Todas esas cosas que te diré mañana
13. Incluso en un día cualquiera
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Incluso en un día cualquiera
Me he pasado la tarde peleándome (pero de buenas, aquí hay muy pocas
broncas malas) con el equipo de moda y de lifestyle para que cambien el
enfoque de dos de los artículos que vamos a publicar. Uno de ellos fue muy
criticado y con razón. Si eres una publicación que apoya a la mujer en todas
sus versiones, no puedes ocupar media sección de moda con un «Qué
prendas son las mejores aliadas según tu edad».
—Nos iba a quedar muy corto, Rita: viste como te salga del coño a los
veinte, a los treinta o a los ochenta.
—Hay que ver qué bruta eres —se ha estado quejando—. Os pareció bien
en la reunión de planillo.
—Pues en la reunión de planillo tendría una sobredosis de cafeína o algo.
Reenfócalo con tus chicas. Esto es ofensivo y horrible. Eva está de acuerdo.
Si la subdirectora y la redactora jefe sugieren un cambio…, no sé, Rita,
piénsalo…
Me ha insultado fuerte. También me ha dicho que cuando tenga sesenta
no podré ponerme lo que llevo hoy. Me han dado ganas de decirle que
dentro de cuatro años ella va a seguir con el mismo peinado de colegiala y
que nadie va a echárselo en cara. Pero he respirado hondo y me he callado.
Me he callado y me he preguntado por qué todavía no sé nada de Tristán y
por qué no le escribo yo.
Creo que no lo hago porque me da miedo que las cosas que he hecho en
el pasado, en los días que he ido reviviendo, hayan reescrito nuestra historia
y él ahora mismo esté con otra chica o… haya decidido vivir la vida de
soltero de lleno.
Quizá por eso no me esperaba encontrarlo al salir, justo en la acera frente
a la revista, apoyado en una señal de prohibido aparcar. Está guapo, pero
parece cansado y un poco aburrido. Me pregunto si lleva mucho rato
esperando.
—Hola —murmuro una vez que estoy junto a él.
Todavía no me ha visto, está trasteando con el móvil, pero aun así no se
sobresalta, solo contesta a media voz.
—Hola.
Guarda el móvil en el bolsillo y me da una especie de abrazo. Así nos
saludábamos al principio…, con un abrazo. Es así siempre, ¿no? El abrazo
es el gesto más socorrido, porque no es un apretón de manos formal, no son
dos besos educados ni un beso en la boca, íntimo. El abrazo implica cariño,
pero la distancia suficiente como para que ningún transeúnte pueda pensar
que somos pareja. El abrazo en público es un saludo afable; es zona segura.
—¿He tardado? —pregunto con cautela.
—Un poco. —Arruga la nariz y encoge los hombros, como diciendo que
le da igual—. Aún llegamos a tiempo.
—¿A tiempo?
—La obra —apunta.
—¿Qué obra?
—Oleanna —me recuerda—. Tenías muchas ganas de verla. Conseguí
dos entradas y…
—Ah, sí. Perdona. Salgo un poco… —Muevo la mano en círculos frente
a mi cara—. Con la revista encima. No me aclimato.
Asiente, como si en realidad no me hubiera escuchado.
—Oye…, ¿estás bien? —le pregunto.
—Sí, ¿por?
—No sé. Pones cara de estar hasta las pelotas de algo y existe la
posibilidad de que ese algo sea yo, así que pregunto.
De verdad…, qué libertad da la falta de miedo.
—No, coño. —Se frota la frente con el pulgar y el índice, a la altura de
las cejas—. Es el curro. Venga…, ¿quieres ir en metro o en taxi?
Un haz de luz se ha posado, de refilón, en el recuerdo de esta tarde. Es
verdad que me hacía mucha ilusión ir a ver aquella obra de teatro. Me puse
incluso pesada con el tema; tenía la esperanza de que él me demostrara vete
tú a saber qué consiguiendo dos entradas…, y lo hizo. Recuerdo que me
sentí un poco poderosa. Disfruté la obra. No recuerdo nada más. Ni que él
estuviera cansado ni que la noche fuera especial.
—¿Y si no vamos?
Arruga la frente.
—¿Qué?
—¿Y si no vamos? No sé. No me apetece.
—¿En serio? —Se queda como pasmado.
—No parece que tengas ganas.
No sé si estoy dando por culo por gusto, para que se marche sin mirar
atrás y me quite esta pena de dentro, o porque no tengo muchas ganas de
ver la misma obra otra vez.
—Miranda… —y lo dice muy serio—, no has parado de repetirme que
tenía que ser hoy porque el calendario se te complica con el cierre del
número de diciembre a partir de ahora. Y conseguí las entradas.
—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero…
—Pero ¿qué?
Quiero adivinar una leve sonrisa tras la pregunta, pero no estoy segura. A
lo mejor es esa mueca que se dibuja cuando uno tiene ganas de arrancarte la
cabeza.
—Que tienes cara de que te da por culo ir al teatro ahora.
—Me da por culo ir al teatro ahora, pero también me da por culo no ir y
perder las putas entradas. Me han costado cincuenta pavos.
Esa voz rasgada, macarra, tan de ser cualquier cosa menos abogado…, y
lo mal hablado que es. Joder. Yo me resisto, que conste. Pero… ¿Y si me lo
llevo a casa y lo uso como un muñeco hinchable? Qué guapo está con ese
traje azul marino.
—Miranda, estás como alelada. ¿Qué te pasa hoy?
—No me pasa nada. Soy rara, ya lo sabes.
—Ya lo sé, hija, ya lo sé. —Se vuelve a frotar los ojos con un suspiro con
el que parece hacer acopio de paciencia.
—Es que no puedes decir que te da por culo cualquiera de las opciones.
Entonces ¿qué hacemos? ¿Nos matamos en plan suicidio colectivo sectario
de los años setenta?
—Tranquilita, Templo del Pueblo.
Sonrío. Siempre me ha gustado que entienda mis guiños raros y frikis.
¿Me enamoré de él por eso? «No. No pienses en eso. Haz cosas para que
todo salga mal entre vosotros. Céntrate. Quieres alejarle», me dice la voz de
mi conciencia.
—No quiero ir al teatro. Siento mucho que te costara encontrar las
entradas.
—¿Ahora eres una caprichosa? —pregunta serio.
—Pues sí. Fíjate. Soy una caprichosa de mierda, pero estoy cansada y no
quiero ir a ver ninguna obra de teatro. Lo siento.
—¿Y ahora qué quieres hacer, si puede saberse?
—Pues quiero… ir a mi casa y que pidamos comida china grasienta o un
kebab. —Me va saliendo todo lo menos glamuroso que se me ocurre. No
me tiro un pedo porque no tengo ganas. No quiero darle buena impresión,
precisamente—. Vemos una película de guerra o de patadas o una de amor
de esas que dan hasta asco de lo empalagosas que son. Y luego nos
acostamos y follamos como ratas en celo.
—¿Tienen que ser ratas? ¿No podemos ser otro animal?
Y lo pregunta muy serio, no te vayas a creer.
—He dicho ratas. Ah…, y me comes el coño. Por lo menos durante
media hora.
Tristán abre la boca, coge aire y lo deja salir despacio. Ahí viene. Va a
mandarme a cagar.
—¿Qué? —le pincho—. ¿Hay algo del plan que no te encaja?
—A ver. —Hunde las manos en los bolsillos del pantalón, igual lo hace
por no estrangularme—. Hoy estoy hasta los cojones de todo. Y de todo es
decir poco. Una clienta me ha tocado las pelotas con gusto porque quiere
que herede su perro, y no he sido capaz de convencerla de que eso NO ES
LEGAL . Uno de los socios es un puto psicópata de manual y me ha dicho que
ECHO POCAS HORAS . Las catorce que pasé ayer en el despacho no le parecen
suficientes. Uno de mis compañeros me ha estado hablando durante toda la
pausa de la comida de la diferencia entre los zapatos castellanos con borla o
sin borla. ¿Y ahora me dices que no quieres ir al teatro? Y que quieres
comida china y una peli y…
Me preparo para el estallido. Se frota la cara.
—Joder, ¿y no podías habérmelo dicho antes?
—Bueno, te lo digo ahora. He estado muy ocupada todo el día.
—La madre que te parió.
Tristán hincha el pecho. Ese pecho delgado pero fibroso del que va a
nadar a cada rato libre que tiene. Ese pecho que queda tan bien en las
camisetas de algodón. Ese pecho sobre el que crece un vello dispar, como
despistado. Ese pecho…
—Hostia, Miranda, me vas a volver loco… —Se frota los ojos.
Ahí viene. Ahí viene.
Ya lo estoy oyendo: «Lo que menos necesito ahora mismo es una tía que
me lleve como puta por rastrojo, Miranda. Los demás también tenemos
vida, más allá de tus caprichos. Estoy harto de ti. Ahí te quedas».
—Pasamos antes por mi casa. Necesito quitarme el traje. Y coger una
muda. Y lo de las lentillas. Esta vida de nómada es un coñazo, que lo sepas.
Cuando echa a andar, no doy crédito. O tiene más aguante del que
pensaba o no conozco de nada a este tío o el cosmos es un cabrón hijo de
puta.
—¿Vienes o qué? —pregunta como a diez metros.
Tengo que apretar el paso y casi correr para mantener su ritmo.
Dos rollitos de primavera; una ración de arroz tres delicias; otra de
tallarines con gambas, porque los fideos de arroz no le gustan, la textura le
da grima; una de pollo al limón y pan de gambas. Además, dos refrescos; el
mío light, como si no añadirle azúcar a la bebida pudiera frenar el torrente
de grasas de las malas, sal e hidratos. Menudo día llevo. Espero que los
saltos temporales quemen mucha energía o con el excedente…
Bueno, ¿desde cuándo me quita a mí el sueño el excedente? Ni que
tuviera que desfilar el mes que viene. Cuánto debemos luchar contra las
ideas que la sociedad dio por ciertas en nuestras cabezas.
—¿A ti te preocupa tu peso? —le pregunto de golpe.
Se está poniendo gochísimo a tallarines, así que supongo que la respuesta
es no. Aun así espero que conteste mientras en la televisión va pasando la
película bélica que hemos escogido hace un rato.
—Pues… no sé.
—¿No sabes?
—He sido delgado toda mi vida. No me he preocupado en exceso por el
tema. Bueno…, miento. Me preocupa un poco quedarme como un saco de
huesos. El estrés me deja hecho un asco. Comer mal, también. Y no hacer
deporte.
—¿Adelgazas si no haces deporte?
Asiente mientras se mete otra cantidad ingente de tallarines en la boca.
—¿A ti te preocupa? —farfulla.
—¿Tu peso? Para nada.
—El tuyo, idiota.
Muevo la cabeza.
—Sí y no. A mí, personalmente, nunca me ha traído de cabeza. Si a
alguien no le gusto por mi talla, eso que me ahorro, pero luego… existe
cierta presión social, ¿sabes? La sociedad como masa. Hay mucha
gordofobia enmascarada. Como el tonto de las películas, que siempre es
gordo. O asociar la palabra «gordo» con conceptos como insano o feo. Hay
un clima hostil hacia el sobrepeso en general. Y si vas a Zara a comprarte
los pantalones que son tendencia y para ti no hay talla…, pues vuelves a
casa jodida y pensando que el problema eres tú, porque todas pueden
llevarlos, pero tú no. Supongo que a las chicas muy delgadas también les
pasa. El problema es que nos quieren imponer un modelo, sea como sea ese
modelo. La imposición. ¿Me entiendes?
Tristán me mira interesado.
—Entiendo. Pero… tú te miras en el espejo y te gustas, ¿no?
—Yo me miro en el espejo y me veo, que es lo importante. Habrá días
que me guste y días que no quiera ni verme, pero también hay días que no
quiero ni verte a ti y tienes el torso de un efebo griego.
—Yo hago deporte para desahogarme, Miranda, no para tener el torso de
un efebo griego.
—Pues puedes desahogarte también dándome fuerte contra el cabecero.
—Si por ti fuera, estaría dándote fuerte contra el cabecero veinticuatro
horas al día, siete días a la semana.
—¿Vamos a follar?
—No.
Se sirve un poco más de comida en el plato y, como si no acabase de
rechazarme, presta atención a la película. Yo hace mucho que perdí el hilo,
más o menos desde que salió el primer tanque. Me levanto del suelo del
salón, donde estamos sentados cenando, y me llevo mi plato conmigo a la
cocina.
Al volver, me doy cuenta de que Tristán me está mirando muy fijamente.
—¿Qué?
—¿Te has enfadado?
—¿Por?
—No sé. Estudié derecho, pero no soy nada bueno con las palabras. A lo
mejor he metido la pata.
Pongo morros y le digo que no con la cabeza.
—Algo pasa —insiste—. ¿Es lo del peso?
—Ah, no. Lo del peso me la suda.
—¿Entonces?
—No sé.
Deja el tenedor, se limpia la boca con el trozo de papel de cocina que le
he dado y quita el sonido a la televisión.
—Te escucho.
—Te he dicho que no pasa nada.
—Y yo que te escucho. Tú cuéntame lo que quieras. No tiene por qué ser
que te pasa algo.
Frunzo el ceño. Esto es nuevo. Me mantengo en silencio. Él también. Ah,
esta táctica sí que se la conozco. Se calla para que me ponga nerviosa; sabe
que no soporto este tipo de silencios y que termino diciendo algo, aunque
solo sea por romper el hielo. Pero no voy a caer.
—No voy a caer.
—¿Caer en qué?
—En el viejo truco de a ver cuál de los dos habla antes.
—Vale. —Levanta las cejas y sonríe.
Esa sonrisa. Joder. En mi vida he estado con chicos guapos. No es algo
que sea importante para mí, porque suelo quedarme pillada del modo en que
sonríen, de su rapidez e inteligencia, de si despiertan en mí algo especial,
una chispa de algo inexplicable… Sin embargo, casi siempre han sido
guapos. No solo para mí. Mis amigas me decían: «Fulanito está bueno.
Menganito está muy bien. Siempre sales con tíos guapos». Yo no soy
especialmente guapa, no estoy buena, no busco serlo ni estarlo ni que la
persona que esté a mi lado cumpla esos requisitos.
Tristán es, no obstante, el más guapo de entre los guapos. O quizá no lo
sea y me lo parezca porque estoy enamorada de él, no lo sé. Pero siempre
me ha parecido uno de esos chicos que yo (yo, insisto) no podría dejar de
mirar en años. Y esa sensación, la de que no dejaría de mirarlo jamás, me
produce una tristeza extrema ahora que sé que esto que tenemos, o
teníamos, se va a acabar.
—Quizá no tenga sentido mantener esto —se me escapan las palabras por
la boca.
—Ya lo sabía yo… —suspira—. Mantener esto…, ¿a qué te refieres?
—A nosotros. A seguir viéndonos.
—Esto es bueno —me dice muy seguro.
—Puede. Pero se va a terminar. ¿Qué sentido tiene mantenerlo si va a
terminar?
—¿Qué sentido tiene vivir si nos vamos a morir?
Chasqueo la lengua y me concentro en ir cerrando táperes del chino.
Todos están superaceitosos.
—¿Quieres dejar de verme? —me pregunta.
—No.
—¿Entonces?
¿Cómo le explico que será él quien me deje a mí dentro de cuatro años?
—No lo sé. Ya te he dicho que no lo sé. Eres tú quien me está obligando
a hablar.
—Miri…, mírame un segundo.
Dejo los táperes donde están. He hecho una torre con ellos sin darme
cuenta.
—Piensas demasiado. —Sonríe—. Hay días que fluyes como si tú
hubieras inventado la corriente, pero otros… —Hace una mueca—. Es
como si supieras demasiado y no te gustara lo que has averiguado.
—Quizá.
—O quizá estás volviendo a hacer ESO.
—¿Qué es «ESO»?
—Jugar a adivinar. Y no me gusta que imaginen cuáles son las decisiones
que tomaré porque parece que soy alguien previsible o simple o… incapaz.
—No seas tonto. No digo eso.
—Lo que está claro… —abre mucho los ojos— es que no voy a hacerte
ni puto caso con estas comeduras de cabeza. Eso y que, por lo que sea, no quieres que siga cenando.
Señala la montaña de táperes medio vacíos.
—No me puedo creer que sigas teniendo hambre —le digo.
—Voy a terminármelo todo. Y luego nos vamos a la cama.
—¿A follar?
Se echa a reír a la vez que recupera los envases de comida y los va
abriendo de nuevo.
—Hay que ver… lo infravalorada que está la charla pre y poscoital. Me
gustaría a mí tener unas palabritas con las personas que lanzaron el rumor
de que los hombres tenemos más apetito sexual que vosotras. Eso o traerlos
para que te conozcan. Y te estudien.
—¿Y qué me pasa a mí? ¿Soy un bicho raro?
—Puro fuego. —Me guiña un ojo—. Puro fuego.
Después de la cena desistimos de seguir el hilo de la película. Tenía buena
pinta, pero nosotros hoy no estamos muy lúcidos. Nos lavamos los dientes
juntos y, bueno, eso está bien, es normal. Peeero… luego se ha puesto a
mear conmigo en el baño, aunque ya no me sorprende. Son muchos años
juntos, pero no sé si en esta línea temporal debería haberme mostrado
falsamente incómoda o, al menos, sorprendida por el gesto de confianza.
Así que lo único que he dicho mientras él seguía hablando conmigo,
sujetándosela tan tranquilo, ha sido:
—La confianza, definitivamente, da asco.
A mí no me importa que mee delante de mí. Ni que se duche. Ni que se
ponga las lentillas mientras yo soy la que está en la ducha. Siempre me ha
parecido que esas charlas que tenemos en el baño son parte de la cadena de
ADN de quiénes somos como pareja. O quiénes éramos. O seremos. Y él
parece estar de acuerdo.
Nos metemos en la cama y apagamos las luces, pero las farolas de la
calle alumbran lo suficiente, con las persianas subidas, como para que nos
veamos las caras. Y aquí estamos, uno frente al otro, hablando de cosas
superaleatorias. Todo el día está siendo así. Nada parece tener un sentido o
un propósito concreto.
—¿Cómo te va a gustar el rap? Me estás vacilando —se burla.
—Te lo juro. Me encanta el rap.
—No es verdad.
—¡Claro que lo es!
—No tienes pinta de fan del rap.
—¿Y qué pinta deben tener los fans del rap? ¿Tengo que llevar una gorra
de lado o algo así?
Tristán estalla a carcajadas.
—Vale…, pues dime tu rapero preferido.
—Natos y Waor.
—¿Quiénes son esos? —Se parte el culo.
—En unos años te van a gustar.
—Ah, ¿sí?
—Te lo juro.
—A ver…, cántame alguna canción suya.
Lo pienso un poco. Tiene que ser anterior a 2017…
—El rap no se canta —le digo para ganar tiempo—. Se rapea.
—Pues rapéame.
—«Por el día malas caras,
y por la noche porno.
Me gusta estar a oscuras,
borracho y solo.
O contigo tirao en la cama
haciendo el mongolo».
—Eso te lo acabas de inventar sobre la marcha.
—¡Sí, hombre! Es uno de sus temazos y se llama «Problemas».
A Tristán le da por partirse de risa. A mí también. Le hinco el dedo en las
costillas.
—¡Para de reírte de mí!
—Que no es de ti —sigue riéndose—, es contigo, pava.
Nos enzarzamos en manitas y tonterías, para terminar mucho más
abrazados de lo que estábamos. Una pierna entre las suyas y la otra sobre su
cadera. Mis manos repartidas entre su cuello y su pelo. Veo brillar tenue la
cadena fina que lleva al cuello.
—Esa cadenita de la comunión —me burlo.
—¿Qué pasa? ¿No te has acostumbrado nunca a llevar algo que si un día
te olvidas de ponértelo, te sientes como desnuda?
Asiento. Sí. A él. A él encima, en el pensamiento, dentro, con su polla
intentando alcanzar el punto de no retorno, abajo, cuando me mira y sé que
se siente orgulloso, a mi lado, siempre…
—Te ha cambiado la cara. ¿En qué piensas?
—En que no quiero eso.
—¿No quieres qué?
—Acostumbrarme a llevarte conmigo y luego sentirme desnuda si te vas.
—¿Y por qué me voy a ir?
—Porque te irás.
—¿Y si te vas tú?
Suspiro un poco.
—Oye, Miranda…
Temo haberme puesto demasiado intensa…, aunque… ¿por qué es
demasiado si es lo que sientes? ¿Por qué ese temor a que no sean capaces de asimilar las cosas que necesitamos decir?
—¿Qué? Que me calle, ¿no? —interrumpo.
—No. Escucha… ¿y si mañana llamamos al trabajo y decimos que
estamos enfermos?
—¿Para qué?
—Para quedarnos en la cama.
¿Uhm…?
—O mejor… —sigue diciendo—, podemos reservar un fin de semana en
algún sitio y pirarnos mañana mismo. Decirle a todo el mundo que estamos
enfermos y largarnos fuera de Madrid unos días.
—Pero… ¿para qué? Si podemos quedarnos en casa y…
—Para hacer cosas. —Sonríe—. Para vivir más allá del trabajo.
Una punzada de culpabilidad me atraviesa los intestinos.
—No sé.
—Vámonos a… ¡El Escorial!
—¿A El Escorial?
—No conozco esa zona. Tiene que ser bonita. Y está cerca. Alquilamos
un coche y nos vamos a pasear, comer y follar.
Sonrío. No puedo evitarlo.
—¡Ah! —Se ríe—. ¡Te va gustando más el plan, ¿eh?!
—Quedémonos en casa. Llamamos al trabajo temprano, decimos que
estamos enfermos y nos volvemos a dormir. Y después… pasamos el fin de
semana viendo películas de mierda, follando y comiendo cosas que vengan
en moto.
—O cocinando —me propone—. Y yendo al cine. O pateamos el centro
y nos tomamos un vermú el domingo. También quiero salir de la cama, que
te conozco.
—¿Y si nos ve por la calle alguien del trabajo?
—Le diremos que ya estamos mejor. Para faltar al trabajo no hay que
estar muriéndose.
Yo sí.
Tristán me coge la cara con ambas manos y me acerca hasta su boca. Me
besa. Me besa bonito. Es uno de esos besos que darías en cualquier parte,
pero que saben mejor en la intimidad, en la cama, entre los brazos del otro.
Es un beso que no significa nada, que no es un perdóname ni un hola ni un
te he echado de menos ni un adiós. Es un beso de los que se dan porque se
quiere, porque apetecen. Es un beso mullido, suave, hermoso…, y que dura
menos de lo que me gustaría. Después me mira y sonríe.
—No vamos a faltar al trabajo mañana, ¿verdad? —dice con pena.
—Creo que somos demasiado responsables para hacerlo.
—Bueno. Es viernes.
Quiero decirle que nos veremos al salir del trabajo, haremos planes y los
cumpliremos, pero es inútil, porque mañana me despertaré en otro día y no
podré llevarlos a cabo. Ni siquiera sirvo para alejarlo. ¿Cuánto me ha
durado el cabreo? ¿Un día? A pesar de que siga pensando lo mismo, no
tengo cojones de decir las cosas claras: «Tristán, vas a hacerme un daño
horroroso y para evitarlo quiero que te vayas de mi vida ya». YA. Y como
no soy capaz de decirlo, como soy débil, aquí estoy, haciendo esto.
—¿Me follas? —le pido.
La risa se le escapa primero como un pedorreo entre los labios y me
contagio. Siempre he sido así. Nunca he sabido salir airosa de las
situaciones de tensión.
—¿Qué? —me quejo.
—Eres la hostia.
Me da un beso en la frente y otro en la nariz. Después me abraza.
—¿Por qué no quieres? —le pregunto preocupada. «Ayer», en París,
tampoco quiso.
—Sí quiero. Pero ayer me dejaste hecho polvo.
—¿Es coña?
—No. Prefiero que lo hagamos mañana, como dos locos, al volver del
trabajo. Así tendré una motivación durante todo el día para aguantar a los
repelentes de mis compañeros sin matar a nadie con la grapadora. ¿Qué te
parece si reservo mesa en Ostras Pedrín?
—Genial… —suspiro triste.
—Bien. Va a ser un buen fin de semana.
Se acomoda como una boa constrictor a mi alrededor y se prepara para
dormir. Conociéndolo, en dos o tres segundos estará profiriendo sus
clásicos ronquidos a dos voces, pero pasa un minuto. Dos… Y aunque no
me atrevo a moverme, él tampoco parece dormido. Me doy la vuelta como
puedo y él me abraza la cintura desde atrás con el brazo izquierdo; el
derecho busca mi mano por debajo de la almohada.
—Buenas noches —le digo.
—Miranda…
—¿Qué?
—No me voy a ir —insiste.
—Vale.
—Nunca.
Me besa el hombro y a continuación el cuello. Unos segundos después
está dormido. Y yo no sé por qué cojones he vivido este día que me duele
horrores. Porque este rato con él ha sido increíble. Porque la normalidad
siempre nos ha sentado de vicio. Porque ya no sé si quiero alejarlo. Ya no sé
si puedo alejarlo. Y porque…, qué cojones, lo sigo queriendo… Incluso en
un día cualquiera.
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