Solo mi corazon sabe

Fernanda Cuevas · Capítulo 2 de 26

Páginas del PDF

Solo mi corazon sabe

Capítulo 1

Nunca he sido una persona con suerte, me re ero a que siempre me ha ido muy mal en todo, la escuela, mi familia, mis amigos y sobre todo en el amor, después de que mi primera relación amorosa fuera un completo fracaso decidí ocuparme de otras cosas, en los estudios, por ejemplo. Pienso que tal vez la persona a la cual estoy destinada a conocer esta paseando por algún lado del mundo y que en algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar, puede pasar un año, cinco, incluso diez años, pero de nitivamente nos conoceremos, simplemente porque es nuestro destino hacerlo. El gran problema de todo esto es que mi personalidad es bastante fría con las personas, en especial con los hombres, mi gran preocupación es terminar asustando al que será el gran amor de mi vida.

¿Podría alguien soportarme? Comienzo a creer que no habrá nadie nunca, bueno en realidad solo hay dos personas que me soportan y me quieren tanto como yo a el as y son mis mejores amigas Erin y Jamila. Son lo mejor que me pudo pasar, aunque tenemos personalidades completamente diferentes nosotras nos complementamos a la perfección y eso es lo que hace todo divertido.

Me l amo Gabbe White y tengo diecisiete años, soy una persona totalmente invisible para la sociedad, puedo asegurar que la mayoría de mis compañeros de clase no saben que existo y la verdad eso es algo que no me molesta para nada, es más, disfruto de esa soledad. No hay mucho que contar sobre mí, mi vida es bastante aburrida, pero admito que cuando estoy con mis amigas se vuelve divertida, así que espero con ansias cada día para verlas.

El primer día de clases siempre era aburrido, la mayoría de los profesores y alumnos nunca asistían, quisiera ser uno de el os, pero mis padres no me lo permitirían nunca.

Odiaba ver el gran edi cio gris, se sentía muy imponente. Cerré los ojos y di un gran suspiro, ya era hora de entrar; subí las escaleras lo más lento que pude, pero

se sintió tan corto el camino al tercer piso, la puerta del salón seguía cerrada, varios estudiantes estaban platicando y poniéndose al día, busqué a mis amigas, pero no las vi, así que decidí recargarme en el barandal; junto a mi había unos muchachos, uno de el os traía el pantalón azul marino, con la camisa blanca y el saco azul tan característico de nuestro uniforme, mientras que la persona que estaba a su lado usaba un pantalón de mezclil a y una camisa de cuadros azul claro; me preguntaba si era un nuevo alumno aunque no me parecía que tuviera diecisiete años. La señora encargada de abrir los salones subió y por n pudimos entrar, fui al segundo asiento de la primera la, normalmente me sentaba hasta atrás, pero creí que sería bueno prestar más atención a las clases. El timbre por n sonó y muchos de mis compañeros entraron corriendo, como era de esperarse mis amigas no habían venido el día de hoy a la escuela. Todos se acomodaron en sus asientos, mi mirada se dirigió hacia la puerta, aquel muchacho que acababa de ver hace un momento estaba entrando al salón, no le había prestado mucha atención, pero ahora podía darme cuenta que su piel era blanca, su cabel o negro, sus ojos cafés; debía medir como uno ochenta, un poco más, no lo sé.

Puso sus cosas en el escritorio, me sentí completamente sorprendida, ¿así que él sería nuestro profesor? Debía tener como veintitrés años, ¿tan joven? No me esperaba esto en realidad.

El profesor caminó hacia el pizarrón y escribió su nombre, Adrián Ferro.

—Buenos días a todos, soy el profesor Ferro —El sonido de su voz era grueso

—. Seré su profesor durante todo el semestre, espero que podamos trabajar de una manera tranquila y agradable.

De esta manera la clase empezó, no podía evitar dejar de mirarlo, no solamente era muy guapo, sino que explicaba las cosas de una manera muy entendible. Me sentía feliz por haber escogido un asiento de adelante. Tenía un ligero presentimiento de que está sería la mejor materia del ciclo escolar. Era una lástima que Erin y Jamila no estuvieran aquí, aunque para mí al menos por hoy era algo bueno, podía centrar mi atención en el profesor.

Después de un rato nos dejó salir quince minutos al terminar la primera hora de clase, todos salieron incluyéndolo a él; decidí quedarme adentro no tenía nada que hacer afuera, me aburriría más.

—¿Eres la señorita? —Levanté la mirada hacia la puerta. En ese momento el profesor estaba entrando.

—Gabbe White —respondí tímidamente.

—¿Señorita White, no piensa salir? —preguntó, con el ceño fruncido.

—No me gusta salir —dije, casi en un susurró.

—¿Por qué no? Estoy seguro de que le serviría de mucho ir a distraerse —dijo, sentándose en su escritorio.

—Pre ero quedarme aquí, de igual manera no tengo con quien platicar —

Sentía como me ruborizaba por la vergüenza.

—¿No tienes amigas? —preguntó. Parecía sorprendido.

—Sí, pero hoy no vinieron—lo miré.

Su rostro se veía tan tranquilo.

—Ya veo, creo que quisieron saltarse las presentaciones —dijo pensativo y luego sonrió. Esa sonrisa era demasiado hermosa—. Está bien entonces, no hay mucho que hacer afuera.

No pude evitar sonreír. El profesor abrió su libreta y empezó a revisar el siguiente tema para ver en la próxima hora, estaba tan concentrado que nunca se dio cuenta de que lo estaba observando, lo cual fue muy bueno para mí. Ahora que lo pensaba estaba más que sorprendida, no solo era guapo sino amable, en mi vida había tenido un profesor como él, en de nitiva, este sería mi semestre, debía estudiar mucho, quería ser la mejor en su materia, pero era muy mala en matemáticas así que no será sencil o, pero tengo que hacer lo mejor que pueda.

Pasaron los quince minutos y todos regresaron para seguir con la clase. A pesar de que había sido muy corto el tiempo que hablamos y que pude obsérvalo a solas, había sido un momento muy agradable. Me moría de ganas por contarle a las chicas sobre él, estaba segura de que se emocionarían al enterarse de que teníamos un profesor joven, guapo y que si explicaba muy bien. Estaba más que claro que me encontraba emocionada por todo esto. No podía dejar de verlo con admiración mientras seguía explicando el tema, trataba de prestar atención a la clase, pero no podía. «Y así quiero pasar la materia» Pensé. Sacudí mi cabeza y me obligué a tomar notas. Soy una persona que se distrae por cualquier cosa,

incluso una mancha en la ventana era capaz de distraerme. Lo sé, me sentía muy avergonzada por eso.

El profesor puso una actividad, me sentía un poco molesta por no prestar atención, así que intenté resolver el ejercicio. «Esto está mal, muy mal, ni siquiera sé que estoy haciendo» Pensé, mientras me ponía las manos en la cara.

—¿Cómo va, señorita White? —preguntó el profesor, tomándome por sorpresa.

Estaba de pie junto a mí.

—No estoy segura —respondí. Tomo mi libreta y revisó el ejercicio.

—¿Ese resultado le dio? —preguntó, mientras me miraba. Asentí—. Déjeme revisar.

—Sí —respondí, tímidamente.

El profesor se acercó a otros compañeros y regreso conmigo.

—Eso no… —Revisó de nuevo mi libreta y regresó con el otro compañero, después de un rato se acercó a mí con una sonrisa—. Hizo mal esta parte, por eso no le sale el resultado.

—¡Ah! —dije, riendo. Creo que lo había confundido con el ejercicio—.

Gracias, lo haré de nuevo.

—Si necesita ayuda puede decirme —dijo aun sonriendo, mientras iba hacia otra compañera.

Traté de terminar el ejercicio, pero nunca pude entenderlo y ya no fui capaz de pedirle ayuda porque el timbre sonó. Por ser el primer día no nos dejó tarea, por lo que estuve muy agradecida, ya que era muy probable que no la hiciera porque no entendí nada del procedimiento por pasármela observándolo y estar perdida en mi imaginación.

La siguiente clase empezó, el profesor era bastante serio y solo repetía una vez, no explicaba nada de nuevo. Esta vez sí tome notas, no había nadie que me distrajera, bueno, no tanto. Estas dos horas estaban resultando eternas, habría estado muy agradecida de que nos dieran otros quince minutos de descanso, porque está vez si los aprovecharía, solo quería poder caminar un rato, estar sentada durante mucho tiempo era bastante cansado. El sol estaba muy resplandeciente, afuera debía hacer muchísimo calor, realmente odiaba los días

calurosos, prefería el frío, me gusta sentir el viento chocar contra mi rostro, usar mis sudaderas, mis abrigos, incluso mis gorros, era lo mejor del mundo para mí.

No soy una persona que acostumbre a usar vestidos, pero cuando es necesario lo hago y cuando digo necesario me re ero a que en días con temperaturas altas o en eventos importantes me los pongo. No soy como otras chicas que lucen muy femeninas, pero tampoco soy de las que quieren lucir como niños.

El timbre sonó por n era la hora del receso; el profesor nos dejó tarea y todos pudimos salir del salón, fui directo a la cafetería y compré una botel a de agua, me quedé parada mientras miraba a mi alrededor en busca de un lugar hacia donde ir; comencé a caminar hacia cualquier lado, el solo poder moverme era un alivio, la próxima vez de nitivamente aceptaría esos quince minutos que nos den de descanso. Después de estar caminando sin rumbo jo me di cuenta que había l egado a las canchas, varios estudiantes estaban jugando fútbol. Me acerqué a unas bancas y me senté, todos parecían divertidos mientras jugaban, no sé como podían estar corriendo en el fuerte sol, estaban todos sudados, era asqueroso.

Abrí mi botel a de agua y comencé a tomar, mientras seguía viendo el partido.

Bueno, estaba resultando muy aburrido ver personas correr atrás de una pelota en pleno sol, si mis amigas hubieran venido todo sería mejor, pero no, hoy decidieron abandonarme.

—Veo que decidió salir —escuché una voz que reconocí de inmediato.

—Estaba cansada de estar en el salón sentada —respondí mirando al profesor Ferro, quien se acercaba a mí.

—Pero ahora está sentada de nuevo —sonrió.

—Qué curioso, ¿verdad? —dije. «¿Es en serio lo que acababa de decir? Vaya respuesta la mía» Pensé, con incredulidad.

—Bastante.

—Perdón, fui grosera —dije, rápidamente.

—No, fue una respuesta espontánea —sonrió—. Y como yo lo veo usted no lo es mucho.

—Solo con personas que no son cercanas a mí y con los desconocidos no lo soy.

—Yo soy un desconocido —me miró.

—¡Oh! Bueno… —no pude evitar sonreír—. Tiene razón.

—¿Puedo sentarme? —preguntó de repente, mientras señalaba el asiento a mi lado.

—Sí, claro —sentí como me sonrojaba.

—¿Le gusta el futbol?

—No, solo llegué y me senté —suspiré—. Me aburre mucho.

No respondió nada, nos quedamos viendo el partido, de verdad esto es bastante aburrido, los chicos seguían sudando, lo que me seguía pareciendo asqueroso; uno de el os había tropezado, todos los jugadores se acercaron corriendo a él para ver si se encontraba bien, hasta que uno de sus amigos lo ayudó a levantarse, se sacudió la tierra de su pantalón y con una sonrisa como si nada hubiera pasado siguió jugando.

En mi opinión prefería el basquetbol y el tenis, siempre me habían gustado esos dos deportes, me parecían más entretenidos. De reojo miré al profesor, estaba tan concentrado en el partido. Se veía tan guapo.

—Tiene razón, señorita White —dijo, mirándome—. Este partido está muy aburrido.

No pudimos evitar reírnos.

—¿Hay algún deporte que le gusté? —pregunté, con curiosidad.

—Me gusta el fútbol —sonrió más—. Pero ese no.

Una vez más nos soltamos a carcajadas. Incluso su risa me parecía linda, era muy agradable, a su lado tenía un sentimiento de calidez y eso era muy extraño, rara vez me sentía así con una persona.

Para mi desgracia el timbre sonó, el receso había l egado a su n, así como mi oportunidad de permanecer más tiempo a su lado.

—Creo que es hora de regresar al salón —dije, tristemente.

—Es cierto —Se puso de pie—. Y yo tengo que ir a dar otra clase.

—Gracias —sonreí.

—¿Por qué? —me miró con sorpresa.

—Por hacerme compañía —dije, apenada—. El receso no fue aburrido, pude conversar con alguien por un momento.

—De nada, señorita White, fue un gusto.

Me ofreció una última sonrisa y se fue alejándose poco a poco hasta que lo perdí de vista. Con un profundo suspiro regresé al salón, ¿por qué nunca podíamos conversar más tiempo? Siempre era por solo un momento y eso me hacía sentir bastante molesta.

El resto de las clases pasaron muy rápido. Solo quería regresar a casa y acostarme un rato antes de empezar con la tarea. La hora de salida por n l egó, pensaba tomar el autobús, pero preferí caminar; mi casa estaba un poco lejos, pero era mejor así.

Después de caminar un rato bajo el fuerte sol, tuve un sentimiento de arrepentimiento por no irme en autobús, en estos momentos iría sentada, tal vez muriendo de calor porque iba l eno o porque la ventana no se podía abrir, pero no estaría sudando tanto como lo estaba haciendo ahora. Para la siguiente vez que tenga esta bril ante idea en un día caluroso como este me arrojaré de un puente por ser tan torpe. Mientras trataba de echarme aire con mi mano seguía odiándome por esta estúpida idea de caminar a casa, tal vez debería pedirles a mis padres que me compren una bicicleta o unos patines, algo, lo que sea sería bueno. Para mi suerte había una tienda en la cal e, entré y compré una botel a de agua muy fría, esto me ayudaría a soportar un poco más y a no morir, sentía que me faltaba poco para terminar en el hospital.

«¡otoño e invierno lleguen ya por favor!» Grité muy en mi interior. Amaba esas estaciones del año, el viento frío, las hojas cayendo de los árboles, el frío de nuevo mucho frío, es lo más hermoso. Esta es otra diferencia que tenía con Erin, le fascinaba el calor porque podía usar vestidos, creo que todo su armario era de solo vestidos y faldas, en cambio al igual que Jamila somos más de pantalón, sudaderas y blusas de manga larga, sin embargo, Erin y Jamila se maquil aban y de vez en cuando Erin me arreglaba, pero solo cuando no había nada que hacer, esas son las únicas veces que me veía un poco linda. Tal vez debería pedirle a mi amiga que lo hiciera para que el profesor me viera de diferente manera, para que me viera bonita. Sacudí la cabeza, vaya que clase de pensamientos tenía ahora, nunca me había pasado por la cabeza algo así por un chico y mucho menos por un profesor.

—Estas loca, Gabbe — murmuré.

Levanté los brazos y sonreí, por n había l egado a casa, me sentía completamente feliz. Abrí la puerta y entré, subí corriendo por las escaleras y tiré la mochila al suelo arrojándome a la cama. Al n podía descansar un rato.

—Gabbe —dijo mi mamá, mientras asomaba su cabeza por la puerta.

—Hola, mamá —dije, mirándola.

—¿Por qué tardaste tanto en llegar?

—Caminé de la escuela a casa —suspiré—. Por el calor no pude caminar más rápido, pensé que caería muerta en cualquier momento.

—No exageres, Gabbe —mi madre sonrió—. En un momento estará la comida, así que ve lavando tus manos y baja.

—Sí, mamá.

Me levanté de la cama y me quité el uniforme, me puse ropa cómoda y me lavé las manos, bajé las escaleras dirigiéndome hacia el comedor, mi hermano menor ya se encontraba sentado y mi papá no se veía por ningún lado así que supuse que aún estaría trabajando.

—¡Gabbe! —gritó Emmanuel.

—Hola, pequeña albóndiga —sonreí.

—Te extrañe —dijo, con aquel a encantadora sonrisa.

—Y yo a ti.

—Ya dejen de hablar y coman —dijo mi madre, mientras servía nuestros platos.

Amaba la ensalada rusa, la consideraba como uno de mis platil os preferidos, en realidad toda la familia la amaba, lo comíamos muy seguido y nunca nos aburríamos de el a.

—Está muy rica, mamá —dije, sirviendo más en mi plato.

—Qué bueno que te gustó —sonrió—. ¿Cómo estuvo tu día?

Mi mamá tomó un poco de su limonada.

—Muy bien, me gustó mucho —dije, pensando en la razón de mi felicidad.

—¿De verdad? —mi mamá parecía sorprendida—. Si tú odias la escuela.

—Sí, bueno al parecer este semestre no será tan malo.

—¿Es debido a un chico? —mi madre soltó una risita cuando casi escupo mi comida. «Maldición creo que me descubrió» Pensé.

—No, mamá —dije, deprisa—. No es eso.

—A mí me parece que sí.

—No es eso —Traté de pensar en algo que decir—. Los profesores, si, es eso.

—¿Los profesores? —parecía confundida.

—Este semestre son muy amables y enseñan bien —No era del todo mentira, había al menos uno que si era amable y explicaba bien las cosas.

—¡Oh! —Podía sentir que no me creía mucho—. Me alegra entonces, espero que este semestre sea de solo diez.

—Sí, también lo esperó —sonreí y miré a mi hermano—. Albóndiga, ¿cómo te fue a ti?

—Bien —dijo, feliz—. Hoy aprendimos las tablas de multiplicar.

—¿De verdad? —preguntó mamá—. ¿Cuál te aprendiste?

—¡La tabla del uno! —gritó, con emoción.

—Muy bien, Emmanuel.

No pudimos evitar sonreír, nosotras amábamos a nuestra pequeña albóndiga demasiado, aunque había sido hija única por mucho tiempo me sentía feliz de tener un hermano menor como él. Es una de mis razones más grandes para seguir luchando día a día.

Después de comer y platicar un rato fui a mi habitación a empezar mi tarea, si no la hacía ahorita ya no la hice después.

No fue tan difícil como pensé, no fue tan rápido como hubiera querido, pero el simple hecho de haberla terminado era ya una ventaja.

El resto del día pasó rápido, la cena había sido tan agradable con mi familia. Al regresar a mi habitación me metí a bañar, me puse el pijama y ya acostada en mi cama me deje l evar por mi imaginación, mañana sería un día nuevo y una oportunidad más para ver a esa persona que se había mentido en mi mente.

OceanofPDF.com