Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 21 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

22. El pedazo de océano Atlántico que besa el cabo Finisterre

22

 

 

El pedazo de océano Atlántico que besa el cabo

 

Finisterre

 

Siento que algo me saca del sueño. Como si alguien me agitara con

cuidado, casi como si me acunase. Me resisto a soltar el estado en el que me

encuentro. Es uno de esos sueños plácidos en los que te balanceas

suavemente sobre algo que pende en las alturas. Y no hay caída posible. Me

agarro más a la somnolencia. Pero ahí está. El traqueteo. ¿Qué mierdas?

¿Está Tristán moviendo la cama? ¿Cómo? ¿Con qué fin? Los ojos quieren

abrirse, pero les prohíbo hacerlo. Que no, coño. Que estoy muy a gusto.

Espera, espera…

Despego los párpados y encuentro, frente a mí, un cristal y un coche. Un

coche de cara.

—¡¡¡¡Aaah!!!! —grito con todas mis fuerzas.

Algo sacude el espacio donde estoy. Tardo un poco más de lo necesario

en entender que el espacio es un coche y que la sacudida ha sido el

volantazo que Tristán ha dado del susto.

—Pero ¡¡¿qué haces?!! ¡¡¿Por qué gritas?!!

—Ay…

Esto es nuevo. Despertarme en movimiento. ¿Dónde coño estoy? ¿Dónde

vamos? ¿Cómo es posible que me haya despertado aquí?

—Tris…

—Argh…

Odia que le llame Tris. Lo hago poco.

—Que no sé dónde estoy, coño, un poco de cariño —me quejo con la voz

ronca por el sueño—. Qué susto.

Señalo la grúa que llevamos delante y que carga un par de coches.

—¿Qué te pensabas? ¿Que venía de cara? —me pregunta partiéndose de

risa.

—Sí. —Me froto los ojos y cuando dejo caer las manos tengo el nudillo

del índice completamente negro—. Mierda. ¿Me he corrido mucho la raya

del ojo?

Tristán quita la mirada de la carretera un momento para comprobarlo.

—Eres Voldemort.

—¿Qué tendrá que ver Voldemort con esto?

—Yo qué sé. —Se despolla.

Así es la vida. Así es el ser humano. Fíjate si somos animales de

costumbres que no sé adónde narices me dirijo ni cómo es posible que me

despierte aquí a las cuatro de la tarde, pero yo de lo que me preocupo es de

si se me ha corrido el maquillaje.

—¿Adónde vamos?

—Ay, Miranda, por Dios. —Resopla.

Cojo el bolso que tengo a los pies y rebusco hasta encontrar el móvil: 15

de marzo. Indago un poco más: 2019. Miro por la ventanilla y todo es tan

verde…

Claro, vamos de camino a Vigo. Salimos a las diez de la mañana de

Madrid en un coche alquilado. Para poder pedirme libre aquel día, tuve que

trabajar hasta las cinco de la mañana. Tristán se quejó discretamente de

haber conducido tantas horas «sin más compañía que mis ronquiditos».

A ver…, una punzada de dolor de cuello me desconcentra, pero sé que es

muy importante aplicarme. Este viaje no fue fácil. Fue precioso, porque

solo había estado en Vigo de paso y es una de las ciudades más bonitas que

conozco. Tan señorial. Tan limpia. Tan llena de gaviotas…, pero lo de las

gaviotas se le perdona. En realidad, toda Galicia es preciosa. Verla a través

de los ojos de Tristán fue increíble. Pero…

Ay, los peros. Este es de los gordos.

Este es el viaje en el que conocí a sus padres. A su madre le pareció que

rozaba lo ofensivo que llevara casi tres años con una chica (si contamos el

primer año de idas y venidas), que se hubiera mudado a su piso y que aún

no la conocieran. Yo le di la razón. Y sus padres fueron encantadores, como

siempre lo han sido conmigo. El problema no fueron sus padres, fue su

hermana. Mi enemistad con Uxía nació en aquel viaje. Y a Tristán siempre

le dio bastante por culo…, no ella, no, porque es la «hermanísima». Le dio

por culo que yo, como novia suya que era, como novia que vivía a seis

horas en coche de distancia de la familia política, no supiera encontrar la

manera de hacer viable esa relación en los pocos ratos en los que nos

juntábamos. Le expliqué muchas veces que las relaciones son

bidireccionales y que nada podía hacer si ella no quería, pero siempre me

contestaba lo mismo:

—Miri, dos no se pelean si hay uno que no quiere. Ya está.

«Pues díselo a ella, que me tiene ojeriza» no era una buena respuesta. Era

una respuesta posible, sí, pero traía consigo una bronca de varias horas. Una

bronca con Tristán que no tenía nada que ver con escupir reproches ni con

gritarse. Qué va. Tener una bronca con Tristán era escucharle suspirar y

resoplar y terminar acostumbrándote a la estática de su silencio.

—¿A qué altura estamos?

—Vamos por Melón.

Me quedo mirándolo con una sonrisa. Él también sonríe.

—El pueblo se llama Melón, ¿qué quieres que haga?

Se me escapa una risita antes de responder.

—Pero ¿cuánto queda para llegar?

—Unos cuarenta y cinco minutos.

—Cuando llegues a Vigo, ¿puedes pasar por El Molino?

Me mira de reojo, sorprendido.

—¿Cómo? —se interesa.

—Si puedes pasar por El Molino.

—¿La pastelería El Molino?

—Sí.

—Pues… no pensaba cruzarme el centro, la verdad. Mis padres viven un

poco en el extrarradio.

—Ya, ya lo sé. Pero… ¿no podríamos pasar?

—Bueno…, me imagino que sí. No sé cómo estará la calle para parar.

—Si no puedes, me dejas allí y das un par de vueltas.

—Pero… ¿cómo coño conoces tú una pastelería de Vigo?

—Soy periodista. —Le sonrío—. Tengo mis fuentes.

—Pues buenas fuentes. Es la pastelería preferida de mi madre. —Se ríe

para sí.

Mi fuente es él, claro. A su madre y a su hermana les gustan las tejas

cubiertas de chocolate y los bombones de esa pastelería. A su padre, la tarta

de té, que en mi opinión está muy rica, pero es muy pesada.

 

Una hora y cuarto más tarde llegamos al barrio donde se crio, Teis, a unos

diez minutos del centro de Vigo en coche. Es un barrio obrero, como

Carabanchel, donde crecí yo. Los edificios siempre me han recordado a los

de la calle de la casa de mis padres: construcciones de los años setenta de ladrillo y hormigón, sin filigranas. Balcones prácticos, de los de tender la

ropa y echar un vistazo a la calle. Un barrio sin lujos que, según me

contaron sus padres, ha cambiado mucho en las últimas décadas. Hace años

no tenía muy buena campaña, como a veces pasa con los barrios donde

vivimos las clases trabajadoras. Digo vivimos porque… anda que no he

escuchado cosas sobre Carabanchel y he visto narices arrugadas en clara

expresión de disgusto. Yo siempre digo lo mismo: a mí solo me han robado

una vez y fue en el barrio de Salamanca. Pero por lo que me han contado

mis suegros, sí es posible que su barrio escondiera ciertos «tesoros» que es

mejor no desenterrar.

Teis tiene un parque precioso que me encanta, el parque de A Riouxa, de

un verde intenso incapaz de ser reproducido. No hay pantone para ese color,

solo existe aquí. Es algo que a Tristán siempre le gustó escucharme decir,

que su Vigo tiene colores que jamás hallarías en otras partes. Está orgulloso

de su tierra. Él dice que los gallegos son viajeros pero que siempre terminan

volviendo a casa, y a mí eso nunca ha dejado de preocuparme. Vigo es

precioso, pero no es mío. Nada mío. Yo aquí solo encajo de visita.

Tristán lleva un rato callado. Al hecho, que no va a confesar, de que le

inquiete presentarme a su familia, se le une que no está muy contento

porque le he tenido esperando en el coche veinte minutos cuando he bajado

a por los pasteles. Él siempre va despacio, pero no le gusta que los demás le

hagan esperar. Y es que, además de comprar dulces para todos, me he

escapado a la Casa del Libro, que está en la calle paralela, para comprarle a

Uxía un libro. Le encanta la poesía, y… quiero empezar con buen pie. Me

he preguntado muchas veces si hice algo mal, si no fui suficientemente

cariñosa o detallista o…, no sé. Necesito saber que no es por mí.

—Cambia esa cara, anda. Solo quiero caerles bien —le pido en el portal.

—Es que no entiendo este sobreesfuerzo. Es como si pensaras que mi

familia tiene dos cabezas y una de ellas come madrileños o algo así.

—Ofenderte por el hecho de que me preocupe por entrar con buen pie…

—Pues no te preocupes tanto y no se me pondrá esta cara. —Levanta las

cejas—. Son más simpáticos que yo, no sufras.

—Pues eso me tranquiliza, porque mira que eres rancio cuando quieres.

—Y por eso te enamoraste de mí.

Su madre abre la puerta sonriente y se lanza a besar… me. A besarme a

mí. En su momento esperaba una reacción similar con su hijo, no conmigo,

pero hoy he venido preparada, así que respondo con la misma efusividad.

Su padre, asomado en el pasillo, me estudia de arriba abajo. Tristán nunca

me lo confirmó, pero siempre he sospechado que fui la primera chica que

presentó en casa.

—¿Qué tal el viaje? ¡Estaréis agotados! ¿Quién ha conducido? —

pregunta su madre.

—Pues íbamos a alternarnos, pero Miranda ha caído en un coma

irreversible y me he chupado yo los seiscientos kilómetros.

—Ya será para menos —le riñe su madre dándole besos y abrazos.

—No se ha despertado ni cuando he parado a poner gasolina.

—Ayer trabajé hasta muy tarde para poder coger el día libre —me

disculpo—. Ya lo siento…, lo he puesto de mal humor.

—No estoy de mal humor —rumia mientras le tiende a su madre las

bandejas de la pastelería—. Toma.

—¡Uy! ¡De El Molino! Pero qué detalle, hijo.

—Son de parte de Miranda. Hizo labor de investigación.

—¡Ay! ¡Gracias, miña xoia!

Miro a Tristán con una sonrisa de victoria mientras sus padres me hacen

arrumacos de agradecimiento. En el bote. Los tengo en el bote.

—¿Y Uxía? ¿Ha venido? Tengo muchas ganas de conocerla —les digo.

—Está en el salón. Pasa, pasa…

La muy rancia… no sale ni a saludar.

Uxía es, con diferencia, una de las chicas más guapas que he visto en mi

vida. Es el equivalente femenino de su hermano, pero todos esos rasgos

afilados y masculinos de Tristán se endulzan en su rostro. Morena, unos

ojos mucho más verdes que los de él y un tipazo de muerte. Pero la belleza

de Uxía es inversamente proporcional a lo simpática que es. La encuentro

repantingada en el sofá y le cuesta levantarse cuando aparecemos en el

salón, no por fondo físico, sino por ganas.

—¡Hola, Uxía! —Me acerco a saludarla muy sonriente—. ¿Qué tal? Soy

Miranda. Encantada de conocerte. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.

—¿Miranda? Estaba convencida de que te llamabas Amanda.

Miro a Tristán de reojo. En esta versión, casi es más borde que la primera

vez.

—Parecido. —Me río—. Me dijo Tristán que te gustaba la poesía, así

que… te traje un libro.

—No es mi cumpleaños. —Coge la bolsa que le tiendo con reticencia,

que viene a ser un eufemismo para decir con «cara de estar oliendo una

mierda».

En realidad podría decir que es su expresión predominante; siempre da la

sensación de que alguien le ha puesto un trocito de caca debajo de la nariz y

está oliéndolo todo el rato.

—Bueno, es un detalle de… ¿bienvenida? —le digo.

—Sí. A la familia.

Y lo dice con una ironía que tira de espaldas. Deja el libro sobre la mesa

de centro que queda frente al sofá y se lanza en los brazos de Tristán con una efusividad loca. Casi parece que lo está exagerando para que sea más

evidente el asco que le doy.

—¡El señor abogado!

—El que tengo aquí colgado —responde él sonriente.

Los dos se ríen. Se adoran y se palpa en el ambiente. Me pasa lo mismo

que la primera vez que viví esto: me muero de envidia; yo también querría

tener a alguien que fuera carne de mi carne, sangre de mi sangre, a quien

adorar. Y con quien poner a caer de un burro a esta tía.

—Te he dejado el jersey que te olvidaste en mi casa encima de tu cama

—le dice ella.

—No duermo aquí esta vez.

—¿Y eso?

—La cama de mi infancia, de ochenta, se queda un pelín estrecha para

dos.

Tristán me mira de reojo con esa sonrisa tan bonita.

—¿No duermes aquí? —insiste su hermana.

Vamos a ver, chavala, ¿qué no entiendes? Que no soy un chiguagua, que

no duermo acurrucada a sus pies.

—No —le responde su hermano—. Tenemos una habitación en el hotel

este…, el del puerto. Nunca me acuerdo del nombre.

—¿El pijo?

—El pijo. —Se ríe él.

—Pues he visto a algunos de tus amigos en el bar cuando venía hacia

aquí y están convencidos de que vas a tomarte algo con ellos esta noche.

—Esa es la intención. —Se ríe y le tira del pelo, que lleva recogido en

una coleta baja.

—¿Y te vas a ir ciego de cervezas hacia allá?

—No va a ir ciego de cervezas ni al hotel ni a ninguna parte, porque no

creo que tu hermano, con la edad que tiene ya, se la agarre como cuando

tenía dieciocho —dice su madre.

Tristán me mira haciendo una mueca de apuro.

—Tranquila, mamá.

—Tranquila, no, que me conozco yo a los animales de tus amigos.

Y yo, y yo…

—Conduciré yo. Él que se tome todas las cervezas que quiera —digo

para calmar los ánimos.

—Uhm…, qué amable —musita Uxía.

—¿Te vienes con nosotros? —le pregunto—. A tomar cortos con estos.

Sonrío como una bendita, pero ella me mira…, me mira…, me mira…, y

no contesta. Busco a Tristán con la mirada…, y no lo encuentro. Aparece

cargando una bandeja con tazas de café.

—Le decía a tu hermana que si se viene a tomar algo con nosotros esta

noche.

—Tendrá planes —dice él—. ¿Y el novio ese que tienes con melenas?

—No lleva melenas. Es que tú, hijo mío, con ese peinado que llevas

desde la comunión… Seguro que si intentas hacerte la raya hacia otro lado,

te duele el cuero cabelludo.

—No llevo la raya hacia ningún lado, pesada.

Pero se ríe. Se ríen juntos. Y yo aquí, de plantón, mirándolos con una

sonrisa de gilipollas en la cara.

—Miranda, hija, has acertado con todo lo que has traído —me agradece

su madre—. ¿Cómo tomas el café, bonita?

—Negro como la noche y con sacarina —le dice Tristán, volviendo a mi

lado y rodeándome por la cintura—. Como su alma: oscura pero

ligeramente empalagosa.

—Vamos listos…

Miro a Uxía esperando que se ría después de su última declaración, pero

no lo hace. El libro que le he traído espera allí tirado, sobre la mesa de

centro.

 

—Tu hermana me odia.

Tristán va apoyado en la ventanilla del coche. No es que vaya castaña,

pero se ha tomado una cantidad de cervezas nada desdeñosa. Yo me tomé

dos cortos al principio de la noche y después muchas aguas con gas. Al

parecer, tomar agua con gas no está bien visto en esta pandilla y me han

abucheado un poco. Mi cuñada, que al final se animó a venir, no dejó pasar

la oportunidad de hacer alguna broma que no sonaba precisamente a broma.

—No te odia —murmura.

Tiene los ojos cerrados. Está cansado.

—Me aborrece. Me mira con asco. No sé qué he hecho. He intentado ser

simpática, sacarle temas de conversación, interesarme por sus cosas…, pero

nada. —Estoy francamente frustrada.

—Quizá…

—¿Quizá qué?

—Da igual. Déjalo estar. Te vas a montar películas.

—No, no. —Le lanzo una mirada—. Dímelo. Si yo quiero caerle bien.

—Quizá ese es el problema. —Suspira—. Te has esforzado demasiado.

—¿Demasiado? Define demasiado.

—Pues… demasiado. No sé. Ya sabes.

—¿Demasiado como cuando a alguien le gustas y no pilla la indirecta y

está como superpesado?

—Algo así. —Se coloca la mano izquierda sobre la frente.

—¿Te duele la cabeza?

—Un poco.

—¿Quieres una aspirina? Tengo en el bolso. Es de las que se pueden

tomar sin agua.

—Lo estás haciendo otra vez.

—¿Qué estoy haciendo otra vez?

—Esforzarte demasiado. Soy tu novio. No hace falta. Yo ya te quiero.

Lo miro extrañada. El GPS me pide que gire a la izquierda en la siguiente

calle, donde encontraré ya el aparcamiento del hotel.

—¿Ahora tú también estás borde?

Tristán se ríe con sordina.

—No, claro que no. —Estira el brazo hasta acariciarme la nuca—. Solo

te digo que estás muy nerviosa. Como muy… intensa.

—¿Sobreactuada?

—Ahora que lo dices, quizá esa sea la palabra.

Chasqueo la lengua contra el paladar.

—A ti te parece la leche de gracioso… —me enfurruño.

—Un poco. Siempre pareces tan…, no sé, tan por encima de las

circunstancias…

—¿Yo parezco por encima de las circunstancias? —me escandalizo.

—Bueno, ya sabes. Estás como preparada para todo. Supongo que lo que

pasa es que tienes el culo pelado por tu trabajo y capacidad para adaptarte a

cualquier situación.

—Pues sí que la tengo —refunfuño.

—No te cabrees.

—Es que tu hermana ha sido muy maleducada, Tristán.

—No ha sido maleducada. Es… muy suya. Y soy su único hermano.

—¿Y por eso tiene que desdeñar a tu pareja como si fuera un trozo de

mierda que se te ha quedado pegado a la zapatilla y llevas arrastrando a casa?

Tristán suspira. Suspira y…

—Te estás pasando, Miranda.

—Dime qué tengo que hacer para caerle bien a tu hermana.

Se ríe, pero ríe con cierta amargura, como quien piensa «¿otra vez?».

—¿Quieres saberlo?

—Sí, por favor, porque me esperan unos añitos… majos.

—La adivinadora ha vuelto.

—Venga. ¿Qué puedo hacer para caerle bien? O al menos para que me

tolere con buen talante.

—Nada.

Lo miro sorprendida y se vuelve hacia mí con una sonrisa cansada.

—Soy su hermano pequeño y nunca nada le ha parecido suficiente para

mí. Ninguna de las chicas con las que he salido, la carrera, la casa, Vigo,

Madrid, el coche cuando tenía coche, las vacaciones… Ella siempre me

trata como si yo aspirase a poco y estuviera perdiendo oportunidades.

Podría enamorarme de su mejor amiga y le haría la misma poca gracia que

si lo hiciera de cualquier otra, incluida tú. Se suma el hecho de que, además,

ahora ya tiene a quién culpar por verme poco.

Paro el coche en el borde de la rampa de acceso al aparcamiento y lo

miro mientras bajo la ventanilla para coger el tíquet.

—Qué bien. —Y levanto las cejas para darle énfasis al mensaje de

sarcasmo.

—Ya, ya lo sé, Miri, pero esa es la situación, y… siento decirte que esto

es lo que te va a tocar aguantar. Vivís lejos y os vais a ver de Pascuas a

Ramos…, no cuesta mucho poner buena cara y pasar el trago.

—Eso es bastante egoísta por tu parte. Que me las apañe, ponga buena

cara y no te moleste más con el asunto, ¿no? No vaya a salpicarte.

—Miranda, no te estoy diciendo eso. Te estoy diciendo que poca solución

tiene más allá de resignarse.

—Pues soy muy poco de resignarme en la vida —refunfuño.

—¿Y qué hacemos?

—También podrías decirle algo. Pedirle, por ejemplo, que me trate con

cariño…, o al menos que me conteste cuando le hablo.

—Puedo hacerlo, sí, pero entonces te cogerá más tirria porque pensará

que me has pedido que hable con ella y que yo la estoy regañando. Si lo

digo por ti, Miri, cielo.

—Tiene que haber algo que…

—Miranda, por Dios… —rebufa—. Tampoco soy responsable de lo que

haga mi hermana. Tiene treinta y seis años y es adulta. Esto no es el patio

del colegio y yo no soy el profe.

—Pues nada, lo solucionaremos en un ring. O en un duelo a cuchillo. La

que sobreviva, se queda contigo.

—Dios…, con lo poco que me gusta el drama, no sé cómo me colgué de

la reina de la tragedia.

Me dan ganas de empujarle la cabeza contra el salpicadero, pero me

contengo mientras aparco.

—¿Ahora te enfadas? —pregunta alucinado.

Lo de algunos hombres…, ¿qué tipo de problema es? ¿Vienen del

pasado, de otro planeta, del centro de la Tierra? No. No es cuestión de

generalizar. Este espécimen masculino es tonto a ratos y punto.

Arrastramos las maletas hasta la recepción, que está desierta a esas horas.

Una chica, sonriente, nos espera tras el mostrador. Nos registramos en

silencio y, mientras ella teclea en su ordenador y nos activa las llaves

electrónicas, me da por pensar que esto es como esa película de Bill Murray

en la que siempre vive el mismo día, el Día de la Marmota, pero yo, en lugar de despertarme siempre en el mismo punto temporal, voy saltando de

situación en situación pudiendo cambiar cómo suceden las cosas, pero no el

resultado. Esto es frustrante. La puta Uxía de los cojones nos ha vuelto a

dar la noche. Y yo que quería celebrar un triunfo abrazándome a su pecho

sudoroso después de un polvo brutal…

La habitación está en el tercer piso y es bonita. Un poco oscura e

impersonal, como casi todos los hoteles de noche, pero bonita. Tiene vistas

al puerto, con lo que seguramente al despertarme todo me parecerá mejor.

No sé qué planes tiene mañana, pero no me gustaría que, sea o no

consciente de todo esto, arrastrase esta sensación de derrota durante todo el

fin de semana. Aún es viernes por la noche. Podemos remontar. Puedo

arreglar esto. Puedo robarle a su hermana el poder de jodernos lo que queda

de viaje, porque parto con ventaja; si esto fuera una guerra, yo disfruto de

cierta superioridad estratégica. ¿Cómo hacerlo?

Espera…

Cojo mi móvil y busco algunas cosas.

Sí.

Eso es.

—Tristán…

Sale del baño con el pantalón desabrochado y despeinado.

—¿Ya se te ha pasado? —Me mira un segundo, pero se dirige hacia

nuestro equipaje enseguida—. ¿Te suena dónde dejé el estuche de las

lentillas?

—¿Puedes atenderme un segundo, mirarme a los ojos y callarte?

—¿No me estarás pidiendo sexo? Porque fliparía mucho, después de

cómo te has pues…

—Cállate y vuelve a vestirte —le exijo.

—¿Por qué?

—Porque nos vamos.

—¿Dónde?

—A un sitio.

—Estoy reventado, Miri… —se queja, y se sienta dejándose caer en el

borde de la cama.

—Por favor, Tristán…, yo conduzco.

—¿Conducir? Pero, Miranda, son casi las dos de la mañana…

—¿Tenemos planes de madrugar mañana?

—No, pero me he levantado pronto, y… tú has dormido en el coche, pero

yo me he dado una paliza de seis horas al volante.

—Te estoy diciendo que yo conduzco —insisto—. Tú puedes dormirte. Y

no nos vamos a matar, no me pongas esa cara.

—Pero ¿dónde quieres ir?

—¿Me puedes hacer caso por una vez en la vida? —intento ponerle ojitos

de caramelo líquido, a ver si se reblandece—. Es importante…, no suelo

hacer estas cosas.

—No. Sueles ser más normal.

—Pues permíteme que deje de ser aburrida…, abróchate el pantalón y

coge la chaqueta.

Antes de salir me sirvo un café de la cafetera de cápsulas que hay en la

mesa frente a la cama, porque quiero arreglar esto, pero no quiero matarme

por el camino…

 

Tristán se duerme cuando llevamos unos veinte minutos y no se despierta ni

siquiera cuando bajo mi ventanilla para que el aire fresco de la noche me

espabile. No tengo sueño. No me hubiera arriesgado de haberlo tenido, pero

es agradable. Él cae como un peso muerto y me regala, como banda sonora,

unos ronquidos muy graciosos. De perfil, así dormido, está entre feo y muy divertido. Bueno, feo no puede estarlo porque estoy segura de que tiene

hasta el bazo precioso, pero en esa postura un poco cómica, con la coronilla

apoyada, la boca entreabierta y totalmente fuera de juego…, guapo no está.

Un bache en el camino lo despierta abruptamente, pero solo quedan unos

minutos para llegar… Al menos al punto más cercano a nuestro destino en

el que se nos permite dejar el coche. Lo primero que hace es mirar la hora y

después a mí. Son las cuatro de la mañana.

—Pero ¡¿dónde estamos?!

No digo nada hasta que el coche no queda estacionado. Allí, apago las

luces y bajo las ventanillas. Se cuela entonces el sonido de las olas

rompiendo con fuerza contra las rocas, muchos metros por debajo de

nosotros. Ya ha debido de reconocer el lugar, porque escruta la oscuridad en

silencio, sin hacer preguntas.

—Las parejas suelen decirse cosas superrománticas, como en las

películas. Cosas como que se querrán más allá de la muerte o que cruzarían

el mundo entero para estar junto al otro —le digo, mirando hacia el exterior

también. Me genera pudor este arranque de romanticismo—. Yo no sé decir

esas cosas. Podría intentar escribirlas, pero lo más probable es que me diera

una vergüenza ajena terrible decirlas.

—Ajena no, propia —contesta él.

—Sí. Exacto.

Me callo y los sonidos de la noche se cuelan en el interior, junto a

nosotros y la oscuridad total. Pronto nuestros ojos se acostumbrarán a la

falta de luz y las estrellas parecerán más brillantes.

—Sigue… —me pide.

—Digo que no sé decir esas cosas, pero… si tengo un coche y la

oportunidad, soy capaz de traerte al fin del mundo. Quizá nuestro amor sea

ese tipo de amor…, un amor un poco apocalíptico.

Nos volvemos el uno hacia el otro a la vez. Tiene los ojos somnolientos,

aunque tan bonitos como siempre. Sonreímos a la vez y nos cogemos las

manos.

—No voy a decirte que te querré más allá de la muerte.

—Gracias —apunta con una sonrisa burlona.

—Pero voy a decirte en el fin del mundo que te quiero. Y supongo que

eso vale de algo.

El beso que viene después es incómodo, porque los besos en la parte

delantera del coche siempre lo son, sorteando volante, cambio de marchas y

freno de mano, pero es un beso feliz. Un beso de dos personas enamoradas

que se enfadan, que roncan, que van a pelearse decenas de veces y que un

día, quizá, tiren la toalla, pero que son dos personas que se quieren como

nunca antes quisieron a nadie. Y descubrir hasta dónde llega el amor,

aunque sea con más de treinta, es maravilloso. E imparable. Porque

supongo que siempre somos capaces de querer más.

Quedan unas tres horas para el amanecer, así que decidimos acomodarnos

en la parte trasera del coche. No tardamos en provocar que la ropa sobre un

poco y termino a horcajadas sobre él sin poder despegar los ojos de su cara,

de su expresión de placer cuando me penetra. Yo, que una vez le pedí,

frenética, que me pegara durante un maratón de sexo, le acaricio el pelo

mientras subo y bajo en su regazo. Sus manos, agarradas a mis caderas, son

como el anclaje a la vida real en medio de este algo extraño en el que se ha

convertido mi existencia. Y cuando llega el momento de parar, no quiero

hacerlo y le pido que no lo haga. Que no salga, que siga, que me llene. Le

digo que quiero sentir cómo se vacía dentro de mí. Que quiero tenerlo tan

tan dentro que jamás pueda borrar su huella. Y cuando lo hace, cuando se

corre por primera vez dentro de mí, me siento capaz de hacer cualquier cosa

por cambiar el final de nuestra historia.

A las siete y cuarenta y ocho minutos, el sol ilumina el pedazo de océano

Atlántico que besa el cabo Finisterre.

 

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