Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 6 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

7. «Muchas más rarezas que enseñarnos»

7

 

«Muchas más rarezas que enseñarnos»

 

No recordaba que en 2016 Tristán aún fumaba como un carretero. Era un

fumador inconstante pero intenso: si no tenía tabaco, podía pasarse tres o

cuatro días sin pisar el estanco. Si llevaba un paquete en el bolsillo y estaba

al aire libre, casi encendía uno con la colilla del anterior. No recordaba que

en 2016 yo también fumaba. Mira tú. A los veintiocho aún no me había

planteado lo absurdo que era aspirar humo de una cosa maloliente a la que

prendías fuego.

Por eso me sorprende tanto verlo aparecer con un pitillo en los labios y la

mano izquierda hundida en el bolsillo de una chaqueta que no es el

abriguito con el que me lo encontré esta mañana. Es una chaqueta…, sin

paños calientes: es una chaqueta de tintes macarras. ¿Lleva borreguito por

dentro? Lleva borreguito por dentro. ¿La defendería como pieza icónica y

ejemplo de estilo? No la defendería como pieza icónica y ejemplo de estilo.

¿Me pone? Like a perra. Le queda como si se la hubiera lamido encima el

dios de las cosas sexis.

Lloré amargamente la «muerte» de aquella chaqueta en 2020 cuando, en

el confinamiento, sufrió un accidente en el tendedero. Qué tiempos aquellos

que aún no hemos vivido.

Tira la colilla al suelo con una media sonrisa al descubrirme en la esquina

y yo le devuelvo el gesto. Me ofrece un cigarrillo mientras guarda el mechero.

—No, gracias.

—Qué raro. —Hace una mueca mientras se concentra en colocar el

encendedor dentro del paquete blando de Marlboro y se lo guarda en el

bolsillo—. Hubiera jurado que fumas.

—Fumaba —confieso concisa.

—Yo quiero dejarlo.

—Lo conseguirás. Siempre y cuando nadie te lo exija. Eres de esos.

Levanta las cejas, mientras me indica la dirección a seguir.

—Ah, ¿sí? ¿Qué pasa? ¿Además de adivinar el futuro, lees las mentes?

Lanzo una risita. El orgulloso Tristán. Este no me gusta tanto, pero

siempre me ha puesto un poco cachonda.

—Podría hacerte ahora mismo un perfil que ni el FBI. Sin margen de

error.

—¿Es por eso por lo que me evitabas? ¿Porque has mirado dentro de mí

y no te ha gustado lo que has visto?

Le respondo solamente con una sonrisa misteriosa y una mirada fugaz.

Está un poco tenso. Yo no…, pero solamente porque he dormido a su lado

tantas noches que podría contar con los ojos cerrados los lunares de su

espalda.

—¿Te gusta Madrid? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Bueno…, me apaño. A veces me acojona. Es… enorme.

—No te creas. Al final aquí nos movemos siempre por los mismos sitios.

—¿Quiénes? ¿La gente guapa? —se burla.

—No sé qué es para ti «la gente guapa», pero casi podría asegurarte que,

de existir, yo no cuento entre sus filas.

—Ouh…, falsa humildad. No te pega.

—No soy una tía guay.

—Ah, no…, vale. Eras subdirectora de la revista de moda más famosa

del mundo, ¿no?

—La más famosa es Vogue —me defiendo—. Y no tengo el perfil de

chica Vogue.

—¿Por qué?

—Pues porque… —Arrugo el ceño—. Pues… no lo sé. ¿Por qué coño no

lo tengo?

Se echa a reír y me contagia. Hace un frío de pelotas y los dos nos

arrebujamos dentro de nuestras chaquetas.

—Al final te has animado —comenta sin mirarme.

—¿A qué? ¿A cenar contigo? Pues sí. Me has venido que ni pintado. Mi

amigo ya se iba y tengo la nevera vacía.

Sonríe.

—Pareces majo —aclaro mientras le devuelvo la sonrisa.

—No sé si «majo» es la palabra.

—¿Y cuál es la palabra?

—¿Sabes qué palabra usáis mogollón las tías y la odio con toda mi alma?

—Sí —asiento.

—Es imposible que lo sepas. —Se concentra en estudiarme con ojos

graves, pero divertidos, con tanta intensidad que está a punto de hincarse un

bolardo de metal a la altura de la espinilla. Lo esquiva en un gesto ágil y se

ríe para sí—. ¡Ouh! Qué cerca.

—Mono —le digo.

Se para en la calle y me sujeta del brazo con suavidad para que haga lo

mismo. Entonces sí me observa con detenimiento. Una ceja se le arquea.

—¿Qué?

—Odias la palabra «mono». «Eres muy mono» te parece un horror de

cumplido.

—Prefiero que me digan que tengo cara de mierda.

Lanzo una carcajada. Él también.

—Al final voy a tener que ceder a la evidencia de que sí sabes lo que va a

pasar.

—Al dedillo.

Asiente despacio. Se humedece los labios y a mí el sexo me hormiguea.

Deseo que me bese. Deseo con todas mis fuerzas que me bese. Y no

entiendo en qué momento dejé de prestar atención a nuestros besos. A los

de buenos días. A los de despedida. A los de reencuentro. A los del sexo. A

los de…

Tristán da un paso hacia atrás, sin dejar de mirarme, antes de darse la

vuelta y llevarme con él.

 

Tristán se hospeda en un Airbnb en la calle Campoamor. El edificio es uno

de esos bonitos, muy castizos, de fachada remodelada hace pocos años y

pintura blanquísima, pero los pisos son pequeños y algo destartalados,

como las viviendas que se amueblan solamente para ser alquiladas por días.

No hay coquetería en los detalles. Solo practicidad, aunque a él no parece

molestarle en absoluto. Es un hombre con una sensibilidad estética

selectiva.

Al entrar, tira las llaves en un sucinto mueble blanco que se encuentra en

la entrada y cuelga la chaqueta en un perchero igual de anodino que el

aparador. Me pide mi abrigo y el bolso para hacer lo mismo con mis cosas.

Antes de dárselo, mando un wasap a Iván diciéndole que todo va bien, que

no se preocupe, que estamos tomando algo en otro garito y que no pienso

llevármelo a casa. No espero la respuesta, porque Tristán se mantiene

paciente, aguardando para colgar el bolso en el perchero.

Odiará que se lo digan, pero es muy mono.

¿Qué problema tienen los hombres con la palabra «mono»? Ser mono no

quita que te quieran follar salvajemente ni que te respeten como persona.

Vete tú a saber. Después de tantos años de lidiar con ellos sigo sin

entenderlos.

La casa es prácticamente un cuadrado perfecto formado por una cocina,

un salón, un dormitorio independiente y un baño. La cocina es pequeña y

tiene una barra que la une al salón, que está amueblado con un sofá, una

mesa con dos sillas, una estantería casi vacía y un raquítico mueble sin

personalidad con una televisión encima. A través de una puerta entornada

se adivina el dormitorio; puedo describirlo perfectamente, aunque todavía

no haya entrado. Es pequeño, con una cama de matrimonio, dos mesitas de

noche y un armario empotrado junto a la puerta de un baño cuco, pero

también enano. Sonrío al recordar que un día casi nos matamos intentando

follar en su ducha. Probablemente he cambiado tanto el principio de esta

historia que, sea como sea el modo en el que funciona esto, esa escena

jamás se dará.

—¿Te hace gracia? —me pregunta adelantándome y metiéndose en la

cocina.

—No.

—Sonríes.

—¿Quieres que llore?

Eso le hace soltar una pequeña risotada que desaparece en el momento en

que la oigo. Nunca me planteé que Tristán fuese uno de esos hombres a los

que se seduce con la risa, con el estómago y con la boca…, ya sabes.

Me pide que me siente en una de las banquetas de la barra, en la parte

que da al salón. Después pone dos copas sobre la superficie de madera y

una botella de vino, que recibo en las manos junto al abridor.

—Ve haciendo los honores. No tardo nada.

Pero va a tardar, porque Tristán es lento. Lento para casi todo. En el

trabajo no lo es. Ni para alcanzar el estado de concentración necesario para

llevar a cabo tareas difíciles. Pero en el movimiento, en cualquier cosa que

no sea andar, Tristán es lentísimo. Así que cortar a mano el solomillo en

pequeños daditos, picar la cebolla roja y las alcaparras y mezclarlo todo con

el resto de los ingredientes le llevará una hora. Me da igual. No tengo prisa.

Estoy pasando el tiempo con la persona a la que amo y que va a dejarme en

unos años… y ahora mismo él no sabe nada de esto. Ni que lo amo ni que

va a dejarme ni que él mismo me querrá hasta desquiciarse.

—¿Quieres poner música? —me pregunta.

—Vale.

—Conéctate. —Me señala un altavoz Marshall y yo me descojono.

—Soy más analógica que los ábacos, cielo. No voy a saber.

Chasquea la lengua contra el paladar, saca el móvil del bolsillo de sus

vaqueritos (ay, sus vaqueritos) y me lo da desbloqueado. Eso siempre me

gustó de él: es desprendido. No es de esos hombres que custodian su

teléfono móvil como si fuera el oro del faraón.

—Busca Spotify y pon lo que quieras.

Tardo un poco. Todo lo que se me ocurre es posterior a 2018 y, claro, aún

no existe; además no quiero caer en el fallo de poner una lista manida de

jazz ambiental que hará que parezca que estamos comprando manteles en

Zara Home. Tardo un poco, pero doy con algo bastante apropiado para la

situación: Home, el disco de Rudimental.

—Qué bueno —musita concentrado cuando empieza a sonar la canción

que da nombre al disco.

—Rudimental. ¿Los conoces?

—No. Pero me gusta cómo suenan.

Ya lo sabía. No tiene mérito. Solo tuve que rebuscar un poco en mi

memoria.

Descorcho la botella con alguna dificultad y sirvo vino en ambas copas.

Él no tarda en coger la suya y acercarla a la mía, buscando un brindis.

—¿Quieres decir unas palabras? —me burlo.

—Me parece que no hará falta.

Aquí está: su gestión del silencio, su arma bajabragas. Bueno…, una de

sus armas bajabragas. Tristán está guapo cuando calla, también cuando ríe.

Pero cuando calla, le crece alrededor un aura de misterio que lo hace

sencillamente irresistible.

Me doy una vuelta por el salón, pero nada de lo que hay por aquí me dirá

algo de él. Hasta que no encuentre un piso para alquilar de forma más

permanente, no va a molestarse en darle una pátina de calidez a su guarida.

—Eras de Madrid, ¿verdad? —escucho que me pregunta.

—Sí —asiento—. No gata, pero sí.

—¿Qué es eso de gata?

—Aquí se consideran «gatos» a los madrileños de tercera generación.

—Ah, vaya. Hay castas.

—Ya te digo. Mi madre era de Salamanca.

—¿Era?

—Murió siendo yo muy pequeñita.

—Lo siento.

Me asomo a la cocina para mirarlo. Corta los ingredientes concentrado y

sus cejas se fruncen en un gesto que podría hacerle parecer enfadado.

—No te preocupes. He tenido un padre increíble que no olvida ni un

detalle de mi madre, así que he crecido con cientos de historias sobre ella.

La siento… cerca.

—Qué bien.

—¿Y tú?

—¿Yo? —Parece confuso por la pregunta, como si no esperase tener que

hablar sobre él.

—¿Tienes familia aquí?

—No. La tengo toda en Vigo. Poca, y en Vigo. —Sonríe.

—Te apuesto lo que quieras a que echas más de menos a tus amigos que

a tu familia.

—Eres muy bruja. —Sonríe para sí y luego me mira. Me mira y me

quiere comer.

En el abanico de miradas de Tristán hay de todo. Las hay heladas. Las

hay calientes, capaces de fundirte por dentro. Las hay divertidas. Algo

aleladas. Nerviosas. Y, al contrario de lo que ocurre con ciertas sonrisas

suyas, que se parecen demasiado a pesar de que algunas pueden decir que

no, otras que sí y unas cuantas que puede, con las miradas no hay duda. Si

te mira con deseo, no cabe margen de error en la lectura. Si te mira con

desdén, tampoco.

El corazón se me dispara cuando recuerdo cómo me miró hace dos días,

sentado en la terraza de una cafetería de la calle Fuencarral. Cómo me miró

al decirme que ya no quería seguir viviendo conmigo. Que no deseaba que

su vida y la mía continuaran colgadas del mismo hilo conductor. Supongo

que de pronto parezco preocupada, porque su expresión cambia.

—Era broma —aclara—. No te veo yo maldiciendo a nadie.

—Lo sé. Perdona. Se me ha ido el santo al cielo.

No añade nada más y me siento en la banqueta a mirar la forma tan

meticulosa en la que corta y prepara la mezcla. Me abstraigo en ella y, sin

poder evitarlo, me enrosco alrededor de la imagen de nuestra ruptura. Con

lo fácil que sería ensimismarme en sus manos o quedarme flotando en el

olor de su perfume. Pues no.

Por primera vez en dos días me pregunto si habrá otra persona. A

menudo dicen que los hombres no rompen con su pareja hasta que no tienen

con quién sustituirla. Eso me angustia. Tanto que me agarro a la copa de

vino.

Una pregunta anida en mitad de mi cerebro. Una compleja y que no sabré

contestar, porque… aunque yo estoy despertando en el pasado, ¿sigue

nuestra línea temporal su transcurso? ¿Está Tristán ahora mismo con otra

persona en el sofá de otra casa, besándole el cuello, dando gracias por haber

podido librarse de mí? ¿Y qué hago yo entonces? ¿Dónde estoy? ¿Hay un

«yo» que sigue durmiendo, tumbado, muerto?

No pido permiso. Solo me levanto de golpe y abro de par en par las

puertas del pequeño balcón que da a la calle y allí me apoyo en la barandilla

durante largo rato. La imagen de Tristán besando a otra me ha revuelto el

estómago.

Los pasos de sus botines sobre el parqué preceden a su olor, que pronto

me envuelve. No sé si estoy enfadada, triste, angustiada o todo a la vez…,

no lo sé. Pero, de golpe, he vuelto a conectar con la idea de que evitarme

todo este dolor es la única respuesta posible a la pregunta de por qué estoy

reviviendo esto.

—¿Todo bien? —Me pasa la copa y yo la cojo asintiendo—. Has venido

tan directa al balcón que parecía que ibas a tirarte.

—No tengo impulsos suicidas, puedes estar tranquilo.

—Ya me imagino. Ya está la cena.

Asiento con los ojos puestos en la calle y él se apoya en la pared lateral

del balcón con la copa en la mano.

—¿Puedo ser yo ahora quien juegue a adivinar cosas? —pregunta.

—Claro.

—¿Seguro? —Arquea las cejas.

—Sí. Si me ofendes, siempre puedo tirarte el vino a la cara y hacer una

salida triunfal.

Sonríe quedo cuando lo miro.

—Un tío te ha hecho daño.

—Buff —respondo—. No lo sabes bien.

—¿Qué pasó?

Pongo los ojos en blanco.

—Lo que pasa siempre. Que se acaba.

—Supongo que rompió él.

—Supones bien.

Me parece increíble, una especie de círculo vicioso casi viscoso, estar

teniendo esta conversación con él, que no tiene ni idea, ni la tendrá nunca,

de que hablo de su yo del futuro.

—¿Terceras personas? —pregunta.

—No lo sé. Un día estábamos bien y… al siguiente me dejó.

—Eso no puede ser así —defiende—. Habría señales.

—¿Y yo estaba ciega o tonta? Ninguna de las dos opciones llega a

seducirme demasiado.

—O simplemente estabas mirando a otro lado. No digo que lo hicieras de

manera consciente. Quizá había muchas más cosas que reclamaran tu

atención.

Por un momento, al mirarlo, parece que brilla en sus ojos, flotando, la

verdad sobre nuestra historia y que él la conoce muy bien, pero es solo un

espejismo.

—Discutíamos y eso. No sé. Yo siempre he estado muy enamorada de mi

trabajo.

—¿Más que de él?

—No. —Me río amargamente—. Pero ¿por qué estamos hablando de

esto?

—Porque, de algún modo, me da la sensación de que te recuerdo a él. O

te despierto sentimientos encontrados. Quizá la ruptura es demasiado

reciente. No lo sé. Dímelo tú.

Y esto solo quiere decir una cosa: que le intereso de verdad. No quiere

perder tiempo, ni meterse en movidas raras ni en dramas. Este es mi Tristán.

Me dan ganas de reír, pero me doy la vuelta y apoyo la espalda en la

barandilla. Tristán se acerca decidido y tira de mí. Creo que me va a besar,

pero solo me aleja del borde.

—Me estás poniendo malo ahí encaramada —confiesa, y su voz raspa

hasta en mi garganta.

—No va a pasar nada.

—Bueno, pues por si acaso.

Impone unos centímetros más de distancia entre los dos cuando vuelve a

apoyarse en la pared y saca su paquete de cigarrillos. Lo dejará en un año o

así porque una mañana, al levantarse, le parecerá que tose de más, que es

muy joven para estar incorporándose de la cama con estertores de la muerte,

y además me confesará que estaba harto de airear siempre la chaqueta para

no arrastrar el olor. Lo dejará de golpe y no necesitará ayuda. Como cuando

me dejó a mí hace dos días.

—¿Me das uno? —le pido.

—¿Seguro? ¿No lo habías dejado?

—Al parecer estoy a tiempo de retomar vicios.

Me ofrece uno y me tiende el mechero. Doy la primera calada sin dejar

de mirarlo. Él hace lo propio con su cigarrillo. El ambiente se llena de

humo y del aroma del tabaco rubio y fuerte que fuma.

—Cenamos y me voy —le digo, desviando la mirada hacia el pitillo.

—Lo sé. Ese era el trato.

Asiento sin mirarlo. De pronto estoy enfadada…, muy dolida. Me gusta

tanto su voz, su mentón cubierto de barba desigual, el espesor de su pelo, el

color indefinido de sus ojos, sus manías, sus caricias, su puta colonia…, que

me da rabia. Me da rabia haberlo perdido, quererlo aún, tenerlo tan cerca,

que lo nuestro no haya sido lo suficientemente fuerte como para perseguirlo

hasta este pasado que no lo es, que estamos cambiando. Debería acordarse,

¿no? Si tanto me quiso, si fui yo, como él decía, la mujer que le hizo

entender lo que significaba de verdad querer a alguien, debería acordarse de

mí. Una chispa. Un destello de reconocimiento. Algo.

Tengo ganas de darle un guantazo.

—¿Qué? —me dice, rompiendo el silencio.

Doy otra calada al cigarro y lo apago en una maceta llena de tierra seca y

colillas que hay colgando enganchada en la barandilla.

—Cenamos y me voy.

—Eso ya lo has dicho un par de veces. Y yo te he respondido que guay,

que era lo acordado —se burla.

—Sí, pero igual esto no entraba en el trato y no significa que este vaya a

cambiar.

—¿El qué…?

No se lo espera, pero sus labios me reciben casi con entusiasmo una vez

repuestos de la sorpresa. Sí. Lo beso. Sin saber por qué o si hay un porqué.

Porque siempre lo besaba. Porque es Tristán y sigue flotando en el aire una

especie de derecho que me pertenece y que encadena su boca a la mía. Su

lengua a la mía.

Ambos sabemos levemente a tabaco y sujetamos nuestras copas de vino,

pero nada de eso nos impide profundizar en el beso y envolver al otro en un

abrazo que nos pega mucho más.

Tristán besa como siempre. Como me besó ya la primera vez. Bien. Muy

bien. Hay una pizca de desgana superpuesta a la pasión con la que lo hace;

creo que son las dos caras con las que vive el placer. Él se abandona al

placer. Yo lo ejecuto. Yo necesito la fuerza para sentirme más física y

tangible. Él su propio ritmo, que impone siempre. En los besos. En los

dedos. En la boca. En las caderas. Y eso me excita y me cabrea.

Su lengua envuelve la mía trazando unos círculos húmedos que persigo.

También lanza lametazos cortos, a veces violentos, a veces lánguidos, a los

que contesto de buena gana. También muerde un poco mi labio inferior.

Cuando lo hago yo, un gruñido bajo y sensual emerge de su pecho.

No dejaría nunca de besarlo. Me moriría aquí de inanición, de sed, de

frío. Pero él no. Y después de un beso probablemente más largo de lo que

un primer beso requiere, separa un poco la cabeza y me mira, entre

avergonzado, excitado y un poco ofendido, porque sigo llevando la voz

cantante, y es algo que no le gusta, por más que no quiera confesarlo porque

quiere ser mucho más moderno que eso.

—Vaya… —susurra—. Eres muy rara.

No puedo evitar reírme, con toda mi tristeza y mi rabia a cuestas. Él

también se ríe.

—Cuanto más, mejor. Así no me pedirás el número cuando me vaya y

mañana no me llamarás.

—Voy a acompañarte a casa. —La mano con la que sujeta la copa se

coloca sobre mi cadera, como queriendo suavizar el gesto con el que se ha

apartado del beso.

—No tienes que hacerlo.

—Pero quiero hacerlo. Y pedirte el número.

—¿Por qué? Si soy muy rara.

—Una tía muy rara —insiste, frunciendo un poco el ceño—. Pero me

haces sentir terriblemente cómodo. Y en casa. Y eso también es raro.

—Sí. Lo es. —Una llama de calor sube hasta mis mejillas.

—A lo mejor yo también soy un tío raro. A lo mejor soy tan raro que a

mi lado tú te vuelves normal.

Me río y al hacerlo, como tantas veces he hecho en los últimos años, me

acerco, apoyo la frente en su hombro y casi nos abrazamos.

—O no —añade—. Venga, la cena ya está lista.

 

No volvemos a besarnos.

Ni siquiera cuando, cumpliendo su palabra, baja conmigo a la calle con la

intención de acompañarme hasta casa. Supongo que, conociéndolo, querría

besarme al llegar al portal; en mitad de la calle le parecería una

barbaridad… Estos chicos del norte y su pudor. Pero es que no tengo

ninguna pretensión de que nos dirijamos hasta allí. Yo ya he tenido

suficiente por hoy. De hecho, ya he tenido demasiado. Y estoy abotargada,

hinchada de cosas que sí fueron, cosas que quizá ya no sean y cosas que

están siendo. Necesito irme a mi casa, hacerme un ovillo bajo mis sábanas y

saber dónde despertaré mañana. O más bien… cuándo.

—Voy a coger un taxi —decido.

—Ah…, uhm…

—Ya te dije que no me acompañaras.

—Bueno…, está bien. Hace frío.

—Gracias por la cena.

—Gracias por la conversación. Y por el beso. —Las cejas se le arquean y

dibuja una expresión entre burlona y seductora al decirlo.

—En paz entonces.

Le hago una seña a la primera luz verde que asoma por la calle. No

quiero mirarlo más por hoy; de todas formas, empiezo a estar segura de que

mañana tendré que hacerlo de nuevo.

—Oye… —Me para cuando estoy bajando de la acera.

—¿Qué?

—¿Me das tu número? Por si quiero que me devuelvas la invitación a

cenar.

El taxi se detiene y yo doy un par de pasos hacia el coche. Él no se

mueve. Cuando estoy abriendo la puerta, le digo que sí. Saca su teléfono y

apunta los números que le voy cantando, de tres en tres. Sonríe al guardarlo

de nuevo en el bolsillo.

—Buenas noches —dice.

—Buenas noches.

La puerta cerrándose amortigua el sonido de mi despedida, que se pierde,

partida por la mitad, entre la calle y el interior del taxi. Tristán no se mueve;

se queda con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta incluso

cuando el coche ya ha arrancado. Intento seguir su figura por el retrovisor,

pero la pierdo cuando el taxi gira por la esquina.

Tengo un globo de helio flotándome en el pecho y no sé si la sensación es

agradable o desagradable. No sé si estoy haciendo lo correcto.

Estamos cruzando ya la glorieta de Alonso Martínez (seguro que esta es

la carrera más corta que hará este taxista en toda la semana) cuando me

vibra el teléfono. Lo miro por inercia. Por hacer algo. Por si es Iván.

Pero no.

 

Me quedé con ganas de un abrazo. Me lo das la próxima vez. Tenemos muchas más rarezas que enseñarnos.

 

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