Todas esas cosas que te diré mañana
26. Y el gazpacho deja de saberme tan rico
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Y el gazpacho deja de saberme tan rico
Me hubiera gustado despertarme tal y como me dormí, con sus brazos
rodeándome, su olor a mi lado y mis manos sobre él, pero estoy sola en la
cama y el despertador me acribilla las sienes como una ametralladora. Me
duele muchísimo la cabeza y no sé en qué día vivo.
Entra bastante luz por la ventana para ser las siete de la mañana, así que
deduzco que es pleno verano. El móvil me lo confirma: 5 de julio.
Me siento en el borde de la cama y noto pesadez en la cabeza, los
párpados y los hombros. Cuando consigo reunir las fuerzas suficientes para
levantarme, me dirijo al baño, y al mirarme en el espejo casi no me
reconozco. Estoy fatal…, tengo la piel macilenta, los ojos hinchados, unas
profundas ojeras y el pelo bastante sucio. Bastante sucio es un
eufemismo…, lo llevo guarrísimo. Se pueden freír croquetas en él.
No sabría decir si he perdido peso, lo he ganado o estoy igual, pero mi
cuerpo ha cambiado y tengo cara de haberme muerto. ¿Esto es
consecuencia de tanto saltar en el tiempo? Pero espera… ¿En qué año
estoy?
Una alarma interna me pone el corazón a mil y, con la mano en el pecho,
como si pudiera sujetarlo para que no lata tan rápido, estudio el entorno. Mi
casa. Una casa que está exactamente igual que anoche, excepto por algunos
sutiles, muy sutiles, cambios.
En la ducha no está el jabón de Tristán. Tampoco encuentro su maquinilla
de afeitar, la espuma, el cepillo de dientes o el peine en el cajón. El armario
está mucho más vacío que de costumbre: faltan sus cosas. Y sus zapatos.
Me precipito hacia el salón: no están sus libros, sus discos, el mueble de los
vinilos…, tampoco nuestras fotos. Pero… ¿he vuelto hacia atrás? ¿He
vuelto a antes de conocerlo?
—No, no, no, no —repito con una nota de rabia en la voz.
Me flaquean las fuerzas; estoy cansada. Todo estaba saliendo bien…
Abro la aplicación de calendario del móvil y me vuelvo a sentar de golpe.
5 de julio de 2021.
Hace tres meses que Tristán me dejó.
—¡¡¡¡Joder!!!!
Tardo un rato en reaccionar. Tengo ganas de volver a meterme en la
cama, correr las cortinas y dormitar hasta que esto se pase. No sé dónde
quiero despertarme mañana, pero que no sea aquí. Se me pasa por la cabeza
varias veces la posibilidad de despertarme atada en una cama de un
sanatorio mental con un doctor diciéndome que todo es un sueño. Igual
Matrix existe y la simulación que me han puesto está escacharrada.
Lo cierto es que hoy es lunes y, hasta donde sé, una se gana la vida
trabajando. Puedo llamar a la revista, decir que estoy enferma y después
darle un toque a Iván y pedirle que venga. Quizá él…, no sé. Quizá él sepa
darme una explicación de qué está pasando. Es muy listo; siempre lo ha
sido…, a lo mejor él lo entiende.
También podría ir a trabajar, y… fíjate que tengo el pálpito de que
debería hacerlo. Pero antes… voy a cambiar las sábanas y a ventilar esta
habitación. Todo parece indicar que me he pasado el fin de semana tirada en
la cama. Huele a…, vamos a dejarlo en que huele a cerrado.
La nevera está vacía. Junto a la basura, varias bolsas de comida para
llevar. Todo muy sano, claro…, los granos que me noto en la barbilla y en la
sien tienen como mamá a «menú de hamburguesa con aros de cebolla» y
como papá al combo completo de pollo frito. El fregadero está lleno de
vasos, tazas, cucharas y algún plato. La lavadora vacía y el cubo de la ropa
sucia lleno. El lavabo lleno de pelos. Una pelusa grande me mira muy seria
en una esquina, juzgándome. Parece decir: «Has tocado fondo, marrana».
Cuando salgo de casa, por fin lo he dejado todo mínimamente decente…,
lo suficiente como para que los vecinos no se sientan en la obligación de
llamar a Sanidad para que me clausure el hogar por atentar contra la salud
pública. Hasta el jueves no vendrá Yolanda, así que algo había que hacer
para no vivir en la inmundicia durante cuatro días.
Me he vestido con una de las pocas cosas que quedaban limpias en el
armario y que no es de fiesta: un vestido midi de algodón y manga corta. He
añadido un colgante para mostrar cierta intención de «haberme puesto
mona». Me he lavado el pelo, pero lo he recogido en un moño bajo
despeinado para no tener que hacer mucho con él. No llevo ni pizca de
maquillaje. No me apetece, pero sigo teniendo los párpados hinchados; al
parecer, me he pasado llorando buena parte del domingo. Parezco Ojoloco
Moody, de Harry Potter.
Habría podido cerrar el look con una declaración de intenciones en
versión calzado, pero me he decidido por unas Converse bajas negras,
apostando por la comodidad. De bolso, un capazo grande. Vistiéndome me
he dado cuenta de que he adelgazado a trozos… Han menguado los pechos,
los brazos y quizá los muslos, que además parecen más flácidos. Me siento
entumecida y blanda a partes iguales. Sin embargo, estoy hinchada en
vientre y cara, como si mi cuerpo estuviera cambiando su constitución por
partes y no al unísono. Conozco mi cuerpo y, aunque no me preocupa el efecto estético, sé que todo esto es consecuencia de meses de no cuidarme
nada. Meses de abandono. Y eso ya…
Se me olvida quitarme las gafas de sol al entrar en la redacción y las
mantengo hasta mi despacho. Bueno…, en realidad se me olvidaron puestas
unos pocos segundos y después pensé que lo mejor era no quitármelas para
que nadie se asustara.
Algunos ojos me acompañan hasta «mis aposentos», pero no cruzo la
mirada con ellos. Solo lanzo un «buenos días» genérico al aire. Nada de
frases motivacionales ni mimos. Tengo la necesidad de esconderme, como
una alimaña nocturna a pleno sol. De tanto ver películas de vampiros he
terminado convirtiéndome en uno.
Enciendo el ordenador, abro la agenda con la intención de ponerme a
trabajar de inmediato y…, Dios…, qué desastre. Todo está lleno de pósits
caóticos, garabateados, poco legibles. No entiendo nada de lo que hay aquí,
pero sí alcanzo a adivinar que tenemos muchísimo trabajo por hacer. No sé
por dónde empezar. Me azota un pensamiento bastante compulsivo, uno que
conozco y que me visita siempre que no estoy bien, cuando pongo las miras
en propósitos que me quedan muy lejos y al no alcanzarlos me desmorono.
Es como: «Esto es un desastre, y me siento incapaz de hacer nada por
mejorarlo; no quiero hacerlo. Tendría que emprender una tarea titánica para
la que no estoy preparada». En lugar de todo ese drama, podría suspirar y…
sencillamente empezar, poco a poco, e intentarlo. Es mejor que nada. Pero
no lo veo claro.
Alguien llama a la puerta de cristal de mi despacho y con un gesto, sin
mirar quién es, le digo que pase. Es Rita.
—Amor…, ¿cómo vas? —pregunta en tono almibarado.
—Bien…, bueno…, he dejado de entender mi letra de la semana pasada,
así que me pillas pensando muy seriamente en contactar con algún especialista en escritura cuneiforme a ver si sabe descifrar qué pone en
todos estos pósits cochinos.
La miro y sonrío en un gesto que probablemente es perturbador, porque
no me apetece demasiado. Me devuelve una sonrisa triste.
—Hueles bien —anuncia.
—Uhm…
—Que te hayas duchado es un avance, pero… no tienes buen aspecto,
Miri.
—Ya me he dado cuenta.
Espera… ¿es que no suelo ducharme últimamente?
—Sé que es un comentario de mierda. —Coge la silla que hay frente a mi
mesa, se sienta, inclinándose hacia la mesa, y habla en un tono conciliador
—. No es como si te dijera de manera maliciosa «Uy, no tienes buena cara»
o «¿Estamos más gorditas?». No es eso. Me conoces y sabes que no soy así.
—Sí, ya lo sé.
—Pero déjame que te lo diga: me tienes un poco preocupada.
Me quedo mirándola sin saber qué responder.
—¿Acabas de llegar? —me pregunta.
—Sí. —Y lo digo como si fuera la mayor evidencia de toda la historia de
la humanidad.
—Son las once pasadas. Nunca llegas tan tarde.
—Bueno, quise hacer uso por una vez de la flexibilidad de entrada… —
Y sí, me he puesto a la defensiva, a pesar de que sé que sus intenciones son
buenas y tiene la confianza suficiente como para decirme lo que me está
diciendo.
—Ya. Si no pasa nada, Miri, que no te lo digo por el curro, te lo digo
como amiga. Es que esto no es propio de ti y me da miedo que sea síntoma
de que no vas a mejor. Han pasado tres meses…
Quiero explicarle que para mí ha sido mucho menos, que ayer hundí la
nariz en su espalda en la cama, que la pena no tiene plazos lógicos oficiales
que todos debamos cumplir y que estoy viajando en el tiempo, dando saltos
de un momento de mi relación a otro, así que tengo el derecho de
encontrarme como me salga del monedero. No hay nadie siguiendo nuestros
tiempos y esperando nuevas marcas. Y estoy asustada y decepcionada,
porque pensaba que estaba arreglando las cosas. Pero no digo nada.
—¿Y unos días de vacaciones? Quizá puedas llevarte a Iván por ahí.
Incluso repetir aquellos días que pasasteis en Tarifa.
Iván…, ¿qué pinta tendrá ahora mismo? ¿Le habrán salido unas alas en la
espalda con tanto cambio? ¿Habrá aprendido a volar? ¿Habrá decidido
vestir como un monje tibetano?
—Tarifa estará hasta los topes. A ver quién encuentra ahora habitación.
¿Te imaginas El Tumbao? Aquello tiene que estar como el Primark un
sábado por la tarde. —Me encojo de hombros, fingiendo que no pasa nada,
que va todo bien y solo estamos hablando de unas vacaciones.
Otros nudillos golpean la puerta, pero la persona a la que pertenecen no
espera permiso para entrar. Lo hace. Eso me da una pista de quién es
incluso antes de verla. Es Marisol.
—Hola, mis niñas. Feliz lunes.
—Feliz lunes, Marisol.
—¡Uy!, qué bien huele aquí, ¿no?
Vale. Definitivamente he pasado por una época de baja atención a mi
higiene personal. Con todo el disimulo del que soy capaz intento olerme por
dentro de la ropa. Todo está en orden…, al menos hoy.
—Rita, ¿me dejas un segundito con Miranda?
—Claro…
Se avecina una bronca.
—Ah, y amor…, odio pedirte esto, pero… ¿podrías pedirle a alguien que
nos traiga un par de tés de esos tan ricos que hay en la cocina?
—Claro, mujer. No me cuesta nada.
Cuando la puerta se cierra y nos quedamos solas, Marisol me mira con
ternura, con tanta que quiero hacerle el favor de romper yo el hielo.
—Tengo muy mala pinta, ya lo sé.
—A ver… —Cruza las piernas elegantemente—. Te has duchado,
peinado y vestido para venir a trabajar, lo que ya está muy bien.
—¿No suelo hacerlo? —me alarmo.
Me viene un flash con una imagen de mí misma sentada en esta misma
silla en leggins con pelotillas, una sudadera con una mancha sospechosa de
ser mayonesa y un recogido como de perrito Yorkshire que «disimula» la
grasa; un par de moscas y un tufillo verde me acompaña. Lo último es cosa
de mi imaginación, lo admito.
—Ambas sabemos que los últimos tres meses han sido duros para ti. Una
pérdida es una pérdida, aunque no esté relacionada con la muerte, y necesita
su periodo de duelo —me dice con paciencia.
—Lo sé.
—Pero tienes que cuidarte.
—Lo intento. —No tengo ni idea de si realmente lo hago.
—Tienes que ponerle más empeño. Por ti. Porque cuando estés mejor, no
te va a gustar echar la vista atrás.
No estoy de acuerdo. Querer mucho a alguien, respetarlo y admirarlo, no
te asegura que siempre vayas a opinar igual que esa persona. Yo siempre he
defendido que se necesita estar mal sin penalizarse por ello, que es parte del
proceso de cura. De la misma manera que no se nos ocurre decirle a alguien
que se ha roto la pierna que debería empezar a correr con la escayola
puesta, no deberíamos hacerlo cuando lo que duele no es algo físico. No sé si el alma tarda más o menos en curarse, pero creo que se merece marcar
sus propios tiempos.
Aun así… es mi jefa.
—He estado descuidando el trabajo —asumo. Está bastante claro, aunque
no haya estado precisamente aquí.
—Pues sí, pero esta revista es una comunidad, una familia unida, y, como
tal, aquí estamos las demás para respaldarte y hacer de cadena humana con
las cosas que vayan quedándose sin resolver, porque tú estuviste al pie del
cañón para hacerlo por nosotras antes.
—No me gusta dejar cosas sin resolver a mi paso, pero no me siento muy
capaz ahora mismo, Marisol. Y me disculpo por ello. No debería haber
dejado que mi vida personal invadiera la profesional.
—Y no lo has hecho; es que es muy duro tratar de hacer vida normal con
el corazón roto.
Siento un nudo en la garganta. Pero si lo estaba haciendo todo bien…,
¿cómo no ha podido eso arreglar lo que se rompió? ¿Cómo es posible que
todo el esfuerzo de revivir y solucionar…?
Una de las becarias entra sigilosamente en el despacho con dos vasos de
tubo con hielo y té al limón. Se lo ha currado con la presentación, dejando
caer una rodajita de limón dentro y añadiendo una pajita de cartón de
colores. En la cocina de la redacción siempre tenemos cosas bonitas que nos
animen. Quizá debería refugiarme en lo frívolo hasta que termine el día.
—¡Qué bien oléis! —exclama cuando se acerca a dejar los vasos sobre la
mesa.
Ay, santo Christian Dior…
—Mil gracias —le digo—. Te prometemos que tu beca no consistirá en
servir cafés y tés.
—Sí, pobre, también te pediremos que piques precios. —Marisol se
encuentra entre divertida y ruborizada.
La chica sonríe.
—Pues… lo cierto es que me encanta picar precios. Me relaja
muchísimo.
—Esas son mis chicas, siempre sacando algo positivo de todo. —Marisol
le hace un mimo antes de que se vaya del despacho.
Ambas somos conscientes de que ese breve intercambio de palabras le ha
alegrado el día a esa jovencita. Pero la realidad sale a relucir de nuevo.
—Miranda, necesito que me hagas un favor. —Da un sorbito a su té y me
invita a hacer lo mismo, pero a mí no me apetece demasiado.
—Claro.
—Necesito que te cojas esta semana de vacaciones. No puedo regalarte
estos días, pero he estado echando un vistazo al cuadrante y no has cogido
días desde Navidad, con lo que puedes permitírtelo.
—Si no vengo a trabajar, me volveré loca en casa.
—Ya, mi amor, pero es que las cosas a medias cuestan el doble, porque
así ni te curas de la pena ni estás rindiendo como deberías. Siento ser tan
dura.
—Siempre me ha gustado que lo seas. Lo eres con cariño y eso saca lo
mejor de nosotras.
—Miri…, coge esos días de vacaciones. Vuelve la semana que viene con
un proyecto de vida nuevo. Con que sea cuidarte mejor, me vale. Porque los
caminos se hacen dando pequeños pasos al principio.
No me gustan ese tipo de frases de libro de autoayuda, pero la mastico y
asiento.
—Un día —le regateo.
—Tres.
—Dos.
Me da la mano. Sabe que soy muy cabezona, y… no es que en otras
circunstancias los días libres no me parecieran miel de romero, pero siento
que ahora, más que nunca, necesito mi trabajo.
—Normas para mi vuelta al ruedo: ducharme todos los días.
Las dos nos reímos.
—Mi niña… —Alarga la mano y coge la mía—. Es una mierda perder un
amor, sobre todo cuando es algo tan especial como lo que teníais Tristán y
tú, pero la vida es muy larga y tenemos mucho que dar. Aunque ahora
mismo lo creas imposible, volverás a querer algún día. Y mientras llega ese
día, te querrás a ti, lo que es maravilloso.
Cuando la gente le dice a alguien con el corazón roto la palabra
«tiempo», esa palabra se convierte en un rosario de piedras ardiendo
alrededor de la garganta. Porque cuando sufres, el tiempo es relativo. El
descanso dura poco, las noches son muy largas, los recuerdos muy hondos.
Tiempo es lo que sientes que no tienes, lo que has perdido. Tienes prisa, eso
sí, porque el dolor aprieta mucho, pero ni idea de lo que significa en
realidad ese «tiempo» que, por más que repatee, no puede ser más real.
Apago el ordenador, cierro la agenda y le sonrío.
—Pues me voy a casa. ¿Quién se queda de responsable? Dile que me
llame si tiene alguna duda o surge algún fuego o…
—Me quedo yo, cuqui. Creo que sabré desenvolverme.
Encuentro a mi padre sentado en el sofá orejero de su tiendecita, leyendo un
libro con pinta de tener más años que él. A su lado, una mesita redonda,
como de café parisino y con patas de hierro forjado, donde reposa una taza
de estilo victoriano con una infusión.
—Papá…, sé que te lo pregunto siempre, pero… ¿es normal que uses las
cosas que deberías estar vendiendo?
—Hoy he vendido el arcón castellano que te daba tan mal rollo.
—No me has contestado, pero me alegro. Parecía un sarcófago vampírico
del siglo XIII.
—Cuatro mil euros. —Arquea las cejas y las deja bien arriba mientras me
mira sonriente—. Y… vendo cosas viejas, ¿qué más da que las use un poco
mientras tanto? Es para que no se pongan tristes.
Los dos sonreímos. Sigue contándome cuentos a pesar de que soy mayor.
—Me han mandado a casa del cole. Dos días de vacaciones —anuncio.
—¿Vacaciones o sin empleo y sueldo?
—Vacaciones. Estoy dispersa, pero soy buena persona. Aún no he
entrado en la evolución macarra.
—Borracha, pero buena muchacha.
Los dos nos reímos.
—Pues… —Deja el libro junto a la taza y se levanta a darme un beso—.
Te diré que tienes mejor pinta. ¡Mmm! ¡Y te has duchado! Hueles muy
bien.
—Aclárame una cosa… del uno al diez, ¿cómo he olido estos últimos
meses?
—Los dos primeros bien. Este último ya estábamos pensando en hacerte
una intervención. Es que era un olor así como avinagrado.
Me horrorizo.
—¡Papá!
—Ay, hija, no preguntes si no quieres la verdad.
Mi padre me ofrece pedir algo de comida a domicilio, coreano o quizá
tailandés, y comérnoslo allí en la tienda mientras charlamos, pero estoy
preocupada por mi alimentación.
—Creo que todo lo que he comido en los últimos meses ha venido
envasado y en bolsas de papel.
Así que, muy decidido, echa la cortina de la tienda y me lleva a su bar
preferido; el bar donde ha tomado café todas las mañanas laborables desde
que abrió su negocio y con cuyos dueños fue labrando una amistad con los
años. La cocina, aunque sea un bar que dé de comer a muchas personas,
sigue siendo casera y buena. Hoy tienen gazpacho y pollo asado. Me quiero
morir del gusto.
A papá le cuesta un pelín abordar el tema que le preocupa; lo veo
mirarme de reojo, calibrando cómo y cuándo será mejor saltar sobre ello.
Podría echarle una mano y atajarlo, pero me divierte verlo elaborar su plan.
Un plan que podría resumirse en «querer robar el Banco de España sin dejar
huella y terminar estampando el coche contra el escaparate de la Mercería
Lola para llevarse veinte euros en medias».
—Pues está muy bien eso de que vuelvas a ducharte.
Doy gracias de haber tragado la cucharada de gazpacho antes de que se
pusiera a hablar.
—Y dale… —Me río.
—Nos has tenido preocupados…
—¿A ti y a quién más? Sabes que el recuerdo de mamá no cuenta como
persona física, ¿verdad?
—Eres muy tonta cuando quieres —responde serio—. Para mí es mucho
más que un recuerdo, pero es complicado que lo entiendas. —Suspira—.
Me refería a Iván.
—Luego le llamo.
—Llámale y haced algo divertido. Id a un spa o a que os den un masaje.
Algo.
Sigo comiendo mientras asiento.
—Tú eras muy pequeñita y no te acordarás, claro, pero cuando tu madre
perdió a la abuela… Ay, la abuela es que era lo más. Superdivertida y muy
dulce…, pero lo que te decía…, que cuando la abuela murió, mamá se
quedó hecha polvo. Al principio se resistía a la pena; me decía que
teníamos que encargarnos de ti y de la tienda y que no podía hundirse, que
no tenía tiempo. Recuerdo la cara que se le quedó cuando le pregunté si le
venía bien que le mandásemos el duelo en vacaciones, para no estorbarla.
Tenía un carácter…, aunque supongo que eso sí que lo sabrás porque lo
heredaste todito. El caso es que ella se resistió, pero la pena es como un
alud. Tú puedes creerte muy rápido, pero suele tener la habilidad de
enterrarte bajo capas y capas de nieve y hielo. No es evitable de ninguna de
las maneras.
—¿Por qué me cuentas esto? —No lo miro al preguntárselo.
—Porque estoy orgulloso de ti, y seguro que mamá te diría lo mismo.
Has dejado un poco de lado algunas cosas importantes, sí, pero has
abrazado la pena y eso…
—Espera, espera…, ¿me estás dando la enhorabuena porque he abrazado
la mierda y no sé salir?
—No. —Se ríe—. Qué ocurrencias tienes, hija. Te digo que estoy muy
orgulloso de que seas tan consciente de ti misma como para ponerte a ti por
delante.
Ay…
—Papá, no he estado descuidando mi trabajo y mi higiene por
priorizarme. Es que… no he sabido hacerlo mejor. Me he quedado debajo
del alud pensando que estaba caliente.
—Pero mírate, ya hueles bien.
La madre del cordero.
—Esto es como cuando tu madre se puso malita —sigue—. El primer
mes estuvo muy ausente, pero porque necesitaba asumirlo todo para
poder…
Le paro. No necesito más historias tristes.
—Papi…, déjame que te pregunte algo. Es algo bonito, eh, no es un
reproche.
—Claro, cariño.
Me acaricia el pelo. A veces creo que en mi casa nos profesamos el
cariño como si fuéramos perritos.
—¿No te cansas de recordar a mamá?
No creo que se esperase esa pregunta, porque se queda en silencio lo que
me parece mucho rato. Mirándome. Poco a poco recupera la sonrisa y
niega.
—No. Yo no. Pero esto tiene sus fases y… sus elecciones.
—¿Qué quieres decir con «elecciones»?
—Por las fases no me preguntas…
—No. Me imagino que te refieres a las fases del duelo.
—Sí. Y tiene que ver con las decisiones de las que hablo. Y es que…
cuando estás superando la pena, es común revisitar la historia
constantemente. A mí me pasó de una manera muy contundente, pero no fui
del todo consciente porque tenía mi duelo y te tenía a ti, que demandabas
mucha atención en aquel momento. Con cuatro años, después de quedarte
sin madre, es lógico que necesitaras a tu padre.
—Ya —asiento.
—Me enfadé mucho al principio porque pensaba que igual, si
hubiéramos estado más atentos, habríamos podido hacer algo más por ella.
Cuando comprendí que no…, fui revisitando todos los momentos felices,
negociando un poco con el recuerdo, construyendo habitaciones estancas, como…, como en esa película que me gustó tanto, ¿sabes a la que me
refiero? La de la gente que se mete en los sueños de otra gente.
—Origen.
—Sí, exacto. Yo construí un montón de recuerdos que me esforcé
muchísimo por amueblar hasta el mínimo detalle y a los que volví…,
bueno, a los que vuelvo. Es una manera de tenerla aún conmigo. ¿Y sabes
una cosa? Una vez, en la tienda, una señora que vino a ver si me interesaba
la colección de libros de su padre me dijo que había leído en algún sitio que
nuestra memoria encuentra el modo de reinterpretar y reescribir nuestros
recuerdos con el tiempo, de manera que lo que pasó y lo que nos gustaría
que hubiera pasado conviven en paz. Y es aquí cuando las elecciones tienen
su papel.
—¿En qué sentido? Desarrolla.
—Yo decidí tener dos vidas paralelas: una contigo, en presente; y otra
con ella, en pasado.
—Pero, papá… —Le agarro el antebrazo y jugueteo con su viejo reloj—.
Es triste, porque… no te diste la oportunidad de seguir viviendo otras cosas
en presente. Podrías haber rehecho tu vida, y… ¿quién te hubiera culpado?
No solo hay un amor en la vida. No solo se puede querer a…
Me para posando su mano, con la piel ya manchada por el tiempo, sobre
la mía. Sonríe con cierta tristeza y yo siento congoja.
—Yo decidí quedarme en esas habitaciones hechas de recuerdos,
Miranda. Yo elegí vivir siempre a caballo entre lo que tú me cuentas y lo
que tú y yo vivimos, y lo que yo te cuento de mamá y lo que viví con ella.
Pero es mi elección, y… no la quiero para ti.
—Pero…
—Estoy orgulloso de que te hayas dado una buena ducha…
—Papá… —me quejo cansada.
—Que huelas estupendamente, que vayas bien vestida y que abraces tu
pena para ver lo grande que es y poder gestionarla. Solo te quiero decir
que… no te quedes a vivir en el pasado. Estás a tiempo de recuperar tu vida.
Solo… tienes que escogerte a ti. Y ahora… vamos a comer. Aquí y ahora.
—Papá, pero ¿cómo sabes que…?
—Chimpún.
—No, papá. Necesito… Escucha, esto que me está pasando…, ¿también
te pasó a ti? ¿Es eso lo que me quieres decir?
—Miranda, hija, déjame volver al presente, por favor. Me hace falta.
No creo que sea una locura pensar que mi padre sabe muy bien lo que me
está diciendo, pero cuando intento seguir indagando se cierra en banda. Lo
único que consigo arrancarle es que…
—Cada uno reescribe sus recuerdos como quiere, lo que no significa que
pueda solucionar lo que ya ha pasado.
Y el gazpacho deja de saberme tan rico.
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