Solo mi corazon sabe
Capítulo 24
La semana por n había terminado y como lo planeado nos iríamos el día de hoy a la casa de vacaciones de los padres de Daniel, en esta ocasión nosotros dos nos adelantaríamos, mientras que el resto l egaría después debido a un problema que le surgió a Yann con su padre.
El resto de la semana fue un poco incómoda debido a esa persona que se la pasaba como mi sombra, algunas veces lo veía l egar al restaurante, me sentía bastante asombrada al ver como se había hecho amigo de Marcus y hasta cierto punto me sentía traicionada, pero no podía prohibirles hablar, después de todo eran sus vidas. Al terminar mi trabajo me acompañaba a casa, no decía nada solo caminaba a mi lado en silencio y como era mi nueva costumbre en estos últimos días, cada vez que esa persona no podía ver mi rostro no podía evitar sonreír, me parecía muy curioso lo que hacía e incluso me divertía, pero eso era algo que nunca aceptaría frente a él. Mi mayor pregunta era saber lo que estaba planeando al acercarse a mí, pero era algo que no quería saber por el momento.
Terminé de guardar mis cosas en la maleta y me fui a cambiar de ropa, el día de hoy l evaría puesto un short de mezclil a azul marino que l egaba un poco arriba de la cadera, una blusa negra de encaje que dejaba al descubierto mi ombligo y un kimono de playa, tenía muchos modelos diferentes, pero el que había escogido para el día de hoy era mi favorito, l egaba por debajo de mis rodil as con sus ecos largos l egando casi a mis talones, su color era blanco con pequeñas ores negras en los bordes, las mangas l egaban hasta mis codos y era bastante ligero y cómodo para usar. Por último, me puse mis sandalias negras y arreglé mi cabel o en dos trenzas. Me aseguré de que nada faltará y salí de la habitación donde se encontraban mis amigas sentadas en la sala.
—Wow —exclamó Erin, asintió en modo de aprobación después de estudiarme con la mirada. Se acercó a mí y estiró su mano donde sostenía un
estuche—. Úsalos, no queremos que el sol dañe tus lindos ojos.
—Gracias —dije, sonriendo burlonamente—. Pero no hay ojos azules que proteger.
—Aun así, el sol puede lastimarte —dijo Jamila, acercándose a nosotras—. Por cierto, te ves muy bonita.
—Lástima que no va a durar mucho tiempo —musito Erin.
—Tienes razón —Jamila negó con la cabeza.
Suspiré con exasperación, lo que hacía todos los años cada vez que íbamos a la casa de Daniel no afectaba mi ropa.
—Me voy —dije, caminando hacia la puerta. Las miré con una ligera sonrisa
—. Nos vemos al á.
—Esperamos no tardar —respondió Erin, revisando su celular—. Dijo Yann que no tardará mucho.
—Ya quiero l egar a la increíble casa de Daniel —dijo Jamila, parecía muy emocionada.
—¿No quieres venir con nosotros? —pregunté.
—Me gustaría, pero no he hecho mi maleta —respondió, pasando una mano por su cabel o. Parecía avergonzada por decirlo.
—Todo lo dejas para lo último —dije.
Nos miramos por un momento y nos soltamos a carcajadas, había cosas que nunca cambiaban como Jamila dejando todo al nal.
—Mejor ya baja, no te vaya a regañar Daniel —dijo Erin, cuando todas logramos tranquilizarnos.
—Me voy.
Salí del departamento y subí al elevador. Cuando l egué a la primera planta caminé hacia la puerta trasera que te l evaba al estacionamiento, no me tomó mucho tiempo encontrar a Daniel guardando su maleta y otras cosas en la cajuela de su auto.
—Estas aquí —dijo, mirando de reojo.
—Lamento tardar —dije, con una pequeña sonrisa.
—No tardaste —sonrió, acercándose a mi para tomar mi maleta—. No tiene mucho tiempo que baje.
—Entonces está bien.
—Por cierto, te ves hermosa —musito, con una sonrisa coqueta.
—Deja de verme así —dije, amenazadoramente.
—Sabes que me gusta bromear contigo.
—Lo sé muy bien.
Sonrió de nuevo. Me había vuelto más débil con Daniel, lo que quería de mi lo obtenía, no me malinterpreten solo era como un niño cuando te pide un dulce, al principio pensé que lo hacía para molestar, pero descubrí que lo hacía para ayudarme en mis momentos difíciles, era como una distracción.
—Es hora de irnos —dijo.
Nos subimos al auto y Daniel comenzó a manejar, bajé el vidrio de mi ventana y dejé que el aire chocara contra mi rostro, me gusta esa sensación a pesar de que en algún momento sentía que me as xiaba lo disfrutaba mucho. No era la primera vez que nos tocaba viajar solos, siempre era cómodo y divertido hacerlo; para ser sincera algunas veces l egue a pensar que debí enamorarme de él, todo habría sido mejor y nunca hubiera sufrido tanto como lo hice. Pero como siempre, me arrepentía de tener esos pensamientos, al nal de todo conocí el verdadero amor con esa persona y permanecí con un corazón agradecido por todos los bel os momentos que tuve a su lado y por todo el amor que recibí.
Intenté mantenerme fuerte a pesar de que seguía en una eterna oscuridad.
Siempre que viajaba me gustaba ver el paisaje, pero el sentimiento de melancolía l egaba para inundar mi mente de recuerdos, en estos momentos íbamos en el camino opuesto al lugar donde se encontraba la cabaña de la familia de Adrián, aquel os bel os momentos los anhelaba con todo el corazón. Nunca pude regresar con el os en diciembre, tampoco tuve la oportunidad de saber si los tulipanes que había plantado habían crecido. Era lo mismo siempre que viajaba, todos esos pensamientos permanecían en mi mente y de esta manera permitía que me lastimaran como mil cuchil os atravesando mi corazón.
—¿Por qué estás tan pensativa? —preguntó Daniel, sin apartar la vista del camino.
—Me gusta imaginar mil historias mientras observó el paisaje —respondí, mirándolo con una ligera sonrisa.
—No logró imaginar de que tratan las historias.
—Ninguna de amor, puedes estar seguro de eso.
Daniel soltó una carcajada y me miró de reojo.
—Deben ser de fantasmas o asesinos seriales —dijo, con voz burlona—. Son tus temas favoritos.
—Es muy tranquilo por aquí, si el auto se descompone y anochece —dije, pensativa tratando de imaginar una escena así—, entonces algún asesino podría salir de la nada y descuartizarnos.
—Por eso viajamos muy temprano para evitar que caiga la noche —contestó.
Parecía que se estaba divirtiendo.
—¿De verdad es por eso? —pregunté.
Ahora entendía porque la obsesión de Daniel por viajar siempre a más tardar al mediodía.
—No —sonrió. De verdad se divertía conmigo—. Es mejor l egar más temprano para disfrutar nuestro tiempo de vacaciones.
—Tienes razón.
Estuve de acuerdo, todo el tiempo que pasábamos en su casa de vacaciones era increíble y relajante. Podía caminar por cualquier parte, después de todo el terreno era enorme y podía alejarme de la casa un poco, me gustaba caminar por los alrededores para poder pensar con tranquilidad.
El resto del camino había sido entre broma y broma, mi mente nuevamente estaba ocupada, por eso nunca fui capaz de alejarme de Daniel, me mantenía distraída de todas mis preocupaciones.
Después de casi dos horas de viaje l egamos a la casa, una gran reja se abrió, mi acompañante le dio las gracias al personal de seguridad que se encontraba vigilando el lugar y siguió manejando un poco más por un camino l eno de árboles hasta que una imponente casa blanca apareció frente a nosotros.
Seguía sin poder creer que la familia de Daniel fuera mil onaria. Bajamos del auto y sacamos nuestras maletas. Caminamos hacia la enorme puerta de madera oscura y la abrió, como siempre ver esta casa por dentro era algo hermoso, todo el piso era de madera, al entrar estaba la mesa del centro de tipo minimalista de piedra y cristal con un orero de vidrio l eno de orquídeas rosas, las paredes por
dentro eran color hueso mientras que las cortinas eran de color blanco, así como los sil ones. Todos los muebles eran de madera oscura. Si la sala y el comedor eran enormes la cocina era lo mejor, las paredes eran de un tono azul pastel, había una gran isla negra que contaba con la estufa, el refrigerador era grande y cada uno de sus armarios para almacenamiento estaban repletos de comida; en realidad está cocina era el paraíso, recuerdo que siempre me metía para cocinar.
Subimos las escaleras de madera y l egamos al segundo piso donde se encontraban las habitaciones. Daniel me guío a la recámara que siempre me tocaba, las paredes eran azul turquesa y las cortinas blancas, la gran cama tenía un edredón ligero igual de turquesa que las paredes y sus sábanas grises.
Siempre me dejaba esta habitación por sus colores, sabía que era de mis favoritos.
—Tu habitación sigue intacta —dijo, con una sonrisa mientras dejaba mi maleta en la cama—. Siempre pido especial cuidado en esta recámara, no dejó que nadie haga cambios aquí.
—Gracias —dije, mirándolo con agradecimiento—. Tus papás deben estar molestos porque no pueden hacer nada.
—El os ya te consideran la dueña de la habitación —sonrió cálidamente.
—Tus papás son los mejores.
Para mí los padres de Daniel se habían convertido en los míos, siempre me brindaron su apoyo y me dejaban pasar algunas veces Navidad o año nuevo con el os, incluso hicieron cosas que no debían hacer por mí, es por eso que les estaba eternamente agradecida.
—Sabes que te quieren mucho.
—Y yo a el os —sonreí. Era momento de una broma—. No te enojes si después me pre eren más a mí que a ti.
—Lo único que me preocupa es mi herencia —hizo una mueca ngiendo inquietud.
Nos miramos soltando carcajadas, de nitivamente si no respondía de esa manera no era Daniel, solo a él se le podría ocurrir semejante cosa.
—Voy a mi habitación —dijo, cuando logramos tranquilizarnos. Mi abdomen me dolía por tanto reír—. Descansa un rato.
Daniel salió de la habitación. Me quedé ahí parada sin saber que hacer, no pensaba sacar mis cosas y guardarlas en los cajones, solo estaríamos el n de semana no creía que fuera necesario hacer eso. Miré a mi alrededor y en un mueble cerca de la puerta para salir al balcón estaba la maceta con los tulipanes amaril os, me acerqué para verla y se había puesto muy bonita, incluso cuidaban mi planta, eso me hacía sentir feliz.
Abrí la puerta corrediza y salí al balcón, esta vista siempre me pareció muy bonita, desde aquí podías ver la parte trasera de la casa donde se encontraba la alberca, los columpios y algo que nunca había visto antes, una sala gris para exteriores. ¡Oh! de verdad necesitaba ir a sentarme en un sil ón. Saqué ropa de la maleta, un short blanco y una blusa blanca, los dejé sobre la cama era muy seguro que las necesitaría más tarde. Bajé la maleta al piso y la puse en una esquina donde no estorbara, tomé una revista que había en la habitación y fui hacia la sala, el hermoso piano de cola negro había sido la razón por la cual aprendí a tocar.
Abrí la puerta corrediza de vidrio y salí al jardín, caminé hacia los sil ones y me senté poniéndome los lentes para sol que Erin me había regalado. De verdad este sil ón era muy cómodo, le eché un vistazo a la revista y me fui a la sección del crucigrama, era una lástima que no tuviera un lapicero.
A lo lejos escuché los gritos de Jamila, parecía estar muy emocionada por llegar, no me moví de mi lugar porque estaba segura de que saldrían en algún momento; seguí leyendo la revista, aunque hubiera preferido traer un libro, sabía que no le iba a prestar atención y lo dejaría por algún rincón abandonado.
—¡Gabbe! —gritó Erin.
Levanté la mirada y no me esperaba lo que mis ojos estaban viendo, podía sentir como mi cuerpo se tensaba.
—¿Cómo estás? —dijo Jamila, sentándose en el sil ón de al lado.
—Bien —respondí, sin apartar la mirada de esa persona.
—¿Ese era el problema que tuviste con tu padre? —pregunté.
Yann pasó una mano por su cabel o.
—Solo paso de esta manera —respondió, encogiéndose de hombros.
—No seas grosera y saluda —me reprendió Erin.
Suspiré con irritación.
—Hola —dije, mirando jamente a esa persona.
Daniel salió al jardín y en cuanto me vio se asustó.
—¡Tú! —me levanté y lo señalé.
—No tengo nada que ver con eso —dijo, se acercó a mí y me tomó del brazo
—. De verdad no sabía sobre esto.
Me senté de nuevo y jalé a Daniel para que se sentará a mi lado, mis amigos y el nuevo invitado hicieron lo mismo, cada vez que miraba a esa persona por alguna extraña razón me hacía sentir molesta, no lograba entenderlo aún. Mis amigos hablaron de muchas cosas incluso la persona convivía con el os, ¿de verdad haría esto con todas las personas que conozco? No podía saber lo que pensaba, me resultaba muy difícil de entender.
Muy despacio y de forma que nadie lo notará me quité mis sandalias, permanecí en silencio durante toda la conversación, no tenía nada interesante que decir. Me quité los lentes y los dejé en la mesa de centro, me levanté y todos me miraron jamente.
—Sí me disculpan debo hacer algo —dije, con una sonrisa.
Salí corriendo saltando a la piscina. No sé si era locura, pero amaba hacer esto cada vez que veníamos, estar nadando con ropa era algo que me gustaba hacer, por eso siempre dejaba todo preparado en la habitación para cambiarme.
En esta ocasión me sentía muy sorprendida, en ningún momento había escuchado a Daniel gritarme como siempre. Salí a la super cie y lo vi parado cerca de la oril a, me acerqué con una sonrisa.
—No sé porque te gusta hacer eso —su sonrisa era dulce.
—Quizás estoy loca —respondí.
—Es muy probable —dijo burlonamente. Luego me señaló—. Por cierto, dejaste el agua plateada por tu cabel o.
—¿Qué? —dije, asustada. Bajé la mirada esperando ver rastros de plata en el agua, pero no había nada—. Mentiroso.
Daniel soltó una carcajada y se fue a sentar con los demás, debió ser mientras estuve bajo el agua, pero esa persona estaba sentada en mi lugar y me miraba jamente, me sumergí de nuevo y seguí nadando durante un rato.
—Gabbe, vamos a comer —dijo Erin, acercándose.
—Vayan ustedes no tengo mucha hambre.
—Necesitas comer algo —dijo Jamila, parecía preocupada.
—¿De verdad no vas a comer? —preguntó esa persona.
Su mirada me decía que estaba preocupado.
—No te preocupes estaré un rato más aquí y después saldré a comer —dije, intentando que mi voz no saliera con rudeza.
—De acuerdo —sonrió con dulzura.
Rápidamente desvíe la mirada y me sumergí una vez más, ¿qué había sido eso?
¿por qué me sonreía de esa manera? De verdad me hacía sentir incómoda.
No estoy segura de cuánto tiempo paso, pero estuve en el agua lo su ciente como para que mi piel se viera arrugada, era extraño ver mis manos así, en realidad me parecía gracioso. Salí de la piscina y estaba a punto de caminar cuando Daniel l egó y me cubrió con una toal a, nos miramos jamente hasta que me sonrió dulcemente y paso otra toal a por mi cabel o. «¿Por qué no me enamoré de ti? Fue porque esa persona llegó antes a mi vida» Pensé, mientras veía a Daniel y a la persona que estaba parada detrás de él.
—Vamos es hora de que comas.
—¿Qué horas es? —pregunté, mientras caminaba con Daniel.
—Ya casi son las cinco y media.
—¿De verdad?
—Así es, estuviste mucho en la piscina por eso estas toda arrugadita —dijo, en tono burlón.
—Gabbe —escuché la voz de esa persona y giré la cabeza para verlo sosteniendo mis sandalias—. Póntelas antes de entrar.
Se acercó a mí y se agachó para ponérmelas.
—Puedo hacerlo sola… —dije, mi voz se fue apagando cuando vi que no me haría caso.
—Listo —Se levantó mirándome con una sonrisa.
—Gracias —respondí, bajando la mirada. ¿Por qué sentía que me ruborizaba?
—Vamos —dijo Daniel.
Entramos a casa y fui a mi habitación para cambiar mi ropa y soltar mi cabel o para sacudirlo un poco, en cuanto termine fui directo al comedor donde estaba la comida que había sobrado, tomé un pedazo de carne asada y ensalada, coloqué mi mano en mi pecho debido al dolor punzante que apareció en mi corazón. Era debido a la comida, los recuerdos de aquel día en la cabaña habían aparecido, estar así me hacía sentir débil.
—¿Te sientes bien? —preguntó, me miraba con preocupación esa persona.
—Estoy bien —respondí, esquivando su mirada. Me sorprendí al verlo sentarse frente a mi—. ¿No vas a ir con los demás?
Ahora que lo pensaba no estaban por ningún lugar de la casa, preste más atención a los sonidos y escuché algunas risas en el jardín, debían estar en la piscina.
—Tampoco he comido —dijo, sonriendo con timidez.
—¿Me estabas esperando?
—No tenía hambre.
—Mentiroso —dije, con arrogancia.
—Me atrapaste —dijo, mirándome jamente con una sonrisa.
—Vamos a comer —bajé la mirada y seguí comiendo. Su sonrisa me hacía sentir todavía más irritada, me gustaría saber porque tenía estos sentimientos hacia él—. Terminé, si me disculpas iré a otro lado.
Me levanté y lavé mis manos en la cocina antes de ir a la sala y sentarme a tocar alguna melodía en el piano, había aprendido a tocar música clásica en especial aquel as que sonaban muy tristes, mis sentimientos se re ejaban en el as y hacían que mi corazón sintiera paz por un corto momento.
La vida que empezó siendo hermosa y bril ante al conocerlo, se había convertido en triste y oscura después de su partida, el sentimiento de completa felicidad no lo había vuelto a sentir debido a que me hacía falta algo o más bien alguien, al nal de todo mi rojo corazón se había teñido de negro.
Cuando era solo una niña me gustaba leer los cuentos de hadas porque todos el os tenían un nal feliz, pero mientras fui creciendo me di cuenta que en la vida real todo terminaba con un triste nal. Tal era el caso de aquel joven, dulce e
inocente amor que había concluido de la forma más dura, triste y dolorosa para dos personas que se amaban sinceramente. Esa era mi triste realidad.
Estaba tan concentrada que no me había percatado de que mis amigos estaban sentados en el piso escuchado como tocaba, sus rostros se veían calmados y alegres, dirigí mi mirada hacia aquel a persona que era parte de mi triste historia, su mirada estaba ja en mí y una ligera sonrisa estaba en su rostro. Mientras lo miraba jamente me di cuenta de todos esos sentimientos que mantuve ocultos durante tantos años y de aquel o que necesitaba escuchar de su propia boca.
—No me canso de decir lo hermoso que tocas el piano —dijo Erin. Cuando terminé la melodía.
—De nitivamente tocas con mucho sentimiento —Yann parecía feliz, después me miró de forma burlona—. Para ser alguien que no tiene sentimientos lo hiciste perfecto.
—No la molestes —lo reprendió Erin dándole un golpe en el brazo.
—Toca otra, por favor —pidió Jamila con emoción.
—Lo haré, pero vayan a cambiarse están todos mojados —respondí viendo como el agua les escurría.
Los chicos asistieron y fueron a sus habitaciones dejándome a solas con quien compartía mi triste historia.
—¿Cuándo aprendiste a tocar el piano? —preguntó, acercándose.
—Hace cuatro años aprendí, la primera vez que vine a esta casa y vi el piano pensé lo mucho que me gustaría aprender, me inscribí a clases y siempre que veníamos tocaba algunas melodías.
—Siempre son muy tristes —dijo Daniel, entrando a la sala con una sonrisa.
—Son las mejores —respondí, encogiéndome de hombros.
—¿Qué piensas tú? —le preguntó a nuestro acompañante mirándolo con curiosidad.
—Sí a el a le gusta tocar de ese tipo no le veo problema —respondió.
—¿Verdad? —dije, sonriendo. Al darme cuenta lo que había hecho bajé la mirada y puse mi rostro serio.
El resto de los chicos l egaron a la sala y se sentaron en los sil ones, creo que querían que hiciera mi recital de piano con tristes melodías. Por mí no había
ningún problema, lo disfrutaba más que nada en esta vida. En un futuro cuando tuviera mi propia casa me gustaría comprar un piano como este y si l egaba a casarme y tener hijos me encantaría tocar para el os; todavía me permitía tener ese tipo de fantasías.
Después de tocar unas cinco canciones clásicas pasamos un momento tranquilo todos juntos, cenando y tomando vino. Pasada la medianoche Erin, Yann y Jamila se habían ido a sus habitaciones a dormir, dejándonos a nosotros tres solos en la sala.
La puerta para salir del jardín seguía abierta, podía ver como las luces de la piscina estaban encendidas, pero no era eso ni el resto del oscuro exterior lo que tenía toda mi atención, mi mirada se centraba en esa persona que estaba sentada en frente de nosotros, estudiándonos con la mirada a Daniel y a mí, supongo que pensaba que entre nosotros había algo más que una amistad.
Me había empezado a doler la cabeza y me sentía cansada, puse un cojín del sil ón sobre las piernas de Daniel, me miró con sorpresa, pero no dijo nada así que pensé que no le molestaría lo siguiente que haría; me acosté poniendo mi cabeza sobre el cojín cerrando mis ojos. Podía sentir su mano acariciando mi cabel o.
—Veo que se hicieron muy cercanos —escuché la voz de esa persona. Podía sentirlo molesto.
—Sí, somos como familia —respondió, en tono burlón.
—Hay algo que quiero saber —dijo, de repente—. ¿Cuándo fue que cambio tanto?
Hubo un momento de silencio, Daniel suspiró y dijo:
—Después de que te fuiste el a la paso muy mal era como si estuviera muerta en vida, sin embargo, no sé porque decidió cambiar, pero el día de la boda de nuestros primos, l egó con un vestido negro bastante impresionante, debo decir que se veía muy hermosa. Me sentí mal por su prima se supone que era su día para lucirse, pero esta señorita la opaco —siguió acariciando mi cabel o—. Sus papás casi querían matarla. Después de ese día su forma de vestir y comportarse cambio a lo que has estado viendo en los últimos días.
Este momento estaba resultando muy bochornoso, solo me había acostado porque me sentía cansada y había cerrado los ojos porque me ardían, nunca imagine que pensarían que me había quedado dormida.
—Debió ser muy difícil para el a —lo dijo con profunda tristeza.
—Es difícil para el a —recalcó Daniel. Algo me decía que en estos momentos me estaba mirando—. Aprendí a conocerla muy bien durante todo este tiempo, que no te engañe su aspecto, puedes verla de día siendo alegre o fría, pero por la noche puedo asegurarte que muestra su verdadera apariencia. Muchas veces la he visto con los ojos muy hinchados, el a debe seguir llorando por las noches.
—Antes era muy fácil saber lo que pensaba o sentía, pero ahora es muy difícil para mí saberlo y no me permite averiguarlo.
—¿No has considerado la idea de que hay algo que hiciste mal desde el momento en que la viste por primera vez en mucho tiempo?
Como era de esperarse, Daniel se había convertido en alguien que conocía cada uno de mis pensamientos.
—¿Algo que hice mal? —preguntó, confundido.
—Eso es algo que tú tienes que averiguar —respondió, de forma cortante—.
Durante todo este tiempo Gabbe no ha salido con nadie, incluso tuvo varios pretendientes, pero los rechazo a todos y me alegra todos el os eran unos idiotas.
« Maldición Daniel, no tenías por qué decir eso» Pensé, tratando de no cometer algún error y descubrieran que estaba despierta.
—No me preguntes más cosas sobre el a porque no te responderé —dijo de repente—. Lo que quieras saber mejor pregúntaselo directamente.
—De acuerdo, aun así, te agradezco lo que me dijiste.
—Ahora te pido un favor.
—¿De qué se trata?
—Llévala a su habitación.
Espera. . ¿Qué acababa de decir? Daniel se volvió loco, pero no podía darme el lujo de abrir los ojos mágicamente en estos momentos.
—¿Qué? —preguntó, confundido.
—Estoy muy cansado y tomé muchas copas de vino como el a, no quiero que tengamos algún accidente mientras subo las escaleras —Esta vez acaricio mi
mejil a.
—De acuerdo.
Daniel me levantó con mucho cuidado y me puso en la espalda de esa persona, era algo tonto, pero siempre me gusto cuando me cargaba de esa manera como lo hizo en la cabaña.
Podía sentir que íbamos subiendo las escaleras, ya casi estábamos cerca y podría relajarme un poco.
—Es aquí —musito Daniel.
—Está bien.
—Cuando entres a su habitación verás un tulipán amaril o, asegúrate de preguntarle lo que signi ca —su tono de voz era burlón—. Gabbe puede ser dramática algunas veces.
De verdad si pudiera lo golpearía en estos momentos por decir cosas innecesarias.
—Me voy a dormir, que descanses.
Esa persona abrió la puerta y con mucha delicadeza me acostó en la cama, me quito mis sandalias y me cubrió con la cobija que estaba en la sil a del tocador.
Sentí como su mano rozaba mi mejil a. Estaba segura de que me iba a arrepentir por lo que estaba a punto de hacer, sin embargo, en la mañana ngiría que no pasó nada debido al vino que había tomado. De reojo vi cuando se dio la vuelta para salir de la habitación.
—No te vayas —dije, tomando su mano—. No me dejes.
No sé porque había usado las mismas palabras que le dije aquel a última vez que nos vimos. Esa persona giró la cabeza para poder verme. La forma en que me miró me hizo darme cuenta que quería recordarle aquel triste momento, quería ser capaz de ver su dolor por un corto instante.
—¿Esta bien si me quedo hasta que te duermas? —preguntó, en un susurro.
Solté su mano y me moví haciendo un espacio en la cama para que se sentara.
—Después de todo es muy probable que sea un sueño —dije, bajando la mirada—. Mañana te habrás ido de nuevo.
Sí, todavía me sentía herida y me sentía molesta con aquel a persona que se había ido dejándome atrás, solo necesitaba saber algunas cosas para que mi
corazón se sintiera tranquilo. Se sentó en la cama y acarició mi cabel o.
—No me iré.
Cerré los ojos para evitar l orar, no me sentía capaz de con ar en sus palabras, él se iría una vez más y no quería salir herida de nuevo. Vivir con desesperación y dolor no era algo que quería sentir una vez más, pero estando así de esta manera con él hacía que quisiera ser codiciosa nuevamente.
Mientras me quedaba dormida podía sentir su mano acariciando mi cabel o, quería permanecer un rato despierta, al menos por esta noche quería engañarme y pensar que nada había pasado hace seis años. Solo por hoy me permitiría imaginar lo que pudo haber pasado si hubiéramos permanecido juntos y mañana todo sería igual.
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Abrí los ojos de golpe recordando todo lo que había pasado anoche, solo pensar en lo que habían hablado esos dos me hacía tener dolor de cabeza, quería golpear a Daniel por eso. Miré a mi alrededor y como había dicho esa persona, se fue cuando me quedé dormida. Después de pasar un momento más en la cama decidí levantarme, abrí las cortinas, el día se veía muy caluroso no sería nada agradable caminar bajo este fuerte sol, pero no podía dejar de hacer lo que hacía cada vez que veníamos. Fui a darme un baño y al terminar me puse mi ropa, de nuevo usaría un short de mezclil a azul marino, una blusa negra que me quedaba por arriba del ombligo y una camisa larga con mangas largas de cuadros rojos y azules para usarla encima, usaría unas botas negras de tacón ancho y una vez más me hice dos trenzas en el cabel o. Saqué de mi maleta una cajita de madera y tomé el col ar de caucho negro que tenía guardado. Revisé la hora y me sorprendí al ver que ya pasaba del mediodía, no podía creer que despertará tan tarde.
Bajé las escaleras y fui hacia la cocina donde estaban todos reunidos.
—Buenas tardes, Gabbe —sonrió Erin, mientras cocinaba ¿huevos?
—Hola —dije, acercándome a Daniel—. Lamento despertar tarde.
—En realidad todos lo hicimos —me miró Yann y señaló a Jamila—. Bajó hace diez minutos.
Jamila asintió mientras tomaba jugo de naranja.
—Qué alivio —dije, suspirando. Miré a Daniel ngiendo curiosidad—. ¿Me l evaste a mi habitación anoche?
—No fui yo —hizo un gesto con la cabeza hacia el lugar donde se encontraba parado esa persona—. Adrián me hizo el favor de llevarte.
—Gracias —dije, mirándolo jamente.
—Por nada —respondió, con una sonrisa.
Los demás nos miraban con curiosidad, pero no hablaría más sobre el tema, miré a Daniel y note en su mirada diversión, me empecé a sentir confundida sobre su comportamiento. Se acercó más a mí y me abrazo, de verdad no sabía de qué se trataba todo esto y creo que todos los presentes se sentían de la misma manera.
—Sé que estabas despierta anoche —musito, en tono burlón.
Por la sorpresa sentí como mi respiración se detuvo, mi mirada se centró en aquel a persona, ¿era posible que también lo supiera? Esperaba que no se hubiera dado cuenta.
—Sí lo sabías, ¿por qué hiciste cosas innecesarias? —pregunté, bajando la mirada para que nadie me viera hablar.
—¿Chicos que pasa? —preguntó Jamila.
—Quería ver que es lo que harías si contaba todo sobre ti y si te dejaba a solas con él —susurró en mi oído.
Di pasos hacia atrás haciendo que me soltara de su agarré y lo miré seriamente.
—No hagas cosas que no te pido, por favor.
Caminé hacia Erin y le ayudé a preparar los huevos revueltos con tocino.
—¿Qué fue eso? —preguntó Erin, en un susurró poco audible.
—No fue nada —respondí, con una sonrisa.
Llevamos nuestro desayuno al comedor y nos sentamos todos a comer, aunque quería golpear y enojarme con Daniel no podía, sabía que lo había hecho con una buena intención, pero era un favor que no necesitaba por ahora.
Terminé de comer y me levanté para lavar el plato y los cubiertos que había utilizado, quería dejar al menos lo mío limpio.
—Voy a dar una vuelta —dije, mirando a Daniel.
—No salgas de la zona, sabes que no te dejarán —dijo, con una sonrisa—.
Tampoco pases mucho tiempo bajo el sol.
—Sí, papá —respondí, en tono burlón. Me alegraba que no se hubiera molestado por lo que le dije en la cocina.
—Soy tu dulce y guapo hermano mayor —puso sus manos en las mejil as mientras sonreía.
Asentí con una sonrisa y caminé hacia la sala para poder salir de casa, este lugar era enorme así que podría caminar con tranquilidad como siempre hacía.
El terreno está l eno de personal de seguridad, aunque quisiera salir corriendo de aquí no podría, era muy probable que el os me detendrían antes de siquiera intentarlo, como paso la primera vez que nos invitó a venir. Incluso esos simples recuerdos eran valiosos tesoros para mí.
El sol era muy caliente, por ahora no me molestaba, incluso podría decir que lo disfrutaba. Miré al gran cielo azul y respiré profundamente aire puro, si pudiera vivir aquí sería muy feliz, vivir en esta soledad y tranquilidad no tendría precio, sería más que perfecto para mí. Tal vez en el futuro debería comprar una casa apartada de la ciudad e invitar a mis amigos y a mi hermano a venir a pasar algunas vacaciones conmigo.
Cuando salí de mis pensamientos me di cuenta que había caminado hacia dónde estaba la entrada principal de la casa, los árboles me cubrían del sol. Me senté debajo de un árbol para disfrutar de la sombra, aun así, se sentía calor, pero podía descansar un momento. Recargué mi cabeza en el tronco y cerré los ojos, de verdad amaba toda esta tranquilidad y comodidad que sentía en este lugar, nunca me cansaría de agradecerle a Daniel que me haya traído aquí cuando más necesitaba de distracción y paz interior.
Consideré que era el momento de regresar, me levanté y fui por el mismo camino en el que llegué. Ahora quería subirme a un columpio, no lo había hecho ayer y quería aprovechar hoy, recuerdo que cada vez que veníamos me subía con todos mis amigos y jugábamos como niños, el que l egará más alto ganaría una paleta de hielo para al nal terminar comiendo todos. Esos eran mis momentos especiales.
—Gabbe —escuché su voz.
Levanté la mirada y estaba de pie frente a mí.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, con sorpresa—. Deberías estar con los demás.
—Quería hablar contigo.
—¿Sobre qué? —pregunté, sin apartar la mirada. Sonreí con arrogancia—.
¿Quieres saber algo sobre mí? ¿Mi pasado?
—Sobre eso y…
Levanté la mano para interrumpirlo.
—Te contaré todo no necesitas preguntar nada —dije. Me sentía tensa, pero era el momento de hablar sobre lo que nunca habría querido decirle—. Hace seis años mi vida se hizo completamente miserable, todas las noches l oraba mientras que por el día me quedaba dormida todo el tiempo, no comía, no hacía nada más
que hundirme en mi depresión, si no fuera por mis amigos no sé qué habría sido de mi…
Bajé la mirada, podía sentir como lágrimas comenzaron a brotar por mis mejil as.
—Un día simplemente pensé que debía tratar de salir adelante, por eso cambié todo sobre mi, desde mi apariencia hasta mi personalidad. Tenía que hacerlo me estaba volviendo loca —continúe, podía sentir nuevamente aquel os sentimientos de desesperación que tuve hace muchos años atrás—. Pensaba en lo mucho que quería desaparecer.
Mis palabras estaban hiriendo a esa persona, podía notarlo en su mirada, estaba sufriendo y quizás estaba reprochándose por haberme dejado sola, por haberse ido.
—Gabbe —dijo. Pero lo interrumpí.
—Te odio —dije, con sequedad.
Le di la espalda y bajé la mirada, era demasiado tarde para evitar que brotaran todas las lágrimas, salían como si no hubiera llorado en años.
Sus brazos me rodearon suavemente, me gustaban los abrazos por atrás siempre pensé que eran muy románticos, pero en esta ocasión sentí como se encogía mi corazón. No pude hacer ni decir nada solo permanecí quieta.
—Te eché mucho de menos —dijo, en mi oído—. Lamento tardar en decir esto.
Cubrí mi rostro entre mis manos y me puse a l orar como nunca antes había l orado. Esto era lo que estaba esperando desde el primer momento que nos volvimos a ver, por esta razón me había sentido tan molesta, muchas veces deseé abrazarlo, pero me asustaba pensar que todo había terminado entre nosotros.
—¿Por qué tardaste tanto? —pregunté, tratando de tranquilizarme—. De verdad te odié.
—Me di cuenta, la forma en que me mirabas me lo decía.
—Te lo mereces —dije, de forma arrogante mientras limpiaba mi rostro por las lágrimas que había derramado.
—Nunca dije que no lo mereciera —dijo. Lo miré de reojo y parecía feliz.
Me di la vuelta para poder estar frente a él, su rostro se veía calmado y alegre.
Tomó mi mano y me entregó algo, creo que sabía de lo que se trataba mientras lo acariciaba. Bajé la mirada.
—¿Siempre lo l evas contigo? —pregunté, viendo aquel anil o que había diseñado para nosotros.
—Siempre lo he traído puesto, pero has estado tan molesta que creo que nunca lo notaste —respondió, burlonamente. Le devolví el anil o y luego me miró con decepción—. Veo que ya no usas el tuyo.
Suspiré mientras lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Hablas de este anil o? —saqué el col ar de caucho mostrando que l evaba colgado el anil o—. Algunas veces lo uso así y en otras ocasiones lo guardo, soy bastante torpe y no quería perderlo.
Apareció una sonrisa en su rostro y se acercó más a mi para desabrochar mi col ar, en estos momentos mi corazón estaba latiendo muy rápido, creí que se saldría de mi pecho. Tener su rostro así de cerca me hacía sentir nerviosa. Tomó mi col ar sacando el anil o y me lo volvió a poner, bajé la mirada, quizás debería pegarle para que se alejara un poco. Sostuvo mi mano y colocó el anil o en su lugar.
—Ahí es donde debe estar —dijo, con una amplia sonrisa.
—¿Qué te hace pensar que quiero usar el anil o? —pregunté, levantando una sola ceja—. No te confundas nada ha cambiado entre nosotros.
Pasé a un lado de él y seguí caminando, quería soltar una carcajada, pero no podía, deseaba seguir molestándolo un poco más. Se apresuró a caminar a mi lado y luego se detuvo frente a mí.
—Espera. . —dijo, aclarando su voz—. Hay algo que necesito hacer.
—¿De qué hablas?
Tomó mi mano y me jaló atrayéndome hacia él, puso su otra mano en mi rostro y me besó. Mi corazón empezó a latir más rápido, hace mucho tiempo que esperaba esto, deseaba estar así de nuevo con él, lo extrañaba y necesitaba en mi vida.
—¿De verdad nada ha cambiado entre nosotros? —dijo, apoyando su frente en la mía.
—Me atrapaste —dije, con una sonrisa—. Solo quería molestarte un poco.
—Sí que ha cambiado, señorita White —musito, dándome un beso en la cabeza.
Solté su mano y pasé mis brazos alrededor de su cintura, apoyando mi cabeza sobre su pecho. El sonido de su corazón latiendo me resultaba muy tranquilizador. Era muy tarde para evitar nuestro destino, si tenía que sufrir de nuevo en el futuro entonces lo aceptaría, una vez más me arriesgaría.
—¿Esta bien si permanezco a tu lado? —pregunté.
Sabía la respuesta, pero quería escucharla de su boca.
—La última vez que nos vimos te dije que cuando nos viéramos de nuevo nunca más me alejaría de ti.
—Voy a con ar en tus palabras.
Lo miré a los ojos con una sonrisa.
—Confía en mí.
Me dio un beso en los labios y me abrazó más fuerte. Esta vez nadie nos iba a separar y no permitiría que lo hicieran, para mí siempre sería Adrián la única persona que amaría por el resto de mi vida.
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