Te vigilo
Octubre
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Durante el primer mes, Stefan estuvo conmigo cada noche. Si abría bien los oídos, era capaz de percibir su respiración. De vez en cuando, presentía su cuerpo a mi lado, cuando entraba y salía de mi duermevela. Por la mañana, la habitación estaba saturada de su olor. Pasadas cuatro semanas, me abandonó para siempre. No puedo perdonárselo.
Markus está sentado frente a mí sin decir nada. En su gran mano descansa una taza de té. Alrededor de nosotros el restaurante está vacío; la hora punta del almuerzo quedó atrás hace ya un rato.
Estamos en el restaurante Blä Porten. Markus propuso que nos encontráramos aquí, puesto que tenía un recado que hacer antes, en Djurgärden. Por razones inexplicables, me siento como una extraña en esta zona de la ciudad, caracterizada por la insólita mezcla de ciudadanos ricos de Estocolmo, la elite cultural y los turistas. En el patio interior, al otro lado de la ventana junto a la que estamos sentados, han puesto los muebles de jardín de color verde a lo largo de los muros, y la lluvia, que no para de caer copiosamente, crea pequeños riachuelos de agua lodosa que inunda, lenta pero inexorablemente, el patio adoquinado. No se ve a nadie por ningún lado.
—Bueno, la verdad es que quería hablar contigo de unos cuantos temas.
Markus se saca el pequeño bloc de notas del bolsillo.
—Chequeamos tus llamadas de la noche en que la policía te detuvo por…
No dice la palabra y se ruboriza, hace una pausa y sigue hojeando la libreta.
—Alguien te llamó un cuarto de hora antes de que te parasen, pero la llamada era desde un móvil con tarjeta, y por eso no podemos rastrearla ni encontrar a la persona que lo utilizó.
—Pero ¿entonces al menos me crees?
Miro a Markus, que no contesta a mi pregunta pero asiente con la cabeza y saca algo de la mochila negra que reconozco de nuestras anteriores reuniones.
—Por supuesto que te creo. Es obvio que se trata de la misma persona que asesinó a Sara, que escribió a Charlotte y que te envió la fotografía. Pero… El problema para ti es que no influye en el hecho de que condujeras bebida. Conducías ebria, eso quedó perfectamente demostrado entonces. Por mucho que alguien te haya engañado para que cogieras el coche.
Markus sigue con la mirada fija en sus papeles, mientras lo dice. Como si quisiera ahorrarme la humillación. Como si eso fuera a servir de algo.
—¿Sabes qué? De hecho, eso no importa. Mientras… mientras tú me creas, da igual. Mientras Aina y Sven me crean también, no importa.
Mi voz se quiebra y se vuelve aguda y demasiado ruidosa, y me doy cuenta de que unas señoras mayores que justo acaban de entrar en el local nos miran preocupadas. Hundo la cara entre las manos y noto cómo las lágrimas queman a través de mis párpados.
—Discúlpame, pero no sé si voy a ser capaz de soportarlo por mucho más tiempo. He empezado a creer que, en realidad, tienes razón.
—¿Razón en qué?
—En que ese tío… ese chiflado… realmente va a por mí.
—Por supuesto que sí.
Markus agarra mi mano y me examina con una mirada firme de sus ojos azul celeste, sin mostrar ningún tipo de apuro por mi estallido emocional. Ya no parece avergonzado, sino que se muestra enormemente presente y empático. Me lleva a pensar que me gustan los hombres que se atreven a ser físicos.
—Hay otra cosa. Lo que ocurrió con Marianne…
—¿Marianne? ¿Qué tiene ella que ver con todo esto?
—A lo mejor sabía algo —dice Markus, y me examina con la mirada, a la vez que toquetea unos hilillos sueltos de su jersey.
—Ahora, la verdad, ya no entiendo nada. ¿Qué tiene que ver el accidente de Marianne?
—Si es que fue un accidente. —Markus vacila por un segundo, y luego prosigue —: Hemos estado en contacto con la policía de Norrmalm, que investigó el caso, y hay un testigo que afirma que alguien la empujó a la calle. Marianne acababa de quedar contigo. Creemos que quería hablar contigo sobre Sara.
—¿Qué pasa con Sara?
—Eso es precisamente lo que queremos averiguar. Creemos que todo esto está conectado. Ahora, el accidente de Marianne ha pasado a formar parte de nuestra investigación.
Markus empieza a rebuscar en la carpeta y saca un portafolio de plástico que lleva un pósit amarillo en la tapa.
—Lo he visto antes —digo, y paso la mano por el plástico resbaladizo—. Aquella noche estaba sobre la mesa de la cocina. ¿Por qué lo tienes tú?
Markus no responde a mi pregunta. En su lugar, se rasca el pelo rubio que todavía está húmedo por la lluvia, saca el montón de papeles que hay dentro del portafolios y me lo acerca por encima de la mesa.
—¿Expedientes?
—Sí, pero no se trata de expedientes cualesquiera. Son copias de tus notas sobre Sara Matteus. Luego, alguien ha escrito sus propios comentarios en el margen. Mira…
Markus pasa las páginas hasta llegar a una donde se ven largos comentarios escritos con un bolígrafo azul en el margen.
—¿Me dejas ver?
No espero a que me conteste, me inclino hacia delante y le doy la vuelta al montón para poder leer.
—Es la letra de Sven —digo, y noto cómo mi estómago se encoge—. ¿Por qué tenía Sven el expediente de Sara?
Intento leer su letra angulosa pero, como de costumbre, es difícil descifrarla. «… no tiene por qué significar… problemas con la autoridad…, consciente de sí misma». Los comentarios de Sven no me dicen nada, ni tampoco explican por qué tenía él los expedientes.
—¿Soléis pasaros los expedientes entre vosotros?
—A veces.
Me sueno la nariz ruidosamente en la servilleta roja que estaba sobre la mesa, arrugada y húmeda, cuando llegué, sin que ahora mismo me importe mezclar mis fluidos corporales con los de otro comensal.
—De vez en cuando nos ayudamos con algún paciente, y también hay veces en que uno de nosotros necesita echarle un vistazo a un expediente para escribir una case story. Al fin y al cabo, Sven da bastantes clases y, de vez en cuando, escribe artículos científicos y cosas así.
—¿Acerca de Sara?
Me encojo de hombros.
—Si Sven te cogió prestados los expedientes, ¿cómo es que estaban en casa de Marianne?
Sacudo la cabeza, no sé muy bien qué decir.
—También hay otra cosa.
—¿A qué te refieres?
Miro a Markus fijamente.
Markus le da un mordisco al pan de espliego y señala con el dedo, sin decir nada, hacia el montón de papeles. Veo restos de pintura blanca en las puntas de sus dedos. ¿Tal vez ha estado pintando este fin de semana? De pronto me doy cuenta de que no sé nada de la vida de Markus cuando no está trabajando. Me entran unas ganas casi irresistibles de tocar las manchas de color y de preguntarle qué ha estado pintando. De notar la palma áspera y seca de su mano contra la mía. Tan cerca y, sin embargo, tan lejos. En su lugar, hojeo obedientemente el montón de expedientes fotocopiados.
Aquí está. Algo se desprende de entre los folios y cae sobre mi regazo. Me inclino con mucho cuidado hacia delante y lo recojo del suelo. Es una fotografía en blanco y negro de una chica joven tomada, tengo que reconocerlo, con cierto talento artístico. Está muy maquillada. Los ojos están enmarcados en capas y más capas de kohl negro. El pelo tiene un aspecto suave y cae en gruesos mechones, la mirada es desafiante, y en sus labios hay una sombra de sonrisa, aunque resulta difícil determinarlo. Está echada boca arriba sobre algo que parece una roca, con el torso desnudo y con una mano descansando entre los pechos. Parece que estruja algo. ¿A lo mejor un colgante? Hay algo enormemente vulnerable en toda su apariencia, algo infantil en medio de toda la provocación.
—Sara —digo en un tono de voz apagado.
—¿Tienes idea de por qué Marianne tenía una fotografía de Sara?
Lo niego con un gesto cansado de la cabeza.
—¿Habías visto la foto antes?
—No. Nunca. Es…
No digo nada más, porque se me hace un nudo en la garganta. Markus me mira sin decir nada. Entonces asiente con la cabeza, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
—Frágil, parece condenadamente frágil. En medio de toda la provocación —dice Markus, y me quita la fotografía de entre las manos con mucho cuidado. Luego le da la vuelta, de manera que quede boca abajo sobre la mesa. Para mostrarle respeto.
Fuera, cae la lluvia con renovadas fuerzas.
Ya ha llegado el día que tanto he temido durante la última semana. Nerviosa, me paso la mano por el pelo y hojeo sin ton ni son el montón de papeles que tengo sobre la mesa. El rostro de Aina asoma por el resquicio de la puerta de mi consulta. Sin decir ni una sola palabra, me da a entender con gestos que «ya está aquí». Me levanto de la silla y me acerco a la puerta para darle la bienvenida. Fue ella quien me llamó para acordar una cita. No podía decirle que no.
—Hola, bienvenida. Puedes sentarte aquí, si quieres.
Hago un gesto con la mano en dirección al sillón.
Kerstin Matteus me saluda con la cabeza y toma asiento en el borde del sillón con visible esfuerzo. Tiene unos cincuenta años, es considerablemente obesa y sus ojos evitan los míos todo el tiempo. Su mirada revolotea de un lado a otro, a través de la habitación y hacia el suelo, pero nunca coincide con la mía. Su ropa está gastada y hace bolitas. Parece barata y es demasiado pequeña para su robusto cuerpo. El top tiene un escote profundo y veo que su pecho, arrugado y ajado por el sol, está embutido en un sujetador demasiado pequeño. La raya oscura del pelo delata que se lo destiñe. Sostiene con fuerza un bolso de mano negro que tiene unas grandes manchas descascarilladas donde el plástico liso se ha desprendido. No advierto ningún parecido físico con Sara. El que esta enorme mujer pueda ser la madre de la pequeña y delicada Sara supera toda mi capacidad de imaginación. Pero supongo que tampoco ha estado enganchada durante años a sustancias estimulantes del sistema nervioso central, pues su uso suele eliminar de manera eficaz todo tipo de grasa subcutánea.
Me siento incómoda al instante. ¿Qué le dices a una mujer que acaba de perder a su hija? ¿Y acaso importa que la niña no tuviera cinco años, sino veinticinco, y estuviera metida en una espiral descendente, en una sociedad que ya no tiene recursos para asumir la responsabilidad, que ya no es capaz de ocuparse de ella? Un ser humano destrozado, con genes malos y una infancia difícil. No creo que eso importe, el dolor es, sin duda, el mismo. Carraspeo y bajo la mirada hasta la mesa.
—Kerstin… —empiezo por decir suavemente—. Realmente siento muchísimo lo que le ha pasado a Sara. ¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudarte? A lo mejor tienes alguna pregunta acerca de… los últimos días de Sara. Porque nos veíamos bastante, y realmente estaba haciendo progresos.
Le explico brevemente en qué consistía la terapia y el proceso de mejora de Sara.
—Estaba mucho, pero que mucho mejor. Había dejado de hacerse cortes. Creo que había conocido a un hombre, a alguien a quien quería. También hablé bastante con ella sobre ti, Kerstin. Sé que te quería mucho, muchísimo, a pesar de los problemas que habéis tenido a lo largo del tiempo.
—¿Quién puede haber matado a mi pequeña Sara?
Habla muy lento y bajo, con una voz ronca y áspera después de muchos años de cigarrillos, pero también de pena. Kerstin levanta la vista y mira mis paredes verdes y luego la desvía hacia la ventana que da a Medborgplatsen. No sé si espera de mí que conteste a su pregunta.
—Bueno, yo no soy de la policía. Yo sólo sé lo que Sara y yo hablábamos aquí, en la consulta.
—¿Cómo puede alguien hacerle algo así a otro ser humano?
Su mirada sigue zafándose de la mía, pero percibo cierta determinación en su voz. Como si estuviera decidida a llegar al fondo de una cuestión importante.
—Una persona malvada. Porque tiene que haber sido alguien así, ¿verdad?
Me mira por primera vez durante nuestra conversación, y yo asiento levemente con la cabeza, incapaz de contestar a su pregunta. Una persona malvada. Sin duda.
—No sé… —dice ella, y veo que las lágrimas brotan en sus ojos—. No sé cómo voy a soportar esto.
Su voz se ha tornado aguda, y ahora echa el cuerpo hacia delante, a la vez que posa las dos manos sobre la mesita que hay entre los dos sillones en los que estamos sentadas. Baja lentamente la cabeza hacia la mesa, hasta que su cabeza descansa contra el mantel, y veo cómo su nuca rosada se plisa y se desborda por encima del cuello de la rebeca. Ahora su llanto se ha hecho audible. Es un llanto desagradable, desbocado. Del tipo en que las lágrimas, la saliva y los mocos corren como un río y hacen que la gente se asuste y recule. Un llanto desesperado, despiadado, desbordado.
Yo misma lo conozco demasiado bien.
—Aquí tienes —le digo, y le ofrezco la cajita de pañuelos de papel, como si un Kleenex fuera capaz de contener su dolor.
No reacciona.
Me pongo de cuclillas delante de Kerstin Matteus y le acaricio el pelo desteñido y algodonado. Cada vez que solloza, me llegan pequeños soplos que huelen débil pero inconfundiblemente a pastillas de menta mezcladas con alcohol.
—Me duele… tanto.
Pronuncia cada una de las palabras con dificultad.
—Lo sé —le digo.
—¿Algún día desaparecerá?
—No —le contesto—. Nunca desaparecerá, pero dejará de doler tanto.
Vijay Kumar abre la puerta con una amplia sonrisa en la cara. Se parece a sí mismo, con su bigote negro y sus dientes blancos, y enseguida nos fundimos en un abrazo.
¿Cuántos años hará desde la última vez que nos vimos? ¿Diez? ¿Puede eso ser verdad? Vijay estudió psicología conmigo y con Aina. Pasamos muchísimo tiempo junto durante la carrera. Luego, él siguió en la Universidad de Estocolmo, haciendo su doctorado de investigación. El título de su tesis era «Estudio comparativo de metodologías aplicables para la perfilación criminal inductiva y deductiva». Tengo que reconocer que nunca conseguí leerla, a pesar de que logró publicar varios artículos relacionados en diversas revistas especializadas, entre ellas, la Journal of Forensic Psychiatry & Psycology.
—Siri, mi querida amiga.
Vijay me agarra las dos manos de una manera que recuerdo de los tiempos en que nos veíamos muy a menudo. De pronto, me siento un poco abrumada por esta manifestación de sentimientos y hago un gesto en dirección a Markus.
—Vijay, este es Markus, el agente de policía del que te hablé. ¿Supongo que ya habréis hablado por teléfono?
—Sí, claro, fui yo quien te envió las fotografías —dice Markus, y le tiende la mano a Vijay.
Seguimos la figura desgarbada de Vijay por el estrecho pasillo del Instituto de Psicología. Lleva unos tejanos gastados y una camisa de flores. En ese momento no puedo evitar pensar que, por lo visto, como catedrático recién nombrado, puedes vestirte como te dé la gana.
La estancia es pequeña. Los libros cubren las cuatro paredes, desde el suelo hasta el techo. Allí donde no hay estantes, los libros se amontonan uno encima del otro, en enormes torres torcidas e inestables. Se trata, sobre todo, de literatura especializada en psicología, pero también hay algunos de arte y diseño. Sé que a Vijay le interesa el arte. Una vez me contó que colecciona obras de constructivistas suecos y daneses. Recuerdo que asentí con la cabeza, como si supiera qué es un constructivista, y le prometí que no le desvelaría este secreto a nadie. «Sólo el Baertling —me susurró— vale más de medio millón».
En el alféizar de la ventana veo una fotografía de un hombre rubio, de pie en un embarcadero, vestido con ropa de marinero. Es Olle, el Olle de Vijay. Cuando le llamé, olvidé preguntar si todavía seguían juntos, o tal vez no me atreví a hacerlo. Diez años son mucho tiempo, pueden pasar muchas cosas.
Vijay apaga su teléfono para evitar llamadas inoportunas y se vuelve hacia mí.
—Bueno, querida amiga Siri. Por lo que tengo entendido, tienes un problema serio.
—¿De veras? —pregunto.
—Pues, en mi opinión, lo tienes, desde luego —dice Vijay, y saca una carpeta de plástico con fotografías y otros documentos.
Vislumbro el cuerpo mojado y muerto de Sara entre sus manos peludas. Vijay detecta mi mirada, cierra la carpeta con cuidado y la coloca entre nosotros, sobre el escritorio.
—En primer lugar, me gustaría que os quedara claro que esto no hay que entenderlo como una misión oficial. Simplemente deberéis considerarlo un dictamen extraoficial. Me llevaría muchísimo más tiempo, si tuviera que realizar una investigación a fondo.
Hace un gesto con las manos, como disculpándose, y se pone en pie.
—¿Quereis un café?
Sin esperar nuestra respuesta, levanta el auricular del teléfono y llama a alguien y le encarga tres tazas de café.
—Sí, tráete sobre todo leche y azúcar. Y unas galletas de esas que llevan trozos de chocolate dentro, ya sabes… sí, esos, las cookies.
Me imagino cómo la mujer al otro lado del teléfono recibe el encargo de Vijay, porque creo saber que siempre son las mujeres que tienen que realizar este tipo de tareas.
—He repasado el material, el expediente de Sara, las fotografías del lugar de los hechos, disculpadme, el lugar donde se encontró el cadáver, y el informe de la policía.
—¿Y bien? ¿Qué piensas de todo ello?
Markus mira a Vijay con atención.
—Bueno, como ya sabéis, la perfilación no es una ciencia exacta. Ni yo, ni ninguno de mis colegas, es capaz de describir con exactitud a vuestro asesino, sólo podemos ofreceros alguna que otra declaración general, basada en hechos estadísticos fiables, extraídos de otros casos similares. Por ejemplo, puedo deciros que el asesino que buscáis es, en un 95 por ciento de probabilidades un hombre, puesto que la mayoría de los crímenes con violencia suele perpetrarla un hombre. Además, el estado del lugar de los hechos, así como el carácter del delito, parecen indicar que os enfrentáis a un individuo bien organizado y de mente estructurada.
—¿Cómo lo sabes?
Detecto cierto escepticismo en la voz de Markus. Un escepticismo que ya percibí cuando le sugerí que nos pusiéramos en contacto con Vijay. Pero este no parece reaccionar a su actitud; está acostumbrado a argumentar por su causa.
—El lugar de los hechos estaba recogido. El asesino no dejó ninguna evidencia, más allá de las que había pensado dejar, es decir, la carta de despedida. En este tipo de crímenes, solemos distinguir entre dos grupos principales de asesinos. Los asesinos desorganizados que se dejan llevar por impulsos y que, literalmente, matan llevados por algún sentimiento o por accidente. Este es el caso, por ejemplo, cuando un robo sale mal. Por regla general, no suelen planificar el delito, dejan un montón de pruebas físicas: colillas, huellas dactilares, fibras, líquidos corporales y cosas así. Luego tenemos a los asesinos organizados y estructurados, que planifican el crimen con mucha antelación. No son tan frecuentes como los primeros. En este grupo hay muchos tipos distintos de asesino, desde sádicos sexuales, hasta psicópatas. Puesto que dejan menos pruebas y son, ¿por qué no decirlo?, más inteligentes, suele resultar más difícil relacionarlos con los crímenes que cometen.
—Entonces, ¿cómo describirías tú al típico asesino?
—Veamos: si hablamos en general y no nos referimos a un asesino muy organizado, como en vuestro caso, suele ser un hombre. Es joven, entre veinte y veinticinco años, de clase baja, soltero y, a menudo, adicto a alguna droga. Ha experimentado recientemente una pérdida sentimental, por ejemplo, puede haberle dejado su chica. También suele ser habitual que haya más de un criminal en la familia más cercana, por ejemplo, algún hermano, o los padres. A menudo, el asesino tipo tiene una carrera extensa de crímenes a su espalda, a pesar de su juventud. Puede tratarse de cualquier crimen, y suele tener antecedentes. Y luego están todos los problemas que pueda arrastrar, como la piromanía, dificultades en la escuela, y cosas así. También suele ser habitual. Muchos de ellos tienen problemas psíquicos: la paranoia, la depresión o la esquizofrenia suelen ser dolencias comunes entre ellos. Existen también, naturalmente, las mujeres asesinas. Algunos estudios sugieren que suelen tener otros antecedentes. A menudo provienen de familias desestructuradas, o han sido víctimas de agresiones y abusos, aunque también puede ser el caso en los hombres.
La voz de Vijay ha adoptado un tono magistral, y se nota que está hablando de uno de sus temas preferidos. Sé que sería capaz de seguir con su exposición sin problemas durante varias horas, si nadie lo remedia. Carraspeo ligeramente para atraer su atención. Vijay me mira y me muestra una sonrisa torcida. Ha captado la indirecta.
—Pero en este caso, es obvio que no existen muchas de las características habituales que coincidan. Este asesinato no es obra de un…
Llaman a la puerta, y Vijay se levanta para abrirla. Una mujer de mediana edad en botas sami y un jersey grueso de color musgo asoma la cabeza con una mirada asustada.
—¿Café? —pregunta.
«Claro», pienso, pero no digo nada. Las palabras de Vijay sobre sádicos sexuales y psicópatas me corroen por dentro. Personas malvadas. ¿No fue eso lo que dijo Kerstin Matteus?
—Por lo tanto, basándonos en lo que sabemos de este asesino en concreto, ¿quién puede ser nuestro hombre?
Markus se inclina hacia delante con interés renovado.
—Yo diría que se trata de un hombre de mediana edad, con estudios superiores, culto y muy adaptado socialmente. La carta de despedida está bien formulada, y no hay faltas de ortografía, ni nada que se le parezca. Eso nos cuenta que se trata de una persona bien instalada en la sociedad. El delito parece haber sido planeado, y no han quedado pruebas físicas en el lugar de los hechos. Disculpadme de nuevo: en el lugar donde se encontró el cadáver. Eso nos indica que es inteligente y capaz de planificar a días vista. Además, parece que tiene capacidad para distanciarse emocionalmente de la víctima, y eso significa que se trata de un cabrón frío. La víctima no es más que una pieza en su tablero, una persona de la que puede prescindir. Es un hombre con una misión. Partiendo de lo que me habéis contado sobre lo acontecido después del asesinato, no creo que el crimen esté dirigido contra Sara, sino contra ti, Siri…
Vijay me escudriña detenidamente.
—No —digo yo, y contesto la pregunta que nadie ha pronunciado—. No hay nadie que pueda desear hacerme daño de esta manera.
—Eso es lo que tú crees —dice Vijay sin inmutarse, y se mete un pastelito en la boca—. Cuando en su día encontréis al criminal, estoy convencido de que el motivo resultará ser personal, muy personal. Se trata de una persona a la que tú has hecho daño, o a la que le has pisado los pies alguna vez en tu vida. Una persona que siente que has obrado mal. Una persona que siente que ha sido tratada injustamente.
—¿A qué te refieres? —pregunto, insegura.
—Quiero decir que, a pesar de que no seas capaz de recordar de corrillo a nadie que te odie lo suficiente para asesinar a una persona, entenderás sus motivos cuando veas todo el cuadro. Recuerda que la sensación de injusticia que puede haber provocado todo esto, no es, precisamente, más que una sensación de injusticia. Sin duda, una persona sana y normal no llegaría nunca a pensar que has hecho algo malo. O, al menos, no estaría dispuesta a matar por ello. Puede ser una persona a la que has rechazado sexualmente, o alguien que, de alguna manera, siente que le has ofendido. ¿Tal vez un paciente que piensa que eres una incompetente? Alguien que se siente ultrajado a la mínima.
—¿Por qué estás tan seguro de que es algo personal? —pregunto.
—Como ya dije al principio de nuestra charla: en este trabajo nunca puedes estar al cien por cien seguro. Pero hay muchos detalles que parecen indicar que el crimen está dirigido contra ti. Por ejemplo, el hecho de que encontraran el cadáver en tu terreno, delante de tu embarcadero, donde has estado nadando diariamente. ¿No es cierto?
Asiento con la cabeza, sin añadir nada más.
—Aparte de que la carta de despedida no deja de ser un dedo índice que utiliza para señalarte a ti. El dedo de Sara desde más allá de la tumba. Y luego está la carta a…, ¿cómo se llamaba? La anoréxica… disculpa, la bulímica.
Examino a Vijay en silencio. No lo sabe todo. No le he contado cómo perdí el carné de conducir. Me hace sentir demasiada vergüenza.
—Estaba pensando… —digo, retomando la conversación—, si esta persona me odia lo suficiente para asesinar, ¿por qué no va contra mí directamente? ¿Y me mata?
—Verás, esta es una pregunta interesante —responde Vijay, y sonríe con toda la cara.
Junta los dedos índice y se echa hacia atrás en la silla.
—Creo que quiere que sufras. De la misma manera que él piensa que ha sufrido. Quiere verte humillada, despojada de toda dignidad, desposeída de tu trabajo. Si te hubiera matado directamente, nunca lo habría conseguido, ¿te das cuenta?
—Y ahora, ¿qué? —digo, con una voz que apenas es un susurro.
—Creo que existe el riesgo de que te hostigue de alguna manera, o de que intente intimidarte. Al fin y al cabo, no consiguió lo que pretendía con el asesinato de Sara. Si yo fuera tú, me andaría con mucho cuidado, Siri, con muchísimo cuidado.
Me he quedado sin habla, incapaz de decir nada, mientras el silencio se apodera de la estancia. A través de la pequeña ventana puedo ver algunos estudiantes, o tal vez sean médicos, hoy en día resulta difícil distinguirlos, apoyados contra la pared, fumando. Un chico con una gorra de lana se acerca al pequeño grupo de fumadores. En su jersey pone: «Idiota al instante. Añádele alcohol». Decido que son estudiantes.
—¿Es alguien que yo conozco?
—Es posible. Estoy casi seguro de que, de algún modo, tienes una relación personal con él, o algún nexo de unión.
—¿Cómo lo sabes?
—La carta contiene información que no cualquier persona puede tener sobre ti. Además, el crimen es, de por sí, personal. Es a ti, a tu persona, a la que quiere.
—¿Puede ser uno de mis colegas?
Vijay se encoge de hombros.
—Supongo que es posible. —Debe de darse cuenta de lo abatidos que nos sentimos, porque añade—: No pierdas la esperanza. Intenta pensar, Siri. ¿Quién puede querer hacerte daño? Combinad los hechos con lo que sabéis que yo no sé, es decir, quién tenía la ocasión para cometer el crimen y quién tiene acceso a la información que requería. Ahí tenéis al asesino.
—Vijay, ¿qué puedo hacer?
Mi voz se apaga.
—Eso, me temo, tendrás que preguntárselo a Markus.
Miro a Markus, pero su mirada está lejos, se ha escapado por la ventana, hasta perderse en el horizonte.
Nos ponemos en pie y desandamos el camino hasta el coche. Vijay nos acompaña.
—Vijay, dime, ¿cómo lo soportas? ¿Toda esta muerte y esta maldad?
—Bueno, para empezar, yo no pienso en ello en términos del bien o el mal. Además, la gente se mataría y se atormentaría igual si yo no existiera. No desaparece porque cierres los ojos a ello, Siri. Tal corno lo veo yo, puedo aportar algo. A lo mejor, puedo llegar a algo que conduzca a la detención de un delincuente; algo que evite que él o ella vuelva a cometer más delitos. Que proteja a un inocente. Con eso estoy satisfecho. Si puedo salvar a un ser humano, ya estoy satisfecho.
Vijay hace una pausa y enciende un cigarrillo.
—Pero tengo que reconocer que me resulta muy difícil hablar con los familiares y allegados. Eso sí se me mete por debajo de la piel, la conciencia de lo… frágil que es la vida.
Vijay se encoge contra el viento con el cigarrillo en la mano y, de pronto, parece mayor. Veo unos profundos surcos que corren desde la nariz hasta la comisura de los labios. El bigote tiene pequeños destellos grises y la camisa de flores le queda un poco demasiado ceñida alrededor de la cintura. ¿Por qué no lo detecté antes? Sacado de su contexto, el ambiente académico liberal, de pronto Vijay parece extraviado. Como un hombre cualquiera a punto de ingresar en la mediana edad. Siento una repentina ternura por él cuando nos despedimos. Esta vez, el abrazo es más largo y más intenso. Entierro la nariz en su camisa de flores y percibo su olor a after shave, humo de cigarrillo y sudor.
—Cuida de ella —dice Vijay lentamente, y mira un instante a Markus, antes de dar media vuelta y adentrarse en el sólido edificio de ladrillo rojo.
Fecha : 12 de octubre
Hora: 16.00
Lugar: La habitación verde, la consulta
Paciente: Charlotte Mimer
—¡Es un infierno!
Charlotte se mece hacia delante y hacia atrás, sujetándose las rodillas, que ha subido al asiento del sillón, con sus delgados brazos. Lleva sucio el pelo, que se pega a sus mejillas bañadas en lágrimas. Las gafas, que no suele ponerse nunca, están tan enteladas que no logro ver sus ojos, y el traje obligatorio ha sido sustituido por un par de pantalones de chándal grises.
Aunque ella quiso interrumpir la terapia, ayer me llamó para verme cuanto antes porque se sentía muy mal. Le di una cita de urgencia para hoy.
—¿Qué ha pasado?
Me inclino hacia ella y aprovecho para acercar la cajita de pañuelos de papel a su lado de la mesa. Ella asiente con la cabeza y coge, dubitativa, un manojo. La fría luz del fluorescente y las paredes verdes de la habitación se reflejan en su pálido rostro. Parece enferma y demacrada, encogida como está en el sillón.
—Se lo dije sin rodeos a mi jefe. Que sabía que se follaba a Sanna. Que me parecía un cerdo patético. Debería de estar contento de que una chica joven e inteligente como Sanna tuviera ganas de hacérselo con él, a pesar de que es un perdedor. Me despedí. ¿Te lo había contado?
Charlotte se quita las gafas y las limpia mientras me mira demandante, como si yo tuviera la solución a su problema. Pero yo no puedo hacer más que asentir con la cabeza, animándola a que siga contándome lo que ha pasado.
A través de la pared oigo que Sven, a quien le toca lavar los platos esta semana, está vaciando el pequeño lavaplatos de la cocina. Oigo cómo vacía todos los cubiertos en el cajón de la cocina de golpe, a pesar de que Aina y yo le hemos dicho miles de veces que los clasifique.
—¿Te he dicho que me he despedido?
Asiento con la cabeza sin decir nada. Sigue frotando febrilmente los cristales de las gafas con los pantalones de chándal grises, como si intentara eliminar una mancha invisible pero desagradable. Respiro hondo.
—Creo que lo mejor será que me lo cuentes todo desde el principio. ¿Cuándo ocurrió?
Charlotte se suena la nariz en un pañuelo de papel con gran estrépito, lo deja sobre la mesa y vuelve a mecerse hacia delante y hacia atrás en el sillón.
—Fue… eh… anteayer. Estábamos teniendo una charla de desarrollo o, mejor dicho, él la estaba teniendo conmigo.
Charlotte hace una mueca y las lágrimas vuelven a aparecer en sus ojos. Me inclino hacia ella y le acaricio el brazo con suavidad.
—Tómate tu tiempo. Está bien.
Ella sacude la cabeza.
—No está bien. Ya no tengo trabajo, ¿lo entiendes?
Las palabras salen de su boca como un susurro.
—Aguarda un instante. Volvamos a empezar desde el principio. Tuvisteis una charla de desarrollo.
—Él tuvo una charla conmigo. Conmigo.
Como de costumbre, Charlotte se muestra muy meticulosa en los detalles, incluso en una situación como esta. Suspira y sacude, resignada, la cabeza. Cuando finalmente vuelve a decir algo, su habla es lenta y exageradamente nítida, articula cada palabra, como si yo fuera una niña pequeña.
O, tal vez, simplemente estúpida.
—Y. Él. Dijo. Un. Montón. De. Mierda. Que. No. Era. Verdad.
—¿Cómo por ejemplo?
—Que no soy lo suficientemente proactiva. Que tengo que aprender a tomar posesión de mi ámbito de responsabilidad de una manera más proactiva. Oh… No tiene sentido explicártelo. De todos modos, no lo entenderías.
Noto una pequeña punzada de irritación al haber sido desacreditada por mi paciente, pero lo dejo pasar sin hacer ningún comentario.
—Me dijo que debería desarrollar mi liderazgo. Que todavía no estoy lista para asumir la tarea. En resumidas cuentas: un montón de mierda. No es verdad. ¡Es tan injusto! He renunciado a… todo. Y allí tienes a ese cerdo pretencioso, criticándome sin ninguna razón. Cuando él mismo… A pesar de que él…
Charlotte solloza. Es incapaz de acabar la frase.
—A pesar de que él, ¿qué? Cuéntamelo, Charlotte.
Charlotte vacila y se masajea los muslos con una mano, mientras se retira las lágrimas y los mocos con la otra.
—A pesar de que él es un perdedor salido que se folla a una subordinada, a pesar de que esté completamente prohibido.
—Entonces, ¿tú qué hiciste?
—Se lo dije. Se lo dije todo. Le dije que sabía lo que estaba haciendo. Lo que pensaba de ello. Y ahora estoy sin trabajo.
—¿Te echó?
—Por supuesto que no. Yo me despedí.
—Pero… ¿por qué? No creo que sea culpa tuya que él haga algo contrario a las normas de la empresa.
Mi mano todavía descansa contra el algodón grueso de la sudadera con capucha de Charlotte. De vez en cuando, le doy un apretón de consuelo a su brazo.
—¿No entiendes que no me puedo quedar allí, después de haberle dicho lo que le dije?
Charlotte sacude la cabeza y hace que las greñas castañas y húmedas bailen alrededor de su cabeza como una aureola.
—Pero, Charlotte, piensa un poco. De hecho, es él quien hace algo mal. Y sólo porque tú le hayas llamado la atención, por muy torpe que hayas sido, no significa que tengas que despedirte tú.
—Lo sé. Soy tan condenadamente estúpida…
Ahora Charlotte llora desconsoladamente, con el rostro enterrado en la falda. Emite pequeños gemidos agudos, como un roedor atrapado en una jaula. Acaricio su brazo y echo una mirada al reloj: quedan diez minutos, es hora de redondear.
—Eso no es lo que quise decir, Charlotte. Sólo quería asegurarte que tú no hiciste nada malo.
—De todos modos, eso ahora no importa.
La voz de Charlotte es apagada y nasal.
—¿Sabes qué? Creo que es bastante positivo y provechoso que te permitas perder el control de vez en cuando. Ya sabes, hasta ahora, gran parte de tu vida ha estado dominada por las ansias de controlarlo todo.
Charlotte se pone tensa al instante; en un segundo se convierte en hielo.
—NO TENGO TRABAJO. ¿Acaso no entiendes lo que te estoy diciendo? Y es por tu culpa. ¡Gilipollas!
Suelto su brazo y me pongo en pie, sorprendida por mi fuerte reacción. De pronto, no estoy demasiado segura de quién es esta mujer lloriqueante y llena de mocos, envuelta en un chándal de algodón, que tengo delante de mí. Tal vez haya algo en ella que yo no he sabido ver. A lo mejor he entreabierto una puerta a algo oscuro y prohibido.
Charlotte salta del sillón y viene corriendo hacia mí.
—Disculpa, no entiendo qué me está pasando. Perdón, perdón.
Me rodea con sus brazos delgados pero sorprendentemente fuertes y me estrecha con ímpetu. Como si yo fuera su último clavo ardiendo. ¿Acaso lo soy?
Su mejilla contra mi cuello está mojada, y noto su respiración en la nuca Nos quedamos así un rato, como dos bailarines congelados en un paso de baile, congelados en el tiempo y el espacio.
Fuera, se ha hecho de noche, y veo nuestro reflejo en la ventana negra. Veo a la niña frágil que hay en Charlotte, veo sus brazos nervudos, sus brazos de trepadora, sus brazos de recolectora de manzanas que rodean mi cuerpo, pero también veo otra cosa en su mirada, y ese algo hace que se me ponga el vello de punta en la nuca.
De pronto, Charlotte dice, con una voz sorprendentemente controlada y suave:
—Siri, ¿me estoy volviendo loca?
Le veo cada día en la consulta, al lado de la máquina de café, de la fotocopiadora, en la recepción. Su pelo canoso y la americana preceptiva de pana. Creo que tiene una de cada color. De vez en cuando, su mirada se cruza con la mía, y no puedo evitar pensar si lo ve en mis ojos.
El miedo.
Nos desplazamos por la consulta como unos desconocidos: Aina, Sven y yo. Todos somos dolorosamente conscientes de que ya nada podrá ser como antes.
No hablamos de ello. Estamos obligados a callárnoslo para poder seguir juntos, para poder llevar adelante la consulta, y los pacientes, y todo lo demás. No podemos nombrar lo que todos pensamos. Es demasiado peligroso hablar de ello.
El vacío tras la desaparición de Marianne es casi palpable. Su olor en el baño, las pequeñas anotaciones en mi agenda. «Anneli Asplund: 12.00 h – recuerda que tienes que traer agujas». Su ropa en el pequeño armario ropero: los jerséis de punto de color rosa y los pañuelos de flores cuelgan de unas perchas acolchadas siguiendo un orden minucioso. En el rincón del fondo, a la derecha, cuelga una bolsa llena de espliego. Por el olor. Tan pulcro y aseado todo, tan enfocado en los pequeños detalles, tan propio de Marianne.
Tengo una fuerte necesidad de verla. Aunque sólo sea para sostener su mano por un breve instante. Pero no podemos visitar a Marianne. Sigue en coma en el hospital. «No tiene ningún sentido visitarla todavía». Eso fue lo que me dijo la enfermera cuando llamé.
Y en la consulta seguimos deambulando nerviosos, ese baile turbado a través de las estancias y los pasillos, con las manos llenas de papeles y tazas de café, como si eso fuera a hacernos parecer más centrados y profesionales.
Aina y yo hemos hablado de Sven. En realidad, ninguna de nosotras cree que tenga nada que ver con el asesinato de Sara. Tampoco ninguna de las dos lo ha visto hablar alguna vez con Sara. Pero ni Aina ni yo podemos ignorar los hechos. Sven es una de las personas que sabía lo suficiente acerca de la terapia de Sara para poder falsificar de manera convincente su carta, con todas sus referencias a las conversaciones que mantuve con ella. Sabe dónde vivo, incluso sabe que suelo nadar cada día entre el embarcadero y las rocas. Sabe que Charlotte Mimer es mi paciente, y tenía acceso a su dirección. Sven podía perfectamente haber enviado la carta que la advertía contra mí. Pero lo más grave son todos sus comentarios en el expediente de Sara que encontraron en la cocina de Marianne. Y la fotografía. La fotografía de Sara sobre la roca. ¿Tendrá también Sven una copia de ella?
Sé que la policía lo ha interrogado muchas veces. Markus no quiere contarme a qué conclusión han llegado, pero insinúa que no han sacado nada en claro. «Es como interrogar a un niño —me dijo—. Se queda allí sentado, mirándome, con sus malditas sandalias Birkenstock, sin decir nada, y con eso quiero decir nada reseñable». Markus insinúa que hay agujeros en su coartada aunque, de hecho, no tienen ninguna prueba que lo incrimine. Horas que no puede justificar, en las que no puede explicar dónde estuvo, en las que nadie recuerda haberlo visto, ni siquiera Birgitta, a pesar de que Sven afirma que estaban juntos.
Se pueden decir muchas cosas de Sven, pero ¿es un asesino? Sin embargo, si no fue él, ¿quién puede ser? ¿Carlsson? ¿Podría él ser el amigo secreto de Sara? ¿Sara lo habría considerado un hombre de mediana edad? Parece que nada concuerda. Peter tiene un problema psicológico que tal vez le haga ser sospechoso y, además, sabe que Charlotte Mimer es mi paciente. Pero ahí también acaban todos los parecidos entre él y el asesino. No creo que sepa dónde vivo. Tampoco es probable que conozca el contenido de las conversaciones entre Sara y yo. Si realmente era el amigo secreto de Sara, y ella le confiaba todo lo que hablábamos entre nosotras, entonces, a lo mejor. Pero me resulta bastante improbable, pues las referencias en la carta son demasiado detalladas y exactas. La persona que la escribió sabía de qué hablábamos y cuándo. Fechas y horas, todas están allí.