—¡Oh! Ya l egamos —entrecerró los ojos para ver bien la casa—. Es azul, ¿no es así?
—Azul naval —asentí con una ligera sonrisa.
—Debe verse mejor el color de día.
—Es extraño —dije, de repente sin dejar de ver la casa.
—¿Qué se vea mejor de día? —parecía confundido.
—Es extraño que revivo momentos que tuve con esa persona contigo —lo miré a los ojos sin saber que pensar—. ¿Por qué pasa eso?
—No estoy entendiendo…
—Olvídalo, no importa — ngí una sonrisa, no necesitaba explicar nada—.
Debo irme.
—Está bien —sonrió.
—Gracias por todo —dije, con agradecimiento—. Nos vemos mañana.
—¿Gabbe? —dijo, cuando empecé a caminar. Me detuve y lo volteé a ver—.
Olvidaste que mañana es tu día de descanso.
—Es verdad, gracias por recordármelo —podía ver en su rostro diversión—.
Nos vemos pasado mañana.
Marcus asintió, me despedí con la mano y seguí mi camino. En cuanto entré a casa subí de inmediato a mi habitación cerrando con seguro la puerta, caminé hacia la ventana y vi que estaba caminando de regresó por el camino en que vinimos, lo observé hasta que desapareció de mi vista.
Me puse el pijama y me acosté en mi cama, todo lo que había sucedido el día de hoy había sido muy extraño, no entendía porque durante dos ocasiones tuve la sensación de estar viviendo de nuevo algunos momentos que tuve con Adrián, tampoco sabía cómo había terminado hablando con mi jefe sobre nuestros problemas amorosos, ¿acaso signi caba algo? O solo era una coincidencia, tal vez estaba perdiendo la razón por todo lo que he estado viviendo últimamente.
Aquel a pregunta que me había hecho en el restaurante no me dejaba tranquila, podía escuchar su voz en mi cabeza. «¿Alguna vez te has sentido sola? »
No le había podido dar una respuesta apropiada en ese momento, pero ahora lo haría… «Sí, me he sentido sola desde que Adrián se fue, Marcus».
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