Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 12 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

13. Incluso en un día cualquiera

13

 

Incluso en un día cualquiera

 

Me he pasado la tarde peleándome (pero de buenas, aquí hay muy pocas

broncas malas) con el equipo de moda y de lifestyle para que cambien el

enfoque de dos de los artículos que vamos a publicar. Uno de ellos fue muy

criticado y con razón. Si eres una publicación que apoya a la mujer en todas

sus versiones, no puedes ocupar media sección de moda con un «Qué

prendas son las mejores aliadas según tu edad».

—Nos iba a quedar muy corto, Rita: viste como te salga del coño a los

veinte, a los treinta o a los ochenta.

—Hay que ver qué bruta eres —se ha estado quejando—. Os pareció bien

en la reunión de planillo.

—Pues en la reunión de planillo tendría una sobredosis de cafeína o algo.

Reenfócalo con tus chicas. Esto es ofensivo y horrible. Eva está de acuerdo.

Si la subdirectora y la redactora jefe sugieren un cambio…, no sé, Rita,

piénsalo…

Me ha insultado fuerte. También me ha dicho que cuando tenga sesenta

no podré ponerme lo que llevo hoy. Me han dado ganas de decirle que

dentro de cuatro años ella va a seguir con el mismo peinado de colegiala y

que nadie va a echárselo en cara. Pero he respirado hondo y me he callado.

Me he callado y me he preguntado por qué todavía no sé nada de Tristán y

por qué no le escribo yo.

Creo que no lo hago porque me da miedo que las cosas que he hecho en

el pasado, en los días que he ido reviviendo, hayan reescrito nuestra historia

y él ahora mismo esté con otra chica o… haya decidido vivir la vida de

soltero de lleno.

Quizá por eso no me esperaba encontrarlo al salir, justo en la acera frente

a la revista, apoyado en una señal de prohibido aparcar. Está guapo, pero

parece cansado y un poco aburrido. Me pregunto si lleva mucho rato

esperando.

—Hola —murmuro una vez que estoy junto a él.

Todavía no me ha visto, está trasteando con el móvil, pero aun así no se

sobresalta, solo contesta a media voz.

—Hola.

Guarda el móvil en el bolsillo y me da una especie de abrazo. Así nos

saludábamos al principio…, con un abrazo. Es así siempre, ¿no? El abrazo

es el gesto más socorrido, porque no es un apretón de manos formal, no son

dos besos educados ni un beso en la boca, íntimo. El abrazo implica cariño,

pero la distancia suficiente como para que ningún transeúnte pueda pensar

que somos pareja. El abrazo en público es un saludo afable; es zona segura.

—¿He tardado? —pregunto con cautela.

—Un poco. —Arruga la nariz y encoge los hombros, como diciendo que

le da igual—. Aún llegamos a tiempo.

—¿A tiempo?

—La obra —apunta.

—¿Qué obra?

—Oleanna —me recuerda—. Tenías muchas ganas de verla. Conseguí

dos entradas y…

—Ah, sí. Perdona. Salgo un poco… —Muevo la mano en círculos frente

a mi cara—. Con la revista encima. No me aclimato.

Asiente, como si en realidad no me hubiera escuchado.

—Oye…, ¿estás bien? —le pregunto.

—Sí, ¿por?

—No sé. Pones cara de estar hasta las pelotas de algo y existe la

posibilidad de que ese algo sea yo, así que pregunto.

De verdad…, qué libertad da la falta de miedo.

—No, coño. —Se frota la frente con el pulgar y el índice, a la altura de

las cejas—. Es el curro. Venga…, ¿quieres ir en metro o en taxi?

Un haz de luz se ha posado, de refilón, en el recuerdo de esta tarde. Es

verdad que me hacía mucha ilusión ir a ver aquella obra de teatro. Me puse

incluso pesada con el tema; tenía la esperanza de que él me demostrara vete

tú a saber qué consiguiendo dos entradas…, y lo hizo. Recuerdo que me

sentí un poco poderosa. Disfruté la obra. No recuerdo nada más. Ni que él

estuviera cansado ni que la noche fuera especial.

—¿Y si no vamos?

Arruga la frente.

—¿Qué?

—¿Y si no vamos? No sé. No me apetece.

—¿En serio? —Se queda como pasmado.

—No parece que tengas ganas.

No sé si estoy dando por culo por gusto, para que se marche sin mirar

atrás y me quite esta pena de dentro, o porque no tengo muchas ganas de

ver la misma obra otra vez.

—Miranda… —y lo dice muy serio—, no has parado de repetirme que

tenía que ser hoy porque el calendario se te complica con el cierre del

número de diciembre a partir de ahora. Y conseguí las entradas.

—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero…

—Pero ¿qué?

Quiero adivinar una leve sonrisa tras la pregunta, pero no estoy segura. A

lo mejor es esa mueca que se dibuja cuando uno tiene ganas de arrancarte la

cabeza.

—Que tienes cara de que te da por culo ir al teatro ahora.

—Me da por culo ir al teatro ahora, pero también me da por culo no ir y

perder las putas entradas. Me han costado cincuenta pavos.

Esa voz rasgada, macarra, tan de ser cualquier cosa menos abogado…, y

lo mal hablado que es. Joder. Yo me resisto, que conste. Pero… ¿Y si me lo

llevo a casa y lo uso como un muñeco hinchable? Qué guapo está con ese

traje azul marino.

—Miranda, estás como alelada. ¿Qué te pasa hoy?

—No me pasa nada. Soy rara, ya lo sabes.

—Ya lo sé, hija, ya lo sé. —Se vuelve a frotar los ojos con un suspiro con

el que parece hacer acopio de paciencia.

—Es que no puedes decir que te da por culo cualquiera de las opciones.

Entonces ¿qué hacemos? ¿Nos matamos en plan suicidio colectivo sectario

de los años setenta?

—Tranquilita, Templo del Pueblo.

Sonrío. Siempre me ha gustado que entienda mis guiños raros y frikis.

¿Me enamoré de él por eso? «No. No pienses en eso. Haz cosas para que

todo salga mal entre vosotros. Céntrate. Quieres alejarle», me dice la voz de

mi conciencia.

—No quiero ir al teatro. Siento mucho que te costara encontrar las

entradas.

—¿Ahora eres una caprichosa? —pregunta serio.

—Pues sí. Fíjate. Soy una caprichosa de mierda, pero estoy cansada y no

quiero ir a ver ninguna obra de teatro. Lo siento.

—¿Y ahora qué quieres hacer, si puede saberse?

—Pues quiero… ir a mi casa y que pidamos comida china grasienta o un

kebab. —Me va saliendo todo lo menos glamuroso que se me ocurre. No

me tiro un pedo porque no tengo ganas. No quiero darle buena impresión,

precisamente—. Vemos una película de guerra o de patadas o una de amor

de esas que dan hasta asco de lo empalagosas que son. Y luego nos

acostamos y follamos como ratas en celo.

—¿Tienen que ser ratas? ¿No podemos ser otro animal?

Y lo pregunta muy serio, no te vayas a creer.

—He dicho ratas. Ah…, y me comes el coño. Por lo menos durante

media hora.

Tristán abre la boca, coge aire y lo deja salir despacio. Ahí viene. Va a

mandarme a cagar.

—¿Qué? —le pincho—. ¿Hay algo del plan que no te encaja?

—A ver. —Hunde las manos en los bolsillos del pantalón, igual lo hace

por no estrangularme—. Hoy estoy hasta los cojones de todo. Y de todo es

decir poco. Una clienta me ha tocado las pelotas con gusto porque quiere

que herede su perro, y no he sido capaz de convencerla de que eso NO ES

LEGAL . Uno de los socios es un puto psicópata de manual y me ha dicho que

ECHO POCAS HORAS . Las catorce que pasé ayer en el despacho no le parecen

suficientes. Uno de mis compañeros me ha estado hablando durante toda la

pausa de la comida de la diferencia entre los zapatos castellanos con borla o

sin borla. ¿Y ahora me dices que no quieres ir al teatro? Y que quieres

comida china y una peli y…

Me preparo para el estallido. Se frota la cara.

—Joder, ¿y no podías habérmelo dicho antes?

—Bueno, te lo digo ahora. He estado muy ocupada todo el día.

—La madre que te parió.

Tristán hincha el pecho. Ese pecho delgado pero fibroso del que va a

nadar a cada rato libre que tiene. Ese pecho que queda tan bien en las

camisetas de algodón. Ese pecho sobre el que crece un vello dispar, como

despistado. Ese pecho…

—Hostia, Miranda, me vas a volver loco… —Se frota los ojos.

Ahí viene. Ahí viene.

Ya lo estoy oyendo: «Lo que menos necesito ahora mismo es una tía que

me lleve como puta por rastrojo, Miranda. Los demás también tenemos

vida, más allá de tus caprichos. Estoy harto de ti. Ahí te quedas».

—Pasamos antes por mi casa. Necesito quitarme el traje. Y coger una

muda. Y lo de las lentillas. Esta vida de nómada es un coñazo, que lo sepas.

Cuando echa a andar, no doy crédito. O tiene más aguante del que

pensaba o no conozco de nada a este tío o el cosmos es un cabrón hijo de

puta.

—¿Vienes o qué? —pregunta como a diez metros.

Tengo que apretar el paso y casi correr para mantener su ritmo.

 

Dos rollitos de primavera; una ración de arroz tres delicias; otra de

tallarines con gambas, porque los fideos de arroz no le gustan, la textura le

da grima; una de pollo al limón y pan de gambas. Además, dos refrescos; el

mío light, como si no añadirle azúcar a la bebida pudiera frenar el torrente

de grasas de las malas, sal e hidratos. Menudo día llevo. Espero que los

saltos temporales quemen mucha energía o con el excedente…

Bueno, ¿desde cuándo me quita a mí el sueño el excedente? Ni que

tuviera que desfilar el mes que viene. Cuánto debemos luchar contra las

ideas que la sociedad dio por ciertas en nuestras cabezas.

—¿A ti te preocupa tu peso? —le pregunto de golpe.

Se está poniendo gochísimo a tallarines, así que supongo que la respuesta

es no. Aun así espero que conteste mientras en la televisión va pasando la

película bélica que hemos escogido hace un rato.

—Pues… no sé.

—¿No sabes?

—He sido delgado toda mi vida. No me he preocupado en exceso por el

tema. Bueno…, miento. Me preocupa un poco quedarme como un saco de

huesos. El estrés me deja hecho un asco. Comer mal, también. Y no hacer

deporte.

—¿Adelgazas si no haces deporte?

Asiente mientras se mete otra cantidad ingente de tallarines en la boca.

—¿A ti te preocupa? —farfulla.

—¿Tu peso? Para nada.

—El tuyo, idiota.

Muevo la cabeza.

—Sí y no. A mí, personalmente, nunca me ha traído de cabeza. Si a

alguien no le gusto por mi talla, eso que me ahorro, pero luego… existe

cierta presión social, ¿sabes? La sociedad como masa. Hay mucha

gordofobia enmascarada. Como el tonto de las películas, que siempre es

gordo. O asociar la palabra «gordo» con conceptos como insano o feo. Hay

un clima hostil hacia el sobrepeso en general. Y si vas a Zara a comprarte

los pantalones que son tendencia y para ti no hay talla…, pues vuelves a

casa jodida y pensando que el problema eres tú, porque todas pueden

llevarlos, pero tú no. Supongo que a las chicas muy delgadas también les

pasa. El problema es que nos quieren imponer un modelo, sea como sea ese

modelo. La imposición. ¿Me entiendes?

Tristán me mira interesado.

—Entiendo. Pero… tú te miras en el espejo y te gustas, ¿no?

—Yo me miro en el espejo y me veo, que es lo importante. Habrá días

que me guste y días que no quiera ni verme, pero también hay días que no

quiero ni verte a ti y tienes el torso de un efebo griego.

—Yo hago deporte para desahogarme, Miranda, no para tener el torso de

un efebo griego.

—Pues puedes desahogarte también dándome fuerte contra el cabecero.

—Si por ti fuera, estaría dándote fuerte contra el cabecero veinticuatro

horas al día, siete días a la semana.

—¿Vamos a follar?

—No.

Se sirve un poco más de comida en el plato y, como si no acabase de

rechazarme, presta atención a la película. Yo hace mucho que perdí el hilo,

más o menos desde que salió el primer tanque. Me levanto del suelo del

salón, donde estamos sentados cenando, y me llevo mi plato conmigo a la

cocina.

Al volver, me doy cuenta de que Tristán me está mirando muy fijamente.

—¿Qué?

—¿Te has enfadado?

—¿Por?

—No sé. Estudié derecho, pero no soy nada bueno con las palabras. A lo

mejor he metido la pata.

Pongo morros y le digo que no con la cabeza.

—Algo pasa —insiste—. ¿Es lo del peso?

—Ah, no. Lo del peso me la suda.

—¿Entonces?

—No sé.

Deja el tenedor, se limpia la boca con el trozo de papel de cocina que le

he dado y quita el sonido a la televisión.

—Te escucho.

—Te he dicho que no pasa nada.

—Y yo que te escucho. Tú cuéntame lo que quieras. No tiene por qué ser

que te pasa algo.

Frunzo el ceño. Esto es nuevo. Me mantengo en silencio. Él también. Ah,

esta táctica sí que se la conozco. Se calla para que me ponga nerviosa; sabe

que no soporto este tipo de silencios y que termino diciendo algo, aunque

solo sea por romper el hielo. Pero no voy a caer.

—No voy a caer.

—¿Caer en qué?

—En el viejo truco de a ver cuál de los dos habla antes.

—Vale. —Levanta las cejas y sonríe.

Esa sonrisa. Joder. En mi vida he estado con chicos guapos. No es algo

que sea importante para mí, porque suelo quedarme pillada del modo en que

sonríen, de su rapidez e inteligencia, de si despiertan en mí algo especial,

una chispa de algo inexplicable… Sin embargo, casi siempre han sido

guapos. No solo para mí. Mis amigas me decían: «Fulanito está bueno.

Menganito está muy bien. Siempre sales con tíos guapos». Yo no soy

especialmente guapa, no estoy buena, no busco serlo ni estarlo ni que la

persona que esté a mi lado cumpla esos requisitos.

Tristán es, no obstante, el más guapo de entre los guapos. O quizá no lo

sea y me lo parezca porque estoy enamorada de él, no lo sé. Pero siempre

me ha parecido uno de esos chicos que yo (yo, insisto) no podría dejar de

mirar en años. Y esa sensación, la de que no dejaría de mirarlo jamás, me

produce una tristeza extrema ahora que sé que esto que tenemos, o

teníamos, se va a acabar.

—Quizá no tenga sentido mantener esto —se me escapan las palabras por

la boca.

—Ya lo sabía yo… —suspira—. Mantener esto…, ¿a qué te refieres?

—A nosotros. A seguir viéndonos.

—Esto es bueno —me dice muy seguro.

—Puede. Pero se va a terminar. ¿Qué sentido tiene mantenerlo si va a

terminar?

—¿Qué sentido tiene vivir si nos vamos a morir?

Chasqueo la lengua y me concentro en ir cerrando táperes del chino.

Todos están superaceitosos.

—¿Quieres dejar de verme? —me pregunta.

—No.

—¿Entonces?

¿Cómo le explico que será él quien me deje a mí dentro de cuatro años?

—No lo sé. Ya te he dicho que no lo sé. Eres tú quien me está obligando

a hablar.

—Miri…, mírame un segundo.

Dejo los táperes donde están. He hecho una torre con ellos sin darme

cuenta.

—Piensas demasiado. —Sonríe—. Hay días que fluyes como si tú

hubieras inventado la corriente, pero otros… —Hace una mueca—. Es

como si supieras demasiado y no te gustara lo que has averiguado.

—Quizá.

—O quizá estás volviendo a hacer ESO.

—¿Qué es «ESO»?

—Jugar a adivinar. Y no me gusta que imaginen cuáles son las decisiones

que tomaré porque parece que soy alguien previsible o simple o… incapaz.

—No seas tonto. No digo eso.

—Lo que está claro… —abre mucho los ojos— es que no voy a hacerte

ni puto caso con estas comeduras de cabeza. Eso y que, por lo que sea, no quieres que siga cenando.

Señala la montaña de táperes medio vacíos.

—No me puedo creer que sigas teniendo hambre —le digo.

—Voy a terminármelo todo. Y luego nos vamos a la cama.

—¿A follar?

Se echa a reír a la vez que recupera los envases de comida y los va

abriendo de nuevo.

—Hay que ver… lo infravalorada que está la charla pre y poscoital. Me

gustaría a mí tener unas palabritas con las personas que lanzaron el rumor

de que los hombres tenemos más apetito sexual que vosotras. Eso o traerlos

para que te conozcan. Y te estudien.

—¿Y qué me pasa a mí? ¿Soy un bicho raro?

—Puro fuego. —Me guiña un ojo—. Puro fuego.

 

Después de la cena desistimos de seguir el hilo de la película. Tenía buena

pinta, pero nosotros hoy no estamos muy lúcidos. Nos lavamos los dientes

juntos y, bueno, eso está bien, es normal. Peeero… luego se ha puesto a

mear conmigo en el baño, aunque ya no me sorprende. Son muchos años

juntos, pero no sé si en esta línea temporal debería haberme mostrado

falsamente incómoda o, al menos, sorprendida por el gesto de confianza.

Así que lo único que he dicho mientras él seguía hablando conmigo,

sujetándosela tan tranquilo, ha sido:

—La confianza, definitivamente, da asco.

A mí no me importa que mee delante de mí. Ni que se duche. Ni que se

ponga las lentillas mientras yo soy la que está en la ducha. Siempre me ha

parecido que esas charlas que tenemos en el baño son parte de la cadena de

ADN de quiénes somos como pareja. O quiénes éramos. O seremos. Y él

parece estar de acuerdo.

Nos metemos en la cama y apagamos las luces, pero las farolas de la

calle alumbran lo suficiente, con las persianas subidas, como para que nos

veamos las caras. Y aquí estamos, uno frente al otro, hablando de cosas

superaleatorias. Todo el día está siendo así. Nada parece tener un sentido o

un propósito concreto.

—¿Cómo te va a gustar el rap? Me estás vacilando —se burla.

—Te lo juro. Me encanta el rap.

—No es verdad.

—¡Claro que lo es!

—No tienes pinta de fan del rap.

—¿Y qué pinta deben tener los fans del rap? ¿Tengo que llevar una gorra

de lado o algo así?

Tristán estalla a carcajadas.

—Vale…, pues dime tu rapero preferido.

—Natos y Waor.

—¿Quiénes son esos? —Se parte el culo.

—En unos años te van a gustar.

—Ah, ¿sí?

—Te lo juro.

—A ver…, cántame alguna canción suya.

Lo pienso un poco. Tiene que ser anterior a 2017…

—El rap no se canta —le digo para ganar tiempo—. Se rapea.

—Pues rapéame.

—«Por el día malas caras,

y por la noche porno.

Me gusta estar a oscuras,

borracho y solo.

O contigo tirao en la cama

haciendo el mongolo».

—Eso te lo acabas de inventar sobre la marcha.

—¡Sí, hombre! Es uno de sus temazos y se llama «Problemas».

A Tristán le da por partirse de risa. A mí también. Le hinco el dedo en las

costillas.

—¡Para de reírte de mí!

—Que no es de ti —sigue riéndose—, es contigo, pava.

Nos enzarzamos en manitas y tonterías, para terminar mucho más

abrazados de lo que estábamos. Una pierna entre las suyas y la otra sobre su

cadera. Mis manos repartidas entre su cuello y su pelo. Veo brillar tenue la

cadena fina que lleva al cuello.

—Esa cadenita de la comunión —me burlo.

—¿Qué pasa? ¿No te has acostumbrado nunca a llevar algo que si un día

te olvidas de ponértelo, te sientes como desnuda?

Asiento. Sí. A él. A él encima, en el pensamiento, dentro, con su polla

intentando alcanzar el punto de no retorno, abajo, cuando me mira y sé que

se siente orgulloso, a mi lado, siempre…

—Te ha cambiado la cara. ¿En qué piensas?

—En que no quiero eso.

—¿No quieres qué?

—Acostumbrarme a llevarte conmigo y luego sentirme desnuda si te vas.

—¿Y por qué me voy a ir?

—Porque te irás.

—¿Y si te vas tú?

Suspiro un poco.

—Oye, Miranda…

Temo haberme puesto demasiado intensa…, aunque… ¿por qué es

demasiado si es lo que sientes? ¿Por qué ese temor a que no sean capaces de asimilar las cosas que necesitamos decir?

—¿Qué? Que me calle, ¿no? —interrumpo.

—No. Escucha… ¿y si mañana llamamos al trabajo y decimos que

estamos enfermos?

—¿Para qué?

—Para quedarnos en la cama.

¿Uhm…?

—O mejor… —sigue diciendo—, podemos reservar un fin de semana en

algún sitio y pirarnos mañana mismo. Decirle a todo el mundo que estamos

enfermos y largarnos fuera de Madrid unos días.

—Pero… ¿para qué? Si podemos quedarnos en casa y…

—Para hacer cosas. —Sonríe—. Para vivir más allá del trabajo.

Una punzada de culpabilidad me atraviesa los intestinos.

—No sé.

—Vámonos a… ¡El Escorial!

—¿A El Escorial?

—No conozco esa zona. Tiene que ser bonita. Y está cerca. Alquilamos

un coche y nos vamos a pasear, comer y follar.

Sonrío. No puedo evitarlo.

—¡Ah! —Se ríe—. ¡Te va gustando más el plan, ¿eh?!

—Quedémonos en casa. Llamamos al trabajo temprano, decimos que

estamos enfermos y nos volvemos a dormir. Y después… pasamos el fin de

semana viendo películas de mierda, follando y comiendo cosas que vengan

en moto.

—O cocinando —me propone—. Y yendo al cine. O pateamos el centro

y nos tomamos un vermú el domingo. También quiero salir de la cama, que

te conozco.

—¿Y si nos ve por la calle alguien del trabajo?

—Le diremos que ya estamos mejor. Para faltar al trabajo no hay que

estar muriéndose.

Yo sí.

Tristán me coge la cara con ambas manos y me acerca hasta su boca. Me

besa. Me besa bonito. Es uno de esos besos que darías en cualquier parte,

pero que saben mejor en la intimidad, en la cama, entre los brazos del otro.

Es un beso que no significa nada, que no es un perdóname ni un hola ni un

te he echado de menos ni un adiós. Es un beso de los que se dan porque se

quiere, porque apetecen. Es un beso mullido, suave, hermoso…, y que dura

menos de lo que me gustaría. Después me mira y sonríe.

—No vamos a faltar al trabajo mañana, ¿verdad? —dice con pena.

—Creo que somos demasiado responsables para hacerlo.

—Bueno. Es viernes.

Quiero decirle que nos veremos al salir del trabajo, haremos planes y los

cumpliremos, pero es inútil, porque mañana me despertaré en otro día y no

podré llevarlos a cabo. Ni siquiera sirvo para alejarlo. ¿Cuánto me ha

durado el cabreo? ¿Un día? A pesar de que siga pensando lo mismo, no

tengo cojones de decir las cosas claras: «Tristán, vas a hacerme un daño

horroroso y para evitarlo quiero que te vayas de mi vida ya». YA. Y como

no soy capaz de decirlo, como soy débil, aquí estoy, haciendo esto.

—¿Me follas? —le pido.

La risa se le escapa primero como un pedorreo entre los labios y me

contagio. Siempre he sido así. Nunca he sabido salir airosa de las

situaciones de tensión.

—¿Qué? —me quejo.

—Eres la hostia.

Me da un beso en la frente y otro en la nariz. Después me abraza.

—¿Por qué no quieres? —le pregunto preocupada. «Ayer», en París,

tampoco quiso.

—Sí quiero. Pero ayer me dejaste hecho polvo.

—¿Es coña?

—No. Prefiero que lo hagamos mañana, como dos locos, al volver del

trabajo. Así tendré una motivación durante todo el día para aguantar a los

repelentes de mis compañeros sin matar a nadie con la grapadora. ¿Qué te

parece si reservo mesa en Ostras Pedrín?

—Genial… —suspiro triste.

—Bien. Va a ser un buen fin de semana.

Se acomoda como una boa constrictor a mi alrededor y se prepara para

dormir. Conociéndolo, en dos o tres segundos estará profiriendo sus

clásicos ronquidos a dos voces, pero pasa un minuto. Dos… Y aunque no

me atrevo a moverme, él tampoco parece dormido. Me doy la vuelta como

puedo y él me abraza la cintura desde atrás con el brazo izquierdo; el

derecho busca mi mano por debajo de la almohada.

—Buenas noches —le digo.

—Miranda…

—¿Qué?

—No me voy a ir —insiste.

—Vale.

—Nunca.

Me besa el hombro y a continuación el cuello. Unos segundos después

está dormido. Y yo no sé por qué cojones he vivido este día que me duele

horrores. Porque este rato con él ha sido increíble. Porque la normalidad

siempre nos ha sentado de vicio. Porque ya no sé si quiero alejarlo. Ya no sé

si puedo alejarlo. Y porque…, qué cojones, lo sigo queriendo… Incluso en

un día cualquiera.

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