Te vigilo
Octubre
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Además, y eso es lo que más me preocupa: ¿cuál podía ser el motivo de Peter Carlsson? O el de Sven, ahora que estamos. ¿Qué fue lo que dijo Vijay? Una sensación de injusticia. Hasta donde recuerdo, nunca había visto a Peter antes. ¿Y Sven? ¿Me odia por ser una mujer con éxito? ¿Soy la personalización de todo lo que ha frenado su carrera y que lo ha obligado a estancarse y trabajar en una pequeña consulta de Söder? Un hombre que odia a las mujeres, ¿casado con una de las autoridades más importantes de nuestros tiempos en el campo de la investigación de género? ¿Una persona malvada? No puedo creerlo.
Pienso en la voz al teléfono aquella noche, cuando la policía me detuvo. Intento recordar cómo sonaba. Pero entonces no me resultó conocida, eso lo sé. Y no me sonó que fuera como la de Sven. Ni la de Peter.
Quedan Aina y Marianne. Ni en mis momentos de mayor paranoia logro imaginarme que Aina o Marianne estén involucradas. Pero ¿quién más tiene acceso a toda esa información? ¿Quién conoce todos los detalles de las conversaciones con Sara, quién sabe dónde vivo, quién tiene la dirección de Charlotte? ¿Quién sabe de mis chapuzones hasta el viejo y torcido embarcadero?
No voy a ninguna parte, y eso me hace sentirme endemoniadamente frustrada. Debe de haber algo que he olvidado. Un detalle.
Intento analizar el problema desde otro punto de vista. El motivo, porque tiene que haber un motivo, claro. La sensación de injusticia. ¿Existe algún amante desdeñado en mi pasado que yo haya podido olvidar? ¿Un colega que se haya sentido ignorado por mí, o un paciente que se haya sentido ofendido? Por mucho que me esfuerzo por recordar, no se me ocurre nadie. Y luego hay otro problema: aunque exista una persona que se quiera vengar por algún agravio, difícilmente ha tenido acceso a la información que requería llevar a cabo el crimen. Expedientes, direcciones… Un callejón sin salida, una vez más.
¿Tal vez otra persona ha tenido acceso al despacho y a nuestros expedientes y notas? He hecho una lista de todas las personas ajenas que han estado en el despacho a lo largo de los últimos seis meses y se la he dado a Markus. Era lastimosamente corta, tan sólo la empresa de limpieza y el nombre del informático.
La empresa de limpieza es una familia griega. Los conozco a todos personalmente y, además, limpian en horas de trabajo, lo que hace que sea todavía más improbable que hayan podido sacar expedientes de la consulta. El informático se llama Ronny y es de Órkelljunga. Sólo he hablado con él por teléfono, y me cuesta muchísimo creer que pueda tener nada que ver. Ni siquiera estoy segura de que tuviéramos los expedientes en su sitio, la última vez que él estuvo aquí.
La incertidumbre se convierte en un vacío. En una espera. El silencio antes de la tormenta.
De pronto estaba allí, con su ridículo perrito atado a la correa. Tendría unos treinta y cinco años. Vestido elegantemente, con todas las marcas que hay que llevar, discreto y con estilo. A pesar de que la noche ya había empezado a caer sobre la ensenada, pude apreciar lo pulcro y bien intencionado que era, como un cochinillo de Navidad, con carrillos regordetes y rosados, y una barriguita que sobresalía por encima de la cintura de los vaqueros negros. Seguramente, tendría una esposa que se ocupaba de él y de sus dos mocosos en una de esas cajas grandes y vulgares, al este de la ensenada.
—Bueno, no es que pretenda molestarte —empezó diciendo el hombre con una voz insufrible y gangosa—, pero… —Sujetaba con fuerza al perrito, que me gruñía, echaba las orejas hacia atrás y mostraba los dientes—. Sólo me preguntaba… Bueno, te he visto varias veces merodeando por las rocas cuando he salido a dar una vuelta con el perro. ¿Vives por aquí, o qué?
El hombre hizo que la pregunta sonara como una acusación. No le contesté, sino que salí del saco de dormir que, aquella noche, había instalado bajo un pino al borde de las rocas, y me puse en pie.
—¿O tal vez vives en aquella casa…?, porque… allí vive una chica. ¿No es así?
La voz del hombre se apagó; estaba visiblemente nervioso. Se balanceaba sobre los pies. Subía y bajaba en pequeñas convulsiones. Si el hombre hubiera sido listo, habría salido corriendo en ese mismo momento, se habría adentrado en la oscuridad para no volver jamás, pero se quedó allí pasmado, en medio del sendero, como si aguardara alguna clase de recompensa por su buen comportamiento.
—¿Ella sabe que duermes aquí?
Salí del saco de dormir sin contestar al hombre y alargué la mano en busca de la mochila azul que siempre llevo conmigo a todas partes.
—Lo único que quiero decir es que… aunque no tengas dónde vivir, este no es…
Estuve rebuscando entre cuerdas, bolsas de plástico y cinta americana, hasta que lo encontré. El cuchillo de caza tenía una hoja ancha y afilada de acero azul y dentada por uno de los filos. Con un gesto rutinario, lo escondí en la manga, me puse en pie y avancé lentamente hacia el hombre sobrado de sí mismo y su ridículo perrito. El guardián de la moral de paseo nocturno.
—Esto no es ningún camping —dijo el hombre con contundencia, como si quisiera convencerse a sí mismo de lo que acababa de decir.
—Y yo no soy ningún campista —le contesté, y de dos zancadas me coloqué delante de él, que, instintivamente, reculó hacia el árbol que tenía detrás, buscando algún tipo de apoyo.
Sin embargo, lo único que consiguió con ello fue quedarse atrapado entre el árbol y el cuchillo de caza.
Con un solo movimiento le rajé el abultado abdomen, desde el ombligo hasta el pecho. Una cosa hedionda y orgánica cayó de su interior con un suspiro, a la vez que el hombre se deslizaba al suelo sin decir palabra, todavía con la espalda apoyada en el tronco del árbol.
Tiré de la correa y me acerqué el perrito, que seguía gruñendo para hacerlo callar. Sin embargo, el corte que hirió al animal en el cuello, también cortó la correa, y con un ladrido ahogado y jadeante desapareció en la noche.
Es de noche. La oscuridad se cierne alrededor de mi salón y oigo los vientos otoñales que silban sobre el islote rocoso. Todas las luces están encendidas y, por si acaso, he dejado la enorme linterna al alcance de la mano. Estoy echada en el sofá. Sobre la mesa hay un plato vacío, totalmente embadurnado de ketchup y restos de comida, y en la mano tengo la copa de vino ineludible.
El plato de comida de Ziggy sigue vacío al lado de la puerta principal. He decidido que esta noche no le dejaré comida, porque ya he aceptado que no volverá, a pesar de que, de vez en cuando, me parece oír sus suaves patas por la noche.
El suelo está cubierto de cintas de vídeo de mis conversaciones con los pacientes, todas ellas fechadas y marcadas con la letra pulida de Marianne. Me froto los ojos. ¿Es posible encontrar una pista aquí? ¿Habrá algo entre todas estas conversaciones, entre los cientos de horas de sesiones, que sirva para explicar lo que está ocurriendo? ¿Una palabra, un gesto involuntario, una mirada reveladora?
Avanzo la cinta hasta llegar a una de mis conversaciones con Peter. Sus brazos se agitan espasmódicamente en el aire a velocidad doble. La cabeza salta de arriba abajo. Se recoloca la corbata una y otra vez. Qué evidentes se vuelven los tics de la gente cuando los reproduces a doble velocidad… Detengo la cinta y le doy al play.
—Bueno, verás…, tengo una novia. Significa mucho para mi. Supongo
que es la primera vez que estoy enamorado. Me refiero a realmente
enamorado.
Nos conocimos hace unos meses, y al principio todo fue bien, aunque yo
seguía sintiendo cierto desasosiego. Quiero decir, que he tenido otras
relaciones anteriormente, pero siempre las he cortado después de poco
tiempo. Pero con esta chica no quiero… quiero decir, que sí quiero. Quiero
tener algo con ella.
—Es decir, que has tenido otras relaciones anteriormente, pero que las
has cortado, y ahora has conocido a una mujer que es importante para ti, y
quieres que funcione, ¿lo he entendido bien?
(Peter Carlsson asiente con la cabeza y vuelve a llevarse la mano a la
corbata).
—¿Podrías contarme por qué cortaste con tus anteriores relaciones y por
qué te preocupa que a lo mejor tengas que acabar esta?
—Me vienen pensamientos a la cabeza, imágenes. Y me asustan. —¿Podrías describir tus pensamientos?
—Es… es… muy difícil.
—Háblame de la última vez que pasó.
—Fue ayer por la noche… Habíamos cenado y habíamos tomado vino.
Ella, mi chica, se sintió cansada y fue a echarse. Estaba en la cama, dormida.
Y entonces yo me imaginé que… que yo… quiero decir, lo increíblemente fácil
que sería rodear su cuello con mis manos… Y luego apretar con todas mis
fuerzas. Vi lo pequeña y vulnerable que es, y lo increíblemente fácil que
sería… hacerle daño.
Detengo la cinta rápidamente y noto cómo la sangre abandona mi cabeza. El rostro de Peter ha quedado congelado en una mueca sobre la pantalla del televisor. Sus ojos están vacíos. ¿Una persona malvada? Tan sólo Peter lo sabe. Le doy un sorbo a la copa de vino para serenarme y corro la cinta un poco hacia delante.
—¿Cómo te hacen sentir estas imágenes?
—Tengo tanto miedo… Imagínate si realmente perdiera el control y le
hiciera daño. Porque la quiero. Los pensamientos me hacen sentirme
repugnante, como un maldito asesino sexual. Y es que no quiero hacerle
daño.
—¿Disfrutas con las fantasías?
—¿Si disfruto? No, no lo disfruto, desde luego. Me gustaría librarme de
ellas. Me gustaría que no existieran. Es precisamente por eso que necesito
ayuda. Para que desaparezcan.
—Y tú, personalmente, ¿haces algo para que desaparezcan? —He dejado de practicar el sexo. Los pensamientos no vuelven de la
misma manera, si no me acuesto con mi novia. Pero… ¿qué mujer va a querer
a un hombre que no quiere practicar el sexo?
Pienso en Sara y en su nuevo novio, que no quería hacer el amor con ella. En cómo la falta de contacto físico la confundía y le provocaba la sensación de insuficiencia. Para alguien acostumbrada a que el valor de una mujer se mida por su capacidad de atracción, la consecuencia es obvia: no soy suficientemente mujer.
Me deslizo por el sofá hasta dar con las rodillas contra el suelo y empiezo a rebuscar sin ton ni son entre las cintas, en busca de la conversación que mantuve con Sara, precisamente sobre este tema. Estoy torpe y sé conmigo misma que he bebido demasiado vino. También esta noche. Tardo unos minutos en encontrarla.
—Parece que le gusto, hablamos de todo, nos divertimos, pero… no
quiere acostarse conmigo.
—¿Y siempre ha sido así?
—Al principio creí que él quería esperar, hasta que nos conociéramos
mejor, o algo así. Quiero decir… casi me… sentí halagada. Como si yo fuera
un vino de reserva, o algo así, que había que dejar madurar. Luego empezó a
extrañarme y pensé que tal vez él era impotente. Al fin y al cabo, no sería tan
extraño a su edad. Sin embargo, creo que tiene ganas, pero que hay algo que
le reprime. Quiero decir, noto que tiene ganas, pero que se inhibe cuando
llega la hora de la verdad. Casi podría decirse que se… enfada. ¿Cómo
puede eso enfadarle?
—No lo sé. Existen tantas razones diferentes y, además, yo no conozco a
tu novio. Puede ser desde el miedo a no dar la talla, quiero decir, tú eres
joven y atractiva, etcétera, hasta afecciones físicas o bloqueos emocionales.
¿Tú qué crees? Al fin y al cabo, tú eres quien mejor lo conoce.
—Yo no creo nada.
—Es como si soportara un montón de… ira. Está tan condenadamente
cabreado… por dentro, y por alguna extraña razón, sale a la superficie
cuando nos encontramos en una situación íntima, me refiero a físicamente
íntima.
Rebobino un poco. Sara vuelve caminando de espaldas y a sacudidas a la recepción, coge un cigarrillo apagado del cenicero y se lo lleva a la boca.
—Sin embargo, creo que tiene ganas, pero que hay algo que le reprime.
Quiero decir, noto que tiene ganas, pero que se inhibe cuando llega la hora
de la verdad. Casi podría decirse que se… enfada. ¿Cómo puede eso
enfadarle?
Vuelvo a rebobinar, y con este gesto obligo a Sara a recoger el cigarrillo apagado una vez más.
—Casi podría decirse que se… enfada. ¿Cómo puede eso enfadarle?
Sara se queda paralizada a medio camino mientras está cruzando la habitación y, por un instante, parece que esté suspendida en el aire cuando vuelvo a detener la cinta. Como un ángel. Un ángel adicta a la nicotina, con la cabellera hecha unas greñas de pelo amarillo y los antebrazos cubiertos de cicatrices.
¿Por qué las insinuaciones de Sara provocaron tanto a este hombre hasta llegar a enfadarlo? ¿Por qué un hombre de mediana edad le hace regalos caros a una mujer joven, para luego enfadarse cuando ella quiere acercarse a él? ¿Qué tipo de relación estaría buscando este hombre? Un hombre maduro, una mujer más joven, una chica amiga, un amor platónico, regalos. Padre e hija, ¿sería realmente tan sencillo? ¿Estaría buscando a alguien que pudiera ser su hija?
De pronto, recuerdo algo que dijo Sara durante una de nuestras últimas sesiones. Empiezo de nuevo a buscar entre las cintas de vídeo que hay en el suelo hasta que la encuentro. Meto la cinta de vídeo y avanzo unos minutos. Sara tiene un aspecto inusualmente aseado. Lleva un top de color negro muy suelto sobre su torso bronceado y unos tejanos que no tienen ni agujeros ni están remendados. No lleva nada de maquillaje y tiene el pelo recogido en una coleta. De repente, parece significativamente más joven que los veinticinco que realmente tiene. «No cabe duda —pienso—, podría ser la hija adolescente de cualquiera».
—Le gusta cuando los abro. Quiero decir, que quiere ver cuando retiro el
papel de regalo y todo eso. Porque los regalos siempre están muy bien
envueltos, con lazos dorados, y cosas así. Ayer me regaló uno de esos
chalecos acolchados, ya sabes, con piel por fuera.
—¿Y no te resulta incómodo que te haga tantos regalos? —¿Por qué iba a resultármelo?
—Tal vez porque quiere algo a cambio.
—Como por ejemplo, ¿qué?
—¿Tú qué crees?
—Nada… (Sara masculla algo inaudible).
—¿Qué has dicho?
—¡Desde luego no es sexo lo que quiere! No quiere estar conmigo…
(Sara solloza).
—Aquí tienes. (Le paso la cajita de los pañuelos de papel). —No quiere acostarse conmigo, y dice que es porque le recuerdo
demasiado a alguien…
—¿A quién, Sara?
—No lo sé, tal vez a su hija.
—¿Tiene una hija?
—No quiere hablar de ello. Se niega a hablar de ella. —Pero ¿te ha dicho que le recuerdas a alguien? ¿A ella? —Mmm…
Pulso el botón de pausa y cierro los ojos. ¿O sea, que el amigo de Sara, y probablemente también su asesino, es un padre de mediana edad que me tiene atravesada y que, además, sabe que existe la consulta? Y la razón por la que evita todo contacto físico con Sara es que le recuerda demasiado a su hija, o tal vez sea precisamente eso lo que pretende: acercarse a ella de la misma manera en que lo haría un padre. Amarla como a una hija. ¿Quién es este hombre? Sin lugar a dudas, una persona enferma, aunque lo bastante inteligente para ocultar sus propósitos y vivir una vida aparentemente normal. Miro el reloj. Son las 22.45 horas. Demasiado tarde para llamar a Vijay.
Entonces lo oigo. Una especie de gruñido ahogado y, luego, un ruido sordo. No me asusto, sólo me sorprendo; no suena como algo que venga de un humano. Sin embargo, mis piernas parecen no querer transportarme cuando me levanto despacio y miro a través de las ventanas negras en dirección al mar.
La oscuridad es impenetrable como una pared de hormigón. La habitación está bañada en una luz fría que me impide ver cualquier cosa afuera. Me acerco rápidamente al interruptor general de la electricidad y cierro los ojos. Lo he hecho cientos de veces antes, pero sigue sin gustarme. Desconecto la luz y, poco a poco, mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad. Aparece el contorno de los muebles del salón, al principio, más como un recuerdo que como una visión real.
¡Allí! Una sombra se desplaza por delante de la ventana. La veo con nitidez: es la silueta de una persona que desaparece entre los rosales marchitos. No necesito ver nada más. Con un rápido movimiento, vuelvo a darle a la luz.
Había alguien en mi jardín, alrededor de mi casa. ¿Un hombre? Tal vez haya aplastado el rostro contra el cristal de la ventana y me haya estado observando mientras yo visionaba las cintas de vídeo en la pantalla del televisor. Tal vez haya visto a Sara.
La sola idea me provoca náuseas.
Espero un buen rato hasta que, finalmente, entreabro la puerta de la terraza para echar un vistazo afuera. Las olas y el viento es lo único que se oye, y percibo el crudo frío del aire nocturno corno un suspiro húmedo contra mi cuerpo. El cielo está negro y no logro distinguir ni los árboles ni las rocas; apenas consigo vislumbrar el débil centelleo del mar que tengo en frente.
La luz de mi salón ilumina el pequeño césped delante de la casa y algo que, al principio, creo que es un pedazo de plástico negro, pero que luego resulta ser una mancha oscura y húmeda, resplandece en medio de la oscuridad. Suelto la puerta, que inmediatamente se abre de par en par por un golpe de aire, y bajo con mucha cautela las escaleras de madera en dirección al césped.
Sentada en cuclillas, acerco la mano a la mancha y, al principio, estoy convencida de que me equivoco al notar el calor que irradia desde la hierba. Pero cuando vuelvo a mirar, esta vez con mayor detenimiento, veo un tenue hilo de vapor que emana de la mancha húmeda y brillante, como la bruma de una mañana de verano. Toco la mancha con cuidado y miro mis dedos.
Es sangre.
Markus hace todo lo que acostumbra a hacer siempre que, por alguna u otra razón, le llamo en mitad de la noche. Me cubre con la manta a cuadros, me hace una taza de café fuerte y realiza las llamadas pertinentes. En este caso, a los técnicos que hay que avisar para que examinen la sangre.
Yo, por mi lado, no digo gran cosa. Por mi cuerpo se ha extendido un frío interior que ninguna manta ni ningún brebaje es capaz de eliminar. Es como si la conciencia de que alguien realmente quiere hacerme daño no me hubiera alcanzado hasta este momento. ¿Qué habré hecho para provocar todo esto? ¿Cuál es mi delito, y cómo podré purgarlo? ¿Dónde y cuándo se desencadenó esta sarta de acontecimientos? Y sobre todo, ¿cómo puedo detenerla?, pues ya no tengo dudas de que esta historia tendrá una continuación que no estoy segura de querer ver.
La sensación de injusticia. Que arroje la primera piedra el que esté libre de culpa. ¿Esa soy yo? ¿Inocente? ¿Sin culpa? ¿Quién fue el culpable de que la vida de Sara fuera tan dura? ¿Quién tiene la culpa de su muerte? ¿Su familia? ¿Ella misma? ¿La sociedad? ¿El asesino, una persona malvada? ¿O, tal vez, yo? ¿Y puedo estar segura de que estoy libre de culpa, sólo porque nunca quise hacerle daño? Lo mismo que con Stefan, ese es mi único pensamiento. Es exactamente igual que con Stefan. Me quedo dormida en el sofá, con la manta cubriéndome hasta la nariz y la taza de café sin tocar sobre la mesa.
—¡Hora de despertarse!
Markus está sentado en mi sofá. Lleva puesto un jersey de lana y unos tejanos, y parece bastante complacido.
—¿Qué hora es?
—Las diez y media. Pensé que necesitabas dormir. Los técnicos ya han estado por aquí, trabajaron durante tres horas, se tomaron un café en la cocina y se volvieron a ir.
—Perdona…
—No tienes por qué disculparte. Por cierto, era sangre de animal, no humana.
—¿Qué clase de animal?
—Todavía no lo saben, pero yo diría que fue un animal herido lo que oíste ayer por la noche.
—Pero si yo vi…
—Sí, lo sé, pero resulta muy fácil equivocarse. Tenías miedo. Era de noche. A lo mejor fue un corzo.
—¿Un corzo?
—Sí, o un tejón. Hay muchos tejones por aquí. Es posible que haya sido un tejón herido en un accidente de tráfico.
—Pero ¡si por aquí no hay coches! —le interrumpo, irritada.
—Sea como fuere, yo no le daría más vueltas al asunto.
Markus está en la cocina, revolviendo los armarios. Veo su cabellera rubia por el resquicio de la puerta. Al otro lado de mis ventanas brilla el sol. Hace un día espléndido, y el follaje otoñal, de todos los matices, desde el amarillo limón hasta el ocre y el pardo rojizo, enmarca la pequeña ensenada donde el mar está totalmente en calma.
—¿No tienes nada de comer?
—Hay un poco de pan en el congelador. Es posible que también haya un poco de queso… no estoy segura.
—Aquí está todo vacío. Dime una cosa, ¿de qué te alimentas?
—Tenemos que hablar.
—Desde luego —responde Markus, a la vez que sigue rebuscando en mi cocina. No me siento demasiado cómoda viéndole revolver mis armarios y mis cajones, y por eso levanto la voz.
—Me refiero a hablar de verdad. Ayer encontré algunas cosas en mis cintas de vídeo que creo que son importantes.
Markus sale de la cocina. Lleva un pimiento y dos manzanas en la mano.
—¡Cuéntame! —dice, y toma asiento a mi lado, en el sofá.
Y yo le cuento. Que tal vez el amigo de Sara estuviera buscando una relación padre-hija, o que al menos acabó metido en una. Le hablo de la secuencia en que Sara insinúa que él tiene una hija que se parece a ella. Markus escucha con atención. Él y sus colegas también han revisado las cintas, pero no se han detenido especialmente en esto, me dice.
Al final, también le hablo de mis pensamientos acerca de la culpa, que me pregunto si yo puedo tener alguna culpa, directa o indirectamente, de lo que les ha ocurrido a Sara y a Marianne. No menciono a Stefan. Me resulta demasiado difícil hablar de ello.
Supongo que esperaba que Markus rechazaría mis consideraciones y que me diría que, por supuesto, no es culpa mía, pero, en cambio, se encoge de hombros y mira por la ventana.
—Me imagino que estamos todos en el mismo barco.
—¿Tú y yo?
—Todos los seres humanos —me aclara, y le da un mordisco a una de las manzanas—. En todo lo que hacemos. En todos los actos cuyas consecuencias no somos capaces de predecir. En todas las relaciones complejas, entre acontecimientos, entre personas. Tiras de un hilo por un extremo, y del otro extremo, alguien muere. Nadie tiene la culpa, o tal vez, ¿todos seamos culpables? Sin embargo, para mí, la intención es más importante que la causa. La causa es mecánica, podríamos decir, mientras que la intención tiene un sentido, una fuerza propia.
Sin decir nada, le cojo la otra manzana de la mano y la muerdo. Su comentario me sorprende. Por alguna razón, no esperaba que fuera a ofrecerme una disquisición tan razonada y bien formulada. Por alguna razón, estaba convencida de que Markus era menos sofisticado.
Banal.
Alguien de quien no necesitas instrucciones de uso. Un hombre cuyas reacciones son, en todos los sentidos, previsibles. Y al que, si es necesario, se le puede parar en cualquier momento.
—Da lo mismo —dice Markus, y me mira con unos ojos inyectados en sangre, después de haber trabajado toda la noche.
—He estado pensando en una cosa. Como ya sabemos, Marianne sigue inconsciente. Me gustaría poder hablar un poco contigo y con tus colegas acerca de ella, para hacerme una idea más exacta de quién es y cómo vive. ¿Qué hacía, por ejemplo, en su tiempo libre?
—La verdad es que no lo sé. ¿No te parece extraño? Ves a una persona cada día y, a pesar de ello, nunca acabas de conocerla. No del todo.
—Ocurre constantemente.
—Creo que su novio, Christer, era quien mejor la conocía.
—En realidad, ¿qué sabes de él?
—No gran cosa. Marianne solía describirlo como un hombre amable y, bien, como un gran apoyo. Me parece que ha sido de gran ayuda para ella en el ámbito profesional, o como quieras llamarlo. La escuchaba y la comprendía, y todo eso. Creo que trabaja, o trabajaba, en el sector de las finanzas.
—Sí, eso nos dijo. ¿Qué impresión tienes de él?
—Bueno, no sé qué decirte. Al fin y al cabo, no lo conozco demasiado. Sólo lo he visto un par de veces. Pero parece inteligente y… tal vez un poco demasiado sensible. Da la impresión de que sabe un poco de todo: música, arte… Es lo suficientemente inteligente para no parecer pretencioso, aunque lo es. Bien, ya sabes.
Markus no me contesta; simplemente le da un mordisco a la manzana mientras contempla el mar.
Por la noche vuelvo a soñar con Stefan. Una vez más, percibo su presencia intensamente; su olor en mi nariz, su piel al alcance de mis manos. Pero él no está. Sudada y obsesionada, como si tuviera fiebre, correteo por el salón y por el jardín, buscándolo. Levanto las ramas llenas de espina de los rosales, oprimidas por el peso de los rebosantes pimpollos de color morado oscuro. Echo a correr entre los troncos, tropiezo en las agujas de abeto y caigo. El suave y húmedo musgo recibe mi cuerpo delicadamente.
Me detengo al llegar a las rocas y echo la vista hacia el mar, que es de un extraño color cobrizo. Cuando vuelvo la mirada hacia el cielo, comprendo que es quien le presta su color al mar. De un castaño rojizo y amenazante, cuelga pesadamente sobre la ensenada. Avanzo hacia mi pequeño y torcido embarcadero, y doy unos pasos vacilantes por sus frágiles tablones consciente ya de lo que me encontraré: Stefan flota apaciblemente sobre la espalda en el agua refulgente y cobriza. Las algas forman una almohada mullida y ondeante cuyos flecos acarician su mejilla como cientos de suaves brazos.
—Te echo de menos —le digo—. Siempre es lo mismo. Yo te echo de menos y tú nunca estás.
Los finos párpados de color azul blanquecino de Stefan parecen hechos de papel de arroz. Se estremecen; él abre los ojos y mira a través de mí.
—Pero, mi amada Siri, ¿todavía no lo has comprendido? ¿Por qué tuve que abandonarte?
He pensado en hablar con Sven. Markus me ha advertido que no lo haga, no quiere que hable con ninguno de los que ha interrogado la policía. Preferiría que me fuera a vivir a casa de Aina y que pidiera la baja. Que desapareciera de la faz de la tierra, así me lo dijo. En cambio, he vuelto a la consulta, avanzo por el pasillo en dirección a la sala que solemos llamar la habitación amarilla.
El despacho de Sven.
Está sentado de espaldas a la puerta. Sobre el respaldo de la silla cuelga una americana de pana de color herrumbre. El escritorio está cubierto de montones de revistas especializadas, libretas y folios sueltos que, sé, son expedientes que, de hecho, no deberían estar allí, a la vista de cualquiera. Somos muy estrictos con el secreto profesional. Encima de todo eso se balancean tazas de café, ceniceros y corazones de manzana. Sven es un terapeuta muy competente, pero un administrador pésimo. Desde que Marianne desapareció, su despacho y sus expedientes han ido degenerando paulatinamente.
—Sven, ¿puedo hablar contigo un momento?
Sven hace girar la silla y veo en su mirada que está nervioso. Tal vez sea mi presencia lo que le aterroriza.
—Por supuesto. Siéntate.
Hace un gesto con la mano en dirección al sillón de las visitas, que también está cubierto de folios sueltos y carpetas. Por un segundo pierdo la paciencia, con él y su desorden. Tal vez Marianne aceptase recoger su caos, pero ni Aina ni yo estamos dispuestas a hacerlo.
—¿Dónde habías pensado que me sentara?
No es mi intención, pero yo misma me doy cuenta de que mi tono de voz suena duro y sarcástico. Sven salta de la silla dando un respingo.
—Disculpa.
Cuando empieza a retirar carpetas y papeles de la silla de las visitas veo que sus manos tiemblan. Los papeles se esparcen por el suelo y por debajo de la estantería. Al final parece rendirse. Deja todos los papeles en un montón sobre la moqueta, se hunde en su silla, saca un paquete de cigarrillos, y yo pienso que casi los prefiero a la pipa. Tomo asiento frente a él y lo miro. ¿Cómo es posible? Sven, el hombre tan seguro de sí mismo y seductor, reducido a un atado de nervios que fuma sin cesar.
—Tenemos que hablar —le digo.
—Supongo que sí.
—Sven —empiezo, dubitativa—, tú eres de las pocas personas que tenías acceso a la dirección de Charlotte, a los expedientes de Sara…
Sven me interrumpe con un tono de voz desesperado, y veo que sus manos, amarillas de tanto fumar, tiemblan al gesticular.
—Siri, tienes que creerme. Yo no he estado dando vueltas a hurtadillas por tu jardín, ni he escrito una carta a Charlotte Mimer, ni he… matado a Sara Matteus. ¿Cómo puedes siquiera creer…? Entiendo perfectamente cómo tiene que verse desde fuera, pero Dios mío, ¿cuánto hace que nos conocemos? ¿Realmente crees que tengo algo que ver con todo esto?
Suspiro y observo a Sven. Veo el terror reflejado en sus ojos cuando me mira por encima de la mesita.
—No, no puedo creer seriamente que tú hayas tenido algo que ver con ello. O, es decir, ya no sé qué creer. ¿Puedes explicarme una cosa, Sven? ¿Cómo es que había anotaciones hechas con tu letra en el expediente de Sara? Y, además, ¿qué hacía el expediente en la cocina de Manianne?
Sven frunce el ceño y vacila un instante.
—Hace un par de meses, tomé prestado el expediente de Sara. Pensaba utilizarlo para el artículo que estoy escribiendo, ya sabes, el que trata de la conducta autolesiva en mujeres jóvenes. Hice fotocopias de algunas páginas y, sí, es cierto, anoté algunos comentarios en el margen. No hay nada raro en ello… Lo que no comprendo es cómo acabaron en casa de Marianne.
—¿Y la fotografía?
Sven sacude la cabeza y de pronto parece infinitamente afligido.
—Nunca la había visto, hasta que la policía me la enseñó. Había algo condenadamente triste en aquella foto. ¿No te parece?
Sven se encoge de hombros, como para señalar que no es su responsabilidad.
—Tienes que creerme, Siri. No sé qué más decir. Mi vida se ha convertido en un infierno. Interrogatorios policiales a mí y a mi esposa. Llaman a mis amigos y les preguntan qué clase de persona soy. Veo en sus ojos que creen que estoy mintiendo. ¿Qué puedes hacer cuando alguien ha decidido que eres un mentiroso? ¿Cómo les convences de que eres inocente? ¿A quién puedes recurrir cuando se te acaban los argumentos? ¿Cómo puedo convencerte, Siri?
—Limítate a ser sincero conmigo.
—Soy sincero.
—¿Dónde estabas tú, realmente, cuando murió Sara? Según Birgitta, no estabas en casa.
Sven suspira y entierra la cabeza entre las manos. Masculla algo entre dientes.
—En casa. Estaba en casa. Con Birgitta.
—Ya, pero…
—¡No lo sé!
De pronto, Sven salta de la silla y empieza a pasearse, nervioso, de un lado a otro de la sala con un cigarrillo encendido en la mano. Me mira con una expresión resignada, casi desesperada, en la cara. Los ojos abiertos de par en par, la mirada fija en mí, clavada en mí. Todo su cuerpo tiembla de energía nerviosa y veo cómo el sudor se extiende por sus axilas formando manchas.
—No sé por qué. No logro entenderlo… La razón por la que no quiere darme una coartada. Porque está mintiendo a la policía. ¿Por qué, Siri? ¿Puedes explicármelo?
Pienso que, sin duda, se me ocurre alguna explicación, pero no digo nada. En su lugar, contemplo a Sven en silencio.
—Veintitrés años. Dios mío, llevamos casados veintitrés años. Y va y me hace una cosa así. No entiendo nada.
—¿No crees que tal vez Birgitta esté enfadada por tus líos con otras mujeres? — suelto.
Sven me mira con algo que parece cólera en la mirada. Está a punto de soltar un grito y cuando se inclina sobre mí, noto que caen pequeñas gotas de sudor en mi cara.
—Escúchame, Siri. Tú no tienes absolutamente nada que ver con esto. Alguna cosa en esta sucia historia tendrá que seguir perteneciendo a la esfera privada de cada uno, ¡joder! Tú no tienes nada que ver. Es un asunto privado.
Sven se incorpora y se queda de pie a unos metros de mí. Ahora parece haberse tranquilizado un poco. Ahora, que ha podido desahogarse conmigo. Por lo tanto, todavía le debe de quedar algo de amor propio.
De integridad.
Tiene razón, por supuesto. Yo no tengo nada que ver con sus líos de faldas. Sin decir nada más, Sven apaga el cigarrillo en el cenicero, agarra su americana de pana y sale de la habitación.
No había pensado que fuera a ser tan pesado.
Cuando, al fin, conseguí atrapar al perrucho y matarlo delante de su casa, los envolví cuidadosamente, tanto al hombre como a su perro, en un par de sacos de basura negros que siempre llevo conmigo. Los sacos no eran suficientemente largos para que cupiera el cuerpo entero, ni siquiera después de haberlo colocado a la fuerza en posición fetal, y tuve que meterlo en dos sacos sobrepuestos. Al hombre le pasé dos sacos por encima de la cabeza que le cubrieron hasta las caderas, consideré el asunto por un instante, y luego le pasé dos sacos más por encima de las piernas. Le llegaban hasta la cintura. El perro tendría que ir en la parte de los pies. Era donde sobraba más espacio. Luego sellé el paquete con muchos metros de cinta para embalar por donde las bolsas se sobreponían. Alrededor de la cintura, y luego alrededor del cuello y de los tobillos.
El plan era sencillo.
Ahora sólo tenía que arrastrar el paquete un par de cientos de metros por el sendero, hasta llegar al pequeño puerto natural donde había unos cuantos botes amarrados al solitario embarcadero. Luego tendría que tomar uno de los botes prestado y remar hasta un punto a una distancia prudente de la playa y, una vez envuelto en la cadena del ancla, echar el cuerpo al mar. Sin embargo, había subestimado el esfuerzo que requeriría arrastrar el cuerpo de un hombre adulto durante tantos metros. Caí de rodillas varias veces, consumido por el cansancio y con esa sensación claustrofóbica en el pecho que siempre me da cuando la tráquea se me cierra y se niega a dejar que pase el aire. Respiré en el inhalador y pensé que esta era la primera vez que las cosas no iban según el plan trazado.
Había cometido un error y lo había puesto todo en peligro.
Este año hay muchas setas. Durante todo el otoño, el bosque alrededor de mi casa ha estado lleno de grandes boletos y rebozuelos, más parecidos a naranjas hinchadas, creciendo entre el musgo debajo de mi tendedero.
Estoy sentada en las escaleras que dan a las puertas de cristal con la cesta entre las piernas, limpiando rebozuelos atrompetados. Aina está delante del cobertizo cortando leña. Se ha quitado el jersey grueso, y cada vez que parte un leño mojado con un movimiento vigoroso y preciso, puedo ver su cuerpo musculoso y nervudo y sus turgentes pechos a través de la fina camiseta de algodón. Nunca hubiera pensado que Aina fuera capaz de cortar leña, pero, como es habitual en ella, vuelve a sorprenderme. Sonríe levemente, como si oyera lo que estoy pensando, deja el hacha en la hierba, al lado de la pila de leña, se seca el sudor de la frente con la manga del jersey y viene hacia mí. Le pido que deje el hacha en su sitio, dentro del cobertizo, pero Aina se ríe de mí.
—Lo haré dentro de un rato, princesa.
Yo le contesto que preferiría que lo hiciera ahora mismo, porque, desgraciadamente, sé que si no lo hace ahora, no lo hará nunca. Pero Aina simplemente se encoge de hombros y sonríe.
—Te prometo que lo haré, pero ahora mismo necesito darme un chapuzón.
Se quita la camiseta, los pantalones y las braguitas, lo deja todo a mi lado en la hierba y sale corriendo en dirección a las rocas. Sería mentir si dijera que hoy me apetece mucho bañarme. La temperatura ha descendido hasta por debajo de los diez grados, el cielo tiene un color gris plomo y un viento septentrional atraviesa el mar, haciendo que las olas se encrespen. Sin embargo, una vez que estoy sobre las rocas, mirando hacia el mar oscuro, al ver el sargazo pardo y el follaje otoñal que se han amontonado en el agua debajo de las rocas, al oír las gaviotas que nos sobrevuelan curiosas formando círculos, me quito la ropa con parsimonia y me acerco con cuidado al borde del saliente de las rocas. Doy un respingo cuando Aina, lanzando un grito, se tira desde la roca al agua helada. Apenas hemos intercambiado una palabra y hemos dejado que el silencio llenase la mañana, permitiendo que los sonidos del bosque hablasen: el golpeteo tenaz del pájaro carpintero en busca de larvas en la corteza de un enorme abeto; ramas que se quebraban bajo el peso de las botas de agua; y el zumbido de los insectos que no podíamos ver a simple vista.
Ahora Aina choca con el agua con un estrepitoso chapaleo, a varios metros por debajo de mis pies, y provoca una cascada de pequeñas gotas de agua dolorosamente frías que saltan hasta mis piernas heladas. Vacilo un par de segundos, y luego doy un salto a su derecha.
El agua helada envuelve mi cuerpo cuando cruzo a nado la pequeña ensenada tan rápido como puedo en dirección al embarcadero y me agarro a la madera putrefacta, grasienta y resbaladiza por las algas y las plantas marinas. Recupero el aliento. Mis dedos congelados pierden el agarre y nado hacia la playa, hacia el calor de la casa y hacia Aina, que ya me está esperando con una manta de lana ajada sobre los hombros.
Luego comemos pan con gambas y rebozuelos a la mantequilla, y bebemos chocolate a la taza. Una vez más le recuerdo a Aina que todavía tiene que meter la leña y el hacha en el cobertizo, pero ella se niega y farfulla algo que, traducido, quiere decir que ya lo hará más tarde.
Fuera, cae la noche sobre el mar y arrecia el viento.